Su primera comunión

Tacho Rufino | 17 de mayo de 2016 a las 7:00

Son días de primeras comuniones, un evento del que prácticamente nadie priva a sus hijos: practicantes, creyentes no practicantes, agnósticos, ateos, casados, separados, amancebados, solteros y familias monoparentales. Cada uno celebra como quiere un rito que ya para pocos es en esencia religioso, y que para todos es un “rito de paso”, que diría un antropólogo: el principio del fin de la infancia. El otro día, un buen amigo me contó que la fiesta en el caso de su hija consistiría en un almuerzo al que invitaría a apenas diez personas, en un sitio donde pudieran convivir y jugar grandes y pequeños unas tres horas, y en el que la estrella por un día sería, claro está, su pequeña. Me conmovió: un rebelde, mi amigo. Algo parecido tuve yo hace un puñado de años, en un día del que conservo recuerdos más o menos inventados, pero muy íntimos. Con mi primo de coprotagonista; entonces las familias buscaban las economías de escala en esta fiesta: donde comulga y celebra uno, comulgan y celebran dos. Y cuesta la mitad. Las cosas han cambiado mucho, y no entraremos en consideraciones religiosas ni éticas –líbreme Dios–, ni en juzgar cómo gasta cada uno el dinero. Iremos, eso sí, a ciertos rasgos y síntomas económicos a partir del party que no cesa en estas tierras llegada la primavera.
Con permiso del gran Juanito Valderrama, parafrasearemos y actualizaremos su copla, cuyo título tomamos prestado: “En el quicio de la puerta / estamos su madre y yo / con lágrimas en los ojos / por tan tremendo pastón”. Entre tres y cuatro mil euros suele costar una primera comunión hoy, informaba ayer aquí Juan Parejo (“Primeras comuniones: las nuevas bodas”). Hace unos días leí que era común gastar unos siete mil. Hacer una gran fiesta, para mayores tanto o más que para el pequeño, con una barra libre como segunda estrella del día (de la que, huelga decir, no disfrutan los pequeños, a los que se les coloca un payaso, un mago y un castillo inflable). No sé si convendrán ustedes conmigo en que muchas de estas fiestas se pagan a crédito, y que –esto ya es irrefutable— la familia española media gasta ahí el equivalente a su sueldo de dos o más meses. Allá cada uno con cómo gestiona sus lagrimitas, su pamela, su vistoso pañuelo asomando en la americana, su cachondeo y sus gin tónics. Lo que sí parece claro es que el crédito vuelve a fluir. Flujo para el cual hace falta un banco, ya más ligerito de cascos, y un empeñado en un crédito personal al 10% TAE. A mí como que me recuerda a algo. Un ‘deja vu’, algo que ya vi no hace tanto.

PD:  Para ver a Juanito Valderrama cantando “Su primera comunión”, hagan clic aquí. https://www.youtube.com/watch?v=8QHF9tiqNCQ

Arden neumáticos en Seseña: la ‘cutropía’

Tacho Rufino | 16 de mayo de 2016 a las 17:46

LA distopía o antiutopía imagina y representa en novela, cómic o en el cine una sociedad indeseable. El Gran Hermano del 1984 es un ejemplo de una sociedad mala de ficción que fue más futura para quien la escribió en 1948 que para nosotros hoy, que vivimos permanentemente pegados a dispositivos conectados a internet, donde hay grandes hermanos mucho más grandes que el que propuso Orwell. El mundo en que vivimos nos muestra sus distopías día a día, con la sorda crudeza de la realidad: millones de personas embarcándose desesperadas, a la deriva; centrales nucleares que explotan, catástrofes naturales que causan muertos a miles. A todo se hace uno. Si no estamos personalmente afectados, pasados el arreón y el espanto, ni el miedo ni la siempre escasa compasión nos turban ni nos desvelan. No hay nada más adaptativo que un ser humano y, por lo general, su conciencia. También esa que solemos denominar conciencia social.

