Nepal y la inmisericordia

Tacho Rufino | 20 de mayo de 2015 a las 19:02

CORRÍA el año 1997, y un largo viaje por el norte de la India nos llevó sin programa previo a Nepal. Katmandú impresionaba mucho al forastero entonces porque, a pesar de ser la capital del país, mostraba gran ingenuidad y poca malicia en los comportamientos de la gente, que nada tenían que ver con el tremendo despabile de la gran masa de buscavidas que poblaban Delhi o Agra en el vecino gigante al sur. Los propios animales estaban integrados en los barrios; monos traviesos y ladrones, buitres y águilas que contribuían a la limpieza urbana. Los innumerables templos de variadísima concepción e indescifrable sentido religioso para mí resultaban de una belleza serena e inesperada. No en balde el único estado monárquico hinduista del mundo -algo ya de por sí naif- había estado cerrado hasta los años 50 al mundo exterior, cuando los montañeros occidentales y japoneses comenzaron a ir a acometer los legendarios picos de la gran cordillera del mundo, el Himalaya, que se extiende por la propia India, Afganistán, Pakistán, Bután y otros países, aunque ninguno de ellos tiene la concentración de montañas y cumbres míticas que alberga Nepal. Un plegamiento de terreno múltiple y brutal que se formó por el choque del subcontinente indio a la deriva contra la placa eurasiática, lo que a su vez originó dos grandes caras, norte y sur, radicalmente distintas: la estepa desértica al norte; la feraz cuenca del Ganges, donde desagua el Himalaya, al sur, un vergel sin par. Nepal es un pequeño país de imposible orografía, encerrado, para colmo, entre dos potencias expansivas: India y China, invasora del Tíbet. Uno puede entrar en Nepal por la frontera con india en Sonauli y al poco adentrarse en una exuberante jungla tropical, en la que puedes divisar la cordillera el macizo del Annapurna, helado e imponente, mientras que en primer plano una familia de rinocerontes se solaza en una charca. Yendo hacia el norte, una pobreza menos envilecida –aunque mayor– que la de la India se adueña de un país cuya geografía es incompatible con cualquier estrategia comercial nacional, con cualquier ventaja comparativa que uno pueda desear para un territorio: allí no se puede cultivar nada en condiciones más allá de la supervivencia, las infraestructuras son tan precarias como también esclavas del terreno, y no se cuenta con materias primas o minerales importantes. En Nepal, la montaña es el principal recurso, y no sólo dirigido a alpinistas experimentados. Aunque el turismo es en sí perturbador: sólo necesita tiempo para aguar la realidad, empantanarla y adaptarla al turista, y más en los sitios recónditos o imposibles para la vida humana. Y así podemos ver en la televisión cordadas de decenas de personas que suben, como pequeños escolares de la mano visitando un museo, a un sietemil sin tener ni pajolera idea de los riesgos que corren (por no hablar de lo ridículo de la escena): todo por un “yo estuve allí”.

Sin llegar al paroxismo turístico de alcanzar con una agencia al campo base del Everest a modo de hazaña, yo, sí, también estuve allí, haciendo un trekking legal (todos los itinerarios buenos lo son allí, y de pago, claro está), de algo menos de una semana, una de esas caminatas que uno se inflige por aficiones sobrevenidas y no ajenas a las modas y a la vanidad, una de esas excursiones para guiris entregados que reportan divisas al pequeño país nepalí. Por otra parte, eso también, una experiencia inolvidable. Fue en plena época de los monzones, en un alarde de oportunidad que, si bien nos complicó la ruta con tormentazos frecuentes y sanguijuelas por doquier, nos la vació de otros montañeros de ocasión. Aquello fue precisamente en el valle del Langtang, donde mayores han sido los efectos de los terremotos que han sacudido a Nepal como sólo son sacudidos los países donde la miseria abunda, en una extraña maldición de la catástrofe que cercena cualquier esperanza cada cierto tiempo, y que repele a la mera posibilidad de aceptar ningún tipo de misericordia natural ni sobrenatural.

Rosell: Sanidad S.L. y Educación S.A.

