Playa con wifi, parada ‘Pokémon Go’ y estación de recarga móvil

Tacho Rufino | 15 de agosto de 2016 a las 7:58

UN debate recurrente en estas fechas trata de las preferencias que cada persona tiene sobre cómo plantearse las vacaciones y sobre las mutaciones transitorias que los lugares experimentan con la afluencia concentrada de veraneantes y transeúntes. Varios colaboradores de este diario han dado su opinión o contado sus vivencias sobre, por ejemplo, las atestadas playas: para gustos, colores. Hay quienes hacen gran aprecio de la playa familiar y el descanso que les propicia y cómo ello estimula el cultivo del espíritu por medio de la buena lectura. A otros les repele la masa, el ruido y el exiguo ratio centímetros cuadrados per cápita y desconfían de la salubridad de las orillas calentitas o la de la propia arena que es sofá rotatorio de la legión turista. Otros más, en fin, opinan que esa actitud es no ya misántropa o claustrofóbica, sino narcisa e intelectualizada, y que lo democrático es un inmenso sembrado de sombrillas con hilo musical y socorristas macizorros. De hecho, por tal línea vamos: por la gestión de ese espacio, llamado playa, donde hay nutritivas oportunidades de mercadotecnia por explotar.
En una playa de Cádiz –no es la única– un acuerdo empresarial ha provisto de conexión wifi gratuita un día a la semana en la playa. Rentabilizando las llamadas ventajas del primer entrante, tal enriquecimineto del servicio ha sido muy comentado y difundido. Una playa con wifi es una aliada para que, por ejemplo, un adolescente tolere estar cerca de sus padres, y no digamos para que todos podamos encarnizarnos con el envío por whastapp de fotos propias o ajenas, sin consumir megas. Así el silencio en la arena será mucho mayor, y la playa más habitable. Embebidos en la red, cada uno será una roca y una isla, que cantaban Simon y Garfunkel. Y se obrará la síntesis, la fusión entre la comunidad y la individualidad… aunque ésta sea en conexión remota con otros que no están allí en la playa, sino en el Círculo Polar o en las Tierras Altas de Escocia buscando, quizá algo vanidosos y asociales, una experiencia más íntima. La wifi playera gratis o a euro diario abre las puertas a un mundo de sensaciones en grupo (aunque valdía también acuñar el término multigrupo poliaislado). Apuesten por paradas de Pokémon Go equidistantes de la silla alta del socorrista, la ducha comunitaria y su espuma de gel, el chiringuito y el rompeolas. Si no hay un verdadero movimiento disruptor en materia de Gestión de Playas en lo que queda de agosto, tal innovación de marcado carácter social se generalizará en julio del año próximo. No vemos la hora.

La política de válvula tributaria

Tacho Rufino | 14 de agosto de 2016 a las 18:56

LOS impuestos que pagamos son en buena medida los ingresos del Estado, que obtiene así de sus ciudadanos recursos necesarios para revertir en la sociedad estos fondos en forma de inversión y gasto en salud, educación, justicia, seguridad, infraestructuras, etc. Pagamos los impuestos indirectos, como el IVA, sin distinción de riqueza, por consumir y adquirir. Y se tributa y recauda por los más progresivos impuestos directos, por las ganancias de las personas y las empresas. La consideración de los impuestos tiene mucho de ideología y de visión sobre la política económica que un Estado y sus gobiernos deben aplicar. Hay diferencias esenciales y hasta irreconciliables entre quienes, denominados liberales, consideran los tributos algo de suyo perverso y confiscatorio que arrebata a la gente la capacidad de decidir qué hacer con su propio dinero, y quienes, llamados socialdemócratas, creen que afanarse en una política de redistribución de las rentas y la riqueza más igualitaria es un deber político, y que con ello las sociedades serán no sólo más justas y democráticas, sino más seguras y estables.

