Reggaeton y cociente intelectual

Tacho Rufino | 13 de abril de 2015 a las 17:37

PARA comprender el funcionamiento de las cosas, los investigadores en cualquier materia utilizan las llamadas correlaciones, de forma que podemos concluir que la lluvia está asociada con las bajas presiones, o que la ingesta continuada de palmeras de huevo y hamburguesas industriales tiene mucho que ver con lo que vemos en el espejo y en la báscula. Hace unos meses supimos de un estudio de relaciones estadísticas de este corte, tan simple como llamativo, y que puede dar bastante juego en las redes sociales o en la barra de un bar. Virgil Griffith, desarrollador de software, ha medido dos cosas en una muestra significativa de estudiantes de su país: su IQ o cociente intelectual y sus gustos musicales. Griffith acabó demostrando que los más inteligentes escuchaban música clásica, seguidos por los usuarios de rock prestigioso (como Led Zepellin o U2). Los más mendrugos, siempre en general, consumían reggaeton: era un secreto a voces, y también a altavoces, los que con frecuencia atronan en la calle dentro un coche medio pelo pero brioso, negro o tuneado, que expele por la ventanilla esa música difícil de definir, que contamina el buen nombre del reggae jamaicano y el hip-hop, de los que se dice que proviene… degenerando, como describía aquel séneca la evolución de un picador que acabó siendo gobernador civil. Sin embargo, no sólo de macarrillas de barriada con gafas de Dolce&Su Hermana vive el reggaeton; también lo ponen mucho en las fiestas más pijas, porque pijo e inteligente son variables cuya correlación no está en absoluto demostrada hasta el momento. Una forma alternativa de identificar esta corriente musical son las letras. Indicios claros de que estamos ante el reggaeton son el uso de expresiones del tipo “Mami te voy a coger para perrearte el cueppo“, “Yo quiero darte lento toda la noche sin anestesia”, y otras sublimes propuestas gramaticales. Si a usted le gusta el reggaeton, o lo consume en la intimidad o a escondidas, no se venga abajo ni maltrate su autoestima: puede que usted sea la excepción que confirma la regla, papi (o guirla, que es de lo mejorcito que dicen los trovadores de este arte acerca de las mujeres). Una cosa más. Estos estudios demuestran correlación, que no causalidad. No se sabe si es primero en este caso la gallina (la cortedad intelectual) o el huevo (la pasión por el reggaeton), porque puede que la ingesta auditiva de esta música rebaje la capacidad cognitiva severamente. Pero eso, ya para otra tesis si eso.

P.S.: BEn el estudio de Griffith, Beyoncé también era consumida mayormente por los menos lumbreras. Quizá en el caso de la rotunda cantante estadounidense, lo más inteligente es no sólo ewscucharla, sino también verla bailar.

Verstrynge- Bárcenas: la cena del año

Tacho Rufino | 13 de abril de 2015 a las 17:30

JORGE Verstrynge siempre fue un adelantado a su tiempo. De hecho, no ha parado de adelantarse a su propio tiempo, mutando de huevo a oruga y de crisálida a gusano y vuelta a empezar de manera pasmosa, revolucionaria. Él lo ha dado todo siempre, y su evolución ideológica va en contra de la tenida por estándar: Peter Pan de la política, fue desde facha a rojo. En plena Transición, cuando era delfín de un Fraga que no negaba su franquismo, bautizaba a sus hijos con sugerentes nombres nórdicos como Sigfrido y Eric, lo cual llamaba poderosamente la atención en momentos en que poner nombres excéntricos (o sea, “fuera del centro” donde habitan los nombres de toda la vida, los extintos Antonios y Manolos) era cosa de extremos en los polos opuestos de la estructura social: cosas, bien de nobles, bien de marginales más o menos voluntarios. Verstrynge tenía entonces una mujer, María Vidaurreta, que también era una adelantada: creo que es la primera mujer que recuerdo que se cambió la nariz, creando ese prototipo “una rinoplastia, una raza” que hace que cientos de mujeres que pululan por aeropuertos, platós o grandes almacenes parezcan primas hermanas tras pasar por quirófano. Apuesto a que Verstrynge fue delegado de clase; y si no era buen deportista quizá se metió en la tuna o fue jefe de los árbitros de los torneos de fútbol-sala del la facultad. En Andalucía, hubiera sido aguador, diputado de tramo o prioste en una cofradía. Él ha sido capaz de enfrentarse recientemente a la Policía como un antisistema más en la coronación de Felipe VI, y se bate el cobre en el movimiento antidesahucio. No sé si llegó a entrar en Podemos, eso se ha dicho, pero es dudoso que la estrategia de Podemos hubiera podido tragarse tal sapo. El mejor neologismo del último quinquenio -“postureo”- parece hecho para Verstrynge. La pirámide de necesidades de Maslow debería ser revisada con motivo de este inefable sujeto social.

Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular, es el más que probable ingeniero hidráulico de las canalizaciones del dinero líquido (y túrbido) que servía para financiar al partido, comprar voluntades, repartir mordidas y preparar sobre crujientes. Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón -un hombre antipático donde los haya, paradójicamente- acaba de coger un tren tardío de la mano de Bárcenas, al que ha hecho tesorero con aires mafiosos de un llamado Partido Papilar: aunque mi sensibilidad no me permite decepcionarme leyendo nuevas entregas de los tebeos con los que fui feliz, el abandonado Bárcenas -te quedas con la pasta, pero te comes el marrón- está marcado ya por una corrupción bipartidista que son la pestilente consecuencia de nuestra falta de práctica de la libertad civil. De origen onubense, Bárcenas tiene un aire de Tony Soprano del barrio de Salamanca, pero con más pelo, al estilo “chupetón de vaca”, ataviado de esa vestimenta señorial profusa en detalles hípicos que tanto adoran muchos españoles de buena sociedad, o aspirantes a ella.

Verstrynge invitó a su casa la otra noche a Bárcenas, que ha salido de prisión depositando una brutal fianza, y allí que cenaron los dos matrimonios, quién sabe si choricitos al infierno y pata de camaleón en tempura, a modo de entrantes, “al centro”. Quién hubiera estado allí, aunque sea sirviendo la mesa, en esa casa decorada a la izquierda divina, en cuyo perchero de diseño danés colgaría Bárcenas su abrigo camel con solapas negras. El visionado del álbum de fotos personal de Verstrynge, ya con la copita en el sofá, debió de ser como una versión de política ficción de aquel Aleph de Borges, en el que todos los puntos del universo y la historia convergían en una pequeña esfera que aparecía en el peldaño 19 de una escalera de un sótano en Buenos Aires. Pero en Madrid, España: nosotros somos tan increíbles como el Aleph.

La tinta del calamar experto

Tacho Rufino | 9 de abril de 2015 a las 19:44

Como sucede con la escritura de los médicos en las recetas, que sólo pueden entenderla los mancebos por un mágico don lector, la terminología propia que utilizan los peritos de cada materia tiene una cierta razón de ser, sobre todo en materias de alto corte técnico o científico, pero en muchas materias prosaicas y esencialmente económicas y empresariales suelen acabar constituyendo una barrera para que los profanos crean que no entienden nada, y así el especialista se rodee de un aura de profunda sapiencia e imprescindible valor. Recientemente he tenido ocasión de escuchar –que no comprender— a una persona muy sabida en asuntos inmobiliarios: a estas alturas he descartado ser muy listo, pero también torpe de solemnidad, y gracias a eso, o sea, a la edad, no me deprimo por zoquete, siendo economista “de empresa”. Tratar con los ayuntamientos, con los bancos, con los constructores y con los potenciales compradores no debería revestirse de tanta farfolla terminológica, me digo. La tinta de calamar terminológica acaba disuadiéndome de entender las cosas, cediendo la victoria al experto. Uno suele resistirse a este síndrome tecnicista, y aun así debo escuchar con frecuencia que lo que escribo ”no lo entiendo, son cosas muy complicadas”. Asumo que, sencillamente, nunca han leído más de dos líneas de estas columnas: hacen bien, quién sabe.

