Pobres, pero muy monos

Tacho Rufino | 25 de julio de 2016 a las 17:33

(Publicado el domingo en http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/2334964/pobres/pero/monos.html )

 

DEBIERA sin duda, pero no sé si existe alguna disciplina que trate sobre las relaciones entre estadísticas y entre sus conclusiones (tendría que denominarse Metaestadística). El caso es que la profusión de estudios y la continua publicación de sus resultados te brinda la posibilidad de jugar con ellos, aunque en apariencia sean distintos y distantes. Por ejemplo, echar a pelear un estudio sobre la distribución de rentas en nuestro país y otro sobre cómo se sienten de bonitos los habitantes de sus regiones, y considerarlos a la vez siempre con el objeto de proponer una teoría o al menos una hipótesis. Aunque éstas sean vulgares e inaceptables para la curia epistemológica. Vamos a ello.

Esta semana hemos sabido de dos estudios estadísticos, con sus objetivos, su muestreo, su metodología, su tratamiento de datos y sus conclusiones. La primera, cuantitativa y de afán riguroso, con todos los datos posibles en la mano, nos recuerda que la distribución de rentas de las comunidades autónomas dista mucho de converger, es decir: que las que eran ricas lo son más después de la crisis, y las que éramos pobres -Andalucía y Extremadura–, ahora también lo somos más con respecto a aquéllas. Descorazonador. La segunda encorazona un poco, y es que va del corazón, de subjetividad, de cómo nos vemos en cada región de bonitos. Este tipo de investigaciones, en las que se preguntan opiniones -no datos- a una parte de la gente -un muestra– sobre la que se quiere analizar algo, se llaman cualitativas. Pilar Larrondo, con mucha gracia y camuflada profundidad, escribía aquí sobre una que venía a concluir que los sureños nos sentimos más guapos que los demás. Y mayormente por nuestros ojos y nuestra mirada, ay madre. Con lo difícil que es de evaluar una expresión ocular, a diferencia de un pandero, un torso, unas piernas o hasta unos labios que, siendo cosa subjetiva, suele aglutinar pareceres de forma estadísticamente significativa.

Y ahora la metaconclusión, la hipótesis, el embrión de teoría. No vamos a ejercer de sieso ilustrado habitual, quien abundaría en la supuesta mayor ignorancia y en la endémica indolencia sureñas. No, que hace mucho calor para el flagelo. Propondremos que se trata tan sólo de un mecanismo de defensa, una autosugestión algo paulocoelhiana para sobrevivir dando la espalda a la negatividad y abrazando la positividad, creando un fengshui perceptivo y autoempático: nos decimos “¡Qué bonito/a soy!, ¡igualito que un vasco/a!” nada más que para compensar la desazón de saber que somos cada vez más pobres con respecto a ellos. Con lo que eso duele, y dolerá de seguir así.

Impunidad en internet

Tacho Rufino | 18 de julio de 2016 a las 20:01

genbeta

 

 

 

 

 

 

(Imagen tomada de http://www.genbeta.com/)

YO me lo imagino un tipo vulgar y amargado, sin duda envidioso y probablemente perezoso y ya sin perspectivas de mejora ni reciclaje, quizá cobardica y abandonado, con poco predicamento ni aceptación entre sus semejantes: con estos ingredientes sólo puede salir un cóctel llamado mala leche. Frente a un teléfono mucho más inteligente que él, con un pantalón de pijama loco por una lavadora y un desaseo personal generalizado y hasta añejo, nuestro francotirador desenfunda el smartphone o el portátil, coge aire como quien va intentar rebasar un seis metros con la pértiga y se dice, en plan malo del western: “Ahora vais a pagar, malnacidos (fachas, podemitas, peperos, junteros, españoles, moros, católicos, catalanes, periodistas, madridistas, culés, taurinos, yanquis, maricas, lo que sea menester)”. Y tuitea, y comenta en Facebook, y vomita miasmas de alma envenenada, mayormente sin dar la cara. En esos 140 caracteres con los que Twitter arrea coces al idioma y compromete su futuro (o, viva el progreso, lo hace evolucionar hacia escenarios y formas más modernas y regeneradoras), nuestro tipo -yo me lo imagino varón, pero la insania y el hedor moral no conocen de sexos- dice a un torero muerto y a su familia barbaridades adobadas con fétida crueldad que nunca osaría decirles cara a cara (en manada con sus pares, sí, ahí nuestro hombre también lo borda como rayo flamígero). Él, seguro, ama a su perro. Sólo a él.

