Monedero: “Emprender es hoy en España robar”

Tacho Rufino | 27 de octubre de 2014 a las 18:18

TUVE que leerlo varias veces para comprobar que había leído bien: “Hoy emprender en España es prácticamente robar”. Quien respondía así a la pregunta “¿Crearía una asignatura de emprendimiento?” en la entrevista del miércoles de Fede Durán en este periódico es Juan Carlos Monedero, politólogo y número dos de Podemos. Repentinamente, su pelo rubiasco y sus gafas redondas me evocaron a Pavel Pavlovich, Pasha, en el Dr. Zhivago de David Lean, un bolchevique bueno que acababa envenenado por su propio odio ciego. Así, como suele decirse “fuera de contexto” -seguramente se revolviera ante las críticas contra el entrevistador: todo un clásico-, la afirmación inquieta, y conecta directamente con una opinión tan española como en el fondo clerical: el empresario es quien tiene lo que yo no tengo. Es cierto que no es la clase empresarial quien mejor defiende su imagen, y para muestra, un botón: el que fuera máximo representante patronal, Gerardo Díaz Ferrán, está en prisión por estafas y evasiones y maquinaciones corporativas de lo más puerco, e incluso forma parte conspicua de los 86 barandas de Caja Madrid que gastaban millonadas en caprichos a base de tarjeta negra. Pero Monedero no sabe de qué está hablando -en el mejor de los casos-, o bien es un retrasado social que odia por principio la libre empresa. No el libre robo con el escudo de una gran empresa, y tampoco la empresa defraudadora o creada para dar un pelotazo, sino la empresa privada, o sea, la posibilidad de desarrollar una actividad empresarial: un bar, un bufete, una consultora, un polvero, una explotación hortícola ecológica, una empresa de transportes, un colegio o una academia, un fabricante de videojuegos, una comercializadora de bicicletas, una compañía catalagadora de Patrimonio Histórico, una escuela de fútbol, una mensajería… miles de cosas que son necesarias o convenientes para la vida de todos, y que por supuesto el Estado no puede acometer. Por ejemplo, para escapar del desempleo, normalmente creando más empleo que el propio. Eso es emprender, y no lo que hace la otra casta, la de los de empresarios-políticos inyectados a las tetas públicas, que esperan ver suyas un día. Cuando Fede le replica “Durísima frase”, él -demostrando haber ingerido un desestructurado gazpacho de economía exprés- dice que “la solución está en la pyme”. Pues claro. La cosa es bien sencilla: el emprendedor es en la inmensa mayoría de los casos alguien que monta una microempresa o una pyme, muchas veces por vocación, en otros forzado por la circunstancias. Hablar de emprender en Acciona, en Repsol o en el Santander es como hablar de Nutribén para la dieta de un asilo de lujo. El emprendedor es alguien que se convierte en empresario con su pyme. Su labor social es imprescindible. Considerar que todo empresario que crece y tiene éxito es un ladrón es tan español como envidioso y retrógrado. Que florezca espinoso el odio al empresario en un país como España da más miedo que mil ladrones. Los malos, a juicio. O acabaremos confundiendo emprendimiento -fea palabra, de acuerdo- con prendimiento a lazo de empresarios. Y posterior sacrificio por malos y por ladrones. En la plaza pública. Por el delito de emprender. Que nadie emprenda, que es pecado social: lo que sí que sería estupendo es dar con dinero público una renta básica por barba necesitada… o, simplemente, vaga. Eso es lo suyo, sobre todo en el país de las fantasías. Eso sí que es justo. Así está asegurado que nada más que roban los políticos instalados en el poder. Lo de toda la vida, todavía más en las dictaduras que en las democracias que apestan a corrupción. Mucho mejor.

