Calando el melón municipal

Tacho Rufino | 22 de junio de 2015 a las 16:36

AUNQUE ya las sandías han elevado su estatus y ya no se anuncian en la cuñeta, sino en la televisión en prime time, y los melones -oh milagro- siempre salen dulces y nunca apepinados, el dicho sigue vigente: “Es un melón por calar”, para situaciones o personas en las que no depositamos confianza, o bien corren el riesgo de no dar la talla en una encomienda. Eso sucede con muchos de los ayuntamientos constituidos de manera poliédrica tras promiscuas negociaciones. En cuanto a cómo se van a gestionar los ayuntamientos, el caso de Podemos y sus franquicias territoriales es el más llamativo, aún más que el de Ciudadanos, que puede considerarse más previsible y pospepero. Uno, particularmente, solicitaría al frutero que calara el melón podemeño antes que el riverino. La realización de promesas, planes y programas debe luchar ahora contra la cruda realidad. Los planes y los programas con tiempos y recursos no existen aún: es pronto, cierto es. Lo que hay son declaraciones de mayor o menor calado y anécdota. Comentemos alguna con el ojo crítico de la organización y sus estructuras. Y del poder; el poder con mayúsculas. El poder político no lo es todo en una sociedad desarrollada: está sujeto a limitaciones, resulta obvio decirlo, pero conviene recordarlo ante las actitudes de unos y otros. Se impone la gestión posible, o sea, la política. Vaya esa premisa por delante.

Manuela Carmena probablemente se haya comido un equipo de surbordinados -con perdón- cuyo proceso de selección tiene más que ver con el amortizado Monedero que con su propio criterio. Y eso es de entrada un hándicap organizativo grande: apuesten a que Carmena no conocía prácticamente de nada a Zapata, el de los famosos tuits. Carmena es inexperta en gestión, pero pragmática -ha sido poderosa jueza- y ya ha dicho “no” al banco público: los objetivos están sujetos a restricciones. Carmena ha dicho que no se pueden parar los desahucios así como así: hay que negociar y regular. Por las bravas, todos jodidos, y más las familias hipotecadas y endeudadas. Y Carmena ha levitado organizativamente al proponer que las madres hagan cooperativas para limpiar los coles de sus hijos y se ganen la vida con un empleo digno y “de cercanía”. ¿Por qué no padres, si predicamos la igualdad de género?¿Y qué hacemos con quienes ocupan esos empleos ahora? Por no hablar que las cooperativas de servicios -no todas, y no las agrícolas, por ejemplo- de muchos socios son un polvorín en la práctica, donde las decisiones críticas suelen tomarse tarde y peor que bien, y alimentan liderazgos informales abusivos por parte de los trepas, gran prototipo humano de cualquier ideología (habita también en cualquier estructura asamblearia y democrática, ojo).

El Ayuntamiento de El Puerto, también en la órbita de Podemos, pide gente que eche una mano en Economía. Que se abstengan economistas titulados de reconocida trayectoria. Piden madres y jubilados que quieran echar una manita. ¿En qué? En la valoración de inversiones, el control del gasto, su recorte o expansión, en los planes de tesorería, la gestión financiera, la negociación con proveedores y todo lo demás. La demagogia -y esto lo es, aunque tenga su puntito de arte- no está todavía en los manuales de gestión.

Kichi González, alcalde de Cádiz, recluta economistas low cost. Sin darse cuenta, con la simbólica indexación del salario de estos técnicos al salario mínimo -o sea, dar un sueldecillo y una alta responsabilidad a la vez- no sólo ahuyenta a los mejores, sino que presiona a la baja a los salarios públicos, que en este plan está servida: Rosell, de la patronal, no lo hubiera hecho mejor: debe de estar haciendo palmas. “¿Cómo va a ganar un barrendero más que un gerente de su empresa municipal? Bajemos los salarios del barrendero”. E così via: todos reducidos. La realidad está a la vuelta de la esquina. No seamos melones. Ejerzan el poder con más cabeza que lengua. Yo, desde luego, se lo ruego a ustedes.

