Gigantesco e inquietante

Tacho Rufino | 27 de septiembre de 2016 a las 9:28

Una consecuencia de las depresiones económicas es que los colosos acaparan mucho más mercado, clientes, ganancias y poder

 

LA semana pasada, un dato publicado por The Economist (The superstar company. A giant problem) nos movió a la preocupación: en Estados Unidos, el número de compañías pequeñas altamente innovadoras y de rápido crecimiento -llamadas startups- es menor ahora que en 1970, porque sus promotores venden cada vez más rápidamente a quienes van acaparando el mercado de forma peligrosa para la competencia y para la legitimidad social de los gigantes… que cada vez son menos y más gigantescos. Otro inquietante dato complementa a éste: si los gigantes puramente industriales de aquellos años 70 valían en el mercado 36.000 millones de dólares y empleaban a un millón doscientas mil personas, el valor de los gigantes tecnológicos de hoy sitos en Silicon Valley es de un billón español de dólares -casi treinta veces más-y emplean a diez veces menos gente. Es decir: ganan mucho más que las viejas manufactureras y emplean mucho menos. O sea, acaparan mucho más poder. Por esta línea, la gran compañía -desenfadada y vestida con blue jeans, eso sí- dominará el mundo y tendrá dominada a la política y a las instituciones públicas. Siempre lo ha hecho: el problema es la intensidad desmesurada de su poder creciente.

Una consecuencia de las depresiones económicas es que los colosos acaparan mucho más mercado, clientes, ganancias y, lo dicho, poder: los restos de la batalla y los territorios y bienes de los perdedores caen en sus manos a precio de saldo. ¿Qué puede tener de bueno que haya enormes holdings? Que pueden desarrollar mejores productos y servicios a precios asequibles, y con ello, se nos dice, mejoran nuestras vidas. En el otro lado de la balanza, los pasivos y peligros de los gigantes son más y mayores que los beneficios sociales de su existencia: son clientes preferentísimos de bancos en paraísos fiscales, y así evitan impuestos para los Estados donde obtienen sus ganancias; practican la facturación cruzada entre sus empresas para evitar también pagar impuestos, concentrando sus ingresos artificialmente en países de baja tributación, como Irlanda; hacen presión denodada con sus lobbies -por ejemplo en Bruselas, una Roma moderna-con lo que condicionan la legislación y la política o la justicia. Y fagocitan en origen a los pequeños: los compran por millonadas, y hacen suya sus innovaciones… o las dejan morir en un cajón, dando salida a lo más rentable. Si el economista austriaco Schumpeter acuñó, por estos y otros motivos, aquel “Lo pequeño es bueno”, cabe aplicar el conjunto complementario: “Lo gigantesco es malo”.

Tacho Rufino | 27 de septiembre de 2016 a las 9:24

CUANDO visitas países del primer mundo o en la órbita anglosajona es habitual encontrar a personas mayores y jubiladas trabajando unas horas al día en ciertos sitios y puestos menores: informadores en la Busáras Bus Station de Dublín, encargados de guardarropía y vigilantes de sala en el Rijskmuseum de Amsterdam, asistentes de biblioteca en la Real de Copenhague, aunque también supervisores de limpieza de los suelos de esos museos, bibliotecas o estaciones, e incluso mantenedoras de la pulcritud de sus retretes y lavabos. Más allá de la voluntad de esas personas de mantenerse en activo unas horas a la semana, ese rasgo laboral -aquí inexistente- connota dos fenómenos, a la postre caras de una misma moneda: primero, que esos trabajadores netamente subalternos y operativos quieren completar su exigua paga de retiro; segundo, que el Estado ahorra con ellos no ya en pensiones, sino que crea figuras laborales a tiempo parcial y para mayores, que les pueden convenir para cubrir ciertos puestos de instituciones públicas con ancianos venerables, imagen que a muchos gusta. Como se habrán ustedes argüido ya, hay otra razón implícita que aleja a España de esta práctica: en esos países hay algo muy parecido al pleno empleo. Y nadie reclamará que esos puestos deben paliar la inactividad crónica de muchos jóvenes, como sucede en una España de tasas de desempleo juvenil escandalosas (e insostenibles para el sistema de pensiones).

