Zapatero, y lo que haga falta

Tacho Rufino | 19 de junio de 2016 a las 18:46

No se atrevería uno a señalar cuál es “el mejor presidente de la democracia española”. Embarcarse en ese tipo de opiniones lleva implícita una concepción personalista y paternalista de la política. Si además quien encumbra a alguien en el ranking de presidentes del Gobierno de nuestra historia reciente es un aspirante a serlo, la cosa huele a la enésima estratagema de cara a la galería en este interregno electoral en que vivimos. Hablamos de Pablo Iglesias, y de su repentino ‘prefe’, Zapatero. Con su nueva ‘boutade’, Iglesias, de paso que alimenta su insaciable vanidad, infravalora a los equipos de gobierno, a los propios partidos cuyos proyectos colectivos están detrás de las personas concretas, por no mencionar a las circunstancias favorables o desfavorables del tiempo en que un presidente desarrolla su gestión. En este caso, de nuevo, la definición de ’populista’ que apuntaba aquí hace unos días Ignacio Martínez –“soluciones simples a problemas complejos”—es de aplicación: simplificar la acción política y reducirla a las personas que ostentan el cargo más visible. “Eso que seré yo, que voy a ser todavía mejor que mi repentinamente admirado Zapatero”, le falta decir. Da coba a quienes consideran derechoso o facha a los muchos que tildan a Zapatero, sin mayor argumento, de memo, ‘Mr. Bean’, patético, hazmerreír, vergüenza de España. Y, por supuesto y muy principalmente, esta penúltima declaración chupacámaras de Iglesias arañará unos miles de votos al PSOE. Porque en este país nos hemos vuelto muy simples. La complejidad que vivimos nos atribuló tanto que muchos decidieron tirar por la vía de la cosmética, el disfraz, la frase ‘ad hoc’, el oportunismo. Comunista, leninista, socialdemócrata, patriota, chavista, zapaterista, ‘jiposo’, modernillo, lo que haga falta. Por un puñado (más) de votos.

En los mandatos de Zapatero se promulgaron leyes importantes. La que permitió casarse a los homosexuales, que después fue asumida por otros países socialmente más desarrollados que España. Y la de la Dependencia, para muchos la ley más democrática promulgada en este país. Y la prometida –y también imitada de seguido por otros países— salida de nuestro país de una guerra lejana que anunciaba monstruosidades cercanas. Pero fue el presidente que estableció la paridad de ministros y ministras al 50% (digo “pero” porque no puedo compartir que eso ayude a hacer las cosas mejor, sino al contrario). Y también fue durante su Gobierno cuando se negó –¿se ocultó?– la burbuja que destrozaba, silente, la estructura económica nacional; cuando a instancias de Merkel y Europa el presidente se bajó los pantalones y comenzó a recortar con urgencia el que llamamos Estado de bienestar, y cuando se salvaron bancos precipitadamente, creando un déficit público y una deuda pública galopante. Fue en su legislatura cuando se promovieron estatutos de autonomía sin control del Estado central, manifiestos repletos de bombas de relojería de cientos de páginas que todos imitaron –ah, la libertad y la tolerancia–, aunque legislaran en contra de la estabilidad de una nación poliédrica, haciendo complicada su gobernabilidad. Decir que Zapatero es “el mejor presidente de la historia de la democracia española” es bajar el listón. Preparar el asalto al ranking. Narcisista, pero lícito: todo el que opta a ese cargo desea el poder por encima de casi todo. Y en un país donde abunda la simpleza, tal afirmación tramposilla es una forma de conseguir unos miles de votos extra. Buen disparo de nuevo, señor Iglesias: varios pájaros de un tiro.

Demagogias

Tacho Rufino | 19 de junio de 2016 a las 18:44

LA demagogia consiste en el empleo de mentiras y falsas promesas con pegada popular. El objetivo es engañar al personal para que apoye y posibilite que el demagogo consiga, por ejemplo, el poder. En la campaña electoral en que estamos desde noviembre del año pasado, la demagogia ha ido por barrios. Dejando a un lado las opciones políticas minoritarias, las cuatro formaciones que se reparten la tarta son demagógicas a su manera. El Partido Popular es demagógico cuando saca pecho con la creación de empleo, cuando se sintetizan en un frío porcentaje algunos empleos buenos con montañas de subempleos, infraempleos y miniempleos (los hay de 60 euros ganados en dos días aislados que incrementan, aunque sea hasta el nuevo cómputo oportuno, el mágico porcentaje en la misma medida que si se tratase de un trabajo fijo). Sánchez resulta demagógico, aunque con poco éxito según los sondeos, cuando abusa de la palabra “progreso” hasta vaciarla, y cuando grita como un poseso -poco creíble, no le pega- en los mítines repletos de afectos que lo aplauden arrobados diga lo que diga. Eso también es populista, populachero diría.

