Tacho Rufino | 16 de mayo de 2013 a las 20:40
La historia se repite, y algunas grandes novelas no ya son clásicas, sino que su contenido vuelve a ser aplicable después de décadas de ser escritas. Ahora que se va a estrenar una nueva versión cinematográfica sobre la novela El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald –con el también Gran DiCaprio de protagonista–, encuentro en la prensa estadounidense una interesante reflexión sobre las desigualdades de renta y riqueza en los países (medidas por el Índice de Gini) y cómo éstas están muy relacionadas con las expectativas que las personas tienen de prosperar en su sociedad. La conclusión es estadísticamente tajante: los países con mayores desigualdades son aquellos en los que es más difícil medrar, o sea, donde existe una menor movilidad social. de entre los países analizados en la gráfica que pueden ver abajo, Estados Unidos es el caso más tristemente sorprendente: el “Sueño americano” que siempre se nos ha vendido, la patria de las oportunidades y de la gente libre, parece ser cosa del pasado cada vez más. La meritocracia que parecía gobernar las relaciones sociales en Estados Unidos también parece aguada: si tu padre es alguien, tú tienes muchas posibilidades de serlo; y lo contrario también aplica. Los países escandinavos, cómo no, son aquellos que, además de ser ricos, tienen la riqueza mejor distribuida y las personas pueden saltar en los estratos sociales con mayor facilidad siempre que le pongan esfuerzo, formación, iniciativa, creatividad y una pizca de suerte. El Gran Gatsby no sólo es cosa de los años 20 del siglo XX.

(En ordenadas, la desigualdad de renta; en abcisas, la elasticidad generacional de las ganancias)
Tacho Rufino | 15 de mayo de 2013 a las 16:19
“Esto ya lo he leído yo antes, me digo. El deja vù lo provoca en este caso un artículo de Paul Buchheit: “Estados Unidos: en 20 años, los beneficios empresariales se han multiplicado por cuatro pero los impuestos que pagan han caído un 50%. En el mismo periodo, el tipo de IRPF de los empleados se ha duplicado”. En España, el proceso es bastante paralelo. O sea, paga el que no tiene más remedio, o cobertura legal para deducir. Así no hay Sanidad ni Educación pública posibles. Ni nada que no sea privado. ¿Es lo que buscamos aquí? ¿Lo hemos pensado bien más allá de nuestras posibles poses ideológicas? Ejemplo de pose: “Yo soy liberal de toda la vida, la iniciativa privada es la que hace funcionar a la economía, hay que descargar el Estado… pero, a unas malas, al Hospital General de cabeza, que es el mejor y no pago un duro”. Por otra parte, cabe plantearse por qué las empresas tienen más escapatorias a la presión fiscal, y también para despedir y bajar los ya de por si bajos salarios.
La estructura tributaria de Estados Unidos no está tan lejos de la nuestra. A veces se nos llena la boca con la baja cualificación de nuestros universitarios, trabajadores, etc., o con la ineficiencia de nuestros funcionarios y Administraciones. Pero de la calidad de nuestros empresarios, se habla bien poco. O de sus vinculaciones con lo público. Tabúes. Las empresas españolas y, según los datos, también las americanas pagan proporcionalmente menos impuestos que sus empleados. En nuestro caso, a la creación de empleo y a la convergencia salarial hacia la Europa de referencia, ni se las espera. Y esto no es nuevo, en las vacas gordas era igual, pero con la anestesia del interior de la burbuja que nos hacía dar por bueno lo que no lo era.
