Hedge funds: el cascabel del gato

Tacho Rufino11 de Marzo de 2010 a las 18:01

Hace unos días publicábamos aquí una entrada sobre los inversores galácticos, en concreto sobre el magnate George Soros, y sobre los fondos de alto riesgo o hedge funds, desde algunos de los cuales se obran auténticos prodigios de desestabilización de monedas, empresas, sectores y países. Ayer miércoles leo en El País una noticia titulada “Obama apoya las críticas de Papandreu a los fondos de alto riesgo“; en ella se informa sobre un hecho claro: cierto tipo de inversiones puramente especulativas pueden hacer mucho daño a mucha gente, sin que en realidad hayan hecho algo para merecer tanto castigo. Castigo que, en un juego de suma cero, supone un gran premio para quienes desde estas plataformas veloces como la centella, superinformadas y superdotadas financieramente actúan sin piedad -y hasta con impunidad- contra lo que sea, a la caza inmediata de ingentes cantidades de dinero. ¿Que los halcones corren riesgo de perder? Suelen no perder, obvio es. Un párrafo del discurso de Papandreu en Wall Street: “Europa y EE UU tienen que decir hasta aquí hemos llegado a los especuladores que sólo actúan por las ganancias inmediatas sin tener en cuenta las consecuencias que pueden tener sobre grandes sistemas económicos, por no mencionar las consecuencias humanas en cuanto a pérdidas de puestos de trabajo, desahucio de viviendas y disminución de las pensiones”. ¿Podrá Obama con estos adversarios? ¿Quién le pone el cascabel a ese gato tan poderosísimo?

Dicho esto, dicho lo siguiente: Grecia tiene culpas que expiar, lo cortés no quita lo valiente. Sus cuentas públicas, a diferencia de las españolas, no son claras o son falsas.

Islandia, de opulenta a morosa

Tacho Rufino9 de Marzo de 2010 a las 12:58

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En Holanda y en Gran Bretaña están muy quemados con los islandeses, que se acaban de negar en referéndum  a hacer frente a las deudas que sus bancos nacionalizados tienen con los depositantes de esos dos países: acorralado por los acreedores exteriores,  la única solución que tiene un Estado en bancarrota es financiar la deuda trasladando la roncha a los contribuyentes, que caben a unos 11.400 euros por barba roja (ó 40.000 por familia, que así puesto duele más), a pagar en 15 años al 5,5 por ciento. Un palo. Lo que allí sucedió hace un par de años es en síntesis lo que sigue: Islandia tiene una moneda propia, unos 300.000 habitantes y, aunque se enriquece fulgurantemente, tiene problemas de inflación. Para luchar con el alza continuada de los precios, el Estado islandés y su banco central mantienen unos tipos de interés altísimos, del orden del 15 por ciento… no sólo para los créditos, sino también para los inversores, con lo que los dineros europeos en euros (ahorros holandeses, mayormente) o libras (británicos) volaron hacia una gélida tierra; gélida pero  a la vez  presa de un auténtico calentón de crecimiento artificial y de una inflación que no se atajaba con los tipos altos, sino al contrario. Una burbuja de hielo con aire caliente de geiser en forma de créditos excesivos por los depósitos, que al estallar esparció cristales dañinos sobre el sueño islandés. ¿Qué pasó? Que, tras la espita del mangazo sub-prime y la contracción brutal del interbancario planetario, los bancos totalmente desproporcionados de la isla empiezan a tener problemas de liquidez, y su mini-Estado no tiene capacidad de intervenirlos como se hizo en otros países, ni su naif moneda propia contribuye a recibir fondos exteriores para evitar el petardazo. O sea, catacrac. O catacrash.

La negativa de la inmensa mayoría de los votantes a pagar a sus acreedores no hace más que complicar la papeleta a su Gobierno, al que británicos y holandeses dicen querer ayudar con su deuda común (a favor una y en contra otra, eso sí). Los cabreados votantes no son soberanos con el referéndum, pero los gobernantes deben verse las caras con ellos a diario: hablamos de una ciudad pequeña o de un pueblo grande, como quieran. Cuanto más tarden en llegar a un acuerdo, peores serán las condiciones de amortización de deuda. Debe ser duro pasar de rico con solvencia y liquidez a endeudado atrapado en una pequeña jaula de oro… falso.