Se supone -la práctica es otra cosa- que un gobierno liberal-conservador o de derechas debe reducir impuestos, y que esto reavivará el consumo al dejar más dinero en manos de la gente, fomentará la inversión privada de particulares y empresas y el empleo, y todo ello, lógicamente, hará que crezca la riqueza nacional, limitando al mínimo la dimensión y el papel interventor o invasor del Estado en la economía y en la sociedad. Llevado este corpus ideológico a su extremo, un liberal de raza -o de raza brava- no abomina de los paraísos fiscales ni del dinero negro -“El dinero es sólo dinero y ya está”, suele repetir un conocido-, y a unas malas pondría en manos privadas no toda la sanidad y la educación, sino la propia administración de justicia o el ejército. Por el contrario, un estatalista o defensor de lo público defenderá altos impuestos progresivos sobre la renta de particulares y empresas para garantizar el buen funcionamiento de un Estado protector y benefactor con los menos favorecidos. Al final, hay una cuenta final que traduce cualquier visión, ésta o aquélla, y que es idéntica a la de cualquier economía doméstica: ingresos menos gastos. Si el resultado es positivo, tendré superávit y podré ahorrar e invertir; si es negativo, tengo que financiar el déficit yendo a buscar dinero de la banca. Hay, sin ánimo de ser exhaustivos, una última creencia dicotómica: al liberal le repele el déficit; al socialdemócrata a la keynesiana el déficit le parece una vía de superar los baches de las crisis cíclicas, para lo cual promoverá el crecimiento de la inversión y el gasto públicos.

Pues bien, esta semana hemos sabido que nuestro Gobierno liberal-conservador, que redujo los impuestos directos en julio del año pasado, no ha conseguido con ello calentar la economía y darle color. Sino lo contrario: según la Agencia Tributaria, por culpa de esa reforma fiscal, el Estado ha ingresado 4.100 millones menos de lo presupuestado. La interpretación más plausible a este fracaso no pasa por descalificar la hipótesis liberal (“bajo impuestos, estimulo el consumo y el empleo, crece la economía, saneo el déficit”) sino por reconocer que el Gobierno español no sólo tiene escaso margen de maniobra sino que -uno- nuestro cacareado crecimiento económico creciente es precario y basado en infrasalarios, y así no se aumenta la recaudación ni por tributos ni por consumo, y -dos- los impuestos se ha convertido en una válvula: ante las elecciones, doy árnica al castigado contribuyente de clase media, que es un jugoso segmento electoral, y en cuanto tengamos nuevo gabinete, los subimos de nuevo. La ideología puede esperar: estamos en guerra presupuestaria.

PD: un amable lector hace una puntualización muy pertinente: “Y tres: siempre existe una inercia que da lugar a un retraso del resultado respecto a la puesta en marcha de la norma impositiva. Esto lo saben muy bien los economistas, pero no los españolitos de a pie, circunstancia que aprovechan los demagogos para arrimar el ascua a su sardina. Cosa que no ocurrirá el día que los votantes tengamos un nivel cultural al menos aceptable.

Sobre Montaigne en chanclas, un carta abierta de Carlos Colón

Tacho Rufino | 14 de agosto de 2016 a las 18:52

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/2346121/carta/abierta/lector/montaigne.html

Montaigne en chanclas

Tacho Rufino | 14 de agosto de 2016 a las 18:50

UN camarero suelta un manojo de cucharillas en un fregadero de metal bajo mis mismas barbas; la estridencia es lacerante: resulta que al hombre le ha sonado el móvil. Bebo en dos sorbos el café -un peligroso desatascador líquido, en realidad-, y escapo a la calle. Hay una gran cola (también) en la farmacia. El espidifén puede esperar.

La niña, que por la forma de expresarse tendría no más de cinco años, relataba con gran énfasis una historia. Escuché con claridad el refuerzo positivo que, voz en grito, la madre dio a su cría al terminar: “¡Hostia, Ainara!, ¡qué sueño más guapo!, ¿no?”.

