Arrepentidos de decir lo que querían decir

Tacho Rufino | 27 de marzo de 2015 a las 18:10

HAY actitudes públicas que deberíamos reconsiderar de forma colectiva y, en su caso, erradicar por inútiles y vacuas. Los minutos de silencio en los estadios deportivos, por ejemplo, se conceden -posmortem- de forma algo arbitraria a aquel buen socio o personaje pero no a aquel otro, y no aportan nada al respetable más allá de a tres o cuatro ellos, verdaderamente dolidos, y que quizá debieran evitarse la puesta en escena. Otra costumbre de quienes ostentan el poder transitoriamente es dejar su huella en forma de colocación de estatuas de personas ilustres o desconocidos simbólicos, una práctica municipal sujeta al capricho estético y a la devoción política, taurina, deportiva o folclórica de quien está en condiciones de colocar en plena calle la casi siempre prescindible imagen. Pero quizá la costumbre hipócrita más intolerable es la de disculparse públicamente tras haberse despachado a modo con una persona a la que se tiene tirria o al que se considera un peligroso rival, o cuando uno ha sido pillado en un renuncio y la cosa ha tenido amplio eco. Juan Carlos I se arrepintió ante las cámaras de haberse ido de cacería de elefantes en secreto, en un papelón histórico. También con carita de cordero degollado, Clinton se flageló públicamente por su “conducta impropia” con la entonces joven Lewinski, creando un eufemismo para una práctica sexual con un gran repertorio de sinónimos. Si sus comportamientos no hubieran salido a la luz, sus conciencias no hubieran dado para tanto. Y nada hubiera pasado. El arrepentimiento, como la devoción o el propio amor, o va por dentro o es impostado: prescindible.

Esta semana hemos tenido un desagradable ejemplo de este fariseísmo de urgencia en la élite de la economía. Ha sido al hilo de una memorias publicadas sobre Keynes, economista que, en lo que viene al caso, proponía ante la recesión el recurso al gasto público como sustituto del consumo o la inversión, para mantener el tono económico y parar la sangría del paro, a costa, claro está, de endeudar al Estado… y a la postre, a las generaciones futuras. Las memorias relatan que, antes de casarse con una bailarina rusa, Keynes se cepilló a medio censo londinense practicante de cruising (aquí te pillo, aquí te mato). Un egregrio profesor de Harvard, el austerista radical Niall Fergurson, declaró, al saberlo, entenderlo ya todo: “Como era gay, no pensaba tener hijos; ya se entiende que le importara un pimiento endeudar a las generaciones futuras”, vino a decir, eructando su fobia. Ah, por supuesto: al rato se disculpó muy sentidamente.

‘Divorción’, adelgazante y recuperador

Tacho Rufino | 27 de marzo de 2015 a las 18:06

LA llamamos recuperación, aunque la situación nueva nunca será la de antes: la enfermedad ha sido demasiado virulenta y el sistema presenta rasgos estructurales -es decir, no coyunturales o pasajeros- que lo hacen un sistema nuevo. El ejemplo más claro es la naturaleza del empleo, su retribución, condiciones, y demás. Pero en fin, si somos rigurosos o al menos ortodoxos, debemos reconocer que ciertos indicadores mejoran de forma continua, si bien a paso de tortuga: PIB, el propio empleo precarizado, exportaciones, turismo, prima de riesgo, tasa de ahorro (no la deuda del Estado: ése es el gran secreto a voces de nuestra economía). Hay otros síntomas más indirectos, más de andar por casa, menos cocinados en la contabilidad nacional o en los informes técnicos. Síntomas de recalentamiento, o, si queremos ver a España en positivo, como decía aquel eslogan del aznarismo. Por ejemplo, un secreto a voces en las inmobiliarias de cierto nivel: los bancos están pidiendo que se tasen las casas -cierto tipo de casas, no todas- por encima de su valor, tras varios años de hacer justo lo contrario. No cabe interpretar sino que la consigna es volver a dar hipotecas, y con alegría. ¿Otra vez? Otra vez… ¿Volveremos a dedicar parte de una hipoteca a pegarnos un crucero o una romería en la que no nos falte de nada, quenoquenó?