Los economistas dicen –yo, no, por eso me resisto a la primera persona del plural—“asimetrías”, por ejemplo, que reza en la RAE como “falta de correspondencia exacta de forma, tamaño y posición de las partes de un todo”, en vez de recurrir a palabras como desigualdad o desequilibro.Como ejemplo de asimetría, esta semana hemos sabido que, en la llamada Zona Euro, nuestra banca es la más perezosa en pagar intereses y la más carera en cobrarlos, a pesar de que el regulador es el mismo para todos y cobra igual tipo de interés a todos los bancos. Esta desigualdad o, si quieren, esta nueva prueba de que la banca española está, en general, muy consentida a pesar de los pesares y de los pecados, es objeto de humo terminológico. La llaman asimetría, que es algo políticamente más correcto. En realidad, es sencillamente más artero y, como se dice en lagunas zonas de Andalucía, más “ocultón”. En España, por precisar el ejemplo, hipotecarse para adquirir una vivienda es casi un 20% más caro que la media de nuestros socios de moneda. Complementaria y sorprendentemente, es campeona –ex aequo con un par de países— en pagar poco por los depósitos. Quizá consiga ser la primera banca que cobre por custodiar el dinero de la gente, paraísos fiscales aparte. Eso es ser pionero… Este abuso menor y consuetudinario, nos dirán, es producto de inercias, ajustes del sistema, demora en las reformas estructurales y automatismos diferidos. Y dos huevos duros.

Ah, las reformas estructurales. ¿Por qué la llaman estructural cuando quieren decir laboral? De acuerdo: las reformas estructurales no son sólo facilitar el despido, desregular el salario o facilitar el despido indirecto o el desarraigo mediante la llamada movilidad geográfica (otra gran falacia consuetudinaria: ¿por qué, sin una verdadera urgencia o necesidad objetiva, una persona con un empleo de media o baja jerarquía organizativa debe ir trashumando por su país o el mundo, cuando tiene familia y valiosos arraigos sociales?) Pero volvamos al término estrella de los expertos económicos: la reforma estructural. ¿Para cuándo una verdadera liberalización de los altísimos precios de la energía para las rentas normales, para llegar a un modelo realmente de competencia, como ha sucedido en buena medida con la telefonía móvil? Ah, pero si algún terreno para que el experto-calamar expela su tinta es la factura de la luz: te convencerá de que debería ser mucho más cara. ¿A que usted no aspira ya a entenderla? De eso se trata.

Rascacielos: a ver quién la tiene más larga

Tacho Rufino | 9 de abril de 2015 a las 19:39

El éxito rápido, como el dinero fácil, portan una bacteria destructiva en sí mismos, que puede permanecer durmiente indefinidamente, o bien multiplicarse hasta destruir al fugaz afortunado. Fue bonito mientras duró, engordar para reventar y otros pocos dichos populares recuerdan esta semilla del mal de cualquier esplendor en la hierba. Las fiestas populares en un mundo low cost y democrático que te mueres, en el que la diversión en la calle es un derecho inalienable de todos y cada uno, cualquiera sea su situación –lo dicho: es un derecho–, y comportándose cada cual como estime oportuno sin importar mucho cuánto molestas a otros –lo dicho: es democrático—están en no pocos casos en claro riesgo de morir de éxito y constituir un problema de orden público difícil de controlar, si es que no son ya desde hace tiempo zombis maquillados. Los gobernantes no pueden suplir la falta de sentido común y de educación de la gente, aunque es cierto que presumir oficialmente de cientos de miles de participantes ha contribuido a la degeneración de lo que fue bello y popular, y que también por eso haya mutado hacia algo que quizá ya no tenga marcha atrás, sino hacia adelante, y hasta despeñarse.

Algo equivalente sucede con los ciclos económicos, que emanan claras trazas de ser cada vez más cortos, lo cual no deja de ser lógico en un mundo sobrepoblado y con enorme peso de la economía puramente financiera. De la cima a la sima en pocos años, y vuelta a empezar, dejando muchos cadáveres en el camino y unos pocos enriquecidos de solemnidad. En los momentos de exuberancia, se dan ciertos síntomas de ostentación que pueden ser estudiados en una serie histórica larga, y relacionar dichos síntomas con las crisis económicas. The Economist nos ha recordado esta semana (Towers of Babel) que el mundo puede estar de nuevo sufriendo la llamada Maldición del rascacielos. Es comprobable que, desde principios del siglo XX, la erección de rascacielos a lo largo del mundo coincide con periodos de crisis: el Metropolitan Life Tower en Nueva York en 1908, que precedió a una recesión; el Empire Estate coincidente con la Depresión del 29; las Petronas en Malasia con la gran crisis asiática a finales de los noventa; ahora hay en construcción varios rascacielos desquiciados en China o Dubai. ¿Precederán a una crisis localizada o global? Esperemos que la maldición no aceche. Y que sólo se trate de la confirmación de que la plutocracia –y más la de los nuevos ricos—tiende a querer perpetuarse demostrando que la tienen más larga, que su torre es un sustitutivo megalómano de aquello tan humano que ven por la mañana ante el espejo.

