Desconexión

Tacho Rufino | 13 de abril de 2014 a las 18:32

EN Francia suceden cosas insospechadas. Revoluciones con lemas tan peregrinos como “Igualdad, libertad, fraternidad”, que estallan contra la tiranía en una época en que la inmensa mayor parte de la población del mundo ni soñaba con algo que, en muchos casos, todavía no ha conseguido y no parece en vías de conseguir: derechos y libertades. Francia nos dejó perplejos y algo envidiosos a muchos hace unos veinte años, cuando millones de personas se echaron a la calle para defender “lo que habían conseguido”, sin más detalle: defendían, sencillamente, a Francia. Pero lo curioso no era lo filosófico o lo críptico del motivo, sino que codo con codo iban en luminosa marcha familias con niños pequeños, militares, grupos antidiscriminación de diverso pelaje, militantes de izquierda, conservadores de siempre y cristianos de base; funcionarios, obreros industriales, excombatientes, emigrantes y gentes de razas diversas, profesores y estudiantes, pensionistas. En ese país que tan cerca y tan lejos nos ha quedado siempre, de pronto surgen debates y se toman medidas públicas que resultarían aquí objeto de sorna y hasta de estricto cachondeo, y llamaríamos bambi o demagogo a quien osara promoverlas aquí: cainitas de máster, los españoles no creemos en el fondo que nuestro grado de cocción cívica haya llegado a su punto, más allá de nuestro diestro manejo de las grandes aglomeraciones festivas, en las que lo bordamos. Nos conformamos con esto, y con bucles melancólicos como los de la armonía y el buen amor y compaña de “las tres culturas”, por ejemplo: el pasado puede ser flexible. Volviendo a Francia, en estos momentos bulle allí un debate público que ha conducido a un acuerdo entre los sindicatos -que allí no han sido masacrados por la propia corrupción ni por el artero acoso de quienes siempre los han encontrado repelentes sin reconocerles un mérito- y la patronal. En concreto en el sector de la ingeniería, los servicios informáticos y tecnológicos y la consultoría han acordado poner fin a las jornadas interminables, y al control infinito al que el teléfono móvil somete a estos empleados, que a partir de ahora tendrán que desconectar el celular obligatoriamente once horas diarias (estarán conectados trece horas, ojo). La carga de trabajo también será limitada. La medida no hace sino reconocer que el destajo echahoras es contrario a la productividad. Ahora sólo hace falta saber qué harán muchos yonkis del móvil y la tarea sin fin con su tiempo de abstinencia; personas que en muchos casos son unas extrañas en el salón de su casa. Quizá los franceses pienses en medidas paralelas de desintoxicación.

Carisma

Tacho Rufino | 6 de abril de 2014 a las 22:33

SEGÚN la Real Academia, el carisma es la “especial capacidad de algunas personas para atraer y fascinar”, y en clave religiosa es un “don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”. Tengo para mí que el carisma, una vez que se le atribuye a alguien públicamente, no hace ningún bien; no beneficia ni al propio carismático ni al sitio donde el carismático vive atrayendo y fascinando. Adolfo Suárez, sobre el que todo se ha dicho en los largos últimos días, no pasaba por ser carismático. Sin embargo, la utilidad de su figura política es hoy innegable, y ya lo era antes de morir, por supuesto. Cuando el carismático por antonomasia de nuestra historia reciente, Felipe González, decía en la radio que Suárez no se escondió entre los tiros en la asonada de Tejero en el Parlamento porque “sabía que no iban a por él”, todo el carisma de Felipe se transfirió a Suárez de inmediato. Y abandonó a González. Decepcionante.

