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Los que mandan a medias en TVE

Francisco Andrés Gallardo | 22 de octubre de 2014 a las 2:23

¿Quién manda aquí? Sólo con el título del programa ya tenemos cierta guasa sobre TVE, en una casa donde nadie parece mandar y que va a terminar gestionando el brazo ejecutor del Gobierno, lo menos apropiado. Ese nombre imperativo es el de un concurso dominical en las tardes de La 1 que llegaba hace dos semanas y que en ambas ediciones ha arrojado una audiencia similar: 936.000 ociosos espectadores que, aunque con una cuota un poco por debajo de la media de la cadena, desean ver otras cosas los domingos que no sea cine y documentales en La 2.

La tarde de juegos de Gestmusic, un patio de recreo con toda la familia, es una alternativa, blanca, algo trasnochada, pero que cumple con el cometido de ser dicharachera y entretener a bajo coste. ¿Quién manda aquí? lo protagonizan familias concursantes con entusiasmo y un cargamento de anécdotas para sintonizar con las otras familias que los ven desde casa. Los participantes son sometidos a pruebas de habilidad con las que padres y madres siempre están en la frontera del ridículo, por manazas o por nerviosos. Con música y ráfagas dramáticas que recuerdan a Masterchef, este espacio no deja de ser uno de esos concursos familiares que se escondían por Boing y que invocan al espíritu del Un, dos, tres o aquel Si lo sé no vengo, también en las anchas tardes dominicales, donde en un ochentero día nos comezó a saludar un tal Jordi Hurtado (como podemos recordar abajo). En este caso el chico de los boleros, Javier Estrada, es el animoso conductor, cumpliendo al dedillo su cordial papel, demasiado correcto.

¿Quién manda aquí? no forma parte de una programación ideal de TVE. Están aprendiendo a darle más ritmo, pero va a ser difícil que interese, por ejemplo, a la audiencia veinteañera y se paladea cursi para los padres y madres de verdad que están sentados en la condena sofalícola de los domingos.

 

La TVE de Suárez asomada al futuro

Francisco Andrés Gallardo | 26 de marzo de 2014 a las 13:52

“Muchacho, la Marina te llama”, decía un animoso spot al servicio de la Armada para reclutar voluntarios y que recordarán los espectadores en blanco y negro. Indirectamente se estaba construyendo la transición, pero entonces no lo sabía nadie. Tal vez ni siquiera el propio director general de Radiodifusión y Televisión, Adolfo Suárez. El máximo responsable de TVE había brindado una generosa porción de anuncios al Ejército para que aparecieran en los intermedios de la sagrada Primera Cadena. El director general había intimado con algunos militares, inclusive con el entonces general de brigada Manuel Gutiérrez Mellado, admirador de Por tierra, mar y aire. El lápiz de la Historia garabateaba líneas, pero nadie lo sospechaba. Suárez ligaba así lazos fraternales con un grueso de la cúpula de las Fuerzas Armadas.

También en los Telediarios había profusión de imágenes y noticias del Príncipe. De “don Juan Carlos de Borbón y Borbón”, así, con los dos apellidos, que calara. En las profundidades del régimen había arenas movedizas que optaban por el nieto político del dictador, Alfonso de Borbón, el duque de Cádiz. Suárez se negó en redondo a retransmitir la boda del siglo franquista. La de la nieta Carmen Martínez-Bordiú (quien con los años acabaría en Mira quién baila) y el pretendiente estirado. El director general de RTVE, en un segundo-primer plano de la película, había firmado el argumento: renovación sucesiva, con calma y sin alborotos. Valerio Lazarov, exótico fichaje desde el otro lado del Telón, podía jalear con las cámaras y las minifaldas, que ya se encargarían los corbatones de los informativos a poner la cara seria y las cosas en su sitio. Bueno, en todos los Telediarios no. En el de la medianoche, escondido, el 24 Horas de Martín Ferrand, con José María García, se permitían excentricidades liberales que terminaron con un precipitado cese. En la Ser levantarían Hora 25.

Suárez quería aire fresco pero nunca una levantera que le llevara por delante. Por eso puso en marcha el Estudio abierto, con José María Íñigo en el UHF, un salto al vacío del directo (abajo, un vídeo de ejemplo de lo que era ese programa a principios de los 70), pero tutelado de cerca. Permitiendo, pero vigilando. La censura, con Francisco Ansón al frente, seguía firme pero flexible, tal vez por el propio desgaste del régimen. En el extranjero, en 1973, aclamaban a La cabina, único Emmy español, contemplándola como una crítica al franquismo desde dentro. Antonio Mercero y José Luis Garci pretendían más bien un cuento de terror. Por si acaso, los censores optaron por cortar un plano donde aparece la estación de Nuevos Ministerios.

En una España llena de turistas y con unos españoles con el pasaporte menos controlado, TVE era la avanzadilla de España en Europa y viceversa. Había que cuidar Eurovisión, siempre escaparate para los países que tienen poco que decir en todo lo demás, crear el Festival de la OTI con los hermanos hispanoamericanos (un castigo, vamos), y había que ampliar corresponsalías, hacer especiales donde hubieran efluvios renovadores para que la audiencia presintiese que aunque la vida siguiera igual, ya no era la misma.

