Uber, viajar de otra manera

Tacho Rufino | 19 de agosto de 2014 a las 1:02

UBER es una aplicación, como casi todas las cosas que se precien de ser algo hoy: una forma de conectarse en red. En el caso de Uber, hablamos de una plataforma web que pone en contacto a viajeros para que compartan coche. Algo que ha existido de toda la vida. Sólo que ahora no es simplemente una vía para poner a gente en contacto y compartir gastos de viaje, sino una forma industrial y potencialmente masiva de facilitar servicios de transporte, más barata que ir en tren, en bus o en taxi, negocios todos ellos que crean unas empresas bajo cierto control de la Administración, es decir, que pagan impuestos y crean un tipo de economía reglada. Desde una óptica liberal -o sea, contraria al control gubernativo por principio-, es ante todo un fenómeno competitivo que beneficia al consumidor. También jóvenes criados en el low cost comparten la defensa de Uber. Pero si bien compartir coche es algo muy positivo, disfrazar de eso una vocación lucrativa sin pagar por ello es economía sumergida. ¿Te gusta la economía sumergida? ¿O prefieres llamarlo “consumo colaborativo”? A día de hoy, esta competencia es desleal. ¿Que los taxistas se han dormido en los laureles y otro transporte privado les muestra la matrícula y les quita negocio? De acuerdo, hay trato, pero tal argumento es válido si todos juegan con las mismas obligaciones legales. Si no, hay truco. ¿Por qué yo pago cotizaciones sociales e impuestos y seguros, y los proveedores de Uber, no?, protestan. Con más razón que un santo, el propio San Cristóbal y el propio San Rafael incluidos, que son patrones viajeros. ¿O no es así? La actividad económica lucrativa -tan necesaria- debe contribuir a sustentar los gastos comunes. Es un cuestión de principio… o dinamitamos el invento del Estado. A ver los valientes.

La capital de Alemania, como hizo Hamburgo y van a hacer Fráncfort y Múnich, ha prohibido Uber esta semana. Deberán formalizarse estas relaciones económicas y empresariales -que vaya si lo son-, o bien aceptamos que hay quien juega con cartas marcadas, y en la jungla digital nos veremos. Esta app estadounidense alega que sólo pone en contacto a gente que ejerce su libertad de relacionarse. Esa libertad idealista y, a la postre, tramposa, que tan poco tiene que ver con la realidad. Te dirán que taxistas, Renfe o Linesur deben adaptarse a los nuevos tiempos, o morir y dejar paso a innovadoras formas de relación comercial. Sí, claro, pero no como un cangrejo invasor. Menos mal que nos queda Alemania, en concreto la muy progresista Berlín, que aduce en su intervención pública -¡qué antiguos, estos alemanes!- que esa forma de transporte compartido es de dudosa seguridad, y crea un tipo de “empresa irresponsable” que, a unas malas, no existe. A ver qué queremos.

El bar como ‘modelo productivo’

Tacho Rufino | 16 de agosto de 2014 a las 16:56

A ningún sitio como a España le pega tanto aquella letra de Gabinete Caligari, castizo y acanallado grupo madrileño de los 80: “Bares, qué lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar”. Nuestra pasión por los bares es probablemente mayor comparativamente en Andalucía. Ni siquiera en sitios con grandiosos establecimientos hosteleros como las islas irlandesa y británica -la palabra “pub” es un apócope de public house, casa pública o de todos- se explican la forma de ser y las costumbres de la gente como en los bares españoles. Si hace unos días mencionábamos aquí el Índice Big Mac, con el que se explica el poder adquisitivo de cada país y hasta el tipo de cambio de sus monedas en función del precio que una de esas hamburguesas de McDonald’s en cada lugar, hoy es pertinente proponer el número de bares per cápita de los países como rasgo del llamado “modelo productivo”. Y también como indicador del modelo de recuperación económica del país, ahora que la Europa central comienza a renquear, mientras que aquí crecemos de forma más cacareada oficialmente que rápida y sólida. En España se abren 50 bares diarios. Bares nuevos, decimos, porque bares que abren sus puertas a diario son unos 200.000. A falta de datos sobre cuántos establecimientos hosteleros hay por habitante y país, aceptaremos como animal de compañía de este artículo el tópico de que en eso somos campeones.

