La gran evasión

Tacho Rufino | 30 de agosto de 2014 a las 17:39

ESTA semana de fin de fiesta hemos sabido que ha muerto Richard Attenborough, director y actor de cine inglés, que en La gran evasión hace el papel de un oficial de la RAF británica en la Segunda Guerra Mundial al que la Gestapo mantiene preso junto con otros aviadores aliados. Attenborough encarna a un tipo de fina inteligencia que no para de maquinar planes de fuga desde que fue cogido prisionero. Un amigo colgó en las redes sociales el día del fallecimiento un homenaje al que también fue director de Gandhi, pero prefirió la banda sonora de trepidante ritmo militar de La gran evasión a la más sentimental de la película del líder indio. Acompañaba el tráiler musicado con una frase: “La gran evasión, 1963 (nada que ver con ex honorables)”. Primero porque al ex honorable Jordi Pujol difícilmente lo veremos encerrado, y porque esta figura de la Transición no tiene nada de militar y sí mucho de cortesano. Y también porque su evasión ha sido fiscal, nada de aventuras y brillantes fugas: más bien se da todas las trazas de un gran mangazo; nada brillante, muy negro más bien. Como negras eran las poco finas bolsas de basura repletas de billetes grandes en las que uno de sus cachorros transportaba el oscuro dinero camino de la frontera.

La gran evasión no sólo le viene como anillo al dedo a Pujol y su prole, sino también a otro asunto que igualmente nos ha recordado la asociación de técnicos de Hacienda llamada Gestha. Según su último informe, el Ministerio de Montoro hace poco por investigar y sancionar al gran evasor español, que además se resiste a repatriar su dinero a cambio de una reprimenda y una comisión, por no hablar de que cuenta con equipos de asesores de primer orden. Como quizá usted sepa por experiencia propia, son las rentas medias y, normalmente, asalariadas las que sufren en silencio la hinchazón de la presión fiscal y el molesto picor financiero que provocan en los hogares las subidas de IRPF e IVA. Así a vuelapluma, uno recuerda sólo un verdadero caso de castigo de Hacienda a un evasor rico de verdad, Lionel Messi. Es cierto que el futbolista argentino es una estrella que da morbo a la noticia, pero quizá también sea cierto que la presa es relativamente fácil: Messi y su algo pirata padre no sólo tienen dinero para responder por su delito, sino que se veían abocados a pagar sin hacer mucho ruido en la defensa, dado que si de algo viven los astros del balompié, más allá de jugar a la pelota, es de la imagen. Y de paso, la imagen del Ministerio de Hacienda gana en credibilidad y responsabilidad social. Estupendo, si no fuera porque -al menos según Gestha, gran pepitogrillo tributario español- lo de Messi ha sido un caso bastante aislado.

Como diría un marketiniano, Hacienda ha definido su target contribuyente justo de la forma contraria a lo que cualquier programa electoral promete: en vez de ir a por los grandes defraudadores, mortifica al que no tiene escapatoria y está fichadísimo, o sea, el asalariado y, en menor medida, el profesional. Enfocar al segmento de grandes patrimonios, y más a aquellos que además de ser grandes cometen delito fiscal, tendría una ventaja clara: aunque el proceso por lo general es más costoso que empapelar a un don nadie, los ingresos que se producen por las sanciones son muchísimo mayores. Pescar a un pez gordo en vez de a cien mil boquerones. Gestha valora en un 70% del fraude fiscal total el que se produce en los grandes patrimonios. Por valorar que no quede, pero asusta. Y más aun asusta que estemos ante un nuevo síntoma de mala política, que parece -lo sea o no- tender a conchavarse con el poder que antes se llamaba “fáctico”. Así se pierden votos: un boquerón, un voto… igual de válido que el de los tiburones blancos y lo pujoles de la vida de este país que -será la fecha- es para pegarse una gran evasión personal.

