‘Iberia’ en blanco y negro

Francisco Andrés Gallardo | 30 de abril de 2009 a las 8:06

Ahí, ahí está. Uno de esos Iberia en blanco y negro de los que este sofalícola se amamantó en su cultura televisiva. Me lo encontré en el Foro de la TDT de la Academia de Televisión que celebró hace unas semanas en Lérida y entiendan los dos lagrimones interiores que me salieron al contemplarlo allí, en el escenario, arrinconadito pero firme, con su pantalla verde, brillante, y su botonadura neoclásica, como si hubiera sido el televisor de Larra o Bécquer. Todo ha cambiado tanto que aquel Iberia de la infancia es una pieza de museo arqueológico. Snif.

Os dejo un fragmento de un libro que escribí hace unos años y que todavía guarda el sueño de los justos. Me tengo que animar a sacarlo al aire y hoy, evocando aquel primer televisor de casa, os dejo este fragmento…

“…Los tebeos eran nuestra televisión en color impresa cuando el resto de información nos llegaba en blanco y negro, a través de aquellos periódicos que para abrir se necesitaban dos brazos grandes, y de las rayas y agüilla de aquellos armatostes televisuales tremendos que ya empezaban a envejecer cuando mediaban los 70. Estaba escrita su condena a la jubilación eterna y el ambicioso objetivo familiar era sustituir el cacharro televisual por uno de colores, ese oscuro objeto del deseo imposible.

En el cónclave de la cena, entre el tintineo de los recios platos Duralex, con los adustos cubiertos a la caza de las sinceras albóndigas con tomate y los contados tropezones de la sopa de Gallina Blanca, los padres intercambiaban posibilidades, aunque las muecas denotaban lo incierto de las perspectivas. Podíamos suplicar, como hacíamos en vísperas de Reyes, para salirnos con la nuestra del nuevo Madelman o del Baby Mocosete (de Toyse), pero el muro económico era insalvable y ni la buena voluntad materna y sus malabarismos económicos domésticos mostraban visos de hacer posible el empeño.

Los precios de cinco ceros en pesetas eran indudablemente el factor disuasorio para que el visitante a todo color se aposentara en el salón con todos los honores. El ejemplar en blanco y negro, sobrio y vetusto, que nos hacía ver el mundo como los perros, seguía al pie del cañón. La transición se iba a presentar difícil porque mediaban veinte mil duros, casi la mitad de lo que costaba cualquier coche y la décima parte de un piso.

Un día pareció que a aquel tiesto se le fue una de aquellas lámparas gordas que alumbraban como una llama el negro cascarón trasero, el búnker de las imágenes. Sin embargo logró recomponerse. Ya podía el enchufe echar un grisáceo humo de cortocircuito a 125 voltios, que él seguía allí. Minuto y medio había que aguardar cada vez que se ponía en marcha. Tras una eterna espera, con el estabilizador (marca Dynatra o Anglo) con el piloto rojo confirmando el encendido, cuando ya comenzaba a asomarse la desesperación o la incertidumbre familiar, aquello se templaba y se iluminaban unas líneas horizontales brillantes, se expandía el blanquecino rectángulo que sobresaltaba desde el centro de la inmensa pantalla y entonces, tras un fundido en negro de lo más cinematográfico, aparecía el alopécico Florencio Solchaga hablando sobre las evoluciones de la bolsa de Bilbao. Si el cacharro lo ponías a las tres en punto corrías el riesgo de que la concurrencia se perdiera medio Telediario y ya no digo si te despistabas con la hora de inicio de la breve programación infantil, sobre las seis y media. Y cuando se apagaba, su puntito de luz permanecía como un espíritu en la habitación ya a oscuras.

El televisor en blanco y negro se proponía acompañarnos más allá de nuestros deseos de progresar catódicamente. Sin embargo, cuando menos lo esperábamos ya, un día, el equipo técnico habitual diagnosticó una grave dolencia en el tubo de imagen y, pese a que era tan pesado, se lo llevaron con ciertos augurios de final definitivo, dejándonos sin ver un partido de octavos de final de la Recopa o algo por el estilo. El gigante ‘Iberia’, de serias líneas de madera y cromados, legó a la familia su hueco en el mueble bar, una capa de tres centímetros de polvo y dejó huérfana a la chiclanera gitanilla de Marín, tan typical y que tan garbosamente se sostenía sobre él”.

Francisco Andrés Gallardo.

‘En un país multicolor’ (2003)

  • carlos

    hola hoy he salvado de una muerte segura a una televisión iberia, exacta a la que has subido, tengo varios televisores antiguos, cuando la limpie descubriré el estado de la misma, pero en todo caso externamente está muy bien, le recomiendo visite mi blog donde periódicamente subo objetos vintage de diversas décadas…

    un saludo y bonito relato