Cuanto más frío, más cara nos cobran la luz

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:21

Quizá le haya llegado esta semana la imagen de Angela Merkel y Christine Lagarde, ambas carcajeándose; una foto de alguna cumbre, con un texto chistoso sobreimpresionado: “Y van y el día más frío del año les ponen la electricidad al máximo precio histórico”, “Pero ¿qué me estás diciendo?, “Tal como lo oyes”, “Me parto”, “Y Yo”. Y bueno, el texto es en esencia verosímil: el sistema que rige para facturar los consumos de electricidad en España desde 2009 establece, entre otras muchísimos conceptos e intríngulis, que los kilovatios se facturan a un precio que se establece en una subasta casi simultánea al consumo familiar o corporativo. De forma que si en la subasta en la que contienden los operadores de generación y distribución los precios son altos, en nuestra factura nos cobrarán caro, y viceversa. Sucede además que los citados operadores -mayoristas y minoristas- tienen vínculos de sangre, son hermanos o amantes: su estrategia es coordinada. Algo que ya es feo de suyo. Feo para la competencia y para los derechos del consumidor. Por este sistema en vigor, a cuenta de esta semana nos facturarán un precio el doble de caro que el año pasado: entonces, gracias al cielo, no hizo tanto frío. Poco se ríen la kanzlerin y la directora del FMI del meme.

Al hacer más frío y haber mayor demanda -nos aseguran- los costes de generación y distribución se disparan, y por tanto nos tienen que cobrar más caro (con candidez, y con perdón: ¿por qué no ponderar y redistribuir en el tiempo esos picos para no hacer tan abruptas y manipulables las facturas?). Y cierto es, démoslo por tal, que todos los planetas de coste se han alineado en contra de la calefacción privada, haciéndola objeto de lujo y culpa. Hemos hecho -a la fuerza ahorcan, es el bolsillo- un máster de una semana, con permiso de los gurús energéticos que saben tela de facturas de electricidad y demás, chamanes de moda al albur del lío liantísimo de la facturita de marras: que si las nucleares francesas cerradas, que si el frío sin viento y las renovables, que si los embalses que están cortitos, que si el precio del gas y el petróleo, que si la oferta y la demanda, que si los impuestos y alquileres en la factura tiene mayor peso que el kilovatio por euro. Pero muchos sospechamos que aquí nos han metido un gol (o sea, la mano en el bolsillo). Y, sea o no esto cierto, que las instituciones públicas no van encima del caballo energético, sino arrastradas de su estribo. Que no defienden a la gente, ante la necesidad de calefacción que hay. ¡En la duodécima potencia industrial del planeta!

Si feo, como decimos, es que haya promiscuidad antimercado entre los operadores, más feo es que el ministro de Energía declare, tenso y sobrebio, que “si hay algo extraño, lo veremos esta tarde [en la comisiónde tal y cual]: reactivo, no proactivo; arrastrado y no gobernando una obligación clave, la energía. Dejemos por un momento fuera del análisis lo antidemocrático de las puertas giratorias, por las que algunos ministros del ramo esperan hablar un día con el dios de un consejo de adminsitración opíparo. Pero mueve a la depresión y al descreimiento, de nuevo, la pasividad y debilidad de un regulador como la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), que según sus estatutos es “el organismo que garantiza el correcto funcionamiento, la transparencia y la existencia de una competencia efectiva en todos los mercados y sectores productivos, en beneficio de los consumidores y usuarios.(…) es un organismo público (…)”. Adivinen quién sí ha tomado cartas en el asunto: la Fiscalía. Menos mal que nos queda la Justicia, la tan criticada y denostada Justicia, que aparece como la última ancla ética y ejecutiva en asuntos fundamentales. Como la corrupción y los oligopolios de facto. Gracias.

