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La TVE de Suárez asomada al futuro

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:52

“Muchacho, la Marina te llama”, decía un animoso spot al servicio de la Armada para reclutar voluntarios y que recordarán los espectadores en blanco y negro. Indirectamente se estaba construyendo la transición, pero entonces no lo sabía nadie. Tal vez ni siquiera el propio director general de Radiodifusión y Televisión, Adolfo Suárez. El máximo responsable de TVE había brindado una generosa porción de anuncios al Ejército para que aparecieran en los intermedios de la sagrada Primera Cadena. El director general había intimado con algunos militares, inclusive con el entonces general de brigada Manuel Gutiérrez Mellado, admirador de Por tierra, mar y aire. El lápiz de la Historia garabateaba líneas, pero nadie lo sospechaba. Suárez ligaba así lazos fraternales con un grueso de la cúpula de las Fuerzas Armadas.

También en los Telediarios había profusión de imágenes y noticias del Príncipe. De “don Juan Carlos de Borbón y Borbón”, así, con los dos apellidos, que calara. En las profundidades del régimen había arenas movedizas que optaban por el nieto político del dictador, Alfonso de Borbón, el duque de Cádiz. Suárez se negó en redondo a retransmitir la boda del siglo franquista. La de la nieta Carmen Martínez-Bordiú (quien con los años acabaría en Mira quién baila) y el pretendiente estirado. El director general de RTVE, en un segundo-primer plano de la película, había firmado el argumento: renovación sucesiva, con calma y sin alborotos. Valerio Lazarov, exótico fichaje desde el otro lado del Telón, podía jalear con las cámaras y las minifaldas, que ya se encargarían los corbatones de los informativos a poner la cara seria y las cosas en su sitio. Bueno, en todos los Telediarios no. En el de la medianoche, escondido, el 24 Horas de Martín Ferrand, con José María García, se permitían excentricidades liberales que terminaron con un precipitado cese. En la Ser levantarían Hora 25.

Suárez quería aire fresco pero nunca una levantera que le llevara por delante. Por eso puso en marcha el Estudio abierto, con José María Íñigo en el UHF, un salto al vacío del directo (abajo, un vídeo de ejemplo de lo que era ese programa a principios de los 70), pero tutelado de cerca. Permitiendo, pero vigilando. La censura, con Francisco Ansón al frente, seguía firme pero flexible, tal vez por el propio desgaste del régimen. En el extranjero, en 1973, aclamaban a La cabina, único Emmy español, contemplándola como una crítica al franquismo desde dentro. Antonio Mercero y José Luis Garci pretendían más bien un cuento de terror. Por si acaso, los censores optaron por cortar un plano donde aparece la estación de Nuevos Ministerios.

En una España llena de turistas y con unos españoles con el pasaporte menos controlado, TVE era la avanzadilla de España en Europa y viceversa. Había que cuidar Eurovisión, siempre escaparate para los países que tienen poco que decir en todo lo demás, crear el Festival de la OTI con los hermanos hispanoamericanos (un castigo, vamos), y había que ampliar corresponsalías, hacer especiales donde hubieran efluvios renovadores para que la audiencia presintiese que aunque la vida siguiera igual, ya no era la misma.

El vicepresidente Carrero Blanco le pidió a su amigo Suárez que adoctrinase con amenidad sobre el Fuero de los Españoles y desde TVE nació Crónicas de un pueblo. Un verano azul en Puebla Nueva del Rey Sancho en el que Mercero (antes de La cabina, su oxigenante compensación) terminó retratando una España que aspiraba a prosperar. Unos ciudadanos, espectadores, que preferían la gran evasión: los detectives norteamericanos como Ironside, los cuatreros de La ley del revólver, la consulta del Dr. Gannon en Centro Médico, o la justicia a patadas de Kung Fu. Y doblados al castellano, donde la censura podía hacer de las suyas alterando expresiones. Caracoles, repámpanos y cosas así.

La ficción nacional era sobre todo adaptación literaria. Las de la Novela de la sobremesa o el estelar Estudio 1. Hubo entregas como Las brujas de Salem, en la versión de 1973 con Concha Velasco, en la que el realizador Pedro Amalio López jugó al filo de la navaja. Y el director de la casa, también. De esta etapa es la mejor adaptación teatral de toda la historia, el Doce hombres sin piedad dirigido por Pérez Puig.

Antes que recortar mejor era prevenir, omitir: prescindir en la cartelera de títulos incómodos como La tía Tula o de las recreaciones sobre Juana de Arco, ya que el príncipe francés no sale bien favorecido. Al final la santa pasó por la hoguera. Casi lo que le esperaba al futuro duque. Nada de apariciones de Serrat, Raimon o de cualquier músico ajeno a los circuitos convencionales. Mejor paisajes con banda sonora como Música en los jardines de España. Qué bucólico. Nada que sobresaltara a los espectadores más ilustres. Renovación con simpatía y dentro de un orden. “Mantenga limpia España”, ya habían dicho en otros spots.