Pedro Sánchez, ‘bilderberger’

Tacho Rufino | 22 de junio de 2015 a las 16:32

UN viajero que se viste por los pies debe comprarse en su destino más o menos selecto -Manhattan, Marina D’Or, según- una camiseta de las que proclaman “yo estuve allí, lo sepas”. Pedro Sánchez, profesor de universidad de la madrileña Camilo José Cela y líder socialista español, se hubiera sin duda comprado una donde se viera claramente: “Club Bilderberg. Theft, Osterreich 2015″. “¿Pedro, eso de la camiseta qué es?”, le preguntarían en el chiringuito este verano, a lo que él respondería: “No lo vas a comprender, ya te informas por Wikipedia, coge sardina ahí”. El Club Bilderberg pasa por ser el foro de máxima exclusividad, influencia y secretismo del mundo. Una logia de escogidos, que deben jurar confidencialidad sobre lo tratado en sus reuniones, siempre en lugares de difícil acceso para curiosos o reventadores de eventos que organizan los poderosos ajenos al mundanal ruido (pero que controlan casi todo el ruido mundial, y gran parte de las nueces). Sus análisis prospectivos, las megatendencias que detectan los bilderbergers y sus recomendaciones inspiran al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional; eso se da por hecho, pero los miembros lo mantienen en la oscura incertidumbre para las criaturitas normales. Es que lo han jurado, vaya, no es su culpa tampoco.

Sorprendentemente, Sánchez estaba invitado a la última reunión anual de ese hermético club, una encerrona de cuatro días en plan Isla de los Famosos, pero sin ser tan populares como nuestros televisivos isleños. Iba a ser uno más entre ciento treinta, privilegiadamente informados, plutócratas y grandes financieros, presidentes de compañías de referencia global, jefes de servicios de espionaje, presidentes de gobiernos… y Pedro. Pero la invitación era una patata caliente, un regalo envenenado, y la declinó a última hora (hasta le fecha no se sabe quién decidió invitarlo a él, entre Michael O’Leary, el de Ryanair; el ex jefe de la CIA o Ana Patricia Botín). Y el apuesto jefe de nuestra menguante oposición debió pensar que para un izquierdista razonable como él no era el momento de andar con gente tan poco socialista: no está el patio como para seguir aguando y enturbiando la definción estratégica del PSOE. Y pidió ir de medio pensionista, un par de días. Y, claro, le dijeron: “No, muchacho, no”. Otro siglo será.

Ambicioso amor. Papis ‘aspiracionales’

Tacho Rufino | 15 de junio de 2015 a las 18:01

POCAS creencias tenemos tan interiorizadas como la de que quienes nos dirigen saben lo que hacen. Lo cual es un acto de fe de lo más gratuito, porque no suele ser así: a esa vana certeza se le pueden oponer rasgos tan humanos como la incompetencia, la crueldad o la codicia: en el cuartel, en el patio de la escuela, en la hermandad o la peña, en la empresa, en las instituciones. O en la propia familia. Cuando -guiados por una combinación variable de instinto, amor y borreguismo atávico- muchos nos convertimos en padres y madres, nuestras decisiones y errores no sólo nos afectan a nosotros mismos o a personas de presencia pasajera en nuestra vida, sino que comienzan a manosear esa plastilina que se va petrificando llamada personalidad, la de los hijos, su visión del mundo y su adaptación a él. Padres y madres autoritarios, o metódicos y coherentes, o indolentes, o acomplejados, o decentes, o coleccionistas de relaciones, o superprotectores, o de personalidad radiactiva, ésa que a veces llaman “fuerte”. O demasiado ambiciosos. Hay mucho debate en inglés sobre los aspirational parents, padres ambiciosos y en casos también pretenciosos con respecto a la educación de sus hijos, que acaban por dañar la capacidad de ellos de vivir en paz con lo que les rodea. (Evitaremos el objetivo paternal de conseguir que los hijos “sean felices”: tal cosa arriesga fabricar pequeños dictadores de por vida, o alternativamente, esclavos de los demás, dicen algunos expertos.)

Los que podemos llamar padres ambiciosos -“aspiracionales” lo dejamos con gusto para los congresos de Psicología-son más peligrosos en el mundo de hoy: el taylorismo digital, la creciente impermeablidad de clase y la pauperización laboral hace que preparar hijos para el éxito, la élite y el poder no sólo contenga en sí el monstruo de la insatisfacción permanente, sino que sea un afán cada vez más vano. Sólo aquellos verdaderamente posicionados en la élite -pongamos el 1% de la población- podrán asegurar elitismo a sus hijos: tal pretensión es hoy mucho más complicada de realizar que hace apenas dos décadas. En el camino, los padres ambiciosos -de verdadera élite o de mera aspiración- sustraerán a sus hijos buena parte de la niñez, la ternura familiar, el pequeño logro, el trabajo realmente retributivo. El carpe diem, fulminado en la casilla de salida: “Nunca disfrutes el momento, es de débiles.”. Las cosas buenas de la vida suplantadas por el olímpico citius, altius, fortius: más lejos, más alto, más fuerte, así todos tus éxitos te llevarán a un nuevo reto. Un perverso perpetuum mobile (mi latín casi acaba ahí). Como diría un joven de hoy, “un pa na“.