‘Emprededor’ e ‘Innovación’, voces de los tiempos extremos

Tacho Rufino | 27 de octubre de 2014 a las 18:01

HAY términos que simbolizan rasgos dominantes del tiempo en el que se usan con especial fruición. En la época del pelotazo y de los créditos a granel, que rezará en la Historia de España más bien como la época de la corrupción, dos términos, innovación y emprendedor, también adquirieron la condición de burbuja, en este caso de burbuja terminológica: poca semántica evolutiva y mucho humo de ocasión. Ambas palabras existían en nuestro diccionario (innovación tiene el mayor abolengo: proviene del latín innovare), aunque una nueva intención y significado hace que a partir de los años ochenta del siglo pasado comiencen con mayor intensidad a tener usos vinculados a la empresa y a la economía, lo que en cierto modo las convirtió en neologismos. Lázaro Carreter afirmaba que el neologismo, “en la cabeza de los hablantes, vive dramáticamente entre el rechazo de lo alienígena, porque nos desvirtúa, y la aceptación resignada o entusiasta de cuanto lo renueva y lo hace más útil para vivir con los tiempos”. En aquellos años de inflación del management y de los MBA, la nueva innovación -permitan la redundancia- desbancó a la repentinamente vetusta Investigación y Desarrollo o I+D; primero se le puso a la cola como un socio discreto pero invasor, y surgió la I+D+i, y a la postre ha acabado asumiendo todo la centralidad: hoy ya prácticamente hablamos de innovación sin más. Innovar es combinar los factores de producción de forma distinta para hacer las cosas mejor. En los años 30, fue el economista austriaco Joseph Schumpeter el primero o el que más sistemáticamente estudió y propuso a la innovación como fuente de progreso económico, y más concretamente empresarial. Pero para muchos empleados, la cantinela repentina de la innovación como nudo gordiano de todo trabajo y como corazón de cualquier cambio llegó a resultar repelente: un cuento de los directivos que acudían a seminarios y conferencias de alta dirección y volvían urgidos por la nueva fe. Una fe que, como todas, se fundamenta en creer en algo que no está demasiado claro, o que es en exceso vaporoso y conceptual, o quizá simplemente farfolla vestida de alta costura. Eso creen de la innovación no pocas personas que conozco, decepcionados tras asistir a cursos sobre la materia en los que acababan más liados que antes de recibirlos, y con la sensación de haber sido narcotizados con humo de lo más estratégico y de lo más innovador. Para colmo, con su vida laboral complicada con informes y exigencias burocráticas que eran necesarios para poder acceder a los fondos europeos dedicados a promover la innovación; la pasta es en buena parte el quid de la cuestión. Es evidente que innovar es necesario siempre que lo que se hace sea mejorable, y que es la forma de hacer fluir la creatividad en los procesos de trabajo y sus productos, pero también lo es que el uso elitista y algo papanata de su buen nombre ha perjudicado el compromiso de muchos mandos intermedios y empleados con la labor.

Igual ha sucedido con la palabra “emprendedor” y sus derivadas: emprendimiento, emprendizaje, emprendedorismo y todo un cuerpo neologístico y de lo más innovador, que ha suscitado luchas por lograr el estándar terminológico entre quienes han descubierto en el mundo del emprendedor una forma de postureo pionero, rentable en cursos. El fenómeno emprendedor ha corrido una suerte de inflación comparable a la de la innovación, y un igual rechazo popular. Y también fue Schumpeter quien se preocupó de ello por primera y moderna vez. Si usted gusta, mañana hablaremos de ello aquí. Porque, adelanto, al número dos de Podemos, de apellido Monedero, le parece que “emprender hoy en España es prácticamente robar”. Confirmado de nuevo: este país es un horror.

