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La televisión sanitaria

Francisco Andrés Gallardo | 2 de mayo de 2010 a las 17:22

facultad sofalicola

Huxtable iba a ser en principio un hombre agobiado en sus penurias de clase media-baja norteamericana. Sin embargo a la cadena NBC no le apetecía en aquellos blandos años 80 hablar de estrecheces. Bill Cosby se convirtió entonces en un doctor especializado en obstetricia, con holgada situación económica (su mujer además era abogado) y este afortunado retrato de una familia afroamericana, para muchos inverosímil, se convirtió en el mayor éxito de la televisión mundial de aquella década. El doctor Huxtable en La hora de Bill Cosby experimentaba en la ficción las nociones pedagogas que en la vida real habían llevado al actor a editar varios volúmenes sobre relaciones familiares. Desapareció un día de la parrilla, pero el esqueleto de aquella serie se lo enfundó Emilio Aragón y la bata le quedaba de maravilla. Médico de familia es la primera serie española de largo recorrido y más allá de la comedia que se convirtió en un fenómeno de audiencias y publicitario. El voluntarioso Martín era un galeno viudo y cuando se casó con su cuñada congregó a 13 millones de españoles, 69,4% de share (ni Alonso ahora). Antes de fenecer, su historia pasó del ambulatorio a una unidad de urgencias. Los tiempos vaticinaban cambios en el gremio sanitario.

La televisión siempre ha coqueteado con el hospital. En Estados Unidos la serie más veterana en estos momentos es el culebrón General Hospital que lleva emitiéndose a diario, en la mañana de la ABC, desde 1963 y que hace unos días ha superado los 12.000 episodios (a su lado, Arrayán es un bebé). Por General Hospital han pasado miles de actores y durante años ha marcado estilo en su género. Un hospital es una colmena de relaciones, de sentimientos extremos, y una máquina incesante de historias humanas. Los guionistas nunca han estado faltos de materia prima y Hospital central tiene cuerda para seguir siendo la serie semanal más veterana de la televisión en España al cabo de diez años y aunque sus índices no sean los de otros tiempos. Jordi Rebellón, que también apareció en Médico de familia, es para todos nosotros Vilches, el doctor más desagradable hasta que descubrimos a Gregory House.

La personalidad de los médicos protagonistas fue cambiando con los lustros. En los años 60 las versiones de lujo de General Hospital eran Doctor Kildare, con Richard Chamberlain varios siglos antes de ser el cura de El pájaro espino, y Marcus Welby. En ambas series los protagonistas entraban en conflictos intergeneracionales con otros compañeros, una constante de las series médicas. Mientras Kildare-Chamberlain era el jovencito doctor que traía nuevos métodos, Welby-Robert Young era un viejuno moderno que llevaba por la calle de la amargura al novato, Kiley-James Brolin (que, con toda la razón, acabó retirado en Hotel). El pináculo de este arquetipo fue Centro Médico. Chad Everett era el cirujano Joe Gannon, que tenía sus diferencias con el jefe, el doctor Loechner. Del doctor Gannon estaban enamoradas todas las féminas españolas que vivían en los años 70 y sus “ojos de azul cielo”, como le canturreaban aunque viéramos aún la televisión en blanco y negro, impactaban en la noche de los sábados.

Los médicos irreverentes estaban entonces en la guerra de Corea y mientras Franco estuviera vivo era imposible que TVE programara MASH (cuya versión cinematográfica se ambientaba en Vietnam), que se despidió en 1983 en Estados Unidos ante más de 100 millones de espectadores. La cuadrilla del doctor Pierce-Hawkeye (Alan Alda) apareció por España a principios de los 80, con el jefe, Larry Linville, que era el mayor Burns que inspiró a Matt Groening para reconvertirlo en el millonario de Los Simpson. Además de Radar y del falso loco travestido de Maxwell, la jefa de las enfermeras era Loretta Switt, Morritos Calientes, eje de bromas y seducciones.

Las relaciones doctor-enfermera fueron una de las claves argumentales de estas ficciones durante decenios, hasta que las mujeres también pudieron ser doctoras, incluso en el Oeste, como Jane Seymour-Quinn. Anatomía de Grey es, simplemente una versión avanzada y revisada de General Hospital. Ya en los 80 (fue emitida en sus inicios por Canal Sur) la serie Hospital era un retrato descarnado de los quirófanos.

Los doctores dejaban de ser también un dechado de humanidad y Ted Danson en la dramedia Becker fue uno de los pioneros. El médico podía ser también el bicho raro, o el más desdichado, del pueblo, como sucedía en el remoto Cicely (Alaska) con el doctor Joel Fleischmann, abuelo del Doctor Mateo que esta noche vuelve a Antena 3 en la piel de Gonzalo de Castro.