Tabacos de liar, ‘low cost’ y contrabandeado

Tacho Rufino | 26 de agosto de 2014 a las 18:02

LA globalización económica se ha basado en la comunicación, y por eso zonas del mundo antes prácticamente incomunicadas entre sí ahora funcionan como vasos comunicantes, en los que los fluidos -esencialmente, el de la riqueza- se desplazan de la mano de los ciclos y de la historia, creando un nuevo equilibrio inestable. Vasos ricos de toda la vida, como Europa, pierden volumen en favor de otros vasos del globo, como China o India. Esto sucede en la producción y en el consumo agregados, pero también en las manifestaciones económicas más de andar por casa, como la costumbre de fumar. El consumo de tabaco es un indicador micro de lo más jugoso. Mientras chinos e indios aumentan su nivel tabaquista del bueno -el del paquete de tabaco con cigarrillos emboquillados de marca de bandera, como Winston o Marlboro-, en Europa el tabaco es cada día más un estigma para quien lo consume. En España, este asunto no es ya un síntoma de una vida más saludable en general, sino que refleja con claridad el pendulazo hacia atrás de la economía de nuestro país.

Esta semana hemos sabido que las ventas de cigarrillos de marca veterana han sido el vivo ejemplo del ajuste de nuestra economía en ese mismo periodo: han bajado casi un 50% en España. Esto sólo es en una pequeña parte debido al menor consumo de humo, o sea, no se fuma mucho menos por saludable decisión, lo que de verdad ha pasado es que la gente se ha pasado a hábitos fumadores de posguerra: de vuelta al tabaco de picadura y al de contrabando. Recuerdo a un próspero constructor en los años 80 indignarse al ver cómo hasta el último peón llevaba su paquete de, por ejemplo, Winston “del made” (Made in USA), mientras que él fumaba todavía tabaco liado o Ducados puro y duro. Ahora, un paquete de tabaco de las primeras marcas lleva un altísimo componente fiscal, que denota la relación de amor/odio del Estado con el tabaco: ni contigo (que eres malo para la salud y para los gastos sanitarios), ni sin ti (que eres un ingreso de primerísimo orden para las encanjiadas arcas publicas). Junto con el cigarrillo liado por uno mismo, lo que triunfa en España son las marcas low cost, que tienen nombres con ganas de agradar, como Elixir o Brooklyn. Pero no es la marca lo que importa: el fumador canino es sumamente elástico con respecto al precio; por mucho que lo que a él o ella -las mujeres son mayoría en los nuevos fumadores- le guste su Chester de siempre, por 50 céntimos al día se le es infiel a Chester y ya está. Pero sin duda el rasgo de este túrbido mercado que más nos evoca al pasado pobre es el contrabando. El consumidor no siente grandes remordimientos por comprar bajo cuerda y sin beneficio público un cartón de tabaco: no hay fuerza moral para apelar a nuestra conciencia ciudadana cuando aquí, el que puede, principalmente desde un cargo político, trinca. En suma: no fumamos menos; fumamos peor y más barato. De glamour de Sarita, Humphrey o la Thurman, ni hablamos.

Miedo de caer o ganas de volar

Tacho Rufino | 24 de agosto de 2014 a las 22:14

HACE unos años, al volver de un viaje por las Highlands después de gozar la fiesta del Fringe en Edimburgo, mi hermano me regaló una joya literaria sobre la parte más exterior y occidental de aquellas sobrecogedoras Tierras Altas de Escocia, (Viaje a las islas occidentales de Escocia), donde Samuel Johnson -un viajero inglés, por cierto- relataba su periplo con la típica sencillez magistral de los escritores de viajes británicos. En aquel entonces -corría 1775- Johnson relata la transformación traumática de esas tierras entonces remotas y primitivas. Ahora, otra transformación también de alguna forma traumática se está produciendo en la parte norte de la isla que comparte Escocia con Gales y la hermana mayor, Inglaterra. El secesionismo escocés está por fin a las puertas de su mayor anhelo histórico: un referéndum que pudiera devolverles la independencia de Gran Bretaña, perdida hace tres siglos y reforzada como aspiración con el hallazgo de una ingente bolsa de petróleo en las costas escocesas del Mar del Norte en 1970. Ahora, los descendientes de Braveheart se encuentran close to the edge, como se titulaba aquel disco de Yes, palabra clave para el referéndum y nombre de un insigne grupo británico de rock progresivo: Cerca del borde, quizá al límite del abismo, donde uno duda seriamente sobre si el vértigo se produce por el miedo a caer o por las ganas de volar. Como está sucediendo en las filas de una Convergència i Unió catalana que parece arrepentirse muchísimo de haber abierto la caja de los truenos y las consultas sin retorno, a Alex Salmond y sus seguidores secesionistas les flaquean el ánimo y las rodillas. Y tienen sus razones para inquietarse.

