Iñigo, castigado ‘a pensar’

Tacho Rufino | 29 de marzo de 2016 a las 13:26

Vanity Fair

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HOY, se espera, Íñigo Errejón volverá a hablar en público. El que fue número dos de Podemos debe participar en la Junta de Portavoces del Congreso, como portavoz de la formación morada que formalmente es. Hace once días que el joven diputado decidió cerrar para el público sus protuberantes morritos de jovenzuelo, porque el gran chamán y todopoderoso líder, Pablo Iglesias, se ventiló sin contemplaciones al número tres, Sergio Pascual, en contra de su criterio y sin siquiera avisarle. A pesar de ser un cargo centralísimo en la política española vigente, Errejón ha antepuesto su pataleta y su táctica personal dentro del partido a su condición de cargo público, algo verdaderamente significativo, por no decir inaceptable. Pero en fin, también podemos afirmar que puestos a hacer mutis por el foro capitalino, Rajoy está arriba en el ranking de muditos públicos desde hace mucho tiempo.

Y en esto, oh casualidad, que Monedero emerge de sus cenizas, justo cuando se cumple un año de su dimisión por los chanchullos financieros con los que a la Nueva Política comenzó a ponérsele cara de vieja en formol. El que era el número dos antes de Errejón ataca de nuevo, y si uno fuera mal pensado diría que todo es un montaje al que el pobre Íñigo ha estado ajeno: “Monedero, vete un añito a la nevera, que ya buscaremos una forma de mandar al pijito a su casa; mientras tanto, nos será útil”. En pura ortodoxia marxista, a los desfavorecidos y los parias de la tierra los debe guiar gente bien formada, que incluso provengan de las clases dominantes, aunque quizá Errejón era demasiado niño bien. Eso sí, intelectuales todos ellos. Tanto que a veces da como fatiga tanto pavoneo primaverita con la condición de “intelectual”, que cualquier diría que en vez de Iglesias, Errejón y Monedero estamos ante Bertrand Russell, Henri-Levy y Noam Chomski. “Juan Carlos es un intelectual que necesita volar”, dijo Iglesias de Monedero antes del estratégico retiro de éste. “El defecto de Pablo es su soberbia intelectual”, le devolvió Juan Carlos; algo así como ofender a alguien diciéndole que la tiene demasiado grande. Cuando Íñigo confundió el tabaco de liar y soltó aquello de “la hegemonía se mueve entre la tensión del núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales: Afirmación-apertura”, Pablo lo rehabilitó con un: “Es duro ser intelectual”. Ahora, Monedero da cremita al amortizado compañero con la misma matraca: “Íñigo debe pararse a pensar”. Como cuando la seño le dice al travieso de la guardería que se suba a la mesa “a pensar”. A una mesa de otro partido, quizá.


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