Crónicas de Tiesilandia

Tacho Rufino8 de Marzo de 2010 a las 18:10

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(Rica y a la par sencilla tostada con oro verde)

El Periscopio que manejan con denodado esfuerzo y bastante guasa (humor, si ustedes son generosos) Lasa y Rufino ha producido una nueva entrega en los periódicos del Grupo Joly el día de ayer, domingo. León, de turno este fin de semana, titula “Desayunos en Tiesilandia” una pieza de la periscópica sección dominical. Aquí va:

DESAYUNOS EN TIESILANDIA, León Lasa

SÍ, de seguir así, va a ser posible que mandemos esto al garete entre todos. Pero, para quienes invocan a la moral como arma de combate, esta semana Funcas se despacha con otro informe agorero y señala que en 2010 la economía se contraerá de nuevo, aunque sólo sea un 0,7%; y, también, que no se creará empleo hasta 2013, dados los bajos niveles de crecimiento del PIB que tendremos hasta entonces. Una recuperación, por así llamarla, en forma de L. Mala cosa, aunque sea mi letra favorita.

Paso de la noticia leída en el diario Expansión (www.expansion.com) a otra verdaderamente exótica que publica la revista financiera Crain’s, editada en Nueva York. Según ésta, la crisis ha golpeado duramente a dos emblemáticos locales de copas y striptease del centro neurálgico de la Gran Manzana: uno, el China Club, culpa de su quiebra a la caída de la firma Lehman Brothers, ubicada a unas pocas esquinas y cuyos empleados, se dice, “eran clientes habituales”; el otro de ellos, el Cheetah’s, permitía a sus parroquianos comer todo el sushi que fueran capaces, eso sí, servido sobre los lomos arqueados de bailarinas semidesnudas. Una versión sofisticada de los bufés de nuestros chinos o de los tenedores libres de los argentinos. La crisis se los ha llevado por delante.

Sin llegar al grado de refinamiento (u ordinariez, como prefieran) de los garitos señalados, donde uno puede, a poco que lo intente, imaginar a ejecutivos de Rolex, corbatas de Hermés y sebagos descorchando botellas de Moët en los años dorados, lo cierto es que el terremoto económico cada vez se nota más en el día a día que nos acompaña; y desde bien temprano. Porque, por ejemplo, según me comenta Carlos, mi informador privilegiado a pie de barra, se empiezan a terminar los desayunos de quinientas calorías y seis euros -”cortado con dos gotas de leche desnatada, mollete integral con aceite, tomate y jamón, y zumo”-, para ser más frecuente lo que denominábamos en tiempos de Carpanta un café bebido. Sin más zarandajas. Y a la hora de pagar ha desaparecido esa generosidad impostada que impedía abonar la cuenta al vecino-”esta es mía”-. Por el contrario, observen, se impone, terminado el desayuno, un gélido silencio que recorre los grupos de comulgantes a la espera de que el que menos sepa aguantar la presión, el más débil, acuda a apagar el incendio. Sé de lo que hablo. Si hasta el 2013 la cosa va seguir así, nos quedan por ver muchos clubes en bancarrota. Y muchos duelos en OK Corral a la hora de pagar el café. Qué rápido hemos pasado de Jauja a Tiesilandia.

Las pleitesías de la fama: el ‘caso Krugman’

Tacho Rufino8 de Marzo de 2010 a las 17:49

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(Prof. Donald Boudreaux, Mason University)

