Doctor, cúrate tú mismo

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 11:33

CONOCÍ a un cardiólogo que fumaba como un carretero, y despachaba la perplejidad de sus pacientes con un “haga usted lo que le digo y no lo que yo hago”, en dudoso ejercicio de empatía pedagógica. Menos grave es que en casa del herrero las cucharas sean de madera, allá cada cual con su boca. O que un buen profeta sea cachondeable en su propio pueblo, y acabe triunfando con su bola de cristal en otras tierras lejanas. Pero con la salud no se juega; ya Lucas relataba en el Evangelio el proverbio “medice, cura te ipsum”, con el que Jesús esperaba ser desafiado si hablaba a la gente de milagros, aunque en realidad el “cúrate tú mismo” se refería -doctores tiene la Iglesia- a hacer examen de conciencia antes de criticar a los demás. Los economistas son criticados por no ser capaces de prevenir, y malamente de curar, los males económicos que azotan cíclicamente la vida de la gente corriente: tan es así, que no existe acuerdo alguno sobre las recetas. Los economistas de empresa, es decir, financieros, marketinianos y demás, pegados a la realidad microeconómica y de andar por los negocios, hacen un trabajo más prosaico, pero más medible. Esta semana hemos sabido que Shaun Wills, director financiero de Supergroup, una gran empresa cotizada en la bolsa de Londres, ha dimitido porque sus finanzas familiares son un desastre: está en bancarrota. En el mundo anglosajón, esto es intolerable desde hace algún que otro siglo: si no sabes llevar tus finazas familiares, nunca deberías llevar las complejas finanzas de una gran compañía.
En Gran Bretaña, a los deudores que no podían hacer frente a sus obligaciones se los mandaba a una cárcel llamada Prisión de deudores, en la que se los privaba de libertad pero se les permitía tener oficina en el trullo y hasta la presencia de empleados, para así facilitar que saldaran sus deudas. Por eso, si un tipo cae en bancarrota, también es tradicional allí que pueda declararse personalmente en suspensión de pagos como cualquier empresa fallida, cosa que en España es mucho más reciente y a los más avispados los ha protegido de ser desahuciados mucho más que a quienes no han asumido legalmente la figura de quebrado. La española honra es muy quijotesca y todo eso, pero para los negocios es una porquería de actitud. El tal Wills no se ha declarado en bancarrota él mismo: lo han declarado sus acreedores. El hombre, como cualquier mortal español sin estudios financieros, se había metido en un casoplón que no pudo ir pagando ni con su sueldo de 700.000 euros al año. La mansión tampoco era el Wonderland de Michael Jackson; le costó, eso sí, un millón largo de euros. Y ha palmado en las cuotas, como un vulgar lego financiero cualquiera, aun siendo el absoluto ejecutivazo de las pelas de una multinacional. No somos nadie. Ninguno.