La principal razón para la inquietud es económica, asunto que no es el único desencadenante de estos procesos en Europa -el independentismo europeo es más bien rico con respecto al país del que se quiere escindir: Padania, Flandes, Cataluña, País Vasco-, pero sí es probablemente el principal, que viene adobado por otros ingredientes historicistas, culturales y folclóricos, con cantidades variables de verdad, derecho y justicia, y también de melancolía, de agravios, de certeza en la superioridad moral, de carácter excluyente y de cohesión étnica o tribal. Pero el dinero y los recursos son de forma más o menos expresa la clave. En el caso de Escocia, el recurso se llama petróleo, cuyos campos en el mar están en territorio claramente escocés, a pesar de lo cual, según alegan, los beneficios los han olido los lugareños nada más que lo justo, con la pérfida Albión y su gran máquina político-financiera londinense a la cabeza de tal expolio (¿les suena el término?). La prosperidad del nuevo Estado escocés se publicitaba y vendía en buena parte por el petróleo, que aseguraría pensiones y niveles de vida tan jugosos como su vecina y gran bendecida por los hados crudos en Europa, Noruega. Fue bonito mientras duró: esta semana hemos sabido que los habitantes de las islas frente a las que se extrae el petróleo amenazan con reclamar su propia independencia de Escocia si ésta se independiza de Gran Bretaña… quedándose con el petróleo, claro. La deconstrucción infinitesimal del terruño. Recordarán que los habitantes del Valle de Arán -los más ricos de Cataluña-también han advertido de lo mismo a CiU y ERC, porque no quieren separarse de España y porque para colmo… ¡tienen su propio idioma! Y es que las carga el diablo y nadie dijo que fuera fácil. Alguno podría aducir otro aforismo: donde las dan, las toman. Quizá el problema del independentismo bullente es que, al final del folclore, el ecumenismo nacional y la exaltación patriótica -con lo que eso alivia la sensación de crisis- viene al acantilado. Toca saltar, abrazar la libertad de verdad, con todos sus avíos. Los valientes se encuentran entonces ante una rara sensación de vértigo, en la que, como decíamos, uno no sabe si tiene miedo darse el gran trastazo o una inmensas ganas de volar de la jaula, más o menos brutal el trastazo y más o menos figurada la jaula.

PS: el título de este artículo es robado de una canción de Jovanotti, ‘Mi fido di te’

Uber, viajar de otra manera

Tacho Rufino | 19 de agosto de 2014 a las 1:02

UBER es una aplicación, como casi todas las cosas que se precien de ser algo hoy: una forma de conectarse en red. En el caso de Uber, hablamos de una plataforma web que pone en contacto a viajeros para que compartan coche. Algo que ha existido de toda la vida. Sólo que ahora no es simplemente una vía para poner a gente en contacto y compartir gastos de viaje, sino una forma industrial y potencialmente masiva de facilitar servicios de transporte, más barata que ir en tren, en bus o en taxi, negocios todos ellos que crean unas empresas bajo cierto control de la Administración, es decir, que pagan impuestos y crean un tipo de economía reglada. Desde una óptica liberal -o sea, contraria al control gubernativo por principio-, es ante todo un fenómeno competitivo que beneficia al consumidor. También jóvenes criados en el low cost comparten la defensa de Uber. Pero si bien compartir coche es algo muy positivo, disfrazar de eso una vocación lucrativa sin pagar por ello es economía sumergida. ¿Te gusta la economía sumergida? ¿O prefieres llamarlo “consumo colaborativo”? A día de hoy, esta competencia es desleal. ¿Que los taxistas se han dormido en los laureles y otro transporte privado les muestra la matrícula y les quita negocio? De acuerdo, hay trato, pero tal argumento es válido si todos juegan con las mismas obligaciones legales. Si no, hay truco. ¿Por qué yo pago cotizaciones sociales e impuestos y seguros, y los proveedores de Uber, no?, protestan. Con más razón que un santo, el propio San Cristóbal y el propio San Rafael incluidos, que son patrones viajeros. ¿O no es así? La actividad económica lucrativa -tan necesaria- debe contribuir a sustentar los gastos comunes. Es un cuestión de principio… o dinamitamos el invento del Estado. A ver los valientes.