La impunidad en internet debe acabarse. Si no existieran medios para controlar los continuos daños morales que fluyen por ella, deberíamos plantearnos la limitación de su uso, o sea, de su abuso. Lo hacemos con la velocidad de los coches, con los ruidos, con el uso de armas; llámenme Kim Jong-un, liberticida, fasista. Enemigo de la libertad de expresión (que es excrecencia de expresión). Las redes sociales se han convertido -también, no sólo- en el chollo de los canallas, de la chusma enmascarada, del miserable, del rastrero. De balde, a coste cero que decimos ahora. El caso del supuesto maestro que insultó tan asquerosamente al torero muerto en la plaza es sólo una gota de color más marrón que el mar creciente de delitos y faltas sin penar que se cometen a diario por internet. Parece que algo se mueve, y bien sabemos que los cobardes y los malnacidos sólo atienden a la represión o al miedo a ser pillados, juzgados y castigados. Este jueguecito indoloro y a cubierto debe acabar. (Internet iba a democratizar el planeta, a hacerlo más justo y vivible: trompetilla sostenida y molto vivace.)

Cláusulas suelo: ¿la banca gana?

Tacho Rufino | 18 de julio de 2016 a las 19:55

HACE unos años solicité una hipoteca a un banco que tenía un convenio con mi universidad. En los preámbulos de la operación, el joven director de la sucursal me explicó algunos pormenores. “¿Aplicáis alguna cláusula suelo?”, le pregunté yo. “Nosotros no hacemos golfadas”, me respondió con una solemne carga de ética corporativa. Debemos colegir que no sólo resulta evidente que dicha cláusula es abusiva, y que el argumento al uso -“Pues no haberlo firmado”- expele un tufo de permisividad con el fuerte, con quien lleva la sartén de la información y la sartén del “lo tomas o lo dejas” bien agarradas por el mango (aparte de otras aprensiones de bajos ejercidas sobre el cliente prestatario, y mencionemos sólo algunas otras cláusulas abusivas que rigieron impunes hasta que fueron eliminadas por la fuerza de la razón hecha norma: el redondeo al alza, la usura en los intereses de demora, la aplicación arbitraria de comisiones). Recordemos que en España, las hipotecas son casi en su totalidad “a tipo o interés variable”, o sea, que uno paga intereses por el capital pendiente de amortizar en función de un tipo oficial que va variando en el tiempo -por ejemplo, el Euríbor-, al que se añade un margen o diferencial que asegura la ganancia del banco prestamista: es razonable. Recordemos, al hilo, que la llamada “cláusula suelo” evita que, si el Euríbor baja mucho, el banco asuma sus riesgos, y con tal disposición se blinda y elimina la variabilidad, o sea, que se la pasa la por el forro. Y mientras, nuestros reguladores en consumo silbaban. Un síntoma más de la clara carencia de eso que llaman ahora calidad democrática de un país donde, banca aparte, los grandes operadores de energía o comunicaciones se comportan con frecuencia más como enemigos del bolsillo de sus clientes que como proveedores de servicios que cumplen su parte (la parte del cliente es pagar y punto).

