Casta

Tacho Rufino | 16 de diciembre de 2014 a las 9:20

MARQUÉS del Mérito es una prestigiosa bodega jerezana, y también un título nobiliario que contiene una contradicción en su denominación. Admitamos que el primer marqués -cualquier primer marqués, conde o duque- tuvo algún “mérito” importante, y por eso accedió a un rango social señorial. A partir de ahí, el mérito no tuvo nada que ver para mantener el linajudo nombre. La mencionada dignidad se convirtió en un oxímoron, una expresión compuesta por dos términos contrapuestos: ser aristócrata nada tiene que ver con el mérito, sino con la herencia recibida de un antepasado que quizá sí lo tuvo. En el mundo plebeyo contemporáneo, el país del mérito ha sido tradicionalmente Estados Unidos, “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”, como dice el final de su bello himno. La patria de aluvión, el sitio adonde cualquiera puede labrarse un futuro próspero si se empeña. Lamentablemente, Estados Unidos no es lo que era, y las altas cúpulas del poder y del estatus son cada vez más impermeables: se han aristocratizado. La meritocracia va dando paso a las redes de contacto y al nepotismo. Lo que ellos llaman lucky sperm (esperma afortunado) se impone como mecanismo de asignación de roles sociales y de riqueza. Lo cual produce patologías comparables a la hemofilia u otras taras físicas y psíquicas que, entre muchos otros, hipnotizaron a nuestro último Austria, Carlos II. Para llegar a producir esas taras sólo hace falta mezclarse con primos una y otra vez; para reproducir las taras sociales del exceso de la desigualdad sólo hace falta tiempo: decadencia. Es improbable que un hijo de un gran creador esté a la altura de su padre. Con excepciones, también es improbable es que un hijo del propio júnior esté a la altura. Si bien con poco peso, la gran mayoría de las empresas españolas son familiares y, por tanto, reproducen las patologías del esperma afortunado. Como suele constatarse en los foros de Empresa Familiar, la presión demográfica -mucho heredero para poca herencia- provoca que en pocas generaciones el dilema de la empresa sea “crecer o morir”, o, si preferimos, “crecer o vender”. El talento se hereda mucho menos que el reflujo gástrico o la miopía. Un adagio más de andar por casa da en el clavo: “Abuelo rico, padre millonario, nieto miserable”. En la política pasa tres cuartos de los mismo. Por eso, la incipiente nomenklatura de Podemos atinó con lo de “la casta”. Señores de la casta: o se renuevan, o los renovamos, que aquí se vota. Y consideren otras formas de autorrenovación que el recurso a los tribunales vía fraternal delación. Descástense.

Google News: la ‘Batalla de España’

Tacho Rufino | 16 de diciembre de 2014 a las 9:19

GOOGLE es una maravilla: es el mundo en tus manos. Confiéselo, usted está enganchado a Google; yo lo estoy sin duda, lo utilizo a diario un buen número de veces, casi no sabría qué hacer sin él. Su condición de “primer entrante” en un sector en brutal expansión y su eficacia técnica lo hacen el dueño. Nadie le hace sombra, lo cual es tan bueno para la propia compañía -que se ha ganado con brillantez su monopolio de facto- como potencialmente intrusivo para los usuarios, que nos dejamos la privacidad a tiras en la red con la inestimable colaboración de Google: asumamos nuestra dependencia y no la proyectemos en el traficante. Que cada uno decida opinar si este poder es el sino de los tiempos, si esto es una mejora democrática planetaria de primer orden, o si prefiere opinar que la ciencia ficción -simbolizada hoy en la expresión “El Gran Hermano”- dio en el clavo, y somos no ya hormiguitas dentro del Universo, sino que también los somos en la Tierra. El buscador global de referencia y líder indiscutible de su sector en España y en todo el resto de Europa -la competencia desarrollada en esta parte del mundo es testimonial y peor- es, para colmo, la empresa más deseada por los empleados del mundo (según Glassdoor, una web de referencia en la evaluación anónima de los empleados acerca de sus propias compañías). Si permiten la anécdota, el inefable Berlusconi hace unos años ya preveía la centralidad del buscador de internet en nuestras vidas, pronunciando su nombre de forma hilarante: “Gógol”, con fuerte acento “americano” (es un decir. Véanlo en Youtube, otro coloso de nuestra era).

