Francisco Andrés Gallardo | 24 de abril de 2012 a las 9:02
La apertura de hoy en papel en la sección de TV la dedicamos al ‘Un, dos, tres’ y su debut hace 40 años en la medianoche del lunes. Se estrenó casi a escondidas. Y fue evolucionando en volandas junto a la sociedad española. No hay otro programa o serie en España que haya dejado tal ristra de latiguillos, de frases hechas, en la memoria colectiva como el Un, dos, tres. Cuando, hay dudas es frecuente a día de hoy que a quien va a decir la última palabra se le pida “escuchemos la voz de los Supertacañones”. Era la voz que sentenciaba sobre cualquier conflicto en el concurso. En 1976, Don Lápiz (Pedro Sempson, la voz de Montgomery Burns) instauró las rimas para anunciar los fallos, como ya hiciera después Teresa Hurtado como La Seño. Del “Tiempoo”, de Don Cicuta y don Rácano (Paco Cecilio) se pasó al “campana y sacabao” o “el vamos que nos vamooos”, de Paloma Hurtado, o doña Viuda de Poco. Las hermanas también cantaban, con toda su malaje, lo de “hala, vamos, hala venimos” hace 25 años. En muchas ocasiones aún se oye lo del “y hasta aquí puedo leer” de Mayra cuando no se quiere desvelar un secreto del todo. En el remate de la “tarjetita” podía estar la Ruperta, el ansiado cocheo o el premio de más alto precio, un apartamento en Torrevieja antes de que toda la costa fuera zampada. La expresión campeona puede ser el “veintidó, veintidó” del dúo Sacapuntas (“-Linterna, ¿cómo estaba la plaza? -Azín, abarrotá”), que causaron impacto allá por 1987, justo cuando Antonio Ozores acuñaba lo de “no, hija, no” y “por fin, ya somos europeos”. Poco antes la neumática La Bombi (Fedra Lorente) hacía remedar a media España lo de “¿Por qué seraá?”, al que siguió “Y eso duele…”. Ya desde los tiempos de Kiko Ledgard el chileno Bigote Arrocet, a lo Cantinflas, decía lo de “piticlín, piticlín”, al que siguió el “mayrucha-cha-chá”. Mayra también se las tuvo que ver con Charito Muchamarcha antes de sacar de las cintas a los gangosos de Arévalo, rivales de la tartajosa La Loli, la prostituta que encarnaba Beatriz Carvajal. Y el cuenta-adivinanzas Juan de la Cosa, en la persona de Ángel Garó, catapultó la última muletilla mítica del programa en 1991: “…y esta es la refinitiva”.
En el vídeo de arriba, Bigote Arrocet cruzado con Mariñas.
Y aquí abajo, una apertura impagable de las hermanas Hurtado… “que viene la crisis…” qué ingenuillos éramos todos…
Francisco Andrés Gallardo | 24 de abril de 2012 a las 8:48
El audímetro es la batalla diaria; el EGM es la guerra fría. Las audiencias de la televisión son un sismógrafo y las de la radio, un daguerrotipo. Kantar Media fabrica estadísticas, el EGM otea tendencias. Las décimas de miles no se pueden tomar al pie de la letra en ninguno de los dos casos, pero, ya sea con unos cuantos cacharros repartidos por un país o con un barrido de entrevistas, ambos análisis de consumo y audiencias sirven al menos para dar idea de la respuesta de lo que producen los medios.
En la subida generalizada de la radio, como si todos los equipos de la liga ganaran a la vez los 3 puntos, se vislumbra una revalorización del medio más mundano y barato. Con tal aluvión de noticias y contenidos que nos llega en cuanto apretamos simplemente un icono de nuestro teléfono, el ciudadano necesita un médico de cabecera, un tutor de interpretación de las realidades. Una mano que se encuentra, siempre fiel, en el receptor de casa o del coche, o en ese fajo de papeles que nos aguarda en el quiosco o sobre la barra y que, todavía, se sigue llamando periódico. Y que dure. El EGM bosqueja una sociedad paralizada que se ha parado y regresa a los cauces tradicionales para informarse y, por tanto, preocuparse. Es época de regresar a los futuros, cuando creíamos que el futuro siempre era un tiempo mejor. Tardará en volver la primavera, aquellos días de usar y tirar, de pasar sin parar. Días de regaliz y piruletas donde nada tenía su valor, ni siquiera lo que valía un medio de calidad. La televisión se enjuta y se refríe a sí misma. La radio, siempre sencilla y contundente, se refuerza; y la prensa . La prensa. Ahí la tienen, el espejo de nuestra cara convertido en palabras e ideas.