El Brexit y La Trinca (Trump, Putin y May)

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:17

Las cosas que cambian de verdad cambian de repente. Casi de un día para otro. Por ejemplo, ¿quién se veía venir hace apenas un año que Gran Bretaña abandonaría la Unión Europea y resucitaría su alianza genética con los Estados Unidos de un Trump que desprecia al Viejo Continente y, además, dice querer completar la Gran Alianza del XXI con Rusia y, ya veremos, con China? Es sólo un ejemplo, pero viene al caso por una anécdota, de esas simbólicas que tanto gustan al columnista. Va de Brexit. Uno está sensiblote con el asunto, porque la hija ha decidido, con beneplácito, tomarse un “año sabático” -así lo llama ella, adelantándose unos cuarenta años-antes de entrar en la universidad, e irse a poner pintas o hacer camas a la patria chica de los Beatles. Nuestros jóvenes van por miles a las Islas, donde hay ese tipo de trabajo nutritivo para sus bolsillos y gustos, a 90 euros el día de trabajo reglado. Ésa es una cara de la moneda. Un juego de oferta y demanda laboral que con el Brexit podría verse alterado, acaso perjudicando a los jóvenes comunitarios que quieren inglés más vivencias o mero empleo. Pero todo tiene una cara B.

La otra cara aparece esta semana en la tele. En plan Lobatón, dos chicas inglesas que no se ven hace años planean montarse a dúo la despedida de soltera de una de ellas. “Ni pa ti ni pa mí”, y deciden encontrarse en una ciudad ubicada entre Londres, donde vive una, y la ciudad donde reside la otra. Hacen lo cálculos y les salen caras las noches de hotel, las copas y la comida. Buscan y remiran en internet y… ¿adónde se van que les salga por dos duros de avión y hotel, cuatro duros de mil copas y tres duros de boquerones, paellas y hamburguesas? A la Costa del Sol, que mola pero que mucho más que las alternativas domésticas de las chicas. España es barata para sus sueldos y sus libras, ofrece un comer y un beber incomparable en calidad y precio con los de allá, las habitaciones no tienen enmoquetados sospechosos y están tiradas, los vuelos son de un low cost insultante: sus turoperadores son unos cracks que se chupan buena parte del valor añadido de la cadena turística. Que aprovechen y vengan con gran resaca, dos kilos extra, la felpa-pene daleada y un quemazo cutáneo de gamba plancha: el Brexit también puede alterar bastante este planazo. Quién sabe qué será entonces del tipo de cambio, probablemente nada bueno para su poder adquisitivo. El Brexit es un melón por calar. Y La Trinca de los dos rubios extravagantes de Putin y Trump con la rubia flemática de May, por no hablar del otro áureo de Boris Johnson, otro más gordo.

El pódium de la corrupción

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:16

Bárcenas, ese ibérico eslabón perdido de los Soprano, nos regaló ayer en su juicio una perla terminológica para quitarse el cráneo: “Contabilidad extracontable”. Las cenizas de Fray Lucca Paccioli, creador de la partida doble, los libros diario y mayor y los balance, se habrán vuelto rescoldos por un rato. Bárcenas, sabedor de la seguridad de sus cofres ginebrinos repletos de dinero extracontable y del miedo que su boca da a sus ex compañeros de partido, es el ejemplo más señero de la corrupción de la España que engordaba para reventar, al alimón con Rafael Guerrero, el director general de la Junta de Andalucía que despachaba entre gin-tónics de alta expresión, polvitos nerviosos y muslámenes eslavos. Hubo ingenuos, como éste que escribe, que pensaron en los ochenta y los noventa que este país era bastante digno, nada que ver con nuestras antiguas colonias o con Italia. Pero no era cierto. Las brasas del calentón económico artificial ocultaban la putrefacción en curso.

En el último años, una vez que Valencia, Madrid y Mallorca han sido campeones en anteriores temporadas, la corrupción en España se distribuye de manera desigual, según el primer estudio estadístico del Consejo General del Poder Judicial, presentado hace unos días. Cataluña es la líder en corruptos procesados, seguida de Andalucía. Según el informe, el País Vasco podría parecer un paraíso de la honradez, pero los hijos de Aitor no tienen costumbre de pisarse la manguera, quizá una rémora de los tiempos de la omertà vía parabellum, y no investigan ni mandan a la Policía a detener a nadie a su casa: quién cree en la bondad arcádica de un PNV o una Herri Batasuna. Lo de Cataluña era previsible -aquel “tres por ciento” al que aludía Maragall en el propio Parlament-, aunque muchos allí prefieren atribuir el dudoso honor de su liderato a la “persecución española”. No a los 30 años de mangazo y comisión del Pujolato. Dice Loquillo, con más razón que un roquero viejo, que a él no le roba España, le roban los Pujol. Pero el nacionalismo en vena es vaselina para las tragaderas. Andalucía, donde también se da una inveterada hegemonía monopartido -abono para la corrupción-, sube al podio en segundo lugar, lo cual era previsible por el número de individuos que implica un caso como el de los ERE falsos, mucho más popular que el de los Pujol Ferrusola y los fenicios afectos a CiU. Si es plausible identificar los primeros puestos con las comunidades más corruptas, no menos lo es reconocer que también influye el ingente trabajo de la Justicia catalana y andaluza. Porque lo del País Vasco, que se lo cuenten a otro.