El pasado miércoles, en el Foro Joly, Felipe González pronunció un discurso encantador, tocado por la gracia natural de quien seguramente es el estadista español contemporáneo de referencia. Las anécdotas parlamentarias de la Transición en la que fue jefe de la oposición y presidente se entrelazaban, más o menos, con las grandes tendencias planetarias: la China y los Brics, la estupenda gestión de la crisis estadounidense, el dólar bueno y el euro malo, la esencia y el futuro de la Unión Europea, las brechas de riqueza en el mundo y sus riesgos, su México querido, el parque temático en que puede convertirse la vieja Europa. Y también la relatividad de la corrupción política española o su diestro manejo de la presión catalanista como gobernante; mil cosas, ahora aquí, ahora allá.

Suárez murió joven porque hacía muchos años que había muerto para este país. Lo desaparecimos. La mala salud hizo el resto. Forever young, dice la canción, joven para siempre. La dignidad queda a salvo al morir joven. El encanto queda indemne. Para quienes no mueren jóvenes, y más tras ser grandes hombres o mujeres, hay más vida, pero la fama corre riesgo de deteriorarse. No es tan fácil para el gran hombre envejecer cuando la salud te respeta, y cuando el poder -el grande- desaparece de tu vida, habiéndolo tenido, tanto y tan formidablemente. Es entonces cuando eso que llamamos carisma se deteriora, cuando sólo la nostalgia de los incondicionales sustenta el encanto del carismático. Es entonces cuando la soberbia parece ganar a la humildad. A todos nos gustan más nuestras fotos pasadas que las recientes. Es, sencillamente, ley de vida.

¡De Guindos defiende la tasa Tobin!

Tacho Rufino | 6 de abril de 2014 a las 22:30

USTED tendrá su propia opinión sobre las proporciones de los pros y contras de la globalización. Si es que ha sido una vía para conocernos mejor ecuménica e interracialmente, con unas tecnologías que nos han igualado democráticamente. Si es que ha sido la apertura definitiva de la compuerta para la solución final del poder financiero y el mercado, o sea, un truco del almendruco perpetrado aprovechando el encantamiento de internet. O si usted piensa que ni tanto ni tan calvo. Lo que es indiscutible es que la globalización ha comprimido económica y culturalmente el planeta de forma inexorable y sin posible marcha atrás. Ha creado un mundo definitivamente pequeño. Se da a estas alturas del proceso de globalización un rasgo que parece contrapesar la cantidad de delitos que amparados en ella se cometen contra todo tipo de propiedad, por ejemplo, la de los contenidos periodísticos, o las estafas de falsos bancos a incautos, o los crímenes menores de los malababa atrincherados en un nick. Parece haber un reflujo del “todo vale y todo es posible y esto es el grial de la verdadera libertad”, y encontramos que ya hay síntomas de que se puede enmendar, o al menos paliar, el desajuste entre la globalización de los datos, las transacciones y las informaciones y la falta de control global de los excesos que se han producido de la mano de la prodigiosa potencia comunicadora de internet. Recientemente, países como Francia, Alemania, Bélgica e Italia han dado pasos para poner coto al tráfico de datos ajenos por parte de Google. En el camino, y por la lentitud de los acuerdo globales para los problemas globales, hayan quedado muchos de los más necesarios: los pequeños y medianos, que en general garantizan más la pluralidad que los grandes. Todos amamos la funcionalidad Google, pero su omnipotencia como buscador no puede ser a costa del empobrecimiento y eventual liquidación de quienes crean los contenidos que ellos distribuyen a demanda sin pagar un sólo céntimo: a ese proceso se le puede llamar, finalmente, “secuestro democrático”. Como los efectos de esas maravillas globales -sucede con casi todo lo que es embriagador en la vida- acaban produciendo monstruos, es necesario que las decisiones de contrapeso y control se tomen entre agentes globales. Eso parece haber sucedido con el resurgimiento de la llamada Tasa Tobin, que ha tomado más fuerza esta misma semana en Europa.