Pero el que a un servidor le parece un indicio innegable de que la gente siente que los tiempos fríos están de retirada es el aumento del número de demandas de divorcio, nada menos que por encima del 7% de incremento en 2014 en España. Alrededor de 10.000 demandas más que el año anterior (en España se producen unas 130.000 demandas al año). Una interpretación plausible de este fenómeno en alza implica asumir dos hechos, aparte de uno incontrovertible y previo: donde hay amor, el desamor acecha. Primero, que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana -como se titulaba aquel disco-, pero, segundo, que el amor no salta a volar hasta que no tiene algún tipo de motor que te permita no suicidarte socialmente, o al menos alguna red de caída. La merma patrimonial que supone cualquier separación mueve a medir mucho los pasos incluso cuando las ganas de estar junto otra persona desaparecieron sin remisión (hay situaciones desiguales, en las que una parte pasa a mejor vida, mientras la otra atisba el umbral de la pobreza de pronto, pero ése es otro pantanoso cantar).

Hay otro dato sugerente: el número de demandas de mutuo acuerdo ha crecido en 2014 más que proporcionalmente. Ya estaba el pescado vendido, a qué litigar. Pero la economía es expectativa, y la expectativa de mejora ayuda a tomar ciertas decisiones que atañen a la serenidad y a la libertad. La separación es dolorosa, quizá más cuando hay hijos. Pero la abnegación ante el desamor cronificado -de nuevo, el que no es coyuntural ni pasajero- y la resistencia ante el desmoronamiento de toda admiración o compromiso es cada día menos común, por suerte. Pero el divorcio, aparte de ser un síntoma de recuperación económica cuando crece en número, tiene consecuencias muy positivas para la autoestima o, al menos, para el reciclaje personal y el cambio, cosa que mola mucho a algunas personas con mayor o menor sustancia. El dato: se habla una píldora -llamada Divorción- que no es una molécula desarrollada por la farmacopea, sino que la autogenera el ser humano cuando rompe con su pareja de siempre. Es el mayor adelgazante natural conocido en nuestro formato social, y produce sinergias renovando el vestuario y el estilismo. Y no es que yo quiera dar ideas.

Usted y yo, la mortadela del gran sándwich social

Tacho Rufino | 16 de marzo de 2015 a las 12:02

(Publicado en periódico el sábado 14 de marzo de 2015)

USTED ha tenido suerte, bien mirado: no está desempleado, no es muy mayor, tiene un par de hijos o tres y no tiene mayores a su cargo, o quizá esté jubilado tras haber sido un religioso cotizante. No se ve obligado a hacer ni chapuzas ni heroicidades en la llamada economía sumergida -de higos a brevas percibe algún modesto pago en negro, ningún pelotazo-, ni a convivir con familiares que no sean sus hijos aún jóvenes. Usted no se vio obligado a emigrar. Por esa suerte que usted ha tenido o por esa justicia que se ha granjeado, no percibe subsidios; usted cotiza a la Seguridad Social y no está exento de pagar impuestos sobre renta o patrimonio. Eso sí, tampoco accede a bonificaciones ni a tarjetas de descuento por transporte, ni tiene mucho derecho a que sus hijos reciban una buena beca si son estudiantes normales. Tampoco puede aspirar ni remotamente a una vivienda en alquiler social, que las hay mucho mejores que la que usted paga mes a mes, sea en alquiler puro o devolviendo hipoteca. A usted quizá le parezca bien que todo el mundo tenga una cobertura del fondo común si la vida no le ha deparado una buena ubicación en la pirámide de riqueza ni en la del estatus de este país. Usted no está subsidiado; ni remotamente, más bien cabría decir lo contrario. Usted se siente solidario y ve necesaria la redistribución y la protección social, pero tiene serias dudas de que una renta universal básica para personas sanas no sea un cuele para un porcentaje de personas que se han hartado y han decidido no trabajar más en las próximas décadas (“se han hartado” cabe aplicarlo en un doble sentido: han tirado la toalla desesperanzados… o “se han hartado” de divertirse sin red de caída).