Camino de vuelta a la casa de alquiler en una localidad costera de las que se da en llamar “playa familiar”, tal detalle pedagógico fue uno más de los que acaban por minar tu presencia de ánimo (y no el detalle sensorialmente más chocante de mi periplo matinal: éste afectó sólo al oído). Recordé que en aquella destartalada plaza había unas dependencias municipales, que incluían una coqueta biblioteca pagada -seguro- con fondos europeos. Era una gran opción echar una hora de lectura con aire acondicionado y wifi, pediría un libro de Jack London para darme el piro a Alaska un ratito. Pero, Dios santo, el edificio había desparecido. Bicheando, pude descubrir que no, que aún estaba allí. Sólo que estaba casi completamente rodeado de establecimientos portátiles para la feria en puertas: turrones de Castuera -un insondable misterio de la viabilidad de un negocio-, carruseles, mansiones del horror, tómbolas. Qué gran metáfora visual.

Tras años de resistencia al veraneo, en los que los viajes no solían apartarme más allá de doscientos metros de mi domicilio habitual, lo he intentado. Me dije: voy a pasarme una quincena completa en una casa cerca del mar, con sus pocos enchufes, su bombona dando las boqueadas, su nevera trucada y su tele averiada, con su menaje marginal; haría frente a toda escualidez. Recordé las palabras del señorito Iván a Paco el Bajo en Los Santos inocentes: “El hombre es voluntad, Paco”, en plan Schopenhauer feudal y bellotero. Pero me temo que he fracasado.

(Un ensayo de Zweig sobre Motaigne me reconcilia con la experiencia. Llámenme pedante o blasfemo, pero ahí va el corolario: “Pocos hombres en el mundo han combatido con mayor honradez y pasión por mantener su yo íntimo, su essence, al margen de las mezclas y la espuma turbia de la agitación del tiempo”. Hostia, qué tipo tan friqui el Montaigne ese. Pero está guapo en verdá, ¿que no?)

¡Bote! ¡Gracias!

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2016 a las 18:37

PEDRO Solbes fue un ministro de Economía de Zapatero. Tenía un cartel de gran economista (también lo tuvo Rodrigo Rato, licenciado en Derecho que -qué habilidad- se doctoró en Economía siendo ministro; a la postre, un desastroso político y gestor). En la calma chicha previa a la acometida de la crisis, en 2007, Solbes nos regaló una de las más valiosas perlas micro y macroeconómicas de nuestra política contemporánea al soltar aquello de “Los españoles no hemos interiorizado el valor del euro, que son 166 pesetas (…) por eso damos propinas desproporcionadas, lo cual crea un diferencial de inflación con respecto a otros países”. Si no lo creen, busquen en internet. Le faltó decir que se creaba una economía sumergida que amenazaba a los presupuestos públicos y la Seguridad Social (no queremos dar ideas, pero Montoro no hubiera perdido esa oportunidad para aplicar su jeringuilla de fiscalizar a los trabajadores por cuenta ajena: un ministro que lo que te bonifica por entregar un coche viejo lo recupera en buena medida al considerarlo ingreso personal es capaz de eso y de más).

Más allá del hallazgo de Solbes, la evolución de las propinas da juego en lo que llamaríamos Economía del Síntoma de Calle, esos pequeños detalles que nos hacen olernos que las cosas van mejor o peor para este o aquel. Cosas no constatadas por el INE y sus estadísticas o los think tank y sus estudios, sino por una modesta patronal de hostelería o por los propios camareros del restaurante que usted frecuenta. Según afirman los que están pegados al terreno, las propinas en nuestro país crecen notablemente. Según una patronal, se multiplican por seis: donde el bote recibía hace pocos años en un restaurante medio 50 euros al mes, ahora recibe 300.

La tipología de clientes es variopinta, a pesar de los términos medios. Todos conocemos a alguno de esos que dejan el cobre de 5 céntimos en el platillo con un aire de magnanimidad, filantropía y desprendimiento propios de una persona espléndida. Y también a esos que meterían el reloj en un charco por sacar una moneda de 20 céntimos, alegando austeridad y estricta educación cuando son agarrados cual peleas de monos pequeños. Pero parece que nos vamos estirando, y eso es bueno, sobre todo para los escuálidos sueldos del personal hostelero. (Y, ya en economistas, digamos que si -Solbes dixit- esto crea inflación, bienvenida sea: un poco de inflación es buena ahora, y más para los países muy endeudados, como el nuestro. ¡Bote! ¡Gracias!)

