Ana Patricia

Tacho Rufino | 15 de septiembre de 2014 a las 19:51

(Foto del funeral por la muerte de su padre, tomada de ‘Divinity’)
ana patricia botín

EL nombre de Ana Patricia me gusta porque me es muy familiar, y no porque coincida con el de la ya presidenta -el sillón de su padre estaba aún caliente- de uno de los bancos más poderosos del planeta. Los apellidos no me son tan familiares: la nueva banquera del Reino va sobrada de apelativos: Botín Sáenz de Sautuola O’Shea; de ésos que te obligan a ampliar la columna de la hoja de cálculo. Ana Patricia tiene también un currículum largo, a pesar de ser joven, aunque esto sólo sea autoindulgencia: tiene dos años más que quien suscribe, 53. No todo son estrellas en su vida, hay algún lamparón, como el de fracasar -no triunfar, si prefieren- en la gestión de un fondo de inversión que ella confeccionó en 2006, la antesala de la voladura. Está bien formada sin duda. Medios no le han faltado para estar en Harvard o en el controvertido Grupo Bilderberg, un club del que se dice que forman parte los titiriteros que manejan los hilos del mundo; cada uno que crea lo que quiera sobre los doctores No.

Ana Patricia fue nombrada por su difunto padre gran jefa de su rutilante desembarco en Gran Bretaña, cargo en el que sustituyó al Cristiano Ronaldo de la alta dirección bancaria, el portugués Horta-Ossorio, y no le fue mal. Después volvió a casa para dirigir a un banco del Grupo Santander, la entidad que compró quebrada y a buen precio Emilio Botín, Banesto, en una jugada con la que el cántabro obró su incontestable ascensión al liderato del ranking bancario español. Ana Patricia se parece a su padre como se parecen algunas hijas guapas a un padre feo, y permitan que diga una evidencia completa: es una mujer. Una de las cien mujeres más poderosas del mundo según Financial Times. No es la primera presidenta de un gran banco privado -las cajas, ay, no lo eran- en España, antes ostentó ese cargo en el Popular otra mujer, aunque sin duda de forma menos ejecutiva que Botín júnior (no hay femenino para el anglicismo, lo siento). En este país en el que repetimos ciertos tics que ignoran la historia de la fobia antibancaria -tan siniestra como los manejos letales de algunas entidades financieras y no pocos prestamistas, cierto es-, que ascienda a una de las más atalayas del poder del país una mujer no es mala noticia, aunque ya digo: para una buena parte de nuestra sociedad, en esos territorios de las altas finanzas no hay géneros, sino peligrosas personas. Uno, sin embargo, prefiere que a Ana Patricia y a su banco le vaya bien, que me cuide la hipoteca y me la mantenga a tipos tan bajos, que no fracase y que sus prestatarios -media España- no pasen a deber su dinero a entidades con menos carácter nacional. La estamos observando, señora Botín. A jugar. Trátenos bien.