Lagarde, glamur y castigo en el FMI

Tacho Rufino | 15 de junio de 2015 a las 17:54

EL Fondo Monetario Internacional (FMI) ha estado dirigido en su historia reciente por tres sujetos de dudosa honra, y con mala reputación. Dominique Strauss-Kahn es un putero de renombre, émulo organizador de orgías para poderosos de aquel plutócrata interpretado por Sydney Pollack en Eyes Wide Shut, sobrecogedora película de Kubrick. Diversión que a uno, particularmente, no le parece bien ni mal mientras que no salpique, agreda o robe para montar el evento. Ha estado procesado y conminado a dimitir de varios grandes tronos -incluido el del FMI- por proxenetismo, desvío de fondos y agresión sexual. A Strauss-Khan le precedió uno de los grandes bluff de nuestra democracia reciente, Rodrigo Rato. Rodrigo Rato, en el FMI, no sólo no se percató de nada de la que se nos venía encima en los años previos a la crisis, en los que el FMI emitió informes absolutamente inválidos y nocivos para cualquier política económica, sino que dio una monumental espantada del cargo. Españolitos, sólo Samaranch y Solana han estado en cargos planetarios de ese calibre, pero Rato apeló a la morriña de su familia y volvió (¿por qué le llaman familia cuando quieren decir Lazard y, finalmente, Bankia?). Gran defraudador y doloso mal gestor, si no acaba pisando prisión, dudaremos de todo un poco más aún. Tras Rato y Strauss-Kahn vino Christine Lagarde, de nuevo francesa, quien pasa por ser -en este caso, sí- una mujer muy capacitada, aunque también está imputada por negligencia y por favorecer millonariamente a un empresario siempre saltando a un lado y otro de la raya, Bernard Tapie. Éstos son los bueyes con los que ara el gran árbitro financiero mundial, el FMI.

Lagarde es elegante, atractiva por su esbeltez madura, su canosa naturalidad y su sencillo atuendo de fina coiture. Y Lagarde es castigadora también. Ella es una divinidad terrena de la ortodoxia económica. Es inflexible con los países con problemas, como la mayoría de los “ortodoxos” que están forrados (la ortodoxia económica excluye de su credo y de su praxis ninguna veleidad humanitaria: lo suyo es la cirugía, con poca anestesia). A la economía española le ha dado recientemente alguna de cal: en uno de sus informes, hace un par de años, se sobró, y nos dio árnica y calor diciendo que, a pesar de lo poco que otros decían que íbamos a crecer, el FMI vaticinaba un crecimiento mayor. Oráculos que combinan cócteles de números tiene la economía. Sin embargo, Lagarde, su FMI, ha dado a España sobre todo recetas implacables. Mucha arena, para que la tropa no se les confíe. Que “los ancianos son un riesgo para la economía”. Cumples años, y te conviertes en un riesgo, viejo malo. Son visiones, como diría un analista aséptico: cada uno tiene la suya. Lagarde, por mencionar otra visión suya, cree que bajar más aún los bajos sueldos es el mecanismo básico para poner a nuestro país en su sitio. En cuanto a la legislación laboral, su receta es:  ninguna.

En la línea de aquellos políticos alemanes que reclamaban que España vendiese su oro, sus playas, obras de arte y monumentos para hacer frente a su deuda pública y exterior, Lagarde ha pedido esta semana que nuestro país siga abaratando el despido -¿quién da más, digo, menos?-, que se incremente el IVA y el copago en sanidad y, cuidado, educación, y que se confisque el ahorro privado de los españoles para hacer frente a la deuda nacional. Muy poco liberal sin que sirva de precedente: expropio lo privado para hacer frente a lo público, y más impuestos. La eutanasia. Me pregunto qué pensarán aquellos liberales españoles que están en el taco. Tenemos un grave problema de deuda, por supuesto. En el caso de los bancos y las empresas arruinadas se permite superar esos problemas mediante quita y espera: que pague una parte el acreedor. Pero a la gente, caña infame.

