Se cierran canales, pero el 3 y el 5 seguirán ahí

Francisco Andrés Gallardo | 30 de abril de 2014 a las 1:26

Los Telecinco o Antena 3 harán mejor o peor televisión, que guste más o menos a cada cual, pero demuestran cada día que, tras los años transcurridos, son los que saben hacer la mejor televisión comercial y suculenta. Cada uno en su estilo, en sus detalles y en su línea editorial. Telecinco, eran otros tiempos en facturación publicitaria y en número de canales, llegó a ser la empresa más rentable de toda Europa (la que con menos conseguía más beneficios: no es difícil recordar de qué manera). Ha habido intentos de competencia más o menos ambiciosos. Desde canales que llegaban con respaldo y bendiciones como La Sexta o Cuatro, que terminaron siendo zampados, a proyectos cutres como los de Veo o Net; y otros de ínfulas pero con corto presupuesto como 13 TV. En TVE es donde estaban los profesionales más curtidos, pero ya hicieron una criba quitándose en su momento a más de 3.500 trabajadores que tenían más de 52 años: la cadena pública depende ya mucho de las productoras. En Canal Sur es en parte incomprensible que 25 años después no sepa sacar más rédito a su abultada y veterana plantilla.

Para dar lecciones de cómo sobrevivir y convertir sus cadenas en empresas solventes los ejemplos son Telecinco, con todos sus defectos, y Antena 3, que ha adoptado el papel que encarnaba la mejor TVE. Son dos cadenas que se han mantenido durante más de veinte años entre las predilecciones del espectador español, por encima de todos los cambios, y las que mejor han sabido jugar sus cartas en lo empresarial y en lo financiero. Si se fijan, aunque se equivoquen en algunas inversiones, no dan grandes pasos en falso, aunque las cuentas les han salido en los últimos años gracias a que el presidente Zapatero le quitó la publicidad a RTVE, pese a que no sirvió para salvar el cuello a Cuatro y a La Sexta.

El actual Gobierno ha visto una oportunidad en la sentencia contra la TDT para reconfigurar el panorama mediático a su gusto, para favorecer a grandes empresas y a corporaciones amigas y, de paso, pararle los pies a estos dos gigantes. Atresmedia y Mediaset saldrán de esta. Abofeteadas, recelosas. Pero sus primeros y segundos canales seguirán mandando en el mando.

Edurne gana ‘Tu cara me suena’

Francisco Andrés Gallardo | 28 de marzo de 2014 a las 11:32

Es la que ha tenido más constancia, y ha mantenido más alto el listón medio, a lo largo de una tercera temporada de Tu cara me suena que ha sido más cansina de la cuenta porque Antena 3 la ha estirado demasiado (con 7 u 8 entregas hubiera sido suficiente). Motivos de estrategia y de aguantar el chaparrón de Telecinco, que va a liderar marzo unas 8 décimas sobre Antena 3, líder en los últimos meses. Melody, con alguna mala cara que se podía haber ahorrado, estuvo a gran altura también entre los imitadores, como el mocoso de Xuso. Tal vez lo más valorable, el esfuerzo de una ‘currelanta’ como Llum Barrera, que sin ser cantante profesional, nos deslumbró.

Entre lo mejor de esta temporada. Esta Marifé de Triana interpretada por la ganadora Edurne…

Melody como La Oreja de Van Gogh

Florentino como Marilyn Manson

O Llum como Encarnita Polo

Para desenterrar glorias pasadas, por cierto, no hay mayor tesoro que Tu cara me suena

La TVE de Suárez asomada al futuro

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:52

“Muchacho, la Marina te llama”, decía un animoso spot al servicio de la Armada para reclutar voluntarios y que recordarán los espectadores en blanco y negro. Indirectamente se estaba construyendo la transición, pero entonces no lo sabía nadie. Tal vez ni siquiera el propio director general de Radiodifusión y Televisión, Adolfo Suárez. El máximo responsable de TVE había brindado una generosa porción de anuncios al Ejército para que aparecieran en los intermedios de la sagrada Primera Cadena. El director general había intimado con algunos militares, inclusive con el entonces general de brigada Manuel Gutiérrez Mellado, admirador de Por tierra, mar y aire. El lápiz de la Historia garabateaba líneas, pero nadie lo sospechaba. Suárez ligaba así lazos fraternales con un grueso de la cúpula de las Fuerzas Armadas.