Ana Patricia

Tacho Rufino | 15 de septiembre de 2014 a las 10:32

El nombre de Ana Patricia me gusta porque me es muy familiar, y no porque coincida con el de la ya presidenta –el sillón de su padre estaba aún caliente– de uno de los bancos más poderosos del planeta. Los apellidos me son tan familiares: la nueva banquera del Reino va sobrada de apelativos: Botín Sáenz de Sautuola O’Shea; de ésos que te obligan a ampliar la columna de la hoja de cálculo. Ana Patricia tiene también un currículum largo, a pesar de ser ‘joven’, aunque esto sólo sea autoindulgencia: tiene dos años más que quien suscribe, 53. No todo son estrellas en su vida, hay algún lamparón, como el de fracasar –no triunfar, si prefieren– en la gestión de un fondo de inversión que ella confeccionó en 2006, la antesala de la voladura. Está bien formada sin duda. Medios no le han faltado para estar en Harvard o en el controvertido Grupo Bilderberg, un club del que se dice que forman parte los titiriteros que manejan los hilos del mundo; cada uno que crea lo que quiera sobre los doctores No.
Ana Patricia fue nombrada por su difunto padre gran jefa de su rutilante desembarco en Gran Bretaña, cargo en el que sustituyó al Cristiano Ronaldo de la alta dirección bancaria, el portugués Horta-Ossorio, y no le fue mal. Después volvió a casa para dirigir a un banco del Grupo Santander, la entidad que compró quebrada y a buen precio Emilio Botín, Banesto, en una jugada con la que el cántabro obró su incontestable ascensión al liderato del ranking bancario español. Ana Patricia se parece a su padre como se parecen algunas hijas guapas a un padre feo, y permitan que diga una evidencia completa: es una mujer. Una de las cien mujeres más poderosas del mundo según ‘Financial Times’. No es la primera presidenta de un gran banco privado –las cajas, ay, no lo eran– en España, antes ostentó ese cargo en el Popular otra mujer, aunque sin duda de forma menos ejecutiva que Botín júnior (no hay femenino para el anglicismo, lo siento). En este país en el que repetimos ciertos tics que ignoran la historia de la fobia antibancaria –tan siniestra como los manejos letales de algunas entidades financieras y no pocos prestamistas, cierto es–, que ascienda a una de las más atalayas del poder del país una mujer no es mala noticia, aunque ya digo: para una buena parte de nuestra sociedad, en esos territorios de las altas finanzas no hay géneros, sino peligrosas personas. Uno, sin embargo, prefiere que a Ana Patricia y a su banco le vaya bien, que me cuide la hipoteca y me la mantenga a tipos tan bajos, que no fracase y que sus prestatarios –media España– no pasen a deber su dinero a entidades con menos carácter nacional. La estamos observando, señora Botín. A jugar. Trátenos bien.

Emilio Botín, el banquero del Reino

Tacho Rufino | 15 de septiembre de 2014 a las 10:29

LA muerte de Emilio Botín ha sido el acontecimiento de la semana, y más que probablemente el acontecimiento empresarial del año. Cientos de semblanzas se han publicado sobre el banquero cántabro y global, y muchas de ellas desde una perspectiva que obvia los hechos empresariales que jalonan su fulgurante vida de hombre de negocios, y prefieren a la hora de acometer el perfil tirar por la su condición de plutócrata principal de España: el morbo que da escribir sobre el hombre más poderoso del país. O mejor dicho, el que lo fue durante años y hasta la madrugada del miércoles. Síntomas gráficos de su incontestable preponderancia podemos mencionar dos a vuelapluma: aquella vez en 2012, en Brasilia, cuando bajó al vestíbulo de su hotel a darle la mano y una palmada en el hombro a un Juan Carlos I rodeado de una legación comercial de diplomáticos, empresarios y asesores vestidos de terno oscuro, mientras él lucía bermudas y polo rojo, rojo Santander y ya entonces rojo Ferrari también; y aquella otra ocasión en 2011 presidente Zapatero convocó a los empresarios señeros en Moncloa, y don Emilio llegó el último, salió con todo el garbo posible del coche en tirantes y corbata rojos, y se colocó ante los fotógrafos la chaqueta sólo después de caminar unos buenos pasos con cierto aire a la americana, desenfadado y algo socarrón. Síntomas, como decimos, aunque la materialidad numérica y esencial de su influjo en la historia de la economía contemporánea española es evidente.

Otra cosa es la patética nueva entrega del frentismo nacional que la muerte de Botín ha suscitado. Tengo para mí que la vida de un hombre de estas características tiene, como la de los actores famosos, algo de cinematográfica, de meta-vida, de vida paranormal, de irrealidad. Por tanto, es normal que la gente diga lo que quiera del deceso sin exigencia ética de atenerse estrictamente a la debida discreción y respeto que se aplica a los fallecidos cercanos de a pie. Y es lógico y no debe escandalizarnos que se hagan chistes, como se hicieron llegado el momento sobre Franco o sobre Errol Flynn: en el fondo, ratifican la grandeza -al menos, por el tamaño de su presencia- del personaje. Otra cosa son las pasadas de frenada de algunos periodistas que buscan chupar cámara con una estrategia de diferenciación profesional nauseabunda (Salvador Sostres ha escrito: “Lo fundamental para un país son sus ricos, la turba es intercambiable”… y aquí ando yo haciéndole el caldo gordo al túrbido sujeto), y otra más los vivas a esta muerte que han pululado con cierta intensidad en las redes sociales. Y otra también, algo gratuita y con pretensiones, la postura de quienes han asumido el magno óbito como algo casi familiar, indignándose y contraatacando laudatoriamente.