Ingeniero en Paseo de Cánido

Tacho Rufino | 15 de junio de 2015 a las 17:49

“Las horas de trabajo cada vez tienen menor que ver con el salario; el empleo en occidente cambia de rasgos radicalmente”

“El trabajo pesa cada vez menos en la renta nacional: ‘no importante, igual a barato’”

Lo contaba Christopher Cross con su voz atiplada, lo cantó con su voz de no-cantante David Martín: nada volverá a ser como antes, nosotros tampoco. Los síntomas son múltiples: sociales en general, laborales en particular… electorales. Nuestra civilización nunca ha dejado de cambiar, y en algunos casos, los cambios han sido drásticos, o sea, rápidos: eso es una crisis. España necesitaba un ajuste en salarios y en precios, nos dijeron, y era verdad, aunque lo de los precios, ya si eso, otro año. ¿Qué hemos tenido como contrapartida, aparte de regatear la bancarrota? Contracción y desempleo, mayor número de pobres, más economía sumergida, recortes en las prestaciones sociales, mayor endeudamiento exterior para paliar la sangría de un déficit que no cesaba: conocemos bien el cuadro clínico del país durante al menos siete años. Nuestro nuevo empleo es extremadamente mal pagado en la mayor parte de los casos, los impuestos –era mentira, y lo sabíamos—no bajan más que cosméticamente y ante las citas electorales, las empresas de referencia españolas son menos y más grandes proporcionalmente, las brechas salariales son descarnadas: mucho paria, poco brahmán. ¿Queremos consolarnos tontamente con el mal de muchos? ¡Podemos! Vamos a ello.

Hay síntomas globales –es decir, que se presentan también en Nueva York o Londres—de que la pasada crisis financiera, junto con el vértigo tecnológico y los meros relevos generacionales han impuesto unas pautas de relaciones económicas y laborales que no las conoce ni la madre que nos dio a luz. Esta semana, el profesor Peter Fleming publicó en The Guardian un artículo (No nos pagan lo que valemos) en el que presenta el nuevo orden de cosas con un ejemplo demoledor: los paseadores de perros de rico en Londres cobran mucho más que la media nacional, ¡casi un 50% más! Y, ojo al dato, que diría Butanito: trabajando la mitad de tiempo. Asistimos a una eclosión de empleos basura, especialmente en el sector servicios. Pero es que, además, es evidente que la relación entre empleo y salario está ahora regida por un nuevo principio, una nueva pauta. El número de horas que uno trabaja dejó de ser el factor clave. También la cualificación: miles de ingenieros trabajan para grandes compañías por un puñado de euros. El estatus social también ha metamorfoseado: pasear perros en Londres, ya lo vemos, se remunera mejor que ser una enfermera cualificada.

Sucede que los salarios en realidad están congelados de hecho en buena parte del mundo occidental desde los años 80 del pasado siglo: de hecho, las rentas salariales cada día pesan menos en el PIB de los países de nuestro entorno. Nuestro trabajo no es tan importante, y lo que no es importante tiende a ser barato. A mayor abundamiento en el triste destino de la cuenta ajena, muchos servicios antes cubiertos ‘públicamente’ fueron privatizados, y esto casi siempre –allí o aquí—suele implicar un mayor coste para el consumidor. La cara no-oculta de este escenario cangrejero, si no retrógrado, es la vergüenza de los salarios y bonus que perciben los altos ejecutivos –los altos-altos—y no pocos empleados públicos, empezando por muchos políticos, que no han sufrido recortes de consideración comparados con los de los empleados de tropa y mando intermedio. Según Fleming, y aparte de los ricos de cuna y otros rentistas, hay una franja salarial galáctica, a la que sigue una segunda franja que trabaja para ellos. Y luego viene el 99%, que cobra lo justo para ir tirando (los parados también se incluyen aquí). Sucede que es precisamente en esta franja donde se realizan los trabajos más importantes socialmente. Si es que eso de “social” no es algo carpetovetónico y significa algo valioso, que puede que más de uno estemos completamente engañados sobre esto, y lo valioso es pasear erros de ricos.

