Obra en casa

Tacho Rufino | 26 de enero de 2016 a las 14:37

AHORA que vuelven las obras a los condominios, recuerdo a algunos a quienes una reforma de su domicilio les ha dejado secuelas. Uno las sufrió cuando hizo reforma en su casa; ahora -es mi caso-, en menos de un año he tenido cuatro obras de vecinos en el edificio común: no se sabe qué es peor. Y rememoro a diario la propia para ser indulgente con la ajena. Aun años después de finalizada, si comienzo a hablar de aquella experiencia doméstica, muestro evidencias del trauma. Recordaré y narraré su suplicio con crecientes dosis de exageración y aduciendo irrealidades, convertidas en certezas a base de repetirlas. Ni un trekking por los Himalayas ni una mili en el ayer sacudido sísmicamente Peñón de Alhucemas pueden compararse en mi vida a la aventura de andar por casa -entre estruendo, escombros y polvo- que supone una obra. Esfuerzo, sacrificio, frustración, apatía sexual, engaños, enfrentamientos, insomnio, urticaria, amores dañados colateralmente y añoranza de la serenidad perdida compondrán un escenario mental indeleble en nuestra memoria. Ulises de la división horizontal, nos enfrentamos al proyecto de mejorar el hogar inconscientes de lo cerca que quedan la infelicidad y la felicidad, la casa con y sin albañiles. Durante unas semanas o unos meses más de los acordados con el contratista, nuestro hombre o mujer dejará de sentir cualquier tipo de sensación que evoque aquello de “hogar, dulce hogar”. Y, como sucede con las grandes decisiones de la vida, se meterá en el fangal de manera voluntaria, que es lo que más duele: no hay a quien echar las culpas. Salvo a los currantes, claro, lo que no deja de ser consecuencia del error primigenio propio.

Por estos sureños lugares por lo menos, el interlocutor principal del ciudadano en cuestión es -cuando se pone al teléfono o, ¡albricias!, acude a la cita a su hora- un señor campechano y que nos ha dado una “excelente impresión” en los prolegómenos del embarque. Es cierto que no habla nuestro idioma y que no para de decir cosas como citara, perlita, esquinapé, retranquear y otros vocablos misteriosos, pero hemos puesto en él nuestra confianza y no nos queda más remedio que escuchar y callar, sin atrevernos a confesar que no tenemos la más mínima idea de qué está diciendo nuestro nuevo amigo. Alzamos las cejas y nos apresuramos a asentir cabeceando cuando escuchamos yeso y solería, pero eso canta: él sabe perfectamente que nosotros no sabemos de qué va la cosa más allá de nuestro deseo, y tengo para mí que ésta es una de las principales bazas de la paliza que nos va a infligir en breve.


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