La capital de Alemania, como hizo Hamburgo y van a hacer Fráncfort y Múnich, ha prohibido Uber esta semana. Deberán formalizarse estas relaciones económicas y empresariales -que vaya si lo son-, o bien aceptamos que hay quien juega con cartas marcadas, y en la jungla digital nos veremos. Esta app estadounidense alega que sólo pone en contacto a gente que ejerce su libertad de relacionarse. Esa libertad idealista y, a la postre, tramposa, que tan poco tiene que ver con la realidad. Te dirán que taxistas, Renfe o Linesur deben adaptarse a los nuevos tiempos, o morir y dejar paso a innovadoras formas de relación comercial. Sí, claro, pero no como un cangrejo invasor. Menos mal que nos queda Alemania, en concreto la muy progresista Berlín, que aduce en su intervención pública -¡qué antiguos, estos alemanes!- que esa forma de transporte compartido es de dudosa seguridad, y crea un tipo de “empresa irresponsable” que, a unas malas, no existe. A ver qué queremos.

El bar como ‘modelo productivo’

Tacho Rufino | 16 de agosto de 2014 a las 16:56

A ningún sitio como a España le pega tanto aquella letra de Gabinete Caligari, castizo y acanallado grupo madrileño de los 80: “Bares, qué lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar”. Nuestra pasión por los bares es probablemente mayor comparativamente en Andalucía. Ni siquiera en sitios con grandiosos establecimientos hosteleros como las islas irlandesa y británica -la palabra “pub” es un apócope de public house, casa pública o de todos- se explican la forma de ser y las costumbres de la gente como en los bares españoles. Si hace unos días mencionábamos aquí el Índice Big Mac, con el que se explica el poder adquisitivo de cada país y hasta el tipo de cambio de sus monedas en función del precio que una de esas hamburguesas de McDonald’s en cada lugar, hoy es pertinente proponer el número de bares per cápita de los países como rasgo del llamado “modelo productivo”. Y también como indicador del modelo de recuperación económica del país, ahora que la Europa central comienza a renquear, mientras que aquí crecemos de forma más cacareada oficialmente que rápida y sólida. En España se abren 50 bares diarios. Bares nuevos, decimos, porque bares que abren sus puertas a diario son unos 200.000. A falta de datos sobre cuántos establecimientos hosteleros hay por habitante y país, aceptaremos como animal de compañía de este artículo el tópico de que en eso somos campeones.

No es Andalucía la región española donde más bares hay por cada 1.000 habitantes. Son los de Cáceres, las muy turísticas Baleares -los bares son industria turística por antonomasia, además de lugares de esparcimiento y contacto- y el Norte quienes más pergarean (pergareo: término cazallero usado para referirse a la mucha salida de casa y callejeo, sinónimo del también muy sonoro jopeo). Aun así, y aunque sólo sea una hipótesis, parece evidente a ojo de buen urbanita que en el sur se abren bares y más bares. Durante los primeros años de la crisis, de 2007 a 2012, su población descendió en más de 70.000 establecimientos, nada más y nada menos que un 20%. Los bolsillos alegres se catalanizaron repentinamente, y las tarjetas de crédito propias o de empresa quedaron quietas cual caballo de viejo retratista de parque. Pero la cabra tira al monte, lo que unido a una mejora del servicio y la mayor sensatez de los otrora irracionales precios han hecho que la gente emprenda en estos lugares tan terapéuticos. La inversión de la indemnizaciones por despido en un local de tapas clásico, en una cervecería low-cost de cubos de zinc helados o en una gastrotaberna ha sido habitual ante la falta de alternativas de mayor valor añadido y mejor creación de empleo. De forma que si uno pasea por nuestras ciudades y pueblos, las pocas reformas de locales que uno ve y los pocos nuevos negocios que se implantan son mayormente bares. El incipiente consumo estimula la aventura del autoempleo. Es cierto que como en todo negocio sin grandes barreras de entrada y escasa vocación y experiencia empresarial, la mortandad del sector es muy alta, y no pocos de los que abren sin convicción ni mercado desaparecen pronto. Si en los felices años de la inversión en ladrillo la burbuja fue hipotecaria y acabó explotando y tirando los precios de las casas por los suelos, año tras año y sin parar, ahora tenemos burbujitas sectoriales que van surgiendo, como la de los bares, que por suerte no llevan dentro el alien del rescate bancario a costa del presente y el futuro de la gente sin culpa (usted o yo). El pequeño empresario no tiene quien lo rescate. Podemos concluir no hay más cera que la que arde, y que tenía razón un jefe de marketing cervecero hoy en la radio: “La principal industria [de Sevilla] son los bares”. Tómate algo. Bonito plan; pero al menos son bares. Tan gratos para conversar.