Pero los magos del arte de biribirloque comunicativo de masas son los de Podemos, incluidos los recogidos de Izquierda Unida. Garzón, campeón de la demagogia siniestra esta semana, levitaría, muy progresista, al atribuir la carnicería en un local de ambiente homo perpetrada por un islamista en Orlando a “la lacra del heteropatriarcado”, o sea al machismo homófobo ecuménico y global, al de usted y yo, seres de la caverna, y no a la vesania, a la homofobia de su credo y a la condición criminal de quien hizo los disparos en nombre de Alá. Demagógicos y sectarios son los que afirmaron acto seguido, y en masa tuitera, que el hombre era más estadounidense que islamista, y que la causa primigenia de su barbarie es la libertad para comprar armas que rige en Estados Unidos. Demagógico y también siniestro es un cartel difundido por Podemos en su praxis del todovale en el que se dibuja un tipo ahorcado junto con una leyenda que atribuye “miles de suicidios” a los desahucios. Gran mentira. De miles, nada. Ni las estadísticas confirman un significativo aumento de los suicidios por esa tristísima causa (el suicidio crece sostenidamente desde 1981, a tasas más bien estables) y ni mucho menos han habido “miles”. Quitarse la vida, asunto tabú y que se nutre mayoritariamente por enfermos, sobre todo mentales, cuando es utilizado para atacar al adversario (poco) subliminalmente es demagogia de la más repulsiva.

Las elecciones, vamos allá otra vez

Tacho Rufino | 14 de junio de 2016 a las 18:39

“Las elecciones, en dura competencia con la Eurocopa, dan de nuevo el pistoletazo de salida”
“Podemos es el más poliédrico: sabe jugar con varias barajas”

Hace unos días me asignaron una encomienda muy noble, entregada en mano por el cartero: soy nada menos que suplente segundo de vocal de una mesa de mi colegio electoral (seré franco: espero que no me toque el típico titular de la plaza que se escaquea con un certificado falso). Señoras y señores, las elecciones están a la vuelta de la esquina —otra vez…, diría uno alargando la o, con el tonillo con el que Forrest Gump hablaba de sus visitas a la Casa Blanca–, y la campaña de los partidos contendientes coincide con la de otros partidos, los de la Eurocopa (sí, lo he mirado: el 26 se juegan los octavos). Duro rival para el argumentario competitivo de los cuatro partidos principales; dos veteranos, dos novatos. Todos sacando pecho, aunque de diferente manera. Escrutar en cada caso el trasfondo competitivo y la posición podría ser apasionante, si no fuera por el tufo de conveniencia y ocasión que despiden tantas propuestas y promesas, que no pocas veces han metamorfoseado en este empacho post y preelectoral que hemos sufrido desde diciembre del año pasado. Por esa cantidad de conejos en la chistera que se han sacado unos y otros –unos más que otros—, cada vez que ha hecho falta. Quizá lo más estable y digno del continuo blablablá multimedia ha sido las dos semanas escasas que los partidos han hablado de economía. Que es el quid de la cuestión. “Estúpidos”, ya saben.

El Partido Popular se sabe ganador, pero su soledad es infinita a priori. Ciudadanos, que sería su aliado natural para poder hacer gobierno, ve que sus expectativas de sorpasso del voto conservador y/o liberal se han tornado en serio riesgo de ser fagocitado –en plena adolescencia institucional– por el voto útil, del que se nutriría Rajoy. Situación comprometida que lo fuerza a no jugar a ser comparsa y pez pequeño de la derecha (y un poco, del centro). Los populares van a seguir hablando de economía, con la certeza de haberlo hecho bien, o de convencernos de ello a base de repetírnoslo(primera andanada, los datos del paro). En realidad, han dado los pasos necesarios para convertirnos en una sociedad ‘low cost’, de bajos salarios y consumo masivo pero indiferenciado, de baratura y precariedad, y alta concentración de riqueza en pocas manos. Un mundo de mañana que, seamos realistas, no tiene mucha alternativa en este planeta: somos demasiados. Por eso, los argumentos del PP son consistentes: coherentes y prácticos.