Las series de médicos retomaron músculo a partir de la repercusión del doctor Doug Ross. Sin George Clooney Urgencias hubiera sido una excelente ficción, igual de maltratada en España, pero no estaría en el olimpo de los buenos recuerdos. Los doctores seguirán centrando series e historias, de sosegados psiquiatras como Gabriel Byrne en En terapia a forenses inquietantes como Dexter. Los ha habido detectives, como Dick Van Dyke, el de Mary Poppins, en Diagnóstico asesinato, y chirriantes niñatos prodigios como Doogie Howser. Los que llevan más tiempo en su consulta sin visos de jubilación son el doctor Hibbert y el fraudulento Riviera. En Los Simpson.

Nuestro amigo Jaus

Francisco Andrés Gallardo | 1 de abril de 2009 a las 9:19

Ahora le llaman a estas series “procedimentales”: estalla un caso, los protagonistas se encargan de solucionar el problema o resolver el enigma, y el episodio concluye de forma cerrada. Los guionistas, sin son norteamericanos, le añaden unas gotas de color, como una tensión sexual no resuelta o un detalle de la trastienda del héroe, para humanizarlo. Y puede haber también una trama originaria que va desarrollándose pero en muy segundo plano. House es uno de los mejores ejemplos de la engrasada creatividad norteamericana. Si se compara con una serie española, el producto nacional chirría, porque al tener que durar hora y media las tramas se ensanchan tontamente, los lazos sentimentales se entrecruzan y se sazonan varios casos a la vez para que aquello dure lo que tenga que durar, a criterio de los directivos y la publicidad. Si uno se hace adicto a una serie americana como House comprueba la sangría que se perpetran contra las historias nacionales, que para durar más parecen desarrollarse a una velocidad más lenta. Tienen mucha paja en los diálogos.

House llegaba ayer a Cuatro a su episodio número 100 y desde el primer minuto es un tobogán que desemboca 45 minutos después en los títulos de crédito. Siguiendo un esqueleto previsible (tal vez demasiado previsible como algunos se quejan), el episodio arranca con impacto del enfermo, que en esta ocasión, al ser una doctora, hasta describía los síntomas. El equipo del cojo irritable debate y duda y en un giro inesperado, a contrarreloj, se llega a la resolución satisfactoria del paciente (aunque hubo alguno que se quedó fiambre). Para variar el esquema, la historia humana se ha ampliado con el tira y afloja de la doctora Cuddy y los traumáticos romances de Foreman y Trece. Pero es una taquicardia guionista al lado de nuestra series

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Hugh X Hug

Francisco Andrés Gallardo | 6 de enero de 2009 a las 0:46

Ante el regreso del doctor House hoy he publicado en papel un perfil del gran Laurie. El título del artículo es “Hugh, el troglodita que surgió de la BBC” y es por supuesto un juego de palabras (o al menos intentaba juguetear con las palabras) sobre un personaje de los tebeos de mi infancia, Hug, el troglodita, de un autor menor, pero no menos interesante, el valenciano Gosset.

Este es el artículo sobre Hugh…

Por mucho que le hemos dado vueltas, es difícil contrastar a Hugh Laurie con una figura española televisiva para que comprendieran el calado y talento de aquí el doctor de mentirijillas. Si acaso podríamos compararle con el fallecido Fernando Fernán Gómez y, por su trayectoria en la pequeña pantalla, de la tragedia a la comedia con toda naturalidad, podría parecérsele Enrique San Francisco, que en realidad pertenece a otro tiempo catódico y su mal talante le ha impedido hacer cosas más grandes.

House regresa esta noche a Cuatro y mañana se estrenan sus nuevos episodios. No le cayó del cielo este regalo interpretativo por el que se embolsa 400.000 dólares por capítulo (el actor de plasma mejor pagado del momento). Aunque a primera memoria muchos relacionen al áspero galeno con la paternidad del ratón Stuart Little, detrás del personaje hay un tipo que se crió en Oxford, estudió en el prestigioso Eton y se tituló en antropología por Cambridge. Pertenece a una curtida hornada de figuras británicas como Kenneth Branagh o Emma Thompson. Interpretó grandes dramáticos en la BBC pero también protagonizó programas de humor absurdo, a lo Martes y Trece, al lado de su compadre Stephen Fry, la voz británica que narra Pocoyó, por cierto (fíjense en los títulos de crédito de la premiada serie española). En este blog de El Sofalícola le pueden echar un vistazo a unos cuantos vídeos de esta pareja que dio grandes noches de carcajadas.

Hugh Laurie compone canciones, en serio y también en broma, e incluso destila estilo en novelas como Una noche de perros, algo más que un best seller escrito por un comediante. El barbado intérprete escenificó números memorables para los espectadores de la Gran Bretaña tan recordados como nuestras rupestres empanadillas. En Estados Unidos se ha ido desquitando apareciendo en Saturday Night Live o batiéndose en duelo en los late shows. También le pueden ver haciendo el ganso en La Víbora negra, junto a Rowan Atkinson, un ratito antes de que se inventara lo de Mr. Bean o de sufrido malhechor en la olvidable 101 dálmatas.

