Montoro no toca la cerveza ni el vino: se agradece

Tacho Rufino | 3 de diciembre de 2016 a las 9:37

“Las primeras subidas de impuestos afectan a alcohol, carburante, tabaco, bebidas azucaradas y rentas empresariales”

“No son los zumitos, sino las deducciones empresariales, la parte del león”

Así en tu casa como en el Estado, si tienes una robusta deuda y una economía lánguida, las opciones son tres, te pongas como te pongas: buscas más dinero, gastas menos o ambas cosas a la vez (entregar las llaves de tu casa o de tu país a tus acreedores es también una opción, la solución final). Nada más constituirse el nuevo Gobierno, el ecónomo mayor del Reino, Cristóbal Montoro, ha tirado por el lado de los ingresos, o sea los impuestos, que tienen mejor venta que los recortes, sobre todo si no se trata de subirle el precio de todo al ciudadano, vía IVA, o de quitarle más a lo que el ciudadano gana, vía IRPF. Se suben los impuestos, pero de momento, es una vuelta de tuerca “con causa” y progresista: por nuestra salud. Los refrescos y zumitos azucarados gustan a todos, pero no son muy saludables. Tres cuartos de lo mismo pasa con el tabaco y con el alcohol. Estos tres conceptos, junto con los carburantes, han sido elegidos por el ministro de Hacienda para meter al déficit público en cintura. Vendrán nuevos recortes, pero de momento, y hasta las probables nuevas elecciones antes del verano próximo, Montoro ha elegido las alternativas más vendibles ante la gente: no bebas, no contamines, no fumes, come sano. En realidad, de esto se han nutrido los titulares de las noticias.

En el cuerpo de las mismas, descubrimos que la parte del león de este arreón recaudatorio –tan típico de los gobiernos entrantes—no pasa tanto por estos conceptos sino que se va a obtener de las empresas. La eliminación de deducciones en el Impuesto de Sociedades son otra forma de ingresar más. Y esta fórmula no sólo es mejor recibida por el ciudadano medio que los mencionados IVA e IRPF, que afectan directamente a su bolsillo, sino que tiene mucha potencia recaudatoria: “Que pague ahora otro; las grandes empresas en España pagan muy pocos impuestos”, según es creencia, no sin bastante razón: en porcentaje del PIB, España recuda mucho menos (2%) que la media de la Unión Europea (2,4%), y mucho menos que los países más poderosos económicamente (Alemania, Francia, Reino Unido, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica o Luxemburgo). También recaudamos menos que la media –en IRPF e IVA, pero el Impuesto de Sociedades tiene mayor recorrido recaudatorio y menor impacto popular: se puede exprimir un poco más el limón empresarial. Los empresarios, por su parte, han protestado esta semana: “No se deben eliminar incentivos mediante deducciones del impuesto a las rentas corporativas; se deben incrementar”. Los impuestos nutren al Estado, pero adelgazan la esfera privada. Si consideramos al Estado el gestor de la suma de las esferas privadas o, liberalísimos, pensamos que es el Gran Confiscador Insaciable es cosa de cada cual. Cosa ideológica, mayormente, y ya haremos plastilina con los datos para avalar nuestra creencia.

Mas la estrella de los titulares económicos ha sido el azúcar en los refrescos y gaseosas. Vivimos en un país que consume crecientes cantidades de comidas y bebidas tan gustosas como insanas: zumos dulces y venenosos, infame bollería de engorde y daño arterial, chuches en las que –apostamos—somos campeones mundiales per cápita… cápita mayormente pequeñita e infantil. Tiernos proyectos de diabéticos y obesos. Gravar tal exceso es algo muy defendible, y aceptable por el ciudadano. Que se apriete más a fumadores y bebedores también resulta socialmente inofensivo para el gobernante. Eso sí, cuando hablamos de beber, hablamos de bebida –como diría un conocido—“de chulo”. Alcohol duro. La cerveza y el vino, grandes industrias empleadoras a la par que buenos sustentos para sobrevivir en este valle de lágrimas, no las toca Montoro. Un detalle, ministro.