Dejando por un momento de lado la discusión filosófica sobre el oficio de banquero y la controversia sobre la licitud democrática del mucho poder fáctico, Emilio Botín ha sido un gran banquero, el mejor que ha conocido España. Lo es en cuanto a sus resultados, a su expansión internacional, a su capacidad de innovar y adaptarse a los cambios del entorno e incluso a su innegable condición de marcador de tendencia. Le guste a usted eso de la Marca España o no -yo tengo mi propio debate personal sobre ello-, dicho artefacto de imagen de país es cosa de Botín. Y Londres salpicada de Santanderes en blanco sobre rojo, y la mayor financiera de consumo de Alemania y… Botín -su banco- ha sido el menos salvado o ayudado de los bancos españoles, y ha lanzado flotadores al propio Estado en momentos críticos, si bien es cierto que todo ello sucedía en medio de un círculo vicioso de compra y venta de deuda pública. Desde que se quedó con Banesto en el 94 y con el Hispano en el 99, adquirió y mantuvo su liderazgo, e incrementó sus niveles de empleo y éxito corporativo. Lo que es, es.

Sus manzanas y nuestros pepinos

Tacho Rufino | 8 de septiembre de 2014 a las 17:12

ESTE país es sin duda peculiar, aunque se me ocurre una buena pila de adjetivos menos indulgentes y seguramente más certeros que ése. Digamos, para no mortificarnos gratis, que somos peculiares. Peculiar es que un presidente de una comunidad autónoma -deseando dejar de ser tal cosa- diga esta semana a sus empresarios (bien sabemos que los verdaderos empresarios no tienen patria en su condición de tales) que igual que aquella muerte de western tenía un precio, la independencia también lo tendría, y que habría que asumirlo. Según él, la secesión tendría un coste menor para Cataluña que seguir en la situación actual. “Emitan sus vaticinios, es gratis”, vino a decir él después, porque es evidente que para tal escenario de independencia, comparar el antes y el después es una tarea tan maleable como una plastilina al sol de agosto. A los empresarios no directamente afectos al también pestilente régimen de Convergencia i Unió, quizá les suponga más un ingreso extra que un coste, pero a los empresarios normales de Cataluña (es decir, aquéllos que venden mayoritariamente en España) lo de la independencia les separa la camisa del cuello: tienen mucho más por perder que por ganar; por razones obvias, no sólo comerciales, sino relativas a la necesaria estabilidad política e institucional que requieren los negocios normales para ser buenos negocios. No es lo mismo vender cacao soluble o espumoso en España que venderle papelería al Govern o hacerle las carreteras entre amigos. Y eso tiene un precio, claro que lo tiene. Como la muerte en el far west. No hay duros a cuatro pesetas.

Hay otros países que emiten señales más saludables, mucho menos corrosivas. Polonia, por ejemplo, un país que suele compararse con España con más o menos tino no sólo por el hecho de ser un país católico pata negra, sino por su estructura económica y demográfica. Los polacos se han unido de nuevo contra su mayor enemigo histórico, Rusia. Mientras ellos centripetan, nosotros venga a centrifugar. En este caso, la causa de su fuenteovejuna es el veto ruso a la fruta y otros suministros provenientes de la Unión Europea con que Putin ha respondido al apoyo mayor que la UE da a Ucrania en su conflicto armado con el gigante ruso. Rusia es una gran consumidora de todo, y en concreto de manzanas polacas. Pues bien, no sólo los productores de manzanas angustiados por el batacazo de sus precios y la incapacidad de colocar la mercancía a estas alturas de la temporada, sino gran cantidad de particulares e instituciones de todo tipo de Polonia se han unido activamente a la campaña “Come manzanas para molestar a Putin“. Muchas manzanas tendrán que comer para compensar el quebranto comercial, pero en algo sí que lo paliará este trabajo de equipo nacional de consumidores comprometidos con su país: los precios no bajarán hasta el límite de no valer la pena comercializar las manzanas, y los almacenes de esa fruta no se llevarían a la basura o a alimentar a los socorridos cerdos. Bien mirado, así el jamón polaco -que tanto consumimos aquí más o menos camuflado-no sabría tanto a reineta y a granny Smith en los próximos años.