Teoría del incentivo dinerario: el tarjetazo

Tacho Rufino | 21 de octubre de 2014 a las 15:13

UNA de las frases más simbólicas -por desafortunada- de la Transición la pronunció una ministra socialista, la egabrense Carmen Calvo: “El dinero público no es de nadie”. Un remake del “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, pero en versión muy poco ilustrada, a pesar de ostentar Calvo entonces la cartera de Cultura. En estos días, por fin, los españoles han descubierto que muchas grandes figuras capitalinas de nuestro tiempo no son sino ecuestres de provincias que aspiran a patricios por la vía de la cucaña política y el lujazo, como Rato o Blesa. No son más que lo que muchos sospechábamos -unos pillos vestidos de limpio y con aires de liberales sin caspa que escuchan a Van Morrison en la intimidad-, y cabe parafrasear la lamentable frase de Calvo: “El dinero de nadie es mío”, que diría el abogado ministro de Economía, de nombre Rodrigo, y demás miembros del sindicato de la tarjeta negra. No ya el presidente Blesa, aguerrido cazador de hipopótamos, sino el máximo responsable financiero de la esquilmada y hundida Caja Madrid, Ildefonso Sánchez Barcoj, que abandonó, urgido y sin un ápice de honra, su cargo de director financiero en 2012, aunque, eso sí, con el enorme registro personal de zorro tarjetero de 482.000 euros gastados en lo que se salió de su alma. Aplica perfectamente en este caso aquello del zorro cuidando del gallinero. El dinero público es del contribuyente y su propiedad es también del que no puede contribuir; los políticos en el Gobierno no deben ser más que gestores de ese patrimonio colectivo. Claro que es de alguien. De ese mismo alguien que, a la postre, ha sido el propietario desvalijado de los dineros de la extinta Caja Madrid: usted que paga IRPF, IVA, tasas, derechos reales, multas y demás.

Sin embargo, lo más lisérgico que uno ha podido oír recientemente de la boca de uno de los forajidos que desenfundaron su tarjeta negra con mayor rapidez que su sombra -sobre todo en vacaciones y fines de semana- lo ha dicho nada menos que Juan Iranzo. Iranzo es catedrático, académico de varias cosas importantes, multimáster, multiasesor permanente y multiconsejero, profesor titular de -toma ya- Dirección en Responsabilidad Corporativa del máster del Instituto de Empresa, tertuliano de élite y, por no cansar, miembro de la comisión central de Caja Madrid durante años. Es por este último cargo por el que Iranzo ha trincado, que se sepa y sólo en tarjetazos negros -una Business Plata-, la bonita cantidad de 46.800 euros en convites y otros caprichos. Pero lo más alucinante, como decíamos, no es esto, que “ser, es” (Mota dixit), sino que el gran hombre ha dicho que esos dineros eran “incentivos dinerarios”. ¡Qué habilidad! ¡Cuán técnico eufemismo! Y tan incentivos. Y tan dinerarios. Pongamos que, en vez de dineros más profundos que aquella garganta del Watergate, de acuerdo, son retribuciones. Pues alguien olvidó -¿fue usted, Barcoj?- retener el 42% a esos incentivillos, y alguien después olvidó incluirlos en su declaración de la renta. Pocos Podemos surgen. Sobre todo si, en vez de sacrificar pegando el trasero a la pared a estos díscolos militantes -igual cabe decir en las filas del PSOE, aunque éstos han sacrificado a Virgilio Zapatero-, el presidente del Gobierno se piensa, en su línea gallega, si expulsar a Rato y otros del Partido Popular. ¿Pueden hacerle daño los expulsados?

(Usted quizá esté pensando en cómo narices va a pagar el inminente segundo plazo del IRPF. Usted quizá pague más impuestos por su renta que varios grandes bancos… porque éstos no pagan nada, ya que compensan pérdidas acumuladas, que quizá los hubiera llevado a la liquidación si no hubiera sido por el flotador que usted, sus hijos y sus nietos le lanzaron a esa banca. Usted no se merece esto. Y España tampoco. Bueno, España quizá sí.)

Neoarqueología y alijos de arena

Tacho Rufino | 21 de octubre de 2014 a las 15:08

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DOS noticias recientemente nos han recordado que la ciencia ficción deja de ser ficción cuando sus contenidos, que hasta entonces eran fantásticos, se convierten en reales. Lo que en la pantalla o en las novelas de los Julio Verne de ayer y de hoy parecía excitante y asombroso, en las noticias que nos zampamos en el telediario de la cena emergen inquietantes. La primera noticia proviene inevitablemente de Estados Unidos, origen de tantos fenómenos contemporáneos, y tiene que ver con lo que podríamos llamar neoarqueología, cuyos hallazgos no requieren excavaciones: como atestigua el trabajo fotográfico que Seph Lawless ha realizado a lo largo y ancho de EEUU, cientos de centros comerciales en aquel país han quedado abandonados. Fenomenales construcciones erigidas en los 70 y 80 del siglo XX a mayor gloria del dios del gran consumo, que permanecen fantasmagóricas sin demoler, y muchas incluso sin la acción carroñera de los desguazadores. Ruinas de plástico fino, palmeras liofilizadas, escaleras mecánicas que suben a ninguna parte, mostradores de metacrilato y titanio sin sonrisa detrás. Lujo popular tan hortera como fugaz. Hace un par de años hablábamos aquí de un precedente de estas ruinas prematuras, la ciudad de Detroit, abandonada y en bancarrota, cada vez más poblada de aspirantes a walking dead y alimañas de cualquier especie; ya huidas las clases altas y medias del esplendor de su industria del automóvil. Rascacielos mudos, escenarios posnucleares. Pronto, quizá, alces y mapaches por las calles.