También en los Telediarios había profusión de imágenes y noticias del Príncipe. De “don Juan Carlos de Borbón y Borbón”, así, con los dos apellidos, que calara. En las profundidades del régimen había arenas movedizas que optaban por el nieto político del dictador, Alfonso de Borbón, el duque de Cádiz. Suárez se negó en redondo a retransmitir la boda del siglo franquista. La de la nieta Carmen Martínez-Bordiú (quien con los años acabaría en Mira quién baila) y el pretendiente estirado. El director general de RTVE, en un segundo-primer plano de la película, había firmado el argumento: renovación sucesiva, con calma y sin alborotos. Valerio Lazarov, exótico fichaje desde el otro lado del Telón, podía jalear con las cámaras y las minifaldas, que ya se encargarían los corbatones de los informativos a poner la cara seria y las cosas en su sitio. Bueno, en todos los Telediarios no. En el de la medianoche, escondido, el 24 Horas de Martín Ferrand, con José María García, se permitían excentricidades liberales que terminaron con un precipitado cese. En la Ser levantarían Hora 25.

Suárez quería aire fresco pero nunca una levantera que le llevara por delante. Por eso puso en marcha el Estudio abierto, con José María Íñigo en el UHF, un salto al vacío del directo (abajo, un vídeo de ejemplo de lo que era ese programa a principios de los 70), pero tutelado de cerca. Permitiendo, pero vigilando. La censura, con Francisco Ansón al frente, seguía firme pero flexible, tal vez por el propio desgaste del régimen. En el extranjero, en 1973, aclamaban a La cabina, único Emmy español, contemplándola como una crítica al franquismo desde dentro. Antonio Mercero y José Luis Garci pretendían más bien un cuento de terror. Por si acaso, los censores optaron por cortar un plano donde aparece la estación de Nuevos Ministerios.

En una España llena de turistas y con unos españoles con el pasaporte menos controlado, TVE era la avanzadilla de España en Europa y viceversa. Había que cuidar Eurovisión, siempre escaparate para los países que tienen poco que decir en todo lo demás, crear el Festival de la OTI con los hermanos hispanoamericanos (un castigo, vamos), y había que ampliar corresponsalías, hacer especiales donde hubieran efluvios renovadores para que la audiencia presintiese que aunque la vida siguiera igual, ya no era la misma.

El vicepresidente Carrero Blanco le pidió a su amigo Suárez que adoctrinase con amenidad sobre el Fuero de los Españoles y desde TVE nació Crónicas de un pueblo. Un verano azul en Puebla Nueva del Rey Sancho en el que Mercero (antes de La cabina, su oxigenante compensación) terminó retratando una España que aspiraba a prosperar. Unos ciudadanos, espectadores, que preferían la gran evasión: los detectives norteamericanos como Ironside, los cuatreros de La ley del revólver, la consulta del Dr. Gannon en Centro Médico, o la justicia a patadas de Kung Fu. Y doblados al castellano, donde la censura podía hacer de las suyas alterando expresiones. Caracoles, repámpanos y cosas así.

La ficción nacional era sobre todo adaptación literaria. Las de la Novela de la sobremesa o el estelar Estudio 1. Hubo entregas como Las brujas de Salem, en la versión de 1973 con Concha Velasco, en la que el realizador Pedro Amalio López jugó al filo de la navaja. Y el director de la casa, también. De esta etapa es la mejor adaptación teatral de toda la historia, el Doce hombres sin piedad dirigido por Pérez Puig.