EL PSOE es mucho más interesante como personaje dramático. Podemos ha reemergido y amenaza con laminarlo y dejarlo condenado a ser un partido esencialmente andaluz, tras la hábil maniobra con la que se ha zampado a Izquierda Unida para siempre, besitos y lagrimitas del provecto brahmán Anguita incluidos. Sánchez está también amenazado desde dentro, sobre todo desde el sur. Ese estrés insoportable lo hace estar continuamente a la búsqueda de argumentos propios, aunque, en realidad, sean ‘nuevos’ y ‘ad hoc’, en una infinita lucha por diferenciarse de cara a una masa dubitativa de posibles traidores electorales. Lo tiene mal, y conste que eso a muchos nos pesa. Por puritito miedo a los melones por calar.

Por calar está Podemos, que es el personaje más proteico y poliédrico: un mutante nato, ‘mortadélico’. Lo quiere todo, juega a lo que haga falta, cualquier baraja le vale, sobre todo la del PSOE. Huye de la imagen populista, como de checa justiciera, que tan a fuego se fraguaron, y –Errejón dijo— vende que “el comunismo y la socialdemocracia son cosas del pasado”, o sea, están reformulándose, para el futuro… ‘que soy yo’. Sus propuestas económicas, como dijimos aquí, son formalmente consistentes y con mucha pegada, más allá de su viabilidad.

Se abre el telón.

Rosell, el señorito (con retraso)

Tacho Rufino | 14 de junio de 2016 a las 18:37

No hace tanto, muchos estábamos bastante orgullosos de pertenecer a un país decente, que había superado con cierto éxito el trauma de una guerra fraterna y una larguísima dictadura. Mirábamos con desdén o con compasión a países americanos con los que compartimos idioma e historia, como si sus enfermedades institucionales no ya nos fueran ajenas, sino inconcebibles en nuestra modernidad regeneradora y repleta de esperanzas. Ya sabemos, o debemos saber, que nuestro país es un país donde la corrupción es la norma no escrita. Un sitio donde los gobernantes pueden cobrar sin rubor sobres ajenos a tributación alguna a modo de complemento salarial. Donde se desvían fondos públicos españoles o europeos para que quien gobierna, por ejemplo, una comunidad autónoma reparta prebendas caciquiles en comarcas afectas. Donde el que fue penúltimo presidente de los empresarios –eso sí, una falacia de cargo, ajeno a la mínima representatividad– está encerrado por robar a su propia empresa y, de paso, dejar en la ruina a sus empleados, socios y proveedores. Todo muy modélico y edificante. Como para estar orgulloso de la tierra grande de uno.
Ahora, el vigente presidente patronal, Joan Rosell, ha vuelto a decir aquí estoy yo de la forma en que suele hacerlo: soltando una memez. Sostiene Rosell que el trabajo estable es cosa del siglo XIX. Que lo que hay y debe haber es una fuerza de trabajo sin estabilidad, con gran flexibilidad y enorme movilidad geográfica y funcional, muy innovadora y polivalente y a la vez especializada, sometida a la evaluación del rendimiento. Y, moc-moc, dos huevos duros. Rosell, un hombre con total estabilidad patrimonial desde su cuna y de por vida, un hijo de empresario, hace un flaco favor a los empresarios que se supone que representa. Es el enemigo interior. Como lo fue el preso Díaz Ferrán, su predecesor en el mancillado cargo en la cúpula de la CEOE. Alguien que alimenta esa sospecha post clerical tan española: el empresario no crea riqueza –más que para él mismo–, sino que vampiriza a la sociedad en la que hace negocios. Como el condenado Díaz-Ferrán. Su sucesor, Rosell, ofende a la gente que aspira a tener una vida digna con un trabajo estable. Cosas de hace dos siglos, afirma. Sin duda, el que tiene una concepción decimonónica de las relaciones laborales es él. Su pose de empresario moderno no es más que una fachada tras la que está un señorito tardo feudal, que seguro garantiza trabajo estable a sus hijos. A los de los demás, a galeras a remar.
La afirmación de Rosell será compartida por muchos –no pocos con trabajos estables y futuros asegurados–, y allá cada cual con su visión de la jugada. Pero en las puertas de unas elecciones, con una izquierda a la izquierda de la socialdemocracia ganando enteros y con grandes posibilidades tras el matrimonio de conveniencia de Iglesias y Garzón, no podría el patrono catalán haber hecho mejor favor a Unidos Podemos: reafirmando los votos ya captados, y desviando a algunos indecisos hacia ellos. Lo cual, aventuro, no es lo que mayormente desean los teóricamente representados por el lenguaraz dirigente, quizá solamente adicto a los focos.