Black Friday, no nos pongamos tan numantinos, es sólo marketing

Tacho Rufino | 2 de diciembre de 2016 a las 19:46

Uno es mucho más partidario de Black Sabbath que del Black Friday, vaya eso por delante. Ozzy Osbourne y los suyos son una injerencia cultural anglosajona también, ya completamente clásica para los amantes del rock leñero. Un tema icónico de la banda inglesa se titula Paranoid: estiremos el paralelismo. Hay cierta animadversión -culta, vernácula y algo visceral- hacia Halloween y hacia el Black Friday que comenzó ayer (y que también se estira, unos días, por puras razones de marketing). No nos ponemos tan tensos, algunas veces algo paranoid, con las injerencias, también anglosajonas, de Clint Eastwood, Noam Chomski, Bertrand Russell o John McEnroe, lo cual es lógico: mientras que estos egregios nombres han venido a dar gloria a la cultura occidental, Halloween existe para el cachondeo y el disfraz, y el Black Friday, que emerge poderoso por estas fechas desde hace pocos años, no es sino una acción promocional colectiva y masiva, derivada de un hecho: antes de las navidades el personal no se gasta los cuartos; los bolsillos dan bocados, los monederos de tacón -tan propios de los muy miraditos con la pasta- pueden cerrarse en tus falanges cual tapa de piano en donde dijimos. Y los oferentes, el comercio, quieren desbloquear a los demandantes, usted y yo. Que la idea viene de Estados Unidos, muy cierto. Pero mire a su pantalla de ordenador, que tan maravillosas posibilidades le provee: bien mirado, ese metauniverso digital en casita es una injerencia americana de mucho cuidado. Las principales corporaciones mundiales son ya de internet… y yanquis. Su utilitario de cuatro ruedas también tiene sus ancestros allá por Michigan. Es ocioso seguir dando ejemplos.

¿Por qué extraño motivo de aldea gala irreductible no voy a percibir como una buena oportunidad de consumidor el ahorrarme 150 euros en jubilar mi vieja AEG, que cuando centrifuga parece que dos cíclopes estuvieran haciendo el amor, con denuedo y en mi cuarto de baño? Debería estar agradecido al Black Friday: la pobre lavadora tiene ya problemas de retención, y un día de estos pudiera romperme la crisma de un resbalón. Y recordemos, las rebajas también son un invento del mundo capitalista de más negra pata. El objetivo de las rebajas, como el del Black Friday, es incentivar las compras en periodos depresivos de consumo por causas estacionales: después de las navidades vienen las rebajas de toda la vida, y la pasión por el chollo mete en trance a no pocos durante semanas. ¿Por qué no antes de las navidades? Teniendo en cuenta que es ahora cuando mucha gente recibe o espera recibir de inmediato una paga extra, parece más sensato -como más de homo economicus- la semana de rebajas y promociones que comienza en el Black Friday que las rebajas cuando la tiesura es mayúscula tras los excesos navideños, y la cuesta de enero se empina hasta más allá de marzo. Es muy americano, es verdad: muy práctico.

Justo cuando esto se escribe, entra por whatsapp un anuncio de Black Friday muy singular, que viene a constatar el éxito apabullante -y para siempre, es de temer- de esta estrategia de marketing (nombre ficticio): “Sala Los Escandinavos. Viernes 25 de noviembre. Black Friday. Grandes descuentos. Entrada y 1ª copa gratis. 24 horas”. El aspecto y la actitud de la chica que domina el folleto, con su cuero negro y sus piernas poco cruzadas, son los propios de una moral distraída. Si usted tuviera un comercio, sea una franquicia de electrodomésticos o un puticlub, ¿se negaría en redondo, en un alarde defensivo, a meter unas perrillas extra, ahora que la tesorería es agua de mayo, digo de noviembre? Terminemos con un dato: más de un tercio de los españoles ya compra los regalos navideños desde ayer.[Este artículo fue publicado anteriormente, el día posterior al propio Black Friday, que es el último viernes de noviembre]

