La banca, a desintoxicarse

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2012 a las 11:42

SI los euros han abandonado a Grecia, Grecia no tendrá más remedio que abandonar el euro. Olvidarlo, volver a los antiguos amigos -el dracma, el mercado interior, los Balcanes- dados de lado por un idilio artificial de diez años, tras haber sido descubierta en varias infidelidades contables y presupuestarias. El dinero es cobarde, y si además está dolido, no sólo huirá, sino que te hará daño en la huida. Te dejará seco. Desde hace varios años, el saldo entre los capitales que entran en Grecia y los que salen del país denota una clara fuga de capitales (que no evasión: hablamos de dineros fiscalmente limpios). El drenaje de liquidez del sistema monetario heleno ha sido continuo, pero hay dos países que en los últimos ocho meses ven cómo esa fuga es mucho mayor que la griega. Se trata de Italia y de España. De ahí la caída de la Bolsa y la leonina prima de riesgo que, a la postre, incrementa brutalmente la carga financiera del Tesoro español. Las acciones de las empresas que cotizan y la deuda pública española no tienen quien las quiera. Mientras tanto, el dinero de los países fuente ha llenado de benéfica liquidez los bancos de los países receptores: Holanda y, por supuesto, Alemania, que en ese periodo han recibido liquidez extra por cerca de ¡500.000 millones de euros! “Rubio, me voy contigo a cambio de nada, sin ningún tipo de interés -literalmente-, no quiero saber nada de estos mediterráneos: sólo te pido seguridad”. Extranjeros, y no pocos españoles -el patriotismo de los adinerados no da para tanto a unas malas-, cogen el dinero y corren, o sea, lo transfieren. La banca sufre.El principio del final de la crisis bien puede ser la reestructuración de nuestro sector bancario, y debemos apostar por un escenario no catastrofista, por un periodo de saneamiento y recuperación seguido de un lento crecimiento. Como quien va a desintoxicarse a una clínica. Dado el proceso de destrucción de economía y empleo galopante en nuestro país, los activos tóxicos bancarios ya no son sólo los morosos y los suelos y promociones fantasmagóricos, sino muchos otros que todavía no han dado señales de impago. Sin embargo, el error -enésima bajada de pantalones; sin alternativa buena, eso sí- de aceptar dos auditores independientes para revisar los ingentes y devaluados activos de nuestra banca puede hacer del proceso de ajuste patrimonial bancario una feria de la exageración: ni las auditoras privadas están acreditadas como verdaderamente confiables, ni conviene olvidar que cuando auditan a una empresa o institución desprestigiada suelen sesgar negativamente el dictamen. El Banco de España ha sido descalificado sine díe. Otra parcela de soberanía entregada. En la caída en desgracia de MAFO, debería haber sido la Autoridad Bancaria Europea la que gobernara la auditoría. Pero con tanta división funcional, la Unión Europea no se aclara funcionalmente.

La banca española -que no es homogénea, bien es cierto- será retratada, mejor o peor, por los expertos de esta ocasión. Ajustada, consolidada, recortada, concentrada, de saldo, en parte nacionalizada, muy intervenida. No es un desastre: peor estamos ahora. Soñemos con cierto fundamento -si el euro no salta por los aires- que, tras recibir fondos europeos para apuntalar su situación patrimonial, la banca volverá en un plazo no muy largo a hacer su función social: dar crédito. Una banca rescatada, más controlada, es decir, orientada a financiar operaciones e inversiones de empresas que crean o mantienen el empleo. No es un sueño, es una necesidad para aspirar a la supervivencia. Si tragamos el sapo de socializar sus pérdidas y el de apoyar a los bancos pero no apoyar al ciudadano que también entra en crisis de liquidez y solvencia personal; si cargamos con el sambenito de país intervenido por causa del rescate europeo de nuestra banca, exijamos a la banca que haga su trabajo después. Pura reciprocidad y emergencia.

Por qué se habla de ‘corralito’ español

Tacho Rufino | 15 de mayo de 2012 a las 20:27

Si nuestro país hubiera tenido moneda propia, en circunstancias similares a la que nos agobian desde hace cuatro años España se habría visto obligada a prácticar una o más devaluaciones de su divisa, probablemente hasta un 20% como mínimo. Los problemas de financiación se habrían aliviado, aunque la devolución de sus deudas (que permanecería en dólares u otra moneda de referencia global) estaría en entredicho al ser más cara. En cualquier caso, tal devaluación no era ni es posible, así que España tiene un serio problema de financiación, que no va a ser indefinidamente parcheado por el Banco Central Europeo, como estamos viendo.