Tobin (el economista estadounidense que estudió dicha tasa a los intercambios financieros, para hacerlos más sociales y menos rápidos, peligrosos y puramente especulativos y para beneficio de muy pocos) no era el rojazo antisistema que muchos quisieron ver confundidos por que, sólo hace unos años, quienes defendían el establecimiento de este impuesto a las transacciones financieras eran gente clasificada como radicales de izquierda. Ver hoy a nuestro ministro De Guindos -quién se lo iba a decir a él- en un grupo de trabajo a altísimo nivel comunitario para poner en marcha una iniciativa europea en este sentido resulta sorprendente, y esperanzador.

De momento, el plan de este comité es implantar la tasa sólo sobre la compraventa de acciones y bonos. Se estima que España ingresaría por este concepto 5.000 millones al año, aunque queda valorar cuánto negocio de transacciones se disuadiría o emigraría de la Unión Europea por ser sólo aquí donde se comienza a establecer la tasa Tobin parcial. Esta posible pérdida no asusta a De Guindos y compañía: afirman que alguien tiene que hacer el primer movimiento de una buena causa. Por supuesto, Reino Unido veta cualquier versión de tasa Tobin. Y es que la City financiera de Londres y buena parte de su PIB viven de esas transacciones. De hecho, es éste el único motivo que les mantiene en la Unión Europea.

“La última prioridad”, ese oxímoron

Tacho Rufino | 31 de marzo de 2014 a las 17:49

EN el origen, fue el crédito el que emitió señales inequívocas de miedo hacia el verano de 2007. A España se le venía encima una crisis financiera global (que no para todo el planeta), que iba a levantar las alfombras bajo la cual se hallaba nuestra propia crisis, muy inmobiliaria y crediticia, que llevaba dentro el rejón escondido de la pudredumbre institucional. La crónica posterior de la crisis la conocen ustedes: insolvencia, desahucios de aquellos que en la escala de prioridades no resultan rescatables, rescates bancarios y de deuda exteriores más o menos camuflados, crisis de deuda pública con la cansina presencia de la que fue la estrella de dos años, la prima de riesgo; caída de los ingresos públicos, lucha contra el déficit, lo que a su vez dañaba la actividad; caída del PIB, cierre masivo de empresas, caída drástica de los salarios, legiones de soldados de la población activa mandados a la reserva, a su casa. Y vuelta a empezar. Ahora, parece que el círculo vicioso se está rompiendo. Y de nuevo, tras un histórico y radical restyling social, en el origen de este nuevo ciclo será el crédito. Eso dice Botín. Él anunció antes que nadie la recuperación -le concedemos el beneficio de la duda, aunque sea por terapia-, y él ha asegurado esta semana que “2014 será mucho mejor porque vuelve el crédito”. El empleo, como el cielo para aquel Warren Beatty en fase hortera, puede esperar.

Don Emilio, tras considerar “innegable” ante sus accionistas la “recuperación económica” española, dio la de arena: “Queda camino por recorrer; la prioridad debe seguir siendo la creación de empleo y ni el Gobierno ni el sector privado debemos caer en la complacencia”. La prioridad es la creación de empleo. Pero el mensaje oficial –y no digamos la evidencia de la cruda realidad– es que el empleo es lo último, la consecuencia de todo lo que es anterior y necesario: la purga, la reforma, el fortalecimiento de los agentes económicos… excluido el agente microeconómico básico: las personas. “El empleo es la prioridad”, dicen. La última prioridad. ¿Recuerdan la figura retórica llamada oxímoron? Oxímoron es la contradicción e incoherencia de dos términos que van juntos. Calma tensa. Luz oscura. Última prioridad. Cabe pensar que quienes afirman que crear empleo es la última prioridad consideren  “última” como “esencial”, como la madre de todas las prioridades. Se queda uno más tranquilo pensando que quieren decir eso.