Usura 2.0

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 10:48

LAS estaciones de ferrocarril de las ciudades grandes son como las últimas charcas con agua del Serengueti en la temporada seca: allí se encuentran individuos de todo pelaje. El paso obligado de quienes van de camino a sus ocupaciones atrae gran cantidad de buscavidas, unos más legales que otros. Hace unos días descubrí en un apeadero una nueva especie de estación, el usurero. Se trata de una variante degenerativa de la chica que te ofrece, pulcramente uniformada, tarjetas de crédito con entidades de nombres en inglés. El usurero de estación, a diferencia de ésta, es ilegal y no da un servicio financiero con utilidad social, sino un mangazo consentido por el desavisado o desesperado prestatario: siguiendo el señuelo del folleto mal impreso que me dio la chica, llegué a una página web en la que te ofrecen 300 euros sin interés a devolver en un mes, sin nóminas ni avales ni seguros asociados. A partir del gancho, el tipo de interés TAE (recuerden, el tipo de interés real) es del 1.270%. Llamé al número 900 anejo para confirmarlo: otra señorita, ya de voz más pérfida que la repartidora de folletos, me confirmó con cierta incomodidad que sí, que te cobran un 1.270% TAE. Ha leído bien: en estos tiempos en los que los tipos oficiales están cerca del 0%, hay empresas que se aprovechan de quienes no pueden ir al mercado regular, y los funden, probablemente endiñándoles una roncha perpetua que se llevan por delante el futuro del paria financiero y quizá el de su familia. ¿Ilegal, dije? La usura, o sea, el interés excesivo, es ilegal en este país mientras que no se derogue -que todo se andará- una ley de 1908 que está parcialmente vigente. En cualquier caso, cobrar mucho a los semejantes por el uso temporal del dinero es algo que repele a las personas y apesta a quienes se lucran con ello, en algunos casos deformándole los rasgos y los gestos: manos que se frotan, mirada esquiva y aviesa, ropas apolilladas. La Biblia, con su habitual crudeza y vocación de policía de unos tiempos remotos, condena la usura en el Levítico o en el Éxodo. Personajes literarios, como el Shylock del Mercader de Venecia o el finalmente redimido Ebenezer Scrooge de Dickens, abundan en la naturaleza perversa de la usura, que en el XXI se dirige a ludópatas y otros adictos, arruinados dentro de un túnel infinito, desgraciados o ignorantes de diversa ralea. (Tuve la ocasión de toparme en una notaría a un usurero de hoy, que era acreedor de quien a mí me vendía y venía a por lo suyo: en ningún momento pude ver sus ojos. Olía demasiado a perfume. Detrás una protuberancia en su cazadora creí identificar una pistola.)

Ellas concilian con menos conflicto

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 10:45

HACE pocas semanas, Javier Marías publicaba una columna (Las mujeres son más jóvenes) en la que defendía de forma convincente que las mujeres son más risueñas y dulces, y llegaba a afirmar que -con honrosas excepciones-, son mejores viudas que viudos somos los hombres: “Cada vez que veo a matrimonios de cierta edad, pienso que más valdrá que muera antes el marido, porque conozco a bastantes viudos desolados y que no levantan cabeza nunca, que se apean del mundo y se descuidan y abotargan, que pierden la curiosidad y las ganas de seguir aprendiendo, que se convierten sólo en eso, en “pobres viudos” desganados y desconcertados”. Que los hombres somos más quejicas que las mujeres es -siempre en general, permítanme no volverlo a decir- verdad. Un hombre griposo es un cuarto de hombre, y malhumorado; a la mayoría de las mujeres no la anulan unas décimas de fiebre. Podría argüirse ante esta afirmación que, a la hora de cazar -véase, trabajar para traer el pan a la casa-, somos más eficaces los varones, y que la condición masculina abunda más en los segmentos más brillantes de los estudiantes (según algunas investigaciones, esto es cierto, como también lo es que los peores de la clase también suelen ser hombres… pero no nos adentremos en huertos embarrados). También es cierto que en España, para un mismo trabajo y salvo en la denostada burocracia pública, los hombres están mejor pagados que las mujeres. Pero aun así son más quejicas. Los son también quienes más comparten las tareas domésticas y familiares.

Cada vez más padres asumen tareas en el hogar, lo cual es tan cierto como que soportan peor que las mujeres la presión que esto supone para la vida laboral. Esto al menos sucede en Estados Unidos, y uno se atreve a proponer que aquí se da otro tanto. Según el llamado Informe Económico del Presidente, emitido hace una semana por la Casa Blanca, en las parejas de dos trabajadores fuera del hogar los varones sufren más conflicto a la hora de compatibilizar el papel de padre-amo de casa y el de trabajador (las cositas que se le ocurre estudiar a la gente de Obama…). Quizá esto se deba en buena parte a una inercia cultural asumida desde pequeños, es decir, a una disonancia entre lo que experimentamos en nuestras casas de niños y lo que, con el paso de los años, se espera de nosotros una vez que no vivimos con nuestra mami y debemos apechugar -son datos del estudio- con unas obligaciones domésticas que más que duplican a las de los hombres de los años 60. Sea esta hipótesis educativa plausible o no, hay datos de lo más jugoso sobre el asunto.