El calvario de nuestra gestión financiera pública –que se traslada a empresas y familias como si de un cordón umbilical se tratara— se nota en la caída de la bolsa y en la prima de riesgo. Veamos. Uno. Si la bolsa cae como está cayendo mes a mes y año tras año, es porque los inversores –españoles y extranjeros, como los grandes fondos de inversión—venden acciones de la bolsa española, se deshacen de ellas, en mayor proporción que las órdenes de compra en el llamado parqué. Muchos retirarán su dinero del país, y lo invertirán en otros sitios. Dos. Cuando, por su parte, España paga mucho por colocar su deuda pública (es decir, la prima de riesgo es grande con respecto a lo que paga Alemania, que no paga casi nada por endeudarse para gestionar su tesorería nacional), quiere decir que muchos inversores no renuevan sus inversiones en títulos de deuda españoles, y ha que ofrecer mucha carnaza a los inversores para que el Estado español  no entre en default, en bancarrota, o sea, que no pueda pagar sus gastos corrientes y financieros, más las amortizaciones de la deuda del Tesoro que llega a su vencimiento. Los bancos españoles ya no pueden ser obligados a ser los paganinis que sustentan dichas emisiones, comprándolas masivamente de forma quasi-obligatoria. Directamente, porque ya no pueden, y menos estando en el ojo del huracán por sus tremendas bolsas de dudoso cobro. Tres. Un aclaración: los inversores –que no siempre son ocultos facinerosos sin alma y con demasiado poder, qué va: quizá sea usted uno– no quieren correr el riesgo de que un país en el que han invertido sea expulsado del euro, asuma una nueva moneda menos valiosa, y ese menor valor se traslade a sus inversiones. ¿Qué haría usted?

Sumen a esto el pánico de muchos depositantes de Bankia –y las orejas que le ven al lobo otros depositantes de otros bancos españoles–, azuzados por justicieros de ocasión que juegan a atacar al sistema financiero, cuando en el camino ayudan a hacer que los ahorros de sus propios padres se volatilicen (hablo de algunos grupos del 15-M, sí: la multiformidad y la indefinición de grandes masas de gente produce también monstruos, o simple papanatismo). Sumen también a esto que el augur económico más granado del mundo, Paul Krugman, afirma que España puede estar en una situación de corralito (hace años que Krugman aplica tal posibilidad a España) ¿Cuál es el resultado? La  aceleración en la fuga de capitales de nuestro país: salen muchos más dólares y euros que entran desde hace más de un año. Muchísimo más. Como si la botella de oxígeno se vaciara y el paciente no tuviera con qué rellenarla. Asfixia.

Algunos datos (vean las tablas abajo, para corroborar). La inversión financiera neta en España tocó techo en 2006. Desde entonces ha caído estrepitosamente, hasta ser negativa (o sea, se invierte fuera más de lo que se invierte aquí desde afuera). Más palmario aún: el BCE sigue la pista de los flujos de capitales de la eurozona, y la fuga legal de capitales en España es la que más crece de la Unión Europea, desbancando a Italia, que tiene el mayor volumen de fuga (en Grecia y Portugal quedaba ya poco por fugar en el último año). Aunque los datos de la tabla finalizan en febrero de 2012, es de temer con fundamento que la cosa no ha hecho sino empeorar en marzo y abril. ¿Adónde ha ido ese dinero? Lo diremos con un dato: en los siete últimos meses de 2012, la liquidez de los bancos alemanes y holandeses ha crecido en casi 400.000 millones de euros: poco cabe explicar. Para parar la sangría de la fuga de capitales, el corralito (o sea: no dejar que la gente disponga libremente de sus depósitos bancarios) es una salida desesperada. Para aquellos que buscan soluciones ya y se las exigen a políticos y economistas: buenas, buenas, no hay ninguna. De ellas hablaremos en la próxima entrada.

BCE

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Más allá hay monstruos

Tacho Rufino | 14 de mayo de 2012 a las 12:20

LA llamada clase política es uno de los grupos sociales que más desprestigio sufre en las épocas de degradación económica. La perversión que supone que la política sea una forma de vida para muchos, y la confusión de su naturaleza de servicio público por la de autoservicio (“la política está aquí para que yo y los míos trabajemos y ejerzamos poder”) es un vicio que se genera y se ignora en las fases rutilantes del ciclo económico, pero que resulta escandaloso cuando mucha gente sufre y carece de expectativas de futuro. Históricamente, las grandes crisis económicas devienen en radicalidad y enfermedades sociales como la xenofobia.

Lo habrán visto en la televisión. Una de las escenas más terribles de la semana, y probablemente de los últimos años por su significado, llegaba de Grecia. Un gorila con la cabeza rapada, de esos con pinta de no haber recibido suficiente cariño en su casa ni en su barrio ni en el colegio, conmina a los periodistas a que se levanten cuando entra en la rueda de prensa su jefe: “¡De pie, de pie! ¡Mostrad respeto al líder!”, les grita con ademanes agresivos. Con su apellido con resonancias de genocida balcánico y su aspecto de loquito comilón, Mikos Mijaloliakos, el jefe, irrumpe ante los periodistas… que, lamentablemente, se ponen en pie sin excepción. Antes, había levantado su brazo a la manera nazi por las calles, con cara de querer dar susto, llamando “escoria” a los extranjeros. Un friki de manual, si no fuera porque su partido, Amanecer Dorado, es la tercera fuerza política más votada en Grecia, con veintiún diputados.

