El otro Erasmus

Tacho Rufino | 8 de septiembre de 2014 a las 17:06

Si hay una cosa que verdaderamente envidio de la generación siguiente a la mía –entendida ésta como la de mis hijos– es el programa Erasmus. Esta iniciativa de movilidad universitaria becada entre los países de la UE es la mejor herramienta de combate contra la boina terruñera calada hasta las cejas, y además tiene la no menor virtud de propiciar que muchos jóvenes valoren lo que tienen en casa: en la nevera, en el saldo del móvil, en el bolsillo en general, en la lavadora, en la despensa del cariño y de la protección. Erasmus tiene como principal objetivo fundacional no ya incrementar el acervo intelectual comunitario, sino crear ‘conciencia europea’. Es como la mili del siglo XXI, que hace ver a los recién adultos que hay vida más allá de su sofá, su vida en red social, su centro comercial y su ‘skate park’, y además sin sargentos y sin analfabetos… y con idiomas. Tras ese bendito ensayo de cosmopolitismo e independencia, viene el final de la carrera y, ay, la vida laboral. “Ay” en nuestro caso, el de una España incapaz de ofrecer empleo digno a gente cualificada pagada por todos. Hablo de la Universidad publica; la privada la paga cada uno de su bolsillo y su gran virtud es la de crear redes de contacto de empleo digno, prácticamente el poco que hay aquí, y más una vez aniquilado prácticamente el recurso democrático y regenerativo de las oposiciones, que podían convertir en profesor universitario o juez a grandes hornadas de gente de familia humilde: higiene social, ‘kaputt’.
En esos encuentros en la tercera fase europeos –los de la movilidad profesional entre ciudadanos de los distintos países– también hay clases. Esta semana hemos sabido por el prestigioso Forum Alpbach cómo es este intercambio de mano de obra cualificada, que tiene mucho más de necesidad y de oferta y demanda que de vocación política integradora. Los países receptores de profesionales son, como usted ya se imaginaba, Alemania y Austria, los países escandinavos, Gran Bretaña, Bélgica y poco más. Los países emisores son fundamentalmente Francia, los pequeños bálticos y los periféricos casi en bloque: Italia, España, Grecia, Rumania, Polonia. Si se fijan bien con las gafas ‘weberianas’ puestas, la división está de alguna forma bastante asociada a la religión: protestantes ricos emplean a profesionales católicos, fundamentalmente médicos, fisioterapeutas, dentistas, enfermeros y profesores de secundaria. Quitando a estos últimos, hablamos de las titulaciones de mayor dificultad de acceso y coste formativo para el Estado. O sea, formamos muchos profesionales con alto valor añadido (morteradas de euros públicos de añadidura) para que lleguen los pérfidos calvinistas y se los gocen ellos. El negocio del siglo: dicho con sarcasmo, el negocio es nuestro; dicho en plata, el negocio es de ellos.

Los comentarios están cerrados.