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La TVE de Suárez asomada al futuro

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:52

“Muchacho, la Marina te llama”, decía un animoso spot al servicio de la Armada para reclutar voluntarios y que recordarán los espectadores en blanco y negro. Indirectamente se estaba construyendo la transición, pero entonces no lo sabía nadie. Tal vez ni siquiera el propio director general de Radiodifusión y Televisión, Adolfo Suárez. El máximo responsable de TVE había brindado una generosa porción de anuncios al Ejército para que aparecieran en los intermedios de la sagrada Primera Cadena. El director general había intimado con algunos militares, inclusive con el entonces general de brigada Manuel Gutiérrez Mellado, admirador de Por tierra, mar y aire. El lápiz de la Historia garabateaba líneas, pero nadie lo sospechaba. Suárez ligaba así lazos fraternales con un grueso de la cúpula de las Fuerzas Armadas.

También en los Telediarios había profusión de imágenes y noticias del Príncipe. De “don Juan Carlos de Borbón y Borbón”, así, con los dos apellidos, que calara. En las profundidades del régimen había arenas movedizas que optaban por el nieto político del dictador, Alfonso de Borbón, el duque de Cádiz. Suárez se negó en redondo a retransmitir la boda del siglo franquista. La de la nieta Carmen Martínez-Bordiú (quien con los años acabaría en Mira quién baila) y el pretendiente estirado. El director general de RTVE, en un segundo-primer plano de la película, había firmado el argumento: renovación sucesiva, con calma y sin alborotos. Valerio Lazarov, exótico fichaje desde el otro lado del Telón, podía jalear con las cámaras y las minifaldas, que ya se encargarían los corbatones de los informativos a poner la cara seria y las cosas en su sitio. Bueno, en todos los Telediarios no. En el de la medianoche, escondido, el 24 Horas de Martín Ferrand, con José María García, se permitían excentricidades liberales que terminaron con un precipitado cese. En la Ser levantarían Hora 25.

Suárez quería aire fresco pero nunca una levantera que le llevara por delante. Por eso puso en marcha el Estudio abierto, con José María Íñigo en el UHF, un salto al vacío del directo (abajo, un vídeo de ejemplo de lo que era ese programa a principios de los 70), pero tutelado de cerca. Permitiendo, pero vigilando. La censura, con Francisco Ansón al frente, seguía firme pero flexible, tal vez por el propio desgaste del régimen. En el extranjero, en 1973, aclamaban a La cabina, único Emmy español, contemplándola como una crítica al franquismo desde dentro. Antonio Mercero y José Luis Garci pretendían más bien un cuento de terror. Por si acaso, los censores optaron por cortar un plano donde aparece la estación de Nuevos Ministerios.

En una España llena de turistas y con unos españoles con el pasaporte menos controlado, TVE era la avanzadilla de España en Europa y viceversa. Había que cuidar Eurovisión, siempre escaparate para los países que tienen poco que decir en todo lo demás, crear el Festival de la OTI con los hermanos hispanoamericanos (un castigo, vamos), y había que ampliar corresponsalías, hacer especiales donde hubieran efluvios renovadores para que la audiencia presintiese que aunque la vida siguiera igual, ya no era la misma.

El vicepresidente Carrero Blanco le pidió a su amigo Suárez que adoctrinase con amenidad sobre el Fuero de los Españoles y desde TVE nació Crónicas de un pueblo. Un verano azul en Puebla Nueva del Rey Sancho en el que Mercero (antes de La cabina, su oxigenante compensación) terminó retratando una España que aspiraba a prosperar. Unos ciudadanos, espectadores, que preferían la gran evasión: los detectives norteamericanos como Ironside, los cuatreros de La ley del revólver, la consulta del Dr. Gannon en Centro Médico, o la justicia a patadas de Kung Fu. Y doblados al castellano, donde la censura podía hacer de las suyas alterando expresiones. Caracoles, repámpanos y cosas así.

La ficción nacional era sobre todo adaptación literaria. Las de la Novela de la sobremesa o el estelar Estudio 1. Hubo entregas como Las brujas de Salem, en la versión de 1973 con Concha Velasco, en la que el realizador Pedro Amalio López jugó al filo de la navaja. Y el director de la casa, también. De esta etapa es la mejor adaptación teatral de toda la historia, el Doce hombres sin piedad dirigido por Pérez Puig.