Una versión más suave del populismo puede emerger en España de la mano del hartazgo, del miedo y del descrédito de la clase política hasta ahora tradicional. El empresario es una alternativa a la que la opinión pública se agarra cuando descuenta y odia a sus representantes políticos. Una persona que da empleo, se dedica a ganar dinero para su empresa y va a lo que va con un mensaje simple y llano, aparentemente ajeno a la ideología. Sucedió en Italia y dio paso a la emergencia de un chorizo como Berlusconi, que descubrió que la mejor manera de diluir sus delitos era gobernar, aforarse y hacer leyes a la medida de sus intereses personales y empresariales. La fiscalía de Milán, la prensa que no era de Silvio y, finalmente, la UE liquidaron al fenómeno Berlusconi. Nosotros tuvimos un alter ego del italiano, otro hortera parapetado en la política y el fútbol. Jesús Gil fue masivamente votado por marbellíes, y fue finalmente fagocitado -con buen criterio- por el Gobierno y la Justicia cuando quiso reproducir su modelo por la Costa del Sol, Ceuta y Melilla. Ni tecnócratas, ni empresarios, ni mucho menos criminales sin careta: necesitamos buenos políticos para la política. Como mínimo, honrados. Más allá hay monstruos (leyenda que insertaban en los mapas algunos cartógrafos cuando desconocían lo que había más allá).

Unos bancos ya de ayer

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2012 a las 20:28

UNA biblia económica moderna diría: “En el principio fue la banca, y en el principio del final, también va a ser la banca”. Del final de una crisis demasiado larga, a la vuelta de cuya última curva –probablemente ésta, la de la reinvención del sistema financiero– veremos si nuestro destino es la depresión crónica o la lenta recuperación. No sólo la banca, pero sí la banca, está en el origen del desastre. Los tipos de interés casi gratuitos y hasta negativos en términos reales dieron paso a una expansión del crédito, del doméstico y del que nos daban fuera para ser prestado dentro. Una expansión inaudita y a la postre fatal: si no ganamos con el precio (el interés), ganaremos con la cantidad (con la concesión de créditos a mansalva), y mientras vamos cumpliendo los planes de negocio de la sucursal. España ha sido el arquetipo de este tipo crecimiento -más bien patológico gigantismo- inflado con el crédito, y de la vinculación de éste a la creencia popular Made in Spain de que el ladrilllo es una buena inversión sin excepción. Boom. Catacrac. De repente, buena parte de los créditos concedidos, sobre todo hipotecarios, se convirtieron el tumores patrimoniales, y la cifra de los activos de los bancos, en entelequias. El resto, ya lo saben. Como hemos dicho aquí en otras ocasiones, la crisis se llama paro, y sus círculos viciosos: consumo, inversión y recaudación fiscal menguantes, más dudosa sostenibilidad de las cuentas públicas. En el camino entre el principio y el final del túnel, nuestras carteras han volado. España ha sido asediada por los inversores empanicados, y por la Unión Europea también, ya más por lo fino, como disimulando. A España no la conoce ni su madre. Y a la vuelta de dos días, a sus bancos, tampoco. Resulta irónico que un liberal de pura cepa como De Guindos vaya a obrar –tras negarlo, como viene siendo costumbre– el apuntalamiento de una banca contaminada y de excesivo tamaño para el nivel de actividad económica, y a convertir el sector en un oligopolio con participación pública. El liberalismo financiero, es lo que tiene: dos caras. Déjame libre como el viento, pero sálvame cuando el viento me arrastre, porque me llevo por delante a todo lo que se menea: accionistas, depositantes, prestamistas, incluido el Estado. Roubini, el gran agorero, dijo el miércoles que el verdadero rescate de España vendrá con la reestructuración bancaria. El jueves, el Gobierno encasqueta de facto la nacionalización de Bankia al resto de bancos, al exigirles decenas de miles de millones extra en forma de provisiones y aportaciones al Fondo de Garantía de Depósitos, lo cual puede dar al traste con los resultados de muchas entidades. Toma reforma. Aquí, en Andalucía, las cajas están dispersas o asumidas por bancos, como Banca Cívica, que ha sido integrada por Caixabank en su seno, una buena noticia siempre que el comprador valore la gran capacidad instalada y la vinculación de la entidad originaria a la región y a su obra social. El proyecto de banco andaluz formado por excajas fusionadas forma parte del bolerístico “lo que pudo haber sido y no fue”. No lo fue, sobre todo, por terquedades presidenciales y por numantinas defensas del cargo vitalicio e hiperremunerado, bordeando la propia Ley de Cajas al renovar el cargo más allá del máximo establecido con una oportuna fusioncilla, por no hablar de la crucifixión a los curas cordobeses en la mesa de negociación. Hitos históricos sin remedio.

