¡Oh balancé! ¡Quiero pactar con vocé!

Tacho Rufino | 28 de julio de 2014 a las 13:49

ÉSTA ha sido la semana de la réplica central de las de las balanzas fiscales. Cataluña lleva años afinando su versión de la balanza fiscal “con España”, y en el desequilibrio entre lo que Cataluña aporta al Estado en impuestos y lo que recibe de él en inversiones basan el simpático lema “Espanya ens roba”. En este estandarte fiscal del nacionalismo agraviado tienen gran experiencia y llevan mucha ventaja al resto, casi como en el hockey sobre patines. El Gobierno de Rajoy y Montoro ha utilizado otra metodología y, aunque los resultados son bien distintos y, según éstos, “España les roba” sólo algo más de la mitad de lo que Cataluña denuncia, el Govern de Mas y Mas-Colell declara que algo es algo. De nada sirve recordar que los impuestos son personales y no territoriales y que si unas regiones aportan más impuestos que otras es, sencillamente, porque ganan más y son más ricas. Este argumento es cierto, pero ante él se puede objetar muy lícitamente que cuando Andalucía ha recibido miles de millones de fondos europeos también lo ha hecho con una criterio territorial basado en la renta media andaluza. De nada sirve -y esto causa mayor perplejidad- que se está obviando que la madre de la balanza fiscal deficitaria catalana es su balanza comercial y es muy superavitaria: venden al resto del país más de lo que el resto les vende a ellos, como los alemanes con sus socios comunitarios, lo cual es comprobable en cualquier lineal de supermercado. También es llamativo que se ignore en todo esto la balanza financiera, que aunque es difícil de calcular indica qué parte de los depósitos bancarios de, por ejemplo, los andaluces van a regar inversiones y empresas de otros territorios, y la viceversa. Pero lo más sorprendente de todo es que Montoro diga el jueves que en la publicidad de su versión de la balanzas fiscales españolas “no hay en absoluto intención política”. Hombre, por favor: toda la vida negando la pertinencia de su cálculo y ahora, en puertas del proyecto de referéndum de independencia catalán, toma balanzas fiscales. Claro que es un elemento clave de negociación política, quizá tardío, o simplemente inevitable. Bueno, hay una cosa más sorprendente: que Madrid, más deficitaria que Cataluña aún, se arrogue el papel de flotador fiscal español: ¿hay intención o no? Pero lo importante es que los motivos de los desequilibrios fiscales son radicalmente distintos en el caso catalán y el capitalino, y por eso las balanzas dicen mucho, y también pueden no decir nada significativo. En todo esto, Andalucía no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Cuidado, podemos sufrir daños colaterales…