En este país, por el contrario, si algún viejo se mantiene más allá de su edad legal de retiro es, alternativamente, porque puede hacerlo o porque no tiene más remedio para sobrevivir o ayudar a sobrevivir a sus descendientes. Entre los primeros, encontramos a profesionales de la empresa y gente con valioso conocimiento que obtienen la venia para seguir en consejos o fundaciones, y a políticos que -hoy por ti, mañana por mí- se aseguran prebendas de por vida. Entre los segundos, la parte desgraciada de esta dicotomía, abundan los condenados por su pobreza familiar o por la mala suerte. Ese trabajador mayor siempre está en la economía sumergida, cuyas crueldades y desamparos lo maltratan en ese tramo final de la vida en el que uno merece otra suerte.

Pero de forma creciente e inexorable en una población envejecida en la que ya muchos han tenido una trayectoria laboral “profesional” (estudios más experiencia), va surgiendo en nuestro entorno un perfil de jubilado que no es ni privilegiado ni maltratado por la vida y desamparado. Se trata de mujeres y hombres más allá de los 64 o 65, que nada tienen que ver con nuestros abuelos y hasta padres cuando tenían esa edad. Están sanos, tienen ante sí veinte o treinta años de vida; saben, quieren y pueden. Rechazar este activo dorado es una torpeza en una sociedad que necesita de su conocimiento y experiencia, valores que toman más autenticidad porque ya vienen desprovistos de gran ambición o codicia: su pescado está vendido. Quieren disfrutar de su cabeza y su saber, y revertir algo lo recibido y logrado. En empresas pequeñas y medianas -muchas grandes ya lo hacen de una u otra forma- su contribución sería impagable, y siéndolo, barata de pagar. El Estado debería posibilitar legalmente ese retiro activo, y valorar los haberes y gastos de una y otra parte (Estado pagador y trabajador mayor). Tal perfil no lo cubre bien un joven parado: carece de una de las dos patas del asunto, la experiencia. También sugerimos vivamente que los partidos políticos -los de la Nueva Política, más- incorporen a sus listas a gente que venga de vuelta pero mantenga las ganas de vivir laboralmente. Un concejal de 25 o 30 años está por hervir, diría que sin excepción. El empleo a tiempo parcial de mayores que pueden aportar no agravará el paro juvenil. Y enriquecerá de forma nada costosa nuestra sociedad.

Por fin exportamos más oliva a EE.UU. que los italianos

Tacho Rufino | 27 de septiembre de 2016 a las 9:23

SI hay algún alimento que identifica a España es el aceite de oliva, por delante de los también apreciados vinos y jamón del bueno. Nosotros los baby boomers hispánicos, nacidos en los sesenta, fuimos testigos de la condena y casi la proscripción del zumo de la aceituna porque, como sucedería después con las sardinas o las legumbres, fue estigmatizado por los peritos organolépticos de la época. Seamos malpensados: mucho me temo que esa fama de insano del aceite de oliva, que nos hizo llegar a la aberración -siendo español- de aliñar ensaladas y freír con girasol, fue subrepticiamente urdida por lobbies más influyentes que el de la oliva de Jaén o Córdoba, como el de la palma o el girasol. Pero resulta que tenemos un tesoro. Más allá de un producto de creciente aprecio mundial, somos millones los españoles que desayunamos tostadas con oliva virgen extra, y sazonamos y freímos con esta grasa que es mucho más rica que ninguna otra y, a la postre, la más sana.

España produce más de la mitad del aceite de oliva que se exprime en el mundo. El segundo en el ranking es Italia, que manufactura menos de la tercera parte que nosotros. Sucede, como es sabido y resabido y lamentado, que Italia es la principal comercializadora planetaria. Los herederos de Marco Polo han sabido desde tiempos remotos vender con estilo, logística y precio su diseño superior, derivado del buen gusto genético, pero también de un gen comercial del que la cantidad de pequeños y medianos productores del Alto Gualdalquivir carecen, y tradicionalmente identifican al olivo no tanto como un producto industrializable, sino como un ahorro extra, unos ingresos europeos, una fuente de delicioso autoconsumo de primera prensa o unos estudios con piso en el barrio de Salamanca de Madrid para sus hijos.