No es Andalucía la región española donde más bares hay por cada 1.000 habitantes. Son los de Cáceres, las muy turísticas Baleares -los bares son industria turística por antonomasia, además de lugares de esparcimiento y contacto- y el Norte quienes más pergarean (pergareo: término cazallero usado para referirse a la mucha salida de casa y callejeo, sinónimo del también muy sonoro jopeo). Aun así, y aunque sólo sea una hipótesis, parece evidente a ojo de buen urbanita que en el sur se abren bares y más bares. Durante los primeros años de la crisis, de 2007 a 2012, su población descendió en más de 70.000 establecimientos, nada más y nada menos que un 20%. Los bolsillos alegres se catalanizaron repentinamente, y las tarjetas de crédito propias o de empresa quedaron quietas cual caballo de viejo retratista de parque. Pero la cabra tira al monte, lo que unido a una mejora del servicio y la mayor sensatez de los otrora irracionales precios han hecho que la gente emprenda en estos lugares tan terapéuticos. La inversión de la indemnizaciones por despido en un local de tapas clásico, en una cervecería low-cost de cubos de zinc helados o en una gastrotaberna ha sido habitual ante la falta de alternativas de mayor valor añadido y mejor creación de empleo. De forma que si uno pasea por nuestras ciudades y pueblos, las pocas reformas de locales que uno ve y los pocos nuevos negocios que se implantan son mayormente bares. El incipiente consumo estimula la aventura del autoempleo. Es cierto que como en todo negocio sin grandes barreras de entrada y escasa vocación y experiencia empresarial, la mortandad del sector es muy alta, y no pocos de los que abren sin convicción ni mercado desaparecen pronto. Si en los felices años de la inversión en ladrillo la burbuja fue hipotecaria y acabó explotando y tirando los precios de las casas por los suelos, año tras año y sin parar, ahora tenemos burbujitas sectoriales que van surgiendo, como la de los bares, que por suerte no llevan dentro el alien del rescate bancario a costa del presente y el futuro de la gente sin culpa (usted o yo). El pequeño empresario no tiene quien lo rescate. Podemos concluir no hay más cera que la que arde, y que tenía razón un jefe de marketing cervecero hoy en la radio: “La principal industria [de Sevilla] son los bares”. Tómate algo. Bonito plan; pero al menos son bares. Tan gratos para conversar.

El gran reto: quedarse quieto

Tacho Rufino | 11 de agosto de 2014 a las 14:06

HACER cosas es mucho más fácil que no hacer nada en absoluto. Y estar permanentemente activos y, sobre todo, productivos es uno de los grandes valores falaces de nuestra sociedad. Con ese principio inoculamos a nuestros hijos el virus del “no pares, sigue, sigue” y su eventual consecuencia, la ansiedad crónica: chino cantonés, jawara jitsu, fagot dulce, hípica en inglés, danza contemporánea, patinaje salsero, cocina para peques, natación colorterápica. El móvil es, a la postre, el cómplice necesario para este no parar por no parar. Conocerán la frase que enunció Pascal allá por el siglo XVII, cuando no había móviles ni reuniones por Skype: “Todas las desdichas del hombre derivan del hecho de que no es capaz de estar sentado tranquilamente, solo, en una habitación”. El perpetuum mobile de la faena, la agenda humeante y los compromisos profesionales o sociales tiene claras trazas en la Biblia (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”), y siglos más tarde Lutero afirmaba que los pobres son pobres porque eran vagos y deben ser castigados con el trabajo duro. Esos tótems de las costumbres están tan plenamente arraigados en nuestro sistema ético como lo está su correlativo tabú: “No hacer nada es malo; la pereza es la madre de todos los vicios”.