Tijeretazos de película

Tacho Rufino | 28 de julio de 2014 a las 13:46

Como peces grandes que recortan a los más chicos en la cadena trófica de la austeridad, desde el exterior, allá por 2009, se impuso al Estado español una política de emergencia presupuestaria, que el Estado trasladó –y sigue trasladando– a autonomías y municipios. Así pues, urgidos más por la presión de poderes exteriores que por la oscura perspectiva de las cuentas públicas, los dos últimos gobiernos de este país emprendieron –aquel mayo de 2009 en que Merkel llamó a Zapatero… achtung!– la senda del ajuste fiscal público. Al principio, la práctica recortadora era más bien una motosierra de la Matanza de Texas, que propinaba con discutible criterio sangrantes arreones a diestro y siniestro sobre las partidas de gasto de mayor enjundia y más inmediatas, particularmente sobre los socorridos salarios de los empleados públicos. En ese último periodo de Zapatero y primero de Rajoy, el Estado ya comenzaba a asumir la fosa de las Marianas patrimonial de los balances de muchas cajas y algunos bancos del país. La “primera prioridad” era evitar que un ‘efecto dominó’ de insolvencia: el apocalipsis debía ser evitado. A regañadientes, fuimos convencidos de que dejar caer a los bancos era lo peor del mundo, y si bien sus accionistas sí han visto caer el valor de sus acciones, aquí nadie ha perdido un duro por sus depósitos (olvidémonos; el Fondo de garantía de Depósitos no hubiera podido garantizar más que pequeño porcentaje de los ahorros que los españoles mantienen en los bancos). El mayor recorte ha sido el flotador lanzado por usted y por mí a la banca, previo crédito descomunal venido de Europa.
Después de la motosierra tejana, y aparte de los salarios públicos, el proceso recortador se llevó por delante lo que pudo haber sido y no fue de la Ley de Dependencia, y la austeridad se vistió algo más de ingeniería, comenzando la fase Eduardo Manostijeras, en la que, como aquel personaje encarnado por Johnny Depp, el Estado recortaba aquí y allá con aparente pericia y criterio, pero a la postre el jardín resultaba quedar raro y contradictorio: la subida de impuestos, hermana izquierdosa del recorte, comenzó a ser utilizada –y cómo– por la derecha al subir a lo bruto el IRPF, el IBI y, sobre todo, el IVA; todo lo contrario de lo prometido en el programa electoral. El copago farmacéutico y el medicamentazo, los tajos inmisericordes a las prestaciones a inmigrantes ilegales, el subidón a las tasas universitarias, la limitación del derecho de defensa jurídica para los menos ricos que el gallardonazo de las tasas judiciales supuso, junto con acertadas medidas de alivio financiero a los ayuntamientos (el llamado “Pago a proveedores”) o la prórroga de los 400 euros mensuales asegurados a quienes carecen de empleo o de prestación fueron rasgos de esa segunda fase de adelgazamiento.
Ahora vamos a acceder a los encuentros en la tercera fase de este gran proceso español de “consolidación fiscal”, como llaman a los recortes y a las subidas de impuestos los analistas de mayor asepsia expresiva. No sabemos con qué cadencia, debemos dar por hecho que esta tercera fase no será tanto una etapa de fenómenos paranormales en política económica, sino un nuevo apretón a las tuercas de las familias con un destornillador que dará más de 250 vueltas, que es el número de medidas previstas por el Gobierno; entre ellas: más copago (con tono de la pequeña de la familia de la película de Spielberg ante la tele sin aparente señal: “el euro por receta ya está aquí-ííí…”), Justicia y enseñanza más caras, menos profesores y más alumnos por profesor, otro tajo a los funcionarios –especie en acelerada metamorfosis–, y unas pinceladitas cosméticas y aún inconcretas de racionalidad y eliminación de duplicidades en el poliedro competencial llamado España. Autonomías, prepárense. En concreto, tú, Andalucía. Eres la víctima propicia para el arreglo catalán.

¿El sudar se va a acabar?