Cubalibre

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:51

Hace años, el profesor fue contratado para formar a docentes cubanos en gestión de empresas y marketing. Estos términos capitalistas comenzaban a ser deseables para un país que se volvía a abrir al turismo y a un proceso de lenta aceptación de cierta iniciativa privada. Surgían en La Habana los paladares, restaurantes en domicilios privados (es un decir). El turismo de nuevo, después de haber sido en los 50 el casino y prostíbulo de Estados Unidos (remitimos a El Padrino II, con Batista vendido a la mafia judía: recuerden a ese Hyman Roth interpretado por Lee Starsberg). Apenas comenzado el siglo XXI, el avión en que el profesor cruzó el Atlántico era una bomba volante de testosterona italiana y española: todos tíos, chorreando tras las orejas un deseo de primera a precio de cuarta. El jineteo -la prostitución por miseria- era una lacra que el régimen cubano debía erradicar si quería dar algún futuro a la nueva industria captadora de divisas. Se enviaba a cortar caña y otros trabajos forzados a quienes fueran actores o cómplices de la venta de carne caribeña a babosos mediterráneos (y más de una babosa infiltrada).

“Marketing y gestión de empresas” para cubanos: había algo de paralelo con aquello de echar la bebida del enemigo -la cocacola gringa- en el ron local, y hacer así un cubalibre y una Cuba más libre, con hielo y paragüitas de colorines. Al profesor le recordaba la consideración que el cubano de calle tenía por su comandante a la que muchos españoles de los sesenta y setenta tenían por Franco. Un dueño tiránico no deja de ser querido por sus perros domados con férrea autoridad. El profesor recibió en su casa, donde había un bebé de año largo y otro de apenas meses a un conductor de faster -bicitaxi- que estaba casado con una hija de un antiguo jugador del Betis en la República, ¡de nombre Rojo! La pareja -balseros del aire, llegaron en Iberia- se presentó sin avisar ni invitación, y acompañada de un pariente de dos metros y muchas arrobas de peso. Allí estuvieron los tres dos meses, hasta que Cáritas les buscó alojamiento. En ese tiempo de estancia sobrevenida, los que huían de la pobreza de un régimen dictatorial y asediado comercialmente por parte del enemigo de la cocacola no toleraban que nadie mentase malamente a Fidel. Ellos, disidentes y hoy españoles como su hija, no respondían nada mansos cuando se les recordaban las cárceles pobladas de presos políticos. Algo que me recordaba profundamente a muchos de los padres y abuelos de quienes éramos niños en los sesenta en España.

Mudos de ocasión

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:50

La persona a quien más debo era católica practicante, de esa rara avis que observa el precepto de Mateo 6.3: “Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”; como la caridad, el sentimiento, si es verdadero, es antes que nada íntimo. Ella no gustaba de los funerales porque sostenía que poco había que hacer en ellos: el muerto no estaba allí, su suerte estaba echada, y nadie podría ya abrazarlo ni procurarle paz. Los pésames a los familiares arropan y empaquetan un rato la soledad y la pérdida. No es, pues, dar limosna el mostrar las condolencias a quienes de verdad amaron al muerto, y no pocas personas sienten sincera compasión al hacerlo. Es un acto social y, para muchos, necesario. Por el contrario, los minutos de silencio gritan la insinceridad de no pocos mudos de ocasión.