Arrepentidos de decir lo que querían decir

Tacho Rufino | 27 de marzo de 2015 a las 18:10

HAY actitudes públicas que deberíamos reconsiderar de forma colectiva y, en su caso, erradicar por inútiles y vacuas. Los minutos de silencio en los estadios deportivos, por ejemplo, se conceden -posmortem- de forma algo arbitraria a aquel buen socio o personaje pero no a aquel otro, y no aportan nada al respetable más allá de a tres o cuatro ellos, verdaderamente dolidos, y que quizá debieran evitarse la puesta en escena. Otra costumbre de quienes ostentan el poder transitoriamente es dejar su huella en forma de colocación de estatuas de personas ilustres o desconocidos simbólicos, una práctica municipal sujeta al capricho estético y a la devoción política, taurina, deportiva o folclórica de quien está en condiciones de colocar en plena calle la casi siempre prescindible imagen. Pero quizá la costumbre hipócrita más intolerable es la de disculparse públicamente tras haberse despachado a modo con una persona a la que se tiene tirria o al que se considera un peligroso rival, o cuando uno ha sido pillado en un renuncio y la cosa ha tenido amplio eco. Juan Carlos I se arrepintió ante las cámaras de haberse ido de cacería de elefantes en secreto, en un papelón histórico. También con carita de cordero degollado, Clinton se flageló públicamente por su “conducta impropia” con la entonces joven Lewinski, creando un eufemismo para una práctica sexual con un gran repertorio de sinónimos. Si sus comportamientos no hubieran salido a la luz, sus conciencias no hubieran dado para tanto. Y nada hubiera pasado. El arrepentimiento, como la devoción o el propio amor, o va por dentro o es impostado: prescindible.

Esta semana hemos tenido un desagradable ejemplo de este fariseísmo de urgencia en la élite de la economía. Ha sido al hilo de una memorias publicadas sobre Keynes, economista que, en lo que viene al caso, proponía ante la recesión el recurso al gasto público como sustituto del consumo o la inversión, para mantener el tono económico y parar la sangría del paro, a costa, claro está, de endeudar al Estado… y a la postre, a las generaciones futuras. Las memorias relatan que, antes de casarse con una bailarina rusa, Keynes se cepilló a medio censo londinense practicante de cruising (aquí te pillo, aquí te mato). Un egregrio profesor de Harvard, el austerista radical Niall Fergurson, declaró, al saberlo, entenderlo ya todo: “Como era gay, no pensaba tener hijos; ya se entiende que le importara un pimiento endeudar a las generaciones futuras”, vino a decir, eructando su fobia. Ah, por supuesto: al rato se disculpó muy sentidamente.

‘Divorción’, adelgazante y recuperador

Tacho Rufino | 27 de marzo de 2015 a las 18:06

LA llamamos recuperación, aunque la situación nueva nunca será la de antes: la enfermedad ha sido demasiado virulenta y el sistema presenta rasgos estructurales -es decir, no coyunturales o pasajeros- que lo hacen un sistema nuevo. El ejemplo más claro es la naturaleza del empleo, su retribución, condiciones, y demás. Pero en fin, si somos rigurosos o al menos ortodoxos, debemos reconocer que ciertos indicadores mejoran de forma continua, si bien a paso de tortuga: PIB, el propio empleo precarizado, exportaciones, turismo, prima de riesgo, tasa de ahorro (no la deuda del Estado: ése es el gran secreto a voces de nuestra economía). Hay otros síntomas más indirectos, más de andar por casa, menos cocinados en la contabilidad nacional o en los informes técnicos. Síntomas de recalentamiento, o, si queremos ver a España en positivo, como decía aquel eslogan del aznarismo. Por ejemplo, un secreto a voces en las inmobiliarias de cierto nivel: los bancos están pidiendo que se tasen las casas -cierto tipo de casas, no todas- por encima de su valor, tras varios años de hacer justo lo contrario. No cabe interpretar sino que la consigna es volver a dar hipotecas, y con alegría. ¿Otra vez? Otra vez… ¿Volveremos a dedicar parte de una hipoteca a pegarnos un crucero o una romería en la que no nos falte de nada, quenoquenó?