Coche tirano= subdesarrollo

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:14

Lejos de verte embarcado en trance ascético alguno, y sin rastro de Siddhartha, uno de los rasgos más sorprendentes de la India es la tiranía del vehículo a motor, no sólo en las grandes ciudades: las motos apestan y acosan al peatón, y lo vuelven loco con el pertinaz toque de sus claxon. El coche, directamente, avasalla. De vuelta a Marraquech tras quince años, uno descubre que sus callejas, antes sugestivas, están también azotadas por motos escúter que te atascan las fosas nasales con una pasta negrucia nada más acceder a la medina. Acabas poniendo, cual Escarlata del Magreb, a Alá por testigo de que allí nunca volverás. El coche es igualmente ignorante del transeúnte. La prioridad es justo la contraria de la que uno se encuentra en Dinamarca: primero el peatón o en tranvía, después la bicicleta y, señalados y hasta proscritos, a mucha distancia están las motos y los coches. No suele haber problemas de aparcamiento: en general no se puede aparcar en ningún sitio que no sea un parking. El grado de preponderancia del motor en un pueblo o ciudad es inversamente proporcional a su nivel de desarrollo y urbanidad (perdonen si resulta casposa la expresión, pero define muy bien).

Aquí estamos, como en tantas otras cosas, atrapados a la mitad. El coche sigue siendo un rasgo de estatus en la comunidad. Las bicis, tras ser criticadas por pobretonas o cosa de bohemios sospechosos, han sido asumidas por miles de viajeros laborales, ya conversos. No es así en muchos pueblos, que ajan su belleza y perturban la tranquilidad que se les atribuye por el abuso del coche. Es lastimoso ver cómo localidades cuyo único probable futuro sea un turismo de cierta calidad espante a éste con el amontonamiento de utilitarios y cuatroporcuatros: los pueblos no estaban pensados para tal máquina, en la que suele viajar una sola persona. Hay municipios que sí lo han visto claro, y sus gestores un día aguantaron el tirón de un rechazo social pasajero. Hicieron ver a sus vecinos que uno puede aparcar a quinientos metros de su puerta, en zonas destinadas a ello. Si esto no se hace por la erradicación de un abuso consuetudinario de tiempos de modernidad de plástico, que se haga por no espantar a los visitantes, que lo último que quieren encontrar es vehículos invadiendo las aceras o embutidos en cualquier hueco de una plaza. (Uno se malicia que será Podemos quien enarbole esta bandera y así crecerá en los pueblos, coherente con su política de proponer cosas cercanas a la vida diaria de la gente, más allá del pan y circo. Al tiempo.)

Hasta siempre, Obama

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:12

Admiro a Obama. No por su golpe de cadera al bailar ni por su voz, ni porque de su voz sale un inglés comprensible para no nativos -es una exigencia para cualquier presidente: son el imperio… y lo saben-; tampoco por el ebúrneo encanto de su mujer, ay, o su sentido del humor. Ni porque cuando ha llorado en público era más creíble que el mejor actor dramático. Tampoco por su respeto hacia cualquier persona. ¿Profesionalidad? No sólo, no parece. La admiración por el saliente presidente de Estados Unidos no viene ya por la epidermis, sino por otras dos razones. Primero, porque sus detractores de andar por casa -algunos amigos, algunos fatigas de la tertulia- suelen tener mal ocultos un puntito racista y otro fachoso. Suelen criticarlo por “mediocre” y por teatrero. No soportan que sea defensor de los desfavorecidos -los de su país, de acuerdo, pero para eso lo votaron y le pagan-. Segundo, por los datos de sus dos “Administraciones”. Compararlo con Bush hijo, el líder secreto de la Asociación de Amigos del Accionista Petrolero, es como comparar a un pura sangre con un mulo. Los resultados de Obama tras coger al país en pleno crash financiero son incomparables, por buenos, a los de ningún antecesor suyo reciente. Quizá sólo a los de Clinton.