Antes que recortar mejor era prevenir, omitir: prescindir en la cartelera de títulos incómodos como La tía Tula o de las recreaciones sobre Juana de Arco, ya que el príncipe francés no sale bien favorecido. Al final la santa pasó por la hoguera. Casi lo que le esperaba al futuro duque. Nada de apariciones de Serrat, Raimon o de cualquier músico ajeno a los circuitos convencionales. Mejor paisajes con banda sonora como Música en los jardines de España. Qué bucólico. Nada que sobresaltara a los espectadores más ilustres. Renovación con simpatía y dentro de un orden. “Mantenga limpia España”, ya habían dicho en otros spots.

La televisión de Suárez era la TVE del primer Un, dos, tres, con minifaldas por las rodillas y un don Cicuta que parecía habitar por el bosque de El Pardo (arriba os he colgado un programa completo de 1973).  Y hasta ahí podíamos leer. El resto del relato eran órdenes estrictas. Pero por las pantorrillas de los censores se entremetía un viento pirenaico. Mientras no fuera una fuerte tramontana que despertara al búnker, a Suárez le parecía bien.

Adolfo Suárez, el poder de la imagen

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:45

La buena impresión era fundamental para Adolfo Suárez, voraz relaciones públicas en su carrera política desde un pueblo de la Meseta hasta alcanzar La Moncloa. Las formas siempre fueron vitales para un excelente negociador y un tenaz paciente de despachos. Y la imagen. La buena imagen. Todo sobre lo de dar el lado bueno en la pantalla y detrás de ella lo aprendió Adolfo Suárez en TVE. En los primeros años del mastodonte de Prado del Rey comenzó a tejer su red de contactos, políticos y empresariales, mientras apuraba con fino hilo censor. La todopoderosa cadena, el régimen y su doctrina metidos plácidamente en el salón de todos los hogares españoles, no podía permitirse ni sobresaltos ni incomodidades. Ni un escote de más ni una homilía de menos. Eso lo llevó Suárez a rajatabla mientras echaba una mano a quien pudiera necesitar unos minutos de gloria o la omisión de una inoportunidad.

Las oficinas de RTVE eran una atalaya donde el futuro presidente podía tutear a cualquier figura, mientras crecía en preparación, en visión política y también en olfato para los negocios.

La primera etapa en el organismo fue bajo el sol de Manuel Fraga, ministro de Información, por recomendación del tutor del abulense, Fernando Herrero Tejedor. Con 33 años fue nombrado director de programas de la televisión. Una cadena paternalista y oficialista, donde abundaban los dramáticos, los programas divulgativos (él pondrá en marcha la televisión escolar matinal) y unos Telediarios, a las tres, a las nueve y a las once y media, que aún eran llamados como “el Parte” por millones de espectadores de una posguerra que empezaba a quedar difuminada.

En pocos meses, el eficiente Suárez se convertía en el director de la Primera Cadena, de la Única. El UHF emitía en pruebas y estaba destinada a ser plataforma de experimentos y futuro ventanuco de jóvenes creadores algo contestatarios. Minucias de escaparate. La Primera, la que se veía (la Segunda era virtualmente invisible), era la oficial, la que debía entretener e instruir. E informar al dictado del ministro.

El entusiasta abulense se convirtió en un experto en imagen. Este reclamo al voto en las elecciones a procuradores en Cortes de 1967

 

Suárez

atestigua ese máster de dos años en Prado del Rey. Un aspecto kennedyano, alejado del aura rancia de muchos de sus compañeros de escaños. Ligeramente movido dentro de un Movimiento estancado. Siempre impecable, sin una arruga. Formal sin ser convencional; gubernamental, pero como si fuera uno de los nuestros. Así fue y así lo recordamos.