Tacho Rufino | 24 de julio de 2014 a las 1:25

HACE unos días, presencié junto a un amigo una escena de otro tiempo: el cartero recogía la saca del interior del buzón de correos de mi calle. Por la apariencia, apuesto a que dentro de ella no habría más de cuarenta cartas; muchas de ellas serían de bancos. Apuesto también a que mis hijas nunca echarán una carta con su sobre y su sello a ese ya anacrónico mobiliario urbano, de amarilla y fálica estructura. Consiguientemente, la de cartero es una profesión en vías de extinción. Así la considera la revista Forbes esta semana (10 trabajos en vías de extinción). Las tecnologías en su imparable avance han dejado en fuera de juego no sólo a los carteros, sino que amenazan con convertir en patrimonio histórico laboral a torneros -al escribirlo me salió por equivocación “torero”, pero no creo que esté mal traído-, leñadores o agentes de viajes. Bien mirado, a unas malas, las maquinitas se van a llevar por delante hasta al apuntador… ¿a unas malas? Quizá no. Ya hemos traído aquí alguna vez la teoría del movimiento Zeitgeist, que promueve que la “economía basada en recursos”, o sea, planificada a nivel global mediante el uso del método científico, las tecnologías y la automatización, eliminaría el paro, ya que sólo un pequeño porcentaje de la población debidamente cualificada para gestionar los sistemas informáticos tendría que trabajar, algo así como una casta bramánica pero a la vez sirviente. Si usted es fan del sudor de su frente, y a usted esto le parece intoxicación buenista o pura farfolla de tufo comunista, quizá le conceda mayor credibilidad al empresario más galáctico y rico de la Tierra, el mexicano Carlos Slim, que propone que se trabaje sólo tres días a la semana -eso sí, en jornadas de diez u once horas-, para que la gente tenga más tiempo para “la cultura, la familia y la innovación”. A uno, qué quiere que les diga, esto le suena a un maquillaje que el Tío Gilito se diera para representar ante un auditorio entregado el papel de detector de megatendencias, en pleno subidón de bonhomía conferenciante. Entre otras cosas, porque ninguno de entre las decenas de miles de asalariados de Slim trabaja en ese apetecible régimen horario. Pero hay otros mundos más tangibles. En Alemania, sí, claro, existe el llamado Kurzarbeit, un sistema que consiste en reducir parcialmente las horas que trabaja un empleado en una compañía en apuros, de forma que la empresa le paga, por ejemplo, un 30% del sueldo, y el resto lo aporta el Estado, pero sin llegar a darle todo el subsidio de desempleo que le correspondería. Hablamos del país no esclavista más competitivo del mundo, y no de los mundos de Yupi de los derechos sociales.

… y colorín colorado

Tacho Rufino | 24 de julio de 2014 a las 1:23

ÉRASE una vez que en un país que también se llamaba España -pero que no se parece mucho al actual Estado del mismo nombre, y menos que se va a parecer- existían unos bancos que no eran bancos, porque eran fundaciones y no sociedades anónimas, y porque tenían tanto ánimo de lucro como obligación de acometer obras sociales. De hecho, buena parte del mecenazgo cultural, o sea, de la industria cultural, dependía de esos no-bancos, de forma que al desaparecer aquellas entidades financieras de cercanía, pegadas a territorio y a sus clases menos privilegiadas y a sus pymes, también se volatilizó buena parte de la actividad cultural de aquella España en acelerada metamorfosis. Se llamaban cajas de ahorros, y los directores de sus sucursales eran señores de casi tan estable presencia en los barrios como el quiosquero o el farmacéutico, alguien que te recibía y te escuchaba, y tenía cierta capacidad de hacer concesiones a unas malas: era comprensivo y daba la cara, y no una mera correa de transmisión de consignas inflexibles que provenían de invisibles sedes en territorios lejanos o inalcanzables plantas de imponentes rascacielos.

La culpa de la extinción de esta munificente especie bancaria-pero-no-demasiado la tuvo, paradójicamente, la injerencia de los representantes democráticos del pueblo: una fórmula financiera democrática laminada por los políticos democráticamente electos. Los políticos jugaban a financieros, instalándose en los consejos de administración de las cajas o siendo teledirigidos desde los gobiernos autonómicos o municipales. Pero no tenían mucha idea del oficio y, lo que es peor, forzaban a la entidad a negocios ruinosos o a acciones de política económica que, lamentablemente, sólo en algunos casos tenía como motivación el bien común y el desarrollo económico. En realidad, las cajas fueron responsables -solas o en compañía de bancos de verdad, gobernantes con el viento en popa y desavisados ciudadanos que creyeron la eterna revalorización del ladrillo- de la llamada “burbuja inmobiliaria”, que nos hizo creer durante más de una década que éramos ricos y productivos y competitivos y arrebatadores, para estallarnos en las manos despidiendo el gas sarín de la destrucción económica por todos los rincones de aquel país. Las decisiones de muchos políticos y sindicalistas cajeros, en demasiados casos, nada tenían que ver con las racionalidad y la gestión del riesgo, sino con operaciones de alto riesgo y pelotazos urbanísticos variopintos, por no hablar de los sueldos y planes de pensiones y finiquitos que se autoconcedieron precisamente por haber sido capaces de llevar a las cajas que regían a la miseria y, postreramente, a la desaparición. ¿Parece una locura, verdad? Pues sí, eso es lo que fue. Una locura, y un repelente ejercicio de codicia, rapiña e ignorancia institucional.