Un viejo artículo sobre Obama provocó la guasa de un amable lector: “¿Cuánto paga la Casa Blanca por la glorificación?” (dijo “ojana”, pero no viene en el diccionario). “A quien paga es a su gente”, cupo replicar: sin ofrecerle los cuartos traseros a los grupos de enorme poder ni hacer populismo pro-negritos del algodón. Hoy (sábado), cuando el presidente USA ya tiene las maletas hechas, la prensa nos recuerda que la era Obama se cierra con pleno empleo técnico, y que en este año se han creado un millón de empleos por sexta vez consecutiva. Antes ya supimos que tuvo redaños para nacionalizar megabancos quebrados y, o bien dejarlos caer, o bien reflotarlos recuperando los dineros públicos (igual que aquí, lo mismo es…). Que su plan de sanidad universal ha fracasado, en buena medida por el ejemplar equilibrio de poderes públicos de aquel país. Que para ayudar a la decadente industria del automóvil no se embarcó en subir los aranceles a la competencia. Para eso está Trump, su sucesor, que tanto gusta a tanto liberal a la española, que quizá compartan que la presidencia de Obama fue -Aznar dixit– “exotismo histórico”. Sin racismo ninguno, hombre, por Dios. Ah, y que iba a llevar a su país “al desastre económico”. ¡Nostradamus, a los albañiles! Que viene Aznar.

¿Calidad democrática? No se encuentra aquí

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:11

Hace unos días, un columnista de este diario proponía ser optimista con el porvenir inmediato y, en particular, el de este país que forma parte de una Europa atacada en sus cimientos culturales y sociales. Justo debajo suyo, otro compañero declaraba tener serias dificultades para no ser pesimista por los mismos y otros motivos. Entre el desiderátum “en positivo” y la visión fundida en negro, está la selección de los hechos que cada uno pueda hacer para su análisis, sus propios presupuestos ideológicos y hasta el pie con que se haya levantado una mañana dada. Hay periodos -semanas, en el caso de esta columna- en los que la realidad te mueve a ser pesimista o, si quieren mejor, a sentirse desencantado o tan sólo confirmar los bueyes petardos con los que aramos aquí. Eso último sucede cuando esto se escribe y, de sopetón, confluyen ante tus ojos dos noticias del día y otras dos de la semana que aún colean, tanto en la mente de uno como en las noticias corrientes.

Comencemos por el presente rabioso que a su vez hace rabiar. Perplejo se queda uno cuando Rajoy hace una defensa sin ambages de quien fue ministro de Defensa suyo, premiado después con la Embajada en Londres, el inefable Trillo que daba vivas a Honduras mientras pasaba revista en una base aérea en El Salvador (una mala tarde la tiene cualquiera, es cierto). A pesar de que el Consejo de Estado lo acaba de hacer responsable del accidente del Yak-42 -decenas de muertos entre gran tufo de chapuza, negligencia y trampa de su Ministerio-, su presidente hace de padre: “Eso pasó hace muchísimos años”. “Muchísimos”. El Consejo de Estado no es suficiente institución para destituir a Trillo como embajador en plaza tan clave y reponer algo del derecho moral que los familiares de los muertos han visto restituido por dicho Consejo. El mismo día, en el mismo noticiario, conocemos que la Guardia Civil -no toda, al menos de momento- de un pueblo sevillano se da todas las trazas de tener un sobresueldo con el narcotráfico por el Guadalquivir. Un mando y tres guardias, detenidos. Sobran comentarios. Viva Honduras, viva El Salvador y viva la Guardia Civil de Isla Mayor (complicado creer que el resto del destacamento y otros cercanos no supieran nada).