Acabemos esta pieza con dos ironías que uno encuentra en la red tras la nacionalización de Bankia. Una: “Bankia, ¿por qué pides sólo 10.000 millones? Pide 14.000 y ya lo amueblas”. La otra, de un empresario que se dedica a arrastrarse por las sucursales para salvar varias decenas de puestos de trabajo: “Me imagino que a los consejeros y a la totalidad de directivos de Bankia, y de quien venga detrás, les pedirán avales personales y que pongan todo su patrimonio como garantía para obtener los préstamos que está previsto concedérseles, ¿no?”. No son préstamos, ok, sino préstamos –que no se cobrarán ya– convertidos en acciones, pero viene a ser igual.

‘Sayonara’, Rato

Tacho Rufino | 8 de mayo de 2012 a las 16:06

Para mí, el personaje de Rato –a la persona Rodrigo Rato no tengo el gusto de concocerla—es uno de los ejemplos de las asunciones gratuitas que solemos hacer sobre personas o situaciones: “Es un tío muy preparado”; “Viene calentito por familia, así que no está en política para trincar”; “Tiene carisma, sería el candidato idóneo del PP”. En este blog y en otros artículos, he sucumbido al embrujo –relativo embrujo, ok— de la figura del dimisionado presidente de Bankia (ver las entradas: Estopa inclemente a Rato, el desertor; Otra cuerda más para Rato), un banco fulgurante y excesivo en riesgo inmobiliario y operaciones politiconas. El trasunto financiero de la capital del reino, que ha sufrido una metamorfosis desde su condición de caja de ahorros y monte de piedad que es todo un símbolo del proceso de degradación oligopolística de nuestro sistema financiero. Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid, Cajamadrid, Bankia y, ahora, ¿de vuelta al Estado tras el desembolso del FROB mediante la fórmula de bonos contingentes convertibles, qué más da? ¿A la cartera corporativa del BBVA, la catalan Caixabank o el Santander? ¿A un banco chino? ¿A caer por el empinado, rocoso y largo barranco sin más? Tradicionalmente, hasta su letal sofisticación, la entidad ha sido una caja al servicio de la política municipal y autonómica de Madrid, que como todos sabemos es mucho más que municipal y autonómica. Los motivos de su dimisión los conocen ustedes: Bankia está en trance de ser intervenida, el Estado ha decidido salvar a la entidad enchufándole 10.000 millones (para los cazadores de demagogias: la misma cantidad que de golpe y viernazo Rajoy decidió recortar en Educación y Sanidad). Como no está bonito que esto se produzca bajo la presidencia en el banco de un exministro, militante del partido, colocado por Aznar en el FMI (del que dio una espantá que ni Curro Romero), y por fin ascendido rutilantemente a la cúspide de Cajamadrid, donde ganaba tres o cuatro veces más que en Washington en el Fondo, Rato ha sido despedido con su discurso de dimisión y todo. La excusa para no dejar caer al banco es clara: los bancos tienen activos (créditos que conceden, por decirlo en corto, muchos de ellos de dudoso cobro) y pasivos (depósitos que la gente y las organizaciones prestan al banco, también dicho en corto). Si fuera tan fácil devolver a la gente lo que es suyo, si tuviera el dinero de verdad, el banco lo haría; perdonaría los créditos a los hipotecados (puede usted carcajearse, pero nunca se haga ilusiones como ésa: es un sueño islandés) y las empresas, y cerraría el kiosko. Los damnificados serían los accionistas y, por supuesto, los miles de empleados que tiene la entidad, hasta 12.000. Pero eso no va a ser así, porque el dinero no está donde tiene que estar (la banca está obligada a tener un encaje, un pequeño porcentaje de los depósitos en caja), y el Fondo de Garantía de Depósitos –al escribir esto dudo de su capacidad y hasta de su vigencia, pero no se puede estar en todo— no va a desangrarse por un banco que muy bien pudiera no ser el último en ser salvado con fondos públicos… que los hay, y si no se pintan, ¿ven?. Demasiado grande para caer, demasiado mal gestionado para cumplir su función.

Veinticinco horas con Mario

Tacho Rufino | 8 de mayo de 2012 a las 11:58

(Publicado en Joly el sábado 5/5/2012)

 