Pero el que a un servidor le parece un indicio innegable de que la gente siente que los tiempos fríos están de retirada es el aumento del número de demandas de divorcio, nada menos que por encima del 7% de incremento en 2014 en España. Alrededor de 10.000 demandas más que el año anterior (en España se producen unas 130.000 demandas al año). Una interpretación plausible de este fenómeno en alza implica asumir dos hechos, aparte de uno incontrovertible y previo: donde hay amor, el desamor acecha. Primero, que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana -como se titulaba aquel disco-, pero, segundo, que el amor no salta a volar hasta que no tiene algún tipo de motor que te permita no suicidarte socialmente, o al menos alguna red de caída. La merma patrimonial que supone cualquier separación mueve a medir mucho los pasos incluso cuando las ganas de estar junto otra persona desaparecieron sin remisión (hay situaciones desiguales, en las que una parte pasa a mejor vida, mientras la otra atisba el umbral de la pobreza de pronto, pero ése es otro pantanoso cantar).

Hay otro dato sugerente: el número de demandas de mutuo acuerdo ha crecido en 2014 más que proporcionalmente. Ya estaba el pescado vendido, a qué litigar. Pero la economía es expectativa, y la expectativa de mejora ayuda a tomar ciertas decisiones que atañen a la serenidad y a la libertad. La separación es dolorosa, quizá más cuando hay hijos. Pero la abnegación ante el desamor cronificado -de nuevo, el que no es coyuntural ni pasajero- y la resistencia ante el desmoronamiento de toda admiración o compromiso es cada día menos común, por suerte. Pero el divorcio, aparte de ser un síntoma de recuperación económica cuando crece en número, tiene consecuencias muy positivas para la autoestima o, al menos, para el reciclaje personal y el cambio, cosa que mola mucho a algunas personas con mayor o menor sustancia. El dato: se habla una píldora -llamada Divorción- que no es una molécula desarrollada por la farmacopea, sino que la autogenera el ser humano cuando rompe con su pareja de siempre. Es el mayor adelgazante natural conocido en nuestro formato social, y produce sinergias renovando el vestuario y el estilismo. Y no es que yo quiera dar ideas.

Usted y yo, la mortadela del gran sándwich social

Tacho Rufino | 16 de marzo de 2015 a las 12:02

(Publicado en periódico el sábado 14 de marzo de 2015)

USTED ha tenido suerte, bien mirado: no está desempleado, no es muy mayor, tiene un par de hijos o tres y no tiene mayores a su cargo, o quizá esté jubilado tras haber sido un religioso cotizante. No se ve obligado a hacer ni chapuzas ni heroicidades en la llamada economía sumergida -de higos a brevas percibe algún modesto pago en negro, ningún pelotazo-, ni a convivir con familiares que no sean sus hijos aún jóvenes. Usted no se vio obligado a emigrar. Por esa suerte que usted ha tenido o por esa justicia que se ha granjeado, no percibe subsidios; usted cotiza a la Seguridad Social y no está exento de pagar impuestos sobre renta o patrimonio. Eso sí, tampoco accede a bonificaciones ni a tarjetas de descuento por transporte, ni tiene mucho derecho a que sus hijos reciban una buena beca si son estudiantes normales. Tampoco puede aspirar ni remotamente a una vivienda en alquiler social, que las hay mucho mejores que la que usted paga mes a mes, sea en alquiler puro o devolviendo hipoteca. A usted quizá le parezca bien que todo el mundo tenga una cobertura del fondo común si la vida no le ha deparado una buena ubicación en la pirámide de riqueza ni en la del estatus de este país. Usted no está subsidiado; ni remotamente, más bien cabría decir lo contrario. Usted se siente solidario y ve necesaria la redistribución y la protección social, pero tiene serias dudas de que una renta universal básica para personas sanas no sea un cuele para un porcentaje de personas que se han hartado y han decidido no trabajar más en las próximas décadas (“se han hartado” cabe aplicarlo en un doble sentido: han tirado la toalla desesperanzados… o “se han hartado” de divertirse sin red de caída).