A la vez, se confirma que el chafarrinón grotesco que protagonizó un empresario andaluz señero al abalanzarse patética y beodamente sobre -qué tino- la líder de Podemos en Andalucía. Si no es por la denuncia de ésta, Teresa Rodríguez, nada hubiera pasado, y mira que el presidente de la Cámara de Comercio de la que el empresario era vocal en ese momento estaba presente, y hasta se permitió bro

mear y trivializar tal esperpento de un landismo resucitado. Empresarios, con amigo como éstos, ¿quién quiere enemigos? (No se pierdan el artículo que sobre esto hizo Ignacio Martínez, Ridículo empresarial.)

Cuarto y último, la desilusión de presenciar la complicidad del Gobierno con la banca que perpetró las cláusulas suelo: debe obligarla a establecer de oficio -y sin instancia de parte, porque la parte dañada es infinitamente más débil que la banca que tan artera fue- un calendario de devolución de lo cobrado en intereses con abuso contractual y de información, tal como ha sentenciado con calidad -dignidad- el Tribunal de Justicia de la UE, poniendo la cara colorada a nuestro Supremo, también muy falto de calidad en este caso. Y no dejar que los perjudicados tengan que armarse judicial o administrativamente: no es su obligación. Pero va a ser que no: poniéndose de perfil, el Gobierno apoya a Goliath, el abusador.

Macro y micro

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:09

Echando la vista atrás te topas con expresiones que solíamos decir y que resultan hoy de lo más naïf. Caída en desuso, no poca gente, hace años, adoptaba una pose de independencia con la expresión “Yo soy apolítico”. Se trataba sencillamente de falta de criterio, o de una forma de no complicarse la vida: la política, después de tantos años de dictadura, era algo sospechoso si no pecaminoso. “Haga como yo, no se meta en política”, le dijo el general Franco al entonces Príncipe de España. En las circunstancias actuales, no interesarse por la política es no ya un fingimiento, sino un acto de docilidad social y de pereza intelectual. No hablamos de dar la brasa a los demás en momentos de ocio, sino de tener vocación de marioneta, de titiritero o al menos de cínico descreído.

Cabe decir algo análogo del muy vigente comentario de desinterés sobre “la economía”. “No entiendo esos artículos, decís cosas muy complicadas”. Es de mucho temerse que quienes esto te espetan no lo intentan siquiera: carecen de interés por informarse sobre cosas tan incomprensibles como el efecto que tiene Draghi en los intereses de su hipoteca, por la carga de impuestos que llevan los 60 euros de lleno en la gasolinera, por lo que le va a quedar de paguita cuando se jubile, por cómo va a subsistir en el desempleo crónico, por el fuego financiero entre administraciones públicas, por la calidad de nuestros representantes empresariales. “Qué pueden importarme esas prosaicas nimiedades: nada hay más allá de la Teoría de Cuerdas para mí”. O de Cristiano Ronaldo y el narcótico en vena de los talk shows.

Está muy in criticar al Gobierno por no preocuparse “por los verdaderos problemas de la gente”, expresión muy frecuente en los líderes de la izquierda con mayor querencia al púlpito. Como si la acción de política económica a la grande o macroeconómica no fuera labor básica de un Gobierno: las decisiones sobre, por ejemplo, el nivel de los impuestos son determinantes para la vida microeconómica de individuos y empresas. Es cierto que el corpus investigador de la Economía está en muchos casos más pendiente de la hilera promocional del investigador que en nada realmente útil para la comunidad, y que se han otorgado premios Nobel a dos economistas que concluyen justo lo contrario sobre un mismo asunto, por no hablar del dontancredismo de la mayoría de los analistas cualificados ante la avenida de Gran Recesión. Pero con la que cayó y sigue cayendo, el desinterés por la economía es casi equivalente al desinterés por la propia salud.

Violencia contra la mujer: “Algo le haría”

Tacho Rufino | 23 de enero de 2017 a las 19:08

El dentista era conocido de un conocido. Ese día, hará ya veinte años, se había sabido de otro asesinato. La ansiedad que causa la espera boca arriba movió a la pregunta: “¿Os habéis enterado de la mujer a la que ha matado su marido cosiéndola a puñaladas?”. Jeringuilla en ristre, el dentista no dudó: “Algo habría hecho ella”. El paciente recibió el pinchazo sedante, la picana y el yeso, pagó y ya nunca volvió a aquel gabinete pulquérrimo regentado por un animal con estudios. Él argumento sigue vigente para muchos: no es que se merezcan que las maten, pero algo habrán hecho para sacar de sus casillas al macho. Le pondría los cuernos. Le haría luz de gas y lo volvía loco. De algún tipo de manzana envenenada proveería al marido, la muy serpiente. Así, a priori: “Algo le haría”.