Según el estudio en cuestión, desde 1977 hasta 2008 ellas mostraron un incremento de estos conflictos trabajo-hogar (evito aquí describir la variable y cómo se mide) de seis puntos. Ellos, cinco veces más, y hablamos sólo de quienes hacían cosas en casa, más allá de aquello que les apetecía. O sea, tanto ellas como ellos sufren cada vez más conflicto por la dualidad trabajo dentro-trabajo fuera. Pero los hombres más, y de manera abrumadora. Como si estuviéramos menos preparados que ellas para llevar dos carros a la vez. O como si la mujer se hubiera incardinado en el medio laboral de manera más gozosa que nosotros en la parte obligada del hogar, dulce hogar. Hay que tener en cuenta que, en el estudio, la palabra “conflicto” no sólo se refiere a bajas laborales y otras situaciones objetivas, sino a sentimientos: los hombres mostraban un mayor sentimiento de culpa ante sus incompetencias, incumplimientos o, sencillamente, los reproches. Y más curioso todavía: no son los reproches del jefe los que más daño hacen: son los de la jefa, la pareja. O, sencillamente, es que somos más quejicas y, bien mirado, más débiles.

Negociar sin ceder no es negociar

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 10:38

(HE tardado un poco más de la cuenta en colgar en el blog este artículo que se publicó el pasado día 21 de febrero de 2015 en el periódico)

SE puede ser solvente pero carecer de liquidez, o sea, tener un futuro razonablemente viable pero carecer de un duro en la caja (ni nadie que te lo preste para ir tirando). Es mal asunto en cualquier caso; una situación que se lleva por delante por estrangulación a economías domésticas y a empresas. Pero mucho peor, dónde va a parar, es no tener presente ni futuro. No sabemos bien qué futuro tendría Grecia si se suavizaran las condiciones que les imponen sus acreedores y los prestamistas globales que se agrupan en una trinidad de cuatro miembros, mal llamada troika. Es decir, FMI, Comisión Europea y sobre todo el BCE… más el gran poder que no figura formalmente entre ellos, Alemania. Ha sido Alemania -que engaña poco- la que ha respondido con negociación dura a la posición dura de Grecia tras el acceso al poder de Syriza, que a unas malas amenazaba con dejar de devolver dinero (como a unas malas promete en su programa, por otra parte). Para colmo, uno que pareció hace pocos días ser un repentino aliado griego, Estados Unidos, ha urgido a Grecia a llegar pronto a un acuerdo si no quiere sufrir con crudeza los sinsabores de la bancarrota. Que Grecia abrace la protección financiera de una Rusia de fríos ojos azules -que es lo que verdaderamente le preocupaba a EEUU- parece poco realista sin, de hecho, entrar en bancarrota y probable corralito por un periodo de duración difícil de estimar, pero de dureza social de maldición bíblica. Aun así, Grecia sigue teniendo juego. Y mucho me temo que su ministro Varoufakis tiene el crédito de sus votantes muy fresquito y puede marcarse faroles o amenazar con espantadas.

Juncker, presidente del gobierno comunitario, la Comisión Europea, es un tipo desconcertante. No es lo previsible que lo puede ser un eurócrata norteño, y por ello resulta interesante. Si al ganar Syriza las elecciones advirtió a los ganadores que “no todo puede cambiar de repente” -admitiendo así que sí debían cambiar algunas cosas-, ahora Juncker ha recordado algo que es esencial en cualquier negociación decente, no humillar a la contraparte: “Hemos pecado contra la dignidad de griegos y portugueses”. Él ya puso en duda hace dos semanas el futuro de la troika, lo cual no fue poco. Cuando uno humilla debe pedir perdón -si se es decente, cabe insistir-, y en la medida de lo posible, resarcir. Grecia ha sido culpable, así dicho en general: de inoperancia, imprudencia y fullería. Hay síntomas claros de ello: no hay catastro, no hay verdadera ni consistente tributación, y muchos números oficiales resultaron ser falsos (no sin la auditoría y certificación de entidades multinacionales de supervisión y control). Pero Grecia, también, ha sido utilizada como cliente militar de Alemania y otros para aviar la teórica guerra con Turquía, y ha sido prestatario de muchos créditos otorgados a la ligera por quienes ahora quieren ser inclementes en su devolución. Y ha sido humillada. Lo dice Juncker, y uno lo cree.