Usted, lamentablemente, tampoco se puede comparar con el segmento que está sobre ese intermedio en el que su familia se ubica en la gráfica de la riqueza nacional. No es rico heredero, no es alto ejecutivo con salarios o bonus de la galaxia refulgente, ni ha percibido indemnizaciones por despido de esas de “entre bomberos no nos pisamos la manguera; hoy por ti, mañana por mí”. Tampoco es un empresario con éxito, ni es un privilegiado prejubilado que vive prematuramente su edad dorada porque ha tenido suerte o buena maña al relacionarse o trepar por la cucaña social. Usted se ha gastado miles de euros en lotería y cupones a lo largo de su vida… pero la Ley de la Probabilidad se ha cumplido en su caso: ni cinco tristes pedreas. Como usted, estando situado, no es rico ni de lejos, no tiene sentido que constituya sociedades instrumentales ni que haga otra ingeniería societaria o fiscal para pagar menos impuestos, dentro o un poquito fuera de la legalidad; ni invierte en bolsa ni habla con sus asesores sobre qué paraísos fiscales son fetén en cada momento. A usted no le queman los billetes grandes al lado del corazón: ya le gustaría.

Usted, disculpe, está atrapado. Atascado en la mitad. Paga por todo. Lo empapelan y lo embargan al primer regate granuja que se permita, o al mínimo despiste. Usted lo tiene todo controlado, y no precisamente por usted: sus cuentas, su propiedades, sus facturas, sus seguros, sus escuálidas deducciones, su nómina, su contabilidad de autónomo, su coche, su impuestos locales, sus malos aparcamientos y tantas otras cosas están perfectamente en foco para el ojo del Gran Hermano público, y también para el banco, ese Gran Hermano privado. En realidad, el Gran Hermano es su hermano, y no de los otros dos segmentos que le hacen a usted -mortadela corriente, embutido sin duda- de rebanadas en el megasándwich social. Pero no se venga abajo. Las elecciones lo miman. O mejor dicho: los programas electorales se acuerdan de usted tres semanitas cada pocos años. No se consterne: usted no está solo. Sin ir más lejos, yo estoy con usted.

Aves (o pájaros) del paraíso (fiscal)

Tacho Rufino | 16 de marzo de 2015 a las 11:36

LOS impuestos, como su propio nombre indica, no los paga nadie motu proprio: te los impone quien puede. Hay que rendirse a la evidencia: si los gobernantes no nos controlaran ni amenazaran con sancionarnos por evadir, aquí no pagaba nadie (actitud que tiene cierta coartada moral en España, dados los robos al erario que han perpetrado algunos gobernantes y sus secuaces). De forma que los paraísos fiscales son un producto de lo más terrenal y humano. Hace años, un compañero, recién licenciado como yo, comenzó a hacerse con clientes que no facturaban ni los equipajes en los aeropuertos. Él se volvió un remedo de aquel Sean Penn que hacía abogado cocainómano y en cuesta abajo que asesoraba a Al Pacino en Atrapado por su pasado, un experto en mover dinero disfrazado por islas y países pequeños con nombres pintorescos. Le cogió el gusto al cinismo y al darwinismo social: “El dinero negro es dinero y punto”; “el Estado es más ladrón que mis clientes”; “el dinero está ahí para quien es más listo, no para repartirlo con los pánfilos”. A nadie le molestan sus propias flatulencias, y casi nadie comprende algo si ese algo le toca el bolsillo. La conciencia humana tiene una alta dosis de plastilina en su estructura.carlitos_way_al_pacino_brian_de_palma_025_jpg_rsgu

Nosotros, barrocos y quizá despistados al traducir, decimos “paraísos fiscales”. Los muy precisos y sugerentes anglos los llaman tax haven (haven, refugio, y no heaven , o sea, cielo): nada de paraíso, sino refugio. Los paraísos fiscales han sido el destino estrella de las inversiones españolas en el último año: según Oxfam, el dinero que ha volado hacia esos balnearios financieros se ha incrementado en un 205% entre 2013 y 2014: se ha triplicado. Esta semana hemos sabido que nuestro paraíso en la otra esquina, la pujoliana Andorra, ha sido denunciada por Estados Unidos por blanquear dinero algunos de sus bancos. El imperio hace de policía más por miedo al terrorismo que por justicia ecuménica: bien está, nadie como Estados Unidos puede hacer algo contra el drenaje evasor de las economías nacionales (que es donde, no se olvide, se obtienen mayormente esos dineros que se dan a la fuga). Los palos aquí y allá incomodan, pero no solucionan un problema global. El hecho de que muchos de quienes tienen el poder de decidir posiblemente tengan dineros ocultos no facilita que se aborde el problema de verdad. Un problema que, solucionado, equilibraría el presupuesto español sobre la marcha y permitiría mayores inversiones públicas, mejores coberturas o una reducción drástica de nuestra deuda pública y exterior. Se valora en la bonita cantidad de 30.000 millones al año.

