Sucesiones y ‘teconcorporaciones': alguien ‘ens roba’

Tacho Rufino | 9 de febrero de 2016 a las 16:27

“ASIMETRÍA fiscal” es un eufemismo usado para constatar que, por ejemplo, seamos los andaluces de los pocos ciudadanos españoles que todavía pagan el impuesto más redundante, el de sucesiones. Usted, padre o madre, lleva una vida pagando por adquirir y poseer su patrimonio una variopinta panoplia de impuestos estatales, autonómicos, provinciales y municipales. A pesar de ello, sus hijos -no sus parientes: sus hijos- se verán en un considerable marrón por recibir lo que, en buena medida, era ya suyo, y al morir ustedes, pasa a ser completamente suyo… ah, no, también pertenece al presupuesto de la Junta. En muchas otras comunidades, el impuesto de sucesiones está exento, o sea, no se paga. Con esto, no pocas familias sureñas se plantean huir fiscalmente del sitio donde viven, alquilando una casa en Navarra o Madrid. Es decir, que hacemos aquí un pan fiscal con unas tortas confiscatorias. Cada día más andaluces se ven compelidos a vender -¡si pueden!- lo que heredan para pagar los impuestos mortis causa. Algunos, qué dolor, deben, tiesos, donarlo graciosamente al Estado autonómico. “La Junta nos roba”, podemos decir, imitando al doliente catalán independentista al uso. Decir que éste es un impuesto propio de un gobierno de izquierdas es un brindis al sol. A un cualquiera lo funden; a un rico ni lo hueles. Cada año, 40.000 andaluces se fugan fiscalmente a Madrid u otras provincias para evitar este agravio comparativo sobre el ahorro familiar. “Insolidarios”, dián. Quizá piense quien gobierna que son 40.000 votos menos para la derecha. ¿Irá por ahí la cosa, aunque sea sólo en parte?

Hay otra asimetría fiscal que produce monstruos recaudadores, basada en un chantaje o un trile vestido de contribución al desarrollo y al empleo de un territorio. Como la prensa ha recordado esta semana, las grandes empresas tecnológicas no pagan prácticamente impuestos por ganar mucho dinero en España. Mediante la ingeniería fiscal, el establecimiento en paraísos fiscales más o menos declarados, o con peloteo de facturas de aquí a allá hasta tributar -poco-donde más les conviene, el panorama sintético es este: Google, con sede en Irlanda, pleitea ferozmente con la inspección; Apple declara pérdidas por sus tiendas en España a pesar de ser la segunda compañía del mundo en beneficios; Amazon tiene sede en, ejem, Luxemburgo, y aquí opera con una empresa desconocida, BuyVip, que arroja pérdidas también; Facebook factura en nuestro país alrededor de dos millones; Yahoo “demuestra” tener un patrimonio negativo en España, etc. Entre todas ellas pagan una auténtica miseria comparado con lo que pagan en el Reino Unido. Y, por cierto, la prensa liberal británica reclama a las autoridades fiscales que acaben con este abuso de poder (lo de España tiene otro nombre que abuso). Jeta fiscal. Consentida. Esto, como meter en cintura a los Jack Sparrow de hoy, los paraísos fiscales, es cosa del G-20. Mientras, aquí, al lugareño, leña al mono.

A los Goya, yo, de esmoquin

Tacho Rufino | 9 de febrero de 2016 a las 16:19

QUE el hábito por ser más ortodoxo no hace al monje más honesto es bien cierto. Nos sobran ejemplos de dandis de mayor o menor abolengo que han resultado ostentar una catadura personal muy por debajo de los paños y complementos que visten. Iñaki Urdangarín, que perteneció a la Casa Real hasta descubrirse que delinquía menos finamente que se conjuntaba, es un modelo clásico e impecable; con un porte, lo dicho, majestuoso. Hernández Moltó, socialista ex presidente de CCM, la caja de ahorros que él llevó a la ruina, en el banquillo de los acusados dijo que él era “un animador sociocultural” -que, como todos sabemos, es para lo que están los presidentes de bancos-, y también se viste como un señor, y gasta corbatas y zapatos de postín que van divinamente con su plateada melena. También plateado, pero en el otro extremo del estilismo y la ideología -aunque el trinque acerca a la derecha y la izquierda una barbaridad- tenemos a Marcos Benavent, uno de los populares valencianos acusados por la Justicia, que desde su imputación ha evolucionado a un estilo neohippy, como disfrazado de santón hindú. Y, claro, tenemos a Iglesias.

