Oliver y Roland, qué majos

Tacho Rufino | 25 de junio de 2012 a las 15:09

Publicado  el sábado en El Poliedro

 

EL auditor es un chamán con traje riguroso, buena pero discreta corbata y quizá un toque de locura en el color de las gafas. Es un juez que -nada por aquí, nada por allá- dictamina que no son los chiquicientos mil que decía el FMI, ni los tropecientos mil que filtraban algunos chivatos sabihondos del Eurogrupo, ni la inmensa morterada que decía Roubini birlando titulares, sino 62.000 millones lo que necesita nuestra banca (si no fuera ya un nombre comercial, cabría decir con mayor precisión “nuestras bancajas”). Qué alivio. Nos conceden 100.000 millones de línea de crédito nuestros hermanos miembros, y ni siquiera tendremos que gastarlo todo en salvar bancos puferos (con “f”; de la promiscuidad bancaria se ha hablado ya mucho). Los brujos contables recibieron en sus casas la información de un Banco de España hecho Boabdil entregando las llaves de su ciudad. A cambio de dos millones, en una semana han hecho su informe, y lo han mandado -no somos nadie- en perfecto inglés, sin más concesiones al castellano que los nombres de las entidades. Y en realidad, ni eso: con sus nombres de actores secundarios, Oliver Wyman y Roland Berger dicen que eso es lo que necesitamos, 62.000, ¡pero no dice quién necesita cuánto! Así cualquiera, que decíamos de pequeños. “Yo creo que son 62.530″, decía un séneca cínico esta mañana café en ristre. 

Con los dos millones en el bolsillo y la mágica cifra fijada, Oliver y Roland dan una patada a seguir y dicen que hasta septiembre no se concretará cuántas de las 62 paladas de mezcla irá a cada agujero, porque tampoco dicen cómo de grandes son los agujeros. Sí hemos sabido que Santander, BBVA y Caixabank no van a necesitar nada para que sus ratios de solvencia y liquidez sean aceptables, para aparentar ser mínimamente fiables como entidades. El triunvirato emergente -más bien el resto es sumergente- de la banca española es el vivo ejemplo del proceso de contracción y concentración del sistema financiero español, capitidisminuido y ajustándose a machetazos a la actual dimensión de nuestra economía. Oliver y Roland, además, saben que una vez que se le diga a cada entidad cuál es su necesidad de recapitalización -que así se llama técnicamente la operación acordeón que se les va a forzar a realizar-, las entidades deben proponer un plan de aplicación de dichos fondos salvavidas. Y eso lleva un tiempo, porque además los planes deben ser aprobados. No se olvide que nuestra banca está intervenida por Europa. ¿Toda? No, toda menos las tres aguerridas entidades mencionadas, que no necesitan poción mágica. 

Ahora entra más que nunca en juego la política. España debe reponerse y darse a valer tras haberle temblado las rodillas y crujido los dientes una y otra vez con los mamporros exteriores. Ahora toca luchar al máximo para que el crédito europeo para la banca se aplique directamente a la banca, como también pide el FMI, y no deba ser asumido por el Estado para ser repartido después. Un Estado avalista de la banca supone inflar la deuda y el déficit públicos. Algo que nos impedirá volver a crecer en menos de dos años (o, alternativamente, seguir desmantelando el Estado). Ajustar la banca ya; empezar a hacerla funcionar para la economía y las personas, justo después. Alemania quiere forzar poco a poco a una unidad política y normativa mayor, algo que cuando se firmaron los tratados comunitarios no se realizó por la resistencia de los países a ceder soberanía. Pero Obama -qué pena de G-20 otra vez-, y sobre todo el FMI van de frente contra la gestión de la crisis de nuestra canciller, Merkel. Alemania no va a ceder a una política monetaria y fiscal expansiva, ni a la mutualización de las emisiones de deuda soberana (eurobonos), sin antes asegurarse de que la discrecionalidad de la política económica de los estados se limita al máximo. Y la suya al mínimo, claro.


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