Mercadona: éxito a contracorriente

Tacho Rufino | 9 de marzo de 2015 a las 17:36

ESTE artículo lleva varios años publicándose: Mercadona vuelve a repartir una millonada entre sus empleados como premio a su buen trabajo y a su compromiso. La empresa de Juan Roig y su nunca bien ponderada mujer, Hortensia [este apunte lo debo a la observación de Charo R., originalmente omití a Hortensia en el artículo] es difícil de criticar. Uno parte del convencimiento de que dorar la píldora a las empresas grandes por principio y ad maiorem corporatio gloriae no conviene a quien escribe, ni a quien edita ni a la propia empresa adulada, porque el lector, salvo excepciones, no es memo. Pero como diría un séneca de andar por casa, “lo que es, es”. Mercadona gusta a la izquierda y a la derecha; sus supermercados son cómodos, sus productos son útiles y se adaptan a tus necesidades, y por lo general son muy razonables en calidad y precio. A Mercadona se la ataca, aunque poco, por supuestamente apretar a sus interproveedores, es decir, a quienes deciden sumergir su propia marca y trabajar para Mercadona como proveedores de marca blanca, cambiando nombre propio por seguridad y negocio constante. En cualquier caso, las empresas sabrán, que ellas son mayores de edad desde que nacen. El inefable Roig, que dice lo que quiere sin complejos, ha afirmado al publicar la cifra del bonus que “para ganar competitividad no hace falta bajar los salarios”. Más bien conviene lo contrario: “Lo que hay que hacer es tener una gran competitividad y grandes sueldos”. El dato: la cadena española líder en España ha aumentado un 4% su productividad (productividad: lo que obtengo dividido por lo que empleo en obtenerlo) y ha repartido en incentivos un plus de 263 millones de euros. Pero, lamentablemente, las empresas españolas grandes -y no tanto- no piensan eso, y sus representantes patronales, mucho menos. Suelen hacer justo lo contrario, como ha hecho esta semana de nuevo Juan Rosell, presidente de la CEOE Y también justo lo contrario de lo que enseñan y aprenden en lustrosos foros de alta gestión. Grandes compañías que aprietan de manera rayana en lo gratuito a sus jóvenes, tanto en los horarios y los sueldos, penosidades que los protoejecutivos cambian por una supuesta formación profesional de élite.

Muchos se critica a la universidad por no formar para la “realidad”: es una condena a la que uno llega a acostumbrarse como docente universitario. De hecho, una duda filosófica que un profesor de economía llega a tener tarde o temprano es si existe consonancia entre las recetas y modelos que impartimos y la realidad exterior. Pero afuera hace frío, y nuestro entorno económico no contiene un alto índice de empresas que funcionen con más paradigma que la mera supervivencia y el plan de negocio a corto plazo. Mucha prédica de postín, pero poco trigo. No es el caso de Mercadona: a los hechos nos podemos remitir sin miedo.

Montoro, como Sting, te observa

Tacho Rufino | 9 de marzo de 2015 a las 17:28

“Viajes, balnearios, colegios privados, inversiones en Bolsa o coches de alta gama serán vigilados por el gran ojo fiscal”

