Tacho Rufino | 30 de junio de 2012 a las 18:23
DECIR que uno paga el impuesto sobre la renta en junio es una simplificación o un error de concepto. Vamos pagando el llamado IRPF a lo largo del año -no del año el curso, sino del anterior, o sea, 2011 en el caso corriente-, por medio de las retenciones que nos practican nuestros queridos empleadores o que nos practicamos en nuestras propias facturas los autónomos y profesionales que lo son (es decir, los que emiten factura). Lo que hacemos en junio no es pagar los impuestos, sino la diferencia entre lo que nos toca pagar y lo que nos han retenido ya, que estuvo en posesión de Hacienda, que a su vez habrá cedido esas cantidades a quién sabe qué institución, partida o transferencia pública. Lo que acabamos de hacer ahora quienes hemos apoquinado -o, beatus ille, quienes van a recibir devolución por exceso de retención- es liquidar. Pero en realidad, más que liquidar nosotros nuestros impuestos personales, a más de uno nos han liquidado. Al menos nos han liquidado el veranito. Porque quizá usted también ha sido uno de esos que ha ganado en 2011 menos que en 2010, pero ha pagado “más IRPF” por 2011. La clave fundamental es obvia: el impuesto sobre la renta ha subido. Sucede que, salvo contables vocacionales -envidiables hormiguitas, de esas que concilian sus extractos bancarios cada noche, de esos que llevan al día hojas de tesorería doméstica en Excel, de esos que pelean en los 902 cada nuevo recibo de móvil, luz o seguros-, la mayoría de la gente no hace presupuesto fiscal personal, ni va previendo y dotando el pago de sus impuestos. Y, empezando por quien suscribe, muchos se han llevado una desagradable sorpresa al ir a hacer la declaración. “¿Dos mil, yo? ¡Si a mí siempre me han devuelto! ¡Esto se come mi extraordinaria!”, a lo que el asesor, el bancario metido a asesor o el sufrido amigo con estudios le responderá el hoy consabido: “Da gracias a que tú tienes extra todavía… ¡y trabajo!”. Y usted refunfuña, se calla, y piensa que quizá va a tener que cancelar la quincenita en su tan amada como empetada playa agosteña.
Estamos abocados a controlar nuestros impuestos; a ponernos, a la par que las babuchas, la visera y el manguito una noche sí y otra no. También podemos, alternativamente, defraudarlos y no pagarlos, pero esa es otra historia (habitual historia en este país, con una economía sumergida que se valora en el 25% de la economía no sumergida, la que paga los impuestos). Hay impuestos que uno puede planificar, aunque sea para no llevarse disgustos inesperados, sino esperados. Ésos se llaman directos. Y hay otros que uno sólo puede controlarlos controlando su consumo. Éstos son los indirectos, básicamente el IVA y los impuestos de la gasolina, la cerveza y el tabaco (también hay impuestos más camuflados, como el pago del antihemorroidal o el paracetamol, o la fiebre multadora de su ayuntamiento, o la subida de la luz). Tanto unos como otros no paran de subir en España. La presión fiscal en España (ustedes, como yo, están algo hartos de datos y porcentajes, así que obviaré abrumar con ellos) era ya grande, y es cada vez mayor. Es evidente, es perceptible, es así.
El IVA, en concreto, va a subir sensiblemente en España. Los porcentajes de subida que se barajan son descomunales en algunos tipos de IVA, como el superreducido. Pero mientras las subidas de IRPF -de momento, mientras que haya paganinis- de Zapatero y también la de Rajoy están produciendo una mayor recaudación para las arcas públicas, las subidas del IVA no está claro que produzcan mayor recaudación. Lo que sí está claro es que una subida de IVA en tiempos de bonanza produce mucho mayor impacto en las arcas públicas que cuando la subida se produce en tiempos como los actuales en los que es posible que se recaude menos. Es, en defintiva, una imposición tecnócrata más de las que vienen de Bruselas. Donde hay otros contables mucho más fríos y mucho menos asustados por su familia, la suya propia y la de usted. Los eurocontables.