Esta semana hemos sabido que, por primera vez, España supera a Italia en litros de oliva exportados a EEUU. No es moco de pavo, teniendo en cuenta que buena parte de lo que allí exporta Italia es de origen español, convenientemente procesado por un excelente marketing mix: envases, marcas, etiquetas, distribución, promoción. ¿Por qué no contratamos diseñadores y grandes comerciales, y aprovechamos nosotros ese valor añadido que nos usurpan los listillos italianos? Por dos cosas: primero, porque ellos tienen el sistema comercial asentado y engrasado desde hace siglos, y, segundo, porque sencillamente no lo hacemos nosotros, que es lo mismo que decir “lo hacen ellos”. Y gracias. ¿Habría, si no, aquí tantos olivos sin los italianos vendiendo sus frutos?

Flor de un siglo

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 13:06

LOS datos se vienen repitiendo año tras año desde hace una década, y no una prodigiosa, sino devastadora: desde 2007, en España los pobres se han multiplicado al menos por dos. Cualquier estadística interanual arroja resultados similares sea como sea que definamos pobre: indigentes de solemnidad, asalariados con sueldos infames, precarios energéticos o gente que sobrevive a duras penas; en todos los casos se han multiplicado. La década del cangrejo. Según la OCDE, más del 20% de los españoles carecen de los medios mínimos necesarios para ser algo más que pobre. Paradójicamente, el número de ricos también se ha duplicado, y sobre todo el de los que lo son de verdad. O sea, eliminando de tal segmento ubérrimo a las familias que ganan menos de 100.000 euros al año, que son fundidas a impuestos, ¿quién si no iba a apuntalar los maltrechos servicios públicos, si los más ricos tributan simbólicamente, y la famélica legión creciente no puede pagar más que el inevitable IVA en el supermercado o el recibo de la luz? Pero sí: según las más frescas estadísticas de Hacienda al respecto, el número de españoles cuyo patrimonio es superior a 30 millones de euros también se duplicó entre 2007 y 2014. ¿Y esta paradoja cómo puede ser?

A bote pronto, parece claro que quienes tenían una buena caña para pescar, o sea, tenían verdadera pasta, se han hartado de pescar salmones agotados y restos de naufragios de familias y empresas fallidas. Pero también hay mecanismos destructores que provienen de afuera, o sea, son globales -que es como los analistas dicen mundiales- y se llevan por delante la otra riqueza, la de la gente normal, no la de los plutócratas. La deslocalización, que busca pagar los mínimos salarios, comenzó el proceso hace décadas, convirtiendo a nuestro país en uno relativamente caro en costes salariales. La tecnología, en un bucle perverso, también ha puesto en fuera de juego a millones de puestos de trabajo, que se han destruido, sin que se dé el mundo feliz que nos vendieron allá por el año 2000: trabajaríamos menos y seríamos más felices, cultos, solidarios y creativos gracias al brutal desarrollo técnico y digital. Pues va a ser que no: de momento, sólo se eliminan puestos de trabajo. Y esta pérdida no se compensa con una mejor vida colectiva. Ahora se nos hace evidente la cara oscura del desarrollo humano: la clase media y el Estado provisor del XX pudieron haber sido flor de un siglo, e incluso de medio, y sólo para algunos países como el nuestro y sus vecinos de más arriba.

