Panceta ‘light’ y keynesianismo de bajo coste

Tacho Rufino | 24 de noviembre de 2014 a las 17:58

POR mucho que la escala o el tamaño en economía otorguen teóricos ahorros de coste, en muchos aspectos de la vida real lo muy grande suele ser contrario de lo mejor, e incluso de lo bueno. Los grandes grupos de personas tienen no pocas veces más defectos que virtudes: tienden al compromiso y a la media, y normalmente a la mediocridad. Un economista diría que su desempeño suele ser menos que óptimo, por las rigideces propias de las cosas grandes: se inhibe el pensamiento de muchos, surgen liderazgos indeseables, se imponen normas como antídoto de la sorpresa. El consenso puede ser necesario, pero suele ser vulgar en sus consecuencias, y a la larga puede ser una caja de bombas. Las grandes corporaciones, sean públicas o privadas, tienden a la burocracia, y los grupos de personas, también. Más de cinco suele ser indeseable multitud. Los inminentes menús navideños de empresa -con honrosas excepciones- pueden resultar penosos y vulgares: en vez de obtener mejor relación calidad-precio por el número de comensales, suele por aquí ocurrir exactamente lo contrario: calidad adocenada, precio caro. Viajar con más de dos personas puede convertir tu periplo turístico en una sucesión de visitas consabidas y rara vez sorpresivas ni interesantes -y mucho menos serenas ni productivas intelectual o emocionalmente-; dominadas por la obsesión con el “fondo común” y con los horarios de las dichosas comidas.

La Unión Europea es el paradigma político del consenso y la media. Evidentemente, una media ponderada: el mayor peso lo tiene Alemania y su orbe austriaco-holandés, después Francia, y a una espléndidamente aislada distancia, el Reino Unido. Pero aun así sus decisiones de alta política económica suelen ser artefactos posibilistas: lo llamamos política. Esta semana, el nuevo presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ha puesto números a la tercera pata de la gestión económica común junto con las reformas y los recortes: los estímulos. La pata maldita para Alemania. Pero como escribía ayer Xavier Vidal-Folch, se trata de unos estímulos de naturaleza mutante y consensuada: un “keynesianismo low cost”. Que todo el mundo quede contento o al menos no muy disgustado. Cuadrar el círculo, panceta light, quiero y no puedo. Porque, del ambicioso plan de inversión y estímulo, los presupuestos de la UE sólo ponen una especie de fondillo de garantía de algo más del 5%: el resto debe ser inversión privada en infraestructuras energéticas, de transporte y digitales, hasta 300.000 millones. Dios mediante.

Contratiempos de ser la gran Zara

Tacho Rufino | 24 de noviembre de 2014 a las 17:55

  • Competidores y firman de alta costura proyectan sombras de propiedad intelectual e industrial sobre la rutilante estrella de la moda de coste medio española
  • Hace poco Zara retiró de Israel una camiseta que recordaba a la que llevaban los niños judíos en los campos de exterminio nazis
  • La pobre Dinamarca tiene como “lacra” el contar con el menor ratio de tiendas Zara per cápita… qué desgracia
  • Con precipitación y algo de ‘podemitis’, se atribuyó al Gobierno de Venezuela el racionamiento de prendas de Zara que los venezolanos pueden comprar

ZARA es el “gozo del comprista”, que diría el despistado traductor de aquel Rapper’s Delight que acabó en aserejé. Zara es la medida del consumo superfluo contemporáneo. En Inditex, que es el nombre del holding en el que Zara es la niña bonita, se dan cita consumidora madres e hijas, padres e hijos. Zara sirve los mismo a pijos que superan el verde cacería y a canis que se emancipan de sus cadenas de oro sobre chandal blanco; a gais atrevidos y a clásicos que gustan vestir ante en los pies: iguala una barbaridad. Es la empresa cuya marca señera es la más vestida a nivel mundial. Quién nos lo iba a decir cuando íbamos a Italia hace veinte o treinta años y los escaparates de la Benetton o la Sisley nos hacían sentir catetillos indumentarios, por no hablar de las estupendas tiendas Marks & Spencer en Londres. Ahora somos los campeones del estilismo de coste medio: en Zara va uno sobre seguro, hasta el más miope en aviarse puede salir vestido con un apañado prêt-a-pòrter de temporada (según modistos y competidores directos, con invasión de la propiedad intelectual e industrial). Zara es maestra no sólo en captar tendencias y sacarlas rápido y con razonable calidad, sino que es el paradigma de esa cosa tan adictiva llamada “gestión de la escasez”: si no te llevas hoy esto que tanto te gusta, corres el serio riesgo de no encontrarlo la semana que viene y ya nunca. Ergo tarjetazo.