Esta semana hemos asistido a un decepcionante -si no vergonzante- dictamen del abogado general de la Unión Europea Paolo Mengozzi, una especie de abogado del Estado comunitario, cuyas recomendaciones no son vinculantes pero, en la práctica, suelen vincular a quien al final regula y en buena medida legisla, el Tribunal de Justicia de la UE. Sostiene Mengozzi que los bancos españoles no deben ser obligados a devolver los dineros extra obtenidos de los clientes mediante las cláusulas suelo (bueno, en los contratos de hipoteca posteriores a 2013, sí, lo cual viene a ser un engaño, porque desde esa fecha no sólo se firman muy pocas hipotecas y ya sin dicha cláusula, sino que el Tribunal Supremo español dictó en 2013, oh coincidencia, una sentencia en contra de dicha cláusula: vaya trile, Mengozzi). Usted, como yo, se preguntará, sepa o no de finanzas y derecho mercantil: “Si la cláusula era abusiva tanto antes como después de 2013, ¿por qué se debería eximir oficialmente a los abusadores de devolver el fruto de su abuso?” Pues bien, aquí viene lo más esperpéntico del análisis de este cualificadísimo funcionario comunitario: la razón no es otra que el sufrimiento que tal resarcimiento tendría sobre la banca. O sea, que les costaría mucho dinero -3.000 millones a aquellos que la aplicaban- pagar su atropello y su posición de poder contractual. De nuevo, el “demasiado grande para quebrar” de la gran corporación financiera, de nuevo los niños mimados o bravucones del patio de la libre competencia (quite usted “libre” si quiere, seguramente sea un oxímoron: poca competencia es limpia y libre). Recordemos que no toda la banca imponía dichas cláusulas (Santander y Bankinter no lo hacían). Y recordemos que como usted o yo nos escantillemos con el banco, con Hacienda, con la DGT o con la compañía eléctrica, nadie va a tener compasión por su futuro. Usted y yo, asumámoslo, no somo naide.

El veranito y sus cosas

Tacho Rufino | 11 de julio de 2016 a las 18:58

SEÑORAS y señores, ante ustedes ¡el verano y sus vacaciones! No el de las canciones de Georgie Dann, tan entrañables y refinadas, ni de aquella otra legendaria de un tal Paco-Paco: “Pum catapún chimpún, cómo nos gusta el verano… pa levantarnos temprano, etc.” (atrévase, pinche aquí). No, o no sólo eso: llega el verano, con su exigencia presupuestaria y de gestión del tiempo. La estación del supuesto descanso. Y la del descoloque de los hijos y muchos de nosotros, adultos que nos vemos compelidos por una fuerza mitad endógena, mitad exógena -una invisible e inexorable mano- a alquilar algo por un pastizal u ocupar por narices la segunda vivienda, a convivir con la carencia de wifi o su precario funcionamiento, a leer también por narices, a la media ración cotidiana tras la estresante gymkhana por la captura de un velador. Me resisto -sin gran éxito, ya ven- a ejercer de cenizo; incluso vengo sintiendo, no sin preocupación, que tengo por primera vez en mi vida cuerpo de sombrilla, sudoku, botellín, raid mata moscas y factor de protección total. Llámenme renegado. Pero, la verdad, sin llegar a entonar el melancólico odio l’estate de un Bruno Martino que odiaba el verano porque lejos quedaba el paraíso de su memoria estival, el panorama es, siguiendo con el italiano, impegnativo: exigente y comprometedor. Toma verano, sí o sí: si no te lo tomas en julio, te lo tomarás ya manido en agosto. Y ve llenando la cartera, hermano.

Tiene su aquel hacer cola para comprar pan, churros, sardinas, tabaco, bombonas, cacao labial, carburante, las citadas medias raciones. Es un cambio de actividad, de esos que te dice Enrique Rojas u otro ayudante psicológico que te vienen de maravilla: “cambiar el chip”, lo llaman (¿por qué le llaman chip cuando quieren decir software y hasta hardware?) En estos días, usted carece de sus canales de pago, y dicen que se leen menos periódicos. Y esto puede ser una gran ventaja (siempre aceptando, claro es, que desconectar es algo benéfico y depurativo, aunque a usted le repela el imperio de la chancla y la bermuda de mayor o menor expresión). Que le den mucho al multazo tremebundo por sobrepasar el déficit público. Mucho a Draghi y mucho a Montoro. Una higa bien rechoncha para Piqué y otra para Ramos, y cuatro pares de ellas para Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera. Una larga cambiada a portagayola para el jefe, por supuesto. Siempre nos quedarán los Juegos Olímpicos con su tiro con arco y, en otro plan, su salto de altura femenino. Por cierto, ¿los darán en abierto, Dios mío?