Tiernas hienas acosadoras

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 13:05

TODOS alguna vez hemos hecho pasar un mal rato en el colegio a otros escolares, y viceversa. Sin embargo, hay niños profesionales de molestar, insultar, pegar y hacer la vida imposible a los que ven débiles o tienen algún defecto. Estos niños y adolescentes que acosan como norma tienen muchas papeletas para ser unas malas personas de adultos y, en muchos casos, vienen avalados por la mala condición de sus propios padres. El acosador también compra muchas papeletas para ser un desgraciado: cerdos y San Martín, hay una ley que nos advierte de que siempre hay un hijo de mala madre (o padre) mayor que un canalla reputado. No se trata por fuerza de hijos en familias desestructuradas: aun recuerdo a los progenitores de una niña de mala ralea en un modélico colegio concertado que, al ser informados por los padres de otra menor insultada por “gorda” y “guarra” a diario por su bicho de largos apellidos, reaccionaron amenazando con una demanda por injurias contra su menor. Su pequeña hiena. También es común la postura selvática y cínica de algunos padres que se sienten orgullosos del depredador de recreo e internet de su mismo nombre, y tiran de comodín: “La vida es dura”. Les falta exigir: “Dadle las gracias a mi júnior, y pedid cita en el jodido psicólogo”.

Hace unos días se nos encogía el pecho al recordar a aquella niña de Gijón que acabó por tirarse de un acantilado porque ya no soportaba el acoso de dos listas sin alma de su colegio, que la llamaban bizca y muchas otras cosas. Desgarra pensar lo que debió pasar la chica y la tristeza y culpa insondables que sufrirán sus padres ya de por vida. A las dos menores acusadas de inducir al suicidio las han castigado a cuatro meses de tareas sociales.

En un país nada imaginario, llamado Finlandia, hacen cosas contra el acoso escolar cuyos resultados desde que comenzó un programa en 2006 son impresionantes. Se requiere compromiso activo de profesores y alumnos, y la esencia del método es lúdica. Deben hablar sobre ello abiertamente: así privan a los acosadores del premio social que otorga el llamado bullying. Los datos son apabullantes y se los ahorramos aquí (Programa KiVa, busquen). Sólo un dato contundente: en 2009 la iniciativa fue reconocida con el Premio Europeo de Prevención del Crimen. Porque se trata de comportamientos criminales, aunque los perpetren pequeños o aún tiernos jovenzuelos. Las penas ya vemos cuáles son: los jueces aplican la ley. Es urgente prevenir. Piense en su hija, su nieto o su sobrina. O en cualquier pequeño anónimo y vulnerable.

“Ahí os quedáis”, dijo el maquinista

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 13:03

NO pocos habrán recordado aquel chiste al leer la noticia del maquinista de Renfe que dejó a su tren parado en medio del trayecto, con todo el pasaje dentro y con un palmo de narices: “Mamá, hoy no quiero ir al cole, todos los niños faltan algunas veces”, “Sí, Gustavo, pero tú tienes cuarenta y cinco años y eres el director”. Ocurrió el jueves, durante un Madrid-Santander, y el conductor del Alvia paró el tren en una estación en el medio de la nada -Osorno-, avió la mariconera, recogió su fiambrera y se fue tan ricamente. En estos dos días, hemos sabido algo más sobre convenios colectivos (animal laboral en vías de extinción), y unos y otros nos hemos apresurado a emitir juicios más o menos prejuiciosos e ideológicos, tan propios de la vida en red social. Nada que ver la actitud de este empleado de Renfe con la de Buster Keaton en El maquinista de La General: nada de pobre cobardica protagonista, abandonado por su amada al no ser admitido en el ejército en plena guerra, ni de persecuciones ferroviarias de vértigo que, a la postre, le devuelvan a su amada. Nuestro maquinista actuó más bien movido por su convenio, por la normativa, por los riesgos y por sus propias obligaciones establecidas en alguna descripción del puesto, protocolo o RPT. Nuestro fogonero contemporáneo dijo “Ahí os quedáis” porque otro más arriba en el organigrama la había -entiéndase- cagado. En los máster de management nos dicen que “los fallos siempre son responsabilidad directiva”. No nos pongamos tan maximalistas, pero reconozcamos la realidad.