Cuando las pobres cajas tenían activos muy inferiores a sus pasivos -agujeros negros de balance- además de un riesgo brutal de morosidad e insolvencia, el Estado las asumió y reflotó hipotecando a los ciudadanos por un montón de años. Con el tiempo, muchas desaparecieron, otras fueron absorbidas por bancos de verdad, en un proceso negociador de complejos tomas y dacas entre el Estado y los pocos bancos fuertes que sobrevivieron, siempre supervisado por severos poderes exteriores. La solución final avino en julio de 2014: una caja catalana, la última, fue subastada entre los cuatro de los seis o siete supervivientes a la bomba química de los años oprobiosos. Sin embargo, como pueblos galos resistentes a Roma, dos cajas originarias y sensatas quedaron vivas en recónditos territorios: Caixa Pollença y Caixa Ontinyent eran quizá el baluarte de la resurrección de las cajas. Aunque esto, la verdad, es un cuento. Esto último, digo.

Tus sucias manos sobre Kipling

Tacho Rufino | 15 de julio de 2014 a las 0:48

ES una extraña ley: olvidamos los malos momentos quizá más que los buenos, y por ello estamos condenados a repetir los errores. ¿Recuerdan aquella burbuja puntocom que estalló en Estados Unidos en la primavera del año 2000, cuando parecía que cualquier chiringuito “de internet” podría ser una empresa con brutales ganancias a corto plazo, y por ello recibieron muchísimos millones en créditos e inversiones -no sólo de Sylicon Valley-, que después se demostró que eran completamente imposibles de reintegrar porque los ingresos de la “tecnológica” no daban para amortizar ni una ínfima parte del capital invertido? En cierto modo, casi 15 años después, es este esquema de irracionalidad económica -irracionalidad y asimetría es lo que han visto estos ojos, y no principios económicos clásicos-el que se adivina tras la muy probable estafa perpetrada por Gowex. Mejor dicho, por un señor que mandaba en Gowex que, solo o en compañía de otros, fue capaz de levantar decenas de millones de euros a la mejor banca de este país, y con ese timbre de gloria y solvencia, acabar engañando a miles de inversores. Muy simple. Todo con unas cuentas falsas desde el inicio, y cada vez más falsas durante pocos años de engorde burbujístico: falseo las cuentas, alguien de postín me las firma, con ese aval capto millones en préstamos, y en apenas cuatro años multiplico las deudas por diez… pero eso a nadie preocupa, porque ese apalancamiento financiero viene más que garantizado por mis galácticas ganancias colocando redes wifi por el globo, y garantizado todo también por mi perfecto estado patrimonial. Claro, que estas dos últimas cosas son patrañas, o sea, son el corazón de la estafa: ganancias y solvencia estaban sólo en los papeles firmados por los auditores. De paso, el Gran Hombre de Gowex, de nombre Jenaro García, pidió a través de una sociedad patrimonial -son pequeños detalles técnicos- un prestamillo de 10 millones de euros, eso sí, avalado con las propias acciones estampilladas en sucio humo, un humo empero invisible para toda la cadena de expertos, reguladores, prestamistas y auditores. Y por supuesto para las víctimas propicias, los pequeños inversores que mordieron el anzuelo. Alucinante.

Lo peor de todo es que Jenaro acabara su estupefaciente carta de perdón con un poema de Rudyard Kipling. Nunca deberías haber puesto tus sucias manos sobre Kipling, Jenaro, no tenías por qué llegar a ese extremo. Aunque probablemente tanto éxito cimentado en la mentira haya dejado lista para siempre tu cabeza de genio financiero. Y no rijas nada, ni tampoco distingas.