Con su habitual adjetivación expansiva ( “la confianza exterior en España ha tenido una mejora extraordinaria”), Botín también se apunta a que la economía española va a crecer más de lo previsto, que, con leves diferencias entre unos oráculos y otros, está en el entorno del 1% del PIB, chispa arriba, chispa abajo. Macrochispas, eso sí: una décima del PIB es algo así como 1.000 millones de euros. También esta semana el Banco de España ha lanzado un mensaje de optimismo en esa misma línea. Según su gobernador, Linde, el PIB español crecerá bastante más de lo que ha estimado el Gobierno de la nación. Linde dice que a él y a su equipo de estudios y sus modelos predictivos les sale un 1,2% de crecimiento este año, y hasta un 1,7% el año siguiente, Dios mediante. Pero nada de lanzar las campanas al vuelo. Lo más llamativo de estas previsiones (vaya por delante que los modelos predictivos son necesarios y rigurosos, pero también moldeables para su intencionada comunicación pública) es que el gobernador del Banco de España, en su coctelera de causa-efecto, supedita el crecimiento a que “bajen los impuestos”, de una forma algo acrobática. Dice esto justo una semana después de que el ministro de Hacienda, Montoro, se diera una manita de popularidad al tirar a la papelera el informe de los expertos, negándose a seguir sus recomendaciones de subir el IVA aún más. El empleo, ya después.

Leer más: La última prioridad http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/1740262/la/ultima/prioridad.html#sSf3nSSQCQ0iRneb
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Susana Díaz saca a la construcción del cuarto de los ratones

Tacho Rufino | 31 de marzo de 2014 a las 17:40

MUCHOS de los que hace unos meses descalificaban a la repentina presidenta de la Junta, Susana Díaz, por ser una política “pura” -como lo fue Adolfo Suárez, o Felipe González-, una apparatchik con escasos méritos tanto curriculares como en esa “vida real” a la que tanto relumbrón asignan a priori, ahora comienzan a ver en la presidenta a una mujer con fuerza y sin complejos, libre de pesadas mochilas del pasado, con maneras conciliadoras, y con propósito: bien orientada. No esperemos chúrchiles aquí, no nos pegan. Su propio contrincante electoral, el PP, ha designado a un trasunto del perfil de Susana como candidato. Juanma Moreno Bonilla es joven, desconocido fuera de su formación, con un currículum de andar por casa. En fin, ese “mundo real” que se esgrime como paradigma de la meritocracia, salvo abundantes e innegables personas de mérito, está también en este país y en esta región trufado de gente que pasaba por allí, de miembros del club del esperma familiar afortunado, de profesionales de la cucaña y el atajo y, en buena medida, de gente que vive, aunque indirectamente, de la política, que no sólo consiste en militancias y elecciones, sino de vivir de lo público, incluso con ropas de emprendedor. El caso es que Susana no ha parado de decir cosas sensatas desde que llegó al poder y, a la espera de resultados más perceptibles y de medidas quirúrgicas que va evitando de momento, ha establecido contactos y firmado garantías de liquidez con el otro poder con mayúsculas -el financiero-, y ha mandado al parque a tomar el sol a varias vacas sagradas de su partido. Sensato es arrinconar cuentos de la lechera acerca de sylicon valleys y olé, cambios de “modelo productivo” mediante alambiques mágicos y otros desiderátums de campaña electoral que, a la larga, producen más frustración que otra cosa, si no amarga risa. Sensato es invocar a la actividad primaria más olvidada, la minería, como flotador en tiempos de estrechez, como sensato fue reaccionar con humildad y pragmatismo a alguna piedra que en el camino minero le puso el Gobierno central hace unos días. Y sensato a todas luces es reconocer lo que muchos hemos defendido contra la opinión de muchos: que la construcción es una vaca vieja, pero es nuestra vaca. Esta semana, en la presentación del Anuario Joly 2014, Susana volvió a mencionar la construcción y las obras públicas como un sector imprescindible. El estigma de la burbuja inmobiliaria no puede implicar el suicidio por inanición de las infraestructuras, cuya creación y mantenimiento tienen un tirón inmediato en el empleo y crean economías indirectas industriales y de servicios que son precisamente lo que necesitamos. Más adelante, si eso, los milagros.