Google es por tanto una empresa con un poder de negociación descomunal ante sus clientes y sus proveedores, y también, como hemos dicho, sobre sus millones de usuarios. Y se puede permitir no pagar por su materia prima… “y si me pisas el callo, te planto y punto. Y más si eres un pícnico global como España. Que tomen nota los demás: si me presionas desde tu Gobierno para que pague algo por los contenidos que distribuyo, cojo la puerta y me largo”. Es lo que ha pasado esta semana con Google News (empresa en la que no trabaja un solo periodista), el distribuidor de noticias de la casa, que cierra en España ante el anuncio del Gobierno de una ley para que pague un canon por uso de contenidos que ha producido y pagado otro. En el fondo, no es sólo esta plataforma específica la que distribuye: cualquier cosa acaba siendo distribuida por Google, incluidos los contenidos premium o de pago de los periódicos digitales. Los pequeños más o menos identificables sí son pececitos rémora alrededor del Gran Blanco de los océanos de internet, y se ríen mucho de los medios “tradicionales”, cuyo pataleo ha provocado la espantada.

A este campo no le pone puerta más que la propia Google. Es cierto que la situación de la prensa escrita es típica de un sector abocado a reinventarse. En el camino, Google es sin duda un candidato idóneo -el candidato idóneo- para dar difusión a la publicidad que los medios contienen. Todavía la publicidad en internet es mucho más barata que en papel, por lo que lograr esa escala que te puede proporcionar Google es en sí mismo un servicio valioso para los fabricantes de noticias y opinión. Es ése un argumento de peso de Google en esta guerra que será de largo recorrido y alcance internacional, cuya Batalla de España acaba de comenzar. Ya en Alemania hubo otra que acabó con la vuelta de Google News, tras entrar los medios de peso en crisis de pánico. Algo similar ha ocurrido aquí. Como siempre desde hace tres décadas, los grandes asuntos son globales, y lo de España es un mero hito: la negociación, como la de los paraísos fiscales, debe ser multinacional en este asunto. Y lo será. Quizá demasiado tarde para algunos.

Inglaterra, ‘what else?’

Tacho Rufino | 9 de diciembre de 2014 a las 9:37

LOS españoles nos resistimos a decir “Reino Unido” o “Gran Bretaña”, y decimos comúnmente “Inglaterra”, como quien conoce a su rival por su apodo o por su tercer apellido. Ése es el nombre que le damos a un antiguo -y bastante fugaz: rápidamente nos enseñó la matrícula- enemigo político y económico en una lucha por dominar buena parte del mundo que se decantó claramente favorable a los ingleses, cuya mentalidad geopolítica comercial y su condición de sede primigenia de la aparición de la industria que supera a la artesanía de la mano del capitalismo inversor y financiero eran demasiado rival para un Imperio español decadente, que vio como el tren de la prosperidad industrial pasaba por nuestro lado relegándonos a la subalterna periferia económica y a la dependencia financiera del exterior (muy interesante en este sentido la novela de Miguel Delibes El hereje; de lo que pudo haber sido y no fue: el zamarro que utilizaban los pastores y ganaderos castellanos se fabricaba en Flandes con lana de merinas castellanas; mientras que los industriales flamencos se aliaban a los banqueros judíos centroeuropeos, España quedó en un satélite proveedor de materias primas y, a la postre, mero consumidor de productos manufacturados en otros lugares más prósperos. De aquellos polvos y algunos otros, estos lodos).