NOTA. (Una lectora me envía este furibundo comentario: “Si ser empresario es tan buen negocio, ¿qué hace el articulista que no abre una empresa de inmediato?. Parece que este señor olvida que si hay 6 millones de parados es por la simple razón de que previamente han cerrado sus puertas más de 400 mil empresas. Y que este país no tiene otra esperanza de solucionar su paro que la de que aparezcan un millón de nuevos empesarios. Y está visto que pocas personas aspiran a serlo. Si tan rentable es ser empresario, ¿cómo es que no aparecen a patadas?. Menos demagogia y más coherencia, por favor”. No sé dónde en la entrada ella habrá podido leer que ser empresario es buen –ni mal– negocio. El breve artículo viene a hacer notar la tendencia de la estructuras de ingresos fiscales públicos por impuestos directos a que la parte de los trabajadores pese más que la parte empresarial, tanto aquí como en Estados Unidos. Nada más, y nada menos. Ni por tradición familiar ni por pura lógica económica se me ocurriría denostar a la clase empresarial. Pero esto es como las vírgenes de los pueblos de cada uno o los equipos de fútbol para los suppoters: no me los toques ni desde lejos, que salto y araño)
Tacho Rufino | 14 de mayo de 2013 a las 20:26
Hoy oigo que en “la regiones con mayor PIB los ciudadanos hacen más deporte”. El PIB no sólo implica crecimiento, sino que posibilita –o, alternativamente, impide– el desarrollo. Los que no creen en la necesidad de un cierto crecimiento para que una economía sobreviva dignamente tienen en esta anécdota de telediario un indicio de su ingenuidad. No hablo de los austeristas esta vez, sino de los wishfuk thinkers que creen en la redistribución planetaria, conectada en fraternos y solidarios vasos comunicantes, con viejos europeos que ofrecen parte de su queso a sus excolonias… o las de sus abuelos, mejor dicho). (“Wishful thinking”: pensamiento ilusorio. Y algo memo, añado yo).
Mallorca y Navarra son las regiones que más deporte hacen. Los avala su mayor PIB. Andalucía, Extremadura y Galicia, a la cola en ambas cosas. Consultar noticia: Europa Press
Tacho Rufino | 13 de mayo de 2013 a las 13:33
EL chivato siempre ha tenido muy mal cartel. Un arquetipo social que aprendemos a repudiar desde niños. Delatar a alguien al profesor era considerado por casi todos un acto ruin, que debía ser ocultado por el soplón para preservar su seguridad en la clase. Además, el chivato corría el riesgo de que el propio profesor lo censurara, o al menos lo despreciara de manera más o menos explícita. Somos más indulgentes con los chivatos cuando gracias a ellos se captura a criminales. Los confidentes, por eso, son tan repelentes como ecológicamente útiles, como puedan serlo las moscas, los animales carroñeros o las ratas. La literatura y el cine están repletos de temblorosos, atormentados y repelentes personajes que espían o cuentan secretos de otros, como Wiesler, el agente de la Stasi en la excelente La vida de los otros. Hay un tipo de chivato, variante bruja mala, que difunde falsedades o muy dañinos augurios sobre la honra o la hacienda de la gente. Un caso claro es el del inglés Daily Telegraph que ha sacado esta semana en su portada digital esta bomba: “España es oficialmente insolvente” [lo sabe el FMI, dicen, pero no puede decirlo públicamente], y recomienda sacar el dinero de aquí cuanto antes. Qué lindos.
El Estado menguante también se apoya en los chivatos por necesidad. “Mi vecino del cuarto izquierda no está dado de alta y vende bicicletas usadas”, “Gracias, le perdonamos el 15% de su multa”, “El 25″, “El 20 y no se hable más; firme aquí y lárguese”. Necesitamos recaudar, pero durante los años felices los supervisores perdieron la costumbre de hacer su trabajo, a lo que hay que unir que fueron poco dotados porque los impuestos entraban a espuertas en las arcas públicas. A falta de capacidad de control, buenos son los soplones.
La Comisión Nacional de Competencia (CNC) se apunta a este atajo recaudador. Este fin justifica estos medios. Según hemos sabido esta semana, la CNC va aplicar con más ganas una normativa de 2007 que establece que a los delatores de prácticas de cártel (acuerdos de manipulación de la competencia) se los tratará bien. Lo llaman “programa de clemencia” y consiste en perdonarle las sanciones personales a los ejecutivos que canten las trampas de su empresa y sus compinches. Gracias a los delatores se han recaudado 400 millones desde 2007. Trasuntos ejecutivos de Ray Liotta, ya barrigón y retirado por la policía con otra identidad al medio de la nada tras vender a sus padrinos en Uno de los nuestros: “Soy un don nadie, y me moriré siendo un don nadie”. Chivato, pero vivo.
