Chuchos frente a pitbulls

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:15

Después de años sin ir, visité Inglaterra hace unos días. Noté, y así me lo corroboraron, que ya no se veían apenas los otrora típicos perros labradores o corgis paseados por sus dueños, sino que se da una marcada polarización en dos variedades: chuchos y pitbulls. La emergencia del chucho en la casa británica tiene su explicación solidaria: “apadrine un perro abandonado, no compre”. El chucho se reubica peor. El por qué de tanto perro mutado para matar semejantes o destrozar rostros humanos -te dirán: “De bueno, mi Führer es tonto”- es más siniestra aún: en el Reino Unido cunde el pánico a la calle, y estas razas valen tanto para la defensa ante un canalla como para el ataque de un canalla. Cobran relevancia social las leyes y campañas antiodio (Hate crimes) y la violencia. Aquí sentimos con creciente profusión este tipo de delitos contra gais, transexuales, moros, españoles, pijos o rivales deportivos. El mundo civilizado, el de la Vieja Europa, según estos criterios que proponemos, se divide entre la solidaridad más o menos teórica y la corrosión del miedo. Chuchos frente a pitbulls. Recordar al hilo el éxodo refugiado en curso es inevitable.

En España -campeona europea en abandono de mascotas- hemos asumido la tenencia de un lindo perrito con vocación de clase y raza: hoy “lo más” es tener un pinsher o un braco; los teckels -antes perro salchicha, quien suscribe convive con dos-están demodé, no digamos los labradores, que te daban un aire de granjero inglés con muchos acres que te morías. Sucede con estos dos últimos como con aquellos también muy ingleses enguatados husky en verde cacería de foto en kodachrome, o con los zapatos MBT, de gente de izquierdas que come micuit de oca (con lo difícil que fue aprender a caminar con ellos). De ser lo más -unos en pijo, otros en progre- han pasado a envejecer mal también. Tenga usted perros para esto, para que te esnobee el vecino con una raza más in mientras que al tuyo se le llenan las pestañas de canas. Nuestras calles, aparte de perros abandonados en verano, están llena de mierda de cánido de raza, y muy bien puede ser que el perrito ladrador del velador contiguo te dé el vermú: “Calla, Nemo, pero qué te pasa, mi rey”, repetido por la arrobada dueña cien veces, sin éxito. En Andalucía, los asiladores de galgos son el contrapunto del Sur rural más truculento, que abandona al corredor cuando ya no vale para la liebre. O lo ahorca. Solidarios con galgo tristón y desconfiado, por un lado. Matón -o asustado- con arma peligrosa que ladra, por otro.


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