Recuerdo a una pequeña compañía de legionarios en el Peñón de Alhucemas, cuyo joven teniente no paraba de infligirles duras sesiones de entrenamiento a cualquier hora, inesperadas alarmas y simulacros, patéticas lecturas en voz alta. Todo con tal de que la tropa no estuviera quieta. Yo, solitario telegrafista, tenía tanto tiempo libre y tan escasos estímulos tecnológicos o sociales que allí escribí más literatura -o conatos de literatura- que en los quince años transcurridos tras acabar la mili, y experimenté con cierta profundidad en la fotografía. Porque el mucho trabajo no estimula la creatividad y la sacrosanta innovación -otro gran tótem contemporáneo-, sino todo lo contrario. De hecho, lo que el joven teniente hacía con sus proyectos de soldados aguerridos era adormecer toda forma de creatividad, y es ése justamente uno de los principios esenciales de la vida de la inmensa mayoría de los militares: aquéllos que no deciden, y sólo obedecen. Como el pelo corto, es así en todos los ejércitos del mundo. Por algo es. Por eso, si nos creemos que la innovación, santo grial de la gestión de empresa de hoy, es la clave, debemos ser consciente que el echahoras innovará poco o mal, y quizá sólo esté, con la sobrecarga, más controladito: mientras tanto trabajas (y tanto te estresa la agenda y tanto vas de culo todo el día y tan tarde llegas rendido a casa), menos piensas. Por no hablar de la felicidad “personal” y la sintonía del individuo con el cosmos, asuntos que dejamos gustosamente a Paulo Coelho.

Andrew J. Smart, un investigador de la Universidad de Nueva York, ha publicado sus hallazgos sobre este asunto (El arte y la ciencia de no hacer nada, Clave Intelectual), y concluye que el mundo iría bastante mejor, e incluso sería más productivo, si fuésemos más vagos. Smart, que tiene nombre de tipo listo, no dice que un hipster apalancado zorrunamente en el sofá todo el santo día tenga mucho que ver con lo que él propone. La sacralización del ocio productivo es un error, si no un engaño de tradición oral y escrita. El esfuerzo continuo, dice, no nos hace ser más felices ni conseguir mejores resultados. Eso sí, acaba con nuestra serenidad y, por tanto, con nuestra creatividad. Muchos se hallan ante un tremendo horror al vacío al salir del despacho: son víctimas de la falacia-trampa del sudor y las doce horas en el tajo. Entrenemos la meditación -que consiste en no pensar, tengo entendido- y el dolce far niente en agosto. Es difícil, pero es lo suyo.

Comandante Schettino, comandante Pujol

Tacho Rufino | 11 de agosto de 2014 a las 14:00

EL éxtasis del desahogo contemporáneo se llama Schettino, un sujeto que abandonó el Costa Concordia al mismo tiempo que cualquier mujer, niño o adulto varón, y que era precisamente el comandante del barco que él mismo acercó a la costa donde radica su pueblo; una gracieta de poderoso de ocasión, que acabó en naufragio y muerte. Esta semana hemos sabido que Schettino ha dado una conferencia en un foro universitario, y lo ha hecho como autoridad técnica en un sicalíptico asunto denominado Gestión del pánico: “Fui invitado como experto. Yo sé cómo debe comportarse uno en tales casos”. La cosa sería pintoresca, si no fuera un lamentable símbolo de estos tiempos fatuos, en los que los zorros cuidan del gallinero. “Yo desviaba dinero del fisco porque ese fisco colonialista nos roba”, podría decir Jordi Pujol en sintonía con Schettino. “La Junta va a tardar en dar información sobre los cursos de formación: tenemos tantas otras cosas que hacer”, diría en rueda de prensa un consejero andaluz. Francamente, menos mal que nos queda la Justicia. Por muy lenta que sea.

Schettino rentabilizaba cual Casanova su jerarquía, cosa que quizá entra en el sueldo de un almirante de crucero: en el curso de las diarias cenas “del capitán” en una misma travesía, alguna presa le caía al cazador (más bien, pescador). Schettino estaba lanzando puentes carnales con Moldavia mientras que el barco chocaba contra una roca: y el tío, muele que muele; el tío, venga a moler. Pero esos extras de capitán ecuménico no tendría importancia si no hubieran muerto ahogadas 27 personas por su infinita irresponsabilidad. “Capitán, mientras que usted no salpique…”. Pero salpicó, con aguas negras de muerte de crucerista desavisado. Y ahora, alucinantemente, Schettino pontifica con la complicidad de una universidad como La Sapienza, y lo hace sobre aquello que justo llevó a la muerte a turistas de ocasión, quienes quizá deben todavía las cuotas del viaje. Como diría un italiano, “Vergogna” para esa universidad señera, que cambia cordura por un poco de resonancia. Estamos rodeados de genios, qué duda cabe. Y lo malo es que estamos rodeados… por la parte de arriba.