Antes que recortar mejor era prevenir, omitir: prescindir en la cartelera de títulos incómodos como La tía Tula o de las recreaciones sobre Juana de Arco, ya que el príncipe francés no sale bien favorecido. Al final la santa pasó por la hoguera. Casi lo que le esperaba al futuro duque. Nada de apariciones de Serrat, Raimon o de cualquier músico ajeno a los circuitos convencionales. Mejor paisajes con banda sonora como Música en los jardines de España. Qué bucólico. Nada que sobresaltara a los espectadores más ilustres. Renovación con simpatía y dentro de un orden. “Mantenga limpia España”, ya habían dicho en otros spots.

La televisión de Suárez era la TVE del primer Un, dos, tres, con minifaldas por las rodillas y un don Cicuta que parecía habitar por el bosque de El Pardo (arriba os he colgado un programa completo de 1973).  Y hasta ahí podíamos leer. El resto del relato eran órdenes estrictas. Pero por las pantorrillas de los censores se entremetía un viento pirenaico. Mientras no fuera una fuerte tramontana que despertara al búnker, a Suárez le parecía bien.

Adolfo Suárez, el poder de la imagen

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:45

La buena impresión era fundamental para Adolfo Suárez, voraz relaciones públicas en su carrera política desde un pueblo de la Meseta hasta alcanzar La Moncloa. Las formas siempre fueron vitales para un excelente negociador y un tenaz paciente de despachos. Y la imagen. La buena imagen. Todo sobre lo de dar el lado bueno en la pantalla y detrás de ella lo aprendió Adolfo Suárez en TVE. En los primeros años del mastodonte de Prado del Rey comenzó a tejer su red de contactos, políticos y empresariales, mientras apuraba con fino hilo censor. La todopoderosa cadena, el régimen y su doctrina metidos plácidamente en el salón de todos los hogares españoles, no podía permitirse ni sobresaltos ni incomodidades. Ni un escote de más ni una homilía de menos. Eso lo llevó Suárez a rajatabla mientras echaba una mano a quien pudiera necesitar unos minutos de gloria o la omisión de una inoportunidad.

Las oficinas de RTVE eran una atalaya donde el futuro presidente podía tutear a cualquier figura, mientras crecía en preparación, en visión política y también en olfato para los negocios.

La primera etapa en el organismo fue bajo el sol de Manuel Fraga, ministro de Información, por recomendación del tutor del abulense, Fernando Herrero Tejedor. Con 33 años fue nombrado director de programas de la televisión. Una cadena paternalista y oficialista, donde abundaban los dramáticos, los programas divulgativos (él pondrá en marcha la televisión escolar matinal) y unos Telediarios, a las tres, a las nueve y a las once y media, que aún eran llamados como “el Parte” por millones de espectadores de una posguerra que empezaba a quedar difuminada.

En pocos meses, el eficiente Suárez se convertía en el director de la Primera Cadena, de la Única. El UHF emitía en pruebas y estaba destinada a ser plataforma de experimentos y futuro ventanuco de jóvenes creadores algo contestatarios. Minucias de escaparate. La Primera, la que se veía (la Segunda era virtualmente invisible), era la oficial, la que debía entretener e instruir. E informar al dictado del ministro.

El entusiasta abulense se convirtió en un experto en imagen. Este reclamo al voto en las elecciones a procuradores en Cortes de 1967

 

Suárez

atestigua ese máster de dos años en Prado del Rey. Un aspecto kennedyano, alejado del aura rancia de muchos de sus compañeros de escaños. Ligeramente movido dentro de un Movimiento estancado. Siempre impecable, sin una arruga. Formal sin ser convencional; gubernamental, pero como si fuera uno de los nuestros. Así fue y así lo recordamos.