Pablo, en vaqueros, se cayó del caballo de Alcampo, vio la luz de la cortesía y ha dado el golpe el sábado pasado en la gala de los Goya. Se ha plantado allí de esmoquin, como exige la invitación. Pablo -niño en el bautizo, muerto en el entierro- recordaba a esos irreductibles que despotrican de la corbata y el terno pero que, invitados a una boda, dan el pelotazo, y se visten más para la ocasión que el novio, con mayor o menor criterio. De esos que, aunque van vestidos de media etiqueta porque -he ahí la clave- van a almorzar a un evento especial, desde que se sientan en la mesa se quitan, precisamente, la prenda protocolaria, y se remangan la camisa slim-fit, con virginal desparpajo, abofeteando la gentileza indumentaria que con fe conversa habían abrazado.

Pablo Iglesias cumplió con el atuendo en los Goya (soporté la gala apenas un rato; causa mucho apuro el cuento de emotivos-comprometidos con que los cuentistas profesionales se desempeñan el su día de glamour: el cuento del cuento, el metacuento). Unos días antes, fue en vaqueros a ver al “ciudadano Felipe de Borbón” a la Zarzuela. Podríamos hablar de coherencia, de respeto, de instituciones, de política de tele y tuit, de marcusianos 3.0. Pero más bien creo que la actitud estética del líder de Podemos no es ya propia de un maleducado, sino que es una pamplina de quien no se ha visto en otra.

Acoso con causa

Tacho Rufino | 9 de febrero de 2016 a las 16:18

Son jóvenes, no demasiado, y sobradamente preparados. Son atractivos, y su abordaje es simpático y no provoca confianza. La empatía debe de ser clave en su selección. A priori, hacen una buena labor social, y encima se ganan, o quieren ganarse, unos billetes dignamente. No, no se trata de “voluntariado”, sino que van a comisión pura; si captan 20 socios pueden levantarse 400 euros al mes: destajismo de manual. De camino a esta redacción para escribir esto, desde que entré en la zona ‘tematizada’ –que concita en el centro de la ciudad a turistas, cazadores de rebajas, ciclistas y pilotos de ‘segways’, clientes de ocasión en veladores invasivos, transeúntes variopintos, artistas sin manager–, me han querido interceptar tres. Venden suscripciones a organizaciones “solidarias”, de esas que nos cargan una modesta cantidad mensual en la cuenta corriente, con las que ayudamos o creemos ayudar al prójimo desgraciado, y así nos hacen sentir mejores personas. Quince euritos al mes a cambio de soma para nuestro escrúpulo social. Un intercambio con el esquema “ganar-ganar”.

Una bonita chica de ojos verdes se cruza en mi camino y me ofrece una mano mientras sujeta su carpeta con la otra. Su ganancia está en que yo estampe mi firma en un formulario después de darle mis datos bancarios: Cruz Roja, Unicef o Aldeas Infantiles soportan amplias estructuras, y están ávidas de ‘crowdfunding’, o sea, de subvención popular. Le digo que no con un gesto que ya, tras meses de verme ante esta misma situación, no es muy amable. He aprendido a no sentirme mal por hacerlo así, lo cual quizá implique que su tiempo comercial está periclitando, porque el marketing sabe que somos iguales; por segmentos, pero iguales, así que creo que el regateo de captador de suscripciones con causa –nuevo deporte urbano– tiene fecha de caducidad.