Entramos gozosos por el aro barato

Tacho Rufino | 11 de julio de 2016 a las 18:48

ANTES de las rebajas de verano, en unos grandes almacenes de moda de toda la vida, no tardé ni cinco minutos en comprar dos pantalones de esos que llamamos “de vestir”, compra con la que me siento muy satisfecho por aquello de la relación calidad-precio. Y por el servicio, una versión siglo XX -no XXI- de la serie Velvet: prácticamente a solas en un espacio amplio y bien cuidado, un señor a quien le quedarían no más de diez años para jubilarse me atendió con un ojo clínico certerísimo -“la suya es la 44, caballero”, dijo sin dudar, y sin medir: lo clavó-, hizo las preguntas pertinentes, las justas. Sacó dos modelos, me pareció perfecto, no esperé cola alguna para pagar; adiós, buenas tardes. Es mi compra ideal.

No hablamos de bajo coste, ni de su versión fullera, los llamados “precios bajos” o baratura cochambrosa. En el “modelo de negocio” competidor letal de estos almacenes -condenados a “redefinirse” y “reinventarse”, o morir-, el cliente recibe un servicio menor, capitidisminuido, en el que en muchos casos cambia bajos precios -y calidad técnica relativa- por menores garantía, durabilidad, amabilidad, competencia profesional o seguridad, por no hablar de que en la mayoría de los casos deberá guardar tediosas colas y se verá ante la incapacidad de recurrir a un dependiente (y menos uno amable; el empleado, en caso de existir, estará a los pies de los caballos y en permanente estado estrés, si no de shock). El cliente deberá asumir funciones que teóricamente corresponden al proveedor: por ejemplo, la emisión y confirmación del billete o la facturación del equipaje, o el transporte y montaje de los muebles. Vamos a diario a personas ancianas sin saber qué hacer ante el cajero automático con su cartilla, expulsadas a la calle y a internet por la lowcostización de la banca, a la que no le salen las cuentas de los empleados de las sucursales, dedicados a vender seguros, viajes, teles y móviles.

No hay duros a cuatro pesetas. Porque te contarán en el máster o en la revista de emprendimiento y management que el low cost consiste en “la reinvención del modelo de negocio, sin merma de la calidad de servicio”, para lo cual hay que “analizar y descomponer la cadena de valor en el máximo número de conceptos de costes a reducir” sin, repetimos, dar menor servicio: se trata sólo de reducir el precio que paga usted, cómo no, por Dios. Pero no es así. Lo que se ha producido es una proletarización y degradación del consumo masivo, que además la crisis brutal -de la que se han beneficiado pocos a costa del sufrimiento de muchos, el dinero no se ha destruido, sino transformado- ha acentuado en sus patologías cutres: empleo precario y sin formación continua, empowerment, planes de carrera, motivación y liderazgo ni gaitas. Mientras que el mundo revienta, compramos atendiendo al precio sin tener en cuenta no ya las condiciones de trabajo de la gente de la empresa a quien compramos -en este país lowcostizado, van siendo unos privilegiados, encima-, y desde las pilas a los viajes: que a nadie le falte de nada, oiga; todos a viajar rodeados de turistas a destinos tematizados e impostados. Todos a ser cómplices de la obsolescencia programada y de la brutal acumulación sin futuro de basura tecnológica y química. Atrás quedan los años en los que un billete de avión costaba diez o quince veces lo que cuestan hoy, atrás la gente que se maqueaba para pasear por el aeropuerto semidesierto y chic. Bienvenidas las aglomeraciones de ganadería humana como la de El Prat esta semana, causados por un Vueling que juega a la ruleta acaparadora y de alto riesgo propia del low cost, a costa de las vacaciones y la salud de sus clientes. ¿Comprar un pantalón por 90, pudiendo comprar tres de 30 que dan el pego un año? Dame baratura, dame compra en vena. Déjame a mí de dependiente profesional. So antiguo.