Recursos humanos, pero poco

Tacho Rufino | 15 de julio de 2014 a las 0:45

EL rediseño del organigrama a día de hoy en España es una forma como otra cualquiera de marcar el territorio organizativo como lo haría un lobo o un tigre de bengala; unos con aguas mayores, otros, con menores: el territorio es escaso, y hay que pelearlo. Los organigramas van simplificándose, engullendo cajetines: sálvese quien pueda. En otro tiempo, no tan lejano, la foto jerárquica y funcional de las organizaciones -el organigrama- era objeto de reflexión, diseño y mente estratégica: las empresas crecían, y su continuo rediseño al alza daba gloria y orgullo a los propietarios y altos ejecutivos… y cobijo a nuevos empleados. En este proceso, entonces creativo, tenía mucho que decir el director de Recursos Humanos (RRHH), porque hubo un tiempo, quizá lo recuerden, en el que ese cargo estaba a la derecha del Padre de la empresa, y el director de RRHH hacía cosas como diseñar la estructura organizativa con los ojos de un expedicionario o un misionero, y no con las tijeras desesperadas: reclutaba y seleccionaba a trabajadores, adecuando perfiles y profesiogramas, diseñaba hileras promocionales, pensaba en divinas materias como la motivación, el liderazgo o la dinámica de grupos, e incluso tenía potestad para gastar pasta en ambiciosos planes de formación para el desarrollo del empleado, sin olvidar la conciliación familiar y, en general, sus ambiciones personales. Lo de las nóminas y el variable era cosa de obreros, aunque también formaba parte de las atribuciones de lo que llegó a llamarse Chief Human Resources Office (CHRO, en su acrónimo anglosajón), o sea alguien que estaba tan íntimamente ligado al CEO (gran jefe) como el CFO (gran jefe financiero). De despedir, ni hablábamos: los empleados rotaban de empresa en empresa buscando la mejora profesional, y mucho se disertaba y publicaba sobre el capital humano y el capital social, sobre la gestión del talento, el desarrollo de competencias, el mentoring y el coaching. No es que ahora no se hable de estas cosas tan empresarialmente paradisíacas, sino que otrora se hablaba de otra forma: con positividad, con los ojos de la fe, ojos henchidos de visión y de misión.

La crisis convirtió a los directores de Recursos Humanos en los auténticos malos de la película, que desviaban los odios hacia ellos, liberando en parte de esa animadversión a quien le pagaba bien, el gran jefe. Se convirtieron en despedidores y en recortadores de salarios. Una llamada suya por la línea interna equivalía al timbrazo de un cartero que llamaba como mínimo dos veces: una para contratarte, otra para despedirte. En España la escabechina de directores de RRHH ha ido casi pareja a la de los empleados que, mientras el propio CHRO seguía en plantilla, eran finiquitados por él. Hoy, otra vuelta de tuerca en este asunto se da en el mundo anglosajón de mayor prestigio, al hilo de la bipolaridad de la fuerza de trabajo imperante (muchos indistintos y proletarizados, si no precarizados; una elite boyante en torres de marfil laborales) y del acercamiento del mundo del trabajo a un biotopo darwinista descargado de derechos sociales: de vuelta a la tierra en su sentido más literal. Harvard Business Review -crema editora en materia de negocios- ha publicado recientemente un pequeño artículo de Ram Charan (It’s time to Split HR) en el que dice que hay que empezar a dejarse de monsergas sobre el personal; que tendría que haber un jefe de nóminas de toda la vida por debajo de Finanzas o Administración, y después un buen técnico proveniente de la línea de operaciones -ingeniero, ex futbolista, periodista, cocinero…- que se encargara de la contratación: adiós, CHRO. O sea, volver a los viejos tiempos, en los que la Dirección de Recursos Humanos no existía ni se la esperaba.