Francisco Andrés Gallardo | 12 de abril de 2012 a las 9:15
En España no había mujeres rubias. O eso parecía. La televisión en blanco y negro necesitaba mujeres de cabellos claros, un tono más amable para el contraste de los Telefunken y por eso a la pionera Laura Valenzuela la tiñeron. Marisa Medina, que comenzó como presentadora de continuidad de TVE hace cincuenta años, venía con el rubio nórdico de serie para, melosa pero formal, informar a los “señores telespectadores” del avance de los programas o invitar a permanecer en el sillón ante cualquier interrupción, cuando no existía la palabra zapping.
Marisa Medina nos parecía internacional, porque incluso pronunciaba los votos españoles en Eurovisión cuando los idiomas eran cosa de los pérfidos extranjeros. La locutora madrileña, la estirada coprotagonista de la película En un mundo nuevo, rival de Karina en la ficción, fallecía ayer a los 69 años, tras haber peleado lo suyo contra el cáncer, como contó en sus últimas apariciones en los programas hepáticos de Telecinco.
La rubia escudera de Todo es posible en domingo (con un póker estelar setentero, Kiko Ledgard, Tico Medina y Juan Antonio Fernández-Abajo) abandonó durante unos años la continuidad televisiva para dedicarse a los espectáculos de revista y a las poesías subidas de tono. Marisa era entonces la esposa del compositor Alfonso Santisteban, autor de algunos de los daba-dabas más rotundos de la historia cinematográfica y televisiva ibérica. Lo intentó por la música y el destape, pero al final tuvo que regresar a las cámaras y se especializó en los programas de avances, del 625 líneas a Próximamente. Contenidos de una época acartonada de monopolio de TVE.
En sus memorias habla de unos excesos que le alejaron de aquella imagen cándida con la que los espectadores de aquellos años prefieren ahora mantener en el baúl de los recuerdos.
…En este vídeo de abajo, Marisa Medina conduciendo la presentación del jurado español eurovisivo de 1985. Paloma San Basilio fue la que dio el cante entonces. Hay momentos del vídeo que parece un sketch de Martes y Trece. Está Umbral, Agatha Ruiz de la Prada… Era la TVE real de entonces
Francisco Andrés Gallardo | 17 de marzo de 2012 a las 21:47
Era la voz, la voz más nuestra, además de dominar todos los registros interpretativos con una solvencia admirable. Durante años armaba el teatrillo matinal junto a María Teresa Campos, formando un matrimonio de mentirijillas, a la riña con su consorte televisiva, a lo Valderrama-Abril. Esa animación de los años 90, en TVE y en Telecinco, retomaba su andadura en los primeros años de la televisión. El pileño Paco Valladares fue de los iniciales rostros en asomarse a la pantalla, con Jesús Álvarez o Laura Valenzuela, en aquellos tiempos pioneros donde había que pronunciar, y hasta improvisar, en directo incluso los anuncios. A sus espaldas lucía un bagaje inigualable en experiencia tantos en los escenarios y en los platós. Algún despistado podría sólo relacionarlo con aquellos sketches mañaneros, pero Valladares era de los grandes, de nombre tan mayúsculo como su empaque. María Teresa Campos y su gente en Qué tiempo tan feliz, no podían ayer contener la emoción en antena tras anunciarse el fallecimiento. Emociones que también transmitía Valladares en sus declamaciones poéticas. No hay nadie que haya recitado como este actor sevillano. Capaz, con su retranca de humor, de sacar un partido lírico insospechado a vulgares canciones veraniegas, en aquellos encargos de Guillermo Summers cuando TVE empezaba a ser azuzada por la cizaña vulgar.
Se nos va quien protagonizó la primera serie española rodada en formato de cine. Paco protagonizó Diego de Acevedo, la biografía de un héroe del ejército, y que se estrenó en octubre de 1966. La televisión empezaba a tomar un rumbo ambicioso y aquella voluntariosa producción experimental es la tatarabuela de lo que ahora puebla el horario nocturno. Valladares era de la familia, por su papel en David Copperfield, sus apariciones en las zarzuelas y en tantos Estudio 1 que reflejan una trayectoria admirable. Aunque tarde, habrá que homenajearle y reconocerle como se merece.