“Bienestar y Cultura para nosotros y nuestros hijos”, su lema. Seguro que lo pronunció más de una vez en su despacho con vistas a la sierra. Sus paisanos lo llevaron por aclamación a la Carrera de San Jerónimo y de ahí sólo había un paso para migrar de la tele, a fin de cuentas una posición para hacerse valer, a ser gobernador civil, un entrenamiento para metas ejecutivas mayores en responsabilidad y territorio. Y la provincia era idónea: Segovia, a pocos kilómetros del meollo madrileño. Adolfo Suárez jugaba en ideas con ventaja sobre la mayoría, a lo que se añadía su don de gentes y una proximidad al hombre fuerte del régimen, el vicepresidente Carrero Blanco.

En 1968 dejaba de preocuparse por los programas para pasar a las preocupaciones segovianas. Detrás dejaba proyectos como los primeros contenidos de TVE premiados en el extranjero: El último reloj, El asfalto o Historias de la frivolidad (todos ellos de Narciso Ibáñez Serrador), burla contra la censura y estrenado después de la Oración, Despedida y Cierre. Despuntes osados para dar otra imagen más allá de los Pirineos. El programa de más éxito de esta trayectoria fue la serie Historias para no dormir. Terror para un país que siempre tenía miedo. Y los niños se reían con las inclinaciones imposibles de Locomotoro. El junco que se dobla pero siempre sigue en pie.

El cambio de ministro de Información, con los leves aires cambiantes de 1969, le vino bien al gobernador segoviano. Carrero Blanco le recomendó directamente para que fuera director general de RTVE y el relevo de Fraga, Alfredo Sánchez-Bella, lo tuvo claro. También contaba con la propuesta del Príncipe de España, con el que Suárez iniciaba una relación estrecha y discreta.

En la cúspide de la casa donde se había fraguado su imagen, Suárez emprendió una paulatina operación de rejuvenecimiento de la televisión y del aspecto de un régimen controlado por un anciano. En España mandaban los de siempre, cada vez más mayores, pero los españoles empezaban a confiar en un futuro más feliz, representado en los Príncipes, mudos y saludadores, viajeros e inquietos.

La etapa de la dirección general de Suárez fue la más brillante y revolucionaria, dentro de lo que cabe, de la historia de la TVE en blanco y negro, pese a su dramático contexto histórico. Desde los primeros programas de entrevistas en directo, como el de José María Íñigo, a los espacios de reporteros en el extranjero, el doblaje de la series (que hasta entonces llegaban con voz latinoamericana), series propias con ambición (Los camioneros, con Sancho Gracia) e intención (Crónicas de un pueblo). Una apertura con la puerta entreabierta. De paso tuvo que despedir a su hermano de secretario, José María, Chema, un caso casi perdido.

De Prado del Rey salió en 1973, curtido y relacionado, con enemigos pero sobre todo con incondicionales. Leales en una casa de veteranos carcas que pusieron a su disposición el gigante de TVE para construir el calculado derribo del franquismo. La televisión hablaba de ilusión y de normalidad. Buena imagen, siempre buena imagen, para un país que cambiaba de camisa. El presidente la llevaba siempre celeste, la que daba mejor contraste en blanco y negro.

Suárez ya llevaba su experiencia electoral de 1967 para vender con garantía su mutante UCD. Impecable. Arrugas, las justas. Sólido y responsable. Fue el primero en aparecer en la noche de los candidatos de 1977. La televisión de Suárez culminaba con éxito la operación. Después todo se hizo tan cuesta arriba que fue difícil enmendarlo en la pantalla. El presidente pidió que su realizador favorito, Gustavo Pérez Puig, no estuviera presente cuando, con mala cara, en febrero del 81, anunciaba su dimisión. La azulada TVE de la UCD más dura moría año y medio después

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Xavi Hernández marca gol en ‘Los Simpson’