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China necesita su clase media

Tacho Rufino | 23 de marzo de 2014 a las 23:51

el poliedro
Los Alcántara de la China

Millones de parias emigrados a las grandes
SOLEMOS hablar de “dos velocidades” para diferenciar el distinto tono y ritmo económico entre regiones dentro de países, y más concretamente entre países dentro de ese poliedro de relaciones, etnias e intereses llamado Unión Europea: “La Europa de las dos velocidades” es ya un concepto clásico que tiene bastante que ver con la “dialéctica Norte-Sur” de la que trataban los economistas de izquierda en los setenta y ochenta; una expresión que no es ya clásica, sino antigua. En el capitalismo contemporáneo, también hay velocidades distintas: están los ricos de toda la vida, están los pobres de toda la vida… y está, junto con otros pero preponderante, China y su comucapitalismo de dos barajas: una para vender, otra para gestionar. Una economía que juega al mercado global pero rige su interior con férrea mano planificadora e intervencionista, autoritaria. Las dos barajas también tienen su trasunto demográfico y, a la postre, social. Esta semana hemos sabido que Pekín va a suavizar el sistema que margina a los campesinos que viven en las grandes ciudades como Shanghái o la propia Pekín como parias sociales, dándoles acceso a una sanidad y una educación de la cual están privados en su miseria de emigrantes interiores. China mantiene un sistema llamado hukou desde 1958 para controlar los movimientos de población, de forma que la gente está atada a su lugar de nacimiento a la hora de trabajar y recibir servicios sociales. Reina mundial de las exportaciones tras Alemania, China tiene una carencia llamada consumo interno. Ahora, las autoridades del país más poblado y con mayor PIB del planeta han decidido que los campesinos emigrados en condiciones miserables a las grandes urbes reventonas deben comenzar a poder consumir y ayudar a mover la rueda de su ciclópea economía. No me negarán que gestionar así es mucho más fácil que con un sistema de poderes, derechos y libertades como los de otras latitudes, que resultan -resultamos- perdedoras en este juego global de economía y poder. Como informaba José Reinoso en El País esta semana, la directora del Instituto de Investigación sobre Empleo y Seguridad Social de la Universidad de Pekín, Yang Yansui, “la ciudad y el campo deberían estar más integrados (…) para permitir a los habitantes rurales tener acceso a hospitales, escuelas, bancos, internet o servicios de recogida de basura”. ¿Les suena?

Con esta nueva visión de la jugada y esta nueva regulación de la vida de su gente, el régimen chino da un paso cuantitativo importante para el reparto de su producto nacional entre las diversas macromagnitudes, potenciando el dinamismo de su economía interior, lo cual deberá por fuerza tener un efecto cualitativo, seguramente histórico: la aparición de una amplísima clase trabajadora con capacidad de comprar coches, lavadoras, pisos, microondas, televisores de plasma o viajes de placer. Una clase media, que es inexistente a día de hoy, a tenor de las estadísticas: pocos ricos de riqueza obscena frente a cientos de millones de pobres de solemnidad y abnegación absoluta. Fíjense. Como si habláramos de una aplicación de los vasos comunicantes de Torricelli a la riqueza y las formas sociales de este mundo -tan finito-, el país que cuenta con mayor porcentaje de la población total de la Tierra avanza en la nivelación de las desigualdades, creando a golpe de decreto una clase social trabajadora pero con capacidad de decidir en buena medida sobre su futuro y sobre su vida, mientras que quienes inventaron la clase media -los europeos- desmontan esa franja social abriendo brechas de riqueza de alto riesgo. Lo que ellos van ganando, otros vamos perdiendo. La Historia no se para.