Tacho Rufino | 6 de mayo de 2013 a las 15:30
ESTAR endeudado no gusta a nadie, aunque la mayoría lo estamos. En algunos afortunados casos, la deuda sirvió a quien la contrajo para invertir en cosas que daban más rentabilidad que el coste de la deuda: a eso se lo llama estrambóticamente en Finanzas “apalancarse”. No pocos alumnos nuevos de economía ponen cara de “otro profe con las ocurrencias” cuando se menciona en clase el apalancamiento, mientras piensan que te refieres a estar repantingado en tu sofá con tu smartphone tras una dura noche. La deuda no es en sí buena ni mala: te ayuda a gestionar tu economía o, alternativamente, te condena a no dormir bien. Hace un par de semanas supimos que los cálculos de dos economistas señeros de Harvard, Reinhardt y Rogoff, que creían identificar el gran punto en el que la deuda de un país alcanzaba un nivel que hacía imposible el crecimiento, estaban algo equivocados. Un fallito estadístico sin maldad ninguna, pero que inspiró y dio palanca a la política económica de la austeridad por la austeridad. La que ha hundido y despojado de soberanía alguna a países como Portugal o Grecia. La política económica que ha hecho que hasta los más irreductibles economistas de la ortodoxia antidéficit pronuncien las palabras “crecimiento” y “empleo”, y que Rajoy y Guindos contradigan su programa electoral en su dura negociación con Europa, pidiendo a la Europa en el machito que se abra a los estímulos gubernamentales: una cuestión de supervivencia, aunque esta semana Esperanza Aguirre haya vuelto, con su heráldica coherencia habitual, a hacer de pepitogrillo del PP: “Más recortes en la Administración Pública, desmemoriados compañeros, desde el mayor de los cariños y los respetos”. Con amigos como éstos… La deuda es algo muy denostado, pero países prósperos, incluso con economías muy distintas -como Estados Unidos y Suecia, por ejemplo-, están endeudados hasta las cejas y no pierden el sitio de privilegio ni nadie los condena a pan y agua.
La deuda es otro de los asuntos que enfrenta a los entendidos, y su frontal discrepancia en este y otros asuntos mueve al gran público a desconfiar de ellos. El bajón de la prima de riesgo de la deuda española esta semana también ha sido sorprendente y hasta esotérico, por mucho que muchos se hayan aprestado a dar las inevitables explicaciones técnicas. La deuda pública y la forma en que los acreedores tratan a sus deudores son también una fuente de asimetrías, y la Historia nos demuestra que, incluso entre los débiles, siempre ha habido clases. Unos datos. Cuando Alemania fue vencida en la guerra, su deuda externa era muy superior en términos absolutos y relativos a la de la rescatada Grecia en la actualidad, por ejemplo. La quita que le concedieron los acreedores vencedores fue también enorme: el 63%, bastante superior a la engañosa condonación aplicada a los griegos. En el acuerdo de Londres en 1953, los aliados vencedores pusieron unas condiciones a la ingente deuda República Federal de Alemania que pueden considerarse extraordinariamente generosas y radicalmente distintas de las aplicadas a Grecia. Se buscaba, más que reducir la deuda, estimular el crecimiento alemán, no condenar al paro a sus jóvenes, sino al contrario; no desequilibrar la economía del culpable alemán y mejorar aceleradamente las condiciones de vida de su pueblo (para más detalle acudir a los trabajos de Éric Toussaint). Grecia no es Alemania, claro es. Y por eso, al parecer, Grecia debe ser condenada a la exclusión y la subsidariedad. A ser un satélite lobotomizado. Si nosotros hubiéramos sido rescatados, estaríamos prácticamente en la misma senda hacia la muerte económica. Gracias a quien corresponda al menos por eso: por resistirse.