Buena parte de Cataluña anhela la idea de salir de España, y eso tiene un efecto tan imprevisible como con certeza importantísimo sobre el comercio español, y no digamos sobre el catalán, en un hipotético escenario de ruptura. Aquí jugamos a romper la casa con seguras consecuencias nocivas para todos a corto y medio plazo. En otros sitios juegan a apuntalarla ante la adversidad, y a hacerlo con gracia. Aquí podríamos haber hecho algo parecido con las nectarinas. Tampoco lo hicimos con el pepino en su crisis en el mercado alemán: sólo nuestra consejera de Agricultura se comió su ración extra. También es que el pepino en exceso es una cosa muy indigesta.

El otro Erasmus

Tacho Rufino | 8 de septiembre de 2014 a las 17:06

Si hay una cosa que verdaderamente envidio de la generación siguiente a la mía –entendida ésta como la de mis hijos– es el programa Erasmus. Esta iniciativa de movilidad universitaria becada entre los países de la UE es la mejor herramienta de combate contra la boina terruñera calada hasta las cejas, y además tiene la no menor virtud de propiciar que muchos jóvenes valoren lo que tienen en casa: en la nevera, en el saldo del móvil, en el bolsillo en general, en la lavadora, en la despensa del cariño y de la protección. Erasmus tiene como principal objetivo fundacional no ya incrementar el acervo intelectual comunitario, sino crear ‘conciencia europea’. Es como la mili del siglo XXI, que hace ver a los recién adultos que hay vida más allá de su sofá, su vida en red social, su centro comercial y su ‘skate park’, y además sin sargentos y sin analfabetos… y con idiomas. Tras ese bendito ensayo de cosmopolitismo e independencia, viene el final de la carrera y, ay, la vida laboral. “Ay” en nuestro caso, el de una España incapaz de ofrecer empleo digno a gente cualificada pagada por todos. Hablo de la Universidad publica; la privada la paga cada uno de su bolsillo y su gran virtud es la de crear redes de contacto de empleo digno, prácticamente el poco que hay aquí, y más una vez aniquilado prácticamente el recurso democrático y regenerativo de las oposiciones, que podían convertir en profesor universitario o juez a grandes hornadas de gente de familia humilde: higiene social, ‘kaputt’.
En esos encuentros en la tercera fase europeos –los de la movilidad profesional entre ciudadanos de los distintos países– también hay clases. Esta semana hemos sabido por el prestigioso Forum Alpbach cómo es este intercambio de mano de obra cualificada, que tiene mucho más de necesidad y de oferta y demanda que de vocación política integradora. Los países receptores de profesionales son, como usted ya se imaginaba, Alemania y Austria, los países escandinavos, Gran Bretaña, Bélgica y poco más. Los países emisores son fundamentalmente Francia, los pequeños bálticos y los periféricos casi en bloque: Italia, España, Grecia, Rumania, Polonia. Si se fijan bien con las gafas ‘weberianas’ puestas, la división está de alguna forma bastante asociada a la religión: protestantes ricos emplean a profesionales católicos, fundamentalmente médicos, fisioterapeutas, dentistas, enfermeros y profesores de secundaria. Quitando a estos últimos, hablamos de las titulaciones de mayor dificultad de acceso y coste formativo para el Estado. O sea, formamos muchos profesionales con alto valor añadido (morteradas de euros públicos de añadidura) para que lleguen los pérfidos calvinistas y se los gocen ellos. El negocio del siglo: dicho con sarcasmo, el negocio es nuestro; dicho en plata, el negocio es de ellos.