Este juego de negociación afecta a mucha gente, a la que puede condenar al limbo laboral o al infierno de la pobreza. Y mientras que se demuestra lo contrario o no, somos socios de un mismo club, o sea, gente con intereses comunes. No vale el paso militar, no vale la amenaza y mucho menos la humillación. No se pueden exigir reformas para modernizar una economía y, además, no conceder indulgencia alguna en la exigencia austeridad y en el endeudamiento: no funciona. No se puede ganar siempre, debe recordar una Alemania que ostenta excelentes registros de desempleo, crecimiento y equilibrio fiscal. Syriza, o sea, Grecia, debe ceder en su maximalismo de ecos mitineros; Alemania debe también ceder y mirarse no sólo su ombligo, sino el de sus territorios comerciales y financieros periféricos. Hay partido, uno sólo se atreve a apostar por eso.

Agencia Tributaria, no vaya siempre a lo fácil

Tacho Rufino | 16 de febrero de 2015 a las 17:45

Tras un trayecto en un tren que iba quemando etapas a lo largo de estaciones cada vez más desvencijadas -fin de la prosperidad, desaceleración, recesión, depresión… ¿y recuperación?-, una de las grandes patologías que nos ha deparado el cangrejeo de la crisis es la de la acelerada apertura de brechas cuantitativas y cualitativas entre los ciudadanos. Fundamentalmente las de riqueza, de la que se derivan otras, como las educativas, las digitales, las sanitarias o las de género. Y a la postre, la brecha del enfrentamiento político. Ha sido en España donde este proceso ha sido el más acentuado dentro de la Unión Europea, por una razón sencilla de entender: los países con mayor desempleo sufren con un plus de crudeza los efectos disociativos de una crisis (lo contrario también es cierto: los países democráticos más igualitarios están mucho más inmunizados ante las contracciones económicas). Se trata de evidencias empíricas, y no de valoraciones basadas en la ideología, en la filantropía, en la ética ni en la justicia social: nada de eso hace falta para temer la apertura de fallas que afectan a los derechos y calidad de vida de amplias capas de la población: “Es la economía (¡y el paro en España!), estúpidos”, según la famosa frase de aquel asesor de Clinton. El peligro no es ya moral, es un peligro de corrosión la argamasa de nuestra vida en común, dilapidada por la codicia. En la estación termini está el descontento y la voluntad de ruptura en forma de lo que llamamos populismos (aquí reciben el nombre de Podemos, de momento).

Son precisamente las clases medias que pierden la estabilidad que se les atribuye por definición las que están detrás de una parte muy importante de los votos que parecen abandonar a los partidos mayoritarios para asociarse a las promesas de cambio de formaciones políticas sin mochilas del pasado ni grandes lacras de corrupción . Son en buena medida los jóvenes sobradamente mejor preparados que sus padres trabajadores por cuenta ajena o autónomos de ingresos medios los que naturalmente abrazan esas promesas redentoras. Hemos lanzado a paladas a familias de la clase media a un escalón más bajo y propio de una o dos generaciones previas, con la inestimable ayuda de los castigadores exteriores que han llevado la necesaria mayor austeridad a límites también patológicos. Y otro rasgo typical spanish: las clases medias han sido el pagano exprimido sin piedad por la Agencia Tributaria: dos tercios de las subidas en el impuesto de la renta han sido costeados por las rentas de entre 16.000 y 51.000 euros anuales, a pesar de que a las rentas más altas tanto Zapatero como Rajoy les subieron los impuestos, con efectos recaudadores escuálidos. La exacción de peso ha sido sobre las rentas medias: las que más crudo tiene el fraude. Mientras, la recaudación proveniente de los beneficios de las empresas es aún más triste de lo que tradicionalmente ha sido: entre los beneficios menguantes, las deducciones y la creatividad contable cuyos caminos son inescrutables, a las empresas no se las espera para apuntalar las arcas del Estado. Habiendo clase media…