Tacho Rufino | 29 de abril de 2013 a las 15:09
ESTA semana [pasada] los gladiadores del Madrid y del Barça han sido masacrados en las arenas de los coliseos germánicos. Tuvieron dos malas tardes, una por barba y cuerpo tatuado; como no es probable que estuvieran agotados por una temporada de decenas de escabechinas de trámite en el torneo nacional, seguramente se les encogió el alma porque, con tanta coba mediática y tan fatuo encumbramiento, los hispanos y sus compañeros mercenarios se han ablandado. Nada más lejano su papelón al de Máximo, el gladiator también hispano que protagonizó Russell Crowe para un gran Ridley Scott. Parecían niños de colegio pijo contra aguerridos callejeros de periferia jaleados por sus vociferantes parientes en la grada. Las huestes alemanas -en sentido muy amplio, pues amplia era la morenez y la poloneidad en el Borussia y en el Bayern- se pasaron por la piedra a los que hasta hace cuatro días eran los dos mejores equipos del mundo. Asumiendo de antemano que el fútbol es una excelente pero aun más manida metáfora de muchos aspectos de la vida, y que este recurso toca ya bastante la nariz a mucha gente, decenas de chascarrillos, fotomontajes y extrapolaciones referidas a las relaciones hispano-alemanas actuales han invadido las redes sociales y los medios de comunicación (una de ellas, con Cristiano, Messi y Rajoy asomando apenas los ojitos aterrorizados por una trinchera, preguntándose “¿Se han ido ya los alemanes…?” es para mí la mejor). Y es que, la verdad, la debacle suele dar mucho juego.
Igual que a Merkel le hizo el trabajo sucio de su reconversión nacional un enémigo interior (el socialdemócrata Schroeder y su Agenda 2010, que estremeció al país a base de recortes sociales antes de 2006, aunque con la fortuna de coincidir con una fase expansiva del ciclo global, lo que convirtió a Alemania en campeona mundial de las exportaciones), también el fútbol alemán se reconvirtió antes que el nuestro, y esta infausta semana que ha hermanado en la desgracia a culés y merengues puede muy bien haber sido la del punto de inflexión del batacazo de nuestro fútbol. Da coraje, lo sé, pero es así. Hay que asumirlo. Columnistas de esta casa como León Lasa y Cayetano García-Borbolla han glosado el escenario del fútbol español inflacionado y ante el abismo, por lo que sólo diremos aquí que, probablemente, la avaricia de los dos clubes grandes-grandísimos de este país, unida a la comodidad informativa centralista catalana y madrileña, han propiciado la emergente situación del fútbol alemán. Una bundesliga que presenta los rasgos que, si nuestro deporte rey subsiste, deberá buscar una vez pasado el calvario tras ver estallar la burbuja televisiva y de salarios de los peloteros. ¿Les suena? Pues paralelismo agotado.
Podemos tirar del chicle de la comparación, y elucubrar sobre si la primera declaración que se recuerda a Merkel acerca de la política monetaria del BCE no tendrá que ver con esa soberbia suavizada por la victoria ante los insolentes nuevos ricos del fútbol español. La canciller no dice en público lo que el BCE tiene que hacer con los tipos de interés que tanto afectan a nuestra hipoteca, simplemente dispone detrás del escenario. El jueves, sin embargo, Merkel se vino arriba ante los micrófonos, y se sintió magnánima por un día: “Prefiero que el BCE suba los tipos de interés porque conviene a Alemania… pero para otros países realmente debería hacer lo contrario para que hubiera liquidez disponible para la financiación de empresas” (y, de paso, que no nos suban la cuota de la hipoteca). Gracias, Angela, eres un ángel. No nos des más tormento. Deja los tipos de interés, permítete un riesgo de inflación que, seguramente, para nuestra maltrecha economía particular sería muy benéfica. No ganes siempre por goleada.
