Francisco Andrés Gallardo | 29 de enero de 2012 a las 21:54
Con 1.000 millones de euros, y con una plantilla de 6.500 trabajadores, TVE debe mantener su liderazgo, por encima de los dos dígitos, porque tiene potencial. Tal vez se les sale del presupuesto contar con la Champions y series como Águila Roja, pero el recorte se le nota ya perfectamente a Cuéntame, con esa detenida agonía compartida del sufrimiento por Mercedes: capítulos de serial, de contención presupuestaria.
Si en los próximos meses no se degüella a saco en los informativos, por ahí La 1 tiene garantizado de 4 a 5 puntos. Con los culebrones (que creíamos que desaparecerían) ya tienen asegurado el 8%. Pero hay que ponerse a trabajar para hacer un prime time de entretenimiento (¿y por qué no también divulgativo?) rentable, familiar y seguido. Lo de la caída de audiencia por el recorte no debe ser un parapeto para no poder hacer una televisión pública interesante.
Francisco Andrés Gallardo | 11 de diciembre de 2011 a las 10:32
Un Robin Hood español. Un justiciero que viniera a resolver los problemas y desigualdades en una España aterrorizada por los malos. Esa fue la idea que los directivos de TVE presentaron a la productora Globomedia para que la desarrollara. De ahí surgió Águila Roja, la ficción más notoria que ha generado la cadena pública desde Cuéntame. Llegaba el nuevo héroe español, nacido bajo la presidencia de Luis Fernández, el primer rector de la cadena pública elegido por consenso entre PSOE y PP. Águila Roja, que aumenta su número de seguidores en proporción inversa al déficit de la crisis, es la esperanza de los desheredados y los excluidos, la misma ilusión con la que Rodríguez Zapatero llegó a la Moncloa en la primavera de 2004. Su primera decisión en lo audiovisual fue crear un comité de sabios: encomendarse a un oráculo de cursis para que por boca divina, más bien laica, pronunciaran qué necesitaban de verdad los ciudadanos españoles como espectadores del plasma. Al final, casi un año después de análisis, todo quedó en un perogrullo de recomendaciones evidentes como más calidad en los medios públicos y menos publicidad en los intermedios. Y una Ley Audiovisual que aún ha de reforzar su posición de árbitro.
Buena voluntad para decisiones regulares y malas consecuencias. Es la concatenación de ocho años de gestión ajusticiados finalmente por una crisis mundial feroz que vino a arramblar el apagón analógico y a tambalear el nuevo modelo de financiación de RTVE. Más canales, más competencia, para menos ingresos y menos recursos: un panorama obligado a reconfigurarse en los próximos años, estuviera o no el PP en el Gobierno.
De la bonanza de la primera legislatura a la catástrofe económica de la segunda median lo sucedido con los dos grupos mediáticos más próximos al presidente saliente. En noviembre de 2005 Prisa convertía su codificado Canal + en licencia en abierto total bajo la marca Cuatro. La cadena no lograba sobresalir en índices, mientras el grupo matriz se ahogaba en una deuda de 5.000 millones de euros entre su expansión portuguesa y las consecuencias de la fusión entre Canal Satélite y Vía Digital (funesta conclusión del pulso mediático del aznarismo). Al cabo de cuatro años Prisa se tenía que deshacer de Cuatro, comprada por Berlusconi, por Mediaset España, para sustentar su grupo de canales en la TDT, entrando a su vez en el negocio de la plataforma digital. Confirmada la fusión, la compra, un año después, Telecinco pasaba a controlar otras licencias en abierto de Prisa, tras la clausura de CNN+. Aquel regalo a deshoras de Cuatro obedecía a una compensación de Zapatero a su entorno más próximo, de donde surgiría el proyecto de La Sexta, con la intervención decisiva de su entonces secretario de Estado de Comunicación, Miguel Barroso, esposo de la ministra Carme Chacón. Las productoras Mediapro (que pasaría a controlar los derechos de los principales clubes de fútbol, con la consiguiente guerra con Sogecable, Prisa) y Globomedia, más El Terrat y Bainet, trazaban una cadena basada en el entretenimiento y el deporte, con una línea editorial tendida sin remilgos hacia el presidente, y sustentada por el capital traído por la poderosa mexicana Televisa. La forzada licencia analógica, a punto de llegar la TDT, puso de uñas al resto del panorama de medios. El Mundo y ABC lograban un múltiplex en el espectro digital, cuando se concebía que el nuevo modelo televisivo iba a ser un abanico de pluralismo. Otro fiasco.
La Sexta, que arrancaba a principios de 2006 y se puso en el mando con el frustrante Mundial de Alemania, va a acabar fusionada, más bien absorbida, por Antena 3 en los próximos meses. Con Berlusconi en su casa, Planeta es el grupo que parece mejor posicionado ante este futuro imperfecto de 2012. Leer el resto del artículo »
Francisco Andrés Gallardo | 27 de enero de 2011 a las 9:53
Tiene momentos de factura impecable y es de agradecer los esfuerzos virtuales por retratarnos en color el Madrid de los años 30; también tiene escenas donde los diálogos se amodorran, ampliando los minutos con teatralidad. La República tiene las mismas virtudes y defectos que La Señora, su empaque de telenovela cara pero su empeño en ofrecernos un producto cuidado y muy por encima de lo que hay en la pantalla, pese a las mejoras en la ficción nacional. En Diagonal, la productora, saben aprovechar las ambientaciones y son expertos en construir castillos de tramas, aunque este primer capítulo tenía momentos algo farragosos, a fuerza de querer presentar todas las historias.