“Bienestar y Cultura para nosotros y nuestros hijos”, su lema. Seguro que lo pronunció más de una vez en su despacho con vistas a la sierra. Sus paisanos lo llevaron por aclamación a la Carrera de San Jerónimo y de ahí sólo había un paso para migrar de la tele, a fin de cuentas una posición para hacerse valer, a ser gobernador civil, un entrenamiento para metas ejecutivas mayores en responsabilidad y territorio. Y la provincia era idónea: Segovia, a pocos kilómetros del meollo madrileño. Adolfo Suárez jugaba en ideas con ventaja sobre la mayoría, a lo que se añadía su don de gentes y una proximidad al hombre fuerte del régimen, el vicepresidente Carrero Blanco.

En 1968 dejaba de preocuparse por los programas para pasar a las preocupaciones segovianas. Detrás dejaba proyectos como los primeros contenidos de TVE premiados en el extranjero: El último reloj, El asfalto o Historias de la frivolidad (todos ellos de Narciso Ibáñez Serrador), burla contra la censura y estrenado después de la Oración, Despedida y Cierre. Despuntes osados para dar otra imagen más allá de los Pirineos. El programa de más éxito de esta trayectoria fue la serie Historias para no dormir. Terror para un país que siempre tenía miedo. Y los niños se reían con las inclinaciones imposibles de Locomotoro. El junco que se dobla pero siempre sigue en pie.

El cambio de ministro de Información, con los leves aires cambiantes de 1969, le vino bien al gobernador segoviano. Carrero Blanco le recomendó directamente para que fuera director general de RTVE y el relevo de Fraga, Alfredo Sánchez-Bella, lo tuvo claro. También contaba con la propuesta del Príncipe de España, con el que Suárez iniciaba una relación estrecha y discreta.

En la cúspide de la casa donde se había fraguado su imagen, Suárez emprendió una paulatina operación de rejuvenecimiento de la televisión y del aspecto de un régimen controlado por un anciano. En España mandaban los de siempre, cada vez más mayores, pero los españoles empezaban a confiar en un futuro más feliz, representado en los Príncipes, mudos y saludadores, viajeros e inquietos.

La etapa de la dirección general de Suárez fue la más brillante y revolucionaria, dentro de lo que cabe, de la historia de la TVE en blanco y negro, pese a su dramático contexto histórico. Desde los primeros programas de entrevistas en directo, como el de José María Íñigo, a los espacios de reporteros en el extranjero, el doblaje de la series (que hasta entonces llegaban con voz latinoamericana), series propias con ambición (Los camioneros, con Sancho Gracia) e intención (Crónicas de un pueblo). Una apertura con la puerta entreabierta. De paso tuvo que despedir a su hermano de secretario, José María, Chema, un caso casi perdido.

De Prado del Rey salió en 1973, curtido y relacionado, con enemigos pero sobre todo con incondicionales. Leales en una casa de veteranos carcas que pusieron a su disposición el gigante de TVE para construir el calculado derribo del franquismo. La televisión hablaba de ilusión y de normalidad. Buena imagen, siempre buena imagen, para un país que cambiaba de camisa. El presidente la llevaba siempre celeste, la que daba mejor contraste en blanco y negro.

Suárez ya llevaba su experiencia electoral de 1967 para vender con garantía su mutante UCD. Impecable. Arrugas, las justas. Sólido y responsable. Fue el primero en aparecer en la noche de los candidatos de 1977. La televisión de Suárez culminaba con éxito la operación. Después todo se hizo tan cuesta arriba que fue difícil enmendarlo en la pantalla. El presidente pidió que su realizador favorito, Gustavo Pérez Puig, no estuviera presente cuando, con mala cara, en febrero del 81, anunciaba su dimisión. La azulada TVE de la UCD más dura moría año y medio después

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Mariana, entre Cadi y la pensión El Patio

Francisco Andrés Gallardo | 8 de noviembre de 2013 a las 1:15

El fallecimiento de Mariana Cornejo hace revivir los recuerdos de los flacos intermedios de Telesur, cuando el centro territorial de TVE, en aquel chalé de la sevillana avenida de la Palmera, disponía de una hora para repasar lo que pasaba en Andalucía. Y la lejía Los Tres Sietes, todos los días (solía ser el único spot ), jaleaba el almuerzo a ritmo de tanguillo y los ojillos resabiados de Mariana, maruja de delantal, uñas pintadas y rizos de permanente. El desparpajo de la gaditana le llevó a esta popularidad regional mientras zamarreaba a su marido lacio, con un mono blanco lleno de tiznones, y le daba en furecida a la mopa para cantar las virtudes del Bóxer Fregasuelos. Porque Mariana era cantaora, de las buenas, aunque el público de Telesur lo supo muchos anuncios después, mientras soñaban con tener un tercer canal como los catalanes y gente así.