La otra noticia da cuenta de una situación inversa: bienes desvalijados, en este caso arena de playa. Playas enteras que desaparecen en pocos días para conseguir arena con que construir en países donde ese material es escaso, como Jamaica, seguro que en alguna medida destinada a construir centros comerciales en mundos económicamente inferiores. Lo peor no es eso: lo peor es que se eliminan playas en un sitio para crearlas en otros más ricos. Esto también sucede en Chile, en Hungría y en África (o más cerca, porque alguien en Tarifa vende excedentes de Valdevaqueros para que los amigos gibraltareños hagan sus calitas ganándole más terreno al mar del que ya le han ganado). Es un fenómeno global, de forma que sólo el agua es una materia prima más consumida en el mundo que la arena. Cuando algunos afirman que en la Tierra hay recursos para todos, cabe, alternativamente, emitir una sonora trompetilla carnavalera o puntualizar: según de qué “todos” hablemos. A demasiados -pobres o ricos- les importa un pimiento el que venga detrás.

Perra vida

Tacho Rufino | 15 de octubre de 2014 a las 13:48

NO hay animal tan fiel como lo es un perro. Ningún humano, ni la madre de uno, es tan leal ni tan incondicional como tu perro. Quien lo ha tenido o lo tiene lo sabe, descartados en este juicio los venales ignorantes que ahorcan al galgo cuando flaquea y quienes abandonan en una gasolinera al desgraciado juguete cuando se van de vacaciones, que son miles en este país de crueldad goyesca: estos canallas dejarían abandonada a su propia madre, a unas malas: esos no saben de fidelidades. Excalibur es el nombre del perro de la enfermera que se ha contagiado de ébola en España, una mujer que podría morir en cualquier momento. Excalibur ha sido sacrificado por pura prevención o más bien pánico; por la incapacidad de nuestro sistema sanitario para dedicarse a analizar cómo evoluciona el perro cuando el sistema no ha sido capaz de evitar un contagio con un único foco de infección, el cura repatriado. El sacrificio de este animal de compañía ha conseguido obrar la enésima prueba de que este país tiende al extremo. A un extremo o, alternativamente, al otro. En una versión contemporánea del dedo arriba o abajo de los romanos decidiendo la vida del gladiador en el circo, posicionarse sobre la suerte del perro ha confirmado lo previsible de nuestras españolas maneras. Excalibur ha sido el último espejito mágico y bipolar: él te dice si eres de un lado o del otro. La aparente izquierda defiende la supervivencia del perro mientras la aparente derecha pasa de su suerte. Todo falso y, como decimos, previsible: dar caña con una nueva excusa a un Gobierno que lo ha hecho peor que mal aglutina a animalistas ridículos; descubrir a defensores de la vida humana a quienes asquea que se defienda la vida de un perro confirma que los antiperrunos son muy provida.

El Gobierno español ha jugado a ser lo que no puede ser, porque no dota de los medios para serlo: no debió traer aquí a unos potenciales difusores de una enfermedad fatal. A los hechos nos podemos remitir: sea quien sea el negligente, y ya con el ébola importado institucionalmente, se ha creado un riesgo inusitado, aunque pronto sabremos si ese riesgo no era inexorable, y a la postre el ébola no es sólo cosa del África occidental, sino un nuevo rasgo global. Un monstruo en la otra esquina.

Puestos a posicionarse, matar al perro parece sensato en estas inquietantes circunstancias, claro que sí. España ni tiene hospitales de ese nivel de protección –llamado “Nivel 3″– ni tiene capacidad de sacar rendimiento investigador a la evolución del perro. En cualquier caso, que sea otro quien se crea el ecumenismo animal de quienes no son capaces -como no lo es uno- de sentir verdadera compasión por los miles de africanos muertos o por morir de ébola. Y que sea otro quien se crea que matar a un perro no sea aniquilar una vida, ya puestos. Guau.