Schettino y sus secuelas conferenciantes son una patada en la boca para muchos italianos, que si bien son maestros en la carcajada sarcástica sobre lo propio, no están para aguantar en estos momentos a granujas que afirman -¡con soporte académico!- que ellos sí que saben sobre aquello en lo que metieron la pata cento per cento. Si la gestión del pánico -sea esto lo que sea- la diserta Schettino, aviados estamos. Pero también aquí tenemos comandantes que abandonan antes que nadie la nave común, que es una metáfora perfecta para quien desvía toneladas de billetes al fisco, como Pujol. Con comandantes como éstos, quién quiere enemigos.

Ajustarse el tipo con una ‘Big Mac’

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2014 a las 19:06

NO sé si ustedes han descartado el crucero por los fiordos a estas alturas de La Cosa (un monstruo en verdad de película), y si tuvieron la fortuna de haber visitado Praga cuando la visita al ultraturístico caramelito checo se contrataba en un combinado con Budapest, que era lo menos que uno podía hacer en un puente. En aquellos maravillosos años, se llamaba mileurista con lástima a un joven asalariado que ganaba mil y pico al mes: un pobre de entonces, casi un privilegiado de ahora. Uno iba a Berlín y se sorprendía al comprobar en sus propias visas que en la capital de Alemania se vivía bastante más barato que en una ciudad de provincias de España: y es que a Alemania le íbamos a dar borricate económico tras acabar con Francia, previo fulgurante adelantamiento de Italia; era de cajón, eso estaba hecho. En fin, ya sabemos que no era más que una enajenación nacional transitoria.

Hoy -también entonces, pero quién quería miserias…- la mejor manera de saber cuál es el verdadero poder adquisitivo de mil euros en uno u otro país es lo que se llama Paridad de Poder Adquisitivo, según la cual el tipo de cambio entre monedas de dos países, para ser fiel a la realidad de cada uno de ellos y de sus intercambios, debe acercarse a un numerito que equilibre lo que vale una cesta de la compra idéntica en uno y otro. The Economist hizo más masticable este concepto hace años, al crear el llamado Índice Big Mac, de forma que esa hamburguesa de McDonald’s debería suponerle el mismo esfuerzo a un indio en rupias, a un estadounidense en dólares y a un español en euros. Este índice juguetón tiene hoy el mismo reconocimiento que cualquier otro método “serio” de la teoría del tipo de cambio, y es un “estándar global”, que diría un analista como Dios manda. Pero, ay, resulta que nosotros tenemos la misma moneda que los alemanes. De forma que -paraísos fiscales aparte, ésas trastiendas idílicas para guardar el verdadero dinero de las familias del nivel de la de Jordi Pujol- eso de ir al país más rico de Europa sobrado de recursos tenía truco. El truco se llamó primero deuda familiar, pero después mutó a la cara oculta del truco: en España los salarios estaban condenados a bajar, y vaya si han bajado. El salario medio español es severamente inferior al de aquellos tiempos en que íbamos hacia el pleno empleo y a quitarle a Alemania el volante de la locomotora europea. Entre otras cosas porque hay casi dos millones de personas que tenían empleo entonces y hoy no lo tienen. Como diría el analista, hemos sufrido un ajuste. Para mantener el poder adquisitivo, faltaría otro ajuste en los precios paralelo al de los salarios, aunque ya lo de viajar en avión al extranjero como quien va al pueblo a por chacina se hubiera acabado. Pero el de los precios es otro cantar. Dicho en corto: nos cuesta bastante más zamparnos una hamburgesa que antes. Lo siento, pero con la ensaladilla rusa o el mero a la plancha pasa exactamente igual. Si no te ajustas el tipo, te ajusto yo el bolsillo.

