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Chuchos frente a pitbulls

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:15

Después de años sin ir, visité Inglaterra hace unos días. Noté, y así me lo corroboraron, que ya no se veían apenas los otrora típicos perros labradores o corgis paseados por sus dueños, sino que se da una marcada polarización en dos variedades: chuchos y pitbulls. La emergencia del chucho en la casa británica tiene su explicación solidaria: “apadrine un perro abandonado, no compre”. El chucho se reubica peor. El por qué de tanto perro mutado para matar semejantes o destrozar rostros humanos -te dirán: “De bueno, mi Führer es tonto”- es más siniestra aún: en el Reino Unido cunde el pánico a la calle, y estas razas valen tanto para la defensa ante un canalla como para el ataque de un canalla. Cobran relevancia social las leyes y campañas antiodio (Hate crimes) y la violencia. Aquí sentimos con creciente profusión este tipo de delitos contra gais, transexuales, moros, españoles, pijos o rivales deportivos. El mundo civilizado, el de la Vieja Europa, según estos criterios que proponemos, se divide entre la solidaridad más o menos teórica y la corrosión del miedo. Chuchos frente a pitbulls. Recordar al hilo el éxodo refugiado en curso es inevitable.

En España -campeona europea en abandono de mascotas- hemos asumido la tenencia de un lindo perrito con vocación de clase y raza: hoy “lo más” es tener un pinsher o un braco; los teckels -antes perro salchicha, quien suscribe convive con dos-están demodé, no digamos los labradores, que te daban un aire de granjero inglés con muchos acres que te morías. Sucede con estos dos últimos como con aquellos también muy ingleses enguatados husky en verde cacería de foto en kodachrome, o con los zapatos MBT, de gente de izquierdas que come micuit de oca (con lo difícil que fue aprender a caminar con ellos). De ser lo más -unos en pijo, otros en progre- han pasado a envejecer mal también. Tenga usted perros para esto, para que te esnobee el vecino con una raza más in mientras que al tuyo se le llenan las pestañas de canas. Nuestras calles, aparte de perros abandonados en verano, están llena de mierda de cánido de raza, y muy bien puede ser que el perrito ladrador del velador contiguo te dé el vermú: “Calla, Nemo, pero qué te pasa, mi rey”, repetido por la arrobada dueña cien veces, sin éxito. En Andalucía, los asiladores de galgos son el contrapunto del Sur rural más truculento, que abandona al corredor cuando ya no vale para la liebre. O lo ahorca. Solidarios con galgo tristón y desconfiado, por un lado. Matón -o asustado- con arma peligrosa que ladra, por otro.

La perversa madurez del ‘low cost’

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:14

“El modelo del bajo coste aéreo que Europa importó en los 80 del siglo XX contiene en sí mismo su fecha de caducidad”
“El turismo ‘democrático’ es más bien masivo, invasor, estresante e insustancial”

El turista ocupa su sitio en la cola que serpea entre postes separadores y cintas extensibles, y procede en compañía de cientos de compañeros de viaje de ocasión hacia la puerta de embarque. Quién sabe por qué esas colas de terminal en las que se sumerge como viajero -es un decir- varias veces al año le recuerdan a las de la Isla de Ellis retratada en El padrino II, pero con trolley y sin tosferina. Mimetizado, observa el poliedro de personajes, atuendos, idiomas y planes de viaje: cofradías de amantes de la bodega española en tránsito a las Canarias o la Costa del Sol; intrépidos Elcanos del XXI que -yo compuse uno- tienen colgado en su despachito de su piso de su bloque de su barrio un mapamundi repleto de chinchetas de colores (“Cabo Norte es indescriptible; es aquella azul, la de allí arriba del todo”); parejas de viejitos apurando su amor sereno y combado; alegres pandis de viudas que ostentan una amplia variedad de mechas y reflejos; bandadas de colegiales con mochila.

Corren tiempos de aeropuertos improbables en ciudades que vendieron buena parte de su alma turística a Michael O’Leary y la aerolínea del arpa irlandesa, o a alguna otra que siguió en Europa la estela de su modelo de negocio, allá por los años ochenta del XX. El pack de viaje incluye la estafa menor del roaming y el móvil en itinerancia, y la búsqueda de la wifi perdida y hallada en un McDonald’s. El “embarque prioritario”, entre el placebo y la distinción al mejor obrero de clase-media del año. La verdadera biodiversidad humana. La antropología de los intercambios que llenan el cielo de queroseno quemado. La expiación de culpas y el fortalecimiento del carácter del arrepentido tardío. Ulises y Amelias Earhart vestidos de Quechua o, en otro nivelito, de The North Face.