Tacho Rufino | 22 de abril de 2013 a las 12:36
HACE unos años un artículo en The Economist, visto a toro pasado, resultaba profético para nosotros, aunque no nos dimos cuenta de ello, como de tantas otras cosas. Se titulaba El ciclo del lavado de cerebro, con ese desparpajo ajeno a convencionalismos y repleto de ironía que caracteriza a la revista inglesa. Proponía que los emigrantes polacos al Reino Unido contaban con grandes ventajas: su cultura era de raíz cristiana y compatible con su lugar de destino; su aspecto los mimetizaba en su nuevo entorno -lo cual es otra ventaja a la hora de emigrar-; su laboriosidad, repelencia a la conflictividad gratuita y general discreción convertía a sanitarios, técnicos, cuidadoras de niños, albañiles o financieros polacos en gente idónea para empresas británicas. Una parte -la demanda de empleo- huía del marasmo económico y la falta de expectativas, y contaba con formación; otra -la oferta-, necesitaba fuerza de trabajo a cualquier nivel. Ambas partes confluían en un precio -el salario- mutuamente satisfactorio. El emigrante consolidaba su formación, obtenía contactos en el primer mundo, enviaba dinero a su país y, deseablemente, volvía a él con el tiempo, contribuyendo a su mayor desarrollo y, quizá, generando un circuito comercial con Gran Bretaña y, de allí, con otros países. Un círculo virtuoso.
Nunca pensé que esta idea fuera aplicable a nuestro país, y menos tan pronto. Alemania, Canadá u Holanda son demandantes de mano de obra joven y suficientemente cualificada española, sobre todo técnicos. Lo he experimentado en mis sorprendidas carnes esta misma semana. Un holandés errante, que recala mucho en Andalucía, me ha pedido que le ayude a captar licenciados españoles -inglés indispensable, ¡ay!- para ser contratados por empresas de su país, con las cuales mantiene contactos por medio de una agencia de empleo. “Unos 2.500 euros para empezar, condiciones como las de los holandeses, mucha demanda: la pirámide de población de mi país provoca una gran cantidad de nuevos jubilados que dejan mucho espacio laboral vacante”. Esperemos que muchos andaluces altamente cualificados pero desesperanzados encuentren el inicio de su propio círculo virtuoso profesional en Holanda y otros destinos de un primer mundo del que, ya y de momento, somos subsidiarios. No sabe uno si alegrarse o suspirar con resignada amargura. Cabe plantearse cuál es en este nuevo orden de cosas el papel de nuestras universidades. El de todo un país. Ánimo, suerte y mucha ilusión para nuestros ilustrados emigrantes. Que vuelvan pronto.
Tacho Rufino | 22 de abril de 2013 a las 12:33
LA mayoría de los niños se crían con una doble jerarquía educadora, el padre y la madre. Esto no es en sí ni en todo caso bueno o malo, tampoco biológico ni artificial. Es, eso sí, un hecho muy extendido en el mundo de los humanos, sobre todo en el llamado todavía primer mundo. En algunas empresas grandes se dio durante una época una moda organizativa llamada estructura matricial, que reproducía esa dualidad, de forma que un empleado en la Philips o en Induyco podía tener que reportar -ustedes disculpen el tecnicismo- a la vez a un jefe funcional y a uno de mercado; por ejemplo, depender del director financiero con igual nivel de dependencia que del director de zona. Esto rompía el principio de unidad de mando que hizo dogma el francés Henri Fayol, y tuvo su predicamento en la práctica del management, aunque muchos empleados sentían que esta modernidad papá-mamá laboral les complicaba la existencia. Cabe decir que a muchos niños también les ha complicado mucho la vida la doble autoridad, aunque en esta opinión puede que tenga que ver que quien suscribe disfrutó demasiado poco tiempo de su padre. Ahora, España se ve atrapada en la red matricial, con unos padres repentinos que tienen gran poder sobre ella, pero no le profesan cariño alguno. Sólo sienten miedo al daño que nuestra mala deriva les pueda causar a ellos. Mamá Europa, papá FMI.
Esta semana nos han dado la de arena; nos han vuelto a llenar los ojos de arena, en concreto el FMI. Ya lo sabrán: nuestro sufrimiento nacional no ha sido suficiente, y las perspectivas del Fondo Monetario Internacional -¿por qué abandonaste, Rodrigo, con lo patriota que tú eres?- dirigido por la chic dominatrix de Christine Lagarde, son malas sin excepción en su visión de España. Deuda, déficit, paro, crecimiento: todo seguirá profundizando en el fango. Para evitarlo, según prescribe el Fondo y quiere que creamos, más castigo, más autoflagelo y mutilación, más cuarto oscuro de los ratones. España anda desmotivada y confundida, paralizada. Las exportaciones, la asignatura que mejor se nos daba de pronto tras años de gran tono del binomio consumo-crédito, también languidecen por el encogimiento del bolsillo de los mercados de nuestros abaratados productos.