A trabajar posvacacionalmente

Tacho Rufino | 1 de septiembre de 2014 a las 17:43

HOY es el último día de vacaciones para una gran cantidad de españoles, algo que viene a ser como el verdadero último día del año. Un revolucionario al estilo francés, pero de estos tiempos, establecería que mañana comienza el mes Primus Trabajario para aquellos que tienen un trabajo de esos fijos que, encima, dan derecho a un mes de vacaciones pagadas, mayoritariamente agosto. Hoy finalizaría Folgario, el mes de no trabajar, si es que desplazarse, dormir en camas ajenas, comer fuera con gran frecuencia y alternar con gente insólita no son un trabajo notable. Mañana comienza septiembre, mañana ya habrá atascos y zona azul, mañana o pasado comienza el curso de los niños, y se da el pistoletazo de salida para coleccionables, matrículas de gimnasios, dietas y la contabilidad doméstica descuajaringada por las vacaciones (siempre hay ingenieros del poco pago, que no sufren tanto por este último concepto, pero ése es otro cantar). Aunque en el inminente uno de septiembre no pocos se sienten liberados de la holganza obligada y gritan para sus adentros su personal “¡vivan las caenas!”, mañana muchos muestran o dicen sentir claros síntomas de depresión posvacacional, una enfermedad psicosomática aún no aceptada por la práctica psiquiátrica.

Aunque la depresión es una sorda acometida emocional que se gesta durante largo tiempo, salvo las ocasionadas por traumas repentinos, no pocos trivializan el término y dirán cosas como “vaya depre que tengo, tío” o “estoy mentalmente hundido por empezar a trabajar”. Es normal, no nos pongamos rigurosos. Lo peor es que se da cada vez más -o así lo percibe uno- la predepresión posvacacional, término que ofrezco a la ciencia, y que es algo que quizá usted haya venido sintiendo durante toda esta semana: el miedo a acabar algo, las vacaciones, y el temor a comenzar algo, algo que quizá no nos gusta y que además sentimos como inestable: el trabajo. Usted será afortunado si ha tenido la sensatez necesaria para dosificarse las vacaciones (si es que está en su mano dosificar, algo también improbable hoy), o bien es de esas personas que sufren en silencio y en una casa temporal las vacaciones que vacían la ciudad y revientan las costuras de los pueblitos. En este caso, usted quizá sienta una liberación mañana lunes.

Entre predepresiones, depresiones y posdepresiones, está la vida, eso que sucede entre el pasado en el limbo, el presente fugaz y el futuro por venir, si se me permite remedar de mala manera las disquisiciones sobre el tiempo de San Agustín. Dejemos la depresión para quienes de verdad la sufren. Y entonemos en plan yeyé aquello de “el que tenga un trabajo, que lo cuide, que lo cuide”.

La gran evasión

Tacho Rufino | 30 de agosto de 2014 a las 17:39

ESTA semana de fin de fiesta hemos sabido que ha muerto Richard Attenborough, director y actor de cine inglés, que en La gran evasión hace el papel de un oficial de la RAF británica en la Segunda Guerra Mundial al que la Gestapo mantiene preso junto con otros aviadores aliados. Attenborough encarna a un tipo de fina inteligencia que no para de maquinar planes de fuga desde que fue cogido prisionero. Un amigo colgó en las redes sociales el día del fallecimiento un homenaje al que también fue director de Gandhi, pero prefirió la banda sonora de trepidante ritmo militar de La gran evasión a la más sentimental de la película del líder indio. Acompañaba el tráiler musicado con una frase: “La gran evasión, 1963 (nada que ver con ex honorables)”. Primero porque al ex honorable Jordi Pujol difícilmente lo veremos encerrado, y porque esta figura de la Transición no tiene nada de militar y sí mucho de cortesano. Y también porque su evasión ha sido fiscal, nada de aventuras y brillantes fugas: más bien se da todas las trazas de un gran mangazo; nada brillante, muy negro más bien. Como negras eran las poco finas bolsas de basura repletas de billetes grandes en las que uno de sus cachorros transportaba el oscuro dinero camino de la frontera.