Tacho Rufino | 20 de mayo de 2015 a las 18:47

QUIZÁ creyendo que con esas declaraciones está defendiendo a los empresarios a los que de forma más institucional que otra cosa representa, Juan Rosell ha vuelto a hacer de las suyas, y ha dicho, primero, que la Sanidad y la Educación son las principales “empresas” de España, y que, segundo, como tales empresas harían mejor en estar regidas por empresarios. Un alarde de lógica: si son empresas, que las rijan los empresarios. Su predecesor en la jefatura de la patronal nacional, Díaz Ferrán, como Juan de Villalonga previamente, y sólo por mencionar dos casos, fueron dos empresarios que manejaron empresarialmente intereses antes públicos, y que por supuesto urdían fructíferas relaciones con el muy ineficaz, más ineficiente y en esencia corrupto sector público (aplíquese la adjetivación contraria para calificar al privado, ya puestos y con la misma ironía). Uno de ellos está encerrado, el otro no se sabe dónde está: el peldaño político quedó atrás. Aun así, el expansionismo algo infantil de cierto tipo de representantes patronales es desmemoriado, y desprecia la idea de que la Sanidad y la Educación públicas son derechos constitucionales en los países desarrollados que nos sirven de referencia, aquellos que se han emancipado -aunque sólo un poco sea- de la pura rapiña y de la selección natural en la selva social de los humanos. O sea, que no son empresas, ni falta que les hace: son organizaciones de propiedad pública, no por ello apestadas, y deben ser gestionadas con criterios de utilidad social y economía de medios. No están ahí para ser finalmente rentabilizadas por intereses privados, una ganancia que en estos casos no garantiza un mejor servicio de salud o educativo: cabe pensar justo lo contrario en estas “empresas”. Cercenar el debe de una cuenta de resultados (o sea, recortar gastos) es algo que puede ser duro, pero es en esencia fácil: primero recorto esto, después aquello y depués lo de más allá. La calidad del servicio es secundaria. O, y perdonen la candidez, ¿de dónde si no sale la legítima gananica empresarial? El “todo para mí que soy más listo y mejor” no vale, y no ya por la implícita petulancia, sino porque a tales apriorismos de mejor condición -tan cargados de ideología- no les asiste la verdad ni la realidad, o sea, la experiencia. Tiende uno a pensar que lo que en realidad se busca es aquel desiderátum, pero invertido: “Que hablen de ti aunque sea bien”. O sea: ante la pregunta “¿Qué es más fácil, acaparar focos y portadas diciendo cosas razonables y mesuradas o soltando boutades algo cafres, como hacemos de chicos gritando pipí y caca a los cuatro vientos?” Lo segundo, ¿no? Pues eso, procedamos pues.

Farage, ‘out’

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2015 a las 16:41

“MI hijo es el único que no lleva el paso cambiado”, decía aquel padre ciego de orgullo viendo desfilar a su vástago en la jura de bandera. Los ingleses, que es como llamamos -simplificando o con desdén- a los habitantes del Reino Unido, siempre han ido con su propio paso, pero en su caso, a diferencia del quinto del chiste, no es por despiste o por incapacidad de coordinarse con el resto, sino por deliberada voluntad de hacer las cosas a su manera, normalmente ganando y, si hace falta, ignorando espléndidamente a otros países como si no fueran vecinos o competidores. También suelen marcar pautas al resto; su literatura y otras artes, su deporte, sus formas comerciales, sus instituciones y su política son o han sido pioneras, si es que no se mantienen incólumes al margen de las convenciones exteriores a sus islas. Electoralmente también son muy suyos. Nunca han tenido complejos de la alternancia bipartidista, como tampoco de mantener a un mismo partido -conservador o laborista- gobernando largos lustros. Recientemente, las elecciones han castigado duramente a partidos que emergían con fuerza, sea el Liberal de Clegg que ejercía de bisagra, sea al populismo nacionalista y xenófobo de Farage, que se ha quedado sin su escaño. Y un nuevo gran vapuleo al Partido Laborista, que no encuentra tercera vía rentable. El inglés, galés o inglés original está acomodado y muestra claros signos de conservadurismo; la penuria laboral es extranjera y normalmente no vota. Cameron ha ganado sobradísimo. El blandito de Cameron no ha pagado penalización alguna por la crisis, sino todo lo contrario. Bien es cierto que su crisis es peculiar y lleva otro ritmo, cómo no, y paralelamente su moneda muestra la fortaleza de un país con futuro. La concentración en Londres de las operaciones financieras de este lado del mundo es un gran flotador para su PIB.