El gran reto: quedarse quieto

Tacho Rufino | 11 de agosto de 2014 a las 14:06

HACER cosas es mucho más fácil que no hacer nada en absoluto. Y estar permanentemente activos y, sobre todo, productivos es uno de los grandes valores falaces de nuestra sociedad. Con ese principio inoculamos a nuestros hijos el virus del “no pares, sigue, sigue” y su eventual consecuencia, la ansiedad crónica: chino cantonés, jawara jitsu, fagot dulce, hípica en inglés, danza contemporánea, patinaje salsero, cocina para peques, natación colorterápica. El móvil es, a la postre, el cómplice necesario para este no parar por no parar. Conocerán la frase que enunció Pascal allá por el siglo XVII, cuando no había móviles ni reuniones por Skype: “Todas las desdichas del hombre derivan del hecho de que no es capaz de estar sentado tranquilamente, solo, en una habitación”. El perpetuum mobile de la faena, la agenda humeante y los compromisos profesionales o sociales tiene claras trazas en la Biblia (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”), y siglos más tarde Lutero afirmaba que los pobres son pobres porque eran vagos y deben ser castigados con el trabajo duro. Esos tótems de las costumbres están tan plenamente arraigados en nuestro sistema ético como lo está su correlativo tabú: “No hacer nada es malo; la pereza es la madre de todos los vicios”.

Recuerdo a una pequeña compañía de legionarios en el Peñón de Alhucemas, cuyo joven teniente no paraba de infligirles duras sesiones de entrenamiento a cualquier hora, inesperadas alarmas y simulacros, patéticas lecturas en voz alta. Todo con tal de que la tropa no estuviera quieta. Yo, solitario telegrafista, tenía tanto tiempo libre y tan escasos estímulos tecnológicos o sociales que allí escribí más literatura -o conatos de literatura- que en los quince años transcurridos tras acabar la mili, y experimenté con cierta profundidad en la fotografía. Porque el mucho trabajo no estimula la creatividad y la sacrosanta innovación -otro gran tótem contemporáneo-, sino todo lo contrario. De hecho, lo que el joven teniente hacía con sus proyectos de soldados aguerridos era adormecer toda forma de creatividad, y es ése justamente uno de los principios esenciales de la vida de la inmensa mayoría de los militares: aquéllos que no deciden, y sólo obedecen. Como el pelo corto, es así en todos los ejércitos del mundo. Por algo es. Por eso, si nos creemos que la innovación, santo grial de la gestión de empresa de hoy, es la clave, debemos ser consciente que el echahoras innovará poco o mal, y quizá sólo esté, con la sobrecarga, más controladito: mientras tanto trabajas (y tanto te estresa la agenda y tanto vas de culo todo el día y tan tarde llegas rendido a casa), menos piensas. Por no hablar de la felicidad “personal” y la sintonía del individuo con el cosmos, asuntos que dejamos gustosamente a Paulo Coelho.

Andrew J. Smart, un investigador de la Universidad de Nueva York, ha publicado sus hallazgos sobre este asunto (El arte y la ciencia de no hacer nada, Clave Intelectual), y concluye que el mundo iría bastante mejor, e incluso sería más productivo, si fuésemos más vagos. Smart, que tiene nombre de tipo listo, no dice que un hipster apalancado zorrunamente en el sofá todo el santo día tenga mucho que ver con lo que él propone. La sacralización del ocio productivo es un error, si no un engaño de tradición oral y escrita. El esfuerzo continuo, dice, no nos hace ser más felices ni conseguir mejores resultados. Eso sí, acaba con nuestra serenidad y, por tanto, con nuestra creatividad. Muchos se hallan ante un tremendo horror al vacío al salir del despacho: son víctimas de la falacia-trampa del sudor y las doce horas en el tajo. Entrenemos la meditación -que consiste en no pensar, tengo entendido- y el dolce far niente en agosto. Es difícil, pero es lo suyo.