Hace quizá dos décadas ya, Inglaterra fue pionera también en reducir de forma notable a los violentos oficiales de los campos de fútbol, que, eso sí, son un producto original de las Islas. Nosotros, cuando ellos ya “venían de allí”, tomamos, como buenos periféricos, sus vicios con gran fe, y generamos -como en Argentina, Grecia o Rusia- nuestros propios monstruitos de estadio y tifo. Sólo nuestros equipos globales, Madrid y Barcelona, actuaron en los mandatos de Laporta y el primer Florentino contra los violentos amparados por el fútbol profesional: ellos tenían mucho que perder; no se puede desembarcar en el siglo XXI en el aeropuerto de Múnich con una manada de peligrosos unineuronales portando símbolos nazi (con la misma pinta de arios que un bailaor de bulerías). Aquí no sólo le hemos dado en estos días cientos de minutos a descerebrados de alto peligro social en las teles privadas y, menos, en las públicas después de la muerte de un hincha de acreditado pedigrí violento, concediéndoles gratis aliento y warholianos minutos de gloria. Aquí, muchos desearíamos salir pitando cuando vemos a Lendoiro, presidente del Dépor, asistir compungido al entierro del pandillero asesinado, abrazando, paternal, a skin heads. Vomitivo.

En la forma de manejar la política tributaria, esta semana también Inglaterra nos ha servido de ejemplo, no ya a España, sino a la Europa comunitaria en general. El país comercial y capitalista por antonomasia ha dicho “basta” a una práctica común entre las multinacionales, y en concreto a Google. En Europa tenemos una moneda común, pero cada Estado fija los impuestos que estima convenientes. De forma que han surgido paraísos fiscales vestidos de limpio y de comunitario, como Irlanda, Luxemburgo u Holanda, que con bajos impuestos empresariales atraen capitales y sedes de grandes corporaciones a sus países, mientras los ingresos los genera mayormente en otros como Inglaterra. Londres ha anunciado un impuesto del 25% de los beneficios (queda precisar sobre “qué beneficio”) a estas compañías, sin esperar a que la contradictoria y pesada máquina de Bruselas acuerde algo al respecto. Sin complejos: soberanamente. Mientras, Montoro reforma el IRPF en un alarde de arte trilero: lo que te doy por aquí, te lo quito por allá, clase media. Y José Manuel Soria promueve un “impuesto sobre el sol” (así se mofan en Inglaterra de este tributo retroactivo y retrógrado sobre las renovables). Asuntos que merecen mucha otra tinta.

El boicot al cava catalán

Tacho Rufino | 9 de diciembre de 2014 a las 9:34

DURANTE años se dio por cierto en estrategia que una empresa o producto debía, alternativamente, jugar a ser “diferenciado” y caro o a ser barato y pelear a muerte en los costes: Casio frente a Rolex, calzoncillos Abanderado para el interior del soldado frente a fina lencería masculina de Dolce&Su Hermana. Quien no se definía claramente estaba “atrapado a la mitad” y era candidato a desaparecer.

En esta España tan a menudo insufrible, ha surgido una versión cainita de estar atrapado en el medio. En medio del fuego cruzado entre dos facciones consumidoras: los catalanes y el resto de España. Todos los años lo mismo, dirá usted; pero este año con ciertas dosis de innovación. Freixenet y Codorníu, dos marcas señeras de espumoso catalán de gran consumo popular -un independentista pedante le dirá que son vinos menores para españoles ignorantes-, se encuentran atrapadas entre los españoles partidarios del boicot al cava catalán y los catalanes que promueven, diputados incluidos, que si estas empresas hacen publicidad “unionista” los que les harán el boicot serán ellos. Las pobres compañías descubren el “marketing esquizofrénico”: ni contigo ni sin ti, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero. Viva España y Visca Catalunya, pero excluyentemente: de españolas y catalanas maneras. Las empresas, que están para producir y vender, tienen el corazón partido, y quizá alguna otra parte de su corporativa anatomía. Aunque corren por ahí listas de marcas y empresas “independentistas” catalanas, la verdad es que la complejidad de los intercambios es en tal grado inescrutable que este tipo de dialéctica es testimonial y bullanguera.