TIENE un aire a Peter Sellers, pero su nariz aguileña canta su etnia italiana judía, y queda descartado que sea un patoso capaz de dinamitar un guateque como Sellers haciendo el indio –en todos los sentidos– en aquella memorable película. Lo suyo no es dinamitar, o al menos no directamente. Como su propio apellido indica, Mario es un dragón, un dragón tecnócrata y con buen aliento; aunque potencialmente letal, él es fino y cortesano, sin duda demasiado listo como para defraudar a Alemania. Mario Draghi tiene un cargo esencial en el grupo de poder que lleva a España como meretriz por rastrojo. El Banco Central Europeo que dirige es pieza clave del trío que pone los deberes, amenaza o da palmaditas en la espalda a la política de hechos consumados y reformas cada viernes que practica nuestro Gobierno. La forzada extracción de conejos de la chistera -es decir, sin un plan ni programa conocido, e incluso en contra de lo prometido- se impuso a España desde el exterior desde que Angela Merkel, con Nicolas Sarkozy de palmero, llamó a consultas a Zapatero en mayo de 2010. De vuelta a casa –ya sin cuchara, honra ni futuro– el anterior presidente redujo y congeló los salarios de los funcionarios, congeló también las pensiones y eliminó el cheque-bebé, entre otras medidas de una austeridad que ha señoreado como único principio político. Una dinámica insostenible que, eureka, ya se ve como algo que, sin un Plan Marshall redivivo que lo acompañe, nos llevaba a todos al hoyo. Y a España la primera (o la cuarta, según se mire).

Esta semana, Draghi ha estado aquí, presidiendo un consejo de gobierno del Banco Central Europeo en Barcelona. También en España esta semana, el ministro económico alemán, Wolfgang Schaüble, ha estado muy cariñoso y ha bendecido las “valientes” e “impresionantes” andanadas de medidas de Rajoy, las vírgenes que ofrecemos en sacrificio a un Minotauro permanentemente insatisfecho. Aunque en realidad son cuatro sus miembros, la triada funciona grosso modo así: Alemania urge a reducir el gasto público porque su pánico histórico al déficit y a la inflación no le deja pensar más que lineal y monocordemente; el FMI urgiendo también a lo mismo, aunque el Fondo es cada vez menos obcecado, y pronuncia ya sin miedo la palabra crecimiento como necesidad tan grande como la de la austeridad; la tercera pata son los opacos inversores globales, que no por invisibles dejan de ser los más coherentes -y letales- del lobby político-financiero que tiene a España cogida por el arco. Son los que castigan o premian. El BCE es el recurso final para evitar estar absolutamente en manos de los inversores –llamados mercados. El BCE, con Draghi de manijero, es la válvula de escape a las presiones recurrentes sobre nuestra deuda. Pero Draghi nos alivia sólo intermitentemente; ahora sí, ahora no. El BCE, dice solemne cuando conviene, no se dedica a salvar a nadie de las garras de nadie. No vaya a ser que nos relajemos y dejemos de ofrecerle vírgenes al Minotauro en su laberinto. Una conjura tácita en parte, un castigo merecido en parte.

Suponemos que Draghi irá a cenar con frecuencia con su hijo Giaccomo a Londres, donde júnior es máximo ejecutivo de tipos de interés en Morgan Stanley (yo no digo nada). Esta noche de jueves, sin embargo, cena con Manriano Rajoy, alargando una horita las 24 que Draghi ha pasado entre nosotros. Antes, con su ex compañero de Goldman Sachs De Guindos, habrá recordado los tiempos en que enseñaron al Gobierno griego a hacer contabilidad creativa pública. Draghi es un símbolo de los tiempos: un técnico con gran capacidad metamórfica, un ejecutivo multipurpose. ¡Cuidado, Mariano, tú habla poco! ¡En gallego, Mariano!

(Me entero en este momento de que el consejero de Economía andaluz, Recio, ha tuiteado el discurso programático de Griñán a Krugman y a Hollande. Qué contraproducente oportunidad. “Tú eres de los nuestros, Paul, de siempre, y tú más, François!”. No hay manera. Qué nos gusta una pandilla y su rival.)

Los viernes, reforma

Tacho Rufino | 2 de mayo de 2012 a las 16:48

Nota. En realidad, esta entrada se publicó como artículo en El Poliedro, sección Economía Joly, hace dos sábados. Sigue vigente, creo. Se tituló entonces “Esta política de hechos consumados”, pero después de que el presidente haya advertido que “todos los viernes, reforma, y el que viene también”, sin desvelar plan ni estrategia alguna, todo por sorpresa, he decidido que, a pesar de que “amacord” me llama demagogo, viene al caso.
El poliedro

Esta política de hechos consumados

El copago y el aumento de las tasas universitarias son las últimas entregas del repentino proceder del Gobierno

