Panorama para matar un monitor
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Bienvenido, compañero de sofá.
Hasta 1990, con la llegada de las emisoras privadas, la televisión era todavía un invento por pulir, aunque los que ya peinamos calvas seguimos evocando unos tiempos idílicos cuando sólo dos canales y medio pululaban por los botones y cualquier programa petardo superaba el 50 por ciento de cuota, cifra que ahora no consigue ni Fernando Alonso acelerando. La justicia infinita de Mazinger siempre llegaba al 100 por ciento. Qué tiempos aquellos del malote Barón Ashler, mitad hombre, mitad mujer. Ahora se pondría las botas en los programas del hígado.
La televisión del siglo XXI apenas se asoma todavía a la alta definición, pero podemos definirla como el ocio más apasionante que tuvo un ciudadano en su casa y un medio que no terminan de aprovechar quienes manejan las cuerdas de esta marioneta, que se afana en vomitar anuncios y programas que justifiquen esa cantidad de vertido publicitario. Internet, este internet que hoy nos une y que se expande imparable desde su big bang interactivo, ganará esta partida en la videoconsola universal, pero aún faltan bastantes años para la derrota final del plasma de baja resolución.
A usted, amigo sofalícola, le hablan de shares, ratings, audiencias y fragmentación (jerga entre lo literario, lo aritmético y lo sociológico), para razonar sobre alzas, auges y decadencias de los programas y de las perpetuas endebleces de nuestra parrilla nacional. Al cabo de casi dos decenios, con la elección en la televisión cumpliendo la mayoría de edad, comprendemos que la cantidad no trajo la calidad. En la variedad no está el gusto y en la uniformidad de estos tiempos el mal gusto campea a sus anchas. Bienaventurados aquellos que son capaces de sorprendernos. Habrá días para reconocerlos como también habrá momentos en este cuaderno de virajes para denunciar a quienes más destrozan nuestro monitor. Esos contenidos con licencia para matar nuestro tiempo y nuestra sensibilidad.