Paul Krugman es una estrella mediático-económica. Empresarios, intelectuales y economistas; la derecha y, con más fervor aun, la izquierda lo tienen en su devocionario desde que ganó el Nobel en 2008 por sus estudios sobre “geografía comercial”, es decir, sobre las pautas que sigue el comercio en los territorios. Sus conferencias, al menos las que dio por España, han sido verdaderos acontecimientos sociales donde no se podía no estar. El advenimiento de la crisis, su arrojo al tratar divulgativamente casi cualquier asunto y su adscripción a The New York Times como economista de cabecera han sido ingredientes de un contexto que el profesor de Princeton ha rentabilizado al máximo. Pero -ah, amigo-, la fama cuesta no sólo para adquirirla, sino para mantenerla con presencia de espíritu. Y los famosos que dan la cara opinando sobre cosas complejas corren riesgos. Por ejemplo, que te salga una mosca cojonera, y que además dicha mosca tenga peso específico y tiempo para escrutar tus movimientos. Como decía el chiste del cura: “sé dónde vives, y sé dónde trabajas”. Alguien perito en la materia, que sigue de cerca tus pasos con el objetivo de detectar contradicciones, las cuales son muy probables en alguien que opina públicamente semanalmente, o incluso a diario, como hace Krugman en su blog.

Resulta que ha salido a la luz -a la infinita luz de internet y bajo sus miríadas de focos- que Krugman ha defendido sucesivamente una política y su contraria. En concreto, Donald Boudreaux (jefe del Departamento de Economía de la Universidad de Mason, en Virginia) lo tiene sometido a un marcaje que ni los de Chapi Ferrer a los pobres delanteros contrarios. En Facebook hay toda una cronología de cartas de Boudreaux al editor del NYT sacando -o intentando sacar- los colores a Krugman y de paso, al periódico. La última entrega de este asedio de un colega invisible a otro visibilísimo ha sido detectar que Krugman ha dicho hace poco en un artículo que “es pintoresco preocuparse por si las prestaciones por desempleo reducen el incentivo para buscar trabajo” en la situación de crisis actual. Hasta ahí, nada malo. Pero el azote del Nobel neoyorquino ha detectado que el propio Krugman afirmaba algo que resulta contradictorio con esto (según Boudreaux), en un manual universitario actualizado el año pasado: “… en otros países, especialmente en Europa, los beneficios (sociales) son mayores y más duraderos. El inconveniente de esta generosidad es que se reduce el incentivo del trabajador para encontrar rápidamente un nuevo empleo”.

Un detalle de una de las cartas que el profesor de Universidad de provincias manda al magante periodístico Sulzburger: “I propose that Times Co. chairman Arthur Ochs Sulzberger, Jr. reduce Mr. Krugman’s presence on the page to, say, one column per year. The remaining hundred or so columns that Mr. Krugman would otherwise have written for the NYT can be written by unemployed economists“. En corto, viene a proponerle que le quite trabajo a su nada amado Krugman, y se lo dé a otros economistas con menos fama, que él mismo le señalaría. Todo esto viene por la propuesta de Krugman en sus columnas de practicas el “job sharing”, o sea, de compartir el puesto de trabajo. La escopeta la tiene cargada el hombre, sí.

¿Responderá Krugman al rentoy del envidiosillo Boudreaux? ¿Más que envidioso, no está realmente utilizando una estrategia de rémora, sin llegar a parasitaria pero nada simbiótica? Seguiremos informando.

El rábano por las hojas

Tacho Rufino8 de Marzo de 2010 a las 14:36

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(Ilustración: Veer en psicoblogging)

 

CUANDO los problemas colectivos crecen y además son duros de roer, surgen como champiñones los predicadores del pensamiento positivo, que lo mismo enuncian teorías sobre la fuerza del optimismo en forma de proyecto de best-seller que hacen manifiestos-homilía, reformulando aquello tan propio de los púlpitos de “cuando se desea algo con mucha fuerza, simplemente sucede”. Mirar a través del cristal verde esperanza es conveniente en muchos momentos de la vida, para los individuos y también para los pueblos. Creer en algo da fuerza, como la da un complemento vitamínico ante la astenia primaveral, o como pretende esa recomendación de los terapeutas de la depresión: “Salga usted de casa aseado y arreglado”. Se trata de atacar el síntoma… quizá porque la causa del mal es muy poderosa y radical, o incluso porque se la desconoce. Poner buena cara al mal tiempo es una máxima muy popular y puede contribuir a negociar mejor el temporal, pero desde luego no es una táctica para solucionar los problemas.

