Oye, profe…

En estos primeros días de clase en la Universidad, es obligación de los profesores explicar a los nuevos alumnos ciertos extremos sobre la asignatura que se va a impartir: cómo entronca en el programa curricular de la carrera; cuál es el programa de la asignatura, o sea, cuáles son los contenidos teóricos y prácticos de la materia y cómo se van a secuenciar; cuál es la metodología de las clases, es decir, la forma de impartirlas, y, por último, cómo se pretende evaluar los conocimientos adquiridos por el alumno en las clases, en el estudio individual y en las prácticas, grupales o no. Aparte de estas cuestiones básicas, el profesor debe darse a conocer, y tiene la potestad de hacer saber qué actitudes son bienvenidas, cuáles no y cuáles, directamente, están descartadas. Hay profesores a los que molesta enormemente, por ejemplo, que la gente entre tarde en clase y, peor aun, salga antes de tiempo sin solicitarlo al profesor y justificarlo de antemano. Entre estos asuntos estéticos –no sustanciales o inexcusables, pero importantes- está la forma de tratarse: ¿de tú o de usted?
En España, a la gente se le empezaba a llamar de don y de usted cuando llegaba al grado de bachiller. Este tratamiento, sin embargo, lo conseguía de forma natural cualquier persona al abandonar la niñez; no tanto el de ser llamado de don, pero siempre el de merecer el usted. El usted confería respeto y distanciamiento a la relación: todavía hoy, cualquier controversia de calle entre dos desconocidos tiene mayores visos de no llegar a ser violenta si el trato mutuo es de usted, o al menos el trato de uno de los contendientes hacia el otro. El usted, sin embargo, se ha perdido casi por completo en la Universidad, al menos en la que yo enseño. No sólo en el colegio donde estudié, sino en cualquier otro, a los profesores, por supuesto, se los (y las) llamaba de usted. A este respecto, yo, en mis presentaciones ante los nuevos alumnos de la asignatura, digo casi siempre –uno tiende a ser repetitivo y hasta pesado con el tiempo- algo como esto: “Pueden llamarme como estimen conveniente, eso sí, siempre con apelativos que yo reconozca y no me sean molestos; tampoco me importa que me traten de usted, crío bastantes canas y tengo cuarenta y no pocos años, así que me resulta normal”.
Adelanto de esta forma que, a estas alturas y en este “contexto socio-educativo” (con perdón) -que tampoco es que sea el de Oxford o Eton, no nos engañemos- no tengo mayor interés en que me llamen don José Ignacio o profesor Rufino mis alumnos, pero sí constato un hecho: los alumnos extranjeros, sin excepción, hacen un notable esfuerzo por utilizar el usted, lo cual no es poco, dado que es un registro que duplica la exigencia gramatical en conjugaciones y personas. Incluso aquéllos que no utilizan el equivalente al usted en sus idiomas, sino formas indirectas de denotar respeto (como los angloparlantes), se empeñan en hablarle a uno de usted. Los desenfadados italianos en ningún caso osarían contravenir el trato deferente hacia el profesor, y esto no implica negar la familiaridad o la cercanía: puede que al contrario. Otro hecho –éste, por verificar estadísticamente- es que los alumnos que no son “de la capital” tienden a utilizar más este valioso recurso retórico. Manejar los dos registros con naturalidad no sólo te da armas de suma utilidad en la vida diaria (por ejemplo, una bronca de tráfico, tan nuestra), en la negociación profesional y en otros ámbitos, sino que es “molto facile e divertente”. ¿Les parece a ustedes trasnochado el planteamiento? ¿Será que me hago viejo (cosa que, por otro lado, es inexorable)? Y, más maliciosamente, ¿tendrá esto que ver -causa o síntoma- con nuestros males educativos?
Cuando esto escribo, comparto estas reflexiones con un compañero profesor, que es un pueblo de la sierra de Cádiz y también cuarentañero. Se muestra frontalmente contrario a que lo llamen de usted, y esgrime una razón: “Si no he tratado de usted a mi padre, la persona que más he respetado en el mundo, ¿por qué voy a tratar con tanto respeto formal a nadie?”. Le hablo del cariño hacia un padre o hacia un desconocido; y de la utilidad social, pero nada: a ciertas alturas, todos rompemos en terco (aquí colocaría uno de esos emoticonos de carita amarilla con sonrisita, pero no lo tengo a mano). Valga con un “jeje”, de esos de los sms.



20 de Octubre de 2009 a las 7:36 pm | Enlace permanente
Donde esté el “dare di lei” que se quiten las tonterías. Pero un señor que se intitula “Tacho” en sus escritos tiene pocos argumentos para pedir el “lei”. Piaccere.