Aznar, el castigador (con retraso)

Tacho Rufino | 14 de junio de 2016 a las 18:36

“El nuevo tirón [esta columna se publicó a finales de mayo] de orejas a Rajoy podría ser un mensaje de alcance, pero más bien será soberbia consabida”

Dice una canción de The Police que “tu cara se volverá de alabastro cuando te percates de que tu sirviente es tu señor, y entonces serás tú quien esté en la palma de mi mano”. La historia y los propios evangelios están llenos de infidelidades y traiciones de los aprendices hacia sus maestros, que en no pocos casos habían confundido maestría con abuso y sometimiento. El ‘Et tu?’ que el ya exangüe Julio César espeta a Bruto tras éste acuchillarlo junto a otros conspiradores es cita obligada. También la historia con minúsculas: hijos que acaban tiranizando a sus padres ya mayores; cátedros que promueven a ayudantes y acaban siendo ninguneados por ellos. Segundones en apariencia, como el también romano Claudio, con defectos y descontado por inofensivo, que acaba asumiendo el poder supremo del Imperio. Jefes iniciáticos –que ahora llaman ‘coach’-, a quienes acaba echando la pata su joven ‘coachee’, que lo degradará y humillará.

La política no está ni mucho menos ajena a este tipo de parricidios: al contrario, son norma. Merkel, por ejemplo, acabó fagocitando y mandando al paro y al ostracismo a su mentor en la CDU, Helmut Kohl. Enfocando a España, la semana pasada tuvimos una ración de divorcio crónico entre un Aznar que rezuma soberbia incontinente y un Rajoy de quien aquél piensa que no le llega a sus talones con alza, y que está ahí por su obra y gracia. Quienes conocen al expresidente dicen que es como parece: altanero y repelente, y lo dicho, muy soberbio, que no es lo mismo que sobrado pero se le parece mucho. En esta ocasión le ha metido el dedo en el ojo al presidente en funciones en el momento más oportuno, el pistoletazo de salida de unas elecciones en las que la formación que damos por segura ganadora de nuevo, el Partido Popular, no puede estar más solo. Y con la coartada de que España ha alcanzado la cota de una deuda pública del 100% de su PIB –algo en verdad preocupante, desde luego—él ha vuelto a exigir luz de foco dando una colleja innecesaria a quien fue su subalterno y hoy lo ignora ‘gallegamente’. Con lo que eso suele doler a quien es fatuo y fue endiosado por tanto pelota, a pesar de haberse gestado en su presidencia no pocos desastres financieros e inmobiliarios, por no mencionar la corrupción. (Si no fuera tan como parece y dicen que en verdad es, podríamos pensar que Aznar pretende hacer política y advertir de que, a la vuelta de las elecciones, viene otra tanda de dolorosos recortes del gasto social para reducir la deuda, como nos viene exigiendo Europa.)

Caleidoscopio del momento

Tacho Rufino | 14 de junio de 2016 a las 18:33

“La actualidad hace extraños compañeros de cama: terrorismo, homofobia, fútbol, porno”

Mientras Pablo ‘Marketinator’, la bestia de la imagen que da queroseno electoral a Unidos Podemos, felicita a los musulmanes por el ramadán –comparativamente agraviando–, es día de pensar en islámicos masacrando a homosexuales –dos pájaros de un tiro, o mil– en Estados Unidos, mientras que el ejército del vigente sátrapa sirio, la aviación aliada occidental y los letales ataques rusos merman al enemigo –elija usted el suyo–, y lo hacen languidecer, aunque la hidra yihadista no va a morir nunca ya.