Francisco Andrés Gallardo | 12 de marzo de 2014 a las 12:41

Xavi. Simpson. Sofalicola Xavi Hernández según  ‘Los Simpson’, dentro de una campaña de Fox y de esta serie para anunciar el Mundial 2014

 

 

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Blue ‘Velvet’

Francisco Andrés Gallardo | 18 de febrero de 2014 a las 9:39

Este lunes se acuchillaban entre sí una vez más Telecinco y Antena 3. Una sacaba Periodistas, bueno, B&B, y la otra blandía desde el bolsillo trasero Gran Hotel. El golpe de Antena 3 dejó malherida a la gaceta encabezada por Gonzalo de Castro en aquel papel de José Coronado. Miguel Ángel Silvestre gana, pero no porque él sea el que convenza, sino porque tenía detrás a Natalia Millán, Aitana Sánchez-Gijón, Tito Valverde y, sobre todo, a don José Sacristán. Si está él, aceptamos todos los pulpos como animales de compañía que nos echen a los acronismos de un Madrid de los 50 tan romántico que no está empañado por ningún falangista. Y todos los paralelismos demasiado evidentes con la hotelera prima.

Velvet, rival de las Galerías Oxford, je, je, en la ficción, este reconvertido Gran Hotel entre agujas, rollos y faldas plisadas, tiene un magnífico plantel de intérpretes que dan lustre a la esmerada ambientación y a una banda sonora que evoca al Nueva York o al Londres de aquel tiempo y no a la castiza aldea del cocidito madrileño. Porque la producción de Bambú habla de sueños y es una nube de algodón dulce, el pasado que nunca tuvimos y que nuestros mayores quisieron tener. Ahí encuentra más similitudes con su colega literaria El tiempo entre costuras, pero en vez de derivar hacia a la aventura desde el romance, el camino es el puro drama. Y hay un giro la mar de valiente e impactante en el primer capítulo, nada habitual hasta hace unos años en una ficción española. Se agradecen esos golpes de guión. La primera entrega arranca con un flash back que recorre todo el pasado de Corín Tellado de los dos protagonistas, que tal vez no era necesario extenderse en principio tratándose de una serie, y el desarrollo se hace más crudo en la segunda parte del episodio, lanzando todos los carretes de las futuras tramas. Velvet es recomendable. Promete. No es esa serie española que aún estamos esperando. Pero hay que verla aunque sólo sea por tener ahí a José Sacristán paseando por una Gran Vía virtual.

 

Cataluña nos prefiere pobres e incultos

Francisco Andrés Gallardo | 4 de febrero de 2014 a las 9:04

El jueves tocaba huelga en la televisión pública catalana TV-3 y por la tarde se rellenaba el parón con la miniserie Ojo por ojo, protagonizada por Lluís Homar, y que se coprodujo con RTVE (aquí tenéis el enlace http://www.tv3.cat/videos/2847850 ). En la versión catalana sobre esta historia de pistoleros y conflictos laborales en la Barcelona industrial de hace algo más de un siglo los burgueses y chicos buenos parlan en perfecto catalán mientras que los malos se desenvuelven en clarísimo (y cerradísimo) andaluz. Sí, en ese mismo dialecto castellano con el que se expresa la caricatura de Sergio Ramos, expuesto como el tonto supremo de la sátira Crackovia. Si usted observa suspicacias al respecto será tildado de facha y cavernario, pero ya le digo, esos son los clichés pro-complejos que endosan a fuego lento a su audiencia, andaluces y descendientes de andaluces incluidos. Ser andaluz o sentirse español es de pobres. De jetas. De incultos, vaya.

