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A Raquel Sánchez Silva y a Mario Biondo

Francisco Andrés Gallardo | 31 de mayo de 2013 a las 10:57

Hay  que vivir, cantaba Joan Baptista Humet en los 80. Sobre todo sentirse vivo y vivir con sentido. No es fácil del todo, porque dejarse arrastrar por el falso carpe diem de lajuerga sin más, del  “hacer lo que nos da la gana” sin más intenciones, no es vivir a tope sino deglutir el tiempo. Hay que vivir, paladear los momentos bien distribuidos en una existencia sustanciosa. Hay que dedicar nuestra atención a hacer el bien y hacer bien nuestros quehaceres, a formarnos y a nutrir mente y espíritu; y también a nutrir la experiencia con la familia y con los amigos. Saber vivir es percibir que el tiempo pasa aprovechado, disfrutando de todo lo bueno, porque la vida sobre todo es alegría y optimismo, sí, y aprendiendo de lo malo mientras vislumbramos un camino y un destino: dándonos cuenta de que la vida es valiosa y que no cuesta tanto darle su valor.
No salimos del asombro de la muerte de Mario Biondo, el marido de la reportera y presentadora Raquel Sánchez Silva (la presentadora televisiva de SupervivientesPekín Exprés).  El  cámara  italiano, que ahora estaba trabajando en el programa Masterchef, tenía 36 años y un estúpido accidente, bien estúpido, lo fulminó.
Una muerte tan prematura nos avisa de lo frágil que es todo esto de estar aquí. La muerte de una pareja al poco de contraer matrimonio, cuando aún te sientes en una luna de miel, multiplica el dolor y la frustración, así que imagínense en qué estado debe de encontrarse Raquel y toda su familia.
Sacando una enseñanza para este entrenamiento de saber apurar siempre lo que tenemos por delante, el infortunado Mario Biondo nos acentúa el aviso de que la vida, efectivamente, es más corta de lo que parece y que puede interrumpirse en cualquier momento sin haber puesto en orden todo aquello que quisimos hacer, decir o amar. Que la vida se construye cada hora y que deberíamos darnos cuenta  de que el tiempo  (que es muy limitado)  y el amor (que no tiene límites) no pueden desperdiciarse.

Cubos, millonarios y menonitas

Francisco Andrés Gallardo | 22 de febrero de 2012 a las 10:12

El cubo, de Cuatro, es la versión en pruebas de habilidad del suspense de El millonario, recién rescatado de La Sexta, ahora con un remedo del juego de la silla. Alta tensión fabricada para aderezar unos concursos que de otra manera no durarían más allá de diez minutos y que sin rostros preocupados no tendrían tanta mordiente. La mecánica y el interés residen en la atmósfera amasada en el plató más que en el juego en sí. El cubo es una campana acristalada donde se desarrollan desafíos de pericia, con concursantes que lo pasan tan mal, o eso parece, como si se estuvieran jugando la vida. Raquel Sánchez Silva, de especialidad sus realities, jalea y se pone de los nervios con las evoluciones de los ‘cuberos’. Después de intentarlo durante tantos años en programas de todo calibre y calaña en Cuatro, Sánchez Silva halló cobijo junto a Jorge Javier Vázquez, flautista de Hamelin. Ella ahora luce la vitola de levantar lo que le pongan por delante, como este Cubo que en otras manos tal vez ya sería carne de cancelación. Raquel está remontando a pulso las cifras de seguidores de un pasable concurso con tintes de videojuego, a modo de circo de gladiadores, con los familiares del protagonista mordiéndose las uñas.

Estamos ante un pasatiempo más efectista que efectivo, que se deja ver aunque a veces chirríe de exagerado. Diferente al estilo de Adela Úcar, que regresó este lunes, también en Cuatro, con sus 21 días (el vídeo de arriba es de un programa anterior. Cosas de copyrights) . Con los menonitas, los de Único testigo, a modo de parque temático de los tiempos de La casa de la pradera, Úcar cuenta con naturalidad (cámara en mano en la letrina, por ejemplo) y sinceridad, sin abusar del yoísmo, sus experiencias. 21 días juguetea con el sensacionalismo, pero su reportera controla el producto para que no caiga en el ridículo. Los menonitas, ingenuos talibanes en su cubo decimonónico, dieron juego, claro, a Adela.