Montoro sabe que esta política fiscal halconera con el débil no puede traer nada bueno a medio plazo, por lo que una fuente de ingresos públicos tradicionalmente cerrada ha sido redescubierta: la de la lucha contra el gran fraude (no el de la limpiadora o el del chapucillas). Por suerte, la golfada del paradisiaco secreto bancario la desmontó un Estados Unidos más empeñado contra el fraude que ningún otro país: menos mal que nos queda el Imperio. Y ahora sabemos de una manada de defraudadores patrios de lo más conspicuos y perfumados. A ver si repartimos los hachazos proporcional y justamente. O nos cargaremos el invento. Ya se tambalea su línea de flotación.

‘Falciani+HSBC’

Tacho Rufino | 16 de febrero de 2015 a las 17:32

QUE estamos rodeados de piratas es una verdad como un templo, y no vale negar la mayor y decir que, a unas malas, todos piratas: los hay con flota oceánica y los hay en patera; no es lo mismo, y si no pregunten a Montoro, que parece haber descubierto que sale mucho más a cuenta ir por un cachalote que contra dos millones de boquerones. Decidido a escribir para hoy domingo acerca de Falciani -ese héroe por accidente que tanto insomnio ha dado a decenas de miles evasores- y de la cueva de Alí Babá de alto diseño suizo llamada HSBC, bicheo un poco por la red para calentar y, a las primeras de cambio, la estupefacción: en la página mosaico que me sale al combinar los términos de búsqueda Falciani+HSBC, y, en todo el medio de noticias y artículos sobre el bendito chivato y el banco en el que trabajaba antes de cantar, una ventana publicitaria: “Cree sociedades off-shore con una cuenta bancaria”. Será broma, me digo, aunque no me cuadra tal humorada en el periódico español con mejor información internacional. Entro, por supuesto, y no, no es broma: se trata de una empresa que te ayuda a llevar tu dinero a una lista de países -es un decir- de nombres exóticos con banderas extrañas (con alguna excepción, como Suiza, que tiene nombre de vaca ubérrima, de paz, de relojazo y de chocolate, y bandera de la Cruz Roja en negativo). La web de esta proveedora de servicios avanzados donde los haya te ofrece crear una sociedad en Belice, Mauricio o Ras al Jaima por un precio entre mil y dos mil euros, en un par de días. Puedes crear varias e irlas acumulando en tu cesta de la compra virtual antes de pagar, como quien compra libros en Amazon. ¿Quiere usted emular a ricos cantantes y deportistas, a familias de rancio abolengo o de reciente pelotazo, a países de todo color, a reyes árabes de inagotable codicia y mal gusto, a brokers y dealers de Wall Street, o -ay- a donantes de campaña electoral? Pues créaselo, y créese una off-shore como Dios manda: no sea tieso. Sólo le falta tener unos millones de dólares sueltos. O hacerse un pequeño Nicolás financiero-fiscal y marcarse un par de ellas para esnobear a sus invitados de ocasión: “Esto es confidencial, espero que me entiendas; ya sabes cómo está Montorito ahora con las inspecciones y el maldito y muy electoralista castigo al fraude; pero yo debo arriesgar: mi dinero es mío y no estoy dispuesto a compartirlo con vagos y torpes, lo siento. Regateo a la avidez recaudadora”. “Pero, Pepe, perdóname, ¿tú no has estado cobrando en negro siempre que has podido?”. “Pues por eso, hijo, para qué le vamos a cambiar el color al dinero a esta alturas”.