A las citadas marcas catalanas les toca la peor parte en esta crisis recurrente, porque nos sorprendería saber cuántas empresas que están detrás de los productos que usted escoge del lineal del súper tienen sede social o productiva en Cataluña. Si los que proponen el boicot desde esta parte de España fueran rigurosos, deberían auditar su carrito de la compra, con serios problemas para cuadrar su composición excluyendo “productos catalanes”. Hay quienes aluden a las balanzas fiscales y a la localización de la tributación del IVA, lo cual es muy técnico pero no existe una forma clara de calcular el resultado de la “cámara de compensación” comercial. Hay quienes reclaman desviar nuestros paladares y nuestros bolsillos a alternativas espumosas extremeñas o andaluzas, que aprovechan la debilidad sobrevenida de los líderes catalanes para expandirse. Uno preferiría, ya puestos, elegir un champán francés de esos con nombres alemanes. Pero de ésos podría adquirir uno o ninguno si confronto disponibilidad y gustos. La verdad, el cava no es para tanto.

Mercè o Carmen

Tacho Rufino | 3 de diciembre de 2014 a las 0:46

QUE aquí estamos en un catártico y algo frenético proceso de oreo de las sábanas nacionales es un hecho. La Justicia, aun con sus excesos y sus depuraciones maquinadas en sede política, ha emergido como tabla de salvación en el naufragio moral de un país pícaro y fragmentado. Y hete aquí que, de pronto, Mercè Pigem, vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) es descubierta metiendo en España, en compañía de su hermana, bolsas de dinero en billetes grandes y tersos recién reintegrados de un banco de Andorra, un paraíso fiscal en la otra esquina, adonde antaño iban los Alcántara de turno a comprar relojes y radiocasetes. La cantidad interceptada en la frontera, alega ella al ser dimitida por el presidente del CGPJ, no supera el límite permitido: unos diez mil euros por barbilampiña barba Pigem (¿con qué algortimo se establecerá el límite de lo que huele a dinero negro o no?): “Tú esta bolsa, Monste, y yo esta otra, que así no superamos los niveles máximos permitidos”, podemos aventurar que dispondría Mercè con su hermana. Una patadita más en la boca de nuestra credibilidad institucional. Con este paisanaje-incluidas zorras guardando el gallinero, dicho sea en pura metáfora- va a ser difícil convertirnos en una socialdemocracia escandinava, como aspira el programa de Podemos, la estrella mediática de todos los programas habidos en esta Democracia española.

Pero esta semana otra mujer de apellido catalán pero nombre español a más no poder nos ha dado completamente la de cal tras la de arena -algo cenagosa- que dio Pigem (cuyo nombre suena a Pillemos, dicho sea de paso y sin ánimo de dar ideas al marketing político). Carmen Segarra se ha revuelto tanto contra la autoridad monetaria estadonunidense para la que trabajaba en un puesto de máxima cualificación, que ha sido despedida. La FED ha puesto en la calle a los siete meses de ficharla a Segarra, especialista contratada para detectar “conflictos de intereses” de la gran banca de inversión. Su pecado, hacer bien su trabajo. Denunció claros y constantes conflictos de intereses -en corto, seamos claros: corruptela- de tótems finacieros globales como Goldman Sachs, corporación para la que Carmen había trabajado y una de esas empresas financieras potencialmente devastadoras, pero “too big to fail”, demasiado grandes para caer. Eso sí, Carmen tenía de pardilla quizá un par de grados menos que Mercè, y se tomó la taimada molestia de grabar muchas conversaciones sobre el espinoso pisotón de callo al todopoderoso Goldman Sachs, probablemente mucho más poderoso que la propia FED, que ha quedado a la altura de un sucio y arrugado billete de un dólar.

Europa, o el proceloso espacio sideral

Tacho Rufino | 3 de diciembre de 2014 a las 0:44

SE lo habrá encontrado usted escrito en la pantalla de su ordenador: “El programa económico de Podemos es irrealizable; el nuestro era realizable, pero no nos salió de las narices realizarlo”. Ambas cosas son verdad. La segunda -“… pero no lo realizamos”- es evidente. Empezando por la reducción del desempleo prometida por el Rajoy en la campaña previa a su rotundo éxito electoral. “Reduciremos el desempleo” es sólo una de las varias promesas que se desvanecieron como lágrimas en la tempestad: el desempleo parece, según se mida, que se recorta precarísimamente, pero previamente los efectos de la reforma laboral fueron devastadores sobre la tasa de actividad, con lo que el saldo es de rotundo fracaso (si no hubiera habido promesa, habría que buscar un término alternativo a fracaso). Previamente, Zapatero se encargó de tirar de la cadena tras echar por el retrete varias de sus más queridas y soñadas promesas, a veces urgido por una repentina llamada a consultas a la capital de Alemania. Podrían mencionarse unas buenas pocas promesas incumplidas por parte de los gobiernos del bipartidismo español contemporáneo en grave riesgo de periclitar. Estos fiascos son cosa cierta, y otra cosa, en este caso incierta, es que España pudiera aplicar el programa económico de Podemos sin convertirse en algo radicalmente distinto de lo que es. Yo apostaría que una España aún más convulsa y empobrecida. Razonemos con sencillez.