El lado luminoso y el lado oscuro

Tacho Rufino | 15 de junio de 2015 a las 17:25

“Como en la ‘Guerra de las galaxias’, en la economía hay soldados de la luz y de la oscuridad”

“Musk, el genio de Tesla,, afirma que las vacaciones son malas para la salud”

El bien y el mal, la dualidad enfrentada, configura un esquema clave—aunque maleable en cada conciencia– para interpretar la vida, el comportamiento de las personas y la propia Historia humana. Nuestro perro de presa dentro del partido político, el leñero oficial del equipo, el payaso malvado y el poli sin piedad van de la mano de la cara amable entre los correligionarios, del Butragueño exquisito y hasta empalagoso, del Charile Rivel calvo y loquito, del agente de color o gordito que atempera a Harry el sucio: la vida misma; sin mal no habría bien, o eso nos vienen a enseñar desde pequeños. En La guerra de las galaxias, película de cult0 y fuente de merchandising y friquis donde las haya, el Lado Luminoso de la Fuerza se asocia a la creación y la vida y a quienes se encuentran en él, gente “con valores”, compasiva y vulnerable, mientras que el Lado Oscuro produce muerte y destrucción, y sus soldados son siniestros e implacables. El Lado Oscuro, además, engancha, como engancha a la gente la codicia y el poder rápido y en vena. En el mundo económico y de las empresas también nos topamos de vez en cuando con representantes de un lado y otro.

El Lado Luminoso. Richard Buckminster Fuller, aparte de tener un nombre de una vez, fue un diseñador e inventor visionario estadounidense que, además, en economía y otras disciplinas es reconocido por ser un puntal en la teoría de sistemas. Cuando la tecnología digital estaba en pañales, él dijo esto: “Ahora es altamente factible cuidar a todo el mundo en la tierra proporcionando a la gente a un nivel de vida que superior al que hubieran conocido en su vida. Ya no tiene sentido el “tú contra mí”. El egoísmo es innecesario y a partir de ahora puede ser descartado como principio de supervivencia”. En esa misma línea que se enfoca a la eficiencia en el uso de los recursos y a un mandato humanitario ecuménico, el documental Zeitgeist, rodado por Peter Joseph en 2007, afirma que es posible una sociedad justa y abundante con la tecnología y recursos disponibles, sin necesidad prácticamente de trabajar. Es el trajín del intercambio y la lucha comercial, según Zeitgeist, lo que maltrata a grandes capas de la población de la tierra. La diferencia con Buckminster es que éste, hasta donde uno sabe, no propone la férrea planificación centralizada para lograr el paraíso y la justicia en la Tierra, y Zeitgeist sí. Pero en ambas propuestas hay luz. Otra cosa es si esa luz es producto de la alucinación, o si de verdad tal cosa es de veras factible.

El Lado Oscuro. Quizá usted como yo cree que Tesla, fabricante de coches eléctricos viables y baterías apilables del futuro, es una esperanza y una alternativa para la producción y consumo de la energía en el planeta, y por eso los lobbies energéticos lo temen como a vara verde. Su inventor e impulsor empresarial vive en Silicon Valley, y es un joven genio de la tecnología y la empresa. Se llama Musk, que significa almizcle. Hasta ahí, luminoso: nunca mejor dicho. Pero el triunfo arrollador en la vida es muchas veces incompatible con el equilibrio, la mesura, la humildad e incluso con la sensatez: Memento mori, le repetía el ilota a César triunfante; bájate del carro. Digo esto porque Musk afirma que” las vacaciones son malas para la salud”, Él ha dicho esto: “Si uno quiere cambiar el mundo no puede tomarse tiempo libre ni para ir a ver a su hijo recién nacido”. Realmente, y arriesgando ser injusto si quiso decir otra cosa, se puede ser a la vez un genio y un gilipollas. Creerse Dios es un claro síntoma de este cóctel contradictorio. Gente siniestra, rodeada del relumbrón de los illuminati y del polvo que rodea a las estrellas. Si nos va a salvar, Musk, no nos metas miedo yéndote hacia el lado oscuro.