Francisco Andrés Gallardo | 11 de marzo de 2012 a las 22:28
Lulú Palomares hacía de Carol en Doctor Mateo: la locutora de la emisora del pueblo, con desparpajo y kilos de sobra. Le pusieron maquillaje, un peinado antiguo y unas consonantes atropelladas, y hala, reina de la mortadela, una versión con mala milk de María del Monte. Y así todo en Mi gitana, la adaptación con espíritu tomatero de la biografía de Isabel Pantoja. Ni está bien escrita ni bien interpretada. Ni falta que le hace… no se la pierdan, remedando a lo que dijo el The NY Times sobre Lola Flores, durante tantos años enemiga de la de Garlochí.
Esta vida de la Pantoja es como las aventuras de los payasos, muy divertida por deformación y causticidad. En Telecinco llevan meses cabreados porque no dan con la tecla de una nueva telecomedia y con la parentela de la protegida Isabel les habría salido una digna versión española de Modern family. Ese hermano afeminado con léxico cani, esa madre retaco, ordinaria y cabezota, ese niño que no quiere comerse el pollo. Sólo por la cara de la vasca Blanca Apilanez, como una Encarna Sánchez que está a la altura de las mejores malvadas de la historia mundial del culebrón, ya mereció la pena el primer capítulo. Mucho mejor que el lacio biopic de Antena 3.
Mi gitana, un cuchillo, es para reírse con lo que cuentan, con lo que omiten (esas relaciones lésbicas que se quedan en el aire de la imprecisión) y con lo que parodian. Con Cachuli, con Roca o con Gil (qué grande, siempre, Juanma Lara) no sabemos si estamos viendo Los Morancos o una versión de broma de Crematorio. Y la castellana Eva Marciel hace de hoja en el viento, de víctima de todos: una Isabel Pantoja de acento natural que se arranca por ópera rock cuando entona la Bien pagá con la impagable Encanna de cuerpo presente. Qué dos noches nos esperan aún en Marbella.
(Y para ilustrar, creo que es interesante para los arqueólogos tomateros este vídeo de Encarna con los Martes y Trece de verdad, en una gala. Impagable, también)
Francisco Andrés Gallardo | 2 de marzo de 2012 a las 10:48
Cuando en noviembre de 2005 aparece en aquellos primeros cacharros de la TDT Clan TVE (que a media tarde cedía su sitio a las reposiciones del Canal 50 Años), la programación infantil corría entonces a cargo sólo de La 2 y Canal Sur 2 (el vídeo de arriba es de su primera cortinilla de continuidad). Y a ratos. Los canales de ‘dibujitos’ de 24 horas eran de pago y durante un par de años, hasta la aparición de Disney Channel, Clan, con ese nombre tan molón, era el principal banderín de enganche para digitalizarse y supervitaminarse ante los nuevos tiempos televisivos. Por pionero ha sido durante este lustro de encendidos, apagones y estrangulamientos el canal temático más visto, aunque este Clan tiene una clientela limitada que ha ido repartiendo con otros hermanastros como la criatura surgida de Telecinco, Boing, que es el botón de moda entre los menores de 13 años.
Tiene algo de injusto el cierre de Clan, pero tiene mucho de inevitable. Lo que programa el operador infantil y juvenil de TVE es similar a lo que también ofertan las cadenas privadas y de forma gratuita (como con retintín argumenta la supervicepresidenta Sáenz de Santamaría sobre el coste de la pública). Una RTVE atosigada por los recortes puede prescindir de Clan, aunque nos duela, y sus contenidos autóctonos, esos que contribuyen a una industria audiovisual que se tambalea, como Pocoyó, pueden pasar a La 2 o a franjas infantiles de un recuperable canal de reposiciones. Y que conste, que el apego de las privadas por los dibujitos es por pura intención comercial publicitaria, faltaría más, claro.
El recorte en TVE va en serio. Tal vez es fácil cortar una rebanada por el flanco vulnerable de los niños, pero el servicio de Clan ya lo cubren otras cadenas y todo un universo por internet. Más incierto lo tienen los aficionados al waterpolo, al balonmano, al atletismo o al triatlón sin Teledeporte. Sólo una cadena pública puede asumir ese empeño por las disciplinas que sólo aparecerán en los informativos cuando lleguen, si llegan, las medallas olímpicas.