Mariana Cornejo, Cadi en la garganta, aparecía en los programas flamecos pioneros de Canal Sur. Y recibía fuertes aplausos en la Bienal de Sevilla, con mediación de Chano Lobato, como si fuera una australiana, porque durante mucho tiempo Cádiz estuvo muy lejos de Sevilla. Estuvieron alejadas una de otra. Y no sólo por culpa de los peajes.

La embajadora gaditana fue fichada para la primera telecomedia, que no llegaba ni a garabato de los Álvarez Quintero, de la televisión andaluza. Pensión El Patio, del casinero García-Pelayo. Aquello era realmente abominable, una autoparodia rancia de esa Andalucía que nos encasquetan los demás. Mariana no tenía la culpa. Aquella serie, por calificarla de alguna manera, costaba el minuto más de 130.000 pesetas de 1989. La autonómica andaluza nacía como un inmenso, y caro, spot de la lejía Los Tres Sietes. El modelo no terminó de corromperse hasta extremos valencianos y al menos esa responsabilidad habrá que anotársela a muchos de sus directivos y trabajadores. Y a la propia Junta con su resignación financiera tapando boquetes durante lustros.

 

 

A Manolo Escobar: marqués del Porompompero y duque de Cine de Barrio

Francisco Andrés Gallardo | 24 de octubre de 2013 a las 13:40

Manolo Escobar forma parte de esas generaciones artísticas que siempre llevaban la sonrisa puesta y la galanura como una flor en la solapa. Figuras que se hacían querer por un público que tenía en la música de siempre una vida de escape y que coloreaba con coplas de la radio las verbenas, refugio antinuclear de existencias remolonas y grises. La voz del cantante almeriense, viril e ibérico, con sus estribillos facilones y sincopados, con los agitados guitarreos de sus hermanos siempre guardándole las espaldas, quitó las penas a milones de españoles, de aquí y de allá. Y con la ocurrencia del bautizo de su hija dio nombre a decenas de miles de españolas nacidas en los 80 que se llaman “Vanessa”, como su retoño.

Don Manuel García, con ese grito patriótico creado por un alemán, “Y viva España” (qué buena excusa para brindar con la penúltima), estrella de un cine muy entrañable, era uno de esos invitados recurrentes de las galas nocturnas de TVE. Ya fuera algún Festival de Benidorm; experimentos como Palmarés, ahora que van a homenajear a su creador, Martí Maqueda; o momentos únicos en el año como los especiales de Nochevieja de Lazarov, donde se rebujaba toda la calaña discográfica y algún cuentachistes. Lazarov, el primer director de Telecinco, contó con Escobar y con todos sus coetáneos, incluida Carmen Sevilla, para amontonarlos por todos esos programas de aquella privada pionera que siempre parecía estar haciendo el mismo programa. Cuando Telecinco pagó por primera vez los derechos de las imágenes ligueras en lugar de hacer un Estudio Estadio a Lazarov se le ocurrió ensamblar, en la media noche de los lunes, Goles son amores, con Manolo Escobar, la carcajada de Loreto Valverde y unas cuantas gachís enseñando el muslamen mientras se entretejía aquello con los mejores momentos del domingo. Una cosa horrenda que para nada nos emborrona la memoria amable que tenemos del señor del Carro. Del duque de Cine de barrio, marqués del Porompompero, vizconde de la Minifalda e hidalgo del manteo de los campeones del mundo. Noble persona. Y buen andaluz.

Descanse en paz.