21 de Octubre de 2009 a las 10:36 am | Enlace permanente
Yo siempre he tratado de usted a los profesores que así lo han solicitado y lo uso cotidianamente ya sea en España o Alemania (con la dificultad añadida gramatical alemana, también). Pero también es cierto que hay mucho profesor que desde el minuto 1, requiere cercanía y es con esos que suena bastante extraño el uso de la forma “usted”. Lo cierto es que la corrección en la comunicación va mucho más allá del uso del usted y como buen andaluz, compartirá conmigo lo especial y particular de nuestro uso cotidiano del usted y ustedes con la segunda persona (plural y singular). No sé ni cuantas veces habré pronunciado yo mismo “Quillos, ¿ustedes que vais a hacer hoy?”. Jejeje.
21 de Octubre de 2009 a las 10:57 am | Enlace permanente
Molina, caro amico nascosto, de verdad, repito que no pido a nadie que me hable de usted, ni siquiera a los alumnos, sería una insensatez y un grave riesgo de guasa. No hago diferencias por ese asunto, eso por descontado. Como dice Carcadiz, el respeto no viene de una u otra forma de dirigirse a los demás o de vestirse para las ocasiones, aunque en ciertos casos puede ayudar. Sostengo, sin embargo, que dominar ambos registros da más juego y tiene ventajas. Lejos de mi cabeza plantear lecciones de urbanidad…
21 de Octubre de 2009 a las 11:18 am | Enlace permanente
Sí, sí, muy bien, de acuerdo… pero me reconocerá que lo de Tacho, con más años que un bosque y para salir en los papeles está de regular para atrás. Slan go fóill.
21 de Octubre de 2009 a las 1:12 pm | Enlace permanente
Está bien que alguien se atreva a decir cosas tan lógicas y al mismo tiempo tan raras de escuchar en este país que, en cada golpe de péndulo, se lleva una montaña de cosas (costumbre, formas) necesarias. Saludos.
21 de Octubre de 2009 a las 4:54 pm | Enlace permanente
No digo que lo sea pero, en lo que a mi concierne, es un debate esteril, como tantos otros de esa naturaleza.El quid radica en que usted no ha de pedir o insinuar un determinado tratamiento.Por edad, por formación y por docente–también por decencia– deben tratarle de usted, sin más.No es necesario estar en Eton.Es una pura y escueta cuestión de educación.Otra cosa es que este país haya devenido en un mal entendido estado de estúpido progresismo, con el que uno se siente autorizado a encararse con el cirujano o agredir al maestro.
Y no es autoritarismo, es que sin orden ni disciplina –educación– dificilmente avanzamos.La enseñanza en España es un ejemplo catastrófico en cuanto a resultados. A la dependienta de los grandes almacenes que le dices “Me enseña aquella camisa”, no le puedes tolerar “Cual te gusta”.Al menos yo me revelo ante tanta ordinariez.
Se empieza por aquí y se termina con el “Que pasa, tío”. Tampoco es elitismo mal entendido.Si yo no lo hago con ningún desconocido, me molesta que me lo hagan a mi.
Usted, en el aula, puede evidenciar una actitud muy moderna, conciliadora, amistosa, si usted quiere.Pero quien levanta el edificio es el profesor, los demás aprenden y comparten experiencias y están delante de usted, juntos, pero no revueltos.
Un abrazo.
21 de Octubre de 2009 a las 6:49 pm | Enlace permanente
Pep, nosotros nos hablábamos de tú, ¿no? En fin, hay momentos para todo, y muchos alumnos míos han sido al cien por cien respetuosos hacia mí, y me tutean. Quizá no pocos de ellos hubieran preferido no seguir al “mainstream relacional” imperante, y dirigirse a sus profesores de usted.
En cuanto al pérfido Molina, que me dice que soy muy viejo para llamarme Tacho en el blog (y en la vida diaria), le diré que cuando he estado en IberoHispanoLatinoAmérica, la gente me llamaba don Tacho con toda naturalidad. Nadie me llama José Ignacio cuando me conoce un poco, y con un blog te das un poco a conocer, ¿no? Por otro lado, a medida que uno cumple años, los motes familiares (Julito, Carmencita, Ramoncín), se hacen más apreciables, esos motes de los que algunos renegaron al hacerse (y creerse) mayorcitos. En Estados Unidos, uno puede ser presidente y llamrse Bill, me parece bien. Un abrazo, voy a calentar para ver al Milan.