La universidad, nuevo mono al quedar leña

Tacho Rufino | 1 de febrero de 2015 a las 22:05

UN economista, y a pesar de ello buen amigo, en esos momentos de euforia desocupada ante una buena copa, suele repetirme a modo de reproche menor: “Yo me fui de nuestra facultad sin haber hecho una sola declaración trimestral de IVA”. Mi respuesta es también la misma de siempre, de la forma en que los hombres nos repetimos una y otra vez las mismas historietas cuando llegan esos momentos huckleberry: “Dudo que el IVA existiera en España en aquella era, Fernando, pero ¿para qué puñetas quieres tú aprender a rellenar un formulario?”. La anécdota viene al caso en una semana en que la universidad, su calidad y sus vicios, ha sido uno de los temas de discusión más encendidos. Puedo constatar un lugar común typical spanish: en ningún sitio como aquí he visto a la gente criticar con tanto desapego a las facultades públicas en las que masivamente hemos estudiado los titulados superiores. Ni en Marruecos, ni en El Salvador, y tampoco en Alemania, el Reino Unido, Polonia, Italia, Francia o Dinamarca he oído a un profesor, un alumno o un egresado despellejar con la saña con que lo hacemos aquí al lugar donde se les dio la formación universitaria (salvo que pagara un pastizal por ello, sin suspender nada: entonces la baba se desliza mentón abajo). Y no lo duden: nuestras universidades, en general, no son peores en docencia e investigación, sino más bien al contrario. Carencias hispanas como el deficiente conocimiento de la lingua franca, el inglés, sí lastran la presencia de graduados españoles en grandes compañías o el extranjero.

Con picos de sierra según los centros y sus personas, nuestra formación está al menos al nivel de la media de los países con los que queremos compararnos, y no digamos de aquellos con los que no debemos compararnos por ser menos desarrollados. No todo es endogamia ni hijos de cátedros que heredan el pack apellido+carrera pública (por cierto, hoy las plantillas menguan y no se reponen, y ni el hijo de Ramón y Cajal entraría en el sistema de otra cosa que no fuera de becario con fecha de caducidad). Mientras desprestigiamos a nuestra universidad, el gran negocio de la formación superior tiene un competidor emergente, las privadas. Que la pública se reconozca socialmente como deficiente a base de repetirlo, y que además sus tasas suban como la espuma sin duda interesa a los centros que proclaman -no siempre con fundamento- su “compromiso de excelencia”, “su alto nivel de prácticas en empresas de referencia” y su plus de “empleabilidad” (es evidente que quienes provienen de familias más adineradas, que suelen acudir a la privada, tienen mayor empleabilidad, con o sin la ayuda de una universidad u otra).

Ahora, los partidos “de la casta” -según acuñó Podemos- han encontrado su propia casta a la que dar leña cual mono de goma mediático, dado que el partido de Iglesias, Monedero y Errejón está repleto de profesores, y de dos de ellos se dice que predican mucho pero carecen de trigo que dar. Y eso molesta: todos sabemos que los profesores son unos vagos, unos pedantes y unos mediocres que están en los mundos de Yupi a costa de todos. Algunos de ellos ganan hasta dos mil y pico euros al mes después de 20 años de ininterrumpido servicio y mejora en su cualificación: intolerable mamela. ¡Y no pican la tarjeta! ¡Y sus sistemas de control administrativo y de gasto son de risa! ¡Una casta, una casta que es rémora del pasado! ¡Vayamos a la privada, o mejor, que vaya sólo los hijo de familias con posibles y los pobres que demuestren su alto cociente intelectual! El negocio, además, es formidable. No hace falta recordar que, junto con la otra gran discutida, la sanidad, la enseñanza pública es objeto de mucho dardo bilioso (y, en demasiados casos, anecdóticos e indocumentados). Y de todos los deseos.