‘La paguita’

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2016 a las 18:31

DEBEMOS entender por “paguita” un dinero público que mensualmente recibe un beneficiario por una enfermedad que le impide trabajar o por haber sido agraciado con la reconversión de un sector estatal, por ejemplo la minería o los astilleros. Haciendo el Camino de Santiago conocí a un simpatiquísimo tipo asturiano de treinta y cinco años que recibía, de por vida ya, más de dos mil euros al mes por el cierre de la mina en que trabajó hasta los veintipocos: se dedicaba a la caza y a la tasca. La taxonomía de paguitas es variopinta; prosigamos con ella (por cierto, la pensión de jubilación es un derecho adquirido cotizando: no es una paguita stricto sensu). La paguita -ya paguita de élite, que da para palos de golf- puede ser una prejubilación-pelotazo, sea de una empresa pública o una gran compañía privada, pero que a la postre sustenta mes a mes el Estado a alguien desde que está casi para tomar la alternativa. Y paguita de manual es la que se obtiene por una enfermedad certificada, aunque en más de un caso y de dos la certificación facultativa haya sido laxa o conseguida con engaños. Hay barrios y pueblos en que los perceptores de esta modalidad de paguitas son la clientela más fiel de los bares; no sólo en España o Andalucía: también se ven por todos lados en sitios tan nórdicos como Berlín. Hay, en fin, paguitas que se obtienen ocultando -quizá en un arcón congelador- a un pariente fallecido.

Sin embargo, aquí tenemos un arte que, francamente, difícil es de aguantar, y eso vale también para nuestra forma de conseguir paguitas. El jueves pasado, Jorge Muñoz informaba aquí de un señor que fue agraciado con un sueldo hasta la muerte, en plan Nescafé, al ser incluido en un ERE de una mina onubense de la que probablemente nunca habría oído hablar. En realidad, él había conocido al ex director general de Trabajo de la Junta y dador de mamelas Javier Guerrero cuando -cosas de partidos- era responsable de una oficina del INEM en la Sierra Norte de Sevilla. Yo me quedo con la frase del simpático Guerrero -lo recluso no quita lo gracioso- para el cachondeo recurrente: “Te voy a arreglar una paguita pa que no pases calamidad”. Quizá la métrica, me recuerda esta frase nacida legnedaria al rosario que el emigrante de Juanito Valderrama le iba a hacer a su novia con los dientes de marfil de ésta, pero, aunque los dos en chafarrinón, en desahogo gobernante: “Yo, responsable del dinero público, te voy a dar una paguita por la cara, monstruo. Porque me sale de allí”.

Sin cajas, somos aún más perfieria

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2016 a las 18:29

RECIÉN terminada la carrera y cumplido el por entonces obligatorio servicio militar, jugué durante unos años a hombre de empresa a tiempo completo y por cuenta ajena (ahora ya mi relación con la empresa es “externa”, aunque los profesores universitarios de disciplinas empresariales debemos andarnos con ojo, porque, en un mundo académico en el que ya el mérito se valora por publicaciones científicas en revistas dirigidas a otros investigadores, nutrirse de la realidad de las empresas y organizaciones resta más que suma, y puede incluso resultar sospechoso). Pues bien, correría el simbólico año 1992 de olimpiadas y exposiciones universales, con una España aún esplendente, repleta de esperanzas y en franco crecimiento y desarrollo social. Por dentro, como suele suceder en las etapas expansivas que todo lo tapan y encantan, crecía imparable la hidra de la suciedad institucional que la crisis nos hizo estallar en las manos hace una década mal contada. El caso de las cajas de ahorros fue paradigmático y señero en esos tres lustros mal contados que van desde la depresión post 92 y la gran depresión post burbuja inmofinanciera.