Superado el suspiro ante un vino español de farmacia de Nueva York por la compañía de Concha Piquer, y también dejados atrás los viajes a París en autobús con sus autoafirmativos cantos por sevillanas, los españoles del XXI sentimos -no lo niegue- un gustirrinín identitario al ver establecimientos Zara en las avenidas más grandes del orbe: ahí hay que hocicar. Y sonreímos con superioridad mal contenida al comprobar que los precios en España son mucho más baratos: “I am sorry, Kevin”. Los vuelos de bajo coste y Zara han integrado a España en Europa casi tanto como el Acta de Adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1986.

Zara emplea a más de 120.000 personas, que por lo general están contentas dentro de la empresa -la precariedad laboral no la inventó Ortega-; factura la mitad de lo que gasta al año la Junta de Andalucía, Sanidad y Educación incluidas; vende cerca de 100.000 millones de euros sólo vía internet y tiene casi 7.000 tiendas en casi 100 países. Apabullante. Pero todo activo suele implicar un pasivo, y Zara está en el ojo público más inmediato, tanto como lo pueda estar Brangelina o la mismísima Coca Cola. Hace pocos meses, ante las encendidas protestas de Israel, Inditex retiró del mercado una camiseta que recordaba la que llevaban los niños judíos en los campos de concentración nazis. Siempre podremos maliciarnos si no será una forma -algo más sutil, eso sí- de obtener notoriedad que aquélla de la propia Benetton publicitándose con anoréxicas desnudas y sementales negros sobre yeguas blancas. La semana pasada sufrimos una intoxicación sobre la marca gallega: las redes sociales y algunos periódicos tituleros nos “informaron” de que Venezuela limitaba el número de prendas que los ciudadanos podían adquirir al mes en Zara. No era otra cosa que un nuevo ataque de podemitis, una urticaria con visos de pandemia: la realidad es que era la propia empresa la que racionaba las prendas por la avalancha de compradores que se beneficiaban del precio subvencionado que da el Gobierno de Maduro, y Zara prevenía la rotura de stocks, sin más. Y en esta semana, en fin, Thrillist.com publicaba un mapa de la UE donde se reseñaba en cada país qué era aquéllo en lo que era el peor: España es la peor en abandono escolar, Letonia es el país de los suicidas. Dinamarca es el país con menor número de tiendas Zara per cápita. Todos los problemas fueran ésos, hermanos daneses…

El anuncio

Tacho Rufino | 18 de noviembre de 2014 a las 13:01

NO va a ser fácil, pero uno que yo me sé va a intentar llegar virgen al domingo [este artículo se publicó en prensa el domingo 16 de noviembre] en que esto se publica, es decir, sin haber visto el anuncio de la Lotería de Navidad. Tampoco será tan difícil, dado que la televisión a la que uno se asoma no lleva publicidad, y para ver por internet el spot navideño estrella -la estrella comercial del año, con un presupuesto de producción de algo menos de un millón de euros- hay que querer verlo y hacer algún clic; darle la vuelta a la tablet siempre es un recurso de urgencia. ¿Por qué la rareza de resistirse a disfrutar de una segura gran creación audiovisual y comercial? Primero, porque la sobredosis de almíbar lacrimógeno está como todo el mundo sabe contraindicada en otoño, especialmente para los asténicos otoñales. Segundo, y también buscando proteger la emocionalidad, porque con lo de Raphael y la Caballé del año pasado muchos quedamos traumados con el anunciante hasta nueva orden. Tercero, porque los memes -fenómenos virales que parodian algo serio utilizando sus imágenes- han sido en muchos casos tan desternillantes que con eso es suficiente: quién quiere penas extra, aunque acaben con un pobre hombre reconvertido en “hombre en el taco”, como es el caso. Cuarto, porque lamentablemente nuestras relaciones sociales y nuestros rasgos dominantes, últimamente, más bien divergirán del modelo del anuncio -que apuesto a que tira de solidaridad, altruismo y filantropía-, salvo quizá en alguna coincidencia, ¿casual?, como la de la ya célebre “entrega del sobre”, que en los memes ha contenido desde tarjetas black a carnés de equipos de fútbol carismáticos, pasando por el Método Bárcenas. Cabe por último emular al vicealcalde de Valencia, el fino demócrata Alfonso Grau, reimputado por el caso Nóos, que dice que no se va del cargo “porque no le da la gana”; pues eso; uno ve un anuncio si le da la gana, y viceversa. Y sin mangar.