Las teorías económicas cuentan entre sus filas a quienes coinciden con la mencionada opinión, pero en versión agregada: si muchos esperan que algo suceda, ese algo tiene muchas más probabilidades de ocurrir. Según quienes esto sostienen, sin embargo, hablamos de expectativas que nacen de una percepción de la realidad, y no de creencias ni de un mero ejercicio de voluntarismo. Por ejemplo, si muchos brokers temen de repente que el euro se deprecie frente al dólar, el euro tenderá a bajar, lo cual se realimentará con los ataques de ocasión de las implacables formaciones de halcones que pululan por los mercados de capitales. O sea que, en este asunto de las expectativas, hay mucho de material y poco de espiritual; y nada de telepático o providencial.

Se ha escrito mucho esta semana sobre la iniciativa de empresas, intelectuales y profesionales españoles denominada estosololoarreglamosentretodos.org. El nombre de la plataforma evoca a aquello de “somos los mejores bueno y qué” que se cantaba al ganar un partido en el recreo. Decido bichear. Entro en esta web del mentalismo anticrisis y me encuentro con un vídeo donde el escritor Juan José Millás compara la temperatura con la sensación térmica para concluir que la sensación de crisis es exagerada. Que la sensación térmica de crisis es más intensa que la crisis en sí. Lamentablemente, algunos nos tememos que no es así, sino más bien al contrario. Es de temer, además, que esta iniciativa de sugestión colectiva desaparezca en poco tiempo, como lágrimas en la lluvia: El Langui, Pau Gasol, Leopoldo Abadía, Mercadona, Millás, Romay, y también cientos de personas sin tanto nombre se suman a la iniciativa de la motivación redentora. Demasiada heterogeneidad para España. De nuevo, ojalá. Permítanme que dude, y para justificar mi tibieza traigo a colación dos máximas que extraigo de la web de moda, y no de un breviario del buen adolescente escrito en las primeras páginas de un libro de texto: “Porque cuando tú, y tú, y tú, y yo, nos convertimos en nosotros, no hay nada que no podamos arreglar.” “Somos gente como tú, y pensamos lo mismo que tú piensas. Y lo que hacemos es lo que tú hubieras hecho en nuestro lugar.”

Necesitamos: un nuevo contrato de trabajo justo que acabe con la dualidad de derecho instalada en la ley laboral; una política presupuestaria y fiscal clara (¿subimos o bajamos los impuestos?), un traslado de la austeridad de los particulares a las administraciones públicas, una casi utópica reformulación de las competencias estatales y autonómicas, recuperar el tiempo perdido en educación de los nuevos españoles… y mientras peleamos por estos asuntos tangibles, no está de más entonar el All together now y hasta souls antidepresivos. Pero no cojamos el rábano por las hojas, ni nos despistemos

Duro como un ladrillo

Tacho Rufino3 de Marzo de 2010 a las 10:24

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Jethro Tull, el grupo de rock progresivo liderado por el flautista escocés Ian Anderson, publicó su disco “Thick as a brick”´(en español, “Duro como un ladrillo”) en 1972. La canción que daba título al LP (vetusto término, qué le vamos a hacer) es de las que hoy día serían impensables en el mainstream musical popero o rockero: si dos afectados con tela de pose como los integrantes de Pereza, uf, son los defensores del rocanrol con que se les llena la boca, aviados estamos. No quiero (y no puedo, no soy capaz) adentrarme en las blogueras aguas jurisdiccionales de mi compañero Blas Fernández, pero no me resisto a tomar de nuevo el nombre de un mito musical en vano y hacer de la canción en cuestión un título para esta entrada, que va de la repentina recuperación de cariño del Gobierno hacia el sector de la construcción. En realidad, me lo merezco: son muchas las horas que he pasado escuchando esa canción de más de 40 minutos, la única de un vinilo con portada de periódico. Soy capaz de cantar estrofas completas del a veces obsceno poema (el duro ladrillo no es un verdadero ladrillo, no sé si me entienden), escrito por un adolescente y arreglado e interpretado por Jethro Tull, y también perpetro sus solos de flauta sin pudor alguno… eso sí, en la intimidad.