Yo, eurócrata

Tacho Rufino | 7 de julio de 2014 a las 18:58

EL hijo de don Francisco, el vecino del tercero, lo tuvo clarísimo desde que comenzó a hablar: “Paquirrín, ingeniero”. Aquel Paquirrín, más sesentero y de Cuéntame que su homónimo dj hijo de folclórica y paseante de platós, acabó licenciándose de ingeniero industrial. También he conocido a más de una pareja que parecía haber tenido un hijo con el principal y mal disimulado objetivo de hacer de él un notario. Había pequeñajos que, entre el regocijo de sus progenitores, ya se colgaban el sambenito -a la postre, cachondeable- desde la tierna infancia: torero, piloto, juez como su abuelo. Debe de ser duro tener tan claro y desde tan pronto un propósito laboral tan cacareado, y acabar de auxiliar administrativo. Son ganas de enturbiarse el pasado prematuramente y sin necesidad ninguna.

Las cosas han cambiado también en esto. Hoy los estudios garantizan bien poco, y el atajo televisivo, en plan artista o directamente en versión cotilleo sobre la vida de gente impresentable, es una primera tentación laboral. Otro jugoso sendero profesional contemporáneo exige jugártelo todo a la afiliación política, y acabar teniendo arriba en las montañas bruselianas o estrasburguesas un nido de privilegios y seguridades, alejado del mundanal ruido de tu propio país, ajeno a las críticas y los malos ratos. O sea, convertirse en eurodiputado, o aun mejor, en eurócrata, que esto último no exige elecciones y puede asegurarte una renta vitalicia más que desahogada, aparte de unas comodidades pagadas por los impuestos de todos: viajes a discreción en clase business, libre elección de colaboradores -por ejemplo, un amante o una hija- pagados por el contribuyente europeo, trabajo de lunes a jueves y una pensión asegurada muy superior a la española, que en algunos casos, como el de Magadalena Álvarez, se paga en buena medida con un extra que sale, cómo no, de los tributos de los ciudadanos de la UE. “Déjame de toreros y mucho menos de ingenieros ni notarios: yo quiero ser eurócrata, y a ser posible sin oposición; por el dedazo de alguien de mi partido que quizá también algún día acabe en ese reitro de aburrida pero jugosa paz laboral”. Este tipo de mangoneo es grave por todas estas cosas, que en el fondo se reducen a dos: ellos son quienes nos exigen impuestos y sinsabores y recortes; y ellos son en realidad los grandes evasores fiscales de la jaula de grillos comunitaria; no es lo mismo correr los riesgos de ser un criminal que comerse los impuestos de otros de forma desvergonzada y trincona y totalmente a cubierto. “Borjita, ¿tú que quieres ser de mayor?”, ” Yo, eurócrata sin oposición”.

Los finiquitos pasan por la caja tributaria

Tacho Rufino | 3 de julio de 2014 a las 15:59

HAGO mías y cocino un poco las palabras del periodista Adrián González: “Con un presidente de la patronal en la cárcel; con el tesorero del partido en el Gobierno en la cárcel por regalar sobrecitos crujientes y manejar mordidas a empresas; con el sindicato afecto al segundo partido del país encausado hasta las cejas por un asunto realmente facineroso; con el propio PSOE envuelto en otro turbio asunto de desvío de fondos públicos en su propio granero de votos, Andalucía; con una infanta que se sentará en el banquillo por amor ciego o por algo peor; con una ex ministra que aterrizó en un suprabanco comunitario -el BEI-, que también está imputada y conserva un escandaloso colchón retributivo vitalicio; con todo este desolador panorama institucional apestando la realidad y espantando a la gente… ¿cómo queremos que no surjan formaciones políticas alternativas que regeneren la desesperanza de muchos y canalicen el ardor de tripas de algunos?”.