España es un país endeudado hasta las cejas. La deuda se mide en relación al PIB (es decir, en relación a su capacidad de generar producción, renta y riqueza). Utilizando ese indicador, España está gravemente más endeudada que sus países de referencia, o sea, aquellos cuya economía es más estable y productiva y su desempleo es tolerable, o al menos no es escandaloso, particularmente el de las llamadas “generaciones del futuro”, o sea, los jóvenes de hoy. Es cierto que Podemos promete en su borrador de programa vigente la reestructuración de la deuda, es decir, conminar a negociar a los acreedores la reducción de sus derechos de cobro, la ampliación del plazo de amortización, o ambas cosas. Eso es sensato, porque la deuda es imposible de reducir -ni de contener su aumento- con los actuales niveles de crecimiento económico. Lo que es insensato es pensar que los acreedores lesionados van a dejarte hacer en tu país al antojo de tu programa electoral: estarás parcialmente intervenido. O más que parcialmente. Hay que tener en cuenta, además, que el principal acreedor es la propia Unión Europea, o sea, que el rescate total estaría servido… si no el adiós al euro en caso de soberana rebeldía del hipotético Gobierno podemista español. Y con ello, la condena a vagar en no se sabe qué nueva órbita política y económica. Por no hablar de la prima de riesgo, de la que todos tenemos un máster bien caro. Del dicho al hecho va un largo y tortuoso trecho.

El recurso a una política fiscal expansiva -en corto: invertir en infraestructuras dinero creado con déficit público, estimulando así la economía y el empleo- es otro compromiso declarativo de Podemos. Keynes. ¿Quién financiaría la deuda para ese mayor déficit? No se me ocurren muchas instancias inversoras interesadas, ni siquiera la pragmática Ana Patricia Botín, que ha hecho algún guiño amistoso a Podemos. O sea, que de nuevo el dilema es “Europa o el proceloso espacio sideral”. La Europa del keynesianismo low cost, la de un Juncker que tiene un plan para movilizar al dinero privado en un plan de inversión pública formidable en la UE. Queda confiar en las palabras de un nuevo presidente de la Comisión que dice que “atrás queda la Europa del recorte y la reforma; llega la Europa de la inversión [o sea, del gasto]”.

Panceta ‘light’ y keynesianismo de bajo coste

Tacho Rufino | 24 de noviembre de 2014 a las 17:58

POR mucho que la escala o el tamaño en economía otorguen teóricos ahorros de coste, en muchos aspectos de la vida real lo muy grande suele ser contrario de lo mejor, e incluso de lo bueno. Los grandes grupos de personas tienen no pocas veces más defectos que virtudes: tienden al compromiso y a la media, y normalmente a la mediocridad. Un economista diría que su desempeño suele ser menos que óptimo, por las rigideces propias de las cosas grandes: se inhibe el pensamiento de muchos, surgen liderazgos indeseables, se imponen normas como antídoto de la sorpresa. El consenso puede ser necesario, pero suele ser vulgar en sus consecuencias, y a la larga puede ser una caja de bombas. Las grandes corporaciones, sean públicas o privadas, tienden a la burocracia, y los grupos de personas, también. Más de cinco suele ser indeseable multitud. Los inminentes menús navideños de empresa -con honrosas excepciones- pueden resultar penosos y vulgares: en vez de obtener mejor relación calidad-precio por el número de comensales, suele por aquí ocurrir exactamente lo contrario: calidad adocenada, precio caro. Viajar con más de dos personas puede convertir tu periplo turístico en una sucesión de visitas consabidas y rara vez sorpresivas ni interesantes -y mucho menos serenas ni productivas intelectual o emocionalmente-; dominadas por la obsesión con el “fondo común” y con los horarios de las dichosas comidas.

