La mísera clemencia que nos despierta Rekarte

Francisco Andrés Gallardo | 12 de mayo de 2015 a las 14:30

Hay ocasiones impagables en que la televisión se echa a un lado para dejar paso al periodismo. Se dejan a un lado todos los complementos y los efectos especiales y el cristal sólo enfoca así las palabras y los gestos. El mejor especialista de desnudar el televisor y dejarlo en cueros, en entrañas, es Jordi Évole, capaz de construir una hora de televisión al aire libre, o en un cuarto a solas, sin más ladrillos que una conversación documentada, mirando a los ojos del interlocutor y sin concesión a espectáculo. Este domingo cerró temporada con uno de sus programas más esenciales y estremecedores. (al pinchar, puedes ver este último Salvados)

El hasta ahora etarra Iñaki Rekarte pensaba que arrimándose a Salvados iba a lavar su imagen y todos sus remordimientos, pero sólo pudo restregarse con el estropajo del pudor para mostrarnos su cochambrosa dermis de niñato idealista y su ligero equipaje de neuronas y sentimientos con el que se ha pasado sus años de cárcel. Ahora, con una esposa y un hijo gaditanos, quiere expiar sus errores cuando ni siquiera es capaz de retener los nombres de las personas inocentes, simples transeúntes, que asesinó, el muy canalla. Si el de Ciudadanos pide establecer una frontera que fije la renovación de un país en la generación nacida tras el 78 (ya hay que ser bocazas y salvapatrias), la línea que dejó de argumentar cualquier coartada etarra se trazó a finales del 76. Pero Rekarte, cachorro arrojado al caldero de los odios, y muchos otros que actuaban o les jaleaban, lo hacían en pleno 1992. Y hay quienes, con menos de ocho apellidos vascos,  les siguen aplaudiendo a día de hoy. El convidado de Évole, que ahora quiere vivir, convirtió la pantalla en su confesionario, con un entrevistador silencioso y comedido.  Cumplida su condena, muestra su arrepentimiento y su alejamiento de toda la banda de asesinos. Que Dios le perdone. Sí, ya, hay  tipos peores que los años y la derrota no les hacen arrepentirse de sus fechorías. Allá ellos y los políticos que aún los justifican. Esos ya no nos mueven ni la más mínima misericordia, esa insípida clemencia que nos producen las disculpas de Rekarte.

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