La presencia en nuestras vidas de la ilusión de un premio de azar es directamente proporcional a la incertidumbre y a las apreturas: desistimos de creer que nuestro destino depende de nosotros, y trasladamos por impotencia la responsabilidad de nuestro futuro a la suerte. Ignorando la Ley de la Probabilidad, nos convertimos en lecheras de cuento cada vez que vemos ese décimo encajado en el marco del espejo sobre la cómoda, un pasaporte a la serenidad y al poderío, al corte de mangas a nuestras frustraciones laborales y sociales. Vaya por delante que quien suscribe ya se ha agenciado cuatro salvoconductos -80 euritos- al más allá en la Tierra. Y puede que ya haya mutado a adorador de la suerte, y que el no querer ver el anuncio no sea otra cosa que superstición.

Neoclericales de izquierda

Tacho Rufino | 18 de noviembre de 2014 a las 12:42

HACE algo más de dos semanas se publicó en este espacio un artículo de título Robar, motivado por la perplejidad que me produjo leer en una entrevista al número dos de Podemos, Juan Carlos Monedero, decir que “hoy en España emprender es prácticamente robar”. Es palpable que no son pocos los españoles que comparten esta visión, en un país cainita y encanallado en sus diversas facciones y bandos (esencialmente son dos, según creo tener comprobado, más la tercera vía nacionalista; aunque el nacionalismo es una ideología impostada, que tiene un propósito primario ajeno a verdadero posicionamiento político alguno). Esta semana he leído a un profesional altamente cualificado difundir por las redes sociales esto que sigue, entrecomillado, o sea, citando a un periodista: “La corrupción es el modus operandi para crear una empresa, solicitar una subvención…”. De nuevo, me asaltó la perplejidad. De nuevo, robar era propio de las empresas, una especie de cromosoma de todo empresario, y no de una minoría de ladrones (los no empresarios quedan en principio libres de lacra, amén). Acudí a la fuente, y el profesional de alta cualificación había citado con intención el comunicado a sus cientos de amigos en Facebook. El fin -y el odio- justifican los medios. Aun así, la idea de que un emprendedor es un embaucador, y un empresario, un patibulario, es algo que sostiene mucha gente aquí. Los comentarios digitales a los artículos así parecen constatarlo aun, claro, sin otorgarle mayor fiabilidad (muchos comentaristas de trinchera digital son lamentables por su forma y fondo), pero en ellos se puede comprobar que esta idea está muy extendida. Un raro comentarista amable me decía por aquel artículoque yo, o hacía demagogia, o erraba, y para apoyar su juicio citaba al mismísimo San Mateo, que Dios tenga en su gloria, versículo 19:24: “Os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Quizá pergeñaba un delito necesario de tipificar: el enriquecimiento injustificado. Otro cantar.

Francamente, creo que éste es un país clerical, o neoclerical: si la jerarquía eclesiástica, hasta prácticamente antes de ayer, repudiaba la prosperidad del hombre nacido pobre, por pura lógica de dominación social y alianza con el poder hereditario, la izquierda más visceral ha recogido ese testigo sin saberlo. Radicales ateos mucho más clericales que los religiosos de precepto dominical y bendición cotidiana de los alimentos. Éste es un país que convierte la moral -que es propia de uno- en puritanismo prêt-à-porter, que es colectivo y borreguil: “Que me den la fe [la supuesta ideología] mascadita, para que yo la comparta con mi tribu”. La Iglesia Católica ha evolucionado con la historia y la economía, claro, y en su seno han nacido en la segunda mitad del XX brotes de aspecto luterano que han hecho de la prosperidad individual un valor moral, como haría un calvinista holandés del XVI, que no se avergonzaba de ganar dinero honradamente, sino al contrario. Y lo peor no es que la izquierda radical con más capacidad de rencor se parezca más en esto a la vieja Iglesia que sus oponentes zoquetes y biliosos de la ultraderecha, sino que un país en el que un porcentaje alto de su población odia la condición de empresario de forma creciente es un país condenado a irse a la mierda. (Anecdótica coda: he conocido a un joven universitario que se ha endeudado para comprar una huerta en la sierra de Huelva y hacer cultivo ecológico dirigido a veganos urbanitas; se dará codicioso empleo a sí mismo, y creará otros dos fijos igualmente tramposos; creará una cierta pero sucia economía rural en el pueblo, y hasta pedirá corruptas subvenciones públicas.- Pongan ustedes las cursivas.)