Hace unos días, observé cómo un grupo de estos vendedores de “acera fría” se organizaba en una plaza de mucho tránsito para dirigir al caminante hacia un tramo estrecho y sin escapatoria, al modo en que se dispone una almadraba de pesca de atunes, o incluso de forma muy similar a la que se aposta la policía para realizar controles de alcoholemia. Bruta comparación, sin duda, pero me pregunto si para apelar a la conciencia “humanitaria” de las personas no basta con la propia conciencia. Y me malicio que es insolidario emplear a un joven que no cobrará nada si no consigue, como es probable, una sola rúbrica de un repentino filántropo. También me pregunto si ya nunca va a ser posible caminar tranquilo por la ciudad.

Moltó: el Presidente que era ‘cheerleader’

Tacho Rufino | 9 de febrero de 2016 a las 16:16

QUE un político presuntamente corrupto suelte en pleno juicio que él, en la caja que llevó a la quiebra, era “la Reina Madre” mueve a concluir que sí tiene algo en común con Isabel Bowles-Lyon, la mujer del rey británico Jorge VI. No se trata de la serenidad y la dulzura con las que ella apoyó en un momento histórico a un marido acomplejado por la tartamudez y atormentado por la repentina guerra, con la que se encontró nada más acceder de rebote al trono. Tampoco se trata de la elegancia sencilla que desde El discurso del Rey atribuimos al rostro de la actriz Helena Bonham-Carter. Moltó no es sereno, ni parece elegante , y no tiene contención; más bien desvergüenza, y toda, por lo que deduciremos que si tiene algo en común con la Reina Madre es la afición al pirriaque, que tanto suelta la lengua. Pero mientras la Reina Madre era de ginebra seca en ayunas y al caer la tarde, Moltó da síntomas de beber morapio de caja, beba o no Vega Sicilia (vino del que seguro conoce las añadas fetén, no lo duden). Recordemos, para cuadrar bien al personaje, que fue Moltó quien, hace 22 años, en una comisión del Congreso, vapuleó así al ex gobernador del Banco de España Mariano Rubio: “Míreme a la cara, de frente, ¿me recuerda no? Hace dos años con motivo de lo que se dio en llamar asunto Ibercorp estábamos discutiendo también en esta comisión. ¿Nos engañó entonces señor Rubio? Porque lo que es evidente es que alguien hoy nos está engañando. ¿Usted es consciente, señor Rubio, de las consecuencias que está generando en la sociedad española su proceder? ¿Usted es consciente de ello? Señor Rubio, tiene usted, quizá ya, su última oportunidad. Aprovéchela para salvar la poca dignidad que le queda. Porque si no es así sepa que nos va a encontrar en frente. Y nos va a encontrar enfrente con la indignación que supone su comportamiento pasivo. Si es usted culpable, así como todos aquellos cuantos hayan faltado a la honestidad y sea conocido, no van a quedar impunes. Se lo prometo, señor Rubio”.

Juan Pedro Hernández Moltó fue, además de secretario general autonómico y portavoz de Economía del grupo socialista en el Congreso, presidente de la Caja de Castilla-La Mancha desde 1999 a 2009, una década financieramente prodigiosa para España, y también para su caja (los prodigios también pueden ser monstruosos, no sólo admirables). Bajo su mandato, como se ha demostrado contablemente, esta caja falseó las cuentas y, por ejemplo, declaraba en un ejercicio haber obtenido beneficios de 30 millones, cuando la realidad era que el negocio había generado pérdidas de 182. Más de 200 millones de desfase entre la realidad y la ficción: una mentira y una falsedad documental a la que no podía estar ajeno el presidente -economista de formación, con estudios en Oxford y todo- tras diez años en el cargo. Moltó, una Reina Madre nacida en Alicante y criada polítcamente en La Mancha, también se defiende diciendo que él era un “animador socio-cultural”, una cheerleader con pompones y faldita. Él pasaba por allí dando calor y dejando que algún verdadero rey y algún verdadero primer ministro hicieran y deshicieran. Más bien deshicieran: su majestuosa presidencia le costó a los españoles la bonita cantidad de 9.000 millones de euros. Fue la primera caja intervenida: el grano más infectado, en su momento. La Bankia de Blesa y Rato, el gran agujero negro que debió llenar de cemento a crédito el Estado, caería tres años más tarde.