Esta semana, en la misma noticia, se han concitado dos distopías de andar por casa (aunque los medios de comunicación locales y regionales han dado muchísima más cancha a otra de nadar por las veredas, la distópica romería del Rocío 2016, que da mucho más juego y narcotiza más a la audiencia; un desastre a la postre indoloro y bastante melodramático, con su puntito de sainete): en Seseña, justo al lado de la urbanización de El Pocero, ha ardido el mayor cementerio de neumáticos de Europa, o todavía arde a estas horas en que usted lee esto. Son dos desastres simbólicos por el precio de uno. Muchos de los habitantes que acudieron a la ganga de las viviendas de un pueblo fantasma que simboliza casi como ninguno la orgía de ladrillo, crédito y corrupción que llevó a España al hospital han debido salir por piernas.

Más grave que una construcción demencial que a la postre se ha ido habitando es que en 2016 pueda salir ardiendo una masa descomunal de caucho y química venenosa -ay, el dios coche, dos o tres por familia- y que lo haga al lado de donde viven personas de un país que pasa por ser una de las 15 potencias económicas del planeta. Tiene uno la impresión de que no sólo había mayor “concienciación” con la contaminación hace 40 años, sino que el camino andado con el reciclado, la sostenibilidad, las direcciones y ministerios de Medio Ambiente han sido más matraca que otra cosa, y bastante camelo. ¿Que ha sido un tipo malo quien por negligencia o dolo ha causado el desastre? ¿Un Doctor No, un malo de Mortadelo que gerencia un cementerio de neumáticos en Seseña? Aún peor: lo trágico es que eso sea posible. Distopía, y cutre. Cutropía.

Cambiamos parados por jubilados y acabamos con el paro

Tacho Rufino | 16 de mayo de 2016 a las 17:42

EL porcentaje es la medida más razonable para comparar. Permite por ejemplo comparar la demografía o la economía de un país grande con las de uno pequeño, qué parte del sueldo gastas en fiestear, la trayectoria de una compañía en distintos momentos de su vida, o si nuestro bebé está por encima de la media de sus neonatos de referencia en el tiempo y el espacio (los famosos “percentiles”, tan objeto de alarde, trucaje o mutis). Mil de mil no es mucho ni poco, pero es el cien por cien de mil: todo. Pero mil es un miserable 0,1% de un millón. Todo es relativo, lo decimos siempre; algunas veces, con razón, otras no: el porcentaje es relativo, y por ello mismo es “razón”, un cociente. Interpretarlos es divertidísimo; creérselos, un acto de fe.

Miren este titular, que va de porcentajes, e incluye un profundo mensaje sobre nuestro futuro: “El envejecimiento de la población ayudará a bajar el paro al 7,5% en 2025“. Adelantemos que es difícil ser más positivo que lo que este entrecomillado es. Supongamos, con bastante fundamento, que nuestro paro oscila entre el 20 y el 30% de nuestra población activa (en el caso andaluz, el 30%, la alegría va por barrios). Pues bien, reducir el paro del 30% al 7,5% es sin duda el sueño recurrente -o, alternativamente, la pesadilla- de cualquier presidente de gobierno: alcanzar el santo grial de la política española. Una quimera, una ilusión. Pero… ¡se puede! ¡Es cuestión de porcentajes!

Un porcentaje de un 7,5% de la población activa (aquella que está en edad de trabajar y quiere trabajar, lo haga o no), hablando de paro, y más en España y más en Andalucía, es poquísimo, una maravilla. Y lo es absolutamente, no relativamente: eso supondría un cambio social, familiar, de pautas de consumo y diversión, de actitudes juveniles, de expectativas y ahorro, de ingresos fiscales, de tantas cosas, copernicano. Para obrar el milagro que tendrá lugar, Dios mediante, dentro de nueve años, basta con cambiar parados por jubilados. Ahí, ay, está el truco. En la soez terminología antes al uso, ambas, parados y jubilados, son “clases pasivas”, es decir, no contribuyen ni cotizan a los gastos sociales, pero los usan.

En el caso de los jubilados y una parte de los parados, reciben una pensión: la “paguita”, gran término andaluz donde los haya, por mucho que paguitas, subsidios y demás beneficios sociales los haya con ese u otro nombre entre los cuatro puntos cardinales de este país. Silogismo al canto, a modo de corolario: “Cuando el porcentaje de jubilados crece, el de población activa decrece”. “El paro se mide como porcentaje: desocupados entre población activa”. Luego: “Si crecen los jubilados y correlativamente va decreciendo la población, con el tiempo tendremos menos nivel y tasa de paro”. Y más de jubilados, siento aguar la conclusión.