Nepal y la inmisericordia

Tacho Rufino | 20 de mayo de 2015 a las 19:02

CORRÍA el año 1997, y un largo viaje por el norte de la India nos llevó sin programa previo a Nepal. Katmandú impresionaba mucho al forastero entonces porque, a pesar de ser la capital del país, mostraba gran ingenuidad y poca malicia en los comportamientos de la gente, que nada tenían que ver con el tremendo despabile de la gran masa de buscavidas que poblaban Delhi o Agra en el vecino gigante al sur. Los propios animales estaban integrados en los barrios; monos traviesos y ladrones, buitres y águilas que contribuían a la limpieza urbana. Los innumerables templos de variadísima concepción e indescifrable sentido religioso para mí resultaban de una belleza serena e inesperada. No en balde el único estado monárquico hinduista del mundo -algo ya de por sí naif- había estado cerrado hasta los años 50 al mundo exterior, cuando los montañeros occidentales y japoneses comenzaron a ir a acometer los legendarios picos de la gran cordillera del mundo, el Himalaya, que se extiende por la propia India, Afganistán, Pakistán, Bután y otros países, aunque ninguno de ellos tiene la concentración de montañas y cumbres míticas que alberga Nepal. Un plegamiento de terreno múltiple y brutal que se formó por el choque del subcontinente indio a la deriva contra la placa eurasiática, lo que a su vez originó dos grandes caras, norte y sur, radicalmente distintas: la estepa desértica al norte; la feraz cuenca del Ganges, donde desagua el Himalaya, al sur, un vergel sin par. Nepal es un pequeño país de imposible orografía, encerrado, para colmo, entre dos potencias expansivas: India y China, invasora del Tíbet. Uno puede entrar en Nepal por la frontera con india en Sonauli y al poco adentrarse en una exuberante jungla tropical, en la que puedes divisar la cordillera el macizo del Annapurna, helado e imponente, mientras que en primer plano una familia de rinocerontes se solaza en una charca. Yendo hacia el norte, una pobreza menos envilecida –aunque mayor– que la de la India se adueña de un país cuya geografía es incompatible con cualquier estrategia comercial nacional, con cualquier ventaja comparativa que uno pueda desear para un territorio: allí no se puede cultivar nada en condiciones más allá de la supervivencia, las infraestructuras son tan precarias como también esclavas del terreno, y no se cuenta con materias primas o minerales importantes. En Nepal, la montaña es el principal recurso, y no sólo dirigido a alpinistas experimentados. Aunque el turismo es en sí perturbador: sólo necesita tiempo para aguar la realidad, empantanarla y adaptarla al turista, y más en los sitios recónditos o imposibles para la vida humana. Y así podemos ver en la televisión cordadas de decenas de personas que suben, como pequeños escolares de la mano visitando un museo, a un sietemil sin tener ni pajolera idea de los riesgos que corren (por no hablar de lo ridículo de la escena): todo por un “yo estuve allí”.

Sin llegar al paroxismo turístico de alcanzar con una agencia al campo base del Everest a modo de hazaña, yo, sí, también estuve allí, haciendo un trekking legal (todos los itinerarios buenos lo son allí, y de pago, claro está), de algo menos de una semana, una de esas caminatas que uno se inflige por aficiones sobrevenidas y no ajenas a las modas y a la vanidad, una de esas excursiones para guiris entregados que reportan divisas al pequeño país nepalí. Por otra parte, eso también, una experiencia inolvidable. Fue en plena época de los monzones, en un alarde de oportunidad que, si bien nos complicó la ruta con tormentazos frecuentes y sanguijuelas por doquier, nos la vació de otros montañeros de ocasión. Aquello fue precisamente en el valle del Langtang, donde mayores han sido los efectos de los terremotos que han sacudido a Nepal como sólo son sacudidos los países donde la miseria abunda, en una extraña maldición de la catástrofe que cercena cualquier esperanza cada cierto tiempo, y que repele a la mera posibilidad de aceptar ningún tipo de misericordia natural ni sobrenatural.

Rosell: Sanidad S.L. y Educación S.A.