Mientras todo esto sucede, las acciones de los políticos en el poder parecen atribuladas por las circunstancias y los calendarios electorales. Por ejemplo, la reforma fiscal de Montoro, un asunto de magno interés macro y microeconómico, sin duda, pero también un asunto pintiparado para cierto populismo desde el poder. Lo que pasa es que el poliedro impositivo es una especie de lego inestable donde el movimiento de una pieza puede suponer el desaparejamiento de toda la estructura fiscal. Como suele decirse, el tiro puede salir por la culata. Recordemos que la política fiscal es la única política económica que queda en la soberanía -es un decir- de un país comunitario que tiene cedida la política monetaria a Draghi, allá en Fráncfort. Recordemos también que la parte de los ingresos -los impuestos- se regula con el cóctel de impuestos personales, empresariales y sobre el consumo. Ahí hay una parte. Pero tan importante es la otra cara de la política fiscal: los gastos del Estado. También se hace política fiscal cuando se recortan prestaciones públicas. Por eso, cuando Montoro anuncia una benéfica reforma que dejará más dinero en manos de la gente y menor en las arcas públicas (un poner, 9.000 millones), rápidamente empiezan a temblar otras piezas de la estructura fiscal española. Montoro asegura que la menor recaudación prevista en la reforma no se va a ver compensada ni por subidas de otros impuestos (IVA, gasolina, tabaco, alcohol, IBI y otras aves tributarias, multas….), ni -por Dios- por nuevos recortes del gasto público, principalmente donde el gasto es masivo: educación y sanidad. Montoro dice que no, que de ninguna forma. Veremos.

Pero lo que no se esperaban muchos es el anuncio de que las indemnizaciones por despido van a tributar, cuando antes no lo hacían. De pronto, la prensa salmón -ésa que leen pocas pero muy influyentes personas- se ha llenado de quejas y de sesudos análisis de la legalidad de la medida. Y no es precisamente una prensa ésta muy desafecta al poder vigente. Pero con las cosas de comer no se juega. La razón de tanta queja ilustrada no proviene de las indemnizaciones que recibiría un contable o una cajera de súper. La razón tiene jerarquía: quienes más tienen que perder con esta medida son los altos ejecutivos que pactan salidas bien nutritivas con las empresas que dirigen, es decir, consigo mismos. En muchísimos casos -no pocas cajas de ahorros-, esos finiquitos aseguran el porvenir a un directivo que quizá no haya pasado ni diez años en la compañía que tan generosamente le dice vaya usted calentito, que ya me llegará a mí la hora. Pero no es lo mismo coger todo que la mitad. En buena teoría, si esta medida se consolida, deberíamos ver cómo los ejecutivos poderosos pactan mayores indemnizaciones. O bien se limita el abuso tecnócrata. Eureka.

Libertad para Suárez

Tacho Rufino | 1 de julio de 2014 a las 21:22

ALGUNAS películas tienen el peor de los defectos: que el título sea mucho mejor que el contenido. Eso le pasó a Bocados de realidad, con Wynona Ryder de protagonista, un título que hace años que llevo en mi arsenal de muletillas. Aunque el sentido de esa expresión era en la película mucho más melifluo -bocaditos de sushi con dentadura nívea y perfecta, propinados en una realidad cuya titular es una joven pijipi problematizada sin mucho por qué-, bocados de realidad es un sintagma que viene como anillo al dedo a la actualidad. Son bocados de realidad cruda -auténticos albondigones vitales- los que se tragan las legiones de parados y jubilados prematuros. También son bocados de realidad, variante mordida, las que tantos representantes públicos perpetran con cargo al bolsillo de todos, comenzando por esa eurocracia lejana con planes de pensiones fuera de la realidad, para nuestro pasmo. Y el mejor bocado de realidad lo ha dado esta semana Luis Suárez. Luis Suárez es un excepcional pelotero uruguayo que ha sido masacrado deportiva y personalmente por la FIFA y por la prensa blanqueadita, por darle un bocado completamente real en el hombro al italiano Chiellini durante un partido del Mundial en curso. La imagen de Suárez ajustándose los piños después de probar carne de marcador me acompañará ya siempre. A este futbolista clavadito a Ricardo Darín lo han quemado en una pira mediática por haber dado un bocado a un defensa con el que se intercambiaba codazos y empellones en plenos lances de un juego que nunca, gracias a Dios, ha sido políticamente correcto. Para colmo de horrores y pecados, Suárez, que ha sido máximo goleador de la mejor liga del mundo, la inglesa, era reincidente en tal forma de marrullería. De pronto olvidamos que hay decenas de jugadores que usan los codos siempre al saltar, partiendo narices si hay narices por medio. Y futbolistas a puñados que dan cabezazos de muflón callejero al contrario por un quítame allá esas pajas. Los hay en el Mundial jugando de titulares, algunos salvajes como De Jong el que pudo haberle partido el pecho, literalmente, en el pasado mundial en Sudáfrica, sin ni siquiera ver la tarjeta amarilla. No hablamos de esos míticos atizadores de cera del pasado como Ovejero o Juan Carlos Heredia, de quien se asegura que llevaba puntillas bajo una oportuna venda en la mano. O aquel Gregorio Benito más español y chulapo, que también daba mordiscos entre otras artes cancheras. No. Hablamos de hipocresía. Como tiremos de estas moviolas gran hermano que hay en los partidos de fútbol y nos pongamos jueces justicieros, no queda la mitad de la tropa. Y por supuesto, nos cargamos este opio del pueblo tan divertido que es el fútbol. Huyamos de la beatería, seamos realistas: un bocado es un bocado. Freedom for Luis Suárez.