Pensión Ponzi

Tacho Rufino | 4 de julio de 2016 a las 16:27

El ‘Esquema Ponzi’, más conocido como “estafa piramidal”, es una operación fraudulenta en la que se prometen altos intereses a particulares por la cesión sus ahorros. Durante un tiempo, se pagan esas rentabilidades muy por encima de la media del mercado, pagos que se hacen con los dineros que van llegando de otros engañados que acuden al panal de rica miel. Al final, la trama urdida por el estafador –considerado un mago de la inversión por sus afectos, que a su vez se creen gente con criterio y relaciones– se evapora con la plata, y los últimos y penúltimos en morder el anzuelo pierden todo su dinero para siempre. La base del asunto es precisamente atraer a muchos inversores, que funcione con rapidez el boca-oreja entre parientes y allegados. Que la gente, valga la expresión, se ponga cachonda y sienta el veneno de la codicia en vena. Aunque tenga que hacer profesión de fe en la revalorización sin límite de sellos o árboles por nacer. O, ya en Manhattan, te cuele Madoff unas estructuras complejas que danzan por el mundo dando exuberantes réditos a unos pocos inversores ‘de élite’, a la postre desplumados. O que un tipo simpático y granuja de tu provinciana ciudad, un Carlo Ponzi sandunguero, te diga que te vas a forrar porque él, entre romería y sarao, maneja –”por ser para ti, Pepe, corazón”– la alquimia de la pasta gansa. Y tú lo creas. Ha sucedido incontables veces, y volverá a suceder. Al tiempo.

De hecho, lleva sucediendo mucho tiempo con las pensiones en este país con una estructura demográfica envejecida y pocos cotizantes. A alguna cohorte generacional –algunos millones de españoles de cierta edad algo mayor y menor que la mía propia—no le salen las cuentas. Muchos cincuentones llevan 25 años cotizando mes a mes, año tras año, y van a cotizar todavía diez o quince años más. Pero ese dinero no será para darle a él o ella una paguita desde su jubilación hasta su retiro final y gloria: es para dárselo a los que se jubilaron antes. Es justo. Pero resulta que cuando ese pagano se retire a sus nietos, su música o su dominó no va a haber dinerito en la hucha. Ni cotizantes que coticen lo suficiente para tanto vejete. Sólo clavando a impuestos a los activos, o a base de déficit, que no es lo mismo pero es igual, se sostendría el asunto. No es una estafa, pero sólo porque no ha habido voluntad fraudulenta. Por lo demás, un Ponzi como una pirámide. (Al hilo: la Seguridad Social ha sacado esta semana otros 8.700 millones del Fondo de Reserva para pagar pensiones. En este plan, en 2017 la hucha está vacía.)

Brexit y sus inmigrantes

Tacho Rufino | 4 de julio de 2016 a las 16:26

Quiénes son los parásitos

 “Los jóvenes y profesionales europeos aportan con nitides mucho más de lo que consume del sistema social británico”

“La migración comunitaria a Gran Bretaña es mucho más benéfica que la recíproca”

El llamado Brexit o abandono de la Unión Europea por parte del Reino Unido llegó sigilosa y taimadamente como un barco corsario inglés se arrimaba a la costa para saltear las propiedades ajenas con el permiso de Su Majestad. En el caso español, la coincidencia con la repetición de unas elecciones domésticas hizo que pocos prestaran atención a un asunto que, al vencer los partidarios del abandono en el referéndum, se descarnó en toda su importancia. Pocos hoy no tienen un ‘argumentario exprés’ al respecto: la polarización entre perjudicados y beneficiados por la globalización, la otra polarización por edades entre los británicos, el caso escocés e irlandés, el daño sobre la City financiera de Londres, las letales consecuencias de la pérdida de jugadores comunitarios en la ‘Premier’, el papelón de Cameron, el rabo entre las piernas del incendiario Boris Johnson. También cuestiones más cercanas nos hacen analizar un asunto complejísimo (complejidad por la cual quizá no debería haberse sometido a referéndum tal cambio histórico). La hija de un amigo sintió con humillación el Brexit: vive en Manchester, con su novio inglés, donde lleva una vida laboral nutritiva para su presente y su futuro. Ahora, confiaba con pena a su padre, siente como que no la quieren, como que es una apestada usurpadora comunitaria. Pero los datos y los hechos dicen justo lo contrario: su contribución al país de destino es muy superior a los recursos que consume, y no le roba el trabajo a nadie. La xenobofia disfrazada de falsos hechos bien pudiera ser más asquerosa que la que sencillamente se basa en la repelencia esencial “al otro”, menos hipócrita y acomplejada.