“España va bien (otra vez)”

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2014 a las 19:05

AGOSTO es peligroso cual sioux detrás de un matojo: la molicie generalizada y su efecto anestésico lo hace mes candidato a los bocados de realidad más inesperados. Nos han metido en agosto entre loas a las cifras económicas, y saldremos de agosto con algún costurón inesperado: agosto es el mes oficial de la ebriedad sensual, de la desconexión y de la bendita apatía. Por eso, es el mes del trancazo. En agosto, tragar es lo propio: no sólo tinto de verano y combinado premium fresquito, también es un buen momento para hacer tragar a ciudadanos o empleados. En la parte política, en agosto hemos entrado fácilmente con la vaselina de la recuperación propagada por tierra, mar y aire. Uno se niega a participar en los aleluya de quienes saludan el advenimiento del cambio de ciclo y la superación de la crisis. No hace falta ser de un partido u otro para ser críticos con el Gobierno de turno, o sea, el gobierno de uno mismo. Tres son los grandes logros proclamados en las postrimerías de julio, que es un mes de verdad: el PIB que crece más de lo previsto, el empleo que renace y el dinero de afuera que vuelve.

Una mejora de la Gran Economía, dando unas décimas extra de color a un PIB aún lejos de ser un PIB de verdadera recuperación ni que implique crecimiento creador de empleo digno; un empleo que mejora sus cifras, pero que sólo mejora en el sector que menos necesitamos, el de servicios, y lo hace de una manera precaria -precario, según la RAE: “De poca estabilidad o duración… que no posee los medios o recursos suficientes”-; una inversión exterior que abandonó España hasta entrar en una pre-quiebra de la que nos salvó un crédito exterior -flotador y condena-, y que ahora mejora… estos tres datos, decimos, se esgrimen para convencernos de que vamos superbién. Con todos los respetos para la claque de guardia, lanzar las campanas al vuelo por la “recuperación económica” es un acto de ingenuidad, de fe o de partidismo. ¿Es esto ser antipatriota? Cada uno que se dé cremita en el ánimo como le plazca. Pero no queremos burras ni motos ni biblias, gracias.

Fiarse de los vates del “España va -otra vez- bien” es hacer el caldo gordo al agostazo. Ojalá y no sea cierto en este 2014, pero agosto es para temerle: en agosto se ventiló Felipe González la prestación por desempleo para dejarla en el mínimo-minimórum, por ejemplo. Muchos ejemplos pueden aducirse de agostidad y alevosía, seguro que usted recuerda alguno en su vida laboral.

El pasado 4 de julio el Gobierno -poder Ejecutivo- le preparó un gol al Parlamento -poder Legislativo- en forma de decreto ley, y uno se malicia que con la intención de ser digerido en agosto junto con la paella y el salmorejo. Prácticamente todos los partidos de la oposición han presentado multitud de enmiendas a un decreto que toca, remienda o anula de facto nada más y nada menos que 30 leyes vigentes. Es como aquella ley de Zapatero llamada de Economía Sostenible que volatilizó la crisis. El decretazo total del Gobierno de Rajoy es mucho más ejecutivo y concreto (la cosa va en personalidades): lo mismo regula la promoción de los cuerpos militares que el trabajo temporal o el IRPF, los hidrocarburos, el autoempleo o el negocio aeroportuario. Nos meten de pronto una megaley transversal: doblada. Sin entrar en la pertinencia de esta o aquella regulación, ¿qué necesidad tiene un Gobierno con mayoría absoluta de promulgar una ley que parece de una urgencia bolchevique? ¿Para qué está el Parlamento? El razonamiento es sencillo: con el éter de la economía que va otra vez tan bien, nos cuelan un paquete de medidas diversas, todo ello con la ayuda de agosto. Coma, beba, duerma y, en general, disfrute todo lo que pueda. Dése usted por legislado.

¡Oh balancé! ¡Quiero pactar con vocé!