El criterio técnico y la proporción áurea de casi todo en esta vida que vivimos es la sostenibilidad, o lo que es lo mismo: ¿hasta cuándo podremos permitirnos este proceso troyano, que parece un regalito y es un considerable marrón para el futuro? Uno siente no poder ofrecer una solución a esta deriva (sería para retirarme el carné, hay artículos más descriptivos y otros más opinativos). Pero apunten algo: cada vez oye y lee uno con mayor frecuencia que trabajar hasta los setenta años es bueno para la salud. Por ahí va la cosa. Uno lo siente por la mayoría de las profesiones, y piensa en ferrallistas y asfalteros en pleno verano, con setenta años, 45 cotizados. Y aquí se retira la guasa.

Euskadi, ahora no tan independentista

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2016 a las 0:20

LOS países generan sus tabúes y sus deformidades ideológicas, surgidos de los hechos históricos que los marcan, sean más o menos veraces o falseados: historiadores, como peritos en general, los hay para todos los gustos. España es para algunos la nación más antigua -y quizá por ello, decadente- de la Europa que nos sirve de referencia. Y eso produce monstruitos a medio camino entre la ética y la estética (el habitual uso connotativo -“yo, de derechas”- de la bandera nacional por parte de algunos, o el rechazo cerval de la misma desde la otra orilla son ejemplo del vicio bipolar). Aquí, por ejemplo, un izquierdista de raíz, o sea, radical, es casi indefectiblemente indulgente con la violencia independentista vasca, y en su juicio, los muertos -que lo son de otras familias, claro- no pesan gran cosa a la hora de valorar las situaciones: siempre se puede señalar con dedo tembloroso de rabia al General o a la Vieja Política, estigmatizada por haber mamado de los pechos de su Dictadura.

El “problema” vasco es en esencia un problema económico (el catalán, también, con insoportable dolor de cuernos, algo que lo hace más descarnado y mal camuflado en el folclor). Resulta ya cansino repetir que el terrorismo de ETA ha sustentado unos privilegios fiscales que han consolidado otros previos -industriales- concedidos por el propio Franco para calmar la tensión del independentismo. Que los casi mil muertos e incontables mutilados y heridos psíquicamente que causó ETA han servido para el trágala de que la región quizá más rica y que con mayor ganancia comercia con el resto del Estado no contribuya al mandato de la redistribución que prescribe nuestra Constitución (y la de todos los países con verdadera Constitución).

Me sorprendió mucho que se criticara a Jordi Évole tan encarnizadamente por darnos la oportunidad de confirmar que Otegi es un canalla que defiende los atentados y asesinatos de su organización, ETA, a los que dio cobertura organizativa y planificación sin apestar sus uñas de pólvora. Que estaba -tan desavisado…- en la playa jugando con sus pequeños mientras mataban otros a Miguel Ángel Blanco. Gracias, periodista Évole, por recordarnos qué tipo de hidra adoran tantos en su país. Y en el de todos, en el que muchos de la izquierda no ven lo tenebroso de ese demiurgo del crimen. (Desde hace meses, el independentismo vasco cae a una quinta parte de su población. No es el momento de bombas ni de estropear nuestro mobiliario urbano, incomparable al de otras latitudes subdesarrolladas. A hacer caja y a seguir engordando.)

El tonto dinámico

Tacho Rufino | 10 de mayo de 2016 a las 10:21

HAY dos palabras que sólo deberían utilizarse en su segundo o doble sentido: cateto y tonto. El verdadero cateto contemporáneo nada tiene que ver con el lugar donde vive ni con su bagaje cultural: el cateto es quien presume de lo que aspira a ser y no es. El ostentoso sin causa. Por su parte, el tonto a que nos referimos hoy no lo es por su escaso cociente intelectual, sino por su pasión por la apariencia. Igual que hay sabios que no logran acabar los estudios, hay mucho tonto con estudios y, sobre todo, con agenda. Es una variante de urbanita que está en todas las sopas sociales, cuya hoja de ruta a corto plazo es tan extensa y variopinta en actividades como completamente prescindible para sus semejantes. Es un community manager de sí mismo, enganchado a los actos, aunque bien puede no obtener rédito alguno de ellos, más allá de unas croquetas y una conversaciones fragmentadas, puede que incluso con un contertulio alfa o alguien que puntúe alto en el vigente candelabro de tu ciudad.