Hace años que me producen urticaria en los campos de fútbol. Los minutos de silencio por un atentado o por un socio señalado no sólo pueden ser violentados por los gritos de los canallas habituales de los estadios. No sólo se practican ante una masa heterogénea que, en general, nada compadece: va a ver a su equipo, y en cuanto pita el árbitro, adiós muerto, la masa ruge. Sirven para pompa y circunstancia del palco, donde llora un familiar que lloraría mejor a solas. Son una fuente de agravios y de práctica del nepotismo: “A tu padre se le hace, ¡cómo si se le hace! ¡Qué gran atlético fue!”, aunque hace dos semanas muriera uno con más viejo carné y menos relevancia local. Son una forma de dejar clara la centralidad en el club de fútbol, en la asociación, en el colegio profesional. Todos moros en la compasión y el homenaje, o todos cristianos. Debe de haber fórmulas de reconocimiento post mortem asépticas: un crespón todos por igual, una foto 24 horas en la web.

Por eso, en un primer instante, me pareció bien que Podemos no secundara el minuto de silencio en el Parlamento por la muerte de la controvertida Rita Barberá (alguno que se dio allí golpes de pecho estaría, en el fondo, aliviado). Pensé que era una forma de protestar por el agravio comparativo con la muerte del parlamentario Labordeta, a quien se le negó el minuto de marras. Pero luego se entera uno de que Podemos secundó otro minuto de silencio hace poco, con gran pose de aflicción internacionalista y roja, abducidos todos por el morbo de la figura de un cura etarra, Periko Solabarria. El respeto exprés de un minuto de Iglesias y los suyos eran una táctica, pura fachada de plañidera con la carrera de Políticas. El oportunismo y la falsedad suelen gravitar en la espesa atmósfera de esos minutos negros y silentes.

Posverdad

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:49

No sabíamos que se llamaba así, posverdad, pero cuando colgamos un chiste gracioso en una red social y nos hacemos protagonistas del salero ajeno, participamos en la posverdad, aunque seamos meros carteros de quien tuvo el ingenio y, en realidad, más sosos que una dieta vegana. Lo mismo nos pasa cuando ponemos una foto de perfil que es una versión platónica de nosotros. O al crearnos una imagen pública a coste cero en la que somos solitarios viajeros misántropos -cuando morimos por una playa familiar-; grandes animadores de tablao siendo patos mareados, solidarios deportistas en fosforito y con pulsera temática cuando no hemos corrido ni para huir de un perro, íntimos de Hohenlohe y Gunilla a pesar de nuestro mal disimulado pelo de la dehesa. La posverdad es un paradigma comunicativo imperante, en el que la verdad no importa nada, sólo las emociones que se puedan crear. Si la verdad no crea emociones que puedan mover corrientes de opinión y hasta elecciones, tiramos de la posverdad, o sea, de la mentira contemporánea que habita en internet. Que puede con todo.

Según Politifact, una agencia periodística premiada con el Pulitzer, en la campaña de Trump la inmensa mayoría de sus mensajes recurrentes eran mentiras podridas: él ha hecho campaña diciendo barbaridades y embustes, y no es que no le haya pasado nada, es que así se ha convertido en presidente de los Estados Unidos. En la campaña del Brexit, el antieuropeo Nigel Farage reconoció al día siguiente de su victoria que su principal argumento en el referéndum -el robo continental a la Islas, como el que Cifuentes o el nacionalismo catalán atribuyen cada cierto tiempo a los andaluces-era rematadamente falso. Decir mentiras sale a cuenta. Si la mentira es de calidad, puede parasitar a los grandes difusores de información de hoy, Facebook y Google, que les darán difusión gratuita. Y encima podrían los mentirosos obtener ingresos pingües de la publicidad, precisamente por su vampirismo. Un negocio basado en la trola, el infundio o el morbo: emprendedores y embaucadores. Las reglas del juego han cambiado. ¿Quién quiere verdades pudiendo manipularlas o enterrarlas, y con ello influir y ganar? Facebook y Google, los Grandes Hermanos que todo lo ven y pueden, se han erigido en árbitros mundiales, por encima de todo gobierno, y anuncian que van a eliminar a los campeones de la posverdad. ¿Quién si no lo iba a hacer? No tenemos mucha idea -al menos, hablo por mí-de la voltereta que el mundo de internet ha supuesto, sin marcha atrás, sobre nuestras vidas y el control del poder.