Tacho Rufino | 28 de julio de 2014 a las 13:49

ÉSTA ha sido la semana de la réplica central de las de las balanzas fiscales. Cataluña lleva años afinando su versión de la balanza fiscal “con España”, y en el desequilibrio entre lo que Cataluña aporta al Estado en impuestos y lo que recibe de él en inversiones basan el simpático lema “Espanya ens roba”. En este estandarte fiscal del nacionalismo agraviado tienen gran experiencia y llevan mucha ventaja al resto, casi como en el hockey sobre patines. El Gobierno de Rajoy y Montoro ha utilizado otra metodología y, aunque los resultados son bien distintos y, según éstos, “España les roba” sólo algo más de la mitad de lo que Cataluña denuncia, el Govern de Mas y Mas-Colell declara que algo es algo. De nada sirve recordar que los impuestos son personales y no territoriales y que si unas regiones aportan más impuestos que otras es, sencillamente, porque ganan más y son más ricas. Este argumento es cierto, pero ante él se puede objetar muy lícitamente que cuando Andalucía ha recibido miles de millones de fondos europeos también lo ha hecho con una criterio territorial basado en la renta media andaluza. De nada sirve -y esto causa mayor perplejidad- que se está obviando que la madre de la balanza fiscal deficitaria catalana es su balanza comercial y es muy superavitaria: venden al resto del país más de lo que el resto les vende a ellos, como los alemanes con sus socios comunitarios, lo cual es comprobable en cualquier lineal de supermercado. También es llamativo que se ignore en todo esto la balanza financiera, que aunque es difícil de calcular indica qué parte de los depósitos bancarios de, por ejemplo, los andaluces van a regar inversiones y empresas de otros territorios, y la viceversa. Pero lo más sorprendente de todo es que Montoro diga el jueves que en la publicidad de su versión de la balanzas fiscales españolas “no hay en absoluto intención política”. Hombre, por favor: toda la vida negando la pertinencia de su cálculo y ahora, en puertas del proyecto de referéndum de independencia catalán, toma balanzas fiscales. Claro que es un elemento clave de negociación política, quizá tardío, o simplemente inevitable. Bueno, hay una cosa más sorprendente: que Madrid, más deficitaria que Cataluña aún, se arrogue el papel de flotador fiscal español: ¿hay intención o no? Pero lo importante es que los motivos de los desequilibrios fiscales son radicalmente distintos en el caso catalán y el capitalino, y por eso las balanzas dicen mucho, y también pueden no decir nada significativo. En todo esto, Andalucía no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Cuidado, podemos sufrir daños colaterales…

Tijeretazos de película

Tacho Rufino | 28 de julio de 2014 a las 13:46

Como peces grandes que recortan a los más chicos en la cadena trófica de la austeridad, desde el exterior, allá por 2009, se impuso al Estado español una política de emergencia presupuestaria, que el Estado trasladó –y sigue trasladando– a autonomías y municipios. Así pues, urgidos más por la presión de poderes exteriores que por la oscura perspectiva de las cuentas públicas, los dos últimos gobiernos de este país emprendieron –aquel mayo de 2009 en que Merkel llamó a Zapatero… achtung!– la senda del ajuste fiscal público. Al principio, la práctica recortadora era más bien una motosierra de la Matanza de Texas, que propinaba con discutible criterio sangrantes arreones a diestro y siniestro sobre las partidas de gasto de mayor enjundia y más inmediatas, particularmente sobre los socorridos salarios de los empleados públicos. En ese último periodo de Zapatero y primero de Rajoy, el Estado ya comenzaba a asumir la fosa de las Marianas patrimonial de los balances de muchas cajas y algunos bancos del país. La “primera prioridad” era evitar que un ‘efecto dominó’ de insolvencia: el apocalipsis debía ser evitado. A regañadientes, fuimos convencidos de que dejar caer a los bancos era lo peor del mundo, y si bien sus accionistas sí han visto caer el valor de sus acciones, aquí nadie ha perdido un duro por sus depósitos (olvidémonos; el Fondo de garantía de Depósitos no hubiera podido garantizar más que pequeño porcentaje de los ahorros que los españoles mantienen en los bancos). El mayor recorte ha sido el flotador lanzado por usted y por mí a la banca, previo crédito descomunal venido de Europa.
Después de la motosierra tejana, y aparte de los salarios públicos, el proceso recortador se llevó por delante lo que pudo haber sido y no fue de la Ley de Dependencia, y la austeridad se vistió algo más de ingeniería, comenzando la fase Eduardo Manostijeras, en la que, como aquel personaje encarnado por Johnny Depp, el Estado recortaba aquí y allá con aparente pericia y criterio, pero a la postre el jardín resultaba quedar raro y contradictorio: la subida de impuestos, hermana izquierdosa del recorte, comenzó a ser utilizada –y cómo– por la derecha al subir a lo bruto el IRPF, el IBI y, sobre todo, el IVA; todo lo contrario de lo prometido en el programa electoral. El copago farmacéutico y el medicamentazo, los tajos inmisericordes a las prestaciones a inmigrantes ilegales, el subidón a las tasas universitarias, la limitación del derecho de defensa jurídica para los menos ricos que el gallardonazo de las tasas judiciales supuso, junto con acertadas medidas de alivio financiero a los ayuntamientos (el llamado “Pago a proveedores”) o la prórroga de los 400 euros mensuales asegurados a quienes carecen de empleo o de prestación fueron rasgos de esa segunda fase de adelgazamiento.
Ahora vamos a acceder a los encuentros en la tercera fase de este gran proceso español de “consolidación fiscal”, como llaman a los recortes y a las subidas de impuestos los analistas de mayor asepsia expresiva. No sabemos con qué cadencia, debemos dar por hecho que esta tercera fase no será tanto una etapa de fenómenos paranormales en política económica, sino un nuevo apretón a las tuercas de las familias con un destornillador que dará más de 250 vueltas, que es el número de medidas previstas por el Gobierno; entre ellas: más copago (con tono de la pequeña de la familia de la película de Spielberg ante la tele sin aparente señal: “el euro por receta ya está aquí-ííí…”), Justicia y enseñanza más caras, menos profesores y más alumnos por profesor, otro tajo a los funcionarios –especie en acelerada metamorfosis–, y unas pinceladitas cosméticas y aún inconcretas de racionalidad y eliminación de duplicidades en el poliedro competencial llamado España. Autonomías, prepárense. En concreto, tú, Andalucía. Eres la víctima propicia para el arreglo catalán.