Alguien me brinda una denominación para este síndrome: “El tonto dinámico” (concepto en el que se incluyen, claro es, las tontas dinámicas). También me brinda un inventario de sus rasgos: “No hay nunca nadie más dispuesto, colaborador, ocupado y activo que el tonto dinámico, pero cuando haya que arremangarse o picar piedra o las cosas se tuerzan, su habilidad innata para el escapismo, perfeccionada con maestría con el paso de los años, hará que nunca, nunca, lo veas cerca. Es un arte como cualquier otro”. Y un oficio. El aquejado por este cuadro sintomático intenta escoger los nichos en los que deambula -no siempre puede, en esto también hay clases-, y se mimetiza en ellos con habilidad de camaleón, émulo del Pequeño Nicolás (un icono de la tontería dinámica, por cierto).

La tontería dinámica es una actividad adictiva: cuanto más vacíes tu interior y abandones tus pequeñas e íntimas rutinas, más insoportable se te hará la soledad, y más perentorio será llenar tu agenda. Tu casa será una celda, el silencio te romperá los tímpanos. Para colmo, te verás forzado a ser un sableador, un gorrón eficaz, porque pocos bolsillos privados son capaces de estar a la altura de las exigencias de la tontería dinámica, sobre todo en lo tocante a estilismo: atuendo variado y actualizado para un diario, un festivo y un folclore; disfraces ibicencos, conjunto marinero, chaqué y esmoquin, set verde cacería, colores y cortes de moda. Inútil, sí, pero nadie dijo que fuera fácil ser un tonto dinámico de manual.

Nuestra clase media pierde 3 millones de personas

Tacho Rufino | 10 de mayo de 2016 a las 10:19

DEFINIMOS a la clase media por exclusión entre los dos segmentos socioeconómicos entre los que ahora languidece, como una mortadela revenida entre dos rebanadas de pan distantes: por arriba, la delgada pero firme rebanada de quienes viven de sus rentas, sean éstas originarias de sus antepasados o de su propio mérito y su éxito económico (alternativamente, de sus robos o abusos de poder); por abajo, aquellos que, poco cualificados y desprovistos de propiedades, aportan su trabajo a cambio de un modesto salario, la llamada clase obrera, un proletariado que engorda con la caída de los hijos de la clase media. Mucho se ha escrito sobre la decadencia de uno de los logros más asombrosos -benditamente aburrido- de la historia de la Humanidad: la clase media. Estrato social recentísimo, de difusión minoritaria en el planeta. Que reúne dosis suficientes de los tres ingredientes con los que Max Weber caracterizó el concepto de clase: suficiente estatus económico, suficiente poder político, suficiente prestigio. Capacidad de generar riqueza decente mediante la permeabilidad interclase. Una medianía que ha ido de la mano del salto que supone pasar de la caridad y el caciquismo al Estado de bienestar, que reconoce unos derechos y comodidades que muchos de mi generación consideramos indiscutibles, pero que no sólo los discuten los que creen en la mano benéfica de un mercado a quien hay que despojar de límites y tutelas, sino también quienes vigilan en la sombra, desde Bruselas o Washington, nuestro cuadro macroeconómico.

Vigilan sobre todo nuestro déficit y nuestra deuda pero, con la eterna displicencia técnica de los ortodoxos, no tanto nuestro vergonzante nivel de desempleo y las crecientes brechas de igualdad, que no por estar glosadas profusamente dejan de crecer. Es el paro, precisamente, el origen de la creciente desigualdad que lamina a la clase nutritiva que es síntoma de salud social, la clase media. Un estudio de la Fundación BBVA IVIE, hecho público esta semana, confirma que vamos a peor, y que lo hacemos de una forma más dañina que en otros países que nos sirven de referencia. Desde 2009, tres millones de personas han abandonado la clase media, y se encuentran en la pobreza o viéndola cerca, sus expectativas oscuras como el carbón. Entre 2007 y 2013, la renta disponible por hogar ha caído un 20%, una quinta parte. Tal caída no ha sido proporcional, según confirma el estudio mediante el cálculo del oportuno Índice de Gini: lo llevan ustedes oyendo unos años, hay menos ricos más ricos, y muchos más pobres, muchos de ellos sin trabajo (hay pobres con trabajo, sí, a puñados). El principal esfuerzo redistribuidor para compensar la debacle lo ha hecho el Estado, el Gobierno socialdemócrata de Rajoy, obligado a dar hachazos a su propia gente para evitar la entrega del patrimonio nacional a extraños.

