Y Peter Pan fue Robin Hood

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:11

El psicólogo Abraham Maslow venía decir que cuando un humano tiene sus necesidades fisiológicas y de estricta seguridad satisfechas, activa inmediatamente la necesidad “social”. La de ser aceptado por la gente que te rodea y te sirven de referencia: conservar amigos; pincharte un verano en la sierra, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, las yemas con una púa de zarzamora y unir la sangre que os brota de los dedos, para siempre juntos; pertenecer a un círculo vespertino, a una hermandad, tertuliar los primeros martes de mes. Hay quien esto lo hace con el tacón, y alejan a la gente del diván del psicoterapeuta. Hay lobos solitarios que no saben o ni siquiera lo necesitan. Y hay quienes quieren y no pueden, o les cuesta.

Al barrio de periferia convertido en Macondo solitario, al terminar el curso, llegaba desde el suyo a pie un compañero del colegio ávido de cariño, sudoroso y con dádivas para los que allí vivíamos. Dinero –que entonces ni olíamos–, chucherías. No diré que nos resistíamos, pero un día se presentó con un mechero de plata, una virguería con las iniciales de su padre. Se lo recibimos y gamberreamos la tarde sin más, pero al día siguiente alguien o algo iluminó nuestras conciencias, nuestro temor o nuestra compasión y se lo devolvimos: así no vale, no hay por qué, somos todos amigos. Con el tiempo, este amigo tuvo una juventud conflictiva. Le perdimos la pista. Ahora sabemos que va sobradísimo: ligón empedernido, repleto de certezas, bastante chulo, tierno al cabo si lo conoces. Quizá algún epígono del difunto Maslow sabría interpretar esta trayectoria.

Esta semana a muchos se nos ha roto un poco el corazón al saber que un pequeñín catalán ha repartido 10.000 euros ente sus compañeros de Primaria. Eran los ahorros que su abuela, una Irina Palm de Caldes de Montbui, en fajos de a cien, juntaba para un tratamiento de salud de alguien de la familia. Tanto candor y sentimiento son difíciles de soportar, demasiada ternura para esta primavera que explota. Peter Pan metido a Robin Hood de los mocosos, un agradador genético, un ángel que reparte gloria. Quiero pensar que ama a los niños de su clase, sin más. Que sus padres lo quieren y en casa está a salvo y rodeado de amor. Que es muy sensible. Su inocencia da bocaditos en el pericardio. Ruego al cielo que nadie le recrimine duramente lo que ha hecho, que nadie se le burle; nunca nadie debe saber su nombre. Él quería querer y ser querido, y su maquinación resulta impagable. Lo hizo de una manera magnífica, a la grande. Qué jodido crío.


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