La gran evasión no sólo le viene como anillo al dedo a Pujol y su prole, sino también a otro asunto que igualmente nos ha recordado la asociación de técnicos de Hacienda llamada Gestha. Según su último informe, el Ministerio de Montoro hace poco por investigar y sancionar al gran evasor español, que además se resiste a repatriar su dinero a cambio de una reprimenda y una comisión, por no hablar de que cuenta con equipos de asesores de primer orden. Como quizá usted sepa por experiencia propia, son las rentas medias y, normalmente, asalariadas las que sufren en silencio la hinchazón de la presión fiscal y el molesto picor financiero que provocan en los hogares las subidas de IRPF e IVA. Así a vuelapluma, uno recuerda sólo un verdadero caso de castigo de Hacienda a un evasor rico de verdad, Lionel Messi. Es cierto que el futbolista argentino es una estrella que da morbo a la noticia, pero quizá también sea cierto que la presa es relativamente fácil: Messi y su algo pirata padre no sólo tienen dinero para responder por su delito, sino que se veían abocados a pagar sin hacer mucho ruido en la defensa, dado que si de algo viven los astros del balompié, más allá de jugar a la pelota, es de la imagen. Y de paso, la imagen del Ministerio de Hacienda gana en credibilidad y responsabilidad social. Estupendo, si no fuera porque -al menos según Gestha, gran pepitogrillo tributario español- lo de Messi ha sido un caso bastante aislado.

Como diría un marketiniano, Hacienda ha definido su target contribuyente justo de la forma contraria a lo que cualquier programa electoral promete: en vez de ir a por los grandes defraudadores, mortifica al que no tiene escapatoria y está fichadísimo, o sea, el asalariado y, en menor medida, el profesional. Enfocar al segmento de grandes patrimonios, y más a aquellos que además de ser grandes cometen delito fiscal, tendría una ventaja clara: aunque el proceso por lo general es más costoso que empapelar a un don nadie, los ingresos que se producen por las sanciones son muchísimo mayores. Pescar a un pez gordo en vez de a cien mil boquerones. Gestha valora en un 70% del fraude fiscal total el que se produce en los grandes patrimonios. Por valorar que no quede, pero asusta. Y más aun asusta que estemos ante un nuevo síntoma de mala política, que parece -lo sea o no- tender a conchavarse con el poder que antes se llamaba “fáctico”. Así se pierden votos: un boquerón, un voto… igual de válido que el de los tiburones blancos y lo pujoles de la vida de este país que -será la fecha- es para pegarse una gran evasión personal.

Tabacos de liar, ‘low cost’ y contrabandeado

Tacho Rufino | 26 de agosto de 2014 a las 18:02

LA globalización económica se ha basado en la comunicación, y por eso zonas del mundo antes prácticamente incomunicadas entre sí ahora funcionan como vasos comunicantes, en los que los fluidos -esencialmente, el de la riqueza- se desplazan de la mano de los ciclos y de la historia, creando un nuevo equilibrio inestable. Vasos ricos de toda la vida, como Europa, pierden volumen en favor de otros vasos del globo, como China o India. Esto sucede en la producción y en el consumo agregados, pero también en las manifestaciones económicas más de andar por casa, como la costumbre de fumar. El consumo de tabaco es un indicador micro de lo más jugoso. Mientras chinos e indios aumentan su nivel tabaquista del bueno -el del paquete de tabaco con cigarrillos emboquillados de marca de bandera, como Winston o Marlboro-, en Europa el tabaco es cada día más un estigma para quien lo consume. En España, este asunto no es ya un síntoma de una vida más saludable en general, sino que refleja con claridad el pendulazo hacia atrás de la economía de nuestro país.