Las cajas. Una clase de banca con vocación y obligación estatutaria de nutrir bancaria y socialmente a su territorio inmediato y sus personas; unas entidades que tendían a hacer algo más humano al proceloso y acerado mundo de los grandes dineros y sus fenomenales intereses asociados, normalmente poco ligados al mencionado territorio cercano y su mundo pequeño. Algo justo y necesario. Y un modelo, por otra parte, típico de sociedades desarrolladas, que aunque laminadas en España y -denlo por hecho- en Italia, perviven y funcionan, compensadoras, en Alemania, lo que constituye un buen ejemplo de su utilidad. Laminadas, sí: volatilizadas, destruidas, desaparecidas. Al tiempo que los habituales técnicos privadistas y ortodoxamente antipúblicos reclamaban la bancarización y privatización completa de las cajas -“Compitan, compitan en pie de igualdad, atrévanse, no jueguen con cartas marcadas y obsoletos apoyos públicos, etc.”-, los políticos que, en muchos casos, vampirizaban e infectaban los consejos de administración de las cajas, en tantos casos sin tener ni zorra idea del asunto que regían en comandita pacífica con sindicalistas y adversarios políticos, se estaban encargando de hacerle el caldo gordo a los vates del grial de lo privado (privado sin tutela, queremos decir: en la ingenua o malintencionada creencia de que los hombres no somos mayormente codiciosos si se nos da la oportunidad y la impunidad). La ley liberadora de suelos públicos y privados de 1998 fue el catalizador -no el germen- de la Gran Corrupción. A la postre, la concentración bancaria en España ha sido drástica: pocos bancos, cajas fusionadas que metamorfosearon a fundaciones o bancos (salvo deliciosos casos como el de la mallorquina Caixa de Pollença y la valenciana Caixa de Ontinyent: Astérix y Obélix). El cataclismo se palió por la mano canallesca de lo público: y con su dinero (el nuestro, mejor dicho, porque el rescate bancario lo pagaremos todos hasta quién sabe cuándo).

Y en este proceso cangrejero, volvemos al pasado en ciertas cosas. Es el caso de una práctica bancaria habitual de aquellos tiempos mozos y protoejecutivos de un servidor. Tiempos de altísimos intereses activos y pasivos, tiempos dorados en los que no pocas empresas -la que me empleaba, por ejemplo- mantenían millonarias puntas de tesorería invertidas a tipos altísimos. Entonces, el bancario de provincias no daba un paso sin la autorización de su señorito en Madrid o Barcelona. Comprimido el acordeón, y desaparecidas las cajas -las de verdad, más allá del nombre-, se pone uno nostálgico al oír de nuevo al director de sucursal andaluz decir: “Eso me lo tienen que autorizar en la central”.

Pobres, pero muy monos

Tacho Rufino | 25 de julio de 2016 a las 17:33

(Publicado el domingo en http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/2334964/pobres/pero/monos.html )

 

DEBIERA sin duda, pero no sé si existe alguna disciplina que trate sobre las relaciones entre estadísticas y entre sus conclusiones (tendría que denominarse Metaestadística). El caso es que la profusión de estudios y la continua publicación de sus resultados te brinda la posibilidad de jugar con ellos, aunque en apariencia sean distintos y distantes. Por ejemplo, echar a pelear un estudio sobre la distribución de rentas en nuestro país y otro sobre cómo se sienten de bonitos los habitantes de sus regiones, y considerarlos a la vez siempre con el objeto de proponer una teoría o al menos una hipótesis. Aunque éstas sean vulgares e inaceptables para la curia epistemológica. Vamos a ello.