Más allá del desahogo de Moltó ante el juez, el meollo de la cosa está precisamente en su condición de Reina Madre, animador sociocultural o cheerleader del Valdepeñas F.C.: ¿quién era entonces el rey? ¿Y el primer ministro? ¿Estaban en la nómina de la caja, o dirigían el desastre desde un despacho del partido?

El pufo de ‘MAFO’

Tacho Rufino | 1 de febrero de 2016 a las 15:39

TODOS, o casi, tenemos una ventana de desvergüenza por la que tarde o temprano nos asomamos. Basta con que aparezca un incentivo suficientemente apetitoso para nuestro bolsillo o nuestra vanidad, y actuaremos como aquellos a quienes solíamos censurar por codiciosos, corruptos y trincones. Pocos se mantienen sin moverse de sus principios como árboles firmes junto a la ribera, y conviene cuidarse de los predicadores de la ultraética (no hablamos de Pablo Iglesias, no sean obsesivos). Esta semana hemos asistido a un caso palmario de tal plasticidad ética. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, alias MAFO, ha encasquetado a los gobiernos del PP y, en concreto, al ministro Luis de Guindos la culpa del recate bancario (que, en mayor puridad, debería llamarse cajario). Un rescate más o menos indirecto y encubierto, pero rescate al cabo: roncha perpetua para el contribuyente. La acusación es injusta: los enormes préstamos recibidos de la Unión Europea por el Estado español desde 2008 para evitar la bancarrota de varias cajas de ahorro, amortizar otras o nacionalizar a la demasiado grande para caer, Bankia, se gestaron durante años de bombeo de la burbuja inmobiliaria e hipotecaria, que no sólo alimentaron gobiernos del PP, sino igualmente como mínimo, los del PSOE. Otros pensamos que Guindos consiguió evitar el rescate nacional completo, o sea, la invasión de los “hombres de negro” de la intervención alienígena de un país repentinamente arruinado.

MAFO, recordemos, es un hombre de la órbita socialista, militante de la sección tecnócrata, aunque su perfil es de una especie ideológica tipo emparentada con el oso hormiguero, el “socialista liberal”, como acuñó Bobbio. Conviene no olvidar que quien señala a Guindos fue sucesivamente, secretario de Estado de Hacienda y Presupuestos con Zapatero desde 2004, y que en 2006 asume la máxima responsabilidad en el regulador bancario, el Banco de España. Como suele suceder con este cargo “independiente”, el Gobierno entrante y de distinto signo del anterior lo dejó en su puesto un tiempo; no poco, hasta 2012: toda la mayor crisis financiera española de la historia fue bajo su ojo inspector. Un hacha. Ya sin potestad monetaria, en manos de Frankfurt, sí exigía su cargo controlar la excesiva concentración de riesgos de las cajas, que sucedió sin que él se diera por enterado, a pesar de ser advertido cabalmente por sus técnicos, alarmados. ¿Qué hizo o prescribió MAFO?

Ahora acusa a Guindos. Un detalle importante: MAFO dijo lo que dijo en una entrevista que le hacían por su nuevo libro, que está en promoción. Paco Umbral fue más claro con Milá: “Yo he venido a hablar de mi libro”.

El reclamante inquisidor

Tacho Rufino | 1 de febrero de 2016 a las 15:36

“El acoso creciente a docentes y sanitarios públicos merma seriamente la calidad de sus servicios”

