La perversa madurez del ‘low cost’

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:14

“El modelo del bajo coste aéreo que Europa importó en los 80 del siglo XX contiene en sí mismo su fecha de caducidad”
“El turismo ‘democrático’ es más bien masivo, invasor, estresante e insustancial”

El turista ocupa su sitio en la cola que serpea entre postes separadores y cintas extensibles, y procede en compañía de cientos de compañeros de viaje de ocasión hacia la puerta de embarque. Quién sabe por qué esas colas de terminal en las que se sumerge como viajero -es un decir- varias veces al año le recuerdan a las de la Isla de Ellis retratada en El padrino II, pero con trolley y sin tosferina. Mimetizado, observa el poliedro de personajes, atuendos, idiomas y planes de viaje: cofradías de amantes de la bodega española en tránsito a las Canarias o la Costa del Sol; intrépidos Elcanos del XXI que -yo compuse uno- tienen colgado en su despachito de su piso de su bloque de su barrio un mapamundi repleto de chinchetas de colores (“Cabo Norte es indescriptible; es aquella azul, la de allí arriba del todo”); parejas de viejitos apurando su amor sereno y combado; alegres pandis de viudas que ostentan una amplia variedad de mechas y reflejos; bandadas de colegiales con mochila.

Corren tiempos de aeropuertos improbables en ciudades que vendieron buena parte de su alma turística a Michael O’Leary y la aerolínea del arpa irlandesa, o a alguna otra que siguió en Europa la estela de su modelo de negocio, allá por los años ochenta del XX. El pack de viaje incluye la estafa menor del roaming y el móvil en itinerancia, y la búsqueda de la wifi perdida y hallada en un McDonald’s. El “embarque prioritario”, entre el placebo y la distinción al mejor obrero de clase-media del año. La verdadera biodiversidad humana. La antropología de los intercambios que llenan el cielo de queroseno quemado. La expiación de culpas y el fortalecimiento del carácter del arrepentido tardío. Ulises y Amelias Earhart vestidos de Quechua o, en otro nivelito, de The North Face.

Y ya en destino. El liderazgo non petita de un colega de tu primo, insoportable, un plasta que amortiza sus horas de oficina con Google e impresora y código QR a costa de quien haga falta. Las sumisiones a regañadientes, que se enconan más que foruncularmente. El mal rollito larvándose entre compañeros de viaje. Su estallido final por culpa del maldito manager espontáneo del programa de actividades. El “yo ya lo dije”. La controversia por la aplicación del “fondo común”. El nativo: escaso, y esquivo o malhumorado. Los buenos ratos, y los gastos y compras en los que nunca incurrirías en tu biotopo: el español flipa con la pequeña compra on tour. En un impostado barrio peatonal, donde ya sólo transitan turistas, el reencuentro repentino con otros a quienes pastorearon en el aeropuerto contigo: “¡Hombre, Alberto!”(“Alfonso, Alfonso”), en el epicentro del fluir humano en un museo temático algo sospechoso. “¿Que no habéis estado en la casa de Alfons Mucha? ¡Pero en qué Praga habéis estado vosotros!”. No te atreves a decir que de Mucha, tú, lo básico. Sea Mucha quien sea.

El bajo coste en avión, el apartamento turístico, la reserva online y el pago a plazos han sido la puerta abierta al mundo para mucha gente cuyos padres nunca viajaron, y nadie, si lo desea o se ve arrastrado, se priva de desplazarse a un destino de resonancias tan exóticas o culturales como Venecia, Edimburgo, Tallin, Marraquech o Myanmar. Hay una cara B -colas masivas, quítese los zapatos y el cinturón, la gentrificación que volatiliza los encantos- que a cada vez más gente mueve a jubilar no ya al troley, sino a la mochila y a las botas de gore-tex. “Yo estuve allí”, de acuerdo: todo el mundo ha estado en ese allí que ya no es el allí que fue.

Siempre nos quedará París… y sus 8 gigas en fotos y vídeos. Que se preparen los amigos, secuestrados frente al plasma, tras un picoteo de coartada. Y es que el periplo del turista low cost, como de verdad se disfruta, es en casa.


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