Y ya en destino. El liderazgo non petita de un colega de tu primo, insoportable, un plasta que amortiza sus horas de oficina con Google e impresora y código QR a costa de quien haga falta. Las sumisiones a regañadientes, que se enconan más que foruncularmente. El mal rollito larvándose entre compañeros de viaje. Su estallido final por culpa del maldito manager espontáneo del programa de actividades. El “yo ya lo dije”. La controversia por la aplicación del “fondo común”. El nativo: escaso, y esquivo o malhumorado. Los buenos ratos, y los gastos y compras en los que nunca incurrirías en tu biotopo: el español flipa con la pequeña compra on tour. En un impostado barrio peatonal, donde ya sólo transitan turistas, el reencuentro repentino con otros a quienes pastorearon en el aeropuerto contigo: “¡Hombre, Alberto!”(“Alfonso, Alfonso”), en el epicentro del fluir humano en un museo temático algo sospechoso. “¿Que no habéis estado en la casa de Alfons Mucha? ¡Pero en qué Praga habéis estado vosotros!”. No te atreves a decir que de Mucha, tú, lo básico. Sea Mucha quien sea.

El bajo coste en avión, el apartamento turístico, la reserva online y el pago a plazos han sido la puerta abierta al mundo para mucha gente cuyos padres nunca viajaron, y nadie, si lo desea o se ve arrastrado, se priva de desplazarse a un destino de resonancias tan exóticas o culturales como Venecia, Edimburgo, Tallin, Marraquech o Myanmar. Hay una cara B -colas masivas, quítese los zapatos y el cinturón, la gentrificación que volatiliza los encantos- que a cada vez más gente mueve a jubilar no ya al troley, sino a la mochila y a las botas de gore-tex. “Yo estuve allí”, de acuerdo: todo el mundo ha estado en ese allí que ya no es el allí que fue.

Siempre nos quedará París… y sus 8 gigas en fotos y vídeos. Que se preparen los amigos, secuestrados frente al plasma, tras un picoteo de coartada. Y es que el periplo del turista low cost, como de verdad se disfruta, es en casa.

Y Peter Pan fue Robin Hood

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:11

El psicólogo Abraham Maslow venía decir que cuando un humano tiene sus necesidades fisiológicas y de estricta seguridad satisfechas, activa inmediatamente la necesidad “social”. La de ser aceptado por la gente que te rodea y te sirven de referencia: conservar amigos; pincharte un verano en la sierra, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, las yemas con una púa de zarzamora y unir la sangre que os brota de los dedos, para siempre juntos; pertenecer a un círculo vespertino, a una hermandad, tertuliar los primeros martes de mes. Hay quien esto lo hace con el tacón, y alejan a la gente del diván del psicoterapeuta. Hay lobos solitarios que no saben o ni siquiera lo necesitan. Y hay quienes quieren y no pueden, o les cuesta.

Al barrio de periferia convertido en Macondo solitario, al terminar el curso, llegaba desde el suyo a pie un compañero del colegio ávido de cariño, sudoroso y con dádivas para los que allí vivíamos. Dinero –que entonces ni olíamos–, chucherías. No diré que nos resistíamos, pero un día se presentó con un mechero de plata, una virguería con las iniciales de su padre. Se lo recibimos y gamberreamos la tarde sin más, pero al día siguiente alguien o algo iluminó nuestras conciencias, nuestro temor o nuestra compasión y se lo devolvimos: así no vale, no hay por qué, somos todos amigos. Con el tiempo, este amigo tuvo una juventud conflictiva. Le perdimos la pista. Ahora sabemos que va sobradísimo: ligón empedernido, repleto de certezas, bastante chulo, tierno al cabo si lo conoces. Quizá algún epígono del difunto Maslow sabría interpretar esta trayectoria.

Esta semana a muchos se nos ha roto un poco el corazón al saber que un pequeñín catalán ha repartido 10.000 euros ente sus compañeros de Primaria. Eran los ahorros que su abuela, una Irina Palm de Caldes de Montbui, en fajos de a cien, juntaba para un tratamiento de salud de alguien de la familia. Tanto candor y sentimiento son difíciles de soportar, demasiada ternura para esta primavera que explota. Peter Pan metido a Robin Hood de los mocosos, un agradador genético, un ángel que reparte gloria. Quiero pensar que ama a los niños de su clase, sin más. Que sus padres lo quieren y en casa está a salvo y rodeado de amor. Que es muy sensible. Su inocencia da bocaditos en el pericardio. Ruego al cielo que nadie le recrimine duramente lo que ha hecho, que nadie se le burle; nunca nadie debe saber su nombre. Él quería querer y ser querido, y su maquinación resulta impagable. Lo hizo de una manera magnífica, a la grande. Qué jodido crío.