Comandante Schettino, comandante Pujol

Tacho Rufino | 11 de agosto de 2014 a las 14:00

EL éxtasis del desahogo contemporáneo se llama Schettino, un sujeto que abandonó el Costa Concordia al mismo tiempo que cualquier mujer, niño o adulto varón, y que era precisamente el comandante del barco que él mismo acercó a la costa donde radica su pueblo; una gracieta de poderoso de ocasión, que acabó en naufragio y muerte. Esta semana hemos sabido que Schettino ha dado una conferencia en un foro universitario, y lo ha hecho como autoridad técnica en un sicalíptico asunto denominado Gestión del pánico: “Fui invitado como experto. Yo sé cómo debe comportarse uno en tales casos”. La cosa sería pintoresca, si no fuera un lamentable símbolo de estos tiempos fatuos, en los que los zorros cuidan del gallinero. “Yo desviaba dinero del fisco porque ese fisco colonialista nos roba”, podría decir Jordi Pujol en sintonía con Schettino. “La Junta va a tardar en dar información sobre los cursos de formación: tenemos tantas otras cosas que hacer”, diría en rueda de prensa un consejero andaluz. Francamente, menos mal que nos queda la Justicia. Por muy lenta que sea.

Schettino rentabilizaba cual Casanova su jerarquía, cosa que quizá entra en el sueldo de un almirante de crucero: en el curso de las diarias cenas “del capitán” en una misma travesía, alguna presa le caía al cazador (más bien, pescador). Schettino estaba lanzando puentes carnales con Moldavia mientras que el barco chocaba contra una roca: y el tío, muele que muele; el tío, venga a moler. Pero esos extras de capitán ecuménico no tendría importancia si no hubieran muerto ahogadas 27 personas por su infinita irresponsabilidad. “Capitán, mientras que usted no salpique…”. Pero salpicó, con aguas negras de muerte de crucerista desavisado. Y ahora, alucinantemente, Schettino pontifica con la complicidad de una universidad como La Sapienza, y lo hace sobre aquello que justo llevó a la muerte a turistas de ocasión, quienes quizá deben todavía las cuotas del viaje. Como diría un italiano, “Vergogna” para esa universidad señera, que cambia cordura por un poco de resonancia. Estamos rodeados de genios, qué duda cabe. Y lo malo es que estamos rodeados… por la parte de arriba.

Schettino y sus secuelas conferenciantes son una patada en la boca para muchos italianos, que si bien son maestros en la carcajada sarcástica sobre lo propio, no están para aguantar en estos momentos a granujas que afirman -¡con soporte académico!- que ellos sí que saben sobre aquello en lo que metieron la pata cento per cento. Si la gestión del pánico -sea esto lo que sea- la diserta Schettino, aviados estamos. Pero también aquí tenemos comandantes que abandonan antes que nadie la nave común, que es una metáfora perfecta para quien desvía toneladas de billetes al fisco, como Pujol. Con comandantes como éstos, quién quiere enemigos.

Ajustarse el tipo con una ‘Big Mac’

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2014 a las 19:06

NO sé si ustedes han descartado el crucero por los fiordos a estas alturas de La Cosa (un monstruo en verdad de película), y si tuvieron la fortuna de haber visitado Praga cuando la visita al ultraturístico caramelito checo se contrataba en un combinado con Budapest, que era lo menos que uno podía hacer en un puente. En aquellos maravillosos años, se llamaba mileurista con lástima a un joven asalariado que ganaba mil y pico al mes: un pobre de entonces, casi un privilegiado de ahora. Uno iba a Berlín y se sorprendía al comprobar en sus propias visas que en la capital de Alemania se vivía bastante más barato que en una ciudad de provincias de España: y es que a Alemania le íbamos a dar borricate económico tras acabar con Francia, previo fulgurante adelantamiento de Italia; era de cajón, eso estaba hecho. En fin, ya sabemos que no era más que una enajenación nacional transitoria.