Esta semana hemos sabido de dos estudios estadísticos, con sus objetivos, su muestreo, su metodología, su tratamiento de datos y sus conclusiones. La primera, cuantitativa y de afán riguroso, con todos los datos posibles en la mano, nos recuerda que la distribución de rentas de las comunidades autónomas dista mucho de converger, es decir: que las que eran ricas lo son más después de la crisis, y las que éramos pobres -Andalucía y Extremadura–, ahora también lo somos más con respecto a aquéllas. Descorazonador. La segunda encorazona un poco, y es que va del corazón, de subjetividad, de cómo nos vemos en cada región de bonitos. Este tipo de investigaciones, en las que se preguntan opiniones -no datos- a una parte de la gente -un muestra– sobre la que se quiere analizar algo, se llaman cualitativas. Pilar Larrondo, con mucha gracia y camuflada profundidad, escribía aquí sobre una que venía a concluir que los sureños nos sentimos más guapos que los demás. Y mayormente por nuestros ojos y nuestra mirada, ay madre. Con lo difícil que es de evaluar una expresión ocular, a diferencia de un pandero, un torso, unas piernas o hasta unos labios que, siendo cosa subjetiva, suele aglutinar pareceres de forma estadísticamente significativa.

Y ahora la metaconclusión, la hipótesis, el embrión de teoría. No vamos a ejercer de sieso ilustrado habitual, quien abundaría en la supuesta mayor ignorancia y en la endémica indolencia sureñas. No, que hace mucho calor para el flagelo. Propondremos que se trata tan sólo de un mecanismo de defensa, una autosugestión algo paulocoelhiana para sobrevivir dando la espalda a la negatividad y abrazando la positividad, creando un fengshui perceptivo y autoempático: nos decimos “¡Qué bonito/a soy!, ¡igualito que un vasco/a!” nada más que para compensar la desazón de saber que somos cada vez más pobres con respecto a ellos. Con lo que eso duele, y dolerá de seguir así.

Impunidad en internet

Tacho Rufino | 18 de julio de 2016 a las 20:01

genbeta

 

 

 

 

 

 

(Imagen tomada de http://www.genbeta.com/)

YO me lo imagino un tipo vulgar y amargado, sin duda envidioso y probablemente perezoso y ya sin perspectivas de mejora ni reciclaje, quizá cobardica y abandonado, con poco predicamento ni aceptación entre sus semejantes: con estos ingredientes sólo puede salir un cóctel llamado mala leche. Frente a un teléfono mucho más inteligente que él, con un pantalón de pijama loco por una lavadora y un desaseo personal generalizado y hasta añejo, nuestro francotirador desenfunda el smartphone o el portátil, coge aire como quien va intentar rebasar un seis metros con la pértiga y se dice, en plan malo del western: “Ahora vais a pagar, malnacidos (fachas, podemitas, peperos, junteros, españoles, moros, católicos, catalanes, periodistas, madridistas, culés, taurinos, yanquis, maricas, lo que sea menester)”. Y tuitea, y comenta en Facebook, y vomita miasmas de alma envenenada, mayormente sin dar la cara. En esos 140 caracteres con los que Twitter arrea coces al idioma y compromete su futuro (o, viva el progreso, lo hace evolucionar hacia escenarios y formas más modernas y regeneradoras), nuestro tipo -yo me lo imagino varón, pero la insania y el hedor moral no conocen de sexos- dice a un torero muerto y a su familia barbaridades adobadas con fétida crueldad que nunca osaría decirles cara a cara (en manada con sus pares, sí, ahí nuestro hombre también lo borda como rayo flamígero). Él, seguro, ama a su perro. Sólo a él.

La impunidad en internet debe acabarse. Si no existieran medios para controlar los continuos daños morales que fluyen por ella, deberíamos plantearnos la limitación de su uso, o sea, de su abuso. Lo hacemos con la velocidad de los coches, con los ruidos, con el uso de armas; llámenme Kim Jong-un, liberticida, fasista. Enemigo de la libertad de expresión (que es excrecencia de expresión). Las redes sociales se han convertido -también, no sólo- en el chollo de los canallas, de la chusma enmascarada, del miserable, del rastrero. De balde, a coste cero que decimos ahora. El caso del supuesto maestro que insultó tan asquerosamente al torero muerto en la plaza es sólo una gota de color más marrón que el mar creciente de delitos y faltas sin penar que se cometen a diario por internet. Parece que algo se mueve, y bien sabemos que los cobardes y los malnacidos sólo atienden a la represión o al miedo a ser pillados, juzgados y castigados. Este jueguecito indoloro y a cubierto debe acabar. (Internet iba a democratizar el planeta, a hacerlo más justo y vivible: trompetilla sostenida y molto vivace.)