Sin olvidar que elevar la anécdota a categoría es un recurso de recorrido limitado y poca consistencia, hay anécdotas que resultan muy significativas del estado de ciertas cosas. Referiremos una que puede dar luz sobre cómo la conexión vía móvil no sólo puede producir monstruos comunicativos, sino que arroja luz –denme un párrafo de crédito– sobre el deterioro de los servicios públicos básicos. Me cuenta un conocido que en un instituto de pueblo que él conoce, las madres –más que padres— de estudiantes de la ESO han creado un grupo de whatssapp con el objeto, teórico, de informarse sobre la marcha del curso unas a otras, y así contribuir a la mejora de la docencia y servicios del centro, lo que a su vez redundaría en un mejor desempeño de sus chicos. Con el paso de apenas varios días, el grupo ya intercambiaba mensajes a mansalva, cuyo corte fue crecientemente polarizándose hacia la crítica despiadada –y sumaria, claro– a los profesores, confundiendo sospechas e infundios con hechos y organizando comandos específicos para dar su merecido a los vagos, poco profesionales y crueles docentes. Una deriva natural de la patología clásica de las redes sociales: todos jueces y policías indocumentados, pero implacables. La consecuencia de tal perversión comunicativa es la lógica reacción de defensa del agredido (me temo que, mayormente, sin razón): protegerse, blindarse, ir al mínimo, no arriesgar, no dar puntada sin hilo ni paso con riesgo. Al guano la innovación, la generosidad y el compromiso. Todo ello, previa defunción de la ilusión docente, que casi es lo de menos ante este panorama inquisidor, epidérmico y arbitrario.

En otro servicio público esencial prolifera también el arrinconamiento y acoso del profesional; en este caso, del médico y otros sanitarios. No hablamos ya de las agresiones que sufren con demasiada frecuencia de manos de fanáticos religiosos y de clanes y sus familiares por, sencillamente, hacer bien su trabajo y no plegarse a sus mafiosas o desquiciadas exigencias. Dejemos a la ‘infracultura’ de lado ahora. Se trata de un proceso de contaminación de una virtud: la de exigir. Y la de reclamar. España ha sido tradicionalmente un país donde consumidores, usuarios y pacientes –y no digamos, votantes—reclaman poco, y menos que los de lo común en nuestros países de referencia cultural (que nadie se moleste: los más parecidos). Y de pronto, todos a reclamar o a dar la bronca a las primeras de cambio, en muchos casos de manera injusta o precipitada, si no con aviesas intenciones indemnizatorias. La reacción del médico o enfermero es, de nuevo, la lógica (¿qué haría usted?). Ir al mínimo, practicar la huelga de celo, procedimiento-procedimiento, cubrirse las espaldas. Con tal actitud, la calidad de un servicio médico, que debe ser comprometido, puede verse seriamente dañada.

Hemos entrado en el mundo del derecho del consumidor con algunos vicios de aprendizaje, como sin haberlo mamado. Se tiene aquí la certeza de que es el sector público la teta más ordeñable a unas malas, la que no tiene otra que acabar respondiendo. No la privada, que practica mucho mejor el ‘catenaccio’ defensivo. Sin ser estadounidenses, vamos en la senda de la judicialización de todo, el aseguramiento de todo y la búsqueda del pelotazo de la mano de un abogado. Todo sube así de precio, y la calidad del servicio se merma. El profesional, asustado, pega el culo a la pared y arrastra los pies, normalmente consumiendo más recursos o usando los que tiene de manera menos que óptima: el fin no es servir bien y eficientemente, sino prevenir el daño propio.

(Mientras tanto, en una galaxia no muy lejana, la educación y la sanidad privadas se frotan las manos.)

Obra en casa

Tacho Rufino | 26 de enero de 2016 a las 14:37

AHORA que vuelven las obras a los condominios, recuerdo a algunos a quienes una reforma de su domicilio les ha dejado secuelas. Uno las sufrió cuando hizo reforma en su casa; ahora -es mi caso-, en menos de un año he tenido cuatro obras de vecinos en el edificio común: no se sabe qué es peor. Y rememoro a diario la propia para ser indulgente con la ajena. Aun años después de finalizada, si comienzo a hablar de aquella experiencia doméstica, muestro evidencias del trauma. Recordaré y narraré su suplicio con crecientes dosis de exageración y aduciendo irrealidades, convertidas en certezas a base de repetirlas. Ni un trekking por los Himalayas ni una mili en el ayer sacudido sísmicamente Peñón de Alhucemas pueden compararse en mi vida a la aventura de andar por casa -entre estruendo, escombros y polvo- que supone una obra. Esfuerzo, sacrificio, frustración, apatía sexual, engaños, enfrentamientos, insomnio, urticaria, amores dañados colateralmente y añoranza de la serenidad perdida compondrán un escenario mental indeleble en nuestra memoria. Ulises de la división horizontal, nos enfrentamos al proyecto de mejorar el hogar inconscientes de lo cerca que quedan la infelicidad y la felicidad, la casa con y sin albañiles. Durante unas semanas o unos meses más de los acordados con el contratista, nuestro hombre o mujer dejará de sentir cualquier tipo de sensación que evoque aquello de “hogar, dulce hogar”. Y, como sucede con las grandes decisiones de la vida, se meterá en el fangal de manera voluntaria, que es lo que más duele: no hay a quien echar las culpas. Salvo a los currantes, claro, lo que no deja de ser consecuencia del error primigenio propio.