TRAS una visita al diccionario de la Real Academia Española, cabe concluir que el Gobierno de Rajoy es diligente. Se define la diligencia como “prontitud, agilidad, prisa”. En algunos casos, ya demasiados en poco tiempo de mandato, cabe más aplicarle la acepción “prisa” que la de “prontitud”, como sucede con los bocados a la sanidad y la educación que esta semana han tenido lugar. Porque en los Presupuestos presentados el 3 de abril no estaban previstos ni el copago sanitario ni el aumento de las tasas universitarias, por ejemplo; y no digamos en las declaraciones oficiales, tanto en las consabidas pólvoras del rey -sin segundas…- electorales como en las declaraciones ya desde Moncloa y sus ministerios. El Gobierno reacciona de manera errática y desconcertada ante las exigencias y las bofetadas de los inversores y el continuo lavado de manos de nuestros socios comunitarios. O sea, que la diligencia de Rajoy es impostada, o como mínimo precipitada y a instancia de parte. Pero la emergencia no justifica cualquier forma de proceder. De hecho, el efecto de los recortes imprevistos -justificados como torniquete para la sangría de la prima de riesgo- no han servido prácticamente de nada de momento. Todavía menos de recibo sería que, con la excusa de los misiles tierra-tierra que impactan en nuestra liquidez y nuestra solvencia como Estado, el Gobierno aprovechara la tesitura para hacer aquello en lo que cree -hablamos de ideología y de concepción de lo público-, pero sin haberlo confesado previamente. Y digo confesado porque parece que actuara sibilinamente, como diciendo: “Esta es la nuestra. Vamos a lo que vamos, que los astros se nos alinean y no nos veremos en otra”. (Sibilino: “Misterioso, oscuro con apariencia de importante”.)Si se le atribuía al último Zapatero la dudosa cualidad de hacer justo lo contrario de lo que acababa de asegurar que nunca haría, el presidente Rajoy está haciendo bueno y hasta coherente a su predecesor en el cargo. Subida de impuestos y copago son ejemplos, pero hay otros, paridos en entregas extraordinarias casi semanalmente. Esto, además de ser preocupante en cuanto a nuestra imagen exterior -”diga usted lo que quiera, y haga lo que yo quiero”- es dañino para la credibilidad que debe tener el Ejecutivo entre los ciudadanos a los que gobierna. Cualquier padre o madre responsable sabe que lo que no funciona de ninguna manera es la contradicción: entre tus palabras y tus obras, entre tus compromisos y tus comportamientos. Ya no hay lugar para echar la culpa -toda la culpa- a quienes te dejaron la herencia de la gestión pública (por cierto, otra de las promesas electorales: “Nunca me quejaré de la herencia socialista”). El Partido Popular asumió un país que se endeudó familiar y empresarialmente sin verdadera necesidad durante más de una década y hasta las cejas; un país poliédrico y descoordinado, con una creciente deriva deficitaria pública que alimenta la deuda estatal y autonómica, más unas desatadas destrucción de empleo y caída de la recaudación fiscal. Pero tal panorama, todo menos bonito, no justifica hacer de la improvisación y la falta de previsión en tocar -adelgazar- asuntos básicos una forma de hacer política. La política de hechos consumados: “Esto es lo que hay: se me olvidó avisártelo”. Vale para la guerra, supongo, pero no puede valer como norma de acción en política económica (la única política hoy día, lamentablemente). Uno puede estar de acuerdo o no con la forma de atacar la crisis crónica -una expresión nueva generada por contradicción, un oxímoron que se llama-, pero el deterioro de la imagen de la clase política entre los ciudadanos atemorizados y frustrados es uno de los fantasmas más peligrosos para la democracia. No se puede driblar a los periodistas pretendiendo ser invisible sin serlo -demasiado gallego-, ni tomar medidas-bomba de un día para otro. Eso siempre pasa factura, y no sólo a quienes gobiernan.

Los comentarios.

Adiós a la China barata

Tacho Rufino | 30 de abril de 2012 a las 14:34

La abuela de un amigo, tras un viaje a Jerusalén con un grupo de creyentes metiditos en edad, respondía a quienes le preguntaban por la experiencia con la misma frase: “Tierra Santa hay que ir a verla con los ojos de la fe”, lo que podría interpretarse como que se había dado un cansino atracón de pedregales y otros lugares repletos de simbolismo, pero también exigentes de imaginación, predisposición y sugestión.

Por eso, a quienes -maliciosos- te echan en cara que opines de países que no has visitado, cabe replicarles que, habiendo internet, e incluso antes de haberla, viajar a los sitios por un tiempo limitado y con un paquete turístico más bien confunde que ilustra. No digamos si el destino es un país de millones de habitantes distribuidos de forma muy poco uniforme en miles y miles de kilómetros cuadrados.

Con otros ojos de otra fe -la de las buenas publicaciones-, cabe decir que a China la conoceréis por sus obras. Es osado hablar de “los chinos” como paradigma de nada, por mucho que quien lo haga sea el exitoso presidente de Mercadona: los chinos son también cada uno de su padre y de su madre, y ni siquiera el tópico del hacendoso incansable será de recibo a medio plazo. Un servidor no planea visitar China en lo que le reste de vida, pero es pretencioso negar la existencia y la influencia de lo que más existe e influye en la Tierra. Un planeta cada vez más chino.

Esta semana, la revista The Economist -a la que tanta fe tenemos por sus obras- nos informa de que la China barata puede ser cosa del pasado casi a la voz de ya. La vertiginosa aceleración del ciclo chino hacia el primer puesto de la economía mundial y el comienzo de su declive es, en realidad, una sesuda y documentada propuesta de Shaun Rein (The End of Cheap China: Economic and Cultural Trends that will Disrupt the World).