Con unos cuantos personajes traídos desde Asturias (sigo sin creerme el militar de Raúl Peña), la secuela viene a traer nuevas carambolas de amor y poder, lucha de clases, arriba y abajo, con el mal rollito sociopolítico de los años 30. Algunas frases parecen que están defendiendo al PSOE actual, pero no tengamos malicia, que esto es una ficción. En otros periódicos andan indignados con que se haya hecho una serie para el gran público ambientada en los años previos a la Guerra Civil. No debe de ser algo malo. Ojalá también hubiera redaños para hacer una serie sobre los Comuneros y una biográfico sobre el Cid y otra sobre Almanzor. No deberían haber temas molestos en una ficción española salvo que se quieran ver fantasmas donde sólo hay culebrón.
El veterano Héctor Colomé, grande, siempre eficaz, es el patriarca y centra ahora el juego de las intrigas. Su retoño es el personaje de Félix Gómez, señorito vivales y malcriado, pero buena persona, dispuesto a dejar corazones rotos por el camino. Ojo también con Álex Angulo, el guardés.
Malos y buenos en cada estamento social, todos contra todos, hay República para rato. Si no llega la guerra civil a TVE.
Pincha aquí para ver el primer capítulo de ’14 de abril. La República’ íntegro
Francisco Andrés Gallardo | 13 de mayo de 2009 a las 10:40
A Canal Sur se le terminan las excusas de algunos de esos momentos de peculiar servicio público. Esos momentos de la máquina del tiempo como cuando Manolo Sarria se pone histérico en los delirios cómicos a los que nos tiene acostumbrados la pandilla que rodea a María del Monte, que baja en seguidores en cuanto la caldera de sucesos se apaga. Cuando TVE no dependa de los anuncios y de los índices de audiencia, cadenas autonómicas como la nuestra se van a quedar en evidencia. Por lo menos una parte de su parrilla. La coartada de lograr buenos resultados de espectadores para justificar determinados programas cantarines, graciosetes o grimosos se va a acabar, y con ellos, el presupuesto que se les destina. También debería ser la llamada de atención definitiva para series que en teoría entran en el esquema de incentivar la industria audiovisual como SOS Estudiantes.
Lo que tiene que asumir una TVE ahora libre de presiones publicitarias es concentrarse en una programación de servicio público. Y que, por supuesto, interese al público: informativos, actualidad en directo, debates, espacios de entrevistas, series y cine de calidad… formatos que pueden cubrir una parrilla atractiva sin obligar a que La 1 se pegue un castañazo en el audímetro. Todo eso lo deberá asumir Canal Sur, con o sin publicidad, porque una liberación publicitaria de TVE, después de haber sido desencorsetada políticamente, condena a una nueva esclavitud a sus hijastras, autonómicas y municipales: los programas de servicio público deben ser el único objetivo de las públicas. Para el humor basto, el corazoneo o los realities (e incluso la contaminación política) ya estamos atendidos por las privadas a las que el Gobierno no ha regateado en regalarles un botiquín repleto de spots.
Francisco Andrés Gallardo | 2 de febrero de 2009 a las 0:34
OTRO efecto colateral de la crisis: los señuelos para llamar a los programas y hacerse millonario al instante (ay, qué programa más tedioso), forrarse literalmente de billetes o apresurarse a quemar el móvil mientras caen fajos a una caja de cristal y el vocinglero presentador busca el nombre de un animal de compañía que empieza por la letra pe. Las tómbolas televisivas están en su esplendor y 2009 será el año de los sacapelas. Los milagros económicos no existen, y los conseguidos por la suerte son remotísimos, pero el personal se va a dejar las falanges, las de los dedos, al reclamo de una tabla de parné mientras unos cuantos se forran de verdad a costa ingenuidades y desesperaciones.
En pleno esplendor económico los premios de los concursos eran más bien modestos. Valga el ejemplo del superviviente Saber y ganar, una odisea de semanas para reunir unos miles de eurillos. Los pelotazos en estos años sólo han estado al alcance de los lumbreras de Pasapalabra y similares. En la crisis de los 70 era Kiko Ledgard el mago que regalaba billetes verdes con soltura en el Un, dos, tres, el Disneylandia para millones de esperanzados españoles en blanco y negro. Los duros 80 se culminaron con los escaparates de El precio justo, cuando se regalaban apartamentos y ferraris por la chiripa de una cifra. La televisión se convierte en hada madrina, pero en realidad es siempre la madrastra. Ahora incluso parece sacarnos la navaja al cuello. Los concursos de engañabobos que hasta hace poco se programaban en lo más recónditos de las madrugadas comienzan a invadir las parrillas de la TDT en horario de mañana, tarde y noche. Siempre hay un crédulo capaz de dejarse una calderilla, o algo más compulsivamente. Estas máquinas tragaperras son en realidad la cara más triste de la tele.
(Os recuerdo al bisabuelo de los sacaperras actuales, ‘El precio justo’. Qué grande don Joaquín Prat. Ah, y la voz de los escaparates, otro imprescindible, Primitivo Rojas, que lo seguimos oyendo en la SER)