El tal Farage cosechaba votos rurales porque es en el campo donde los anglos de este o el otro lado del Atlántico tienen su granero; granos simples como los mensajes directos y recurrentes de esta forma de populismo epidérmico y tradicional. Farage llamó pigmeos a eurócratas como Van Rompuy o Durao Barroso, y ladrona a la baronesa Lady Cathy Ashton, otra sempiterna eurócrata, pero en este caso, encima, “renegada”, porque es inglesa. Los partidos populistas pueden ser estrellas fugaces. Los mensajes radicales también caducan si no se agarra el poder, e incluso cogiéndolo, como le sucedió a las 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia. Y corren el riesgo de aguarse. Una vez aguados, son devorados por los de toda la vida.

¿Y ganar y ganar y volver a ganar?

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2015 a las 16:39

“Podemos ha descubierto un pozo lleno de votos en lo que han dado en llamar el ‘rescate ciudadano’, derivado del ‘rescate bancario’”

“Los pisos fallidos acaban en manos de oscuros artefactos societarios imposibles de localizar, que no pagan comunidad”

El entrenador de fútbol Luis Aragonés arengaba con proverbial tosquedad a los jugadores: “Y ganar y ganar y ganar… y volver a ganar, y ganar y ganar… Eso es el fútbol”. Para muchos españoles, esta frase puede ser aplicada a la filosofía corporativa de grandes grupos empresariales de sectores íntimamente vinculados a la vida diaria de las familias, como la banca o las energéticas, y en menor medida las de telecomunicación que, ‘voilà’, siempre parecen ganar a los ojos del profano superviviente, incluso a las malas. Cierto es que la escasez y la incertidumbre dan alas a la demagogia o a la simple exageración, pero es bien cierto que aquello de las “reformas estructurales” no ha alcanzado lo suficiente a mercados que, si ya antes tenían tintes oligopolísticos, tras la crisis y su natural concentración, los tienen con más intensa tonalidad. Tanto en lo macroeconómico o agregado, como en sus efectos lo micro y relativo a la gente de a pie.

Lo macro. Aunque el término “rescate” es para nosotros tabú, España ha sido rescatada, y lo ha sido en buena medida para que el propio Estado español –sus habitantes a largo plazo, y el propio Gobierno a corto– evitara que sus bancos cayeran; no todos los bancos: sólo casi todos, mayormente cajas politizadas. El país está por tanto muy hipotecado exteriormente –porque es “Europa” quien nos ha dado la mayor cantidad del dinero para tapar agujeros de bancos fallidos–, lo cual supone una clara merma de la soberanía en política económica, y también interiormente: las ayudas a la banca se recuperarán sólo en una parte menor, y crearon gran déficit y necesidad extra de recurrir a la deuda pública: estamos entrampados seriamente. En todo este proceso, el Gobierno de Rajoy ha pedido a su vez otra forma de ayuda a la banca más estable, pongamos tres o cuatro entidades formidables, que se han tragado algunos sapos de cajas de ahorros quebradas de facto, a las que han incorporado en sus corporaciones, con todos sus pasivos inmobiliarios: créditos impagados de gente que no puede devolver la hipoteca; suelos parar construir que están yermos y sin futuro.

Lo micro. Vayamos a un ejemplo. Secuencia: a los bancos retornan –en parte, por su mala cabeza—multitud de casas de antiguos clientes; se reconvierten así en parte en inmobiliarias; crean una empresa intermediaria que compra estas casas de forma que el banco ya no es propietario formal; esta empresa, a su vez, vende a otra ilocalizable sociedad compradora de casas y pisos impagados, que busca ya clientes con DNI; y aunque se ven por ello obligados a pagar cuotas de comunidad como cualquier propietario, no lo hacen (mayormente, no lo hacen), y esperan a que llegue un comprador privado para ponerse al día, tras chupar propiedad de sus desavisados vecinos de bloque. A cualquier persona esta morosidad le costaría un dolor de cabeza: a ellos, no… entre otras cosas, porque al propietario “verdadero” –que es más bien un truco societario—no hay quien lo pille, y porque una gran corporación tiene grandes hombros jurídicos y pleiteadores.