¿El sudar se va a acabar?

Tacho Rufino | 24 de julio de 2014 a las 1:25

HACE unos días, presencié junto a un amigo una escena de otro tiempo: el cartero recogía la saca del interior del buzón de correos de mi calle. Por la apariencia, apuesto a que dentro de ella no habría más de cuarenta cartas; muchas de ellas serían de bancos. Apuesto también a que mis hijas nunca echarán una carta con su sobre y su sello a ese ya anacrónico mobiliario urbano, de amarilla y fálica estructura. Consiguientemente, la de cartero es una profesión en vías de extinción. Así la considera la revista Forbes esta semana (10 trabajos en vías de extinción). Las tecnologías en su imparable avance han dejado en fuera de juego no sólo a los carteros, sino que amenazan con convertir en patrimonio histórico laboral a torneros -al escribirlo me salió por equivocación “torero”, pero no creo que esté mal traído-, leñadores o agentes de viajes. Bien mirado, a unas malas, las maquinitas se van a llevar por delante hasta al apuntador… ¿a unas malas? Quizá no. Ya hemos traído aquí alguna vez la teoría del movimiento Zeitgeist, que promueve que la “economía basada en recursos”, o sea, planificada a nivel global mediante el uso del método científico, las tecnologías y la automatización, eliminaría el paro, ya que sólo un pequeño porcentaje de la población debidamente cualificada para gestionar los sistemas informáticos tendría que trabajar, algo así como una casta bramánica pero a la vez sirviente. Si usted es fan del sudor de su frente, y a usted esto le parece intoxicación buenista o pura farfolla de tufo comunista, quizá le conceda mayor credibilidad al empresario más galáctico y rico de la Tierra, el mexicano Carlos Slim, que propone que se trabaje sólo tres días a la semana -eso sí, en jornadas de diez u once horas-, para que la gente tenga más tiempo para “la cultura, la familia y la innovación”. A uno, qué quiere que les diga, esto le suena a un maquillaje que el Tío Gilito se diera para representar ante un auditorio entregado el papel de detector de megatendencias, en pleno subidón de bonhomía conferenciante. Entre otras cosas, porque ninguno de entre las decenas de miles de asalariados de Slim trabaja en ese apetecible régimen horario. Pero hay otros mundos más tangibles. En Alemania, sí, claro, existe el llamado Kurzarbeit, un sistema que consiste en reducir parcialmente las horas que trabaja un empleado en una compañía en apuros, de forma que la empresa le paga, por ejemplo, un 30% del sueldo, y el resto lo aporta el Estado, pero sin llegar a darle todo el subsidio de desempleo que le correspondería. Hablamos del país no esclavista más competitivo del mundo, y no de los mundos de Yupi de los derechos sociales.