Pongamos… unos 40.000 millones

Tacho Rufino | 15 de octubre de 2014 a las 13:43

CUARENTA mil millones es una cantidad de dinero formidable, hablemos de lo que hablemos, una de esas cifras que para la comprensión humana es una entelequia o requiere un acto de fe: es inconmensurable. Por esa incapacidad racional, las personas utilizamos la comparación de las cifras de este calibre con otras magnitudes que sí tengan algún sentido. Hablando de dinero, 40.000 millones es la cantidad de euros que salen de España anualmente para evadir los controles públicos y evitar pagar impuestos: una gran evasión crónica que drena la solvencia y la liquidez de nuestro Estado, y que es perpetrada -con poco riesgo de equivocarnos en este juicio- precisamente por quienes más rédito obtienen del pastel económico español: “¿Revertir yo en el sitio donde obtengo mis ganancias una justa compensación por mi enriquecimiento? Déjame de monsergas; lo mío es mío y punto”, dirá el evasor de maleable conciencia. La estimación de las negras bolsas de basura llena de binlandens -según el modelo de la saga/fuga de los Pujol- o mediante intrazables y sucesivos apuntes en cuentas debidamente diluidos en paraísos fiscales las realiza un experto en la materia, Hervè Falciani, el bendito chivato de las cuentas suizas y de otros recónditos territorios de exclusivos bancos para evasores (sacó a la luz los nombres de 140.000 exportadores de dinero negro). Falciani es un Robin Hood contemporáneo, que lucha con un interés más o menos claro por que los dineros de los ricos malos vuelvan, si no a los pobres buenos, sí a los pobres estados caninos y denostados, siempre temblando en el límite de la insolvencia y la bancarrota, y por ello castigando a sus ciudadanos de a pie con severos recortes e inmisericordes impuestos de los que las critauritas desavisadas no pueden escapar. Un renegado necesario como Falciani nos mueve a comparar: lo que escapa de España al año por fraude es entre tres y cuatro veces lo que los catalanes que se sienten robados creen que les roba España. Es casi vez y media el presupuesto de la región más grande de Europa, Andalucía. 40.000 millones es en lo que el Ministerio de Economía cifra los nuevos recortes que los españoles van a sufrir directa o indirectamente en los próximos tres años.

Así, comparando, se hace un poco más corpórea la cifra, y queda más que confirmada su enormidad. Más allá de éticas distraídas y sus correlativas estéticas insufribles (remilgamiento de vocación pija y cazas mayores de Bárcenas y Blesa; gamberreo de club de polígono de Javier Guerrero, mediocentro de los ERE falsos), los números de la evasión y la corrupción en España agravan la penuria de nuestro Estado, además de apestarlo y encabritarlo de forma sorda pero continua, hasta que la cosa estalle. La corrupción en España también se estima en guarismos brutales. No es que la corrupción sea patrimonio de los españoles, pero sí es cierto que la nuestra ha sido rampante en, digamos, las dos últimas décadas, y estaba difuminada por las gordas vacas de colores del falso crecimiento, y en realidad siempre hemos sido un país de buscones en el que, “en pudiendo, trincando”. Al final, la frase de Zaplana -”Estoy en política para forrarme”- va a quedar como un aforismo de leyenda repleto de sinceridad, que es hasta de agradecer. No es que Gürtel, ERE, Palaus, tramas baleares y marbellíes y puyoles hayan desviado de las arcas públicas cantidades que hubieran convertido nuestro déficit público (más de 70.000 millones en 2013) en superávit, pero lo hubieran aliviado muchísimo, y correlativamente hubieran facilitado y reducido nuestra financiación. No es eso: lo grave es lo que lo que no sabemos; lo frustrante es la certeza de que lo que se sabe y llega a los tribunales es un porcentaje menor de todas estas tramas de privadas y públicas de evasión y robo.