La consecuencia política. Una pregunta detonante: ¿alguien dudaba que Podemos iba a hacer argumento principal de su programa político el de los desahucios y las deudas hipotecarias? Se trata de eso que desde esta semana se ha llamado en el programa marco de esta formación “rescate ciudadano”, o sea: la paralización de los desahucios, la dación en pago retroactiva y la reducción del crédito pendiente en función del nuevo valor de mercado. Y de paso, deja atrás alucinaciones como la de la “renta básica para cualquiera”. Un caso de victoria pírrica a la postre: el héroe del rescate nacional puede perder la gran batalla final. La del ciudadano. Reaccionen.

Viaje aun anteayer hortera

Tacho Rufino | 4 de mayo de 2015 a las 15:07

CON el mismo apuro y la misma incredulidad con que uno ve una foto suya de hace años en la que el atuendo, las gafas o el corte de cabello resultan hoy estrafalarios o, sencillamente, inasumibles, echar una mirada a los usos y costumbres de consumo y estilo de vida de nosotros, españoles, hace apenas diez o quince años resulta patético. Vaya por delante que pocos, incluido quien suscribe, se sustrajeron por completo a la gran marea de horterada, pretenciosidad, irracionalidad económica y ostentación de nuevo rico que azotó a España de norte a sur y de este a oeste durante al menos una década: coches de alta gama comprados a plazos o camuflados fiscalmente mediante un renting en una sociedad mercantil; eclosión de Pepes y Lolas por el mundo, metidos a marcopolos de la tarjeta de crédito (el español contemporáneo es el turista más consumista de la Unión Europea, se pirra por un souvenir y una tiendecita local); bicis de montaña de profesional a las que se daba un uso de trotón cochinero; inflación de monteros con rifles de primera ataviados con un estilo que acrisolaba el del terrateniente inglés, corbata incluida, y el típico del tirolés, tan nuestro; relojes carísimos y más bien de pared, con profusión de botones nunca usados; menús degustación a 80 euros, regados con vinos de autor con su nota de cata, ¡cartas de agua mineral!; bautizos y comuniones financiados a cinco años; y por supuesto, casas, muchas casas: la ocasión de tu vida en un pedregal del mediterráneo por 300.000; vuestra primera vivienda, parejita, por aún más dinero, a crédito, a pagar en 30 años con dos sueldos de menos de mil euros. Los siempre sutiles Cantores de Híspalis, tan de feria y romería tutiplén, dieron en la tecla: que no nos falte de na, que no, que no.

“Marina D’Or es la metáfora perfecta de aquella España”, dice Íñigo Domínguez, el periodista que ha descrito esa etapa de nuestras vidas en el libro Mediterráneo descapotable (un viaje ridículo por aquel país tan feliz). Mientras la comunidad autónoma valenciana destacaba -no sin duros rivales en Andalucía, Madrid o Cataluña- como cueva de Alí Babá de la política, en un erial de Castellón se erigía el colosal monumento a la opulencia repentina. En los casi veinte millones de metros cuadrados de Marina D’Or podías disfrutar de pistas de esquí, frescos de aires vaticanos en la recepción del hotel, arrecifes de coral y playas caribeñas artificiales. Y balnearios con capacidad para más de siete mil personas: grima da sólo de pensar en esas aguas. Como Las Vegas, pero en popular, y pagadero en cómodos plazos.