En Gran Bretaña viven tres millones de comunitarios; en la Unión Europea viven un millón doscientos mil inmigrantes británicos. Analizando los rasgos generales y los pros y contras básicos de este juego de ‘in and out’, lo primero que cabe afirmar es que el intercambio es beneficioso para ambas partes, si bien no en todos los casos. Una publicación euroescéptica como el semanario inglés ‘The Economist‘ secunda de nuevo esta semana, con datos, tal afirmación. Comencemos por la contribución de los jóvenes europeos a la causa británica. Tales jóvenes, en un rango de edad amplio, como desde 18 a 45, conoce dos segmentos diferenciados. El primero, el de trabajadores no cualificados que acuden allí a aprender inglés y ver mundo –práctica que los británicos ha querido para sus cachorros desde hace décadas–, y ocupan puestos de trabajo de subsistencia (camareros, ‘au pairs’, etc.), que en ningún caso roban a un inglés: no verán en un comercio de souvenirs o en un pub del centro de Londres a un dependiente nativo. Luego estos europeos dan gloria al incipiente mundo de servicios de muchas ciudades. No roban nada, son compatibles culturalmente con el entorno y dan alegría, quitan ‘marrones’.

Otro segmento es ‘profesional’, que alimenta con calidad no ya, por ejemplo, el sistema de salud de aquel país, sino que también cubre desajustes de la oferta y demanda laboral. Y por supuesto, contribuyen al fisco y el sistema social de allí: como recuerda ‘The Economist’, dan mucho más a dicho sistema de lo que consumen de él. Van poco al médico y la mayoría no tienen hijos allí. En el otro lado de la balanza y el saldo migratorio están los que salen de la isla para venir, por ejemplo, aquí. En buena medida, jubilados que buscan un clima más benigno para sus huesos, buenas casas baratas y hasta pueblos donde no hace falta aprender español. Ellos sí consumen bastante en prótesis, operaciones de cataratas, atención primaria y demás: en eso están encantados de ser comunitarios. Aunque estas cuentas sanitarias se compensan en parte entre los Estados, cabe hipotetizar que, en su caso, su aportación es menor que los recursos públicos que consumen.

Pero de qué estamos hablando, my God?—-

Rostros después de los votos

Tacho Rufino | 29 de junio de 2016 a las 16:01

“Desde Cameron a Errejón, los rostros de los políticos han sido mayormente como de estreñimiento”

“Sánchez con los labios convexos al borde la lágrima; Iglesias, muy en Cristo”

La expresión alegre no es el fuerte de los pájaros, y debe de ser por eso por lo que recurrimos a la cosa aviar y a la recova para hacer metáforas sobre la desolación: “Más mala cara que un pavo escuchando una pandereta”, “Más mala pinta que los pollos de Simago”. La que acabó el domingo ha sido una semana donde las caras han ido mutando de la euforia campañera hacia la demudación, la palidez sudorosa, la crispación convexa de los labios y una apariencia general como de estreñimiento. Le sucedió a Cameron, que tiene toda la cara de un pájaro que siempre ha tenido el alpiste garantizado. Junto a su mujer, el pirómano del ‘Brexit’ anunciaba su dimisión como quien anuncia al pueblo, con fatal resignación, que una explosión nuclear es inevitable. Por suerte, es él mismo quien lleva alojado un petardo en su interior. Como ‘The Economist’ –un medio siempre en contra de la ‘Eurocracia’ de Bruselas, por cierto– ha denunciado, “lo impensable es irreversible”, y este pájaro ha condenado a Gran Bretaña a una lucha demagógica que ha parido un futuro más pobre y aislado para un gran país que se ha disparado a los pies.

El fin de fiesta de una eternizada campaña electoral también nos ha deparado rostros muy sintomáticos, la mayor parte de ellos del tipo “¡Glups! Tierra, trágame”, excepto en dos casos: el de Rajoy, el ganador, cuyo rango expresivo es de cortísimo recorrido y mínima variedad, y el de Rivera, que inexplicablemente llegó exultante a la sala de prensa, como si no le hubieran abandonado un buen montón de miles de votos que han vuelto, pragmáticos y asustados, al PP del propio Rajoy. Los rostros del resto de contendientes estaban en el otro extremo: lo que suele decirse en jerga callejera “de verdadero corte de rollo”. Sánchez, amortizado aunque salvó los muebles, ostentaba el mencionado rictus de boca convexa, mezcla de tensión y frustración, como previo al llanto. El que da más juego, como él precisamente promueve con su tremenda vis propagandísitca, tan contradictoria, es el que se le quedó a Pablo Iglesias. Similar al de algunos Cristos procesionales, mirando al vacío y hacia arriba: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” (recuerden al protagonista de “El Evangelio según San Mateo”, de Pasolini). Por cierto, la cara de Errejón a su lado –hundido– era la de un colegial que, siendo favorito, ha perdido la final de baloncesto en categoría cadetes por una canasta en el último segundo. Enfadadísimo. Quizá por eso dijo, con mal perder, que son “unos malos resultados para España”.