La gallina del huevo populista

Tacho Rufino | 11 de noviembre de 2014 a las 9:32

EL término populista es una plastilina que metamorfosea por barrios: es aplicable a una variedad de personas y formaciones políticas, y constituye un arma arrojadiza que se lanza peyorativamente desde el lado derecho o izquierdo de la arena política, según convenga a cada visión. En teoría, la voluntad redistributiva y justiciera y la supeditación severa de la empresa al intervencionismo estatal caracterizan al populismo revolucionario; en teoría también, al populismo reaccionario lo caracteriza una esencia capitalista y clerical de fachada que asegura el mantenimiento de núcleos reducidos con gran poder, protegidos por un liderazgo personal carismático y vendedor de crecepelo. Hay muchos ejemplos de una y otra categoría, algunos sorprendentes. Obama ha sido calificado de populista; como lo fue Clinton, cuya Administración, por cierto, fue la artífice de una regeneración económica vertiginosa que recicló a su país en el liderazgo de la modernidad tecnológica. El Nobel de Economía Paul Krugman, tenido por izquierdoso, es también calificado de populista por los economistas clásicos, y fue el propio Krugman quien dijo allá por 2007 que Estados Unidos necesitaba un “contragolpe populista” para compensar la vertiginosa apertura de las brechas sociales. Pero es que George Bush, claramente del equipo contrario del de los tres mencionados, también fue tachado de populista; Roosevelt y su New Deal y el propio Ronald Reagan también fueron por muchos considerados de tal condición.

Hay mucho más material histórico contemporáneo para acabarnos de liar sobre qué es el populismo y ser populista. Berlusconi, supuesto derechista defensor de los intereses de ciertas élites -y más concretamente los de sus propias élites empresariales- es tenido por un populista de manual, pero un populista conservador (si tiene la oportunidad, vaya a ver cuando llegue a España Belluscone, una storia siciliana, película en la que no sólo se evidencian sus relaciones con la Mafia, sino que demuestra que ha sido un maestro para encandilar a las masas descreídas). Las propias asociaciones patronales tienen sus facciones descarnadas y efectistas: Mónica de Oriol, del Círculo de Empresarios, dice lo que los institucionalizados presidentes patronales no deben decir, pero comparten. En cualquier profesión mediática hay brotes populistas -si quieren, populacheros-; es el caso de Caparrós entre los entrenadores de fútbol, antaño quizá Marcel Domingo.

Y por supuesto, por populistas se tiene a aquéllos líderes indigenistas americanos que por las urnas han llegado al poder con serios visos de haberse atornillado a él, una vez obtenida una clientela tan pobre como devota: Correa en Ecuador, Chaves y después Maduro en Venezuela, Evo en Bolivia, con antecesores como el del a la postre gran corrupto Ortega en Nicaragua. Parece claro que un pueblo descontento con sus gobernantes abraza con facilidad los mensajes sencillos y contundentes, sin ver gran problema en su factibilidad o en sus probables efectos sustitutivos: “Quítate tú, pa ponerme yo”, que cantan en el Caribe. ¿La gallina que pone el huevo del populismo? Políticos turnistas que cometen o ignoran delitos con los dineros públicos, o que lo roban; políticos decadentes y con la corruptela en el ADN y seguros de su blindaje son ingrediente necesario de esta revolución del hartazgo en curso en España. Únanlo esto a la pobreza repentina, al miedo, a la desesperanza juvenil. No sé qué esperábamos que sucediera aquí más pronto que tarde. Es incomprensible que a algunos les haya cogido por sorpresa el sondeo del CIS que eleva a Podemos a primera fuerza electoral nacional. Mucho ha tardado. Como decía el receptor de la bofetada en el chiste “Esto no se queda así… esto se hincha”.