Hugh está a punto de cumplir el medio siglo, pero los años no han sido problema para que las féminas lo consideren “el actor más sexy de la televisión”. El doctor impone no tanto por su físico, enjuto, medio cojo, desaliñado y troglodita, sino por la personalidad y flema que le añade la percha, el trabajo interpretativo de un profesional especializado en el sarcasmo y las miradas de reojo.

Más que los títulos honoríficos, a este inglés lo que le pone es estar un rato con su familia. Cuando la parentela se quedó en el Reino Unido mientras él trabajaba en Los Ángeles, tuvo varios ataques de angustia que le llevaron a tomar el avión. Hugh está por encima de lo que le griten cuando pasa por la alfombra roja. Con su mujer, Jo Green, está a punto de cumplir los 20 años de matrimonio y la pareja tiene a tres trinquetes que ya han superado la adolescencia. Lo de “sexy” Hugh lo lleva por añadidura a un trabajo en el hospital que se lo ha tomado muy de veras.

Hace poco más de cuatro años que el Hollywood televisivo le presentó un proyecto acorde a las posibilidades de este actor que andaba bastante desaprovechado por Estados Unidos. Lo del doctor a lo Sherlock Holmes le vino de forma un tanto inesperada y la serie, que ha creado una escuela de antihéroes que caen estupendamente pese a sus desprecios, parece tener cuerda para rato. Para unas cuantas temporadas, aunque muchos hayan visto que se ha encasquillado en la reiteración. La escapatoria son los giros en la vida del protagonista, que en la quinta temporada ha perdido la lealtad y amistad de su Wilson-Watson, que además le acusa de ser el responsable de la muerte de su novia. Más allá de la investigación de las enfermedades más raras que han aparecido por la tele, House gana en vida interior. Hugh, simplemente, lo gana. Y muy bien

Y aquí juntos, Atkinson, el de la colonia, y el gran Hugh, para nada troglodita en su humor.

http://es.youtube.com/watch?v=IwbB6B0cQs4

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La pandilla de Anita se embolsa 300.000 cada lunes

Francisco Andrés Gallardo | 26 de septiembre de 2008 a las 9:28

Ya decíamos por estos lares que ‘Mira quién baila’ reparte una pasta gansa. Gansísima. Y hemos ya apretado la cifra, eurillo arriba o abajo, de lo que se embolsan los bailarines. En los periódicos del Grupo Joly publicamos la noticia de que la pandilla de Ana Obregón (la bióloga, el torero, Los Morancos, la Terelu…) se lleva cada lunes 300.000 euros. 50 millones de pesetas que en un tercio van a parar a los dos ganchos, Anita, la nambarguan, y Ortega Cano. Los 200.000 restantes más o menos se distribuyen como buenos hermanos entre bailarines y jurado. Cada lunes, eh.

Gestmusic y TVE llevaban con mucho sigilo y secreto el generoso despendole, pero bueno, no contaban con lo lenguaraz que es el personal.

Imanol Arias, que es el actor mejor pagado en la tele nacional, se lleva 60.000 euros, pero vamos, un respeto con el trabajo de Antonio Alcántara. Como ya decimos en el papel, pese a los 50.000 que más o menos se lleva de una tacada Anita la Fantástica, Hugh Laurie no tiene ni para una escena. El doctor House se lleva 400.000 dólares (300.000 euros) por episodio. Ole el tío.

Las empanadillas del doctor House

Francisco Andrés Gallardo | 11 de junio de 2008 a las 1:21

Estamos ante Hugh Laurie. Palabras mayúsculas del humor británico televisivo. Aquellos que creyeron que al doctor House le llegó el papel caído del cielo, le vendrá bien este repaso audiovisual cuando Laurie encontró a Fry (previa presentación de Emma Thompson). Cuando esta pareja era “Tuesday and Thirteen”, unos adelantados de la empanadilla de los 80, con sutilidad y flema británica, ingenio y un punto de sal gorda…

No hace falta saber mucho inglés, ni tampoco medicina, para disfrutar de la interpretación de Laurie. El sketch pertenece al programa A bit of Fry and Laurie (Una mijita de Fry y Laurie), que riánse ustedes de Cruz y raya. Geniales estos tipos que se cachondeaban del Reino Unido con todas las letras. Como la de este rap educado, The polite rap, réplica a las canciones ochenteras que llegaban de los USA…

Van a lanzar en dvd las dos temporadas del programa de Fry y Laurie. Es para no perdérselo. Además de las interpretaciones musicales-delirantes de la pareja, quede aquí un fragmento subtitulado en el que descubrimos a estos Martes y Trece in english y, entre otros gags, imitan a las películas setenteras de Steve McQueen.

Y para mostrar que estos hijos de la Gran Bretaña cocinaban unas empanadillas más Leer el resto del artículo »