El mismo país de la alpargata escondida en el maletero anterior de un Seat seiscientos, el del enjuto y sufrido emigrante que hizo posible el pleno empleo interior, el del veraneo de válvula con los parientes del pueblo, se había convertido en la patria de los gourmets trotamundos, el de Javier Bardem en Huevos de oro y el de los marqueses por generación espontánea. Recuerdo a un tipo gritar por un celular en la cinta de correr de un gimnasio -también de ringorrango,y allí estaba yo- la siguiente frase, para que se lo escuchara bien: “Miguel, lo que yo te diga, que ese tío no sabe hacer dinero, mándalo al carajo”. El oficio del fantasma era pegar pases, o sea, promover viviendas e ir vendiendo humo sucesivas veces hasta encasquetarle el metro cuadrado a un propietario final por una millonada ajena a cualquier “valor de uso” razonable. He sabido que acabó arruinado, malamente separado, deprimido y olvidado. Una triste pero precisa metáfora de la reciente historia micro y macroeconómica de este país que un rato fue D’Or.

El nuevo modelo productivo es el mismo, pero jibarizado

Tacho Rufino | 4 de mayo de 2015 a las 15:01

EL mercado laboral, como buen mercado, se caracteriza por tener una oferta y una demanda. En España, el mercado dista una enormidad de ser dinámico, eficiente, ajustado y demás calificativos positivos que debiera tener la forma en que las empresas y el sector público emplean a las personas. En Andalucía, con honrosísimas y notorias excepciones, ni las empresas ofertan trabajo de calidad ni el sector público genera ya empleo, porque estamos en un estado del arte ideológico que considera tal empleo para la Administración un tabú peligroso y un recurso obsoleto de política económica. Durante años hemos escuchado las voces expertas que atribuían a los jóvenes titulados superiores una tara consistente en no estar preparados para las exigencias empresariales: una falacia, a la postre, y repetimos: la incapacidad empleadora es tanta o mayor que la falta de formación “práctica” (el practicismo como principio para elegir unos estudios superiores es otra falacia al uso, también de esencia ideológica, pero ése es otro cantar).

En España suceden cosas como que un sociólogo licenciado en Salamanca acabe en Suiza cuidando cabras, ocho meses al año, por un sueldo que aquí no sueñan los ingenieros industriales, dándole una triste vuelta al famoso adagio: “Lo que el mercado laboral de Salamanca non da, la natura helvética sí presta”. El pastor sociólogo, además, ha promocionado, obteniendo con el tiempo un puesto ya industrial en la cadena de producción: del sector primario, allá por los montes con sus chotas, al secundario, haciendo queso de su leche. Porque adonde hemos llegado, ajusta que te ajusta (y expiando excesos financieros de bancarios y familias, también), es a otro tipo de sociedad, a otro “modelo”, como nos gusta ahora precisar con mayor solvencia técnica: nosotros somos un país de segunda, de bajos salarios y poco empleo de “alto valor añadido”. Después del ajuste, como si se tratara de un equipo que baja a una división inferior tras hacerlo muy mal, la vuelta al crecimiento y a la creación de empleo se produce de forma ramplona y periférica. ¿Los sectores que tiran del nuevo empleo? El turismo… y la construcción: se necesitan camareros y peones, diez horas al día, sábados incluidos, 650 euros. Toma nuevo modelo productivo. Quizá, sencillamente, tendríamos que reconocer que somos lo que somos y sabemos hacer, y dar gracias al Señor por habernos dado este sitio tan bueno para veranear y poner ladrillos cuando repartió las tierras del planeta entre los hombres.

Opciones

Tacho Rufino | 4 de mayo de 2015 a las 14:56

A riesgo de ser tachado de esaborío o de rarito, hay quien se ha saltado esta semana por completo las fiestas más alegres y postureras -así es su esencia- de su ciudad; mundialmente célebres, son nuestro laboratorio de I+D+i folclórico e indumentario. De nada vale que uno alegue que sus registros personales de asistencia a la Feria son, como es el caso, de semiprofesional: se percibe una marcada tendencia al “o conmigo o contra mí”, de lo más española, una tirria recíproca de los bandos también a nivel local y en lo tocante a profesión de fe fiestera. En dialectal, fatigas contra malages (y como siempre, en medio, la gran mayoría moderada). Pero qué más da: que cada cual, pudiendo, haga lo que quiera, a ser posible sin salpicar. La tradición está maciza. El caso es que uno ha tenido la oportunidad de visitar unos días un sitio aislado y poco habitado del que, por eso mismo, no mencionaremos el nombre aquí; qué más da otra vez. Allí se conserva la lengua antigua, pero todos hablan inglés, de forma que con las contadas personas disponibles y en el único establecimiento del lugar que abría más de dos o tres horas, el pub, se podía calmar el mono de charlar, que si bien uno no vino para palmero tampoco nació cartujo. Por el contraste entre el calorcito del hogar de carbón en la cara y el frescor de la cerveza en el gaznate, la euforia te asalta y te conduce a exagerar, y todo por agradar y estar a gusto un rato:

-Qué envidia vivir en un sitio tan solitario.

Y de repente, una actitud evasiva del interlocutor, las pintas que suben hacia los labios de manera algo forzada. El idioma inglés tiene siempre sioux apostados tras los matojos, por mucho que lleves una vida practicándolo (y nunca aprendiéndolo del todo): a casi nadie que vive desde que nació en un lugar poco poblado le gusta que le digan que vive lonely, en soledad, aislado; por su parte, la envidia -su traducción literal, envy- es en inglés sólo un pecado, y no tiene el segundo sentido admirativo, salvo que lo aliñes con alarde prosódico. Aquí le buscamos una hermana buena, pero la envidia suele ser fuera de España sólo el peor pecado, el que corroe el interior del envidioso, que envenena al propio acomplejado repleto de la hiel, quien querría lo peor para la persona envidiada, y no tanto lo que ésta tiene. Pero a veces es peor intentar enmendar el entuerto comunicativo. Y es que uno proviene de un sitio con menos precaución expresiva, donde se canta que una mujer se casó con un enano pa jartarse de reír, ole ahí, ese tío que va ahí: ahí no hay ambigüedad posible. Y esa gracia, ésa, en la distancia, te hace sonreír.

El sesgo o la trola disfrazada

Tacho Rufino | 4 de mayo de 2015 a las 14:49

RESULTA curiosa la forma en que la Real Academia Española “limpia, fija y da esplendor” a nuestro idioma. Por un lado, es capaz de recoger en su diccionario de la Lengua términos peregrinos, localísimos o fugaces como “gayumbo”, “culamen”, “pepero” o “sociata” y, por otro, no acepta acepciones de palabras que son de uso común desde hace años. Entre éstas, está la palabra “sesgo”, para la que no recoge el sentido más común usado a día de hoy y que cualquier profano conoce sin haber estudiado estadística o psicología. Pero en fin, recordemos que se trata de una distorsión de la realidad, de un juicio inexacto, ya sea éste deliberado o no. Si hablamos de política, el sesgo suele ser deliberado, a posta. Y penosamente predecible. No sólo en la interpretación de los resultados electorales, en los que cada uno gana a su manera, salvo en hecatombes imposibles de maquillar. La interpretación sesgada en política viene sucediendo con particular desvergüenza en lo tocante a las cifras económicas, y como no podía ser de otra manera, arrimando el ascua a la sardina de cada uno con una falta de pudor que molesta. Y ello admitiendo que la política occidental -los partidos que compiten por el poder- es de suyo acrítica con lo propio y crítica con lo del adversario de suyo.

Vayamos a un ejemplo. Convengamos que el último Gobierno de Zapatero fue cegato y demagogo y, por ello, desastroso. Pero atribuirle el origen de todos los males que nos han azotado -y cómo, y cuánto- desde 2008 es un camelo intragable. Quienes se escudan en esto, y con un sesgo colosal, ignoran adrede que la Ley del Suelo de Aznar es el origen de una muy buena parte de nuestros males acentuados de burbuja inmobiliaria y financiera, y de su correlativa corrupción, particularmente efervescente, por causa de tal ley, en las corporaciones locales y sus conchaveos con las masacradas cajas de ahorro. Igualmente sesgadas eran las loas de no pocos al mejor ministro económico de la historia, Rato. Un bluf de dimensiones galácticas, un quedo monumental. El tal economista estrella no sólo no es economista -ni falta que le hace, dicho sea de paso-, sino que metió la pata hasta el corvejón. Y la mano, que es todavía más ofensivo para los que no roban ni evaden salvo para ganarse la vida, y menos a lo bestia. Es decir, la inmensísima mayoría de este país que durante un rato pareció bastante decente.