Renta básica

Tacho Rufino | 11 de noviembre de 2014 a las 9:31

LA noticia no es de las que dan paz de espíritu: “Casi la mitad de los parados se ha quedado ya sin prestación alguna”. Una de las grandes cajas negras del análisis económico es el nacimiento del empleo. ¿El empleo nace o se hace?, como cabría preguntarse con el delincuente, el líder o el artista. Un analista ortodoxo dirá que la labor de un gobernante es limitarse a crear las condiciones para que se genere empleo. El caso es que en la labor de crear el caldo de cultivo donde germine el trabajo, España es de lo peor del club europeo del que somos miembros. Y Andalucía, cola de ratón dentro de lo peor.

La reforma laboral de Rajoy liberalizó en buena medida el despido, y la destrucción de empleo fue masiva y vertiginosa, en un más que predecible efecto inmediato en la madre de todas las reformas estructurales: la del mercado laboral. Pero la creación de empleo es un efecto demorado, y un acto de fe, como el machadiano hombre que habla solo porque espera hablar a Dios “un día”. De momento, poco y malo: nuestro modelo eonómico es ya low cost. Pudimos escuchar al enésimo conferenciante erre que erre decir esta semana que “la solución no viene por la vía del consumo, sino de la exportación”. La exportación barata. Pobretones dentro; baratitos fuera. La bajada drástica de los salarios -pongamos como indicador el salario medio español- en los últimos años no ha servido para crear “suficiente economía” por la vía exterior. Bajar los salarios no ha sido en absoluto solución. Pero como dirán algunos que van a lo suyo de forma miope o fundamentalista, “aceitunita dentro, huesecito fuera. Salarios devaluados y despido casi libre: prueba conseguida”. Un país sin músculo y sin bolsillo es un país instalado en la mediocridad, en la que la polarización de rentas y riqueza privadas -que pone tan en el aire diez o doce artículos de nuestra Constitución- tiene su trasunto en nuestra estructura empresarial: muchas empresas pequeñas en el mal sentido, vulnerables y sin gran capacidad de innovar, o sea, de hacer mejor las cosas; y una pocas empresas muy poderosas y trasnacionales, en muchos casos privatizadas, o sea, que pertenecían al Estado español no hace tanto tiempo.

Volviendo a la noticia , que ni siquiera ha ocupado mucho espacio, por fatal resignación quizá: los parados sin ingresos se instalarán en la economía sumergida, “emprenderán” -trompetilla sonora-, o formarán parte de esa legión de reserva inmóvil que mantiene los nuevos salarios por debajo de la dignidad. O, bien mirado, votarán a quien le proponga desde el Gobierno una renta mínima pero vitalicia, aun sin trabajar. Una bella propuesta, pero con la que no podemos.

Fenómenos no tan paranormales

Tacho Rufino | 1 de noviembre de 2014 a las 21:05

LOS periodos de baja producción y consumo y de destrucción de empleo, coincidentes con un proceso recesivo y de caída del producto nacional -lo que llamamos crisis económica-, pueden producir fenómenos paradójicos y hasta inverosímiles. Esta semana, por ejemplo, hemos sabido que, por un lado, España “camina hacia el suicidio demográfico” y que, por otro y a pesar de eso, el número de viviendas habitadas tiende a crecer. Una paradoja que se resuelve con facilidad: a pesar de que no nacen suficientes niños -¿quién tira la primera semillita, con este panorama?-, y por tanto nuestras edades y pensiones de jubilación se vuelven de lo más inciertas, el hecho de que haya más viejos cada año, y que además haya más separados y singles en general, resuelve la aparente contradicción. Viviendas, eso sí, formato “solución habitacional”, expresión carcajeada que creó en 2006 la entonces ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, aunque tenía a la postre más razón que una santa. El titular de este diario el miércoles pasado era tan bueno como preocupante: “Menos españoles, más viejos y más solos”. Uno está preparado para la solución habitacional de 30 metros cuadrados (pero no para sufrir como pionero la estafa piramidal del sistema de pensiones: ahí pelearé lanzando píldoras de mi pastillero con cerbatana, y también a bastonazos).