Hoy -también entonces, pero quién quería miserias…- la mejor manera de saber cuál es el verdadero poder adquisitivo de mil euros en uno u otro país es lo que se llama Paridad de Poder Adquisitivo, según la cual el tipo de cambio entre monedas de dos países, para ser fiel a la realidad de cada uno de ellos y de sus intercambios, debe acercarse a un numerito que equilibre lo que vale una cesta de la compra idéntica en uno y otro. The Economist hizo más masticable este concepto hace años, al crear el llamado Índice Big Mac, de forma que esa hamburguesa de McDonald’s debería suponerle el mismo esfuerzo a un indio en rupias, a un estadounidense en dólares y a un español en euros. Este índice juguetón tiene hoy el mismo reconocimiento que cualquier otro método “serio” de la teoría del tipo de cambio, y es un “estándar global”, que diría un analista como Dios manda. Pero, ay, resulta que nosotros tenemos la misma moneda que los alemanes. De forma que -paraísos fiscales aparte, ésas trastiendas idílicas para guardar el verdadero dinero de las familias del nivel de la de Jordi Pujol- eso de ir al país más rico de Europa sobrado de recursos tenía truco. El truco se llamó primero deuda familiar, pero después mutó a la cara oculta del truco: en España los salarios estaban condenados a bajar, y vaya si han bajado. El salario medio español es severamente inferior al de aquellos tiempos en que íbamos hacia el pleno empleo y a quitarle a Alemania el volante de la locomotora europea. Entre otras cosas porque hay casi dos millones de personas que tenían empleo entonces y hoy no lo tienen. Como diría el analista, hemos sufrido un ajuste. Para mantener el poder adquisitivo, faltaría otro ajuste en los precios paralelo al de los salarios, aunque ya lo de viajar en avión al extranjero como quien va al pueblo a por chacina se hubiera acabado. Pero el de los precios es otro cantar. Dicho en corto: nos cuesta bastante más zamparnos una hamburgesa que antes. Lo siento, pero con la ensaladilla rusa o el mero a la plancha pasa exactamente igual. Si no te ajustas el tipo, te ajusto yo el bolsillo.

“España va bien (otra vez)”

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2014 a las 19:05

AGOSTO es peligroso cual sioux detrás de un matojo: la molicie generalizada y su efecto anestésico lo hace mes candidato a los bocados de realidad más inesperados. Nos han metido en agosto entre loas a las cifras económicas, y saldremos de agosto con algún costurón inesperado: agosto es el mes oficial de la ebriedad sensual, de la desconexión y de la bendita apatía. Por eso, es el mes del trancazo. En agosto, tragar es lo propio: no sólo tinto de verano y combinado premium fresquito, también es un buen momento para hacer tragar a ciudadanos o empleados. En la parte política, en agosto hemos entrado fácilmente con la vaselina de la recuperación propagada por tierra, mar y aire. Uno se niega a participar en los aleluya de quienes saludan el advenimiento del cambio de ciclo y la superación de la crisis. No hace falta ser de un partido u otro para ser críticos con el Gobierno de turno, o sea, el gobierno de uno mismo. Tres son los grandes logros proclamados en las postrimerías de julio, que es un mes de verdad: el PIB que crece más de lo previsto, el empleo que renace y el dinero de afuera que vuelve.

Una mejora de la Gran Economía, dando unas décimas extra de color a un PIB aún lejos de ser un PIB de verdadera recuperación ni que implique crecimiento creador de empleo digno; un empleo que mejora sus cifras, pero que sólo mejora en el sector que menos necesitamos, el de servicios, y lo hace de una manera precaria -precario, según la RAE: “De poca estabilidad o duración… que no posee los medios o recursos suficientes”-; una inversión exterior que abandonó España hasta entrar en una pre-quiebra de la que nos salvó un crédito exterior -flotador y condena-, y que ahora mejora… estos tres datos, decimos, se esgrimen para convencernos de que vamos superbién. Con todos los respetos para la claque de guardia, lanzar las campanas al vuelo por la “recuperación económica” es un acto de ingenuidad, de fe o de partidismo. ¿Es esto ser antipatriota? Cada uno que se dé cremita en el ánimo como le plazca. Pero no queremos burras ni motos ni biblias, gracias.