Hace diez años, el 60% de los españoles eran clase media, el 31% clase baja y el 10% clase alta. Hoy, estas proporciones se han convertido en 51%, 39% y 10%. Más pobres. Los más ricos se mantienen firmes, sin perder mientras todo alrededor decae. Los paraísos fiscales donde distraen dinero quienes de verdad lo tienen son un rasgo clave de este panorama inquietante. La precariedad en los empleos creados son pan (duro) para hoy y hambre para mañana. Nuestro modelo laboral cambió por urgencia y necesidad, pero la nueva estructura social -laboral- no avala sino ruina. Los salarios de risa no harán más competitivo a este país. Lo harán más cutre, periférico e invivible. (Mientras, una encuesta revela que sólo un 21% de los vascos quiere ya ser independiente: quién quiere independencias con un chollo fiscal, en buena medida conseguido por la vía del dolor.)

Sinvivir consumidor

Tacho Rufino | 3 de mayo de 2016 a las 11:24

LA vida del consumidor contemporáneo es tan variada en opciones como estresante y repleta de trampas. Los reyes medievales tenían criados y súbditos, ejércitos, la mejor ropa y la más codiciada carne a disposición -incluida la humana-, pero sufrían intratables dolores de muelas, gota o sífilis que los igualaban a la plebe. Un auxiliar administrativo de hoy dispone de una calidad de vida que para sí la hubieran querido los Reyes Católicos. Nada es perfecto, y la comodidad y seguridad pequeñoburguesa tiene sus pasivos en los continuos procesos de compra que son propios de nuestra cotidianidad. Nuestros mayores, obligados a la austeridad, no se volvían locos a la hora de llenar un carro de compra -mucho más de lo preciso- en un hipermercado. Si vamos a acometer esa pésima inversión llamada coche, la variedad de gamas y modelos es tal que -está contrastado- muchos decidimos por capricho y por pulsiones creadas por la publicidad, por la emulación de nuestros envidiados, y después lo justificamos racionalmente ante los allegados: que si prestaciones, que si financiación o garantía. Los “paquetes” combinados que ofrecen las operadoras de telefonía y proveedoras de internet te colocan fija la mosca detrás de la oreja: la sopa de megas con velocidades, los cócteles de minutos, números familiares, tarifas planas y datos móviles te acaban pesando en el estómago cuando ves el cargo de “180” en tu cuenta corriente, sin piedad, el mismo día de cada mes (sí, ya sé, me lo temía: usted no paga ni la mitad, como mi cuñada y mi compañero de despacho, unos cracks del ahorro doméstico).

Toda esta irritante complejidad no sólo es el caldo de cultivo de los cosechadores de ingresos, entrenados como gurkas para venderle más las mismas personas; los llamados yield o revenue managers, unos especialistas en incrementar infinitesimalmente y en cada segundo la cuenta de resultados de su empresa (y reducir correlativamente la nuestra). La complicación en la que corremos con el papel perdedor, por si fuera poco, se adereza con engaños. Cuanto menos desarrollado el país, más campan por sus fueros los halcones. Comisiones bancarias abusivas, con las que primero disparan y, ya si eso, lo hablamos. Cochazos con un “por 280 euros al mes” al lado de la foto que resulta ser una mentira si miramos los asteriscos y su letra pequeña. Un sinvivir. Aquí, inexplicablemente, no acabamos de poner coto al abuso consuetudinario y al pequeño engaño. En el recreo consumidor manda el más fuerte.