Previsiblemente, las opiniones estaban bastante polarizadas con respecto a la actitud del maquinista en la prensa y en internet poco después de saberse el suceso. Unos expresaban su indignación con la irresponsabilidad cínica propia de un empleado intocable: “El tipo es uno de esos privilegiados y maleados por la inercia del contrato público de por vida. Al tipo le da igual el cliente, sus satisfacción ni gaitas; seguramente es un sindicalista corrosivo y chupóptero, de los que están bien a cubierto y nada quieren saber de parados ni empleados precarios”. No dudemos de que este perfil de obrero privilegiado, reluctante y recalcitrante, siempre mercadeando y trepando o apalancándose en su pequeño paraíso laboral privado existe, aunque cada día esta descripción antifuncional y meramente egoísta es más aplicable a altos directivos y políticos, y menos a sindicalistas, y mucho menos a trabajadores de operaciones, administrativos o mandos intermedios: éstos siempre están expuestos al fuego amigo, cada día más; cada reforma laboral, más. No pocos políticos y altos directivos son más garrapata que el tópico sindicalista.

No es un golfo, el fogonero. No es éste el caso, como parece avalar la letra más pequeña de las noticias sobre el incidente. Lejos de una falta de profesionalidad del maquinista, el fallo es directivo: de planificación, de organización y de control. Alguien por encima del empleado en cuestión sabe que hay una normativa de seguridad y calidad de obligado cumplimiento que establece que un conductor de este tren en este tipo de trayecto no puede superar al volante más de un número concreto de horas seguidas (cinco y media en este caso, al parecer). “Y si usted, jefe de la tecnocracia que organiza mis tiempos y movimientos, no es capaz de mantener los horarios bajo control, yo, operario cualificado, sí: y no voy a pilotar más de lo que usted y las normas consideran peligroso. Y no hago ni un kilómetro más, no vaya a ser que mi familia se tire sin mí toda la vida pagando deudas establecidas en un juicio por accidente, del que soy culpable yo, penúltimo mono”. El maquinista será lo que sea, quién sabe, pero aquí ha actuado responsablemente.

El pequeño Nicolás, ese símbolo

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 13:01

LA historia del llamado pequeño Nicolás sería del todo inverosímil si este país no hubiera estado aquejado de una locura que traspasó el surrealismo para entrar de lleno en el esperpento. Entre decenas de ejemplos, los últimos estertores de aquella orgía que tan mala y larga resaca nos trajo bien puede simbolizarlos, en la esquina derecha del ring y con calzón azul, el comisionista Marcos Benavent, que mutó de trincón recaudador del partido con vestimenta fetén y peluco desmesurado a atuendo y pose de santón hindú de la sección de Oportunidades: su jefa de manejos, la gran fallera Rita Barberá, le daba caloret. En la esquina izquierda, con calzón rojo, hallamos al conseguidor del PSOE andaluz Francisco Javier Guerrero, otro culmen lisérgico que personifica el estercolero institucional patrio, cuya hediondez se acalló con los vapores de un país echaba humo: con su chófer y cómplice de trapicheos, Guerrero escribe un hito histórico al ir a comprar farlopa cada dos por tres con pasta de la Junta. Hay otros muchos aspirantes al Trofeo Exuberancia Hortera y Bandolera de la década que acaba allá por 2007. En la esquina centrífuga y con calzón estelado, la familia Pujol es sólo el más conspicuo de los arquetipos del mangazo de dinero público. El ratero político Made in Spain en transversal y transnacional.

Pero lo del pequeño Nicolás es lo más fuerte (pronúnciese con mucha erre); no por el tamaño del botín, sino por lo alegórico. Que un petimetre tardoadolescente de aspecto como de viejo en formol haya sido capaz de sacarle plata a espuertas a empresarios de postín es, por un lado, hilarante por el ridículo de unos cuantos ganadores capitalinos. Y por otro es preocupante porque hay serios indicios de que tuvo alguna conexión en el Gobierno del PP y sus satélites ministeriales. Y si esto ya es feo, todavía más feo es que dentro de esa constelación gubernativa que puede dar y quitar contratos alguien haya podido considerar un interlocutor válido a tal pollo. Si el CNI tiró de sus servicios de influencias, ello debería ser suficiente para disolver el organismo, o como mínimo quitarle la I de inteligencia de su denominación. Menudo malabarista en un país de circo con demasiado payaso listo. Esta semana hemos sabido por la Policía que Nicolás, imputado casi de todo lo acusable, vivía a base de sablazos a gente como el presidente de una compañía seria que te mueres, Edhinor. ¿Es para exiliarse o no es para exiliarse? Contengámonos, qué remedio.