Son a la vez días de fútbol, de gozar con la rotunda superioridad técnica de la selección en la Eurocopa, y con el gol de Piqué in extremis ayer, cuyo hijo estaba en la grada con la zamarra de España: de gestos amistosos se nutre el desencabronamiento, aunque muchos se maliciarán que esto también es marketing, pero preventivo, del central catalán: lo mismo me lo echo a hombros en la manifa ‘estelada’ que le pongo la camiseta con el coronado escudo de la FEF y el festón rojigualda, que tanto une a nuestras respectivas banderas. “Espanya és la millor”, cantemos por Manolo Escobar, y bienvenidos sean los goles del pelotero independentista.

El fútbol y el porno ‘torrentiano’ con menores también se tocan en la actualidad, en otra ensalada agridulce, y ayer De Gea, de quien se dice que está implicado en el oscuro mundo porno de Torbe, hizo una parada salvadora aún más in extremis que el gol del marido de ‘la Shaki’, como él llamó a su esposa, entre lágrimas, alguna vez. De Gea es uno de esos jóvenes millonarios, famosísimos y con mucho tiempo libre, que tal vez prefieren protegerse de advenedizas refugiándose en profesionales. Ya se verá, yo tiendo a pensar que es demasiada coincidencia que haya saltado el escándalo justo ahora. Pero que el muchacho está reventón de endorfinas y en edad de revolcón diario, y además puede, eso es innegable. Quizá es sólo un tontorrón poco precavido.

En estos días en que el populismo británico marca vena en el pescuezo con el ‘Brexit’, sus beodos habituales, de todas las edades y provenientes de los barrios obreros de Londres, Liverpool, Manchester y Birmingham la lían pardísima en Marsella, como era no ya de esperar, sino de asegurar. Les ayudan otros distinguidos ‘gentlemen’, rusos y franceses, mayormente tatuados y de cuello hipertrofiado como el de los ingleses. No tienen bastante la policía y el ejército franceses con las siniestras alimañas islamistas, y deben mediar entre esas otras bestias. La actualidad a veces veces hace extraños compañeros de cama.

Pecadillos de columnista

Tacho Rufino | 14 de junio de 2016 a las 18:32

HAY pecadillos y faltas leves propias de quienes escriben sus opiniones en un medio de comunicación. Una habitual es la autocita, que cursa sermoneadora tantas veces: “Yo ya lo vengo advirtiendo desde hace tiempo”, “como dijimos aquí mismo hace ya dos años”. Como ratones de hemeroteca hay pocos, y la mención de las dianas no se acompaña de las pifias como sería humilde hacer, el vanidoso columnista se queda a gusto y probablemente hasta se cree que, a oráculo, a profeta y a detector de tendencias no le gana nadie. Siempre recordaré a un economista de toda la vida, ya octogenario, vetusto profesor con plaza propia en un medio tan de toda la vida como él, uno de esos a quienes solía denominarse “una eminencia” que, ya entrado el 2009 recordó que él, en efecto, nos tenía dicho que la crisis estaba al caer, y que no se le hizo caso porque mucho ignorante es lo que hay. No nos recordaba que también había vaticinado que el petróleo estaría -en estos momentos y desde hace unos cuantos años- a 200 dólares el barril (ahora está a 50). Pero lo diría con la salvedad metodológica denominada ceteris paribus, o sea, “permaneciendo constante el resto de los factores”. Y no, no se quedaron quietos algunos factores que el profesor no consideró en su previsión. Ni él tuvo a bien acordarse de su monumental patinazo. Cosas de sabios.

Otro pecadillo es no acabar de acostumbrarse a lectores ofendidos por la opinión de uno que, precisamente, opina, que ahora se constituyen en plataforma vía redes sociales en menos que canta un gallo. Hay gente que ayuda a mejorar: que discrepa, que critica, que corrige. Y hay francotiradores con alias (¿sigue llamándose nick?), emboscados en el anonimato, que te flagelan inclementemente, quizá en tropa y anillados con una arroba o un hashtag, o haciendo un comentario de texto de tus tres párrafos, cortándolo a minúsculos cachitos de carne impresa entrecomillada. Amplia es la taxonomía: condescendientes, con alma de púlpito, biliosos, insultantes, amenazadores, con faltas de ortografía, o con niveles de mala leche fuera de los límites saludables. (Esta semana, y entre otras enmiendas a la totalidad de un artículo, un señor X me ha advertido de mi gran pecado al contaminar la inocencia de los niños lectores -¿eso qué es lo que es?- induciendo a las criaturas a confundir hackers con piratas informáticos. U otro que afirma que llamar “paliza” a los golpes que dieron unos tipos en Barcelona a dos chicas mientras las tiraban y arrastraban por el suelo “no viene a cuento”. Y disculpen la autocitas, si han llegado a leer hasta aquí.)

