Tacho Rufino | 16 de julio de 2012 a las 15:46
Con demasiada frecuencia da la impresión de que en este país, con honrosas excepciones, las cosas buenas suceden porque no queda más remedio, y no porque las busquemos y las logremos. Nuestra legislación se nutrió de forma inmediata al ingreso en la Comunidad Europea (o como se llamaba entonces, en 1983) de leyes específicas sobre materias que aquí casi nadie aspiraba a tener, como la legislación alimentaria, del consumo o la medioambiental. Igual sucede ahora con otro de los gran vicios patrios –de todas las patrias grandes y pequeñas del país, conozco a estas alturas no pocas–: el ruido; el ruido excesivo, el ruido que sólo algunos disfrutan y muchos sufren cual esclavos de la diversión de una minoría, normalmente borracha. Las ferias veraniegas han sido otro ejemplo de burbuja insostenible. “Que no le falte de nada a mi gente”; los mejores (?) artistas en conciertos a pérdida segura, las casetas populares arreando bacalao y pseudoflamenco superdecibélico, las explanadas delimitadas para hacer botellón sin control –tampoco de DNI, poniendo así en problemas a los padres de menores que pretenden evitar que se pongan ciegos en su tierna adolescencia–, los zaguanes y parterres hechos meódromos consentidos por una policía escasa y pasiva, las calles convertidas en muladares. Y los oídos, los nervios y el sueño de muchos a tomar por culo. “Que se diviertan las criaturitas, so malage, muermo de tío”.
La crisis ha rebajado el nivel de ruido veraniego, ese sintomático vicio de incultura y falta de respeto por lo común y por los demás, tan nuestro. Muchos ayuntamientos, directamente, han eliminado la feria del pueblo. Evidentemente, porque sus beneficios económicos eran nulos, o mejor dicho, porque eran un despilfarro. El dinero fácil que creció, en el fondo, como mala hierba se evaporó de unos consistorios públicos que ya no reciben dineros por las promociones y construcciones, e incluso tiene serias dificultades para pagar a sus empleados y cumplir sus servicios. También el número de coches discoteca que va dando taponazos de motor y sustos de matón a los viandantes y vecinos ha caído perceptiblemente. El insufrible ruido de las motos de agua o el incumplimiento de los horarios y normas de emisión de sonidos excesivos de chiringuitos y discotecas también ha menguado, que no desparecido.
A veces, retrógrado de mí, he añorado –a estos efectos– una fuerza pública respetada y respetable, que hiciera cumplir los mínimos de civismo a los beodos empastillados, e incluso a quienes una copa de manzanilla lo convierten en un pulpo o en un matón de arrepentimiento matutino. Guardias que metieran en el cuartelillo unas horas a los cabestros sobre cuatro ruedas o sobre cuatro litros de Legendario y cuatro pastillas de colores. No, lo que abundaba eran alcaldes émulos de aquel patético Tierno Galván (“¡A colocarse! ¡Y al loro!”) animando a los madrileños de los ochenta. Alcaldes y concejales de Fiestas que confundían arteramente borrachería con cultura popular. Ahora no hay dinero para tanto ruido.
16 de julio de 2012 a las 6:04 pm | Enlace permanente
Este año hemos asistido incrédulos como por estas fechas no se han llevado ha cabo en nuestra calle o plaza, las tradicionales fiestas que populan por nuestros barrios. Y digo incrédulos por el descanso nocturno que ello conlleva a pesar del enojo de algunos que apelan la participación de los vecinos/as, la relación y el encuentro, ¿Potenciación de las capacidades personales de niños, jóvenes y adultos?. El esparcimiento y la reivindicación. ¡He dormido plácidamente!La cultura de nuestro país especialmente en Andalucía no se decanta por el silencio especialmente de noche
17 de julio de 2012 a las 8:49 am | Enlace permanente
El español tiene fama de gritón, fama ganada a pulso.
Todos hemos visto alguna vez esos grupos de jóvenes y no tan jóvenes viajeros que a la mínima tocan las palmas, cantan y bailan sevillanas. A mi en ese momento me recorre un rayo de la nuca a los pies, me da una vergüenza que me muero. ¿Han visto alguna vez a un gallego bailando muñeiras o a un madrileño un chotis en medio de Roma? ¿o esperando el embarque de su avión? No es que piense que los ruidosos son los andaluces solamente, los grupos de gritones catalanes y vascos también los he sufrido. Es como un “enterate que estoy aquí”. ¿Yque me dice usted de los llamados “generosos” que van compartiendo la música con todos los que estamos parados en el semáforo?… un horror