Francisco Andrés Gallardo | 22 de febrero de 2012 a las 10:12
El cubo, de Cuatro, es la versión en pruebas de habilidad del suspense de El millonario, recién rescatado de La Sexta, ahora con un remedo del juego de la silla. Alta tensión fabricada para aderezar unos concursos que de otra manera no durarían más allá de diez minutos y que sin rostros preocupados no tendrían tanta mordiente. La mecánica y el interés residen en la atmósfera amasada en el plató más que en el juego en sí. El cubo es una campana acristalada donde se desarrollan desafíos de pericia, con concursantes que lo pasan tan mal, o eso parece, como si se estuvieran jugando la vida. Raquel Sánchez Silva, de especialidad sus realities, jalea y se pone de los nervios con las evoluciones de los ‘cuberos’. Después de intentarlo durante tantos años en programas de todo calibre y calaña en Cuatro, Sánchez Silva halló cobijo junto a Jorge Javier Vázquez, flautista de Hamelin. Ella ahora luce la vitola de levantar lo que le pongan por delante, como este Cubo que en otras manos tal vez ya sería carne de cancelación. Raquel está remontando a pulso las cifras de seguidores de un pasable concurso con tintes de videojuego, a modo de circo de gladiadores, con los familiares del protagonista mordiéndose las uñas.
Estamos ante un pasatiempo más efectista que efectivo, que se deja ver aunque a veces chirríe de exagerado. Diferente al estilo de Adela Úcar, que regresó este lunes, también en Cuatro, con sus 21 días (el vídeo de arriba es de un programa anterior. Cosas de copyrights) . Con los menonitas, los de Único testigo, a modo de parque temático de los tiempos de La casa de la pradera, Úcar cuenta con naturalidad (cámara en mano en la letrina, por ejemplo) y sinceridad, sin abusar del yoísmo, sus experiencias. 21 días juguetea con el sensacionalismo, pero su reportera controla el producto para que no caiga en el ridículo. Los menonitas, ingenuos talibanes en su cubo decimonónico, dieron juego, claro, a Adela.
Francisco Andrés Gallardo | 22 de febrero de 2012 a las 10:05
La gala de los premios Goya tiene audiencia. No tanto porque el cine español se vea mucho en el cine, ni por el glamour de sus actores. La quiniela de los ganadores tampoco despierta tanto interés. La gala de los Goya se ve, sobre todo, porque se emite a través de La 1, la cadena-hábito para millones de españoles… por ahora. Y se ve porque también es un programa entretenido. Lo han conseguido, aunque pensábamos que era imposible. Andreu Buenafuente fue el que logró animar de verdad el momento, a diferencia de Corbacho, Carmen Machi o Cayetana Guillén Cuervo, por citar algunos de los conductores que pincharon en hueso.
Eva Hache, sucesora de Andreu, ha sido una buena maestra de ceremonias. Su personalidad y unos guiones acertados, con los chistes en su sazón justa (ni muy politizados, ni muy blandos o insulsos). Ese alma de monologuista que lleva Eva funcionó para una gala que siempre se hace algo larga y algunos culpables de ese alargamiento son los propios premiados. Es una rutina difícil de remediar aunque, como en los Ondas, unos acordes in crescendo tendrían que ser la invitación a la marcha.
El monólogo más ácido fue, de largo, el de Santiago Segura. Se puede permitir decir en voz alta lo que piensan los demás. Habló de las envidias que laten por las filas de butaca de los Goya, del desprecio a Torrente, pese a que es el único que hace subir las cifras nacionales, o cómo se atraen a mediáticos nombres de Hollywood para que después se vayan de vacío ( y qué buenos esos planos de Melanie con cara de marciana cuando alguien le aludía). Juan Diego de rapero con El Langui (arriba el momento, ojo, con Resines, jaja) o la emoción por los premios andaluces fueron propinas para la noche. Y de remate, esos comentarios en off, con un guión conciso y vibrante, del gran Toni Garrido. Un radiofónico con los días contados (qué lástima) en RNE…
Dedicado a Manolo Romero, cuya pregunta sobre qué me había parecido la gala se me traspapeló. Un abrazo para él y para todo los sofalícolas.