Cabe decir algo parecido en lo tocante a la estructura de nuestro tejido empresarial: en no pocos sectores, a pesar de una gran mortandad de compañías, han sobrevivido muchas de ellas entre las dificultades y los concursos de acreedores tras dos o tres refinanciaciones. Empresas medianas y pequeñas se han reconvertido en microempresas, en muchos casos con una sola persona en plantilla que se apaña con un smartphone y un coche cada vez más viejo (ay, esos carracos en renting…), que despacha en cafeterías y que pelea como gato panza arriba para salir adelante. O compañías que también eran pymes cuyos socios se han separado y emprendido cada uno por su cuenta la singladura, con mínima estructura, y por tanto con poco músculo y capacidad. Seudoempresas de vuelta a la prehistoria, que están detrás de una parte del aumento de las afiliaciones a la Seguridad Social (tras una gran caída previa, claro es). Supervivientes que conforman un precario mundo de fragmentación y casi nula capacidad de responder a las jaculatorias contemporáneas oficiales de la innovación (no de la pirueta superviviente, sino de la innovación creadora), la gestión del conocimiento y demás maravillas de púlpito directivo. Igual sucede con la distribución demográfica y la de la renta y la riqueza, que ocasiona un mayor número de viviendas famóbil para clics condenados a la soledad -pocos se atreven por su propio pie-, la estructura empresarial se comporta bipolarmente: pocos que han crecido con la crisis y concentran la mayor parte de los recursos y del negocio -bancos, constructoras-, y una miríada de enanitos que viven peligrosamente en el filo del acantilado, dándose bocados entre ellos, y en muchos casos tirando los precios de las escasas licitaciones en una huida hacia ninguna parte. La otra cara de otra huida con los mismos actores: constructoras que jugaron fatalmente a inmobiliarias.

Para que la mano sabia del mercado descarnado laboralmente haga florecer de nuevo el empleo -el empleo pagado dignamente, no ese otro de moda- y reequilibre un poco la estructura de nuestra sociedad y nuestra empresa hace falta no ya tiempo, sino un milagro. El miércoles, Estados Unidos cerró el grifo público que ha sacado a su país airoso de la crisis. No somos Estados Unidos, ya lo creo, pero Europa necesita estímulos, y no alquimias improbables de manos inexistentes o plutocráticas. Y España lo necesita como el comer.

Monedero: “Emprender es hoy en España robar”

Tacho Rufino | 27 de octubre de 2014 a las 18:18

TUVE que leerlo varias veces para comprobar que había leído bien: “Hoy emprender en España es prácticamente robar”. Quien respondía así a la pregunta “¿Crearía una asignatura de emprendimiento?” en la entrevista del miércoles de Fede Durán en este periódico es Juan Carlos Monedero, politólogo y número dos de Podemos. Repentinamente, su pelo rubiasco y sus gafas redondas me evocaron a Pavel Pavlovich, Pasha, en el Dr. Zhivago de David Lean, un bolchevique bueno que acababa envenenado por su propio odio ciego. Así, como suele decirse “fuera de contexto” -seguramente se revolviera ante las críticas contra el entrevistador: todo un clásico-, la afirmación inquieta, y conecta directamente con una opinión tan española como en el fondo clerical: el empresario es quien tiene lo que yo no tengo. Es cierto que no es la clase empresarial quien mejor defiende su imagen, y para muestra, un botón: el que fuera máximo representante patronal, Gerardo Díaz Ferrán, está en prisión por estafas y evasiones y maquinaciones corporativas de lo más puerco, e incluso forma parte conspicua de los 86 barandas de Caja Madrid que gastaban millonadas en caprichos a base de tarjeta negra. Pero Monedero no sabe de qué está hablando -en el mejor de los casos-, o bien es un retrasado social que odia por principio la libre empresa. No el libre robo con el escudo de una gran empresa, y tampoco la empresa defraudadora o creada para dar un pelotazo, sino la empresa privada, o sea, la posibilidad de desarrollar una actividad empresarial: un bar, un bufete, una consultora, un polvero, una explotación hortícola ecológica, una empresa de transportes, un colegio o una academia, un fabricante de videojuegos, una comercializadora de bicicletas, una compañía catalagadora de Patrimonio Histórico, una escuela de fútbol, una mensajería… miles de cosas que son necesarias o convenientes para la vida de todos, y que por supuesto el Estado no puede acometer. Por ejemplo, para escapar del desempleo, normalmente creando más empleo que el propio. Eso es emprender, y no lo que hace la otra casta, la de los de empresarios-políticos inyectados a las tetas públicas, que esperan ver suyas un día. Cuando Fede le replica “Durísima frase”, él -demostrando haber ingerido un desestructurado gazpacho de economía exprés- dice que “la solución está en la pyme”. Pues claro. La cosa es bien sencilla: el emprendedor es en la inmensa mayoría de los casos alguien que monta una microempresa o una pyme, muchas veces por vocación, en otros forzado por la circunstancias. Hablar de emprender en Acciona, en Repsol o en el Santander es como hablar de Nutribén para la dieta de un asilo de lujo. El emprendedor es alguien que se convierte en empresario con su pyme. Su labor social es imprescindible. Considerar que todo empresario que crece y tiene éxito es un ladrón es tan español como envidioso y retrógrado. Que florezca espinoso el odio al empresario en un país como España da más miedo que mil ladrones. Los malos, a juicio. O acabaremos confundiendo emprendimiento -fea palabra, de acuerdo- con prendimiento a lazo de empresarios. Y posterior sacrificio por malos y por ladrones. En la plaza pública. Por el delito de emprender. Que nadie emprenda, que es pecado social: lo que sí que sería estupendo es dar con dinero público una renta básica por barba necesitada… o, simplemente, vaga. Eso es lo suyo, sobre todo en el país de las fantasías. Eso sí que es justo. Así está asegurado que nada más que roban los políticos instalados en el poder. Lo de toda la vida, todavía más en las dictaduras que en las democracias que apestan a corrupción. Mucho mejor.