Por estos sureños lugares por lo menos, el interlocutor principal del ciudadano en cuestión es -cuando se pone al teléfono o, ¡albricias!, acude a la cita a su hora- un señor campechano y que nos ha dado una “excelente impresión” en los prolegómenos del embarque. Es cierto que no habla nuestro idioma y que no para de decir cosas como citara, perlita, esquinapé, retranquear y otros vocablos misteriosos, pero hemos puesto en él nuestra confianza y no nos queda más remedio que escuchar y callar, sin atrevernos a confesar que no tenemos la más mínima idea de qué está diciendo nuestro nuevo amigo. Alzamos las cejas y nos apresuramos a asentir cabeceando cuando escuchamos yeso y solería, pero eso canta: él sabe perfectamente que nosotros no sabemos de qué va la cosa más allá de nuestro deseo, y tengo para mí que ésta es una de las principales bazas de la paliza que nos va a infligir en breve.

FB: qué nos gusta un muerto vuelta y vuelta

Tacho Rufino | 25 de enero de 2016 a las 14:43

LA impostura es un gran tema literario y cinematográfico. El abate Vella de El archivo de Egipto de Sciascia o el Leonardo DiCaprio de Atrápame si puedes de Spielberg son personajes de aviesas intenciones que, sin embargo, consiguen la complicidad del lector o el espectador, que no siente culpa por asociarse a un granuja o a un villano si éste es atractivo. En la vida real los hay igualmente fascinantes, si dejamos de lado la catadura moral del impostor, como es el caso de Enric Marco, que fingió durante treinta años haber sido recluido en campos de concentración nazi, llegando a presidir una asociación de víctimas del exterminio, para que así su “gran talento tuviera mayor eco”, como confesó. Todos de alguna manera somos impostores fijos discontinuos, como los maleteros que contrata Iberia en Mallorca. Si somos de poca etiqueta, lo damos todo en el intento de transformarnos en las bodas en señorazos o grandes damas, con discutible tino en la mayoría de los casos; nos travestimos de granjero inglés para darnos pisto señorial en la misa de ocho o nos damos un baño de estética hippy para disfrutar de un fin de semana en Zahara o Esauira, y hasta echamos unas caladitas de porro a unas malas.

Ahora a esto se lo llama postureo, que aceptamos como animal semántico de compañía por tener resonancia de impostura; una impostura de bajos vuelos y normalmente inofensiva. Las redes sociales son una forma óptima de cincelarse una historia personal ideal y un perfil de gustos, cultura o sensibilidad que poco o nada nada tenga que ver con nosotros. Colgamos artículos sesudos de los que no entendemos ni papa, y damos likes tácticos. Ésta ha sido la semana de las adhesiones inquebrantables al finado David Bowie. Todos hemos sido David Bowie, y lanzar un lazo de dos colores como los de los ojos del músico londinense hubiera sido un probable pelotazo postural. “Un grande”, “Una pérdida irreparable”, “Genial y único” podía leerse apostrofando un vídeo con Freddie Mercury o una grabación de Space Oddity (le he llegado a coger asquito a esta estupenda canción). Amar repentinamente a Bowie y alegar sufrir su pérdida casi como Iman, su mujer, ha sido un trending topic, un bastinazo de marketing personal que no cuesta esfuerzo ni dinero. Pero un clavo saca a otro clavo, y la muerte de Alan Rickman, el profesor Severus de Harry Potter y el capitán Brandon del Sentido y sensibilidad de Ang Lee, ha dejado obsoleto el obituario de Bowie. Qué nos gusta un muerto vuelta y vuelta en el Facebook, que dice mi amiga y contacto Pilar.