Adiós, Gran Bretaña, o lo que seas

Tacho Rufino | 29 de junio de 2016 a las 16:00

(Este artículo se publicó en los priódicos de Grupo Joly el viernes 24 de junio, día después del referéndum británico de abandono de la unión Europea)

“Las consecuencias del Brexit son todas esencialmente dañinas para todos a medio plazo”

“Escocia (y su petróleo) e Irlanda del Norte dicen “qué hay de lo mío, inglés””

Diez horas después de la incredulidad que me asalta por lo que dice la radio mientras medio dormía en plena madrugada de ayer, ya nadie habla de otra cosa que del ‘brexitazo’, la espantá nacional-cateta del Reino Unido (esta es mi opinión: una decisión ignorante, epidérmica y sumamente riesgosa). La autosuficiencia y el sentimiento de superioridad que se inocula desde la escuela a los ‘ingleses’ ha dado sus frutos, aunque nos tememos que la circunstancias del antiguo impero no son las mismas que hace un siglo. Sin duda, ese gran país acabará encontrando su lugar bajo el sol. Pero, ¿y mientras, qué? Justo diez horas después del duermevelas, el ‘Breaking News’ de la BBC –no del ‘Troler Daily’ ni del ‘websniper’– hace ‘pop’ en la pantalla del móvil: “Morgan Stanley da orden de traslado a 2.000 empleados suyos de la City de Londres a Fráncfort y Berlín”. Daño emergente, lucro cesante y todo lo que ustedes quieran. El dinero huye del capricho orgulloso y la irracionalidad (irracional es crear un argumentario victimista, anecdótico y emocional sobre la relación de un país –esencialmente independiente y aislado como pocos—con una institución supranacional. Allí se han argüido hasta la saciedad cosas tan desquiciadas como que las regulaciones extranjeras comunitarias los obligan a comprar pepinos o plátanos de cierta medida exacta, algo intolerable. Soberanía fálica, ‘whatever’. Una trola).

Cameron –que sea propinado una merecida patada trasera: adiós a tu carrera– hizo de una burda estrategia personal en su partido un incendio global de impredecibles consecuencias. Un farolero que acabó de pirómano, con todo su Eton y su Oxford. Atribuyen a Churchill –cómo no– aquello de que los referéndums se convocan para ganarlos, no para perderlos. Enumeremos sólo algunas de esas consecuencias, más allá de la huida de grandes compañías y gestores de los ahorros y dineros planetarios hacia destinos más seguros (lo cual hará saltar por los aires la economía de la metrópoli que quizá sea hoy el centro del planeta, y la más cosmopolita, Londres). Escocia, donde la permanencia o ‘Bremain’ ganó sin ambages, alega que los términos de su contrato territorial con Reino Unido han cambiado a instancias de terceras partes, la voluntad escocesa no prima, y por lo tanto reclama un nuevo referéndum de secesión porque el escocés, antes que inglés, cualquier cosa, y mejor ser europeo de pleno derecho. Por cierto, los muy apetitosos recursos petrolíferos de Escocia desaparecerían del PIB británico y del londinense, donde se mercadea dicha ‘commodity’. Irlanda del Norte, donde también ganó la continuidad, ha dicho por boca de uno de sus partidos regionales gobernantes, el Sinn Féin, que abren la puerta abandonar Gran Bretaña, para integrarse en una nueva Irlanda unida, un escenario realmente arcádico y céltico. Un panorama no muy halagüeño. Cosas que tiene aquello de “un hombre, un voto”. (¿Para qué los referéndums en asuntos acerca de los que casi nadie tiene ni pajolera idea?)