Cristina, per carità

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:48

Si hay una expresión italiana que me guste, ésa es per carità, que no se usa para pedir caridad, sino para hacer ver lo estúpido de aquello que nos dicen o pasa ante nuestros ojos. La presidenta del foro y su correlativa provincia seca, Cristina Cifuentes, en un ataque de caridad, se ha sobrado esta semana haciéndose la señorona que no puede aguantar decirles a sus compañeras de bridge que está alimentando a Andalucía con sus pechos. Unos pechos capitalinos henchidos de sedes funcionariales y empresariales, de burocracia de alta expresión y extensión. Por caridad del páramo madrileño convertido en babel del dinero improductivo que se mueve a cien por hora, nosotros, moritos buenos y flamencos, en el sur, podemos disfrutar de un hospital general en el que hacernos una diálisis o a asistir a los últimos días de nuestra madre. Eso lo pagan los madrileños, lo dice ella. No importa que tú, sureño subsidiado, pagues más del treinta por ciento de tus ingresos en impuestos para que quien tiene menos que aportar disfrute de unos estupendos mínimos sanitarios o educativos. Y que la mayoría de los madrileños paguen menos que tú en, un poner, un pueblo de la Alpujarra o un adosado de Torremolinos. Los andaluces chupando del bote. ¿Otra vez? Otra vez.

Duele la boca de decir que los impuestos son personales y no territoriales. Duele el cerebelo de recordar que los cálculos de la balanza fiscal no sólo son cuestionables, sino que hay métodos de cálculo que pueden decir una cosa y la contraria. Duele, o quizá ya sencillamente jode, recordar que quien más gana, más debe pagar, y que la llamada balanza fiscal de un territorio -lo que aporta a lo común menos lo que recibe de lo común en fondos e inversiones públicos- es la consecuencia impepinable de su posición comercial y financiera. Por ponerlo en plata con un palmario ejemplo, la multimillonada que Alemania aporta a los presupuestos europeos la aporta porque le sale a cuenta. Porque gana dinero con ello. Si no, ¿de qué? La presidenta madrileña, Cifuentes, ha dicho lo que ha dicho porque quiere aguar las reivindicaciones catalanas, que a su vez son producto de un ataque de cuernos con los privilegios vascos. Y porque está en el horno, justo ahora, la distribución de la financiación interterritorial. Y va ella, con lo estupenda que parecía, y nos pone de vagos, quizá de maleantes, subsidiados y atrasados. Quizá vendrá a darnos a los jornaleros de su finca una peseta por hijo el día de la primera comunión de su nieto. Per carità, Cristina, per carità.

Pie, bici, coche

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:48

Desde la mayoría de edad y hasta le fecha, con seis años de ínterin en la empresa, he tenido el privilegio de no separarme de la universidad. Muchas cosas han cambiado en ella estos tiempos. Pero si hay algún rasgo llamativo es que, en aquellos primeros ochenta de estudiante, en el campus no había casi bicis; apenas las de cuatro gatos testimoniales. Hoy, el éxito de los carriles bici y la sensatez que ha movido a su uso masivo hace que en los aparcamientos ad hoc haya cientos de velocípedos. La lucha de un reducido e irreductible grupo de creyentes nos ha servido a todos a quienes coger la bici para ir al trabajo y volver supone dos de los mejores ratos de la jornada. También imprescindible fue la reivindicación ilustrada -para el pueblo, pero sin que el pueblo lo reivindique-del carril bici por parte de un partido hoy fagocitado por Podemos, Izquierda Unida: al César rojo, lo que es del César rojo. Pero el uso general de la bici en la ciudad es, cómo no, un punto de fricción social, de controversia urbana. Algunos ciclistas prepotentes e ineducados frente a quienes, en el fondo, creen que lo natural es ir en coche (tengo para mí que cuanto más preponderante y abusivo es su uso, más subdesarrollado es el lugar). En medio, la mayoría normal.