Leer más: Los Alcántara de la China http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/1735019/los/alcantara/de/la/china.html#sSf3ApnaYtPecdFp
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Expertos

Tacho Rufino | 23 de marzo de 2014 a las 23:46

UN experto a quien se da cancha en una reforma fiscal es alguien que puede tener mucho peligro para el bolsillo de la gente. Si en vez de un solo experto se trata de un equipo grande de expertos, las prescripciones que éstos proponen al Gobierno se aguan un poco, como todos los consejos de los grandes grupos, que tienden al consenso y, por tanto, a una solución técnicamente menos que óptima, como las que suelen parir todos los grandes grupos. Incluso tienden a la obviedad, porque la gestión presupuestaria es una tarea ingente en números, pero que consta de pocos sumandos (o restandos, según si la perspectiva es de quien recauda o de quien se rasca el bolsillo), es un sota, caballo y rey, una ecuación sencilla que se resuelve con altas dosis de ideología, y cuyas variables son principalmente el IVA, el IRPF, los impuestos especiales y, con mucho menos peso, la tributación de las empresas. La dificultad está en decidir si se aprieta a quienes trabajan y tienen un salario u otras rentas no ocultas, en proporción directa a sus ingresos -o sea, se busca elevar la recaudación por el IRPF-, o alternativamente se gana recaudación sin atender a si se gana más o menos: elevando el IVA, encareciendo la vida de la gente en general. Los expertos le han dicho a Montoro que haga esto último, la opción más regresiva: suba usted el tipo general de IVA -¿otra vez? Otra vez…- e incluso el IVA de algunos alimentos. Nada de milongas de reactivar el consumo dejando más dinero en el bolsillo de la gente: eso queda para los programas electorales. Y por supuesto, el informe experto contiene meras pinceladas declarativas sobre los problemas fiscales menos atacados: la baja tributación de grandes empresas y fortunas, y la economía sumergida (la gorda, y no tanto la de supervivencia). Como no podía ser menos, esta opción es la que nos quieren imponer los castigadores exteriores del FMI y la Europa rica, e incluso De Guindos, que tras parar el rescate nacional y conseguir el rescate bancario en Europa, es en Europa donde quiere aterrizar tras su duro ministerio; Bruselas le va a parecer un spa. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, Montoro -que es ahora el hombre fuerte del Gobierno, el más político de los economistas ejecutivos- le ha dicho a los expertos que muy bien, que se agradecen los servicios prestados, y que sus expertas prescripciones van al cubo de la basura. Está la gente como para subirle el pan. Si la gente se tira a la calle por perder su casa -sólo faltaba, ¿usted qué haría?-, cuando le tocan el pan se tira con más hambre, como ha demostrado la Historia tantas veces a lo largo y ancho del mundo. Gracias esta vez, Montoro, por ser coherente con su ideología. ¿O debemos decir: “Gracias, elecciones?”.

Hígado

Tacho Rufino | 17 de marzo de 2014 a las 22:39

SIN duda es el animal más excelso, el hombre, quien puede ser la peor bestia que habita la tierra, apestándola. De viaje por los gloriosos Rajastán o Benarés en la India, supimos -o eso nos contaron reiteradamente- que había niños que eran cegados por sus padres para conseguir con su mendicidad sórdida un aporte económico para la familia. Una tara era para muchos allí un activo productivo.

También lo fue por aquí, y no hace tanto. En las morgues de Sudáfrica, redes de tráfico de órganos roban ojos de negros pobres recién muertos, y los ponen a viajar convenientemente despiezados y entre hielo hacia el primer mundo, incluido el primer mundo de la propia Sudáfrica. También en la India, los riñones sirven como aval de las deudas adquiridas por los desgraciados. Aquí la venta del propio cuerpo por desesperación se venía haciendo al completo pero durante un ratito, y no por partes y para siempre.