Como esta sección da para una pincelada [este artículo fue publicado el domingo en la columna 'El periscopio' de los diarios Joly], démosla. La tesis del ensayo es que China no va a vender barato mucho más tiempo. Las razones hay que encontrarlas en que allí empiezan a notarse síntomas de sana decadencia: impuestos, costes crecientes por regulación medioambiental y laboral, burbujas inmobiliarias que encarecen el suelo… y crecientes salarios.

Ah, amigo: el comucapitalismo nos ha pillado con el carrito del helado. Millones, miles de millones de chinos occidentalizados tras hacer valer la productividad implacablemente dirigida y la ley de sus grandes números. El planeta peta. Quizá la locura ésa del turismo espacial sea la antesala de irse a vivir a Marte o a sitios peores de la galaxia, como en aquella película de Schwarzenegger, Desafío Total. ¿Cuestión de fe? Puede. Pero eso, Dios mediante, yo me lo voy a perder.

Los nuevos periféricos

Tacho Rufino | 29 de abril de 2012 a las 20:41

Publicado en los periódicos Joly el 27.04.2012

LA alegría, como la pena, va por barrios. A todo cerdo le llega su San Martín. Las dentelladas de la realidad no dejan a nadie a salvo: ni al empleado de a pie, ni al de altos vuelos, ni al empleado público, ni al funcionario, ni al empresario de relumbrón, ni al autónomo de furgoneta y dos móviles, ni al inversor de sus ahorros. Ayer un ajuste laboral, hoy un real decreto, mañana un impago a favor o en contra, hoy una debacle en bolsa. Hay barrios de parroquia y taberna, y también hay barrios más globales, donde las relaciones de interdependencia son puramente comerciales y económicas. En el barrio comunitario, las penas llegan antes o después a todos. Y llegarán a Alemania. Ya han llegado a Holanda. Las banderitas de terreno conquistado -o a punto de- se plantan por todo el mapa: no se van a quedar en la periferia de toda la vida. La política de consumo del propio músculo que campa como condición sine qua non para la existencia de la Unión Europea -o sea, la política del dogma de la eliminación del déficit fiscal ahora y totalmente- comienza a hacer daño a los primeros de la clase: no sólo es un principio cero que contiene una perversión en sí mismo porque hace a las economías un daño de mayor magnitud que la seguridad que consiguen, sino que es vírico y pandémico. Si España es intervenida (o sea, privada de su soberanía en política económica), Francia caerá poco tiempo después, entre otras cosas porque España tiene numerosos créditos otorgados en Francia; por el Estado y los bancos fracneses, y los inversores que compran deuda española. Holanda, una Alemania en pequeñito, sufre los primeros síntomas de la gripe del cerdo, el pig. (“¿Qué es periferia, dices mientras clavas tu garra de águila en mi gasto público?” “Periferia eres tú”. Bécquer, allí donde esté, no puede ofenderse por el prosaico uso de sus versos: uno ha tenido que sufrirlos toda la vida y eso da cierto derecho.)

Hasta hace poco, el premio Nobel Paul Krugman era denostado por muchos que ahora reclaman atención al crecimiento y al empleo como vendeburras oportunista , como mercader de crecepelos para gente de izquierda con estudios, como un García Márquez del pensamiento mágico en Economía. Sin embargo, el hombre tiene más razón que Galileo: Eppur si muove, o mejor dicho, o esto se mueve, o cuando te quieras dar cuenta no estarás en buena forma (presupuestaria) y delgadito, sino consumido por falta de consumo e inversión. Muerto en vida, suicidado. Alemania -obviemos aquí la enésima alabanza a su economía- está rentabilizando enormemente su dogma: se financia a coste cero, mientras los periféricos de rancio abolengo nos financiamos hasta seis puntos más caro: abre brecha entre su industriosidad y sus mercados y deudores, un grave peligro para la propia Alemania, cegada de soberbia y razón. Ahora, de pronto, todo el mundo, hasta el derrotado Sarkozy, habla de que hay que pensar más en el crecimiento, en los estímulos y facilidades públicos (que suelen crear déficit, en efecto) y en debilitar la dictadura del déficit cero como único leit motiv en política fiscal. En el camino, hay cadáveres.

Paralelo al tardío cambio de opinión de mucha gente con respecto al déficit discurre el populismo, de forma inquietante y creciente. El Gobierno holandés ha caído por una extrema derecha repleta de gente empobrecida y/o encabronada. En España, la extrema derecha xenófoba y anticomunitaria todavía no se ha desgajado del voto imperante, que no es (sólo) el votante más radical del Partido Popular. Ha sido la extrema derecha holandesa, integrante del Gobierno de coalición, la que se ha negado a aceptar las exigencias de déficit público para el próximo año. Sus motivos son sin duda distintos de los que reclaman lo mismo en la otra Europa. Pero el vigente juego alemán de ganar en todo -no siempre ha sido así: hubo un tiempo de “cambio fondos por territorios comerciales”- no se sostiene. Alemania también es periférica como su periferia holandesa, y quizá tenga que ser rescatada de su propia terquedad.