La Unión Europea es el paradigma político del consenso y la media. Evidentemente, una media ponderada: el mayor peso lo tiene Alemania y su orbe austriaco-holandés, después Francia, y a una espléndidamente aislada distancia, el Reino Unido. Pero aun así sus decisiones de alta política económica suelen ser artefactos posibilistas: lo llamamos política. Esta semana, el nuevo presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ha puesto números a la tercera pata de la gestión económica común junto con las reformas y los recortes: los estímulos. La pata maldita para Alemania. Pero como escribía ayer Xavier Vidal-Folch, se trata de unos estímulos de naturaleza mutante y consensuada: un “keynesianismo low cost”. Que todo el mundo quede contento o al menos no muy disgustado. Cuadrar el círculo, panceta light, quiero y no puedo. Porque, del ambicioso plan de inversión y estímulo, los presupuestos de la UE sólo ponen una especie de fondillo de garantía de algo más del 5%: el resto debe ser inversión privada en infraestructuras energéticas, de transporte y digitales, hasta 300.000 millones. Dios mediante.

Contratiempos de ser la gran Zara

Tacho Rufino | 24 de noviembre de 2014 a las 17:55

  • Competidores y firman de alta costura proyectan sombras de propiedad intelectual e industrial sobre la rutilante estrella de la moda de coste medio española
  • Hace poco Zara retiró de Israel una camiseta que recordaba a la que llevaban los niños judíos en los campos de exterminio nazis
  • La pobre Dinamarca tiene como “lacra” el contar con el menor ratio de tiendas Zara per cápita… qué desgracia
  • Con precipitación y algo de ‘podemitis’, se atribuyó al Gobierno de Venezuela el racionamiento de prendas de Zara que los venezolanos pueden comprar

ZARA es el “gozo del comprista”, que diría el despistado traductor de aquel Rapper’s Delight que acabó en aserejé. Zara es la medida del consumo superfluo contemporáneo. En Inditex, que es el nombre del holding en el que Zara es la niña bonita, se dan cita consumidora madres e hijas, padres e hijos. Zara sirve los mismo a pijos que superan el verde cacería y a canis que se emancipan de sus cadenas de oro sobre chandal blanco; a gais atrevidos y a clásicos que gustan vestir ante en los pies: iguala una barbaridad. Es la empresa cuya marca señera es la más vestida a nivel mundial. Quién nos lo iba a decir cuando íbamos a Italia hace veinte o treinta años y los escaparates de la Benetton o la Sisley nos hacían sentir catetillos indumentarios, por no hablar de las estupendas tiendas Marks & Spencer en Londres. Ahora somos los campeones del estilismo de coste medio: en Zara va uno sobre seguro, hasta el más miope en aviarse puede salir vestido con un apañado prêt-a-pòrter de temporada (según modistos y competidores directos, con invasión de la propiedad intelectual e industrial). Zara es maestra no sólo en captar tendencias y sacarlas rápido y con razonable calidad, sino que es el paradigma de esa cosa tan adictiva llamada “gestión de la escasez”: si no te llevas hoy esto que tanto te gusta, corres el serio riesgo de no encontrarlo la semana que viene y ya nunca. Ergo tarjetazo.

Superado el suspiro ante un vino español de farmacia de Nueva York por la compañía de Concha Piquer, y también dejados atrás los viajes a París en autobús con sus autoafirmativos cantos por sevillanas, los españoles del XXI sentimos -no lo niegue- un gustirrinín identitario al ver establecimientos Zara en las avenidas más grandes del orbe: ahí hay que hocicar. Y sonreímos con superioridad mal contenida al comprobar que los precios en España son mucho más baratos: “I am sorry, Kevin”. Los vuelos de bajo coste y Zara han integrado a España en Europa casi tanto como el Acta de Adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1986.