Sólo se salvan de ese juicio tan común la madre y la abuela de aquel dentista y de otros que piensan igual. Y las propias hijas, si las tienen. Pero, en fin, no todas son putas y malévolas, sino que mueven a la locura transitoria a sus hombres. Es ése un pensamiento bastante común, aunque no se verbalice de forma generalizada como se haría cuarenta o cien años atrás. En realidad, toda una historia: desde la propia Biblia. Por no hablar de otras religiones varadas, como el islam, desde donde algunos imanes siniestros recomiendan una paliza a la hembra de vez en cuando: resulta saludable para la estabilidad familiar. Aseguran que el propio Gandhi era agresor en su hogar.

Muchos de nosotros, hombres, llevamos en un oscuro rincón del alma una propensión a utilizar la violencia ante la inseguridad; también la que pueda generarnos un amor podrido, o ante el miedo a que ella nos deje o nos humille. Y muchos más nunca hacemos comentarios de dolor, espanto o mera compasión ante los cotidianos asesinatos y brutales agresiones de mujeres a manos de sus parejas. No sólo en parejas socialmente marginales, no sólo indigentes o yonquis, no sólo inmigrantes desgraciados. También sujetos de lo más normales: “Era un hombre muy amable; saludaba siempre cordial, no nos lo podemos creer en el barrio”. El alcohol y, sobre todo, su combinación con drogas como la cocaína están detrás de muchos de esos apuñalamientos en los que un tipo mata a la madre de sus hijos o de otros niños, y ya de paso asesina a las criaturas. Muchos de nosotros, a pesar de ver tres noticias breves con el mismo esquema de asesinato pasional en la misma página de periódico de cualquier lunes o jueves, callamos. Como putos. Y hasta, en nuestro interior más inquietante, lo justificamos.

El décimo mágico del Gordo

Tacho Rufino | 20 de diciembre de 2016 a las 17:38

Que te toque el Gordo de la Lotería de Navidad es equivalente a que, estando el estadio Santiago Bernabéu repleto, una paloma que lo sobrevuela alivie su cloaca y el perdigón te caiga a ti en la pechera. Eso dice la Ley de Probabilidad, algo forzada por el símil. Sin embargo, todos, salvo un puñado de racionales irreductibles, nos ensoñamos con nuestra propia versión del cuento de la lechera: qué haremos cuando estemos en el taco riguroso y repentino. Pero en la fábula, la lechera más bien pergeña un plan de negocio con escenario optimista, porque ella fantasea con integrarse verticalmente en el sistema de valor, desde el cántaro de leche hasta una explotación ganadera, pasando por el queso, los pollitos y los huevos. O sea, la chica quiere emprender, no un golpe de fortuna.

Con la lotería nos confiamos a la suerte. Hay un término en psicología -el locus de control- que ubica a las personas entre dos extremos: los que piensan que lo que les sucede en la vida depende de ellos mismos y los que piensan que su existencia depende de factores externos. Luteranos frente a hinduistas. Aparte del carácter que uno traiga de fábrica, las crisis suelen desplazar a mucha gente al extremo segundo: “Da igual lo que hagas, date por fastidiado”. O su correlativo “abandónate y cree en cualquier cosa”. Comenzamos a confiar en la suerte, buena y mala. En tréboles de cuatro hojas o gatos negros, en masaje de chepa ajena y en gente que tiene el cenizo. Y nos gastamos una renta perpetua de unos euros diarios en la (des)ilusión de todos los días. Llegadas estas fechas tenidas por entrañables, el chantaje del billete del bar bien visible, el otro del trabajo y el otro de la peña, más el locus de control externo de cada cual hacen que gastemos una bonita suma en lotería. Quien suscribe, vaya por delante, lleva unos cien euros.