España ya no depende de sí misma. Su capacidad de hacer política económica e intervenir en las heridas nacionales es menor que nunca desde que uno tiene memoria. Aunque es fácil decirlo ahora, habernos echado en los brazos de poderosas entidades supranacionales, como la muy benéfica Unión Europea de hace dos décadas, nos pasa factura ahora. Sólo queda pelear en la negociación, decirle a papá y a mamá que les puedo hacer la vida imposible como sigan tratándome con tal severidad, rigor y falta de afecto. Los castigos no pueden ser indefinidos. Los políticos nacionales con opciones de gobierno deben evitar que España se convierta en un país satélite sin más futuro que vivir para pagar y para ser destino de inversores inmobiliarios oportunos y visitantes en bermudas, como puede estar sucediendo con Portugal, otra culpable propiciatoria, y aun más desgraciada que nosotros por su menor capacidad de daño en la caída.
De nuevo, debemos animar a Rajoy y a Guindos a resistirse hasta la misma muerte a ser rescatados. El rescate es el colonialismo intraeuropeo contemporáneo, la entrega de las llaves. Si España hace tan bien los deberes, pero en opinión de los supertacañones (el finés Rehn, el neerlandés Disjebloem, la teutona Merkel y hasta la gala Lagarde) esto no es suficiente, es claro que la terapia es ya poco adecuada y que debilita más que cura. Lo único importante para el directorio en vigor es que devolvamos la deuda, pero ésta no para de crecer. La voladura del euro o la creación de una alianza de perdedores desesperados son estrategias de alto riesgo. Hay que decir no a papá y mamá. Con todo el amor que nos quede. E incluso sin amor ninguno.
Tacho Rufino | 16 de abril de 2013 a las 22:08
UN buen amigo cree que el recorrido de su matrimonio ha llegado al límite tras muchos años. El deterioro de la convivencia con su pareja no sólo produce frustración, según cuenta: “Ella me dice que no me conoce; yo he pasado de la permanente insatisfacción a algo parecido a la repelencia. Ahora siento indiferencia, y unas ganas animales de salir corriendo de casa para no volver”. “Pero, ¿te lo puedes permitir?”. “Uf. No. Ahora, no”. “¿Y qué piensas hacer?”. “Aguantar y planificar mi huida sin anunciarla para no perjudicarme”. Un clásico de nuestro tiempo: siendo verdad, como decía la canción, que cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana, el amor se va, pero el cuerpo se queda porque no hay más remedio. Pocos pueden permitirse hoy una separación sin percibir el tufillo podre de la pobreza, si no de la indigencia. No es una cuestión de amor, sino de renta y patrimonio, precedida de una creciente distancia entre los intereses de las partes. El desamor de las organizaciones, familiares o empresariales, fuerza la negociación. Pero llega un momento en que las diferencias y el hastío -si no el odio- son tales que la separación es inevitable. La cuestión es organizar la voladura. Hablamos de amor como podemos hablar del euro, y hasta del proyecto de una Europa común.
La historia del norte, la historia del sur. Hay un bloque de países cuyo interés en la unión monetaria es a día de hoy justo el contrario que el del otro bloque. El guión es archisabido: austeridad frente a crecimiento; acreedores frente a deudores; prósperos frente a depauperados; hormigas frente a cigarras. Como en las parejas, quizá si todo -el euro- se va a hacer gárgaras, empezaremos a valorar los intereses comunes, los recíprocos y los compatibles. Pero de momento, la impresión que da el panorama negociador es de impotencia insuperable de las partes para reciclar la relación. Si a eso le unen las elecciones de cada país, una tras otra, melones por calar, la cosa es complicada: 17 democracias para una sola moneda (por cierto, la idea de sincronizar las elecciones de todos los países miembros gana adeptos. Entre los políticos, no).