Publicado el sábado 7 de marzo 2015

DOS canciones deliciosas se han visto contaminadas de política fiscal esta semana en mi cabeza. En un regate feo, mis neuronas han vinculado a Montoro a la conocidísima Every breathe you take de Police, cuando dice: “Cada vez que respires, cada movimiento que hagas (…), cada palabra que digas, cada vez que juegues, te estaré observando (…). Pero ¿no te das cuenta de que me perteneces?”. Hacienda, de toda la vida -bueno, desde hace unos cuarenta años en los que existe alguna cultura tributaria en este país-, nos ha estado observando en nuestros movimientos salariales, patrimoniales, inversores, ahorradores, consumidores. Hasta ahí, nada nuevo. Lo nuevo es que la Hacienda de Montoro -cuya apariencia no es la de Sting, es cierto- pretende observar todos nuestros movimientos en internet y en las redes sociales para detectar defraudadores. Exacción Fiscal por Indicios (EFI), podríamos llamar a la nueva vuelta de tuerca del Gobierno de un país que, descapitalizado por el salvamento de unas cajas de ahorro mal llevadas y demasiadas veces violadas por la corrupción, endilgó a asalariados y consumidores el pufo del colosal préstamo exterior que el Estado solicitó para no dejar caer a las entidades y así salvar a sus accionistas y acreedores. Más allá de impuestos directos e indirectos, ahora la Agencia Tributaria va a investigar nuestro tren de vida por síntomas que no rezan en epígrafes del IRPF o Patrimonio. Y qué mejor sitio que la meca del postureo actual, o sea, las redes sociales.

La segunda canción cuya sublime melodía he prostituido esta semana es un estándar de jazz de 1938, que cantó, plumoso, Liberace o, con dulce desgarro, Billie Holiday. En I’ll be seeing you (“Te estaré viendo”), podemos ver proféticos versos sobre cómo el gran ojo tributario está decidido a verte “en todos los viejos sitios de siempre, en aquella cafetería, en el parque junto al camino, el tiovivo, en los castaños, en la fuente de los deseos, en cualquier precioso día de verano, en todo lo que es leve y alegre”. Llámenme paranoico, pero si esta letra no anticipa el álbum fotográfico sin defectos que es Facebook, donde todo viaje queda registrado, se pague con tarjeta o se propicie por una incómoda presión de dinero negro en el bolsillo: tiovivo por Eurodisney, parque por Trocadero, castaños por Yellowstone, verano por Formentera, fuente de los deseos por Fontana di Trevi, leve y alegre como un casino de Las Vegas. Y ahí te va Montoro -que tampoco se parece a Liberace, en este caso para su suerte-, que se frota las manitas musitando, ladino: “¿Cómo tus bares [clínicas, peluquerías, asesoramientos] agrupados en una sociedad limitada o un autónomo dan pérdidas de nuevo, y tú venga Nueva York, venga Roma, venga Rocío, venga Camboya, con toda la familia a cuestas y sin que falte de nada, que aquí están las pruebas de tu rutilante rumbo viajero y consumidor, con gran despliegue gráfico, además? Te estoy observando… y lo sabes”.

Esta innovación fiscal estaba ya inventada, cómo no, por los italianos. Hace ya tres años instauraron el redditometro o rentómetro, que viene a funcionar así: Hacienda cruza los datos de tus gastos reales y los de tu renta declarada. En caso de que las diferencias entre ambos superen el 20%, paquete por vía ejecutiva. El rentómetro contempla diversos tipos de gasto: vivienda, medios de transporte, seguros, formación, actividades deportivas y de ocio y cuidado personal, inversiones inmobiliarias y en bolsa. Los propietarios de barcos, como Correa/Gürtel, serán mirados con lupa, así como los buenos coches (en Italia cayeron las ventas de Masserati y Ferrari un 50% en un año). También los viajes, las estancia en balnearios y tener a los hijos en la enseñanza privada. La fama tenía un precio. La fullerilla de Facebook, también la puede tener.