Un ejemplo de abuso. Ayer lunes, una pareja emula a Katharine Ross y Paul Newman en Dos hombres y un destino mientras sonaba Raindrops Keep Fallin’ On My Head: tardecita dorada de otoño; ella repantingada, sentada en el manillar, con sus piernas de eventual ariete, apoyada en el pecho de él, que conduce. Ruedan su amor por la acera. Un abuelo sale de una cafetería con su nieto, en babi. Las piernas de la chica topan, menos mal, al abuelo, y lo hacen caer; ella también cae. El hombre, aturdido, les recrimina, sólo constata lo obvio: “Esto es una acera”. La pareja lo insulta sin argumentar: “Vete a tomar por culo, viejo”. Se recomponen y se van, ensoberbecidos. No saquen las uñas, compañeros ciclistas: esto es un ejemplo excepcional. Pero no del todo, seamos claros.

Pasemos de un ejemplo a una sentencia. Un tribunal ha condenado a un ciclista a pagar los daños producidos a un coche al cruzar por un paso de cebra. No le adjudica el derecho de ir por lo que es para los peatones -Del latino pedonis, pie-. De cajón. A la gente no se le enseña con decálogos: eso lleva tiempo. Con sentencias, sí. Miremos la cara B, la de quienes de esto hacen un mundo, cuando si hay algo peligroso en la circulación son los coches. Seamos claros también en esto. Continuará, seguro.

Rota, Spain

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:47

Si has veraneado de pequeño en aquella Rota, es difícil odiar al yanqui al modo en que suele hacerlo cierta izquierda clerical española, ese sustitutivo de los sermoneadores con sotana, siempre prestos a la práctica del adagio “públicas virtudes, vicios privados” (por cierto, muy propio también de la derecha clerical. Coincidencias). Llegar a Rota suponía desplazarse apenas cien de kilómetros, y un mundo entero sin embargo. En una España setentera que no acababa de sacudirse el miedo cerval a la autoridad, llegar al pueblo gaditano menos gaditano tenía mucho de Show de Truman, de escenario increíble: latas Cherry Coke; gorras con el anagrama de los Nets, balones tricolor de baloncesto, coches interminables empanelados en madera, mujeres descalzas en shorts vaqueros, soldados haciendo riffs por Jimi Hendrix con sus Fender en el interior de destartalados chalés con barbacoa, sectas que te invitaban a merendar, discos de Frank Zappa, raquetas Wilson metálicas, broncas de soldados beodos que acababan lanzados por un gorila de la pick-up en una camioneta, prósperos puticlubes que no daban abasto cuando arribaban el Saratoga o el Nimitz, kétchup y mostaza, enormes pizzas. Orgásmico. Nada de eso, ni similar, había por aquella España en la que el cadáver del dictador aún podía revolverse.

Ustedes dirán que la propia líder regional de Podemos, Teresa Rodríguez, es de Rota y sin embargo tiene gran callo en manifestarse frente a la verja del origen de todos esos males imperialistas, la base militar americana. Es una cuestión generacional. Rodríguez no vivió, por edad, aquella Rota en que los americanos vivían en el pueblo, antes de que la crisis del petróleo y los preludios de islamismo armado recluyeran a los soldados y sus familias en la propia base. Allí se acabaron las ferias “de los americanos”, con chicas de camisetas mojadas que caían a una piscina si atinabas con la bola en una diana, o Pontiacs que podías destrozar con una machota durante unos minutos por un módico precio. Allí se comenzó a reducir el consumo de esos soldados y funcionarios en el pueblo, y, ay, el trabajo de cientos y cientos de roteños dentro y fuera de la verja. En esa época en que los americanos redujeron el contingente de sus tropas radicalmente, Rodríguez -valga ella como referente- no habría nacido. No lo vamos a negar, de EEUU nos llegó buena parte de la modernidad y la cultura que quien suscribe valora como un tesoro vital. Por eso, miren qué subjetivo, desde aquí deseamos que hoy elijan a un presidente que les venga bien. O si puede ser, una presidenta [Este artículo se escribió el día previo a las elecciones USA 2016]