Y además de su recuerdo, siempre tendremos las parodias-homenaje de José Mota…

 

 

 

A la reina Isabel se le pone la cara de la jueza Alaya

Francisco Andrés Gallardo | 9 de octubre de 2013 a las 14:11

El problema de la seerie Isabel es la evidente falta de presupuesto, pero parece que Telefónica, su patrocinador, al menos apoquina lo suficiente para que la serie de la productora Diagonal para TVE mantenga el tipo e incluso el rigor que tanto enoja a algunos catalanes. Se ven obligados a recortar en figurantes, exteriores y escenas espectaculares, aunque sólo unos segundos en la Alhambra compensan esa contención obligada para una ficción que debió aprovecharse de unos tiempos más rumbosos. Isabel, ya lo dijimos por aquí, es un Estudio 1 por entregas. Una prolongada obra de teatro que ha ganado en diálogos e interpretación en esta segunda temporada. Y hasta los propios reyes han crecido mientras afilan sus aristas ladinas, inevitables para sobrevivir en la guerra civil y en todos sus frentes abiertos. Ambos son mejorables, pero ya vamos tolerando sus pronunciaciones. Vale, iremos aceptando a Jenner y a Sancho porque no tenemos otra.

En el pasado episodio, que aquí puedes ver íntegro, tocaba el encuentro con una Andalucía para ajustar católicas cuentas, con Antonio Garrido como cortijero medieval en la piel del duque de Medina Sidonia, disputándose la plaza hispalense con el marqués de Cádiz. Arbitrariedad, cainismo, impunidad o fanatismo en las líneas de una historia que parece afanarse en comparar el siglo XV con lo que (todavía) nos sucede en estos tiempos.

“En Sevilla abundan los malhechores que burlan nuestras leyes. Es en los palacios donde habitan los de peor calaña. Aquellos a cuyo amparo los otros roban y matan. Nobles poderosos a costa de envilecer a nuestros súbditos…”, redacta la reina católica, avisando a su marido de que va a coger este toro por los cuernos (lo puedes ver en el minuto 30 del episodio). Ole. Ni el mejor trovador habría definido la Andalucía de 2013. A Michelle Jenner se le puso el otro lunes la cara de la jueza Alaya.

La salsa que mató a ‘Informe Semanal’

Francisco Andrés Gallardo | 7 de octubre de 2013 a las 10:14

 

Para ver Uno de los nuestros, pincha aquí para verlo, hay que acompañarse de un vaso de rebujito y de un cuñado para sentir que se está en una caseta de la feria. Pero caseta como mínimo de sindicato. Y bailar al son de la orquesta, irse arriba y sentir cómo el burbujeo festero sube por las canillas. De otra manera Uno de los nuestros es un programa de digestión pesada. Si no se tienen ganas de juerga con la pantalla es mejor verlo en dosis moderadas.

El nocturno de los sábados de La 1 es una enorme nave espacial donde la jaranera e impagable María del Monte se sienta en los sillones de La Voz y en lugar de fichar al aspirante cantarín lo termina de enviar al foso o le da una palmadita en la espalda mientras el personal le despide a lo Nino Bravo con lo de “al partir un beso y una flor…”. María se come a Gurruchaga y a Roser, pero el verbo comer no tiene aquí mala intención.

Sí, tiene su guasa Uno de los nuestros, no porque Carlos Latre se lo eche a los hombros (es un enorme imitador, pero un presentador limitado), sino porque todo está pensado en tono de comedia: los vídeos de los aspirantes, con posproducción de docu-reality, los concursantes en sí, el tono del jurado y, sobre todo, los personajes que forman la orquesta. Son Risto Mejide minions, que juzgan y entran en conflicto para dar salsa a la salsa. El mejor comentario de la noche de estreno, tildar a un melódico de “Bisbamante”.

Uno de los nuestros es esencia Gestmusic, que hace un programa de los sábados por la noche de Joaquín Prat adaptado a estos tiempos. Un Mira quién baila vestido de El Semáforo. Una becerrada a la que sólo falta el ruedo de Grand Prix.

Muy a su favor: que al lado de la jartura del casposo Se llama copla parece un programa digno de llevarse un Emmy.

Muy en su contra: que en TVE hayan asesinado a Informe Semanal por esta verbena. Por mí, que el Tribunal Supremo condene a Julio Somoano a bailar la conga con Latre.