Niño, a la mili

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:10

El juez de Menores Emilio Calatayud es, como dirían pequeños y jóvenes hoy, un personaje. La opinión que de él tiene la gente podría ser un buen marcador de las Españas: la de “orden”, que le profesa devoción, y la “contrariosa”, que no. Su discurso es de un natural que lo coloca en la incorrección política. Su ‘Decálogo para convertir a los hijos en delincuentes’ hace furor entre mucha gente, en general gente partidaria de más autoridad y coerción sobre los niños que, según sostiene él, no son nenes buenos ‘per se’, y se nos van de las manos con internet y la pedagogía progresista: cree imprescindibles los sopapos “a tiempo”, llama “moritos” a los menores magrebíes que juzga. No lo duda: a los tiranos domésticos mayores de edad hay que echarlos a la calle. Ahora ha encontrado otra vena con mucho bombeo mediático: la reinstauración de la mili obligatoria. Lo he sugerido yo mismo a veces, ‘en plan’ dinamizar la tertulia, dicho en la jerga de la muchachada en vigor.

Vaya por delante que creo que todo ciudadano de un país debe saber lo que es el ejército y la defensa nacional, hacer un par de meses de instrucción con ‘recuerdos’ periódicos, notar la estadística demográfica y la diversidad de su país, sentir un tiempo la escasez y la jerarquía incontestable. A quienes esto espanta, suele seducirle el mimetizado de frente popular: ejército al cabo. ‘Serví’ en Transmisiones, y pasé varios meses –gloriosos– en mi desierto tártaro de la memoria; un resort caqui, espartanísimo y sin chicas, el Peñón de Alhucemas. Aunque no pocos de mis amigos más disciplinados, gentiles y prósperos no hicieron servicio militar alguno. La cosa tiene pegada, como bien sabe el juez y conferenciante manchego. Pero no es nada fácil. Y menos en este país. Reclute usted a un muchacho de la CUP o de Junts pel Sí. A un hijo de un batasunero borroka. O a un ‘vitellone’ de cualquier región que lo tiene todo desde chico. Me da la risa.

Los países más socialmente decentes del planeta, los escandinavos, conservan la mili obligatoria: temen a Rusia, temen al terrorismo islámico instalado en sus perfectos barrios de periferia. España no teme a nadie de fuera: nuestro presupuesto en Defensa es ridículo comparado con nuestro vecino más (teóricamente) inquietante, Marruecos. Vamos de ricos a salvo de todo peligro exterior. Ahora Suecia recupera la mili forzosa. Un 70% de su población aplaude la medida. No sabe uno ya si están sus neuronas para aprender sueco. Siempre nos muestran la matrícula. Dicen que no existe la sana, así que será envidia sin más.

Sorpresa: ahora los salarios deben subir

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2017 a las 16:08

“Diversos sabios internacionales nos prescriben la subida de los salarios, ¿quién puede hacerlo?

“El ciclo, nos dicen, exige ahora lo contrario que hace pocos años”

Los salarios en España son bajos, o deberían ser más altos. Es lo que nos dice nuestro ‘meta Estado’, la Unión Europea. Que suban nuestras retribuciones como asalariados es bueno para el consumo privado. La devaluación del poder adquisitivo del español por cuenta ajena fue necesaria en un momento crítico en el que España parecía abocada a un rescate exterior. Si para el imperativo de mejorar la productividad y la competitividad era urgente devaluarnos hace diez o cinco años, en este momento la urgencia es la contraria: hay que estimular la demanda, llenar más el carrito del híper, comprar más coches, volver a adquirir casas. El asunto es económicamente plausible, aunque para el asalariado de a pie todo este juego ‘macro’ sea desconcertante.