¡Soria al banco mundial! (delayed)

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 12:56

(Este artículo se publicó en Grupo Joly el pasado 6 de septiembre)
PARA pasmo e indignación de propios y extraños, Rajoy se ha pegado un tiro en el pie con la designación del ex ministro José Manuel Soria como candidato a dirigir nada menos que el Banco Mundial, a pesar de que una muy negra sombra de duda gravita sobre el político canario tras la aparición de su nombre en los llamados papeles de Panamá, por lo que dimitió, o fue dimitido. No se entiende que con la situación de interinidad gubernativa e inestabilidad institucional que nos aqueja, el propio presidente proponga a Soria… salvo que se dé una o varias de las siguientes circunstancias, a saber.

Primero, que la máxima de clan “entre bomberos no nos pisamos la manguera” o su complementaria “hoy por ti, mañana por mí” sean de aplicación. Segunda posibilidad, no incompatible con la anterior, que el ministro defenestrado sepa cosas incómodas, y el hombre se haya plantado: “Fui obediente y me inmolé; como no me deis lo mío, canto la traviata; mala suerte que a estas alturas no hayáis podido formar Gobierno”. Tercero, que se dé lo que ya se produjo con Rato y Aznar o Cristina Narbona y Zapatero: ante perfiles incómodos (en el caso de Narbona, sin atisbo de corrupción), una patada hacia arriba, y bien lejos. Imposible no recordar La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, en la que un taxista pregunta a un niño impertinente: “¿Y en tu pueblo qué hacéis con los hijo de p.., niño?”, a lo que el golfete responde “Los mandamos a Sevilla para que se hagan taxistas”. Que disculpen los taxistas, pero igual que a Rato lo mandaron al FMI de Washington para que el aún presidente Aznar colocara en su sillón a un subordinado más manipulable y manso (Rajoy), e igual que Zapatero mandara a la OCDE de París a la díscola Cristina Narbona, azote de lobbies energéticos, ahora el Gobierno propone a Soria para irse también a Washington de taxista máximo del Banco Mundial.

Rajoy le da otro tiro en el pie a España, a su imagen exterior de país corrupto y pícaro. Muchos militantes y votantes del Partido Popular están estupefactos. El galleguismo tópico que se atribuye a Rajoy alcanza su clímax cuando declara que “sería ilegal” negarle a Soria la candidatura: ¿era ilegal no proponerlo o proponer a otro, cabe preguntar por pasiva? Esta decisión tan maloliente no ya va a confirmar a los extraños que el PP tiene una condición proclive a la componenda tribal -si no corrupta-, sino que moverá al desafecto a muchos propios. No serán pocos quienes, por esto, descarten votar a Rajoy en las próximas elecciones.

Marihuana casera

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 12:51

CUANDO en lo tocante a trabajo, ingresos y expectativas pintan bastos, las personas tendemos a reducir la cantidad y calidad de nuestro consumo a la vez que agudizamos el ingenio para sacar adelante nuestra casa, de forma que, como ha sucedido en España, bien puede darse la paradoja consistente en que, en plena crisis y reducción del nivel de vida, las tasas de ahorro crezcan. Como se enseña en el primer curso de economía, en este tipo de situaciones es también habitual que acudamos a los llamados productos sustitutivos, o sea, bienes de consumo a los que recurrimos si otros que dan una utilidad similar suben de precio o nosotros estamos más caninos. Ejemplos socorridos de demanda sustitutiva son la margarina por la mantequilla o el transporte público por vehículo propio. El pan -“Niño, come pan, y deja filetes para tus hermanos”- es el gran comodín sustitutivo. Pero no sólo de pan con o sin margarina vive el hombre. Hay personas aficionadas a los frutos más lúdicos del cáñamo que se han pasado de la clásica china de grifa -también llamado hachís- a la marihuana, o sea, a las hojas del cannabis sativa.