Pues bien, el Gobierno, apurado por la ciclogénesis explosiva de la economía, ha decidido volver a ordeñar a la vaca. La vieja vaca de la construcción: vieja, sí, pero nuestra vaca, como los hijosdepú de las bandas de gangsters, o como los leñeros oficiales de los equipos de fútbol (paradigma y prototipo, Gentile). Cuando todavía la crisis no se losa ponía de corbata a nuestros dirigentes, apostábamos oficialmente por la nueva economía y el cambio de modelo (”¿cariño, qué me pongo esta noche?”). Ahora se vuelven los ojos hacia la construcción, con el apoyo de un banco re-nacionalizado, el ICO. Agüita pa los pollos, que hay que comer, y para comer hay que emplear a gente. Nada como la constrcción para emplear. La ministra Corredor -¡habla, qué hermosa cualidad!- huye de la supuesta peste y declara que estos planes son para “rehabilitar”, no para construir. Quizá hasta se lo crea, que es lo peor. Todos a rehabilitar, que el dinero está fácil (de obtener y de devolver…). En fin, el ladrillo es duro, y aguanta que mancillen su honor y lo pisoteen. Al final resurge de sus cenizas, compacto y solícito como un flotador en pleno naufragio. (Ver noticia de Expansión de hace unas horas.)

Lanuza por Coltrane

Tacho Rufino2 de Marzo de 2010 a las 19:33

Imagen de previsualización de YouTube

El video de arriba lo grabó Pablo Lanuza, pintor sevillano y amigo de quien suscribe. Un poco de arte prestado para el blog de Tacho.

El euro dilata la pupila de Soros

Tacho Rufino2 de Marzo de 2010 a las 16:10

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(Publicado el domingo 28/2/2010 en ‘El Periscopio’, periódicos Joly)

GEORGE Soros es un especulador galáctico que, por alguna razón mágica, goza de predicamento como visionario de los problemas inminentes de las economías (en realidad, su especialidad es crear los problemas), como filántropo y hasta como hombre izquierdas. Judío de origen húngaro, cambió su apellido original, Schwartz, por el palíndromo Soros, un capicúa de letras que causa pavor a la Zona Euro en estos días, como si de una canina con capa y guadaña se tratara. Entre sus reconocidos méritos está el de haber conseguido tumbar a la libra en 1992. Como le sucede a una leona ante un cachorrito de impala despistado, a Soros se le dilata la pupila cuando ve una divisa o una empresa que tiene dificultades. En vez de ayudarla a superar el bache invirtiendo en ella -muy naïf esto, de acuerdo-, la ataca sin piedad para sacar partido de la pérdida vertiginosa de muchos. Esta semana ha apostado 8.000 millones de dólares contra el euro. Si además tiene de palmeros a periódicos de primerísima línea, como The Wall Street Journal esta semana, la caza de ventaja está servida. Cuando Zapatero, por boca de su Gran Blanco, al que Financial Times llamó paranoico, se quejaba hace unos días del ataque especulativo contra la economía española, tenía más razón que un santo. La crisis mundial no ha frenado a los hedge funds y otras plataformas que sólo crean valor para quienes especulan en la economía casino: de refundación del capitalismo, nada. Al contrario.

Igual que el gurú Soros, hay gente muy bien informada y muy rica que se dedica a una práctica llamada short-selling, que podría traducirse como venta corta. Básicamente, se trata de apostar a que algo va a ir a peor con fecha fija. Por ejemplo, el precio de unas acciones o una divisa. O sea, vendo caro y recompro barato, ganando. La clave del asunto está en que con la venta masiva de euros o cualquier otra mercancía financiera provoco una devaluación de la misma, porque los mercados son sensibles a estas cosillas. Huelo dificultades en el euro por la asimetría entre países orejas de burro (Grecia, ¿España?) y países empollones (Alemania, claro) que comparten la moneda… y me lanzo a la venta corta como un depredador, consiguiendo pingües plusvalías. Los puristas del librecambio financiero justifican la venta corta desde los hedge funds con el argumento de que “dan liquidez al sistema”. Yo no acabo de entenderlo. Mientras intentamos alumbrar esa beatífica cualidad (para profundizar en esto, ver artículo The Economist, sobre todo los comentarios), el euro pierde valor frente al dólar a marchas forzadas. Ya no vamos a poder ir de compras a la Gran Manzana, donde vive Soros, con tanta alegría. Esperemos que, al menos, podamos ir de compras en nuestra propia manzana.