Tacho Rufino | 20 de mayo de 2015 a las 18:47

QUIZÁ creyendo que con esas declaraciones está defendiendo a los empresarios a los que de forma más institucional que otra cosa representa, Juan Rosell ha vuelto a hacer de las suyas, y ha dicho, primero, que la Sanidad y la Educación son las principales “empresas” de España, y que, segundo, como tales empresas harían mejor en estar regidas por empresarios. Un alarde de lógica: si son empresas, que las rijan los empresarios. Su predecesor en la jefatura de la patronal nacional, Díaz Ferrán, como Juan de Villalonga previamente, y sólo por mencionar dos casos, fueron dos empresarios que manejaron empresarialmente intereses antes públicos, y que por supuesto urdían fructíferas relaciones con el muy ineficaz, más ineficiente y en esencia corrupto sector público (aplíquese la adjetivación contraria para calificar al privado, ya puestos y con la misma ironía). Uno de ellos está encerrado, el otro no se sabe dónde está: el peldaño político quedó atrás. Aun así, el expansionismo algo infantil de cierto tipo de representantes patronales es desmemoriado, y desprecia la idea de que la Sanidad y la Educación públicas son derechos constitucionales en los países desarrollados que nos sirven de referencia, aquellos que se han emancipado -aunque sólo un poco sea- de la pura rapiña y de la selección natural en la selva social de los humanos. O sea, que no son empresas, ni falta que les hace: son organizaciones de propiedad pública, no por ello apestadas, y deben ser gestionadas con criterios de utilidad social y economía de medios. No están ahí para ser finalmente rentabilizadas por intereses privados, una ganancia que en estos casos no garantiza un mejor servicio de salud o educativo: cabe pensar justo lo contrario en estas “empresas”. Cercenar el debe de una cuenta de resultados (o sea, recortar gastos) es algo que puede ser duro, pero es en esencia fácil: primero recorto esto, después aquello y depués lo de más allá. La calidad del servicio es secundaria. O, y perdonen la candidez, ¿de dónde si no sale la legítima gananica empresarial? El “todo para mí que soy más listo y mejor” no vale, y no ya por la implícita petulancia, sino porque a tales apriorismos de mejor condición -tan cargados de ideología- no les asiste la verdad ni la realidad, o sea, la experiencia. Tiende uno a pensar que lo que en realidad se busca es aquel desiderátum, pero invertido: “Que hablen de ti aunque sea bien”. O sea: ante la pregunta “¿Qué es más fácil, acaparar focos y portadas diciendo cosas razonables y mesuradas o soltando boutades algo cafres, como hacemos de chicos gritando pipí y caca a los cuatro vientos?” Lo segundo, ¿no? Pues eso, procedamos pues.

Farage, ‘out’

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2015 a las 16:41

“MI hijo es el único que no lleva el paso cambiado”, decía aquel padre ciego de orgullo viendo desfilar a su vástago en la jura de bandera. Los ingleses, que es como llamamos -simplificando o con desdén- a los habitantes del Reino Unido, siempre han ido con su propio paso, pero en su caso, a diferencia del quinto del chiste, no es por despiste o por incapacidad de coordinarse con el resto, sino por deliberada voluntad de hacer las cosas a su manera, normalmente ganando y, si hace falta, ignorando espléndidamente a otros países como si no fueran vecinos o competidores. También suelen marcar pautas al resto; su literatura y otras artes, su deporte, sus formas comerciales, sus instituciones y su política son o han sido pioneras, si es que no se mantienen incólumes al margen de las convenciones exteriores a sus islas. Electoralmente también son muy suyos. Nunca han tenido complejos de la alternancia bipartidista, como tampoco de mantener a un mismo partido -conservador o laborista- gobernando largos lustros. Recientemente, las elecciones han castigado duramente a partidos que emergían con fuerza, sea el Liberal de Clegg que ejercía de bisagra, sea al populismo nacionalista y xenófobo de Farage, que se ha quedado sin su escaño. Y un nuevo gran vapuleo al Partido Laborista, que no encuentra tercera vía rentable. El inglés, galés o inglés original está acomodado y muestra claros signos de conservadurismo; la penuria laboral es extranjera y normalmente no vota. Cameron ha ganado sobradísimo. El blandito de Cameron no ha pagado penalización alguna por la crisis, sino todo lo contrario. Bien es cierto que su crisis es peculiar y lleva otro ritmo, cómo no, y paralelamente su moneda muestra la fortaleza de un país con futuro. La concentración en Londres de las operaciones financieras de este lado del mundo es un gran flotador para su PIB.

El tal Farage cosechaba votos rurales porque es en el campo donde los anglos de este o el otro lado del Atlántico tienen su granero; granos simples como los mensajes directos y recurrentes de esta forma de populismo epidérmico y tradicional. Farage llamó pigmeos a eurócratas como Van Rompuy o Durao Barroso, y ladrona a la baronesa Lady Cathy Ashton, otra sempiterna eurócrata, pero en este caso, encima, “renegada”, porque es inglesa. Los partidos populistas pueden ser estrellas fugaces. Los mensajes radicales también caducan si no se agarra el poder, e incluso cogiéndolo, como le sucedió a las 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia. Y corren el riesgo de aguarse. Una vez aguados, son devorados por los de toda la vida.