La televisión de Suárez era la TVE del primer Un, dos, tres, con minifaldas por las rodillas y un don Cicuta que parecía habitar por el bosque de El Pardo (arriba os he colgado un programa completo de 1973).  Y hasta ahí podíamos leer. El resto del relato eran órdenes estrictas. Pero por las pantorrillas de los censores se entremetía un viento pirenaico. Mientras no fuera una fuerte tramontana que despertara al búnker, a Suárez le parecía bien.

Adolfo Suárez, el poder de la imagen

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:45

La buena impresión era fundamental para Adolfo Suárez, voraz relaciones públicas en su carrera política desde un pueblo de la Meseta hasta alcanzar La Moncloa. Las formas siempre fueron vitales para un excelente negociador y un tenaz paciente de despachos. Y la imagen. La buena imagen. Todo sobre lo de dar el lado bueno en la pantalla y detrás de ella lo aprendió Adolfo Suárez en TVE. En los primeros años del mastodonte de Prado del Rey comenzó a tejer su red de contactos, políticos y empresariales, mientras apuraba con fino hilo censor. La todopoderosa cadena, el régimen y su doctrina metidos plácidamente en el salón de todos los hogares españoles, no podía permitirse ni sobresaltos ni incomodidades. Ni un escote de más ni una homilía de menos. Eso lo llevó Suárez a rajatabla mientras echaba una mano a quien pudiera necesitar unos minutos de gloria o la omisión de una inoportunidad.

Las oficinas de RTVE eran una atalaya donde el futuro presidente podía tutear a cualquier figura, mientras crecía en preparación, en visión política y también en olfato para los negocios.

La primera etapa en el organismo fue bajo el sol de Manuel Fraga, ministro de Información, por recomendación del tutor del abulense, Fernando Herrero Tejedor. Con 33 años fue nombrado director de programas de la televisión. Una cadena paternalista y oficialista, donde abundaban los dramáticos, los programas divulgativos (él pondrá en marcha la televisión escolar matinal) y unos Telediarios, a las tres, a las nueve y a las once y media, que aún eran llamados como “el Parte” por millones de espectadores de una posguerra que empezaba a quedar difuminada.

En pocos meses, el eficiente Suárez se convertía en el director de la Primera Cadena, de la Única. El UHF emitía en pruebas y estaba destinada a ser plataforma de experimentos y futuro ventanuco de jóvenes creadores algo contestatarios. Minucias de escaparate. La Primera, la que se veía (la Segunda era virtualmente invisible), era la oficial, la que debía entretener e instruir. E informar al dictado del ministro.

El entusiasta abulense se convirtió en un experto en imagen. Este reclamo al voto en las elecciones a procuradores en Cortes de 1967

 

Suárez

atestigua ese máster de dos años en Prado del Rey. Un aspecto kennedyano, alejado del aura rancia de muchos de sus compañeros de escaños. Ligeramente movido dentro de un Movimiento estancado. Siempre impecable, sin una arruga. Formal sin ser convencional; gubernamental, pero como si fuera uno de los nuestros. Así fue y así lo recordamos.

“Bienestar y Cultura para nosotros y nuestros hijos”, su lema. Seguro que lo pronunció más de una vez en su despacho con vistas a la sierra. Sus paisanos lo llevaron por aclamación a la Carrera de San Jerónimo y de ahí sólo había un paso para migrar de la tele, a fin de cuentas una posición para hacerse valer, a ser gobernador civil, un entrenamiento para metas ejecutivas mayores en responsabilidad y territorio. Y la provincia era idónea: Segovia, a pocos kilómetros del meollo madrileño. Adolfo Suárez jugaba en ideas con ventaja sobre la mayoría, a lo que se añadía su don de gentes y una proximidad al hombre fuerte del régimen, el vicepresidente Carrero Blanco.

En 1968 dejaba de preocuparse por los programas para pasar a las preocupaciones segovianas. Detrás dejaba proyectos como los primeros contenidos de TVE premiados en el extranjero: El último reloj, El asfalto o Historias de la frivolidad (todos ellos de Narciso Ibáñez Serrador), burla contra la censura y estrenado después de la Oración, Despedida y Cierre. Despuntes osados para dar otra imagen más allá de los Pirineos. El programa de más éxito de esta trayectoria fue la serie Historias para no dormir. Terror para un país que siempre tenía miedo. Y los niños se reían con las inclinaciones imposibles de Locomotoro. El junco que se dobla pero siempre sigue en pie.

El cambio de ministro de Información, con los leves aires cambiantes de 1969, le vino bien al gobernador segoviano. Carrero Blanco le recomendó directamente para que fuera director general de RTVE y el relevo de Fraga, Alfredo Sánchez-Bella, lo tuvo claro. También contaba con la propuesta del Príncipe de España, con el que Suárez iniciaba una relación estrecha y discreta.

En la cúspide de la casa donde se había fraguado su imagen, Suárez emprendió una paulatina operación de rejuvenecimiento de la televisión y del aspecto de un régimen controlado por un anciano. En España mandaban los de siempre, cada vez más mayores, pero los españoles empezaban a confiar en un futuro más feliz, representado en los Príncipes, mudos y saludadores, viajeros e inquietos.