Doctor, cúrate tú mismo

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 11:33

CONOCÍ a un cardiólogo que fumaba como un carretero, y despachaba la perplejidad de sus pacientes con un “haga usted lo que le digo y no lo que yo hago”, en dudoso ejercicio de empatía pedagógica. Menos grave es que en casa del herrero las cucharas sean de madera, allá cada cual con su boca. O que un buen profeta sea cachondeable en su propio pueblo, y acabe triunfando con su bola de cristal en otras tierras lejanas. Pero con la salud no se juega; ya Lucas relataba en el Evangelio el proverbio “medice, cura te ipsum”, con el que Jesús esperaba ser desafiado si hablaba a la gente de milagros, aunque en realidad el “cúrate tú mismo” se refería -doctores tiene la Iglesia- a hacer examen de conciencia antes de criticar a los demás. Los economistas son criticados por no ser capaces de prevenir, y malamente de curar, los males económicos que azotan cíclicamente la vida de la gente corriente: tan es así, que no existe acuerdo alguno sobre las recetas. Los economistas de empresa, es decir, financieros, marketinianos y demás, pegados a la realidad microeconómica y de andar por los negocios, hacen un trabajo más prosaico, pero más medible. Esta semana hemos sabido que Shaun Wills, director financiero de Supergroup, una gran empresa cotizada en la bolsa de Londres, ha dimitido porque sus finanzas familiares son un desastre: está en bancarrota. En el mundo anglosajón, esto es intolerable desde hace algún que otro siglo: si no sabes llevar tus finazas familiares, nunca deberías llevar las complejas finanzas de una gran compañía.
En Gran Bretaña, a los deudores que no podían hacer frente a sus obligaciones se los mandaba a una cárcel llamada Prisión de deudores, en la que se los privaba de libertad pero se les permitía tener oficina en el trullo y hasta la presencia de empleados, para así facilitar que saldaran sus deudas. Por eso, si un tipo cae en bancarrota, también es tradicional allí que pueda declararse personalmente en suspensión de pagos como cualquier empresa fallida, cosa que en España es mucho más reciente y a los más avispados los ha protegido de ser desahuciados mucho más que a quienes no han asumido legalmente la figura de quebrado. La española honra es muy quijotesca y todo eso, pero para los negocios es una porquería de actitud. El tal Wills no se ha declarado en bancarrota él mismo: lo han declarado sus acreedores. El hombre, como cualquier mortal español sin estudios financieros, se había metido en un casoplón que no pudo ir pagando ni con su sueldo de 700.000 euros al año. La mansión tampoco era el Wonderland de Michael Jackson; le costó, eso sí, un millón largo de euros. Y ha palmado en las cuotas, como un vulgar lego financiero cualquiera, aun siendo el absoluto ejecutivazo de las pelas de una multinacional. No somos nadie. Ninguno.

Usura 2.0

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 10:48

LAS estaciones de ferrocarril de las ciudades grandes son como las últimas charcas con agua del Serengueti en la temporada seca: allí se encuentran individuos de todo pelaje. El paso obligado de quienes van de camino a sus ocupaciones atrae gran cantidad de buscavidas, unos más legales que otros. Hace unos días descubrí en un apeadero una nueva especie de estación, el usurero. Se trata de una variante degenerativa de la chica que te ofrece, pulcramente uniformada, tarjetas de crédito con entidades de nombres en inglés. El usurero de estación, a diferencia de ésta, es ilegal y no da un servicio financiero con utilidad social, sino un mangazo consentido por el desavisado o desesperado prestatario: siguiendo el señuelo del folleto mal impreso que me dio la chica, llegué a una página web en la que te ofrecen 300 euros sin interés a devolver en un mes, sin nóminas ni avales ni seguros asociados. A partir del gancho, el tipo de interés TAE (recuerden, el tipo de interés real) es del 1.270%. Llamé al número 900 anejo para confirmarlo: otra señorita, ya de voz más pérfida que la repartidora de folletos, me confirmó con cierta incomodidad que sí, que te cobran un 1.270% TAE. Ha leído bien: en estos tiempos en los que los tipos oficiales están cerca del 0%, hay empresas que se aprovechan de quienes no pueden ir al mercado regular, y los funden, probablemente endiñándoles una roncha perpetua que se llevan por delante el futuro del paria financiero y quizá el de su familia. ¿Ilegal, dije? La usura, o sea, el interés excesivo, es ilegal en este país mientras que no se derogue -que todo se andará- una ley de 1908 que está parcialmente vigente. En cualquier caso, cobrar mucho a los semejantes por el uso temporal del dinero es algo que repele a las personas y apesta a quienes se lucran con ello, en algunos casos deformándole los rasgos y los gestos: manos que se frotan, mirada esquiva y aviesa, ropas apolilladas. La Biblia, con su habitual crudeza y vocación de policía de unos tiempos remotos, condena la usura en el Levítico o en el Éxodo. Personajes literarios, como el Shylock del Mercader de Venecia o el finalmente redimido Ebenezer Scrooge de Dickens, abundan en la naturaleza perversa de la usura, que en el XXI se dirige a ludópatas y otros adictos, arruinados dentro de un túnel infinito, desgraciados o ignorantes de diversa ralea. (Tuve la ocasión de toparme en una notaría a un usurero de hoy, que era acreedor de quien a mí me vendía y venía a por lo suyo: en ningún momento pude ver sus ojos. Olía demasiado a perfume. Detrás una protuberancia en su cazadora creí identificar una pistola.)