Víctimas propicias del ciclo

Tacho Rufino2 de Marzo de 2010 a las 15:54

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(Publicado en El Poliedro, Economía, Grupo Joly, el sábado 27/2/2010)

TODOS tenemos rachas, y la economía también las tiene puesto que, al fin y al cabo, trata sobre la satisfacción eficaz de las necesidades humanas, una ambición algo desmedida a tenor de la realidad de las cosas. Las etapas de vigor, crecimiento y plenitud se encajan entre una anterior y otra posterior en las que el marasmo, la atonía y hasta la penuria son “anaqueles carcomidos que encierran grandes libros”, según decía un escritor cuyo nombre se me escapa. Las travesías del desierto, las personales y las colectivas, merecen varias consideraciones. Primera, no responden en su duración a pauta alguna que la haga extrapolable entre lapsos históricos: pueden ser más largas o más cortas que las fases de bonanza. Segunda, su intensidad es también variable: hay tiempos de gran creación y progreso material que suceden a crisis de menor intensidad, y también sucede al contrario, por lo que el saldo de creación de valor entre los ciclos altos y bajos no responde tampoco a patrón fijo alguno, ni mucho menos predecible con exactitud.

Dicho esto, cabe también decir que es cierto que el saldo general ha sido positivo en el último siglo, de forma que el mayor bienestar de un porcentaje creciente de la población es un hecho. Como también es cierto que los ciclos críticos -como el vivimos ahora- son destructores netos de riqueza… Pero no igual de destructivos para todos los individuos, ni todas las regiones, ni todas las profesiones o colectivos laborales: quienes más ganan en los ciclos altos no son los que más pierden en los bajos, y de nuevo viceversa. Si bien los ricos, salvo casos excepcionales bien tipificados y frecuentemente delictivos o inmorales, también sufren y no se hacen más ricos en tiempos de crisis, sí suelen mantener y aumentar su riqueza relativa con respecto a los que son más pobres. La realidad constatada por Vilfredo Pareto (economista italiano del XIX, que observó que el 20% de la población ostentaba el 80% del poder económico y político, realidad que no ha hecho sino acentuarse con el crecimiento económico planetario, ¿paradójicamente?) se extrema en las malas rachas. A los hechos nos remitimos.

Esta semana hemos sabido que las rentas salariales vuelven a perder peso con respecto a las empresariales y a las del capital en general. Algo indeseable según las constituciones democráticas en vigor por estos pagos europeos, que consagran el principio de redistribución de rentas, compatible con la libre empresa y la lícita prosperidad individual. El problema del desequilibrio entre las ganancias de trabajadores y empresarios no es ético, que quizá también, sino de mercado, de funcionamiento de la economía, de seguridad mercantil y social. De sostenibilidad del sistema, por decirlo a la moda. Los países más pobres tienen los máximos niveles de desigualdad de Pareto: muy pocos lo tienen casi todo. Que las rentas del trabajo, o sea, los salarios por cuenta ajena, perdieran peso en el extinto ciclo alto -que lo perdieron-, y vuelvan a perder peso ahora, son malas noticias. Porque el peso lo pierden con respecto a unas ganancias empresariales de por sí muy depauperadas: las empresas, que ganaron más antes, pierden menos que otros ahora, pero pierden mucho. Todo se adelgaza y encoge.