Aquí no hay quien gobierne

Tacho Rufino | 24 de enero de 2016 a las 20:18

Una de las pequeñeces de la democracia –por contraposición a las tan pomposamente declaradas “grandezas”— es el desgobierno que se produce desde que ya se atisban las elecciones en el calendario hasta que por fin, tras los resultados, se conforma un nuevo gobierno. En la primera fase del desajuste, la acción del gobernante suele estar orientada a camelar al votante. Es en esa etapa espléndida cuando se reparten dádivas más o menos propagandísticas: rebajas fiscales, coyunturales planes de empleo público, tijeretazo de obras concluidas, fiestas en el pueblo, ostentosos carteles del tipo “Mira cuánto hago por ti”. La empatía con el ciudadano se efectúa con criterios de segmentación, buscando usufructuar este o aquel grupo de electores: pensionistas, jóvenes parados, clases medias, familias con hijos, comarcas decadentes. Quien está en el poder tiene un arma en esta fase pre-electoral que no tienen sus contrincantes. Si el poder desgasta, en los meses previos a los comicios el aparato público suele ponerse al servicio de quien lo ostenta. Y produce réditos, o bien para la sangría. Esta prodigalidad contradictoria y a costa de todos pero al servicio de tal o cual partido es algo que debemos considerar consustancial al sistema. Si te dan lo que quieres, sea más tarde o más temprano, a ti te sirve, y puede que esto conduzca tu voto. Esto por aquello.

Tras las elecciones, los resultados de las mismas pueden alargar el periodo de desgobierno hasta límites insospechados; varios meses quizá, y encima sin garantía de que lo que pase al final no sean sino unas nuevas elecciones (que, por cierto, cuestan alrededor de 130 millones de euros a las arcas públicas). En esas estamos en España: quien ganó en número de votos (el PP) debe iniciar los contactos para formar gobierno, aun a sabiendas, como es el caso, de que su principal novio (el PSOE) no lo quiere ni en pintura, porque como todo el mundo sabe el partido socialista es una fuerza política de indudable carácter progresista y no se junta con conservadores. En este noviazgo sin futuro hemos consumido un mes, aunque los españoles nos hemos entretenido corriendo la gymkhana de lo que fue la Navidad y hoy es la repanocha sandunguera que no cesa. Ahora entraremos en nuevas negociaciones para la promiscuidad, en este caso de quien quedó segundo pero cuyos resultados huelen algo más que a desastrosos. El protagonista de los encuentros en la segunda fase es un Sánchez vapuleado en las urnas y rechazado por buena parte de sus correligionarios. Sus opciones pasan por aliarse con los progresistas inmaculados de Podemos… y con quien haga falta, incluidos quienes en general odian la idea de España, y encima tienen su propio camarote de los Hermanos Marx autonómico en curso, los nacionalistas catalanes. Quienes dimos la bienvenida a la diversidad política estamos reculando en dicha visión: aquí no hay quien gobierne.

No obstante, podemos consolarnos y relajar el estrés del desgobierno que tampoco cesa. Si nos concedemos el sarcasmo, casi mejor que no puedan gobernar. Así las instituciones pueden trabajar “técnicamente”, los funcionarios y empleados públicos se ponen al día sin el aliento del ‘zoom politikon’ de turno en el cuello. No se producen –al menos, tan pronto—los recortes que suelen suceder a las elecciones, que vienen a compensar la artera generosidad previa a los votos. Al menos algo tenemos claro, a la postre: España claro que no es Grecia y claro que no es Portugal (ellos no tienen independentismo, una gran rémora del desarrollo español en la actualidad): España no se parece ni a sí misma. Algo sí conservamos: la bipolaridad y la incapacidad de entendernos manteniendo como prioridad el interés común los españoles. Si es que tal cosa existe, claro.