Son las empresas las que suben (o no) los salarios

Tacho Rufino | 7 de octubre de 2014 a las 18:35

ES normal que en España surja con fuerza el debate sobre si los salarios de este país son demasiado bajos, o han llegado demasiado bajo. Lo que gana la gente por cuenta ajena, por término medio, no ha parado de descender en los últimos años, y los asalariados han aceptado con cierta resignación y no poco miedo derivados de la tremenda sugestión impuesta por la crisis y sus más casandrianos voceros: esto es lo que hay, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, debemos ganar menos para que seamos así más productivos y exportemos más y así equilibremos nuestra economía por la vía exterior, en detrimento del consumo interno: éste, el dinamismo interior, que espere. Pero la realidad ha demostrado que nuestra mejora exterior ha sido flor de un año largo, de forma que de nuevo surge la necesidad imperiosa de estimular la demanda doméstica y con ella la producción y el empleo, cosa que sólo tiene posibilidad de producirse poniendo o dejando más dinero en manos de la gente. O bajan los impuestos -descártenlo, lo que te den por un lado por otro te lo quitarán, amigo asalariado-, o volvemos a endeudarnos para consumir -descártenlo aún más, ese gran error patrio prolongado durante una década está demasiado reciente para repetirse-, o suben los salarios. Éste es el debate más vivo en el panorama macroeconómico.

El propio Luis de Guindos, ministro de Economía y, ojo, Competitividad, dijo el otro día en El Foro Joly en Sevilla que el crecimiento y el empleo dependen en España del incremento de la demanda interna, y en concreto del consumo. Nada de penurias interiores y productividades de mágico efecto exterior y bumerán de vuelta al interior: no sigan con esa matraca. Ya nos hemos desapalancado en buena medida, o sea, ya hemos amortizado en estos siete últimos años parte de la deuda familiar y empresarial, sin asumir nuevas deudas; ya hemos visto nuestro poder adquisitivo descender drásticamente. Y organismos internacionales -no hay más que mirar las estadísticas de los países de nuestro entorno- comienzan a aconsejar que empiecen a subir las retribuciones que las empresas y el propio Estado dan a sus empleados, por lo general modestas maquinitas de llenar el carro de Mercaplus o Carredona dos veces al mes. Sin gente con capacidad de comprar, no habrá compra suficiente para que las empresas produzcan y vendan y empleen, y perdonen la perogrullada.

Sucede sin embargo una cosa que es crítica y cuyo olvido es una torpeza superlativa: los salarios bajan con la acción gubernativa que lo permite y promueve -por ejemplo, con nuestra política contemporánea de desregulación, de tan tristes resultados-, pero no suben más que por la decisión de las propias empresas. El gobernador del Banco de España, el bastante desconocido Luis María Linde, lo recordaba con doble juego esta semana: el debate sobre la subida salarial es “absurdo” aunque en realidad sea de cajón en estas circunstancias… porque es cada empresa y no Gobierno ni medida de política económica alguna quien puede obligar o inducir a subir la nómina a la gente. Añade Linde: “Si las empresas ganan dinero, pueden y deben subir los salarios”. Aquí es donde se espera a las empresas españolas, aquí es donde pueden mostrar si quieren ser de primera o de primera b, y si son competitivas de verdad o son anoréxicos especímenes con alto riesgo de muerte. Y aquí es donde está la verdadera responsabilidad social de las empresas, particularmente de las grandes, que son quienes más aprietan la paga, más impacto global tienen en sus acciones y más arrastre tienen sobre otras empresas y, a la postre, el empleo. Más allá de memorias de RSC, CSR o sostenibilidades sociales varias, tan bellamente encuadernadas y tan útiles para elevar un poco la pantalla del ordenador.

Tres hombres buenos:

Tacho Rufino | 7 de octubre de 2014 a las 18:34

(Publicado en diarios de Joly el domingo 5 de octubre)