 

El ‘Informe Semanal’ invisible

Francisco Andrés Gallardo | 6 de octubre de 2013 a las 19:32

Una cadena que no tiene obligaciones comerciales (¿o tal vez sí vuelve a tener esas obligaciones?) puede permitirse decisiones de lujo en la programación y tener gestos de prestigio que no pasen necesariamente por guarismos en el audímetro. Y en una TVE sin publicidad (pero con millones de patrocinios), y con canales condenados a lo minoritario, La 1 podría ser entretenida y cercana, plural y cascabelera también, sin renunciar a su horizonte y a sus señas de identidad con casi 60 años a cuestas. Si pensábamos que era imposible superar fases recientes tan tremebundas en RTVE como la de Carmen Caffarel o la del abuelo Alberto Oliart, el sustituto designado por el dedo del PP (Oliart, al menos, fue condenado por consenso), Leopoldo González-Echenique, está alcanzando niveles inauditos de delirio. Incluso de desfachatez. Y ahí están dos nombres fundamentales para engordar esa decrepitud. El director de Informativos de TVE, Julio Somoano, brazo ejecutor de los deseos de la línea dura del PP; e Ignacio Corrales, director de la parrilla, surgido del Grupo Secuoya, la productora arrimada a los populares que entre otras cosas avala ese dechado de esencias llamado Entre todos de Toñi Moreno & Pablo Carrasco.

En TVE no deberían de haber tenido nunca la obsesión por hacerse con los desempleados y pensionistas españoles (y en concreto andaluces) para engordar sus cuotas de audiencia. Tendrían que estar jugando otra liga frente a Antena 3 y Telecinco, con autoridad y con credibilidad, porque disponen de presupuesto y talento (y convenio colectivo) para hacer otra parrilla y tener otra estrategia.

La última gran idea acordada entre Somoano y Corrales ha sido la de llevar Informe Semanal a la medianoche del sábado. Tras 40 años, premios y recordados trabajos, el programa que concentraba el lustre pretérito de TVE acaba en el trastero de la parrilla. A la vista de pocos. Por si por presunto prestigio y obligación han de tratar algún tema incómodo y hasta dar voces a todos. Qué cutres.

Ana, la gran comilona

Francisco Andrés Gallardo | 25 de septiembre de 2013 a las 10:06

Ya saben que si La 1 anda mal de audiencia la culpa la tienen otros, los que se marcharon con el serial Amar en tiempos revueltos a Antena 3. Observo que el presidente de RTVE, Leopoldo González-Echenique, es de esos políticos que tanto abundan en el PP (y en el PSOE) que la culpa de sus errores la tienen siempre los otros ¿quién? cualquier otro, alguien a quien echarle la culpa de las responsabilidades propias. El alcalde de mi pueblo, Enrique Moresco, es especialista aunque no es de la cantera del PP, sino de un chiringuito local llamado Independientes Portuenses. Aquí la última sentencia contra el alcalde de aquel partido. Unos prendas, vamos. Sólo falta colocarlos en Prado del Rey.

A lo que iba. La 1 es una cadena lacia, y hasta Un país para comérselo va perdiendo sabor. Hoy hablo en papel de Ana Duato…

Imanol y Echanove, hermanos de ficción, de sangre y de pucheros, se lo pasaban en grande en Un país para comérselo. En los ojillos les brillaban los destellos de las cacerolas y las copas de vino tinto. Ahora la serie documental de anuncios engarzados, de visiteo a lugares que huelen la mar de bien (el HD está al filo de conseguirlo), la conduce la esposa ficticia de Arias y la esposa real del dueño de la productora, Miguel Ángel Bernadeu. Cuando aparece Ana Duato por las praderas gastronómicas de este programa de La 1 hay un halo de reducción de costes para que un programa entretenido y también interesante, para enorgullecernos de todo lo bueno, efectivamente, que aún tenemos en España.

Cuando Duato, la gran comilona, se tiene que arremangar hay una sensación de que Un país… sobrevive por un fogoso empeño de unos cuantos y un suplicante interés de la cadena pública por mantener marcas que funcionan. Esta nueva andadura también se antoja más rutinaria, más obligada, más previsible, aunque nadie puede negar que Duato no se lo tome con profesionalidad y ganas de agradar a sus visitados y a sus espectadores. Ana es dulce, pero le falta un punto de sabor, de salsa.