Más peligro que un CEO errante

Tacho Rufino | 24 de enero de 2016 a las 20:12

“El tecnócrata que vale para todo suele proteger más su espalda que la de sus empresas”

John Kenneth Galbraith (1908-2006) fue un economista canadiense que no respondía al prototipo de sus pares norteamericanos. A pesar de ser un iconoclasta y denunciar las tendencias degenerativas en la ‘genética’ del sistema capitalista, no sólo fue profesor de Harvard, sino embajador de Estados Unidos en la India y editor de ‘Fortune’. Un gentleman que, aun siendo economista, era un humanista culto. Excéntrico, que no extravagante, fue apreciado por el ‘establishment’. Desechó las corazas técnicas que tanto cobijo dan al tenido por sabio económico en un mundo exterior cuyo público no comprende nada de lo que hace y desconfía, Galbraith dejaba en un segundo plano a la Econometría o la Teoría Económica –territorios eminentemente teóricos–, y se decantó por el análisis de las consecuencias de la política económica en la sociedad. Desde ese interés ya comunicable y accesible a cualquier persona con una formación media, criticaba sin tecnicismos la realidad del sistema; sin ser ni mucho menos, ya se ha dicho, un ‘antisistema’. Su legado es clásico, o sea, está vigente a pesar del paso de varias décadas: criticó la codicia de un sector privado que aspira con denuedo a sustituir al sector público; denunció la excesiva desigualdad como corrosiva para la estabilidad y la salud social; advirtió de que las grandes corporaciones traen en sus entrañas las cadenas de la libertad de mercado y dinamitan de facto la libre competencia, y defendía la mayor virtud y conveniencia económica de las empresas familiares y medianas, siempre que no estuvieran manejadas por un acaparador de poder cuya agenda y planes personales primasen sobre los de la compañía y sus socios.

Concretamente, Galbraith reinterpretó un término, “tecnoestructura”, indispensable para entender la corrupción no ya política, que también, sino la perversión funcional que sobre las propias empresas que dirigen perpetran muchos altos ejecutivos: economistas, ingenieros, juristas, expertos en marketing. En no pocos casos –la evocación de la realidad empresarial y bancaria española reciente es inevitable–, estos grandes directores, CEOs, presidentes ejecutivos y virreyes funcionales transitan de gran empresa en gran empresa, vampirizándolas. Nos explicaremos con un ejemplo, digamos, ficticio. Un alto ejecutivo de una multinacional planetaria en fabricación y venta de bebidas refrescantes decide que ya está bien de trotar por el mundo, y comienza a planificar su regreso a casa desde su último y lejano destino. Una vez conseguido en la tarjeta el letrero “CEO” (siglas de máximo jefe), estos ejecutivos parecen poder ser eficaces en cualquier empresa, aunque, por ejemplo, su nuevo destino cerca de sus amigos de la infancia sea una empresa que produce aceite o coches. Puede forzar una indemnización de la productora de refrescos –quién si no va a poder–, y pacta un salario galáctico con la aceitera o ‘cochera’ (sin gastar un euro propio a diario). En pocos años, se habrá forrado (o ‘reforrado’). Lo cual no es malo, siempre que, como es usual, el tecnócrata máximo decida que en su nueva empresa él debe dejar su huella, que para eso le pagan, y se dedique al ‘cambio estratégico’ desde su preclara, total y polivalente visión empresarial. Y mee en los árboles corporativos, incluso en los que mejor enraizados están, con o sin tino y sentido. Y corte cabezas buenas y malas, y despida a gente necesaria o prescindible. Con el tiempo, conseguirá otra nueva indemnización. El Drácula corporativo global –y esto es los peor—deja en no pocos casos una empresa peor que la que encontró. Ni siquiera habrá logrado el lampedusiano “que todo cambie para que todo siga igual”. Y a otra cosa, mariposa. Abusando de la literatura: “Ande yo caliente, y ríase la gente”.