Borrell, el egregio timado

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:42

“El ex presidente del Parlamento Europeo denuncia una estafa millonaria por parte de unos falsos bróker globales”

“No hace falta ser un humilde campesino: al gran Borrell lo han timado como a un primo”

Hace diez años fueron intervenidas Fórum Filatélico y Afinsa, dos empresas de “inversión en bienes tangibles”, que así se llamaron algunos chiringuitos financieros enmoquetados y con ambientador costeado y corbatas muy alegres que acabaron tomando los ahorros de muchas personas para salir con ellos huyendo. Devastaron muchas economías modestas cuyos titulares creyeron lo que les decía un hijo espabilado y estudiado o, sencillamente, se apuntaron al dinero fácil que un vecino fardón decía haber ganado con la punta del azadón. Ya conocen el resto: todos obtuvieron durante un tiempo una rentabilidad irracional, hasta que la pasta se esfumó y muchos quedaron sin blanca. Creyeron que los sellos –otros, que los árboles madereros y sostenibles en algún exótico país— les iban a hacer rico porque, ya se sabe, los sellos se revalorizan que es una barbaridad. A otros les pasó con las casas y oficinas, en una estafa más macroeconómica y a gran escala. En todo caso, hace falta la complicidad de un incauto, un ignorante o, sencillamente, de un humano víctima de la codicia. Eran tiempos en que los grandes bancos te prometían más del diez por ciento al año si les confiabas más de medio millón de euros. Si no los tenías, como es normal, ellos te los prestaban. Con el tiempo, las rentabilidades y el propio valor de la inversión desparecían, y el préstamo quedaba robusto cual pino junto a la ribera. Historia contemporánea de España.

Sobre aquella estafa filatélica, hace poco vista para sentencia, mucho se cargaron las tintas acerca de la ignorancia y la ruralidad de los estafados. Pero eso es un prejuicio facilón. Supimos también de propietarios de empresas cotizadas a los que levantaron con mayor prosopopeya y exclusividad tres o cuatro millones de euros. Con todos sus asesores y consejeros áulicos silbando. Dentistas e incuso economistas que se quedaron tiesos y con la cara de quien se queda sin silla en el juego del corro y la música que de pronto se para. Se les acabó el concierto del ladrillo en eterna revalorización, sobre plano y tal. Y ahora, en esta misma semana, hemos conocido que uno que fue ministro de Obras Públicas, aspirante a presidente del Gobierno y a la postre presidente del Parlamento Europeo, ingeniero y masterizado en la crema más dionisiaca de la formación profesional, tenido por muy brillante y sagaz, además de catalán y llamado Josep Borrell acaba de ser timado. Sin traje de pana, ni boina ni dedos como boniatos. Tenía unos eurillos –150.000, por ser precisos—que podía invertir, y se dejó embaucar por una agencia virtual extranjera. Así leído, manda muchos zigotos. Pero es así. Ha denunciado que le dieron biberón bueno durante unos meses y, de pronto, sus brokers globales se dieron el bote, se esfumaron. Los bancos gestores se encogieron los hombros ante el pánico del egregio timado: “Aquí no hay ‘na’, Sr. Borrell, yo que voy a saber ni saber”.

Se nos ocurren dos lecturas más o menos moralizantes sobre este suceso algo desternillante. La primera, que Borrell obtuvo varios de cientos de miles de euros por su –gira la puerta, gira—pertenencia al Consejo de Administración de Abengoa. Si ese Consejo no se percató de la ruina larvada y que ya supuraba de la tecnológica, esas dietas galácticas sí ayudaron a abrir el hoy del que poco a poco saldrá la compañía (que ya será otra, mucho menor). Y segundo, la moraleja clásica, que enunciamos en palabras de un amigo, a la sazón inspector de Hacienda: “La avaricia suele romper el saco. O dicho de otro modo, nadie da duros a pesetas salvo los timadores”. Un pecado capital. Que te deja el capital hecho unos zorros, vaya.