Son muy tiernas las largas colas en ciertas administraciones de lotería, a las que se supone una mayor capacidad de dar premios. Hay brujas catalanas que se hacen de oro con esa creencia ingenua. Dan más premios, pero sólo porque vía superstición venden muchos más números: pura Ley de Probabilidad. Encontramos en la taxonomía del jugador de lotería a otro espécimen abducido por el pensamiento mágico, que si visita una localidad ajena compra décimos como si fuera la última cosa; gran peligro para un viajante, que además hace de cosario temporalmente: “Tráeme un decimito de la Venta El Frenazo de Villaconejos, como todos los años”. Somos como niños. Mucha suerte. Espero compartirla con usted.

Conciliación y salarios: un PP socialdemócrata

Tacho Rufino | 20 de diciembre de 2016 a las 17:36

En política se usa la palabra sorpasso (adelantamiento) cuando una fuerza política se hace hegemónica o arrebata a otra sus nichos electorales, e incluso su discurso. Julio Anguita la importó de Italia, donde el Partido Comunista de Berlinguer comenzó a usar el término ante la expectativa de desbancar a la Democracia Cristiana. Aquí la utilizamos más para la ocupación de territorios electorales ajenos; últimamente, por el adelanto que por la izquierda le ha dado al PSOE la constelación Podemos. Pero ahora, ante la debilidad del Partido Socialista, también el Partido Popular pugna por darse un barniz socialdemócrata, apretando desde la derecha el feudo menguante de su rival tradicional de la izquierda, mientras que la facción errejoniana de Podemos aspira también a esos pastos: adelantamiento, pinza y asfixia. Los últimos mensajes constrictores del partido en el Gobierno los ha lanzado esta semana: “Toca ahora subir los salarios”; “hay que acabar de trabajar a las seis de la tarde”. Bellas propuestas. Sucede que no está en manos de Gobierno alguno imponer ni una ni otra cosa. Cabe pues concluir que son brindis al sol, e incluso poses de claro tufo populista, como afirmaba en Abc Ignacio Camacho esta semana: todo se pega si da réditos electorales. Las propuestas van dirigidas a atraer al votante atribulado del PSOE ante una eventuales elecciones de verano del año entrante. “Le arrebatamos la bandera del salario y la de la conciliación, será un pelotazo. Se cabrearán nuestros votantes más azules, pero ellos nunca se acaban de ir”, nos maliciamos que se dirían en la calle Génova.

“Bañez, salta al campo: éste es tu nuevo negociado”. ¿Puede un Gobierno regular los horarios de las empresas privadas? ¿Puede hacerlo de la mano de un muy desustanciado Ministerio de Trabajo, subordinado a las carteras económicas? ¿Puede hacer dicha limitación horaria extensible a actividades empresariales o comerciales de clara naturaleza tardía o nocturna? La respuesta es no a las tres preguntas. ¿Es España un país donde el echahoras sigue estando bien considerado y donde grandes empresas presionan por sistema a sus empleados para quedarse un tiempo extra diariamente, sin necesidad ni recompensa, e improductivamente? Pues sí, España en eso es different que te mueres. Somos más improductivos precisamente porque el denominador del cociente de productividad -el tiempo-es arbitrariamente alto, y contrario a lo que se llama conciliación laboral. No sé si dormimos más que un alemán, que va a ser que no, pero desde luego trabajamos muchas más horas. Pa na, generalmente. Otra cosa es que haya gente a quien volver a su casa a media tarde le espanta. Que de eso también hay. “Como en la oficina, frente a mi Excel y sin familia, en ningún lado”. Conocerán a alguno.

Es una buena idea provocar, aunque sea con ocultas miras electorales, un debate y una cierta negociación a cuantas más partes mejor (Gobierno, autonomías, sindicatos, empresarios, grandes empresas, gurús de posgrado o de best-seller) sobre estos asuntos, salarios y horarios. No tenemos mucha costumbre de pensar en grupo en los últimos tiempos. Pero el Gobierno puede sólo subir el salario mínimo o limitar los horarios de los empleados públicos (no de todos). No puede ni debe entrar en decirle a las empresas y a sus empleados cuándo deben trabajar: sólo vigilar y penalizar la infracción o el abuso. Uno, permítanme, no se cree nada, y mira que estaría bien que, entre semana, todos fuéramos, según gustos, al cine, al zumba, al taller de escritura o al de tantra-yoga y a hacer los deberes con júnior. Pero eso es una cuestión evolutiva. No se impone. No es ni siquiera legal.