Pero esta semana hemos tenido una ración de este espanto en los telediarios: hemos debutado en España en el submundo de la infamia con la historia de un rico libanés que ofrecía 40.000 euros a inmigrantes ilegales por un pedazo de hígado. Lo más repelente es que obtuvo muchos candidatos. Quizá el hígado del comprador está mermado por el exceso de su vida superior: demasiada comida, demasiada bebida. Tristemente, el hígado del potencial vendedor suele estar muy sano por haber comido y bebido lo justo o algo menos.

Para mayor vergüenza, y como era de esperar, está el reparto de la ganancia a lo largo del canal de distribución: un pedazo de hígado puede comprarse a un paria en un país pobre -o a un pobre en un país muy rico, la globalización crea convergencias perversas- por unos mil euros, y puede llegar a costarle al receptor unos 130.000, trasplante aparte. En el camino, traficantes con dientes de oro y uñas de operario de matadero van engordando uno tras otro en la lucrativa cadena de intermediarios de casquería humana que constituye hoy un mercado emergente.

La legislación coordinada y la investigación va lenta ante el enorme dinamismo de los dealers ¿Quién quiere morir? Basta con poner un alambre de espino electrificado y un buen muro de hormigón alrededor de tu conciencia, basta con una ética indolora que no entienda de trazabilidades de producto desagradables, y ya puedes acariciar el pelo lacio de tu pequeño mientras lo ves crecer seguro de sí y de su padre, feliz.

La deflación, otro fantasma

Tacho Rufino | 17 de marzo de 2014 a las 22:37

NINGÚN español vivo recuerda haber conocido un periodo de deflación seria, aunque sí podemos recordar el concepto: deflación es un proceso de bajada generalizada de los precios en una economía o territorio. Sin embargo, uno recuerda vivamente el fenómeno contrario, la inflación: aquellos aumentos bestiales del nivel general de precios que llegaron al 26% en el año 1977, el año en que España recuperó la buena costumbre de elegir a sus representantes políticos. Hoy viven alrededor de tres millones de españoles que sufrieron en sus carnes una inflación del 37% en 1946, pero probablemente la palabra inflación la manejaban entonces dos o tres personas viajadas, y el término era para la mayoría un tecnicismo inútil y casi ofensivo dada la carestía de todas las cosas esenciales, incluidas las del corazón, que tanto sufren con la miseria material. Tras siete años de vendaval, en los que ni unos tipos bajísimos de interés han podido provocar una sana inflación (sana por su origen: la alegría del consumo y la velocidad de movimiento del dinero), ahora la amenaza es la contraria. Pensar que una bajada sostenida de los precios es buena para el consumo es miope. De entrada, los precios de los bienes y servicios esenciales no bajan, sino que suben con respecto a la renta disponible, en un país en que los coches, las casas y hasta las raciones de gambas son muy baratos de pronto, pero la energía y otros suministros básicos para el hogar son inasequibles a la bajada, además de unos impuestos y una presión fiscal crecientes hasta la náusea. Si la inflación es peligrosa para la economía, peor puede ser la deflación, que si es persistente acaba paradójicamente teniendo un efecto disuasorio sobre el consumo, que a su vez realimenta la bajada de precios y, a la larga, manda a más gente al paro, lo que origina más depresión del consumo… y vuelta a empezar. Para el recorte de la deuda pública es también letal. Un círculo vicioso muy difícil de romper según experiencias sucedidas en otros países.