Zara emplea a más de 120.000 personas, que por lo general están contentas dentro de la empresa -la precariedad laboral no la inventó Ortega-; factura la mitad de lo que gasta al año la Junta de Andalucía, Sanidad y Educación incluidas; vende cerca de 100 millones (error) de euros sólo vía internet y tiene casi 7.000 tiendas en casi 100 países. Apabullante. Pero todo activo suele implicar un pasivo, y Zara está en el ojo público más inmediato, tanto como lo pueda estar Brangelina o la mismísima Coca Cola. Hace pocos meses, ante las encendidas protestas de Israel, Inditex retiró del mercado una camiseta que recordaba la que llevaban los niños judíos en los campos de concentración nazis. Siempre podremos maliciarnos si no será una forma -algo más sutil, eso sí- de obtener notoriedad que aquélla de la propia Benetton publicitándose con anoréxicas desnudas y sementales negros sobre yeguas blancas. La semana pasada sufrimos una intoxicación sobre la marca gallega: las redes sociales y algunos periódicos tituleros nos “informaron” de que Venezuela limitaba el número de prendas que los ciudadanos podían adquirir al mes en Zara. No era otra cosa que un nuevo ataque de podemitis, una urticaria con visos de pandemia: la realidad es que era la propia empresa la que racionaba las prendas por la avalancha de compradores que se beneficiaban del precio subvencionado que da el Gobierno de Maduro, y Zara prevenía la rotura de stocks, sin más. Y en esta semana, en fin, Thrillist.com publicaba un mapa de la UE donde se reseñaba en cada país qué era aquéllo en lo que era el peor: España es la peor en abandono escolar, Letonia es el país de los suicidas. Dinamarca es el país con menor número de tiendas Zara per cápita. Todos los problemas fueran ésos, hermanos daneses…

El anuncio

Tacho Rufino | 18 de noviembre de 2014 a las 13:01

NO va a ser fácil, pero uno que yo me sé va a intentar llegar virgen al domingo [este artículo se publicó en prensa el domingo 16 de noviembre] en que esto se publica, es decir, sin haber visto el anuncio de la Lotería de Navidad. Tampoco será tan difícil, dado que la televisión a la que uno se asoma no lleva publicidad, y para ver por internet el spot navideño estrella -la estrella comercial del año, con un presupuesto de producción de algo menos de un millón de euros- hay que querer verlo y hacer algún clic; darle la vuelta a la tablet siempre es un recurso de urgencia. ¿Por qué la rareza de resistirse a disfrutar de una segura gran creación audiovisual y comercial? Primero, porque la sobredosis de almíbar lacrimógeno está como todo el mundo sabe contraindicada en otoño, especialmente para los asténicos otoñales. Segundo, y también buscando proteger la emocionalidad, porque con lo de Raphael y la Caballé del año pasado muchos quedamos traumados con el anunciante hasta nueva orden. Tercero, porque los memes -fenómenos virales que parodian algo serio utilizando sus imágenes- han sido en muchos casos tan desternillantes que con eso es suficiente: quién quiere penas extra, aunque acaben con un pobre hombre reconvertido en “hombre en el taco”, como es el caso. Cuarto, porque lamentablemente nuestras relaciones sociales y nuestros rasgos dominantes, últimamente, más bien divergirán del modelo del anuncio -que apuesto a que tira de solidaridad, altruismo y filantropía-, salvo quizá en alguna coincidencia, ¿casual?, como la de la ya célebre “entrega del sobre”, que en los memes ha contenido desde tarjetas black a carnés de equipos de fútbol carismáticos, pasando por el Método Bárcenas. Cabe por último emular al vicealcalde de Valencia, el fino demócrata Alfonso Grau, reimputado por el caso Nóos, que dice que no se va del cargo “porque no le da la gana”; pues eso; uno ve un anuncio si le da la gana, y viceversa. Y sin mangar.