Cláusulas suelo: ¿la banca gana?

Tacho Rufino | 18 de julio de 2016 a las 19:55

HACE unos años solicité una hipoteca a un banco que tenía un convenio con mi universidad. En los preámbulos de la operación, el joven director de la sucursal me explicó algunos pormenores. “¿Aplicáis alguna cláusula suelo?”, le pregunté yo. “Nosotros no hacemos golfadas”, me respondió con una solemne carga de ética corporativa. Debemos colegir que no sólo resulta evidente que dicha cláusula es abusiva, y que el argumento al uso -“Pues no haberlo firmado”- expele un tufo de permisividad con el fuerte, con quien lleva la sartén de la información y la sartén del “lo tomas o lo dejas” bien agarradas por el mango (aparte de otras aprensiones de bajos ejercidas sobre el cliente prestatario, y mencionemos sólo algunas otras cláusulas abusivas que rigieron impunes hasta que fueron eliminadas por la fuerza de la razón hecha norma: el redondeo al alza, la usura en los intereses de demora, la aplicación arbitraria de comisiones). Recordemos que en España, las hipotecas son casi en su totalidad “a tipo o interés variable”, o sea, que uno paga intereses por el capital pendiente de amortizar en función de un tipo oficial que va variando en el tiempo -por ejemplo, el Euríbor-, al que se añade un margen o diferencial que asegura la ganancia del banco prestamista: es razonable. Recordemos, al hilo, que la llamada “cláusula suelo” evita que, si el Euríbor baja mucho, el banco asuma sus riesgos, y con tal disposición se blinda y elimina la variabilidad, o sea, que se la pasa la por el forro. Y mientras, nuestros reguladores en consumo silbaban. Un síntoma más de la clara carencia de eso que llaman ahora calidad democrática de un país donde, banca aparte, los grandes operadores de energía o comunicaciones se comportan con frecuencia más como enemigos del bolsillo de sus clientes que como proveedores de servicios que cumplen su parte (la parte del cliente es pagar y punto).

Esta semana hemos asistido a un decepcionante -si no vergonzante- dictamen del abogado general de la Unión Europea Paolo Mengozzi, una especie de abogado del Estado comunitario, cuyas recomendaciones no son vinculantes pero, en la práctica, suelen vincular a quien al final regula y en buena medida legisla, el Tribunal de Justicia de la UE. Sostiene Mengozzi que los bancos españoles no deben ser obligados a devolver los dineros extra obtenidos de los clientes mediante las cláusulas suelo (bueno, en los contratos de hipoteca posteriores a 2013, sí, lo cual viene a ser un engaño, porque desde esa fecha no sólo se firman muy pocas hipotecas y ya sin dicha cláusula, sino que el Tribunal Supremo español dictó en 2013, oh coincidencia, una sentencia en contra de dicha cláusula: vaya trile, Mengozzi). Usted, como yo, se preguntará, sepa o no de finanzas y derecho mercantil: “Si la cláusula era abusiva tanto antes como después de 2013, ¿por qué se debería eximir oficialmente a los abusadores de devolver el fruto de su abuso?” Pues bien, aquí viene lo más esperpéntico del análisis de este cualificadísimo funcionario comunitario: la razón no es otra que el sufrimiento que tal resarcimiento tendría sobre la banca. O sea, que les costaría mucho dinero -3.000 millones a aquellos que la aplicaban- pagar su atropello y su posición de poder contractual. De nuevo, el “demasiado grande para quebrar” de la gran corporación financiera, de nuevo los niños mimados o bravucones del patio de la libre competencia (quite usted “libre” si quiere, seguramente sea un oxímoron: poca competencia es limpia y libre). Recordemos que no toda la banca imponía dichas cláusulas (Santander y Bankinter no lo hacían). Y recordemos que como usted o yo nos escantillemos con el banco, con Hacienda, con la DGT o con la compañía eléctrica, nadie va a tener compasión por su futuro. Usted y yo, asumámoslo, no somo naide.