La desaparición del matrimonio de los aún juntos Srs. Del Euro viene siendo glosada en cada crisis interna, de deuda, financiera o institucional. El recurrente debate está en este momento rebrotando. Muchos alemanes, por ejemplo, quieren volver al marco. Los porcentajes de antieuristas van variando con el viento. La semana pasada el magnate inversor estadounidense George Soros recomendó a Alemania que aceptara la creación de los eurobonos o, alternativamente, abandonara el euro si persiste en no querer mitigar la crisis de deuda y el enfrentamiento actuales. Según Soros -para muchos un “inversor socialista”, para muchos un tiburonazo dañino, qué más da-, Alemania no tiene derecho a evitar que los países altamente endeudados “escapen de su miseria” y se perpetúe la “subordinación de los países deudores”. Para España, abandonar el euro traería muchos desastres: a pesar de poder devaluar la Nueva Peseta y con ello compensar la tiesura interna con baratas exportaciones, nuestra enorme deuda seguiría devolviéndose en euros o dólares, algo insostenible. Nos veríamos abocados a decir a los acreedores: “Lo siento, no te puedo pagar todo, a ver qué hacemos”. Nuestros acreedores, en buenísima parte bancos españoles, ay, aceptarían una quita, pero habría que olvidarse de captar prestamistas. Llevaría tiempo levantar cabeza, puede que una generación. Ya separados y curtidos en la dureza de la soledad, quizá “reharíamos” nuestra vida como nación soltera. Qué pereza tan grande. Habrá que negociar y apretar los dientes y comerse el orgullo. ¿Por cuánto tiempo? Quién sabe. Nadie dijo que fuera fácil…
Tacho Rufino | 16 de abril de 2013 a las 22:05
EN la treintena comenzamos a ser llamados de usted, y a algunos eso les fastidia. Sobre los cuarenta, todos los jóvenes ya te hablan de usted si se dirigen a ti sin conocerte. Incluso las personas más coquetas, los peterpanes más irreductibles y, en general, la gran cantidad de gente que, como buenos animales, obvia por sistema que aquí estamos de paso, comienza a aceptar que es normal que ya te den ese tratamiento de respeto a la edad. De mayores, muchas personas tienen que soportar que se dirijan a ellos en la panadería, el autobús o el ambulatorio como si hubieran vuelto a ser niños: “Abuelo, ¿cómo estás tú hoy, precioso?”. Antes, a los cincuenta puede ser molesto que te tutee cualquiera; es una edad en la que uno puede estar dejando atrás el último puerto de primera categoría de la escalada de la vida. A partir de ahí, comienza el descenso, y hay síntomas objetivos, incluso comerciales, de que eso es así. Me explicaré.
Servidor, que está ingresando en su quinta década, no para de recibir llamadas de intensos operadores de call centers a horas intempestivas, peticiones de bancarios cercanos y publicidad personalizada (mejor, dirigida a mi nuevo segmento demográfico y socioeconómico, el club de los cincuenta) para que suscriba seguros de vida. Son como pequeñas bofetaditas de realidad, de esa realidad esencial que es el paso del tiempo. No es que uno no quiera cumplir años, cosa muy sana; es el fastidio del acoso marketiniano. La versión contemporánea del Memento mori (“Recuerda que eres mortal”) que un esclavo susurraba al oído del César victorioso es el hostigamiento para que suscribas seguros de vida a esta edad. Las técnicas de venta son empáticamente agresivas, con veladas amenazas: “Uno no sabe cuando puede ponerse enfermo o sufrir un accidente, señor Rufino”; “Conocerá casos a su alrededor, es ley de vida”; “Puede usted tener una segunda opinión del mejor doctor del mundo”; “Si hay que ir a Houston, se va usted a Houston”. Y aquí paz y después gloria, añadiría uno.
Un amigo médico me ha sugerido un antídoto a esta forma algo chantajista de televenta: “Tú lárgale a la operadora una larga lista de males tuyos: dientes que se licuan, pelos radiactivos en el oído de componente totalmente hereditario, fracturas oculares reicidivantes y varios penosos males de origen desconocido”. El lunes, cuando, solo ante el cenizo, descuelgue el teléfono camuflado que ya conozco, se va a enterar.