‘Emprededor’ e ‘Innovación’, voces de los tiempos extremos

Tacho Rufino | 27 de octubre de 2014 a las 18:01

HAY términos que simbolizan rasgos dominantes del tiempo en el que se usan con especial fruición. En la época del pelotazo y de los créditos a granel, que rezará en la Historia de España más bien como la época de la corrupción, dos términos, innovación y emprendedor, también adquirieron la condición de burbuja, en este caso de burbuja terminológica: poca semántica evolutiva y mucho humo de ocasión. Ambas palabras existían en nuestro diccionario (innovación tiene el mayor abolengo: proviene del latín innovare), aunque una nueva intención y significado hace que a partir de los años ochenta del siglo pasado comiencen con mayor intensidad a tener usos vinculados a la empresa y a la economía, lo que en cierto modo las convirtió en neologismos. Lázaro Carreter afirmaba que el neologismo, “en la cabeza de los hablantes, vive dramáticamente entre el rechazo de lo alienígena, porque nos desvirtúa, y la aceptación resignada o entusiasta de cuanto lo renueva y lo hace más útil para vivir con los tiempos”. En aquellos años de inflación del management y de los MBA, la nueva innovación -permitan la redundancia- desbancó a la repentinamente vetusta Investigación y Desarrollo o I+D; primero se le puso a la cola como un socio discreto pero invasor, y surgió la I+D+i, y a la postre ha acabado asumiendo todo la centralidad: hoy ya prácticamente hablamos de innovación sin más. Innovar es combinar los factores de producción de forma distinta para hacer las cosas mejor. En los años 30, fue el economista austriaco Joseph Schumpeter el primero o el que más sistemáticamente estudió y propuso a la innovación como fuente de progreso económico, y más concretamente empresarial. Pero para muchos empleados, la cantinela repentina de la innovación como nudo gordiano de todo trabajo y como corazón de cualquier cambio llegó a resultar repelente: un cuento de los directivos que acudían a seminarios y conferencias de alta dirección y volvían urgidos por la nueva fe. Una fe que, como todas, se fundamenta en creer en algo que no está demasiado claro, o que es en exceso vaporoso y conceptual, o quizá simplemente farfolla vestida de alta costura. Eso creen de la innovación no pocas personas que conozco, decepcionados tras asistir a cursos sobre la materia en los que acababan más liados que antes de recibirlos, y con la sensación de haber sido narcotizados con humo de lo más estratégico y de lo más innovador. Para colmo, con su vida laboral complicada con informes y exigencias burocráticas que eran necesarios para poder acceder a los fondos europeos dedicados a promover la innovación; la pasta es en buena parte el quid de la cuestión. Es evidente que innovar es necesario siempre que lo que se hace sea mejorable, y que es la forma de hacer fluir la creatividad en los procesos de trabajo y sus productos, pero también lo es que el uso elitista y algo papanata de su buen nombre ha perjudicado el compromiso de muchos mandos intermedios y empleados con la labor.

Igual ha sucedido con la palabra “emprendedor” y sus derivadas: emprendimiento, emprendizaje, emprendedorismo y todo un cuerpo neologístico y de lo más innovador, que ha suscitado luchas por lograr el estándar terminológico entre quienes han descubierto en el mundo del emprendedor una forma de postureo pionero, rentable en cursos. El fenómeno emprendedor ha corrido una suerte de inflación comparable a la de la innovación, y un igual rechazo popular. Y también fue Schumpeter quien se preocupó de ello por primera y moderna vez. Si usted gusta, mañana hablaremos de ello aquí. Porque, adelanto, al número dos de Podemos, de apellido Monedero, le parece que “emprender hoy en España es prácticamente robar”. Confirmado de nuevo: este país es un horror.