Casi cualquiera podría tener un par de macetas caseras con las que hacer de la jardinería un nuevo hobby y encima colocarse gratis: autoconsumo de batalla. También el cultivo clandestino de maría para ser comercializada está en eclosión: la satisfacción más barata del gusto de muchos por el moraíto, que tan risueño y ecuménico pone, es complementaria a la posibilidad para algunos de buscarse la vida. Las incautaciones de plantaciones intensivas domésticas, tanto en el medio agrario como en un trastero con lámparas ad hoc se han multiplicado. La Guardia Civil dedica cada vez más recursos y tiempo a identificar y desmantelar estas explotaciones caseras con vocación emprendedora, y el viernes supimos que la cosa está llegando a niveles hilarantes, como por otro lado es lo suyo si hablamos de cigarritos de la risa: en Málaga, el sindicato del Cuerpo protesta por la obligación de los guardias de deshojar y cortar dichas plantas intervenidas para después embolsarlas en dosis que puedan constituir pruebas con las que empaquetar judicialmente al cultivador clandestino. Se requieren doce agentes un mes entero en dedicación exclusiva para, por ejemplo, hacer de manufactureros con la última confiscación de 10.000 kilos de marihuana. Desde luego, la proverbial abnegación de los civiles sigue estando vigente. Además, al fundador, el duque de Ahumada, le viene aquí el título que ni pintado.

Politizar todo

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2016 a las 12:48

EN cuanto a competición y sacrificio y también en cuanto a juego y placer, el deporte es una excelente metáfora de la vida. La traslación de conceptos que hacemos desde la vida hasta la práctica deportiva puede llegar a degenerar, de forma que, por ejemplo, utilizamos a los equipos y los campeones como anclaje y argumento, y así defendemos a aquellos atletas o jugadores se mejor se asocian a nuestra visión política. Citemos dos casos típicos y antitéticos del omnipresente y a veces irritante fútbol profesional. Un amigo, izquierdista activo, se sale de sus habitualmente calmas casillas en cuanto ve a Sergio Ramos. El defensa del Real Madrid se le representa el vivo símbolo del españolismo derechón, y, aunque lo vea con la zamarra nacional, lo insulta y manda a la canastilla del palo mayor en cuanto el camero toca la bola. El otro caso es el de quien ama a Piqué, no ya por su independentismo militante y recurrente, por lo que ya lo idolatran muchos en Cataluña, sino porque es antimadridista, con lo que se lo adscribe al otro bando, que no es ya antipepé, sino antifranquista y, abracadabra, como muy de izquierdas.

Los Juegos Olímpicos de Río nos han vuelto ha proveer de raciones calentitas del abuso de alegoría. Adel Mechaal, un emigrante magrebí a Barcelona que defiende, por cierto, la independencia de Cataluña, es encumbrado allí como símbolo viviente de la integración como Deu manda. El inefable Willy Toledo, imán espontáneo del sectarismo de izquierda, “se caga” en la medalla de otro atleta inmigrante, en este caso cubano, porque abandonó la revolución y se vino aquí a competir por este país de bandera -lo dicho- “facha”.

También el nacionalismo español tiene sus tótems (y sus tabúes, que por supuesto son los contrarios que los de Willy o el glosado amigo). Como pasaba con el piloto Fernando Alonso, a ciertos españoles les parece antipatriota que a uno Nadal le parezca antipático o haya sido demasiado acaparador en estos Juegos. Es como si se les estuviera mentando a la madre sólo porque el tenista hace profesión inequívoca de españolidad (lo cual, dicho sea de paso, no está mal, es cosa suya). En este otro segmento de la práctica metafórica, también ha tenido su dosis de controversia Mireia Belmonte, la nadadora catalana, que ha sido elevada al ara de los buenos españoles por definirse como tal, como española antes que como catalana. De tanto tocar a la rosa del deporte, y contaminarla, acaba uno por cogerle fatiga. Y así, dedicarse a su equipo de toda la vida: punto.