Usted, lamentablemente, tampoco se puede comparar con el segmento que está sobre ese intermedio en el que su familia se ubica en la gráfica de la riqueza nacional. No es rico heredero, no es alto ejecutivo con salarios o bonus de la galaxia refulgente, ni ha percibido indemnizaciones por despido de esas de “entre bomberos no nos pisamos la manguera; hoy por ti, mañana por mí”. Tampoco es un empresario con éxito, ni es un privilegiado prejubilado que vive prematuramente su edad dorada porque ha tenido suerte o buena maña al relacionarse o trepar por la cucaña social. Usted se ha gastado miles de euros en lotería y cupones a lo largo de su vida… pero la Ley de la Probabilidad se ha cumplido en su caso: ni cinco tristes pedreas. Como usted, estando situado, no es rico ni de lejos, no tiene sentido que constituya sociedades instrumentales ni que haga otra ingeniería societaria o fiscal para pagar menos impuestos, dentro o un poquito fuera de la legalidad; ni invierte en bolsa ni habla con sus asesores sobre qué paraísos fiscales son fetén en cada momento. A usted no le queman los billetes grandes al lado del corazón: ya le gustaría.

Usted, disculpe, está atrapado. Atascado en la mitad. Paga por todo. Lo empapelan y lo embargan al primer regate granuja que se permita, o al mínimo despiste. Usted lo tiene todo controlado, y no precisamente por usted: sus cuentas, su propiedades, sus facturas, sus seguros, sus escuálidas deducciones, su nómina, su contabilidad de autónomo, su coche, su impuestos locales, sus malos aparcamientos y tantas otras cosas están perfectamente en foco para el ojo del Gran Hermano público, y también para el banco, ese Gran Hermano privado. En realidad, el Gran Hermano es su hermano, y no de los otros dos segmentos que le hacen a usted -mortadela corriente, embutido sin duda- de rebanadas en el megasándwich social. Pero no se venga abajo. Las elecciones lo miman. O mejor dicho: los programas electorales se acuerdan de usted tres semanitas cada pocos años. No se consterne: usted no está solo. Sin ir más lejos, yo estoy con usted.

Aves (o pájaros) del paraíso (fiscal)

Tacho Rufino | 16 de marzo de 2015 a las 11:36

LOS impuestos, como su propio nombre indica, no los paga nadie motu proprio: te los impone quien puede. Hay que rendirse a la evidencia: si los gobernantes no nos controlaran ni amenazaran con sancionarnos por evadir, aquí no pagaba nadie (actitud que tiene cierta coartada moral en España, dados los robos al erario que han perpetrado algunos gobernantes y sus secuaces). De forma que los paraísos fiscales son un producto de lo más terrenal y humano. Hace años, un compañero, recién licenciado como yo, comenzó a hacerse con clientes que no facturaban ni los equipajes en los aeropuertos. Él se volvió un remedo de aquel Sean Penn que hacía abogado cocainómano y en cuesta abajo que asesoraba a Al Pacino en Atrapado por su pasado, un experto en mover dinero disfrazado por islas y países pequeños con nombres pintorescos. Le cogió el gusto al cinismo y al darwinismo social: “El dinero negro es dinero y punto”; “el Estado es más ladrón que mis clientes”; “el dinero está ahí para quien es más listo, no para repartirlo con los pánfilos”. A nadie le molestan sus propias flatulencias, y casi nadie comprende algo si ese algo le toca el bolsillo. La conciencia humana tiene una alta dosis de plastilina en su estructura.carlitos_way_al_pacino_brian_de_palma_025_jpg_rsgu