QE: océanos de dinero a cambio de deuda

Tacho Rufino | 26 de enero de 2015 a las 11:50

EN estrategia militar, pugilística o empresarial se da por hecho o por muy probable que quien golpea primero golpea dos veces, o por lo menos golpea mejor. A tal logro -ocasionalmente, simple fortuna o casualidad-, que otorga una ventaja competitiva, se lo llama ventaja del “primer entrante” o early adopter en la jerga. La inversa también se da: ser el “último entrante” (late adopter) puede significar ir arrastrado por los demás, y sobre todo haber perdido el tiempo y, por tanto, muchos beneficios de cualquier naturaleza, por no reaccionar a tiempo. Aunque España tiene dos rasgos elefantiásicos propios -el paro y la deuda pública- que condicionan su política económica, podemos decir que los problemas de crecimiento, atonía económica y, finalmente, el riesgo deflacionario son las tres heridas de la crisis europea. Y Europa, la Unión Europea y, más concretamente, la Zona Euro han sido últimos entrantes en los verdaderos planes de estímulo, lo cual testimonia la lentitud genética de la Europa comunitaria, un paradigma de la procrastinación que deriva de la gran diversidad de intereses de sus miembros. Mientras que Estados Unidos y Gran Bretaña -ranas de la misma charca- acometieron en 2008, en circunstancias similares a la europea, que no idénticas, planes de estímulo económico mediante sus bancos centrales, aquí el parto del plan de estímulo ha sido el de la burra: ya hace exactamente dos años y medio, Draghi, presidente del Banco Central Europeo, dijo que se crearía e inyectaría dinero público “cuanto sea necesario” en la economía, y no sólo se daría barra libre a los bancos para financiarse, como venía haciéndose sin que tal financiación privilegiada tuviera efectos nutritivos notorios en la economía real. Mientras que los primos anglos han recogido ya cosechas importantes, aquí vamos haciéndoles la goma, que en ciclismo significa ir a duras penas a remolque de uno más fuerte, sin lograr los beneficios del rebufo o el relevo. La resistencia alemana a dar árnica a los países más endeudados tiene mucho que ver con este agotador papel de intentar acercarse al líder a base de desordenados arreones.

La bajada de los tipos hasta tasas reales negativas no ha surtido gran efecto, salvo alivio hipotecario para muchos españoles; la barra libre crediticia del BCE formó sus propios círculos viciosos que aguaron en buena parte los deseados efectos sobre las empresas con peor acceso a la financiación; el reciente Plan Juncker para invertir con criterios de futuro 315.000 millones en la UE depende mucho de que el sector privado crea en ese juego, y, por fin, el plan de estímulo mediante el llamado QE va a ver la luz (Quantitative Easing, QE o facilidad cuantitativa, o sea: crear dinero para comprar masivamente activos financieros, particularmente bonos de deuda pública). Se tata de darle a la maquinita de crear euros para con ellos comprar mucha deuda pública y alguna empresarial a razón de 60.000 millones al mes, dos veces el presupuesto de la Junta de Andalucía, hasta septiembre de 2016: una colosal liberación de un billón (billón español, un millón de millones) que cambia títulos de deuda por dinero, dando liquidez al sistema y creando un poco de calor inflacionario que deseablemente alejará el perverso frío de la bajada de precios generalizada y continua, la más peligrosa deflación. Cien mil millones se destinarán a comprar deuda española. Una deuda pública que, con la recesión sufrida y el lánguido crecimiento previsible, no sólo no ha reducido su peso en el PIB, sino que ha pasado de representar el 35% del PIB a principios de 2008 a una más que preocupante losa del 97% del PIB (a esta rata, ¿quién la mata? ¿Nos tachará un buen tajo algún día el propio BCE de su libretita de deudores, a cambio de no se sabe qué condiciones? Veremos).

Del esperma afortunado al cigoto talentoso

Tacho Rufino | 26 de enero de 2015 a las 11:41

EN el último siglo, una de las certezas morales de la clase media y, en menor medida, de estratos socioeconómicos más precarios ha sido que lo único realmente se puede legar a los hijos es la educación, a falta de otros bienes materiales en abundancia. La productiva “caña de pescar”: estudios, nivel cultural, maneras, principios. Si algún país ha simbolizado en su corta historia la regeneradora fuerza social que supone no dejar el bien común al arbitrio del esperma afortunado y el árbol genealógico -con su improbable garantía de herencia de talento entre generaciones-, ése es Estados Unidos. La cuna de la meritocracia; un país en cuya ética fundacional no cuenta el ADN, por principio hostil a cualquier estatus heredado, y que valoraba la prosperidad individual por, precisamente, el talento. The Economist nos recordaba esta semana (Education and class: America’s new aristocracy) cómo un padre de la patria de “los libres” tan señalado como Thomas Jefferson distinguía entre una aristocracia natural de los virtuosos y los talentosos, beneficiosa socialmente, y una aristocracia corrosiva para el bien común, basada en la riqueza y la fortuna al nacer.