 

En la televisión de Artur Mas, caldo independentista donde se puede tirotear al Rey o se rotula con “Eleccions amb violència” un mapamundi donde aparece una hipotética Cataluña independiente, hay que andarse con cuidado. Los Morancos, el día siguiente a los pistoleros, iban de amistosos y abiertos y salieron escaldados. ¿A quién se le ocurre ir contra la élite de allí? Las malas caras de las dos colaboradoras de Els matins, que se igualan a los de Intereconomía en rictus e intransigencia, fueron mediatizando a los hermanos Cadaval, que terminaron arrinconados con palabras que en el fondo no querían decir. Ay, era en ese momento cuando debieron pronunciar lo de que se sentían españoles y leales a la Constitución. Pero ante la mirada siesa de la escritora Empar Moliner se arrugaron. No querían montar una escandalera que hiciera desertar de las butacas a los espectadores. O al menos esa es la impresión. Y la táctica les salió peor que la dieta de Omaíta.

 

Hay que tener mucha trayectoria para torear en Cataluña como Felipe González ante Mas en Salvados. Évole vuelve a conseguir un gran impacto con una mesa y un par de sillas. La cuestión es saber a quién sentar en ellas. El mejor parado de ese debate fue el PSC. Si no tenían argumentos claros para su electorado, que le pregunten a Isidoro: se explicó la mar de bien.

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Mariana, entre Cadi y la pensión El Patio

Francisco Andrés Gallardo | 8 de noviembre de 2013 a las 1:15

El fallecimiento de Mariana Cornejo hace revivir los recuerdos de los flacos intermedios de Telesur, cuando el centro territorial de TVE, en aquel chalé de la sevillana avenida de la Palmera, disponía de una hora para repasar lo que pasaba en Andalucía. Y la lejía Los Tres Sietes, todos los días (solía ser el único spot ), jaleaba el almuerzo a ritmo de tanguillo y los ojillos resabiados de Mariana, maruja de delantal, uñas pintadas y rizos de permanente. El desparpajo de la gaditana le llevó a esta popularidad regional mientras zamarreaba a su marido lacio, con un mono blanco lleno de tiznones, y le daba en furecida a la mopa para cantar las virtudes del Bóxer Fregasuelos. Porque Mariana era cantaora, de las buenas, aunque el público de Telesur lo supo muchos anuncios después, mientras soñaban con tener un tercer canal como los catalanes y gente así.

Mariana Cornejo, Cadi en la garganta, aparecía en los programas flamecos pioneros de Canal Sur. Y recibía fuertes aplausos en la Bienal de Sevilla, con mediación de Chano Lobato, como si fuera una australiana, porque durante mucho tiempo Cádiz estuvo muy lejos de Sevilla. Estuvieron alejadas una de otra. Y no sólo por culpa de los peajes.

La embajadora gaditana fue fichada para la primera telecomedia, que no llegaba ni a garabato de los Álvarez Quintero, de la televisión andaluza. Pensión El Patio, del casinero García-Pelayo. Aquello era realmente abominable, una autoparodia rancia de esa Andalucía que nos encasquetan los demás. Mariana no tenía la culpa. Aquella serie, por calificarla de alguna manera, costaba el minuto más de 130.000 pesetas de 1989. La autonómica andaluza nacía como un inmenso, y caro, spot de la lejía Los Tres Sietes. El modelo no terminó de corromperse hasta extremos valencianos y al menos esa responsabilidad habrá que anotársela a muchos de sus directivos y trabajadores. Y a la propia Junta con su resignación financiera tapando boquetes durante lustros.

 

 

A Manolo Escobar: marqués del Porompompero y duque de Cine de Barrio

Francisco Andrés Gallardo | 24 de octubre de 2013 a las 13:40

Manolo Escobar forma parte de esas generaciones artísticas que siempre llevaban la sonrisa puesta y la galanura como una flor en la solapa. Figuras que se hacían querer por un público que tenía en la música de siempre una vida de escape y que coloreaba con coplas de la radio las verbenas, refugio antinuclear de existencias remolonas y grises. La voz del cantante almeriense, viril e ibérico, con sus estribillos facilones y sincopados, con los agitados guitarreos de sus hermanos siempre guardándole las espaldas, quitó las penas a milones de españoles, de aquí y de allá. Y con la ocurrencia del bautizo de su hija dio nombre a decenas de miles de españolas nacidas en los 80 que se llaman “Vanessa”, como su retoño.