… y colorín colorado

Tacho Rufino | 24 de julio de 2014 a las 1:23

ÉRASE una vez que en un país que también se llamaba España -pero que no se parece mucho al actual Estado del mismo nombre, y menos que se va a parecer- existían unos bancos que no eran bancos, porque eran fundaciones y no sociedades anónimas, y porque tenían tanto ánimo de lucro como obligación de acometer obras sociales. De hecho, buena parte del mecenazgo cultural, o sea, de la industria cultural, dependía de esos no-bancos, de forma que al desaparecer aquellas entidades financieras de cercanía, pegadas a territorio y a sus clases menos privilegiadas y a sus pymes, también se volatilizó buena parte de la actividad cultural de aquella España en acelerada metamorfosis. Se llamaban cajas de ahorros, y los directores de sus sucursales eran señores de casi tan estable presencia en los barrios como el quiosquero o el farmacéutico, alguien que te recibía y te escuchaba, y tenía cierta capacidad de hacer concesiones a unas malas: era comprensivo y daba la cara, y no una mera correa de transmisión de consignas inflexibles que provenían de invisibles sedes en territorios lejanos o inalcanzables plantas de imponentes rascacielos.

La culpa de la extinción de esta munificente especie bancaria-pero-no-demasiado la tuvo, paradójicamente, la injerencia de los representantes democráticos del pueblo: una fórmula financiera democrática laminada por los políticos democráticamente electos. Los políticos jugaban a financieros, instalándose en los consejos de administración de las cajas o siendo teledirigidos desde los gobiernos autonómicos o municipales. Pero no tenían mucha idea del oficio y, lo que es peor, forzaban a la entidad a negocios ruinosos o a acciones de política económica que, lamentablemente, sólo en algunos casos tenía como motivación el bien común y el desarrollo económico. En realidad, las cajas fueron responsables -solas o en compañía de bancos de verdad, gobernantes con el viento en popa y desavisados ciudadanos que creyeron la eterna revalorización del ladrillo- de la llamada “burbuja inmobiliaria”, que nos hizo creer durante más de una década que éramos ricos y productivos y competitivos y arrebatadores, para estallarnos en las manos despidiendo el gas sarín de la destrucción económica por todos los rincones de aquel país. Las decisiones de muchos políticos y sindicalistas cajeros, en demasiados casos, nada tenían que ver con las racionalidad y la gestión del riesgo, sino con operaciones de alto riesgo y pelotazos urbanísticos variopintos, por no hablar de los sueldos y planes de pensiones y finiquitos que se autoconcedieron precisamente por haber sido capaces de llevar a las cajas que regían a la miseria y, postreramente, a la desaparición. ¿Parece una locura, verdad? Pues sí, eso es lo que fue. Una locura, y un repelente ejercicio de codicia, rapiña e ignorancia institucional.

Cuando las pobres cajas tenían activos muy inferiores a sus pasivos -agujeros negros de balance- además de un riesgo brutal de morosidad e insolvencia, el Estado las asumió y reflotó hipotecando a los ciudadanos por un montón de años. Con el tiempo, muchas desaparecieron, otras fueron absorbidas por bancos de verdad, en un proceso negociador de complejos tomas y dacas entre el Estado y los pocos bancos fuertes que sobrevivieron, siempre supervisado por severos poderes exteriores. La solución final avino en julio de 2014: una caja catalana, la última, fue subastada entre los cuatro de los seis o siete supervivientes a la bomba química de los años oprobiosos. Sin embargo, como pueblos galos resistentes a Roma, dos cajas originarias y sensatas quedaron vivas en recónditos territorios: Caixa Pollença y Caixa Ontinyent eran quizá el baluarte de la resurrección de las cajas. Aunque esto, la verdad, es un cuento. Esto último, digo.