Recortar o gravar, no hay otra

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:39

Con apariencia de no estar tragándose un sapo amazónico ni tampoco de tener un desahogo de proporciones bíblicas, el portavoz de PSOE en el Parlamento, Antonio Hernando, ha dicho esta semana que se equivocó al mantener tercamente, duramente un año y ante la investidura de Rajoy, aquello de “no es no, Sr. Rajoy” y “Qué parte del no no entiende, Sr. Rajoy”. Se equivocó, obvio es, porque al final su partido se abstuvo y desbloqueó una situación institucional pública -y privada, de rebote- que ha hecho mucho daño a nuestra economía. Y nos ha puesto en una difícil posición ante quienes tienen el grifo de la financiación, del maná de las ingentes ayudas públicas y, también, de las sanciones por incumplimiento de lo pactado: Bruselas, la Comisión Europea, Europa. Erre que erre, en esa misma comparecencia, el ínclito Hernando, sin empacho, ya decimos, ha dicho que ve imposible que el PSOE apoye al nuevo Gobierno en la aprobación de presupuestos. Lo dijimos aquí la semana pasada: los presupuestos -su confección, su aprobación y gestión- son, en este momento crítico de nuestra historia, la política. Buena parte del resto es politiqueo, pose, trile, moralina, contienda, pugilato improductivo, barroquismo, chupada de cámara. Los presupuestos son la base y la guía de la acción política, también son la plasmación de la ideología de quien gobierna o el resultado de la negociación entre partes. Y va Hernando y dice que qué parte del no con respecto a los presupuestos -que aún están por conocerse, ésa es otra- no entienden el Sr. Rajoy y sus secuaces. Al refranero: hemos hecho un pan con unas hostias abstencionistas; para este viaje gubernativo no hacían falta estas alforjas de un PSOE en horas decisivas. Hubiéramos ido al tercer rempujón electoral y nos habríamos evitado el paripé. Porque quizá, si como dice va a bloquear el PSOE los presupuestos, en verano del año que viene estemos otra vez votando.

Porque se necesitan todas las manos, todas. O casi: al menos las que hagan factible la gestión de los ingresos y gastos públicos (por ejemplo, las del partido de Hernando, el PSOE). La situación es dificilísima, por mucho que Montoro al tomar posesión nos dijera un “Ea, ea, ya va a pasar, lo peor ya pasó”. Para bosquejar el panorama -panorama de lo más presupuestario- permitan la síntesis metralleta: España tiene una deuda que sobrepasa la línea crítica del 100% del PIB, ha consumido su hucha de pensiones, tiene poco recorrido para subir impuestos -salvo que creamos que, como afirma Podemos, de esto nos salvan las grandes fortunas-, no cumple con los objetivos de déficit ni en los periodos de mayor crecimiento reciente (2015), ha realizado enormes recortes en política social, sanidad y educación. Nuestro crecimiento es más exógeno que endógeno, o sea, es más mérito de Draghi (barra libre financiera y compra por parte del BCE de cualquier cantidad de deuda pública) y de los precios del petróleo, bajo mínimos. Por otra parte, cabe hacerse dos preguntas. Si no amortizamos deuda cuando crecemos, reduciendo su siniestro montante total, ¿cuándo lo haremos? Y, si subieran los tipos de interés, artificialmente bajos, ¿qué podría pasarle a esa deuda, a los vencimientos de su carga financiera? Como suele decirse, el plan es todo menos bonito. Las alternativas de gestión -o sea, presupuestaria- son tercamente dicotómicas: o recortamos o subimos impuestos. (O si practicamos el optimismo coelhiano, el wishful thinking que nos vende un Montoro repentinamente compasivo y padrazo, creeremos que un crecimiento exuberante a corto plazo va a dar para, a saber: rellenar la famosa hucha, recortar la deuda pública y los impuestos, reestablecer prestaciones sociales… y todo eso. Moc-Moc.)