Ellas concilian con menos conflicto

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 10:45

HACE pocas semanas, Javier Marías publicaba una columna (Las mujeres son más jóvenes) en la que defendía de forma convincente que las mujeres son más risueñas y dulces, y llegaba a afirmar que -con honrosas excepciones-, son mejores viudas que viudos somos los hombres: “Cada vez que veo a matrimonios de cierta edad, pienso que más valdrá que muera antes el marido, porque conozco a bastantes viudos desolados y que no levantan cabeza nunca, que se apean del mundo y se descuidan y abotargan, que pierden la curiosidad y las ganas de seguir aprendiendo, que se convierten sólo en eso, en “pobres viudos” desganados y desconcertados”. Que los hombres somos más quejicas que las mujeres es -siempre en general, permítanme no volverlo a decir- verdad. Un hombre griposo es un cuarto de hombre, y malhumorado; a la mayoría de las mujeres no la anulan unas décimas de fiebre. Podría argüirse ante esta afirmación que, a la hora de cazar -véase, trabajar para traer el pan a la casa-, somos más eficaces los varones, y que la condición masculina abunda más en los segmentos más brillantes de los estudiantes (según algunas investigaciones, esto es cierto, como también lo es que los peores de la clase también suelen ser hombres… pero no nos adentremos en huertos embarrados). También es cierto que en España, para un mismo trabajo y salvo en la denostada burocracia pública, los hombres están mejor pagados que las mujeres. Pero aun así son más quejicas. Los son también quienes más comparten las tareas domésticas y familiares.

Cada vez más padres asumen tareas en el hogar, lo cual es tan cierto como que soportan peor que las mujeres la presión que esto supone para la vida laboral. Esto al menos sucede en Estados Unidos, y uno se atreve a proponer que aquí se da otro tanto. Según el llamado Informe Económico del Presidente, emitido hace una semana por la Casa Blanca, en las parejas de dos trabajadores fuera del hogar los varones sufren más conflicto a la hora de compatibilizar el papel de padre-amo de casa y el de trabajador (las cositas que se le ocurre estudiar a la gente de Obama…). Quizá esto se deba en buena parte a una inercia cultural asumida desde pequeños, es decir, a una disonancia entre lo que experimentamos en nuestras casas de niños y lo que, con el paso de los años, se espera de nosotros una vez que no vivimos con nuestra mami y debemos apechugar -son datos del estudio- con unas obligaciones domésticas que más que duplican a las de los hombres de los años 60. Sea esta hipótesis educativa plausible o no, hay datos de lo más jugoso sobre el asunto.

Según el estudio en cuestión, desde 1977 hasta 2008 ellas mostraron un incremento de estos conflictos trabajo-hogar (evito aquí describir la variable y cómo se mide) de seis puntos. Ellos, cinco veces más, y hablamos sólo de quienes hacían cosas en casa, más allá de aquello que les apetecía. O sea, tanto ellas como ellos sufren cada vez más conflicto por la dualidad trabajo dentro-trabajo fuera. Pero los hombres más, y de manera abrumadora. Como si estuviéramos menos preparados que ellas para llevar dos carros a la vez. O como si la mujer se hubiera incardinado en el medio laboral de manera más gozosa que nosotros en la parte obligada del hogar, dulce hogar. Hay que tener en cuenta que, en el estudio, la palabra “conflicto” no sólo se refiere a bajas laborales y otras situaciones objetivas, sino a sentimientos: los hombres mostraban un mayor sentimiento de culpa ante sus incompetencias, incumplimientos o, sencillamente, los reproches. Y más curioso todavía: no son los reproches del jefe los que más daño hacen: son los de la jefa, la pareja. O, sencillamente, es que somos más quejicas y, bien mirado, más débiles.