Hace tiempo que Estados Unidos ha mostrado claros síntomas de decadencia en la regeneración social que llevan a gala en sus himnos y costumbres aparentes. Más de un Kennedy mostraba severos síntomas de cortedad; la cortedad de algún presidente como George Bush junior era palmaria, y puede que por sus limitaciones vivamos hoy en un planeta especialmente encabronado. Pero existen élites cada vez menos selectivas que sí están dejando en herencia el talento a sus hijos allí y aquí. Una transimisión paterno-filial que no tributa inter vivos ni mortis causa, con lo que eso consuela, por cierto.

La llamada economía del conocimiento estadounidense -aquí esperamos ver su luz un día, no sólo algunos destellos- hace que una de las alquimias de los guisantes de Mendel se esté haciendo patente: los hombres inteligentes buscan cada vez más casarse con mujeres inteligentes, y viceversa, según atestiguan no pocos estudios. No me digan que aquí también ha pasado igual, porque hay muchos ejemplos de gente patrimonialmente sobrada que no busca precisamente talento en su embarque matrimonial. Y el talento se hereda con mucha mayor probablidad si se junta gente formada y lista que cuando el criterio de búsqueda de pareja es la concentración de poder y recursos. Del amor y sus disfraces hablaremos otro día.

Nómadas televidentes

Tacho Rufino | 19 de enero de 2015 a las 20:09

SI el crecimiento de los niños suele simbolizar el paso del tiempo –“Nos hacen mayores”–, si unimos a su desarrollo el desarrollo de las tecnologías que ya llevan grabada de forma indeleble desde la más tierna infancia, un niño cercano a un smartphone pegado te hace viejo de forma patente y casi a diario. Nunca he sido explorador de nuevas tecnologías, ni mucho menos, y he ido arrastrado por su vertiginoso desarrollo adaptándome como buenamente he podido. En muchos casos, la adaptación me ha llegado por ser padre.

Quizá leyeran Superficiales. Qué está haciendo internet con nuestras mentes, de Nicholas G. Carr, que concluye que el incesante uso de la multiplicidad informativa en cualquier momento produce no ya cambios de actitudes y costumbres en los usuarios, sino cambios en nuestra estructuras neuronales, dado que los circuitos cerebrales son algo plástico y maleable, por lo que la Era Windows, con sus infinitas ventanas abiertas ha creado ya un tipo de ser humano nuevo, más superficial y con mucha más capacidad de captar lo que sea, adicto a la variedad inmediata, disperso. Y nómada: llevamos todo en el móvil ya; la presencia en el lugar donde están los ordenadores es sólo una opción.

La televisión en la forma en que la conocemos los adultos puede ser carpetovetónica de un momento a otro. Eso de mirar la penúltima del periódico para ver a qué hora es nuestra serie preferida y prepararnos la bandejita mirando el reloj va a ser una pronto una escena en sepia: la sincronización la haremos con nosotros mismos, nada de parrillas horarias. En Canadá, el 80% de los habitantes dicen que ver más vídeos y programas en línea, o sea, en un teléfono o una tablet, y menos televisión. La televisión también será nómada. Hace unos días me colocaron un aparato enchufado a la tele que me permite, pulsando cuatro botones, que me grabe Breaking Bad cada vez que la pongan, y que me lo guarde en una carpetita para cuando yo me quiera pegar la fricada de ver dos temporadas seguidas. Una borgiana biblioteca de entretenimiento e información que yo consumo cuando y donde quiero. Se acabó -un rato queda- el consumo lineal de tele, migramos al consumo diferido y a la carta. Somos productores y distribuidores de contenidos por las redes sociales, a la vez que consumidores: prosumers. American Airlines, según informaba Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique, dará una tablet a cada pasajero para que se confeccione su propio menú digital en el vuelo: la tele desplegable es pasado. La masa y sus modelo televisivo ha mutado a individualidad y discrecionalidad. El televisor será una pantalla estupenda conectada a internet… o no será. No tendrá razón de ser.