La etapa de la dirección general de Suárez fue la más brillante y revolucionaria, dentro de lo que cabe, de la historia de la TVE en blanco y negro, pese a su dramático contexto histórico. Desde los primeros programas de entrevistas en directo, como el de José María Íñigo, a los espacios de reporteros en el extranjero, el doblaje de la series (que hasta entonces llegaban con voz latinoamericana), series propias con ambición (Los camioneros, con Sancho Gracia) e intención (Crónicas de un pueblo). Una apertura con la puerta entreabierta. De paso tuvo que despedir a su hermano de secretario, José María, Chema, un caso casi perdido.

De Prado del Rey salió en 1973, curtido y relacionado, con enemigos pero sobre todo con incondicionales. Leales en una casa de veteranos carcas que pusieron a su disposición el gigante de TVE para construir el calculado derribo del franquismo. La televisión hablaba de ilusión y de normalidad. Buena imagen, siempre buena imagen, para un país que cambiaba de camisa. El presidente la llevaba siempre celeste, la que daba mejor contraste en blanco y negro.

Suárez ya llevaba su experiencia electoral de 1967 para vender con garantía su mutante UCD. Impecable. Arrugas, las justas. Sólido y responsable. Fue el primero en aparecer en la noche de los candidatos de 1977. La televisión de Suárez culminaba con éxito la operación. Después todo se hizo tan cuesta arriba que fue difícil enmendarlo en la pantalla. El presidente pidió que su realizador favorito, Gustavo Pérez Puig, no estuviera presente cuando, con mala cara, en febrero del 81, anunciaba su dimisión. La azulada TVE de la UCD más dura moría año y medio después

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Así empezó Antena 3

Francisco Andrés Gallardo | 23 de enero de 2010 a las 20:46

El vídeo de arriba es el de los primeros minutos de Antena 3 Televisión el 25 de diciembre de 1989. Miguel Ángel Nieto, la voz pionera de Antena 3 Radio (pinchad aquí para recordar algunas de sus sintonías), se marcó un mitin en toda regla para dar la bienvenida a los espectadores. Esa perorata de política empresarial es inimaginable a estas alturas. Pero quede constancia de cómo concebía aquella televisión alternativa el equipo de Manuel Martín Ferrand, el consejero general de la empresa nacida en 1979 y que surgió como una quimera en 1966.

Y abajo, la lánguida sintonía, tipo ‘Amo a Laura’, da idea de cómo se concebían montajes y melodías en 1989, verdadera prehistoria de la tele en España.

Y aquí está el comienzo de las “emisiones regulares”, nunca mejor dicho en Antena 3 el 25 de enero del 90.

Este es un buen resumen que la propia Antena 3 ha realizado en 2010 para contar en minuto y medio su historia…

o este repaso a sus series…

Los cambios de accionariado, el navajeo de pasillos, los programas y los zarandeos políticos dan para un libro…

Aqui os dejo el reportaje que hoy escribo en papel…

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Incienso para Suárez

Francisco Andrés Gallardo | 6 de julio de 2009 a las 0:06

Ser jefe de los espías no debe de distar mucho del cuidador de los leones en una reserva. Si además los felinos toman nota de los excesos que se hacen con aspavientos, es normal que algún día termines en el almuerzo de la manada.

A Adolfo Suárez le pasó algo parecido durante la Transición. Mientras erigía un edificio nuevo, desmontando ladrillo a ladrillo el anterior, quiso contentar a todos sin desagradar a nadie y España deglutió al ingeniero de los nuevos tiempos.

TVE, azuzando con el incensario que se instaló en el altar de Suárez desde que los problemas familiares le hicieron apartarse de la vida pública, ofrecía el viernes a las tantas un reportaje sobre su llegada a la presidencia hace 33 años, adelantándose a la miniserie hagiográfica que prepara Antena 3. El programa del equipo de Informe Semanal se centraba en el rescate de imágenes de cada comparecencia del político abulense durante sus difíciles años en la presidencia, inclusive fragmentos en la trastienda, acompañadas de retazos de los informativos y del envejecidísimo No-do de entonces, con la sazón de testimonios de colaboradores.

Suárez había estado al frente de TVE durante más de un lustro y esa experiencia le valió para dominar el medio frente a sus rivales, con topos dentro de Prado del Rey. Al lado de los zapateros y rajoyes de hoy, el ex presidente, algo envarado como correspondía al ingenuo postfranquismo, transmite una confianza y credibilidad que hace años que desaparecieron en nuestro coto político. Y no sólo Suárez, también la propia TVE, fueron claves para difuminar recelos y, salvo alguna que otra torpeza, ayudaron a construir nuestra democracia. Suárez quedó desterrado por la codicia de los rivales; y TVE quedó destrozada por la codicia de sus dirigentes que se fueron turnando de legislatura en legislatura

(El vídeo pertenece a la serie ‘La transición’, de Victoria Prego)