Esta semana hemos sabido que las ventas de cigarrillos de marca veterana han sido el vivo ejemplo del ajuste de nuestra economía en ese mismo periodo: han bajado casi un 50% en España. Esto sólo es en una pequeña parte debido al menor consumo de humo, o sea, no se fuma mucho menos por saludable decisión, lo que de verdad ha pasado es que la gente se ha pasado a hábitos fumadores de posguerra: de vuelta al tabaco de picadura y al de contrabando. Recuerdo a un próspero constructor en los años 80 indignarse al ver cómo hasta el último peón llevaba su paquete de, por ejemplo, Winston “del made” (Made in USA), mientras que él fumaba todavía tabaco liado o Ducados puro y duro. Ahora, un paquete de tabaco de las primeras marcas lleva un altísimo componente fiscal, que denota la relación de amor/odio del Estado con el tabaco: ni contigo (que eres malo para la salud y para los gastos sanitarios), ni sin ti (que eres un ingreso de primerísimo orden para las encanjiadas arcas publicas). Junto con el cigarrillo liado por uno mismo, lo que triunfa en España son las marcas low cost, que tienen nombres con ganas de agradar, como Elixir o Brooklyn. Pero no es la marca lo que importa: el fumador canino es sumamente elástico con respecto al precio; por mucho que lo que a él o ella -las mujeres son mayoría en los nuevos fumadores- le guste su Chester de siempre, por 50 céntimos al día se le es infiel a Chester y ya está. Pero sin duda el rasgo de este túrbido mercado que más nos evoca al pasado pobre es el contrabando. El consumidor no siente grandes remordimientos por comprar bajo cuerda y sin beneficio público un cartón de tabaco: no hay fuerza moral para apelar a nuestra conciencia ciudadana cuando aquí, el que puede, principalmente desde un cargo político, trinca. En suma: no fumamos menos; fumamos peor y más barato. De glamour de Sarita, Humphrey o la Thurman, ni hablamos.

Miedo de caer o ganas de volar

Tacho Rufino | 24 de agosto de 2014 a las 22:14

HACE unos años, al volver de un viaje por las Highlands después de gozar la fiesta del Fringe en Edimburgo, mi hermano me regaló una joya literaria sobre la parte más exterior y occidental de aquellas sobrecogedoras Tierras Altas de Escocia, (Viaje a las islas occidentales de Escocia), donde Samuel Johnson -un viajero inglés, por cierto- relataba su periplo con la típica sencillez magistral de los escritores de viajes británicos. En aquel entonces -corría 1775- Johnson relata la transformación traumática de esas tierras entonces remotas y primitivas. Ahora, otra transformación también de alguna forma traumática se está produciendo en la parte norte de la isla que comparte Escocia con Gales y la hermana mayor, Inglaterra. El secesionismo escocés está por fin a las puertas de su mayor anhelo histórico: un referéndum que pudiera devolverles la independencia de Gran Bretaña, perdida hace tres siglos y reforzada como aspiración con el hallazgo de una ingente bolsa de petróleo en las costas escocesas del Mar del Norte en 1970. Ahora, los descendientes de Braveheart se encuentran close to the edge, como se titulaba aquel disco de Yes, palabra clave para el referéndum y nombre de un insigne grupo británico de rock progresivo: Cerca del borde, quizá al límite del abismo, donde uno duda seriamente sobre si el vértigo se produce por el miedo a caer o por las ganas de volar. Como está sucediendo en las filas de una Convergència i Unió catalana que parece arrepentirse muchísimo de haber abierto la caja de los truenos y las consultas sin retorno, a Alex Salmond y sus seguidores secesionistas les flaquean el ánimo y las rodillas. Y tienen sus razones para inquietarse.