Banderistán

Tacho Rufino | 14 de junio de 2016 a las 18:29

CUANDO un país le da mucha importancia a las banderas, cada grupo a aquella que adopta como suya, porque el simbolismo que contienen supera a la racionalidad de los argumentos y representan las telas a las posiciones frente al tenido por contrario, mal vamos. Que vamos para atrás. Sólo las deportivas me parecen inocuas, y siempre que se ondeen con entusiasmo deportivo y no como arma política de ventaja. Nacionalistas de aquí o allí, arcoíris defensa de la condición de homosexual (a veces, de forma folclórica y exhibicionista), negros trapos okupas, republicanas que confunden república con izquierda, y dueños abusivos de la enseña común. Trapacería ibérica. En éstas estamos.

El enésimo episodio del catalanismo independentista con ocasión -qué ocasión tan prescindible le regaló la delegada del Gobierno en Madrid al victimismo infantiloide de los culés oportunistas, en los días previos a la última final de la Copa del Rey la semana pasada-, con la romería de las esteladas, ha sido ampliamente comentado en este país de debates epidérmicos y superficiales. De tifos de aire goebbeliano pero cutre, donde se saca pecho identitario y se reivindica un afán prostituyendo los eventos deportivos, dejando en minoría -sometiendo- a quienes son meros aficionados al equipo blaugrana. Escuchar de un amigo sevillista que “os defendimos a todos los españoles en el Vicente Calderón frente a los independentistas catalanes” -¿quién te ha pedido eso?- mueve a la desazón casi tanto como el cansino ruido orquestado de las reclamaciones de los barcelonistas que aprovecharon que el Pisuerga pasaba por el Manzanares.

Y, para acabar de emporcar, los defensores de la brutalidad llamada Toro de la Vega no sólo se erigen en plataforma de defensa de sus supuestos derechos ancestrales fraguados a lo largo de siglos -argumento peregrino cuyo esquema de reclamación valdría para rehabilitar la Santa Inquisición 2.0 o cualquier animalada natural de los homínidos-, sino que también se apuntan al abuso de la bandera. En este caso, la nacional, y se han hecho unos polos corporativos festoneado de rojigualdas. Si ya a la bandera común le habían dado un tinte abusivo quienes con su ostentación en muñecas o coches no quería decir “soy español”, sino “soy de derechas” (o muy muy de derechas, franquista o más), ahora llegan estos seres humanos que, al menos en su fiesta se comportan como becerros con el indefenso toro, y dan pábulo al rechazo y al bandereo rival de otros memos estelados, ikurriñistas eurovisivos y otros tantos de este país que bien podría pasar a llamarse -entre que muere y no- Banderistán.

Paliza a dos mujeres en Barcelona

Tacho Rufino | 8 de junio de 2016 a las 18:16

EL totalitarismo es un régimen político que entre sus repelentes características tiene la de impedir no ya la libertad de otros a quienes considera enemigos o, sencillamente, inconvenientes, sino cualquier acción de éstos. De forma que la eliminación de sus rastros y de su presencia pública debe ser alcanzada a cualquier costa. El miedo hacia la violencia que el totalitario aplica en su forma de represión es básico para la aniquilación. Si encima convencemos a lo peor de cada casa, a particulares cómplices y gratuitos, para que hagan suya esta perversa encomienda política, el efecto totalitario se multiplica. Para conseguirlo, puede servir un nacionalismo ofendido, la conciencia de pertenecer a un grupo que es “víctima” -pero superior al “otro”: extranjero, o de otra creencia, adversario político, homosexual-. No hablamos del nazismo ni del estalinismo. Hablamos de aficionados al “fútbol nacionalista” -un octavo pasajero conceptual, una mala bestia totalitaria-. Hablamos de Barcelona. No en los preámbulos de la Guerra Civil, sino el pasado domingo.