Teoría del incentivo dinerario: el tarjetazo

Tacho Rufino | 21 de octubre de 2014 a las 15:13

UNA de las frases más simbólicas -por desafortunada- de la Transición la pronunció una ministra socialista, la egabrense Carmen Calvo: “El dinero público no es de nadie”. Un remake del “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, pero en versión muy poco ilustrada, a pesar de ostentar Calvo entonces la cartera de Cultura. En estos días, por fin, los españoles han descubierto que muchas grandes figuras capitalinas de nuestro tiempo no son sino ecuestres de provincias que aspiran a patricios por la vía de la cucaña política y el lujazo, como Rato o Blesa. No son más que lo que muchos sospechábamos -unos pillos vestidos de limpio y con aires de liberales sin caspa que escuchan a Van Morrison en la intimidad-, y cabe parafrasear la lamentable frase de Calvo: “El dinero de nadie es mío”, que diría el abogado ministro de Economía, de nombre Rodrigo, y demás miembros del sindicato de la tarjeta negra. No ya el presidente Blesa, aguerrido cazador de hipopótamos, sino el máximo responsable financiero de la esquilmada y hundida Caja Madrid, Ildefonso Sánchez Barcoj, que abandonó, urgido y sin un ápice de honra, su cargo de director financiero en 2012, aunque, eso sí, con el enorme registro personal de zorro tarjetero de 482.000 euros gastados en lo que se salió de su alma. Aplica perfectamente en este caso aquello del zorro cuidando del gallinero. El dinero público es del contribuyente y su propiedad es también del que no puede contribuir; los políticos en el Gobierno no deben ser más que gestores de ese patrimonio colectivo. Claro que es de alguien. De ese mismo alguien que, a la postre, ha sido el propietario desvalijado de los dineros de la extinta Caja Madrid: usted que paga IRPF, IVA, tasas, derechos reales, multas y demás.

Sin embargo, lo más lisérgico que uno ha podido oír recientemente de la boca de uno de los forajidos que desenfundaron su tarjeta negra con mayor rapidez que su sombra -sobre todo en vacaciones y fines de semana- lo ha dicho nada menos que Juan Iranzo. Iranzo es catedrático, académico de varias cosas importantes, multimáster, multiasesor permanente y multiconsejero, profesor titular de -toma ya- Dirección en Responsabilidad Corporativa del máster del Instituto de Empresa, tertuliano de élite y, por no cansar, miembro de la comisión central de Caja Madrid durante años. Es por este último cargo por el que Iranzo ha trincado, que se sepa y sólo en tarjetazos negros -una Business Plata-, la bonita cantidad de 46.800 euros en convites y otros caprichos. Pero lo más alucinante, como decíamos, no es esto, que “ser, es” (Mota dixit), sino que el gran hombre ha dicho que esos dineros eran “incentivos dinerarios”. ¡Qué habilidad! ¡Cuán técnico eufemismo! Y tan incentivos. Y tan dinerarios. Pongamos que, en vez de dineros más profundos que aquella garganta del Watergate, de acuerdo, son retribuciones. Pues alguien olvidó -¿fue usted, Barcoj?- retener el 42% a esos incentivillos, y alguien después olvidó incluirlos en su declaración de la renta. Pocos Podemos surgen. Sobre todo si, en vez de sacrificar pegando el trasero a la pared a estos díscolos militantes -igual cabe decir en las filas del PSOE, aunque éstos han sacrificado a Virgilio Zapatero-, el presidente del Gobierno se piensa, en su línea gallega, si expulsar a Rato y otros del Partido Popular. ¿Pueden hacerle daño los expulsados?

(Usted quizá esté pensando en cómo narices va a pagar el inminente segundo plazo del IRPF. Usted quizá pague más impuestos por su renta que varios grandes bancos… porque éstos no pagan nada, ya que compensan pérdidas acumuladas, que quizá los hubiera llevado a la liquidación si no hubiera sido por el flotador que usted, sus hijos y sus nietos le lanzaron a esa banca. Usted no se merece esto. Y España tampoco. Bueno, España quizá sí.)