Fiarse de los vates del “España va -otra vez- bien” es hacer el caldo gordo al agostazo. Ojalá y no sea cierto en este 2014, pero agosto es para temerle: en agosto se ventiló Felipe González la prestación por desempleo para dejarla en el mínimo-minimórum, por ejemplo. Muchos ejemplos pueden aducirse de agostidad y alevosía, seguro que usted recuerda alguno en su vida laboral.

El pasado 4 de julio el Gobierno -poder Ejecutivo- le preparó un gol al Parlamento -poder Legislativo- en forma de decreto ley, y uno se malicia que con la intención de ser digerido en agosto junto con la paella y el salmorejo. Prácticamente todos los partidos de la oposición han presentado multitud de enmiendas a un decreto que toca, remienda o anula de facto nada más y nada menos que 30 leyes vigentes. Es como aquella ley de Zapatero llamada de Economía Sostenible que volatilizó la crisis. El decretazo total del Gobierno de Rajoy es mucho más ejecutivo y concreto (la cosa va en personalidades): lo mismo regula la promoción de los cuerpos militares que el trabajo temporal o el IRPF, los hidrocarburos, el autoempleo o el negocio aeroportuario. Nos meten de pronto una megaley transversal: doblada. Sin entrar en la pertinencia de esta o aquella regulación, ¿qué necesidad tiene un Gobierno con mayoría absoluta de promulgar una ley que parece de una urgencia bolchevique? ¿Para qué está el Parlamento? El razonamiento es sencillo: con el éter de la economía que va otra vez tan bien, nos cuelan un paquete de medidas diversas, todo ello con la ayuda de agosto. Coma, beba, duerma y, en general, disfrute todo lo que pueda. Dése usted por legislado.

¡Oh balancé! ¡Quiero pactar con vocé!

Tacho Rufino | 28 de julio de 2014 a las 13:49

ÉSTA ha sido la semana de la réplica central de las de las balanzas fiscales. Cataluña lleva años afinando su versión de la balanza fiscal “con España”, y en el desequilibrio entre lo que Cataluña aporta al Estado en impuestos y lo que recibe de él en inversiones basan el simpático lema “Espanya ens roba”. En este estandarte fiscal del nacionalismo agraviado tienen gran experiencia y llevan mucha ventaja al resto, casi como en el hockey sobre patines. El Gobierno de Rajoy y Montoro ha utilizado otra metodología y, aunque los resultados son bien distintos y, según éstos, “España les roba” sólo algo más de la mitad de lo que Cataluña denuncia, el Govern de Mas y Mas-Colell declara que algo es algo. De nada sirve recordar que los impuestos son personales y no territoriales y que si unas regiones aportan más impuestos que otras es, sencillamente, porque ganan más y son más ricas. Este argumento es cierto, pero ante él se puede objetar muy lícitamente que cuando Andalucía ha recibido miles de millones de fondos europeos también lo ha hecho con una criterio territorial basado en la renta media andaluza. De nada sirve -y esto causa mayor perplejidad- que se está obviando que la madre de la balanza fiscal deficitaria catalana es su balanza comercial y es muy superavitaria: venden al resto del país más de lo que el resto les vende a ellos, como los alemanes con sus socios comunitarios, lo cual es comprobable en cualquier lineal de supermercado. También es llamativo que se ignore en todo esto la balanza financiera, que aunque es difícil de calcular indica qué parte de los depósitos bancarios de, por ejemplo, los andaluces van a regar inversiones y empresas de otros territorios, y la viceversa. Pero lo más sorprendente de todo es que Montoro diga el jueves que en la publicidad de su versión de la balanzas fiscales españolas “no hay en absoluto intención política”. Hombre, por favor: toda la vida negando la pertinencia de su cálculo y ahora, en puertas del proyecto de referéndum de independencia catalán, toma balanzas fiscales. Claro que es un elemento clave de negociación política, quizá tardío, o simplemente inevitable. Bueno, hay una cosa más sorprendente: que Madrid, más deficitaria que Cataluña aún, se arrogue el papel de flotador fiscal español: ¿hay intención o no? Pero lo importante es que los motivos de los desequilibrios fiscales son radicalmente distintos en el caso catalán y el capitalino, y por eso las balanzas dicen mucho, y también pueden no decir nada significativo. En todo esto, Andalucía no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Cuidado, podemos sufrir daños colaterales…