Otro cuento de Navidad

Tacho26 de diciembre de 2007 a las 2:58 pm

Con permiso de Dickens, todos tenemos historias tiernas que contar o, como mínimo, que recordar. Yo contaré una minihistoria íntima que, para estar en línea con el propósito de este blog, tiene su moraleja económica.

Mi padre murió joven, y espero que a mis hermanos no les importe que yo cuente que nos dejó unas cuantas herencias intagibles que nos hacen parecidos en ciertas cosas. En estos tiempos en los que se obtiene evidencia científica de que casi todo va siendo genético, no sabría calibrar cuánto de genético y cuánto de adquirido hay en ciertos principios compartidos por nosotros. Lo que sí está en los genes de los Rufino Rus es que todos tenemos una propensión al mal de estómago, y cinco de siete somos miopes. Igual que don Sebastián. Hablemos de gafas.

EL sigo XXI es un siglo de concentración, de escala, de globalidad, donde parece que los pequeños no tienen cabida. General Óptica, Afflelou, Multiópticas, Visionlab y otros venden como churros a precios imposibles para los pequeños. Pues bien, hoy he pasado por el diario transitando entre mareas humanas vestidas de invierno, y entrando a escribir algo en este blog, he visto abierta la Óptica de París, que así se llama el sitio donde desde hace más de cuarenta años mi familia se hace gafas y lentillas (aunque la cirujía ha hecho desertar de esta característica condición a más de uno). Óptica de París -qué gran nombre, tan elegante y sonoro para una ciudad de provincias de aquel entonces- tiene tres empleados con blancas batas inmaculadas que casi no caben en el minúsculo, sobreaprovechado y algo demodé local en pleno centro. Al preguntarme cómo sobreviven, dos respuestas me vienen a la cabeza: primera, porque dan un servicio como de barbero o médico antiguo, que incluye preguntas sobre los tuyos y un poco de guasa futbolística; segunda -que no deja de tener que ver con la primera-, porque no somos pocos los que, por nostalgia y algo más, somos fieles a este tipo de causas.

Con todo el respeto por los gandes almacenes generales o especializados, por el empleo que crean y el dinero que mueven, mientras yo sea miope -y cuando inexorablemente pase a ser cansado visual o maduro bifocal- me pienso gastar mi presupuesto óptico en Óptica de París, donde tres cincuentones encantadores y -snif, snif- entrañables me atienden con precisión técnica, vetusta profesionalidad y gran simpatía. Seguro que ni la tienda se deslocaliza ni, a estas alturas, sustituirán por despistados pipiolos a estos expertos señores que saben, sin estudiar, qué es calidad de servicio.

3 Comentarios

  • Anna

    Desde aquí mi homenaje a esos señores de la bata blanca que no tengo el gusto de conocer. Pero sí conozco, y aplaudo cada día, a los comerciantes de las pequeñas tiendas de ultramarinos de mi barrio, que abren hasta las tantas, todos los días del año, y te resuelven el despiste de quedarte sin leche, o sin pan cuando más falta te hace. Y que tienen la buena costumbre del fiado, que a veces, además de quedarte sin existencias no llevas un duro en el bolsillo.
    En el mercado global, se favorece a menudo al accionista antes que al cliente. ¡Miopes ellos! sin clientes cercanos, fieles y agradecidos no durarían lo que un caramelo a la puerta de un colegio

  • un miope

    ‘Victims fashions’, lo chic, el puro esnobismo, in & out, estar a la última, un toque intelectual, atractivo, interesante… Con las ópticas, o mejor dicho, con las gafas, querido amigo, pasa a estas alturas lo mismo que con la indumentaria; bueno, no es que pase lo mismo, es que forman parte de ella. ¿Acaso no tienen las luminarias de la moda su propia marca de gafas? Ya no sólo nos ponemos gafas para ver mejor, nos las ponemos para que “nos vean mejor”. Pero ya lo escribió H.D. Thoreau: “Hay mayor preocupación por vestir ropa de temporada que por tener la conciencia tranquila”.

  • Tacho Rufino

    @anna
    @miope
    Hola a ambos, espero que hayáis tenido un buen primer día del año. Con respecto a esta forma de consumir de la que hablamos, creo que podríamos acuñar el término “consumo sentimental”, que a la vez es una forma de preservación y de contrapeso ante las fuerzas más poderosas del mercado. Mucha gente se desplaza más de lo estrictamente necesario para seguir cortándose el pelo o cambiando el aceite al coche, por fidelidad, confianza e incluso un cierto sentimiento de protección y pertenencia.
    Yo, particularmente, no estoy contra las grandes superficies y grupos comerciales por definición ni a priori, pero sí creo que, sentimientos aparte, debe existir un equivalente a la biodiversidad y a la conservación en la economía. Y ello no necesariamente en contra de los principios básicos de eficiencia y rentabilidad que son exigibles a cualquier negocio, más si es privado.

Autor

Economía razonable para todos lo públicos

Economista, profesor de la Universidad de Sevilla y columnista habitual de los medios del Grupo Joly

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