No convence mucho la explicación de que la agresión de dos chicas fue perpetrada por cinco energúmenos que no representan a nadie. Sí representan a muchos, me temo que no pocos de ellos calificables de bastardos. Que hacen el juego final, la escaramuza callejera totalitaria, a otros –más melifluos, sus titiriteros– que han ido impregnando las calles de gasolina y dejando cajas de cerillos por las esquinas. Tampoco convence la también tibia reacción de la alcaldesa, que niega a los aficionados que los partidos de la selección española en la Eurocopa puedan ser retransmitidos en pantallas gigantes en la ciudad: calificar la cobarde paliza de “inaceptable”, sin mayor condena ni énfasis ni juicio, evoca a esos políticos vascos con domicilio, por ejemplo, en Neguri a quienes, tras un asesinato de ETA, les faltaba decir que condenaban los hechos “por imperativo legal”. Parece que Ada Colau –a la que me niego a utilizar como mono de goma a quien arrear por principio, diga lo que diga– piensa: “Me gustaría aceptarlo, pero no puedo”.

Y después, el otro horror: esa docena de señores y señoras bien ataviados para los calores de un día de asueto que miran el pateo de dos mujeres en el suelo como si observaran a un malabarista callejero. Me da que no tolerarían que un hombre diera coces a un perrito. Pero a unas “putas españolas”, como les gritaban los agresores, leña. Éstos –los animales activos y los pasivos– son el aglutinante de la barbarie, la intrahistoria de la ignominia. Ellos son los indispensables, pero no para la lucha brechtiana: para el totalitarismo. El que quiere eliminar toda referencia al enemigo.

Su primera comunión

Tacho Rufino | 17 de mayo de 2016 a las 7:00

Son días de primeras comuniones, un evento del que prácticamente nadie priva a sus hijos: practicantes, creyentes no practicantes, agnósticos, ateos, casados, separados, amancebados, solteros y familias monoparentales. Cada uno celebra como quiere un rito que ya para pocos es en esencia religioso, y que para todos es un “rito de paso”, que diría un antropólogo: el principio del fin de la infancia. El otro día, un buen amigo me contó que la fiesta en el caso de su hija consistiría en un almuerzo al que invitaría a apenas diez personas, en un sitio donde pudieran convivir y jugar grandes y pequeños unas tres horas, y en el que la estrella por un día sería, claro está, su pequeña. Me conmovió: un rebelde, mi amigo. Algo parecido tuve yo hace un puñado de años, en un día del que conservo recuerdos más o menos inventados, pero muy íntimos. Con mi primo de coprotagonista; entonces las familias buscaban las economías de escala en esta fiesta: donde comulga y celebra uno, comulgan y celebran dos. Y cuesta la mitad. Las cosas han cambiado mucho, y no entraremos en consideraciones religiosas ni éticas –líbreme Dios–, ni en juzgar cómo gasta cada uno el dinero. Iremos, eso sí, a ciertos rasgos y síntomas económicos a partir del party que no cesa en estas tierras llegada la primavera.
Con permiso del gran Juanito Valderrama, parafrasearemos y actualizaremos su copla, cuyo título tomamos prestado: “En el quicio de la puerta / estamos su madre y yo / con lágrimas en los ojos / por tan tremendo pastón”. Entre tres y cuatro mil euros suele costar una primera comunión hoy, informaba ayer aquí Juan Parejo (“Primeras comuniones: las nuevas bodas”). Hace unos días leí que era común gastar unos siete mil. Hacer una gran fiesta, para mayores tanto o más que para el pequeño, con una barra libre como segunda estrella del día (de la que, huelga decir, no disfrutan los pequeños, a los que se les coloca un payaso, un mago y un castillo inflable). No sé si convendrán ustedes conmigo en que muchas de estas fiestas se pagan a crédito, y que –esto ya es irrefutable— la familia española media gasta ahí el equivalente a su sueldo de dos o más meses. Allá cada uno con cómo gestiona sus lagrimitas, su pamela, su vistoso pañuelo asomando en la americana, su cachondeo y sus gin tónics. Lo que sí parece claro es que el crédito vuelve a fluir. Flujo para el cual hace falta un banco, ya más ligerito de cascos, y un empeñado en un crédito personal al 10% TAE. A mí como que me recuerda a algo. Un ‘deja vu’, algo que ya vi no hace tanto.

PD:  Para ver a Juanito Valderrama cantando “Su primera comunión”, hagan clic aquí. https://www.youtube.com/watch?v=8QHF9tiqNCQ