Negociar sin ceder no es negociar

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2015 a las 10:38

(HE tardado un poco más de la cuenta en colgar en el blog este artículo que se publicó el pasado día 21 de febrero de 2015 en el periódico)

SE puede ser solvente pero carecer de liquidez, o sea, tener un futuro razonablemente viable pero carecer de un duro en la caja (ni nadie que te lo preste para ir tirando). Es mal asunto en cualquier caso; una situación que se lleva por delante por estrangulación a economías domésticas y a empresas. Pero mucho peor, dónde va a parar, es no tener presente ni futuro. No sabemos bien qué futuro tendría Grecia si se suavizaran las condiciones que les imponen sus acreedores y los prestamistas globales que se agrupan en una trinidad de cuatro miembros, mal llamada troika. Es decir, FMI, Comisión Europea y sobre todo el BCE… más el gran poder que no figura formalmente entre ellos, Alemania. Ha sido Alemania -que engaña poco- la que ha respondido con negociación dura a la posición dura de Grecia tras el acceso al poder de Syriza, que a unas malas amenazaba con dejar de devolver dinero (como a unas malas promete en su programa, por otra parte). Para colmo, uno que pareció hace pocos días ser un repentino aliado griego, Estados Unidos, ha urgido a Grecia a llegar pronto a un acuerdo si no quiere sufrir con crudeza los sinsabores de la bancarrota. Que Grecia abrace la protección financiera de una Rusia de fríos ojos azules -que es lo que verdaderamente le preocupaba a EEUU- parece poco realista sin, de hecho, entrar en bancarrota y probable corralito por un periodo de duración difícil de estimar, pero de dureza social de maldición bíblica. Aun así, Grecia sigue teniendo juego. Y mucho me temo que su ministro Varoufakis tiene el crédito de sus votantes muy fresquito y puede marcarse faroles o amenazar con espantadas.

Juncker, presidente del gobierno comunitario, la Comisión Europea, es un tipo desconcertante. No es lo previsible que lo puede ser un eurócrata norteño, y por ello resulta interesante. Si al ganar Syriza las elecciones advirtió a los ganadores que “no todo puede cambiar de repente” -admitiendo así que sí debían cambiar algunas cosas-, ahora Juncker ha recordado algo que es esencial en cualquier negociación decente, no humillar a la contraparte: “Hemos pecado contra la dignidad de griegos y portugueses”. Él ya puso en duda hace dos semanas el futuro de la troika, lo cual no fue poco. Cuando uno humilla debe pedir perdón -si se es decente, cabe insistir-, y en la medida de lo posible, resarcir. Grecia ha sido culpable, así dicho en general: de inoperancia, imprudencia y fullería. Hay síntomas claros de ello: no hay catastro, no hay verdadera ni consistente tributación, y muchos números oficiales resultaron ser falsos (no sin la auditoría y certificación de entidades multinacionales de supervisión y control). Pero Grecia, también, ha sido utilizada como cliente militar de Alemania y otros para aviar la teórica guerra con Turquía, y ha sido prestatario de muchos créditos otorgados a la ligera por quienes ahora quieren ser inclementes en su devolución. Y ha sido humillada. Lo dice Juncker, y uno lo cree.

Este juego de negociación afecta a mucha gente, a la que puede condenar al limbo laboral o al infierno de la pobreza. Y mientras que se demuestra lo contrario o no, somos socios de un mismo club, o sea, gente con intereses comunes. No vale el paso militar, no vale la amenaza y mucho menos la humillación. No se pueden exigir reformas para modernizar una economía y, además, no conceder indulgencia alguna en la exigencia austeridad y en el endeudamiento: no funciona. No se puede ganar siempre, debe recordar una Alemania que ostenta excelentes registros de desempleo, crecimiento y equilibrio fiscal. Syriza, o sea, Grecia, debe ceder en su maximalismo de ecos mitineros; Alemania debe también ceder y mirarse no sólo su ombligo, sino el de sus territorios comerciales y financieros periféricos. Hay partido, uno sólo se atreve a apostar por eso.