Él, Claudio: su Leicester, campeón

Tacho Rufino | 3 de mayo de 2016 a las 11:22

De vez en cuando uno se reconcilia con la vida gracias a un David que le pega una buena pedrada al gigante Goliath. La metáfora de la vida que es el fútbol te proporciona con cuentagotas ese tipo de placer igualitario, tan necesario para que la existencia no sea eso que sucede mientras domina el más fuerte. El Leicester –que se pronuncia “Léster”, conviene ya ir sabiéndolo— es un equipo modesto de la liga inglesa que cuando esto se escribe está a punto de proclamarse campeón de la premier, el campeonato nacional que concentra la mayor cantidad de dinero del balompié mundial y cuenta con equipos históricos que cotizan en bolsa, como el Manchester United, y otros hechos a base de talonario de plutócratas árabes o rusos, como el Chelsea o el City. Hace unos meses, nadie en su sano juicio osaba imaginar que un plantel formado por jugadores sin ningún renombre, casi una comparsa, pudiera conseguir tal logro. De la mano de un entrenador, Claudio Ranieri, ya sexagenario y ajeno al insoportable postureo de otros, como Pep Guardiola. Ranieri, un motor perkins del vestuario y el banquillo, acreditado a base de oficio, que ha entrenado a la Juventus y al Inter pero también al Cagliari y a el otrora trise Atlético de Madrid. Uno de esos que hace grande a un mediocre, al contrario de esos a quienes el destino ha regalado la dirección de un Bayern o un Barça a los que les pones el piloto automático y te ganan tres títulos al año.

Pues bien, el Leicester va a ganar su liga contra todo pronóstico. Los pronósticos son precisamente una de las economías más pujantes y millonarias del mundo digital contemporáneo. Las apuestas de todo tipo no son ajenas al fútbol, claro es. Nunca lo han sido. La quiniela futbolística es un clásico sólo comparable en su predicamento y volumen de negocio a la lotería nacional. También ha sido un panal de rica miel al que se han arrimado los mangantes, con especial notoriedad de compatriotas de Ranieri; recuerden a ese Paolo Rossi y algunos otros detenidos en pleno día de partido por amañar partidos en el escándalo del Totonero, allá por 1980. Ahora, la honda del pequeño Leicester ha atinado en toda la frente de los nuevos dioses digitales de la apuesta. Que ellos ganaran la liga era tan improbable como un 5.000 a 1, o sea, algo que se pagaba mejor que el hecho de que apareciera el monstruo del Lago Ness o que Elvis Presley estuviera vivo en Marbella. Las grandes casas de apuestas van a perder una millonada que les va a cimbrear las rodillas. Honor a Claudio Ranieri y su modesta gran tropa

Amazon, el depredador

Tacho Rufino | 3 de mayo de 2016 a las 11:19

- “El 80% de los habitantes de un pequeño pueblo cordobés hace sus compras por internet: lo rural metamorfosea”
 – “La venta por internet es la esencia misma del cambio en el espacio y el tiempo”

Qué pretérito y dulcemente carpetovetónico resulta recordar el mensaje de aquella canción de los Buggles titulada “El video mató a la estrella del radio”; aquella estrella sin rostro de los años 40, tiempos de imaginación y obligada contribución a la causa por parte de la audiencia, días de radio que el maestro Allen retrata en la película homónima. Hoy las estrellas de la comunicación y el intercambio son por definición fugaces, quedan obsoletas por la mano acelerada de la tecnología digital, arrinconadas y finalmente asesinadas por los nuevos videos, por los dioses poliédricos de las pantallas. El comercio y multitud de oficios, pero también la prensa o la educación son mutantes; sus formas nada tienen que ver con las de hace una década. Grandes almacenes, todopoderosos grupos financieros, aerolíneas de bandera o grupos editoriales se ven forzadosa programar en un entorno de suma incertidumbre un viraje estratégico, o sea, esencial. El llamado modelo de negocio de ayer –lo dicho, apenas diez años—no funciona hoy: con permiso de San Agustín, el ayer tecnológico –la tecnología no es por definición digital, es la forma de hacer las cosas en cada momento histórico— no existe, el futuro tampoco, no está aquí, y el presente es fugaz. No hay tiempo, pues, sólo hay cambio. Lo cual, y aparquemos la melancolía, es apasionante. Da vértigo a algunos, pero es sólo cosa de la edad.
En una jugosísima entrevista de Alejandro Martín a François Nuyts publicada por este periódico ayer, el director general de Amazon España confirma lo que ya sabíamos: el negocio del comercio electrónico –del que Amazon es el intermediario líder— no para de crecer a tasas inusitadas, o sea, él sí tiene un enorme presente y un esplendoroso futuro, sin apenas pasado, y además esta compañía nacida para el planeta en Seattle es campeona. A esa combinación de crecimiento del sector y posición de la empresa la llaman los entendidos que saben de la matriz BCG —también viejuna ella– una “estrella”, precisamente. Una nueva estrella está matando al comercio tradicional, u obligándolo a “redefinirse” y “reinventarse”, que diría el entendido. En cualquier caso, se está quedando con porciones crecientes del pastel global del comercio. Nuyts nos da más claves para entender el fatal fuera de juego en el que están incurriendo muchos negocios: si al inicio de su ciclo de vida Amazon comerciaba con unos pocos productos hoy distribuye 125 millones, 60.000 nuevos cada día. ¿Mareante? En internet se reformula la máxima de la familia numerosa: si donde comen cuatro, comen seis, donde se comercian diez productos, se comercian millones, y desde la misma habitación. El CEO Nuyts –diez años más joven que un servidor, por dar otra pista— pone en evidencia las críticas que muchos hemos hecho al fenómeno del Black Friday y su equivalente Ciber Monday (días en que se estimulan las ventas prenavideñas, rebajando y desestacionalizando, que son gerundios). No es una invasión anglosajona, no una aculturación intolerable: es lo que hay. Amazon vendió por internet –así vende no más— unos 400 productos al minuto en el último Black Friday. Negro viernes, sí: un mandinga. Que corre como el viento.