Y luego debemos considerar, y asustarnos, el daño ‘colateral’, que no por ello menor. Ya aprovechan los trenes baratos los populistas derechistas como Le Pen u otros en Holanda –una Inglaterra más alta, su clon y gran socio continental–, y también los populistas italianos y españoles de izquierda –no sólo Podemos, también el PSOE en este caso—que se apresuran a interpretar que esto ha pasado por las políticas de austeridad. No acabo de pillar el razonamiento, hay algún eslabón perdido, de esos que haría saltar al abogado yanqui: “¡Argumentativo, señor juez!”. Qué decir de la centralidad brutal que este abandono otorga a Alemania en esta parte decadente pero quizá la más rica y avanzada del planeta. A la movilidad geográfica de sus ‘traders’ nos remitimos.

Zapatero, y lo que haga falta

Tacho Rufino | 19 de junio de 2016 a las 18:46

No se atrevería uno a señalar cuál es “el mejor presidente de la democracia española”. Embarcarse en ese tipo de opiniones lleva implícita una concepción personalista y paternalista de la política. Si además quien encumbra a alguien en el ranking de presidentes del Gobierno de nuestra historia reciente es un aspirante a serlo, la cosa huele a la enésima estratagema de cara a la galería en este interregno electoral en que vivimos. Hablamos de Pablo Iglesias, y de su repentino ‘prefe’, Zapatero. Con su nueva ‘boutade’, Iglesias, de paso que alimenta su insaciable vanidad, infravalora a los equipos de gobierno, a los propios partidos cuyos proyectos colectivos están detrás de las personas concretas, por no mencionar a las circunstancias favorables o desfavorables del tiempo en que un presidente desarrolla su gestión. En este caso, de nuevo, la definición de ’populista’ que apuntaba aquí hace unos días Ignacio Martínez –“soluciones simples a problemas complejos”—es de aplicación: simplificar la acción política y reducirla a las personas que ostentan el cargo más visible. “Eso que seré yo, que voy a ser todavía mejor que mi repentinamente admirado Zapatero”, le falta decir. Da coba a quienes consideran derechoso o facha a los muchos que tildan a Zapatero, sin mayor argumento, de memo, ‘Mr. Bean’, patético, hazmerreír, vergüenza de España. Y, por supuesto y muy principalmente, esta penúltima declaración chupacámaras de Iglesias arañará unos miles de votos al PSOE. Porque en este país nos hemos vuelto muy simples. La complejidad que vivimos nos atribuló tanto que muchos decidieron tirar por la vía de la cosmética, el disfraz, la frase ‘ad hoc’, el oportunismo. Comunista, leninista, socialdemócrata, patriota, chavista, zapaterista, ‘jiposo’, modernillo, lo que haga falta. Por un puñado (más) de votos.

En los mandatos de Zapatero se promulgaron leyes importantes. La que permitió casarse a los homosexuales, que después fue asumida por otros países socialmente más desarrollados que España. Y la de la Dependencia, para muchos la ley más democrática promulgada en este país. Y la prometida –y también imitada de seguido por otros países— salida de nuestro país de una guerra lejana que anunciaba monstruosidades cercanas. Pero fue el presidente que estableció la paridad de ministros y ministras al 50% (digo “pero” porque no puedo compartir que eso ayude a hacer las cosas mejor, sino al contrario). Y también fue durante su Gobierno cuando se negó –¿se ocultó?– la burbuja que destrozaba, silente, la estructura económica nacional; cuando a instancias de Merkel y Europa el presidente se bajó los pantalones y comenzó a recortar con urgencia el que llamamos Estado de bienestar, y cuando se salvaron bancos precipitadamente, creando un déficit público y una deuda pública galopante. Fue en su legislatura cuando se promovieron estatutos de autonomía sin control del Estado central, manifiestos repletos de bombas de relojería de cientos de páginas que todos imitaron –ah, la libertad y la tolerancia–, aunque legislaran en contra de la estabilidad de una nación poliédrica, haciendo complicada su gobernabilidad. Decir que Zapatero es “el mejor presidente de la historia de la democracia española” es bajar el listón. Preparar el asalto al ranking. Narcisista, pero lícito: todo el que opta a ese cargo desea el poder por encima de casi todo. Y en un país donde abunda la simpleza, tal afirmación tramposilla es una forma de conseguir unos miles de votos extra. Buen disparo de nuevo, señor Iglesias: varios pájaros de un tiro.