Una Europa para pocos europeos

Tacho Rufino | 23 de abril de 2012 a las 15:33

La palabra suicidio está presente en los comentarios económicos de una manera creciente e inquietante. Un suicidio económico es lo que Europa se está propiciando a sí misma. El paradigma de política económica imperante desde hace varios años en la Unión Europea consiste en algo sencillo de entender: los países deben primero reducir su deuda pública y privada, que se considera excesiva. Paralelamente, deben meter en cintura a su déficit público, con el objetivo más o menos inmediato de eliminar completamente la diferencia entre los gastos y los ingresos públicos. Este rigor presupuestario está ya provocando oleadas de despidos en el sector público. Decenas de miles de personas al paro, para aliviar la carga salarial pública, el famoso “Capítulo I”. Decenas de miles de particulares y familias que se ven abocadas a la austeridad. Mejor dicho, a la degradación del consumo, un consumo que alimenta a la postre a la actividad empresarial y al nivel de empleo.

Lo mismo cabe decir en el mundo e las empresas. Sin crédito ni expectativas, y con un Estado compelido a no gastar (el gasto público es uno de los ingredientes del crecimiento; miren a su alrededor y vean si no cuántas empresas privadas trabajan –o trabajaban– con el sector público). Tomando prestados los ejemplos del artículo de Carlos Gorostiza convertido en trending topic, titulado ¡Yo aviso!, la austeridad inducida desde lo público a los individuos e individuas de a pie puede resumirse así: no cambiaremos de coche y ni de lejos pensamos en uno nuevo; veranearemos menos y dejaremos de alquilar apartamentos ni habitaciones de hotel; marca blanca como norma (el comunismo consumista, podríamos llamar a esta irrefrenable tendencia, también inducida por la canina y el miedo); nada de ropa de marca si no es de outlet o segunda mano; reducción drástica del gasto en gasolina (no pisarle, disfrutar de la conducción lenta; bici, metro o autobús); baja de la tele de pago y “consolidación” –o sea, recortazo—del gasto en móvil familiar; reingeniería de los seguros familiares; tirar para adelante con las mismas gafas dos años más; dejar de comprar libros y prensa; no comer nada fuera de casa, etcétera. Hagan cálculos grosso modo: ¿cuántos puestos de trabajo van a quedar vivos en este país? ¿Quién va a crear otros?

Krugman dice que los políticos gobernantes en Europa están decididos a tirar a su continente por un precipicio, a suicidarlo. La política de austeridad por encima de cualquier otra consideración y como arma exclusiva de política económica sólo interesa a Alemania, que es de donde proviene este dogma. ¿A quién conviene tal política de austeridad, tenida como única arma? A Alemania, que se financia a coste cero… de momento. Porque la oleada destructiva –autodestructiva— de la Unión Europea acabará afectando a los países que parecen más a resguardo de ataques financieros exteriores y parálisis auotinfligidas. Es cuestión de tiempo. La austeridad hunde a las economías deprimidas –como la española—en una depresión más profunda. Los problemas fiscales o presupuestarios españoles, que hace apenas cuatro años no eran graves en comparación con el resto de países miembros, son en buena medida consecuencia de la depresión, no su causa. La austeridad pura y dura, los sacrificios que mandan a la calle a hornadas insostenibles de nuevos parados, las empresas privadas anoréxicas o condenadas a cerrar: un panorama en buena parte provocado por el ciclo, las burbujas especulativas, la falta de competitividad (de todo un continente tarde o temprano, no sólo de España, Grecia, Italia o Francia) no se solucionan matando a la economía. Alguien tendrá que forzar a Alemania a no aprovechar una tesitura ruinosa de sus socios, a los que se castiga como a niños malos. La Unión Europea fundamentada en el euro, actualmente, no ofrece futuro. A España, desde luego que no. Mientras, los que no creen en lo público (o sólo creen en lo privado) aprovechan la tesitura para desmontar lo que, lamentablemente, será difícil de recuperar. Apuesten por una creciente demanda de salida del euro por parte de gente desesperanzada. SI profundizamos con la fe del neoconverso en la línea actual. Apuesten por el populismo creciente y por la inseguridad de quienes más tienen. Porque quienes ya no tienen empleo ni perspectivas saben lo que es la inseguridad perfectamente.

Y otra apuesta segura: las exigencias desde el exterior de no seguir hundiendo a Europa en un pozo del que será difícil salir. Al mundo no le interesa una Europa que sólo interesa –y a corto plazo—a la todavía poderosa Alemania. Vean este artículo del Washington Post de hoy: El dolor español puede hacer mucho daño a la economía mundial (The pain in Spain could hit the worldwide economy), de Robert J. Samuelson.