Votar desde los 16 años

Tacho Rufino | 27 de abril de 2016 a las 15:29

QUIZÁ usted no sepa que hace justo una semana la mayoría del vigente Congreso de Diputados se pronunció a favor de que los españoles pudieran votar desde los 16 años. Sólo los partidos que supuestamente cuentan con el voto más conservador -PP y Ciudadanos- votaron en contra de la propuesta de ERC. Estando la política como está -cabildeando-, es de suponer que los que votaron “sí” creen que tienen mucho que arañar de nuevos 800.000 votantes, y viceversa. (Por cierto, cuando escribí “españoles” usaba el plural castellano, ellas y ellos, y por eso aprovechamos parar hacer notar que muchos de los argumentos en contra del voto a los 16 coinciden con los que antaño negaban el voto a la mujer.)

La mayoría de los países donde la mayoría de edad es anterior a los 18 años son países subdesarrollados y con baja esperanza de vida. Cada día hay más excepciones. En Escocia se vota a los 16, y es ése el modelo a seguir por los independentistas catalanes: pillarán mayor cacho con jóvenes educados en el rechazo a “España”. Austria, Noruega y estados de EEUU ya han aprobado medidas en ese sentido. En Alemania hay una corriente que promueve el voto a todos los nacidos, con delegación paterna de los menores de 12. ¿Le parece una locura? ¿Cómo va a votar un menor -dirá alguien-, vulnerable y sin criterio, ignorante de cualquier cosa allende la red social? ¿Cómo nuestros vitelloni, que permanecen en casa hasta la treintena y más, van a dilucidar quién es mejor para dictar leyes?

Puestos a conectar voto y madurez, albergo muchas dudas sobre que buena parte de los votantes tenga criterio para hacerlo, o criterio racional. La madurez mental, y mucho menos política, de muchos de nosotros es cortita. En muchos casos, el único móvil del voto es “dárselo siempre a los míos”, a los que me dan sopa boba o a quienes se alinean con mis presupuestos morales o sociales, o nos echamos en los brazos de vendedores de crecepelo. O sea, que eso no vale. Si nos parece bien que tengan sexo antes de casarse y antes de echar canas, o sean madres por encima de todo si quedan embarazadas -o alternativamente, aborten por decisión propia-; si no paramos de anestesiarlos con fiestas continuas donde no se controla en absoluto qué toman o no, si desde los 12 pueden ser testigos en el divorcio de los padres, ¿por qué no concederles el voto también a ellos? ¿Si los dejamos disparar en cotos, conducir scooters? ¿Por qué no estimular así que asuman deberes, y no sólo derechos sin límite? Si pueden trabajar y tributan como cualquiera, ¿por qué no van a votar? ¿Y por qué no, paralelamente, reducimos la edad penal? (Glups, qué huerto.)