Tacho Rufino | 6 de septiembre de 2010 a las 12:58
El asunto del día es sin duda el anuncio de una tregua por parte de ETA. Vaya por delante que el término tregua no conviene a esta situación, y sea dicho también que ETA se ve sometida a tal presión exterior y no digamos interior (incluido en el propio País Vasco) que le ha hecho quedar en absoluto fuera de juego; un grupo siniestro, sin motivos para matar (si es que los hubiere en cualquier caso), unos extorsionadores de empresarios, un grupo decadente nutrido mayormente de chavales de barrio marginal sin oficio ni beneficio, que de pronto pueden ser elevados por unos cuantos listos y otros cuantos tontos a héroes nacionales. Un colectivo enorme de presos dispersos por las cárceles, encerrados por defender como gudaris inútiles una patria que nadie ataca ni reprime, un país próspero –el que más de España–, civilizado y bello.
Dicho sea también que, aparte del rechazo, la hartura (leer artículo de hoy de Roberto Pareja, “¡Qué hartura!”) y el anacronismo, a ETA le conviene dar este paso para poder intentar presentar a su brazo político –Batasuna y sus extensiones– a las elecciones. ETA quiere entregar la cuchara con la parafernalia de las capuchas a modo de dramática puesta en escena… pero no quiere entregar las armas. Con lo cual nadie puede fiarse, y precedentes hay que avalan toda desconfianza. A ETA no la comprende ya ni los españófobos más recalcitrantes, y desde los atentados de las Torres Gemelas la banda ha intentado como loca no ser identificada con otros que, como ellos, son terroristas: la patria también es una religión que puede llegar a ser excusa de fanáticos; no sólo el islam se moldea arteramente. Sobre todo esto se ha escrito mucho hoy.
Hay algo, sin embargo, que brilla por su ausencia en los análisis del terrorismo más o menos ciego (ciego, cobarde o vestido de bonito según épocas, estrategias internacionales y leñazos policiales recibidos) de ETA: una valoración de lo que, más allá de los cerca de 900 muertos –21 niños incluidos–, miles de heridos con graves secuelas y huérfanos; traumas psíquicos y otros males con los que el grupo armado vasco ha perjudicado a la economía nacional. Sin posibilidad de ser exhaustivo: pensiones, indemnizaciones, subsidios, reparaciones, tratamientos médicos, Terminal 4 de Barajas y muchas otras infraestrcuturas, inmensa inversión en seguridad, persecución y hostigamiento de etarras en diversos frentes, coste judicial y carcelario… El mayor chantaje que se puede hacer a un Estado (y más, ahora) es el económico. Un dato: la T4 del aeropuerto de Barajas costó más que el recorte de Fomento por el plan de auteridad reciente: 6.200 millones de euros. Y la tiraron abajo casi sin estrenar, y hubo que rehacerla con mayores costes aún. Eso es el daño emergente, no hablemos de lucro cesante, en este caso turístico. Otro tanto cabe decir de los daños por miedo, como las bombas de hace tres veranos en Málaga, cerca de su aeropuerto, en plena temporada alta (ver un artículo de quien suscribe sobre este particular, “Aviso de ¡pum!”). ¿Va España a recuperar algo de esto? Por supuesto, no. Como decía siempre el sanguíneo entrenador y jugador de golf baracaldotarra Javier Clemente: “perdono (?), pero no olvido”.
6 de septiembre de 2010 a las 6:53 pm | Enlace permanente
[...] de la economía para no economistas que inspira esta bitácora, y adentrémonos de nuevo en el independentismo español (el que se da en España, queremos decir) que, además de una [...]
6 de septiembre de 2010 a las 7:15 pm | Enlace permanente
Si hubiéramos tenido una situación políticamente estable en el posfranquismo, entiéndase estúpidos golpistas o etarras, hubiésemos estado en condiciones de defender el Sahara. Llegará un día en que ese desierto produzca oro.
¿Cabe ésto en tu artículo?
7 de septiembre de 2010 a las 11:52 am | Enlace permanente
Claro que cabe, explícate un poco más.