Nosotros, barrocos y quizá despistados al traducir, decimos “paraísos fiscales”. Los muy precisos y sugerentes anglos los llaman tax haven (haven, refugio, y no heaven , o sea, cielo): nada de paraíso, sino refugio. Los paraísos fiscales han sido el destino estrella de las inversiones españolas en el último año: según Oxfam, el dinero que ha volado hacia esos balnearios financieros se ha incrementado en un 205% entre 2013 y 2014: se ha triplicado. Esta semana hemos sabido que nuestro paraíso en la otra esquina, la pujoliana Andorra, ha sido denunciada por Estados Unidos por blanquear dinero algunos de sus bancos. El imperio hace de policía más por miedo al terrorismo que por justicia ecuménica: bien está, nadie como Estados Unidos puede hacer algo contra el drenaje evasor de las economías nacionales (que es donde, no se olvide, se obtienen mayormente esos dineros que se dan a la fuga). Los palos aquí y allá incomodan, pero no solucionan un problema global. El hecho de que muchos de quienes tienen el poder de decidir posiblemente tengan dineros ocultos no facilita que se aborde el problema de verdad. Un problema que, solucionado, equilibraría el presupuesto español sobre la marcha y permitiría mayores inversiones públicas, mejores coberturas o una reducción drástica de nuestra deuda pública y exterior. Se valora en la bonita cantidad de 30.000 millones al año.

Mercadona: éxito a contracorriente

Tacho Rufino | 9 de marzo de 2015 a las 17:36

ESTE artículo lleva varios años publicándose: Mercadona vuelve a repartir una millonada entre sus empleados como premio a su buen trabajo y a su compromiso. La empresa de Juan Roig y su nunca bien ponderada mujer, Hortensia [este apunte lo debo a la observación de Charo R., originalmente omití a Hortensia en el artículo] es difícil de criticar. Uno parte del convencimiento de que dorar la píldora a las empresas grandes por principio y ad maiorem corporatio gloriae no conviene a quien escribe, ni a quien edita ni a la propia empresa adulada, porque el lector, salvo excepciones, no es memo. Pero como diría un séneca de andar por casa, “lo que es, es”. Mercadona gusta a la izquierda y a la derecha; sus supermercados son cómodos, sus productos son útiles y se adaptan a tus necesidades, y por lo general son muy razonables en calidad y precio. A Mercadona se la ataca, aunque poco, por supuestamente apretar a sus interproveedores, es decir, a quienes deciden sumergir su propia marca y trabajar para Mercadona como proveedores de marca blanca, cambiando nombre propio por seguridad y negocio constante. En cualquier caso, las empresas sabrán, que ellas son mayores de edad desde que nacen. El inefable Roig, que dice lo que quiere sin complejos, ha afirmado al publicar la cifra del bonus que “para ganar competitividad no hace falta bajar los salarios”. Más bien conviene lo contrario: “Lo que hay que hacer es tener una gran competitividad y grandes sueldos”. El dato: la cadena española líder en España ha aumentado un 4% su productividad (productividad: lo que obtengo dividido por lo que empleo en obtenerlo) y ha repartido en incentivos un plus de 263 millones de euros. Pero, lamentablemente, las empresas españolas grandes -y no tanto- no piensan eso, y sus representantes patronales, mucho menos. Suelen hacer justo lo contrario, como ha hecho esta semana de nuevo Juan Rosell, presidente de la CEOE Y también justo lo contrario de lo que enseñan y aprenden en lustrosos foros de alta gestión. Grandes compañías que aprietan de manera rayana en lo gratuito a sus jóvenes, tanto en los horarios y los sueldos, penosidades que los protoejecutivos cambian por una supuesta formación profesional de élite.

Muchos se critica a la universidad por no formar para la “realidad”: es una condena a la que uno llega a acostumbrarse como docente universitario. De hecho, una duda filosófica que un profesor de economía llega a tener tarde o temprano es si existe consonancia entre las recetas y modelos que impartimos y la realidad exterior. Pero afuera hace frío, y nuestro entorno económico no contiene un alto índice de empresas que funcionen con más paradigma que la mera supervivencia y el plan de negocio a corto plazo. Mucha prédica de postín, pero poco trigo. No es el caso de Mercadona: a los hechos nos podemos remitir sin miedo.