Si hablamos de los últimos tiempos, el sesgo cognitivo de nuestros gobernantes resulta hilarante cuando, por ejemplo, Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía, afirma sin que le salgan llagas en la boca que Andalucía “tira del carro de la recuperación” económica española, porque una estadística dice que en 2014 el desempleo cayó aquí en 23.000 personas, a pesar de que en esta bendita región los parados se cuentan por millón: un millón, y la calidad del empleo y de los salarios es deprimente. Sesgado, patológicamente, resulta que el presidente catalán Mas no viva más que para hacer ver al mundo que la región más rica de España es la más maltratada, y con gran éxito electoral (aprovechado por los más radicales y con menos que perder, ERC, que pasaban por allí). Puede que su sesgada estrategia haya llevado a su país a un punto de no retorno.

Sesgado, y de nuevo ofensivo, es que Rajoy presuma de que la caída de la prima de riesgo es un éxito de su Gobierno, ignorando nuestro rescate disfrazado y la política de barra libre de Draghi. O que saque pecho Guindos con que ya las empresas dan por terminados los ajustes de plantilla, cuando con más despidos la mayoría dejaría de ser eso, empresa. Se puede hacer política sin tanto trile comunicacional. O quién sabe, a lo mejor no nos pega.

Reggaeton y cociente intelectual

Tacho Rufino | 13 de abril de 2015 a las 17:37

PARA comprender el funcionamiento de las cosas, los investigadores en cualquier materia utilizan las llamadas correlaciones, de forma que podemos concluir que la lluvia está asociada con las bajas presiones, o que la ingesta continuada de palmeras de huevo y hamburguesas industriales tiene mucho que ver con lo que vemos en el espejo y en la báscula. Hace unos meses supimos de un estudio de relaciones estadísticas de este corte, tan simple como llamativo, y que puede dar bastante juego en las redes sociales o en la barra de un bar. Virgil Griffith, desarrollador de software, ha medido dos cosas en una muestra significativa de estudiantes de su país: su IQ o cociente intelectual y sus gustos musicales. Griffith acabó demostrando que los más inteligentes escuchaban música clásica, seguidos por los usuarios de rock prestigioso (como Led Zepellin o U2). Los más mendrugos, siempre en general, consumían reggaeton: era un secreto a voces, y también a altavoces, los que con frecuencia atronan en la calle dentro un coche medio pelo pero brioso, negro o tuneado, que expele por la ventanilla esa música difícil de definir, que contamina el buen nombre del reggae jamaicano y el hip-hop, de los que se dice que proviene… degenerando, como describía aquel séneca la evolución de un picador que acabó siendo gobernador civil. Sin embargo, no sólo de macarrillas de barriada con gafas de Dolce&Su Hermana vive el reggaeton; también lo ponen mucho en las fiestas más pijas, porque pijo e inteligente son variables cuya correlación no está en absoluto demostrada hasta el momento. Una forma alternativa de identificar esta corriente musical son las letras. Indicios claros de que estamos ante el reggaeton son el uso de expresiones del tipo “Mami te voy a coger para perrearte el cueppo“, “Yo quiero darte lento toda la noche sin anestesia”, y otras sublimes propuestas gramaticales. Si a usted le gusta el reggaeton, o lo consume en la intimidad o a escondidas, no se venga abajo ni maltrate su autoestima: puede que usted sea la excepción que confirma la regla, papi (o guirla, que es de lo mejorcito que dicen los trovadores de este arte acerca de las mujeres). Una cosa más. Estos estudios demuestran correlación, que no causalidad. No se sabe si es primero en este caso la gallina (la cortedad intelectual) o el huevo (la pasión por el reggaeton), porque puede que la ingesta auditiva de esta música rebaje la capacidad cognitiva severamente. Pero eso, ya para otra tesis si eso.