La principal razón para la inquietud es económica, asunto que no es el único desencadenante de estos procesos en Europa -el independentismo europeo es más bien rico con respecto al país del que se quiere escindir: Padania, Flandes, Cataluña, País Vasco-, pero sí es probablemente el principal, que viene adobado por otros ingredientes historicistas, culturales y folclóricos, con cantidades variables de verdad, derecho y justicia, y también de melancolía, de agravios, de certeza en la superioridad moral, de carácter excluyente y de cohesión étnica o tribal. Pero el dinero y los recursos son de forma más o menos expresa la clave. En el caso de Escocia, el recurso se llama petróleo, cuyos campos en el mar están en territorio claramente escocés, a pesar de lo cual, según alegan, los beneficios los han olido los lugareños nada más que lo justo, con la pérfida Albión y su gran máquina político-financiera londinense a la cabeza de tal expolio (¿les suena el término?). La prosperidad del nuevo Estado escocés se publicitaba y vendía en buena parte por el petróleo, que aseguraría pensiones y niveles de vida tan jugosos como su vecina y gran bendecida por los hados crudos en Europa, Noruega. Fue bonito mientras duró: esta semana hemos sabido que los habitantes de las islas frente a las que se extrae el petróleo amenazan con reclamar su propia independencia de Escocia si ésta se independiza de Gran Bretaña… quedándose con el petróleo, claro. La deconstrucción infinitesimal del terruño. Recordarán que los habitantes del Valle de Arán -los más ricos de Cataluña-también han advertido de lo mismo a CiU y ERC, porque no quieren separarse de España y porque para colmo… ¡tienen su propio idioma! Y es que las carga el diablo y nadie dijo que fuera fácil. Alguno podría aducir otro aforismo: donde las dan, las toman. Quizá el problema del independentismo bullente es que, al final del folclore, el ecumenismo nacional y la exaltación patriótica -con lo que eso alivia la sensación de crisis- viene al acantilado. Toca saltar, abrazar la libertad de verdad, con todos sus avíos. Los valientes se encuentran entonces ante una rara sensación de vértigo, en la que, como decíamos, uno no sabe si tiene miedo darse el gran trastazo o una inmensas ganas de volar de la jaula, más o menos brutal el trastazo y más o menos figurada la jaula.

PS: el título de este artículo es robado de una canción de Jovanotti, ‘Mi fido di te’

Uber, viajar de otra manera

Tacho Rufino | 19 de agosto de 2014 a las 1:02

UBER es una aplicación, como casi todas las cosas que se precien de ser algo hoy: una forma de conectarse en red. En el caso de Uber, hablamos de una plataforma web que pone en contacto a viajeros para que compartan coche. Algo que ha existido de toda la vida. Sólo que ahora no es simplemente una vía para poner a gente en contacto y compartir gastos de viaje, sino una forma industrial y potencialmente masiva de facilitar servicios de transporte, más barata que ir en tren, en bus o en taxi, negocios todos ellos que crean unas empresas bajo cierto control de la Administración, es decir, que pagan impuestos y crean un tipo de economía reglada. Desde una óptica liberal -o sea, contraria al control gubernativo por principio-, es ante todo un fenómeno competitivo que beneficia al consumidor. También jóvenes criados en el low cost comparten la defensa de Uber. Pero si bien compartir coche es algo muy positivo, disfrazar de eso una vocación lucrativa sin pagar por ello es economía sumergida. ¿Te gusta la economía sumergida? ¿O prefieres llamarlo “consumo colaborativo”? A día de hoy, esta competencia es desleal. ¿Que los taxistas se han dormido en los laureles y otro transporte privado les muestra la matrícula y les quita negocio? De acuerdo, hay trato, pero tal argumento es válido si todos juegan con las mismas obligaciones legales. Si no, hay truco. ¿Por qué yo pago cotizaciones sociales e impuestos y seguros, y los proveedores de Uber, no?, protestan. Con más razón que un santo, el propio San Cristóbal y el propio San Rafael incluidos, que son patrones viajeros. ¿O no es así? La actividad económica lucrativa -tan necesaria- debe contribuir a sustentar los gastos comunes. Es un cuestión de principio… o dinamitamos el invento del Estado. A ver los valientes.

La capital de Alemania, como hizo Hamburgo y van a hacer Fráncfort y Múnich, ha prohibido Uber esta semana. Deberán formalizarse estas relaciones económicas y empresariales -que vaya si lo son-, o bien aceptamos que hay quien juega con cartas marcadas, y en la jungla digital nos veremos. Esta app estadounidense alega que sólo pone en contacto a gente que ejerce su libertad de relacionarse. Esa libertad idealista y, a la postre, tramposa, que tan poco tiene que ver con la realidad. Te dirán que taxistas, Renfe o Linesur deben adaptarse a los nuevos tiempos, o morir y dejar paso a innovadoras formas de relación comercial. Sí, claro, pero no como un cangrejo invasor. Menos mal que nos queda Alemania, en concreto la muy progresista Berlín, que aduce en su intervención pública -¡qué antiguos, estos alemanes!- que esa forma de transporte compartido es de dudosa seguridad, y crea un tipo de “empresa irresponsable” que, a unas malas, no existe. A ver qué queremos.