¿Y ganar y ganar y volver a ganar?

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2015 a las 16:39

“Podemos ha descubierto un pozo lleno de votos en lo que han dado en llamar el ‘rescate ciudadano’, derivado del ‘rescate bancario’”

“Los pisos fallidos acaban en manos de oscuros artefactos societarios imposibles de localizar, que no pagan comunidad”

El entrenador de fútbol Luis Aragonés arengaba con proverbial tosquedad a los jugadores: “Y ganar y ganar y ganar… y volver a ganar, y ganar y ganar… Eso es el fútbol”. Para muchos españoles, esta frase puede ser aplicada a la filosofía corporativa de grandes grupos empresariales de sectores íntimamente vinculados a la vida diaria de las familias, como la banca o las energéticas, y en menor medida las de telecomunicación que, ‘voilà’, siempre parecen ganar a los ojos del profano superviviente, incluso a las malas. Cierto es que la escasez y la incertidumbre dan alas a la demagogia o a la simple exageración, pero es bien cierto que aquello de las “reformas estructurales” no ha alcanzado lo suficiente a mercados que, si ya antes tenían tintes oligopolísticos, tras la crisis y su natural concentración, los tienen con más intensa tonalidad. Tanto en lo macroeconómico o agregado, como en sus efectos lo micro y relativo a la gente de a pie.

Lo macro. Aunque el término “rescate” es para nosotros tabú, España ha sido rescatada, y lo ha sido en buena medida para que el propio Estado español –sus habitantes a largo plazo, y el propio Gobierno a corto– evitara que sus bancos cayeran; no todos los bancos: sólo casi todos, mayormente cajas politizadas. El país está por tanto muy hipotecado exteriormente –porque es “Europa” quien nos ha dado la mayor cantidad del dinero para tapar agujeros de bancos fallidos–, lo cual supone una clara merma de la soberanía en política económica, y también interiormente: las ayudas a la banca se recuperarán sólo en una parte menor, y crearon gran déficit y necesidad extra de recurrir a la deuda pública: estamos entrampados seriamente. En todo este proceso, el Gobierno de Rajoy ha pedido a su vez otra forma de ayuda a la banca más estable, pongamos tres o cuatro entidades formidables, que se han tragado algunos sapos de cajas de ahorros quebradas de facto, a las que han incorporado en sus corporaciones, con todos sus pasivos inmobiliarios: créditos impagados de gente que no puede devolver la hipoteca; suelos parar construir que están yermos y sin futuro.

Lo micro. Vayamos a un ejemplo. Secuencia: a los bancos retornan –en parte, por su mala cabeza—multitud de casas de antiguos clientes; se reconvierten así en parte en inmobiliarias; crean una empresa intermediaria que compra estas casas de forma que el banco ya no es propietario formal; esta empresa, a su vez, vende a otra ilocalizable sociedad compradora de casas y pisos impagados, que busca ya clientes con DNI; y aunque se ven por ello obligados a pagar cuotas de comunidad como cualquier propietario, no lo hacen (mayormente, no lo hacen), y esperan a que llegue un comprador privado para ponerse al día, tras chupar propiedad de sus desavisados vecinos de bloque. A cualquier persona esta morosidad le costaría un dolor de cabeza: a ellos, no… entre otras cosas, porque al propietario “verdadero” –que es más bien un truco societario—no hay quien lo pille, y porque una gran corporación tiene grandes hombros jurídicos y pleiteadores.

La consecuencia política. Una pregunta detonante: ¿alguien dudaba que Podemos iba a hacer argumento principal de su programa político el de los desahucios y las deudas hipotecarias? Se trata de eso que desde esta semana se ha llamado en el programa marco de esta formación “rescate ciudadano”, o sea: la paralización de los desahucios, la dación en pago retroactiva y la reducción del crédito pendiente en función del nuevo valor de mercado. Y de paso, deja atrás alucinaciones como la de la “renta básica para cualquiera”. Un caso de victoria pírrica a la postre: el héroe del rescate nacional puede perder la gran batalla final. La del ciudadano. Reaccionen.