P.S.: BEn el estudio de Griffith, Beyoncé también era consumida mayormente por los menos lumbreras. Quizá en el caso de la rotunda cantante estadounidense, lo más inteligente es no sólo ewscucharla, sino también verla bailar.

Verstrynge- Bárcenas: la cena del año

Tacho Rufino | 13 de abril de 2015 a las 17:30

JORGE Verstrynge siempre fue un adelantado a su tiempo. De hecho, no ha parado de adelantarse a su propio tiempo, mutando de huevo a oruga y de crisálida a gusano y vuelta a empezar de manera pasmosa, revolucionaria. Él lo ha dado todo siempre, y su evolución ideológica va en contra de la tenida por estándar: Peter Pan de la política, fue desde facha a rojo. En plena Transición, cuando era delfín de un Fraga que no negaba su franquismo, bautizaba a sus hijos con sugerentes nombres nórdicos como Sigfrido y Eric, lo cual llamaba poderosamente la atención en momentos en que poner nombres excéntricos (o sea, “fuera del centro” donde habitan los nombres de toda la vida, los extintos Antonios y Manolos) era cosa de extremos en los polos opuestos de la estructura social: cosas, bien de nobles, bien de marginales más o menos voluntarios. Verstrynge tenía entonces una mujer, María Vidaurreta, que también era una adelantada: creo que es la primera mujer que recuerdo que se cambió la nariz, creando ese prototipo “una rinoplastia, una raza” que hace que cientos de mujeres que pululan por aeropuertos, platós o grandes almacenes parezcan primas hermanas tras pasar por quirófano. Apuesto a que Verstrynge fue delegado de clase; y si no era buen deportista quizá se metió en la tuna o fue jefe de los árbitros de los torneos de fútbol-sala del la facultad. En Andalucía, hubiera sido aguador, diputado de tramo o prioste en una cofradía. Él ha sido capaz de enfrentarse recientemente a la Policía como un antisistema más en la coronación de Felipe VI, y se bate el cobre en el movimiento antidesahucio. No sé si llegó a entrar en Podemos, eso se ha dicho, pero es dudoso que la estrategia de Podemos hubiera podido tragarse tal sapo. El mejor neologismo del último quinquenio -“postureo”- parece hecho para Verstrynge. La pirámide de necesidades de Maslow debería ser revisada con motivo de este inefable sujeto social.

Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular, es el más que probable ingeniero hidráulico de las canalizaciones del dinero líquido (y túrbido) que servía para financiar al partido, comprar voluntades, repartir mordidas y preparar sobre crujientes. Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón -un hombre antipático donde los haya, paradójicamente- acaba de coger un tren tardío de la mano de Bárcenas, al que ha hecho tesorero con aires mafiosos de un llamado Partido Papilar: aunque mi sensibilidad no me permite decepcionarme leyendo nuevas entregas de los tebeos con los que fui feliz, el abandonado Bárcenas -te quedas con la pasta, pero te comes el marrón- está marcado ya por una corrupción bipartidista que son la pestilente consecuencia de nuestra falta de práctica de la libertad civil. De origen onubense, Bárcenas tiene un aire de Tony Soprano del barrio de Salamanca, pero con más pelo, al estilo “chupetón de vaca”, ataviado de esa vestimenta señorial profusa en detalles hípicos que tanto adoran muchos españoles de buena sociedad, o aspirantes a ella.

Verstrynge invitó a su casa la otra noche a Bárcenas, que ha salido de prisión depositando una brutal fianza, y allí que cenaron los dos matrimonios, quién sabe si choricitos al infierno y pata de camaleón en tempura, a modo de entrantes, “al centro”. Quién hubiera estado allí, aunque sea sirviendo la mesa, en esa casa decorada a la izquierda divina, en cuyo perchero de diseño danés colgaría Bárcenas su abrigo camel con solapas negras. El visionado del álbum de fotos personal de Verstrynge, ya con la copita en el sofá, debió de ser como una versión de política ficción de aquel Aleph de Borges, en el que todos los puntos del universo y la historia convergían en una pequeña esfera que aparecía en el peldaño 19 de una escalera de un sótano en Buenos Aires. Pero en Madrid, España: nosotros somos tan increíbles como el Aleph.