TRES hombres buenos se titulaba un spaghetti western que se estrenó el año en que un servidor nació, 1963. Una panda de canallas cometen un crimen, y un trío de hombres justos cabalgan para darles su merecido. En el caso de Caja Madrid y la Bankia previa a la intervención, los apandadores son 86 altos barandas de variada adscripción, y sus fechorías van desde hacerse los repentinos gourmets en el taco hasta sacar dinero para un desavío con la tarjeta de aladino: uno se va con el plástico –negro– a una esquina, le dice a la máquina de su entidad que le dé 500, ésta se los da, y en vez de minorar la cuenta del tipo, los carga de los fondos de la caja, directamente. Pero hubo tres hombres buenos que no desenfundaban briosos la visa ajena defraudando a la entidad y a Hacienda, y es urgente que memoricemos los nombres de estos tipos tan raros, que no hicieron uso de la tarjeta pudiendo hacerlo, y además viendo cómo los otros imprescindibles prebostes de la caja lo hacían con plastilinosa moral: Íñigo María Aldaz, Esteban Tejera y Félix M. Sánchez Acal (aunque este último, de UGT, murió justo antes de poder utilizar la tarjeta). Siendo como es tan flexible y distraída la conciencia del humano -y más del político español-, den por hecho que a los implicados les atacó el virus Pampa (Proceso de Autoindulgencia con el Monedero del Padre en la Adolescencia): la primera vez que se sisa, se sufre el remordimiento; a la quinta, el dinero era tuyo sin más. Seguramente muchos pensaron que sus dietas y sueldos millonarios eran una porquería que no pagaba ni de lejos su decisiva contribución al hundimiento de la caja madrileña y valenciana, hoy resucitada con el dinero público y con una gestión eficaz. Hay otros tres hombres buenos en todo este alucinante robo tecnocrático… aunque no tan buenos. Virgilio Zapatero, Spottorno y Corsini, ex consejeros en aquellos tiempos, devolvieron el dinero en junio, sin duda a sabiendas de que esto iba a suceder (las instrucciones e investigaciones suelen producirse con una especie de programación invisible que se alinea con las prescripciones de los delitos y faltas). Claro que el ex ministro socialista Zapatero y los otros dos hombres medio buenos están en el taco, y es de mucho temer que que una buena proporción de los 86 tarjeteros desahogados no puedan devolver el dinero tan fácilmente, porque lo tienen reconvertido en en ladrillos o en ácido úrico: no se habían visto en otra. Por un (buen) puñado de dólares fáciles se han metido en un buen lío. A la vista del lío, otros, a lo largo y ancho de España, estarán comenzando a devolver dinero.

El lado oscuro ya también es economía

Tacho Rufino | 28 de septiembre de 2014 a las 1:06

El cálculo del PIB no es como el de la molécula de agua –dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno–, sino que se nutre de tanto de cantidades claras de medir como de estimaciones y encuestas. Hablando de encuestas y de su fiabilidad, hace unos meses, el presidente del Gobierno quitaba valor a la Encuesta de Población Activa (EPA) porque era “sólo una encuesta”: los datos de la EPA que acababan de salir en ese momento le venían a decir claro que su política económica no paraba de generar parados. Rajoy prefería en ese momento confiarse más al Paro Registrado, porque ese registro le daba más calor.
Desde este septiembre, la estimación oficial del PIB en la Unión Europea va a incluir asuntos oscuros, como lo son ciertas actividades sumergidas e ilegales que se sumarán de alguna manera a las producciones y transacciones con factura e impuestos. Esa medida del valor anual en dinero de los bienes y servicios en un territorio -el PIB- es el indicador al cual se refieren buena parte de las magnitudes con las que se mide si una economía crece o no, si está muy endeudada o poco, si es muy desigual en la distribución en riqueza o menos, y un largo etcétera de indicadores. También del PIB oficial depende cuánto puede invertir y gastar el Estado y cuánto puede endeudarse para ello. Y de pronto al Gobierno, al cambiar el método de cálculo del PIB, sí le interesan las estadísticas que se nutren de encuestas. Ahora que ya oficialmente la prostitución y el tráfico de drogas se incluyen en él como actividad económica, nuestro PIB crece un pequeño porcentaje (0,85%) con respecto al calculado sin tener en cuenta esas actividades de economía sumergida. Un pequeño porcentaje que supone una verdadera millonada: alrededor de la tercera parte del presupuesto de la Junta de Andalucía, por hacernos una idea de la mareante cifra.