De manera que, con la música del badún-badún-badero de los autobuses escolares de excursión, podemos cantar: “Cuando yo era jovencito, la inflación era el problema; ahora que soy mayorcito, la deflación es el problema”. No es una metáfora, hablamos de los precios. Sin embargo, la Economía no puede precisar qué nivel de bajada de precios es una “corrección” necesaria y paralela a la devaluación salarial, y cuál es el ritmo de bajada del nivel de precios que comienza a ser preocupante. Linde, gobernador del Banco de España, ha recordado esta semana que España no está en deflación técnica aunque el IPC interanual (indicador estrella de la inflación/deflación) está en el -0,1%. En esto sucede algo parecido a lo que está sucediendo con el famoso nivel de crecimiento del PIB del 2 ó 3% que se considera necesario para, no ya mantener la tasa de empleo, sino para crearlo nuevo. Con una aplicación más o menos flexible de esta ley (llamada Ley de Okun, por ser Okun quien comenzó a investigar este automatismo entre PIB y empleo: realmente Okun constató empíricamente, en su entorno y su tiempo, que para incrementar un 1% el nivel de empleo, hacía falta un crecimiento del producto del 5%), España lo tiene duro cual rodilla de cabra para generar empleo, ya que esperar que nuestra economía crezca un 5% es tan improbable como meter toda el agua del mar en un cubo, al menos a corto plazo. Con cierto sustento lógico, nuestros gobernantes replican que en nuestro contexto, con la gran reserva nacional de parados, con nuestra deuda y otras condiciones de nuestra economía, con un poquito de crecimiento, incluso por debajo del 1% del PIB, comenzaremos a crear empleo neto. ¿Qué tipo de empleo? Ésa es otra cuestión.

Falso autónomo

Tacho Rufino | 9 de marzo de 2014 a las 20:49

EL teniente M. nunca lució los galones de oficial por un cuartel, ya que su verdadera carrera militar la acabó de brigada. Cuando “cogió la transi” (es decir, pasó a la llamada reserva transitoria, acogiéndose a un decreto de 1985), un suboficial como él, que había logrado lentos ascensos hacia la medianía, podía llegar a su meta en el escalafón jubilándose de teniente, por ejemplo, y seguir haciendo trabajillos en el mismo cuartel donde se jubiló, ya por lo privado, y sin perder un duro de su pensión. En la vida laboral civil, crece hoy sin cesar el número de brigadas M., pero estos nuevos brigadas carecen de chollo alguno; no se nutren ni mucho menos de la dieta teta más sopa para la segunda edad y media, que ha sido muy común en la función pública, no sólo en el Ejército, sino también en la Universidad: jubilados prematuros con toda la morterada salarial y algo más, que no trabajan, pero el Estado sigue cotizando por ellos de lo lindo, y que se pueden dedicar -como el brigada- a tareas profesionales por cuenta propia, dentro de un orden. Nada que ver. El pobre falso autónomo es un señor o señora que trabaja para una empresa en exclusiva, pero sin estar en la plantilla de dicha empresa. “Si quieres trabajar aquí, los seguros sociales te los pagas tú”; “Bueno, vale”. El falso autónomo es una especie sufriente y desprotegida. No es que el verdadero autónomo esté muy protegido, por supuesto: ya no hay nadie en la suboficialidad civil que esté protegido, ni tampoco la tropa por cuenta ajena tiene una vértebra a cubierto, bien mirado. El falso autónomo engrosa falazmente las estadísticas de empresarios españoles, cuando es un currito de manual, aunque sin los derechos y seguridades -menguantes- de los empleados de toda la vida, los de la nómina. El falso autónomo puede ir a la calle de un día para otro como quien pierde la condición de proveedor de una empresa. Se estima que este ejército algo mercenario cuenta en sus filas con 250.000 soldados por cuenta propia, y aunque hay una figura legal para quienes son autónomos pero trabajan para una sola empresa (llamado innovadoramente Trade), como tales trade figuran apenas un cinco por ciento de los que lo son de hecho. Pero en un país donde hay otro superejército pasivo -lo que Marx llamaría un Ejército industrial de Reserva- compuesto por cinco millones de parados, en una reserva mucho menos benéfica que la del brigada M., cabe consolarse con que un falso autónomo será falso, pero tiene trabajo. Y el Estado ingresa sus cuotas. Hagamos lo imposible por cuadrar las cuentas públicas. Para los milagros del emprendimiento nos estamos preparando.