Alquimia fiscal

Tacho Rufino | 24 de junio de 2014 a las 14:16

LAS reformas fiscales tienen algo de álgebra presupuestaria, algo de ideología, algo de oportunidad política y algo de humo: un cóctel alquímico. Álgebra, porque bien vestidas técnicamente se hacen previsiones sobre lo que suma y resta en el presupuesto nacional, que ya llegará el momento de ver cómo lo cuadramos luego si las previsiones, como suelen, yerran. Ideología, porque cada uno tiene su visión sobre quién tiene que pagar más o, mejor dicho, sobre si se tiene que gravar más la riqueza o el consumo, siendo lo primero (IRPF y Sociedades) tenido por progresivo y lo segundo (IVA, gasolina…) por regresivo. Oportunidad política, oportunismo si usted prefiere, porque con una reforma fiscal se puede tener a grandes capas de la población más castigadas o, alternativamente, más sueltecitas de bolsillo y, cuando se trata de dinero, bastante gente decide el voto contra quien lo castiga o a favor de quien le da vidilla. Que los gobernantes se vuelven más dadivosos con sus nichos electorales a partir del ecuador de sus mandatos es una regla del juego, y así debemos tomarlo los votantes. Y las reformas fiscales van envueltas de humo porque todo esa combinación de ingredientes materiales y morales es en buena medida impredecible en sus efectos, más impredecible en circunstancias inciertas acerca de cómo y a qué ritmo va a mejorar la economía (a más economía y más empleo, mayor recaudación y mayor posibilidad de mantenimiento de la actividad pública social e inversora). Conocidas las líneas generales de la reforma fiscal del Gobierno, el álgebra nos dice que se recaudarán 9.000 millones menos por IRPF -el asunto es, ¿quiénes pagan realmente menos?-, y eso puede ser una poderosa arma electoral porque la gente tendrá más disponibilidad y gastará más, compensando en parte una cosa con la otra. A pesar de esta apuesta fiscal de recaudar menos por parte del Gobierno, y según los muy contestatarios técnicos de Hacienda, la ideología de esta reforma es regresiva, porque según ellos pagarán lo mismo los de siempre y mucho menos quienes ganan más de 150.000 al año, que son un selecto grupo de 73.000 españoles, un 0,3% de los contribuyentes. Este think tank de origen funionarial, y por tanto modesto, llamado Gestha, que tiene más de think que de tank, está más acreditado que otros oráculos de analistas de mayor ringorrango y mayor dependencia del dinero grande. Son un sindicato de funcionarios, y el solo carácter sindical parece hoy ser un estigma en un país inmaduro socialmente. Gestha avisa con regularidad del gran secreto a voces fiscal: la economía sumergida y el fraude es más cosa de grandes fortunas que de gente corriente. El humo está servido, unos lo soplarán para un lado; otros, para el otro.