Amable sin más, Un país para comérselo es ya sólo uno más en una programación de La 1 que todo se parece a todo: vuelos de postal con Francis Lorenzo, tesones artesanales con Juan Ramón Lucas y muchos más quesos y cosas así en Comando Actualidad y otros espacios del montón. Estos banquetes andantes ahora a cargo de Merche (Duato en verdad es bien diferente a su personaje de ficción) parecen añadirse a desgana a la remesa de ‘españoladas’, metidas con calzador de patrocinios en las noches de La 1.

Y un rato con Ana Duato siempre será mucho mejor, un lunes por la noche, que la prueba del polígrafo, horreur, al lanudo Iturralde en el Tiki-Taka de Cuatro. Sí, nos resignamos. El fútbol de medianoche se ha puesto la camiseta de Sálvame. Y eso después es difícil despegarlo de la piel.

 

Miguel Bosé, Top Chef

Francisco Andrés Gallardo | 24 de septiembre de 2013 a las 9:24

Ronda por el youtube esta entrega de Con las manos en la masa, que conducía Elena Santoja en las tardes los miércoles de los ochenta de la Segunda Cadena. Miguel Bosé acudió al programa y habló de su pasado, de su vinculación al campo y por su actitud demostró que andaba unos cuantos años por delante de una TVE que sufría todavía de artritis…

Toñi Moreno, ustedes no son formidables

Francisco Andrés Gallardo | 22 de septiembre de 2013 a las 19:54

La Cadena Ser, mucho antes incluso de que naciera el Grupo Prisa, dedicaba una de sus noches a la persuasión elegante de Alberto Oliveras para pedir ayuda a la gente con Ustedes son formidables. Bonito proyecto, a lo Frank Capra, para unos tiempos en blanco y negro, sorteando a la censura en un programa que no terminaba de dejar bien al desarrollismo franquista. Eran un par de horas de una programación que tenía muchos otros ámbitos para formar y sobre todo para entretener (porque informar, en aquellos tiempos, la radio podía informar más bien poco).

Antes de ensuciar el nombre de Alberto Oliveras mejor no comparemos una época con otra. Ni Tiene arreglo ni Entre todos pueden equiparase a las intenciones de Ustedes son formidables y a la sociedad a la que se dirigía. Los programas de Canal Sur y de La 1, que se extienden durante más de doce horas (¡medio día!) a la semana, están pensados para cosechar índices de audiencia a toda costa. Horas, horas y horas de tómbola con exhibición de penas ajenas. Espacios en los que la desgracia y la solidaridad interesan sólo según el rendimiento que den en antena. La miseria y la caridad (con Andalucía imparable, en alpargatas) como espectáculo y negocio, como cuota de audiencia. Como coartada política en RTVE; como justificación política y rendimiento comercial en Canal Sur. Cuando vea que los directivos de RTVE (PP) y los de la RTVA (PSOE-IU), creativos y presentadores se han rebajado el sueldo a la mitad para entregar el resto a los necesitados de esos programas podrá ir creyéndose lo de las buenas intenciones.

Pablo Carrasco dejó Canal Sur porque no estaba de acuerdo con que le tocaran su sueldo anual de 124.000 euros. Se marchó a RTVE para plagiar lo poco que estrenó y le funcionó en su etapa. Eso no es profesional. Ni leal. Se llevó al director y a la presentadora de Tiene arreglo, Toñi Moreno, para hacer lo mismo en Madrid, cobrando bastante bien de una cadena desnortada. No se llama solidaridad. No. Se llama pasta.

¿Es plagio? Claro que sí. Aquí ‘Tiene arreglo’. Canal Sur, presentado por Toñi Moreno

Y aquí Toñi Moreno, con el mismo director y con el ex director general de Canal Sur, detrás, en Entre todos en La 1

Y aquí Tiene arreglo, ahora, sin Toñi Moreno, y con Fernando Díaz de la Guardia, en las mañanas de Canal Sur. Por si quedaban dudas. Y a seguir cobrando a costa de la miseria.