
El de arriba soy yo si viviera en Springfield, en un second life amarillo, barriga salchichera incluida. Podría ser un currelante de la redacción de Ken Brockman, el presentador más barriobajero de la televisión animada. La imagen debió salir este domingo en los periódicos, junto a la firma de la columna, pero ignoro a quién no le pareció bien que mi avatar diera la cara en este artículo que os añado más abajo. (hombre, sí lo sé, es un patoso que tuve que sufrir hace unos años, pero por fortuna apenas ya ni me lo tengo que cruzar. Más bien me da lástima). Lo bonito del ‘internés’ es que puedes crearte tu mundo propio y en tu blog poner todo lo que crees que es interesante, y divertido, para el resto de sofalícolas.
En fin. Que el amarillo firmante, el tipo de arriba, vendría a decir lo siguiente si se le preguntara sobre ‘Los Simpson’, la serie más completa de la historia del catodicismo…
Están con nosotros desde hace casi 18 años, cuando aparecieron un miércoles de enero por la noche en un olvidable Es Tres, con Loles León, Bibí y Rossy de Palma, en aquella Segunda Cadena del 91 que, sin audímetros, tenía un 25 por ciento de cuota. Eran otros tiempos y ellos eran algo nuevo que en principio desconcertó al personal. Hubo que verlos poco a poco. Nacieron modernos y son eternos contemporáneos porque son unos clásicos en vida: a Los Simpson aún les aguardan, como mínimo, tres temporadas más. Ya han empatado, a 20 tandas (421 capítulos) con la serie más longeva de la historia, La ley del revólver (qué antiguos aquellos vaqueros que se batían en Todo es posible en domingo), y se aproximarán al cuarto de siglo en la pantalla. Surgieron hace 21 años en El Show de Tracey Ullman, la mejor humorista del país de Homer con permiso de Tina Fey-Palin, y es improbable que en los próximos diez años se vayan a caer de la programación de Antena 3, donde siguen acudiendo a diario casi tres millones de personas. Nos queda muchas raciones de plasma en amarillo. Sus repeticiones multiplican por cuatro las de la muerte de Chanquete porque el humor no sufre tanto desgaste como el lagrimeo. Y lo que te rondaré por el Badulaque.
Uno de los grandes valores de Bart y compañía es su academia de buen humor. Los Simpson son una enciclopedia audiovisual de la ironía, del doble sentido, de la parodia, de sazonar ácido o ternura, y de cómo reírnos de todo sin caer en lo previsible. Los mundos paralelos de Springfield están en nuestra propia ciudad. Bueno, durante los seis últimos años la serie se ha vuelto más mecánica, fácil, como una sucesión de chistes, sin esos entrelazados redondos de los primeros años. Se lo aceptamos. Los hijos de Groening ya son más que una serie. Son parte de nuestra familia.
Y de remate, un par de vídeos, por supuesto. En un día como hoy, el de la victoria de Obama, aquí queda el esfuerzo de Homer por votar por el ganador demócrata. Springfield, votó, o al menos intentó votar, por Obama.
Y además una de las mejores introducciones de la serie. La de la evolución del hombre, con Homer, cómo no, de protagonista