Don Manuel García, con ese grito patriótico creado por un alemán, “Y viva España” (qué buena excusa para brindar con la penúltima), estrella de un cine muy entrañable, era uno de esos invitados recurrentes de las galas nocturnas de TVE. Ya fuera algún Festival de Benidorm; experimentos como Palmarés, ahora que van a homenajear a su creador, Martí Maqueda; o momentos únicos en el año como los especiales de Nochevieja de Lazarov, donde se rebujaba toda la calaña discográfica y algún cuentachistes. Lazarov, el primer director de Telecinco, contó con Escobar y con todos sus coetáneos, incluida Carmen Sevilla, para amontonarlos por todos esos programas de aquella privada pionera que siempre parecía estar haciendo el mismo programa. Cuando Telecinco pagó por primera vez los derechos de las imágenes ligueras en lugar de hacer un Estudio Estadio a Lazarov se le ocurrió ensamblar, en la media noche de los lunes, Goles son amores, con Manolo Escobar, la carcajada de Loreto Valverde y unas cuantas gachís enseñando el muslamen mientras se entretejía aquello con los mejores momentos del domingo. Una cosa horrenda que para nada nos emborrona la memoria amable que tenemos del señor del Carro. Del duque de Cine de barrio, marqués del Porompompero, vizconde de la Minifalda e hidalgo del manteo de los campeones del mundo. Noble persona. Y buen andaluz.

Descanse en paz.

Y además de su recuerdo, siempre tendremos las parodias-homenaje de José Mota…

 

 

 

España es asín

Francisco Andrés Gallardo | 13 de octubre de 2013 a las 11:01

Sólo veinte antepasados atrás nos llevábamos todo el día rumiando sobre nuestros enemigos, esquilmando a los vecinos y oteando con recelo desde las torres que custodiaban nuestros pueblos medio muertos de hambre. Llevamos encima el alma de matamoros, las tripas afirmadas por la imposición y el corazón, con la intransigencia. Somos la reserva espiritual de lo que nos conviene. Que inventen ellos. Que los demás se adapten a nosotros. Para qué comunicarnos con los de allí, que sean ellos los que aprendan lo que pronunciamos en cristiano. Da igual que nos expresemos en mesetario, en lenguas cantábricas o enjuagadas en el Mediterráneo. Nuestro espíritu peleón, más bien bronquista, se esconde bajo el disfraz del entendimiento y de vivir en paz con el de al lado. No estamos acostumbrados a tolerar. A nosotros nos va más resistir. Rezamos en voz alta y siempre renegamos por lo bajini. Qué nos gusta una frontera, un peaje, un color, un bando. Tú no eres de los nuestros. Y contigo, aunque seas un indeseable, hasta el infinito. O tal vez no. Te dejaremos tirado en la misma esquina.

Nos llevamos diez siglos avasallando a los demás, hasta el fin del mundo, en nombre de todos los dioses; y nos hemos llevado otros dos siglos linchándonos entre nosotros. Acuchillándonos en nombre de Dios, del líder, de nuestra educación o de los sinvergüenzas a las puertas de los juzgados. De vez en cuando nos vamos de fiesta, porque todo el mundo es bueno. Vamos, como aquí no se vive en ninguna parte.

En casa, nuestra república independiente, tomamos la prolongada comunión ante el altar. Nos gusta un cuchicheo, un cuchilleo y todo aquel deporte en el que podamos desahogar nuestras entrañas belicosas de siempre. Es verdad, en todas estas generaciones no nos han ejercitado ni en la comprensión ni en la abstracción. Estamos adiestrados en la improvisación, el victimismo agresivo y en no reconocer las evidencias.

 

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