El vicepresidente Carrero Blanco le pidió a su amigo Suárez que adoctrinase con amenidad sobre el Fuero de los Españoles y desde TVE nació Crónicas de un pueblo. Un verano azul en Puebla Nueva del Rey Sancho en el que Mercero (antes de La cabina, su oxigenante compensación) terminó retratando una España que aspiraba a prosperar. Unos ciudadanos, espectadores, que preferían la gran evasión: los detectives norteamericanos como Ironside, los cuatreros de La ley del revólver, la consulta del Dr. Gannon en Centro Médico, o la justicia a patadas de Kung Fu. Y doblados al castellano, donde la censura podía hacer de las suyas alterando expresiones. Caracoles, repámpanos y cosas así.

La ficción nacional era sobre todo adaptación literaria. Las de la Novela de la sobremesa o el estelar Estudio 1. Hubo entregas como Las brujas de Salem, en la versión de 1973 con Concha Velasco, en la que el realizador Pedro Amalio López jugó al filo de la navaja. Y el director de la casa, también. De esta etapa es la mejor adaptación teatral de toda la historia, el Doce hombres sin piedad dirigido por Pérez Puig.

Antes que recortar mejor era prevenir, omitir: prescindir en la cartelera de títulos incómodos como La tía Tula o de las recreaciones sobre Juana de Arco, ya que el príncipe francés no sale bien favorecido. Al final la santa pasó por la hoguera. Casi lo que le esperaba al futuro duque. Nada de apariciones de Serrat, Raimon o de cualquier músico ajeno a los circuitos convencionales. Mejor paisajes con banda sonora como Música en los jardines de España. Qué bucólico. Nada que sobresaltara a los espectadores más ilustres. Renovación con simpatía y dentro de un orden. “Mantenga limpia España”, ya habían dicho en otros spots.

La televisión de Suárez era la TVE del primer Un, dos, tres, con minifaldas por las rodillas y un don Cicuta que parecía habitar por el bosque de El Pardo (arriba os he colgado un programa completo de 1973).  Y hasta ahí podíamos leer. El resto del relato eran órdenes estrictas. Pero por las pantorrillas de los censores se entremetía un viento pirenaico. Mientras no fuera una fuerte tramontana que despertara al búnker, a Suárez le parecía bien.

40 años refinitivos entre Kiko y Larrodera

Francisco Andrés Gallardo | 24 de abril de 2012 a las 9:02

La apertura de hoy en papel en la sección de TV la dedicamos al ‘Un, dos, tres’ y su debut hace 40 años en la medianoche del lunes. Se estrenó casi a escondidas. Y fue evolucionando en volandas junto a la sociedad española. No hay otro programa o serie en España que haya dejado tal ristra de latiguillos, de frases hechas, en la memoria colectiva como el Un, dos, tres. Cuando, hay dudas es frecuente a día de hoy que a quien va a decir la última palabra se le pida “escuchemos la voz de los Supertacañones”. Era la voz que sentenciaba sobre cualquier conflicto en el concurso. En 1976, Don Lápiz (Pedro Sempson, la voz de Montgomery Burns) instauró las rimas para anunciar los fallos, como ya hiciera después Teresa Hurtado como La Seño. Del “Tiempoo”, de Don Cicuta y don Rácano (Paco Cecilio) se pasó al “campana y sacabao” o “el vamos que nos vamooos”, de Paloma Hurtado, o doña Viuda de Poco. Las hermanas también cantaban, con toda su malaje, lo de “hala, vamos, hala venimos” hace 25 años. En muchas ocasiones aún se oye lo del “y hasta aquí puedo leer” de Mayra cuando no se quiere desvelar un secreto del todo. En el remate de la “tarjetita” podía estar la Ruperta, el ansiado cocheo o el premio de más alto precio, un apartamento en Torrevieja antes de que toda la costa fuera zampada. La expresión campeona puede ser el “veintidó, veintidó” del dúo Sacapuntas (“-Linterna, ¿cómo estaba la plaza? -Azín, abarrotá”), que causaron impacto allá por 1987, justo cuando Antonio Ozores acuñaba lo de “no, hija, no” y “por fin, ya somos europeos”. Poco antes la neumática La Bombi (Fedra Lorente) hacía remedar a media España lo de “¿Por qué seraá?”, al que siguió “Y eso duele…”. Ya desde los tiempos de Kiko Ledgard el chileno Bigote Arrocet, a lo Cantinflas, decía lo de “piticlín, piticlín”, al que siguió el “mayrucha-cha-chá”. Mayra también se las tuvo que ver con Charito Muchamarcha antes de sacar de las cintas a los gangosos de Arévalo, rivales de la tartajosa La Loli, la prostituta que encarnaba Beatriz Carvajal. Y el cuenta-adivinanzas Juan de la Cosa, en la persona de Ángel Garó, catapultó la última muletilla mítica del programa en 1991: “…y esta es la refinitiva”.

En el vídeo de arriba, Bigote Arrocet cruzado con Mariñas.

Y aquí abajo, una apertura impagable de las hermanas Hurtado… “que viene la crisis…” qué ingenuillos éramos todos…

 

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