La presencia en nuestras vidas de la ilusión de un premio de azar es directamente proporcional a la incertidumbre y a las apreturas: desistimos de creer que nuestro destino depende de nosotros, y trasladamos por impotencia la responsabilidad de nuestro futuro a la suerte. Ignorando la Ley de la Probabilidad, nos convertimos en lecheras de cuento cada vez que vemos ese décimo encajado en el marco del espejo sobre la cómoda, un pasaporte a la serenidad y al poderío, al corte de mangas a nuestras frustraciones laborales y sociales. Vaya por delante que quien suscribe ya se ha agenciado cuatro salvoconductos -80 euritos- al más allá en la Tierra. Y puede que ya haya mutado a adorador de la suerte, y que el no querer ver el anuncio no sea otra cosa que superstición.

Neoclericales de izquierda

Tacho Rufino | 18 de noviembre de 2014 a las 12:42

HACE algo más de dos semanas se publicó en este espacio un artículo de título Robar, motivado por la perplejidad que me produjo leer en una entrevista al número dos de Podemos, Juan Carlos Monedero, decir que “hoy en España emprender es prácticamente robar”. Es palpable que no son pocos los españoles que comparten esta visión, en un país cainita y encanallado en sus diversas facciones y bandos (esencialmente son dos, según creo tener comprobado, más la tercera vía nacionalista; aunque el nacionalismo es una ideología impostada, que tiene un propósito primario ajeno a verdadero posicionamiento político alguno). Esta semana he leído a un profesional altamente cualificado difundir por las redes sociales esto que sigue, entrecomillado, o sea, citando a un periodista: “La corrupción es el modus operandi para crear una empresa, solicitar una subvención…”. De nuevo, me asaltó la perplejidad. De nuevo, robar era propio de las empresas, una especie de cromosoma de todo empresario, y no de una minoría de ladrones (los no empresarios quedan en principio libres de lacra, amén). Acudí a la fuente, y el profesional de alta cualificación había citado con intención el comunicado a sus cientos de amigos en Facebook. El fin -y el odio- justifican los medios. Aun así, la idea de que un emprendedor es un embaucador, y un empresario, un patibulario, es algo que sostiene mucha gente aquí. Los comentarios digitales a los artículos así parecen constatarlo aun, claro, sin otorgarle mayor fiabilidad (muchos comentaristas de trinchera digital son lamentables por su forma y fondo), pero en ellos se puede comprobar que esta idea está muy extendida. Un raro comentarista amable me decía por aquel artículoque yo, o hacía demagogia, o erraba, y para apoyar su juicio citaba al mismísimo San Mateo, que Dios tenga en su gloria, versículo 19:24: “Os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Quizá pergeñaba un delito necesario de tipificar: el enriquecimiento injustificado. Otro cantar.

Francamente, creo que éste es un país clerical, o neoclerical: si la jerarquía eclesiástica, hasta prácticamente antes de ayer, repudiaba la prosperidad del hombre nacido pobre, por pura lógica de dominación social y alianza con el poder hereditario, la izquierda más visceral ha recogido ese testigo sin saberlo. Radicales ateos mucho más clericales que los religiosos de precepto dominical y bendición cotidiana de los alimentos. Éste es un país que convierte la moral -que es propia de uno- en puritanismo prêt-à-porter, que es colectivo y borreguil: “Que me den la fe [la supuesta ideología] mascadita, para que yo la comparta con mi tribu”. La Iglesia Católica ha evolucionado con la historia y la economía, claro, y en su seno han nacido en la segunda mitad del XX brotes de aspecto luterano que han hecho de la prosperidad individual un valor moral, como haría un calvinista holandés del XVI, que no se avergonzaba de ganar dinero honradamente, sino al contrario. Y lo peor no es que la izquierda radical con más capacidad de rencor se parezca más en esto a la vieja Iglesia que sus oponentes zoquetes y biliosos de la ultraderecha, sino que un país en el que un porcentaje alto de su población odia la condición de empresario de forma creciente es un país condenado a irse a la mierda. (Anecdótica coda: he conocido a un joven universitario que se ha endeudado para comprar una huerta en la sierra de Huelva y hacer cultivo ecológico dirigido a veganos urbanitas; se dará codicioso empleo a sí mismo, y creará otros dos fijos igualmente tramposos; creará una cierta pero sucia economía rural en el pueblo, y hasta pedirá corruptas subvenciones públicas.- Pongan ustedes las cursivas.)