Sin entrar en el detalle del porqué, este incremento puramente aritmético regalado por la Unión Europea le conviene a España, o al menos le conviene al Gobierno: con este PIB extra, España se acerca con mayor comodidad a los objetivos de déficit y de deuda pública que nuestro país se autoimpone por imposición final de la propia UE (con otras instituciones tocando los tambores en las galeras en las que remamos, como el FMI o la OCDE). Es curioso que el castigo a los periféricos se ha ido aliviando con anteriores cambios metodológicos en el cálculo del PIB: estos cambios en 2010 supusieron un incremento del PIB tres veces superior al que ahora supone la consideración del comercio de carne humana y el de sustancias ilegales de divertimento. O sea: te impongo una política de castigo, pero te doy vidilla con la metodología de cálculo del PIB. Comprendo que eso a usted, con buen juicio, le parezca una falacia y más aun un engañabobos. No dude de que en buena medida las reuniones del Eurogrupo son un toma y daca sobre estos cálculos. A De Guindos se lo veía ayer con aire de ganador explicando lo bien que nos viene meter putas y farlopa en el PIB. El nuevo método de cálculo da un poco más de cancha al gasto público y al recurso a emitir deuda si los ingresos no se ponen en línea.

Más curioso -por hipócrita- resulta que entre las indicaciones para calcular el valor de algo tan difícil de valorar como estas actividades sumergidas se prescriba que para computar el pago y cobro de un completito sexual éste debe ser “consentido”. Se podría hablar días sobre qué significa este consentimiento. O que junto a los datos policiales y de Sanidad se consideren las encuestas de ONG que trabajan en estos oscuros mundos del placer. También resulta sociológicamente llamativo que alemanes y portugueses sean –oficialmente– menos viciosillos que británicos, españoles e italianos (Portugal no coge ni un tren barato, por cierto). En fin, la economía tiene también su cara B, claro que sí. Y de pronto, la jodienda nos enmienda, y el PIB se alegra de que la gente se drogue. Pírricas victorias.

Indúltame mamá

Tacho Rufino | 22 de septiembre de 2014 a las 13:45

EL indulto no es en sí mismo bueno ni malo, pero su aplicación es en muchas ocasiones en España una vergüenza: un reflejo de la escasa calidad de nuestra democracia. Con el indulto se conchabea, y mercadean los gobiernos del Estado (“indúltame a este mosso, ministro”, “Es pronto para sacar a Fabra”), se compran voluntades y algunos se cuelgan pestilentes medallas a costa de la ley. El número de indultos anuales en este país es irracional y muy significativo de nuestra seriedad institucional. Pero no sólo hay indultos que llevan oficialmente tal nombre, y no sólo se perdonan condenas judiciales. Hay también sutiles formas de indulto, por ejemplo la que la presidenta Susana Díaz va a conceder graciosamente a decenas de miles de propietarios de casas ilegales; no hablamos de una obrita irregular en una casa legal, sino de casas enteras en sitios no urbanizables. Todo por un suculento puñado de votos, y de paso me quito un marrón de encima -dirán-, e ingreso cuatro perras tarde y mal. Igual da que a los que hemos pagado en su momento todos los gastos asociados a la compra o construcción de una casa legal -irracionales “paralelas” en el impuesto sobre transmisiones patrimoniales incluidas: ahí me duelen a mí, por ejemplo, varios miles de euros- nos asomen unas afiladas puntitas de cuerno en los lóbulos frontales. ¿Que el Código Penal me molesta en mi magnánima -e injusta- práctica de Robin Hood urbanístico? Pues me saco de la chistera una norma autonómica -al tiempo- y que la Justicia aplique lo contrario de lo que lleva a duras penas aplicando desde hace años. Y sigamos infantilizando al ciudadano. Sigamos lanzando el mensaje de que quien la hace la paga sólo según y cómo y quién. Y que tu casa en El Palmar o en aquel parque natural será legal tarde o temprano: ganan los listos. Pero cuidado: muchos paganos que hicieron sus deberes pueden pensar que hasta aquí hemos llegado, y negarán el voto al que los trata como un tonto para proceder con desahogo selectivo en la función pública haciéndose el bueno legalizando lo ilegal en un ejercicio paternalista y populista del derecho a la vivienda: mamá Junta vendrá y te dará balsámica cremita electoral, no te preocupes. Al manoseado medio ambiente -tan protegido de boquilla- le pueden ir dando mucho.