Montoro, como Sting, te observa

Tacho Rufino | 9 de marzo de 2015 a las 17:28

“Viajes, balnearios, colegios privados, inversiones en Bolsa o coches de alta gama serán vigilados por el gran ojo fiscal”

Publicado el sábado 7 de marzo 2015

DOS canciones deliciosas se han visto contaminadas de política fiscal esta semana en mi cabeza. En un regate feo, mis neuronas han vinculado a Montoro a la conocidísima Every breathe you take de Police, cuando dice: “Cada vez que respires, cada movimiento que hagas (…), cada palabra que digas, cada vez que juegues, te estaré observando (…). Pero ¿no te das cuenta de que me perteneces?”. Hacienda, de toda la vida -bueno, desde hace unos cuarenta años en los que existe alguna cultura tributaria en este país-, nos ha estado observando en nuestros movimientos salariales, patrimoniales, inversores, ahorradores, consumidores. Hasta ahí, nada nuevo. Lo nuevo es que la Hacienda de Montoro -cuya apariencia no es la de Sting, es cierto- pretende observar todos nuestros movimientos en internet y en las redes sociales para detectar defraudadores. Exacción Fiscal por Indicios (EFI), podríamos llamar a la nueva vuelta de tuerca del Gobierno de un país que, descapitalizado por el salvamento de unas cajas de ahorro mal llevadas y demasiadas veces violadas por la corrupción, endilgó a asalariados y consumidores el pufo del colosal préstamo exterior que el Estado solicitó para no dejar caer a las entidades y así salvar a sus accionistas y acreedores. Más allá de impuestos directos e indirectos, ahora la Agencia Tributaria va a investigar nuestro tren de vida por síntomas que no rezan en epígrafes del IRPF o Patrimonio. Y qué mejor sitio que la meca del postureo actual, o sea, las redes sociales.

La segunda canción cuya sublime melodía he prostituido esta semana es un estándar de jazz de 1938, que cantó, plumoso, Liberace o, con dulce desgarro, Billie Holiday. En I’ll be seeing you (“Te estaré viendo”), podemos ver proféticos versos sobre cómo el gran ojo tributario está decidido a verte “en todos los viejos sitios de siempre, en aquella cafetería, en el parque junto al camino, el tiovivo, en los castaños, en la fuente de los deseos, en cualquier precioso día de verano, en todo lo que es leve y alegre”. Llámenme paranoico, pero si esta letra no anticipa el álbum fotográfico sin defectos que es Facebook, donde todo viaje queda registrado, se pague con tarjeta o se propicie por una incómoda presión de dinero negro en el bolsillo: tiovivo por Eurodisney, parque por Trocadero, castaños por Yellowstone, verano por Formentera, fuente de los deseos por Fontana di Trevi, leve y alegre como un casino de Las Vegas. Y ahí te va Montoro -que tampoco se parece a Liberace, en este caso para su suerte-, que se frota las manitas musitando, ladino: “¿Cómo tus bares [clínicas, peluquerías, asesoramientos] agrupados en una sociedad limitada o un autónomo dan pérdidas de nuevo, y tú venga Nueva York, venga Roma, venga Rocío, venga Camboya, con toda la familia a cuestas y sin que falte de nada, que aquí están las pruebas de tu rutilante rumbo viajero y consumidor, con gran despliegue gráfico, además? Te estoy observando… y lo sabes”.

Esta innovación fiscal estaba ya inventada, cómo no, por los italianos. Hace ya tres años instauraron el redditometro o rentómetro, que viene a funcionar así: Hacienda cruza los datos de tus gastos reales y los de tu renta declarada. En caso de que las diferencias entre ambos superen el 20%, paquete por vía ejecutiva. El rentómetro contempla diversos tipos de gasto: vivienda, medios de transporte, seguros, formación, actividades deportivas y de ocio y cuidado personal, inversiones inmobiliarias y en bolsa. Los propietarios de barcos, como Correa/Gürtel, serán mirados con lupa, así como los buenos coches (en Italia cayeron las ventas de Masserati y Ferrari un 50% en un año). También los viajes, las estancia en balnearios y tener a los hijos en la enseñanza privada. La fama tenía un precio. La fullerilla de Facebook, también la puede tener.