Francisco Andrés Gallardo | 11 de febrero de 2012 a las 10:59
Parece fácil, pero después entran muchos factores. Cualquiera le pueda dar patadas a un balón, pero sólo unos pocos están en condiciones de jugar en la élite del fútbol. Pues para entrar en la casa de ‘Gran Hermano’, igual. No todo el mundo está en condiciones para ser un ‘personaje televisivo’, un miembro activo de la comunidad Sálvame y que la gente, así en general, te acepte. Tiene su presión, su miga, su estómago apretado y sus nervios de acero. Hay que tener el rostro muy duro o pálido, hay que tener la sangre gélida para seguir un juego psicológico ante millones de espectadores y no caer en el autoexilio o el asesinato colectivo. Y no todo el mundo está en condiciones de aguantar un interrogatorio con Mercedes Milá. La reacción de una persona con sentido común sería huir en sentido contrario a la efigie de la matriarca.
Un joven vasco, Arístides, nos ha servido de moraleja. En su cuenta bancaria muchos habrán escarmentado. Este criador de perros, eso decía, ha tenido el suicidio social de gastar ahorros y préstamo por valor de casi 70.000 euros para ingresar en la casa de Guadalix. Y sólo ha durado una semana. Entre todos se lo comieron, incluida Milá, y él solito se murió. Arístides iba de Cizaña de Astérix, predispuesto al mal rollo, al enfrentamiento, a tirar piedras y esconder la mano en la vergüenza ajena. Jugaba a todo cuando era un pobre mortal que terminó arrugándose. Y la audiencia no tuvo piedad con el pulgar, como sucedía en aquel programa, ‘El rival más débil’, “adiós”. La manada que a distancia sigue GH, olió que era el ñu propiciatorio para que fuera deglutido por el cocodrilo telefónico. Por lo visto debe de dar gustito empujar a la ruina a un tipo que no sabía dónde se metía en verdad. Ya ven, precio de suite en los emiratos: 10.000 euros por noche por vivir la experiencia de GH. Sólo Jorge Javier podría, con misericordia, aliviar la bancarrota del pobre Arístides.
Francisco Andrés Gallardo | 10 de febrero de 2012 a las 15:35
Arriba os dejo el último vídeo de los guiñoles de Canal +. Erre que erre con el doping español. No tienen gracia y desde aquí, a mil kilómetros de la frontera, aún menos.
Os añado el artículo de papel de hoy, que habla de estos muñegotes gabachos, tan lacios.
…”La envidia es una declaración de inferioridad”. La frase se le atribuye al genocida, sobrevalorado por los suyos, Napoleón Bonaparte. Hace 200 años, a las puertas de nuestra mayor crisis como reino y cuando empezábamos a cambiar hacia un país moderno, le dábamos para el pelo a las tropas napoleónicas. Los franceses se nos colaron por aquí a lo Merkel, para tutelarnos con el presunto fin de protegernos de nosotros mismos, y acabaron como brazo armado de la filosofía de rapiña de la que los galos han hecho gala durante siglos.
Son nuestros queridos vecinos del piso de arriba, siempre engreídos, con sus ínfulas, y sus resquemores pirenaicos. Nos han sometido en unas cuantas ocasiones y toleran mal que remontemos. Nos sienten como competencia directa ante el resto del planeta. Y silencian o menosprecian los logros españoles en el deporte, vertiente que añade valor a nuestra marca en lo cultural y en lo industrial: en terrenos donde de verdad a los franceses les duele que les pisemos los callos, como la moda, la gastronomía o el turismo.
Los desafortunados sketches de los guiñoles del Canal + galo no son una sorpresa. Son la retransmisión de lo que late en el subconsciente de los medios de comunicación franceses y de lo que late en el sentimiento del patrioterismo francés: pura envidia napoleónica sobre quienes han creído inferiores. Se ríen sin disimulos de nuestros fracasos; pero sonríen por los colmillos ante nuestros éxitos. Estos sketches tan forzados, de un humor tan mezquino, nos han traído a la memoria los guiñoles de nuestro Canal +, tan malajes cuando se ponían al servicio editorial de la casa. Aquellos muñegotes que terminaron muriendo en Cuatro tuvieron momentos brillantes, pero también abochornaban cuando eran el martillo de goma de la cúpula de Prisa. En Francia parecen la voz alta de los pensamientos colectivos.