¿Quién se come el queso de quién? O, para no bordear la demagogia al uso, ¿quiénes están perdiendo de verdad en esta travesía de incierta duración? Las noticias y estadísticas más recientes son tozudas: no sólo las rentas del trabajo cercenadas por el paro, sino los otros colectivos más expuestos a los bofetones. Es decir, autónomos (que, en su conjunto, fueron grandes ganadores en Eldorado del Ladrillo), jóvenes, mujeres e inmigrantes. Y, de entre todos ellos, quienes tienen baja cualificación. El largo y tortuoso camino al que cantaba McCartney, que también tuvo buenos tiempos, es un camino depurativo; puede, pero es un viaje que azota sobre todo a los más débiles. Por eso escuchar la reclamación recortes sociales resulta doloroso. ¿No hay otras partidas adonde mirar?

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Relacionados con este mismo asunto, otras entradas de este blog:

Proletarios del XXI

Despido libre

La ‘clase flotador’

‘Niñodamus’

Tacho Rufino21 de Febrero de 2010 a las 22:25

Desde hace unas semanas, León Lasa y quien suscribe escribimos una nueva sección los domingos en las cabeceras del Grupo Joly, alternándonos cada semana. Se denomina El Periscopio, y estoy seguro de que a mi compañero en este viaje (aunque él es de viajar mucho, pero solo, y a veces con la oscura intención de parir una novela después: ya son tres; 1, 2, 3) no le importará que vuelque aquí su columna, al menos de vez en cuando. La de este domingo que periclita, escrita por León, es tan interesante como inquietante, aunque esto último no quita para que resulte muy entretenida. Aquí va:

Niñodamus and the Doomsayers . El Periscopio. León Lasa.
“NO se trata de otro grupo de rock con denominación sesentañera, pero, ciertamente, así se podría bautizar a todos esos agoreros económicos (que lo peor es que han venido acertando) si se dedicaran los fines de semana a hacer bolos por los pueblos. Esta semana no viajamos por el exterior ni traemos a colación rimbombantes semanarios extranjeros sino que nos quedamos aquí, en España, para comentar algunas proyecciones que animan a sacar del banco lo poco que nos quede, acercarnos a un supermercado de descuento y comprar litros de aceite y kilos de lentejas por lo que pueda ocurrir (y abonarnos de paso a alguna plataforma futbolera para no salir del búnker). Ni Nostradamus en sus cuartetas vaticinó tantas catástrofes. Lo malo, como hemos apuntado, es que hasta ahora lo han clavado.

Santiago Niño es catedrático de Estructura Económica de una prestigiosa universidad catalana y autor de un libro que pone los pelos como escarpias: El crash del 2010. El pasado martes 16, en el diario El País, escribía una tribuna de opinión titulada 2010, El año del crash, en la que venía a hacer una síntesis somera de lo explicado más ampliamente en mencionado libro; y en donde, en resumen y por no extendernos demasiado, señalaba que lo que hemos visto es un aperitivo de lo que nos espera en los próximos años… hasta el 2018. Vaticina una tasa de desempleo cercana al 23% para finales del 2010 y otra contracción brutal del PIB. Y lo más importante: Niño viene a indicar que no nos encontramos ante otra crisis al uso de carácter estrictamente económica, sino, más trascendente, sistémica, como se le ha dado en llamar. Y no podemos estar más de acuerdo porque, además, algo hemos venido apuntando sobre ello en estas mismas páginas. Las premisas sobre las que se desarrolló el Estado del Bienestar europeo (energía barata y abundante, pleno empleo, nula competitividad laboral de los países emergentes, disponibilidad casi infinita de materia primas, etc.) ha saltado por los aires. Y no estamos seguros de lo que nos puede esperar a la vuelta de la esquina. Especialmente a quienes vienen detrás de nosotros.

Se puede pensar de Niño y otros como él que son unos iluminados y que no entienden nada del “optimismo vitalista” (además, su pinta es la de un ecopacifista alemán de los años ochenta). Pero, a ésos, les animo a leer (http://www.loslibrosdellince.com/libros.php?q=46) el artículo que Niñodamus escribió el 5 de marzo de 2006 en el diario Abc y que tituló -en aquella época tan lejana del “pon otra ronda”-precisamente así: El crash de 2010. Para salir corriendo.”

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Economía razonable para todos lo públicos Economista, profesor de la Universidad de Sevilla y columnista habitual de los medios del Grupo Joly

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