La patronal pide lo contrario: las proverbiales reformas estructurales lo exigen. Lo de las reformas estructurales es algo que también se escapa a la gente de la calle. El asunto lleva una carga ideológica, y muy ‘macro’, ya decimos: ahora hay que bajarlos, o te mueres; ahora debes subirlos, o te mueres. Pero, ¿quién sube o baja los salarios? Son las empresas, y las empresas modulan los emolumentos que pagan a sus empleados en función de los salarios medios del sector y el territorio, y también –o sobre todo—en función de cuánto ganan y pueden pagar para ser rentables. O sea, que puede decir misa en latín el comisario de turno y la directora del FMI que ve el mapa global con unas gafas que ignoran lo que le pasa a las personas. Así es, y así lo aceptamos más o menos de mala gana. Para lo que conviene al más poderoso del juego, jugamos a la oferta y la demanda. No nos engañemos.

¿Aumentar los salarios destruye empleo…o los genera? Alquímica cuestión. Del otro lado, si es el empleador privado el que puede ofertar mayor o menor salario, ¿qué puede hacer el Estado, o sea, el Gobierno, en esta cuestión? Sólo dos cosas, al menos de forma directa: aumentar el salario mínimo interprofesional o aumentar el sueldo de los empleados públicos (lo cual es un asunto desigual por lo desigual nuestro juego de equilibrios autonómico). Lo primero debería ocurrir, porque la menor percepción salarial española no cuadra con nuestra economía, o eso nos dicen de repente desde fuera y es constatable con los datos estadísticos. Lo segundo –subir significativamente la paga a los funcionarios, básicamente—es ahora una entelequia.

El problema es otro, es más nuclear. Los expertos anti-subida alegan oscuros vaticinios si el salario mínimo –la palanca—crece: más economía sumergida, más contratación temporal, mayor paro juvenil (el gran problema de nuestro sistema económico). En la otra visión, que ahora parecen alentar los vates más globales, un salario más digno y con mayores posibilidades de afianzar una seguridad personal o familiar es bueno para la economía. Al lego, y también al analista menos creyente, le faltan certezas, y le sobran urgencias cíclicas. Ganar más en nómina, ¿es sólo bueno para el bolsillo de las familias e individuos, o es necesario para la demanda y la producción? ¿Arruina a las empresas o les da oportunidades que se realimentan en un círculo virtuoso?

Ahora parece que toca que los españolitos ingresen (y gasten, e inviertan) más. Mareas y reflujos. Quien te dijo “alerta, vade retro”, ahora te dice “más madera”. ¿Dan nuestros empleadores para pagar más? ¿Necesita más calor por la vía del consumo esta economía? Ya ven, no hay consenso en la materia.

Mientras dilucidamos estos interrogantes, nuestros jóvenes malviven, fuera o dentro de España. He ahí el problema. Sin empleo juvenil, no hay futuro en esta tierra. Ya se pongan los benditos agregados de PIB como se pongan. O quieran los técnicos prescribirlos, hoy ‘asín’, mañana ‘asao’.

Negociar con Cataluña

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2017 a las 19:59

Con permiso de Machado, y en mi condición de españolito, aquello de que una de las dos Españas ha de helarte el corazón merece una actualización. A las dos de siempre, la historia ha unido otra, la independentista, con especial protagonismo de un patchwork de partidos catalanes que mediante el proceso de emancipación de una patria “oprimida” barre bajo la alfombra del procés la basura del trinconeo político generalizado, y de paso expele otra dosis de tinta de calamar sobre la nefasta gestión de un partido autoinmolado para evitar la cárcel a su padrino Jordi, a su casta, a su ahijado Artur y a otros mártires afectos. Todo ello en el territorio económico más poderoso del Estado, que hasta para el independentismo es España peculiar. Y justo cuando España pasa el momento más crítico de su contemporaneidad.

En un país que en estos momentos parece purgarse y redefinirse en las cortes de justicia, esta semana, en el Tribunal Supremo, ha continuado el juicio del 9-N, así llamado por la fecha en que las autoridades autonómicas catalanas convocaron un happening nacionalista a mitad de camino entre el referéndum, el plebiscito y la festiva jornada ecuménica, en el que votaron los mayores de 16, con una participación del 30% del censo. Una consulta que el Tribunal Constitucional (TC) había prohibido.

Tras Mas, ha declarado Homs, acusado de desobediencia y prevaricación. Solemne, al estilo fenicio , el que era conseller responsable del evento ha vaticinado que si él es castigado el Estado español “desaparecerá”. Huele a miedo, algo propio de gente inteligente, o sea, más miedica que valerosa. Muy en botiguer, ha soltado también que el TC no le dijo nada sobre qué hacer con los proveedores contratados para realizar la consulta: lo que le faltaba a ese tribunal es meterse a la consultoría de eventos. Su comprensible defensa también alega que aquello no fue un referéndum galgo, sino una consultilla podenca. También ha estado filosófico o directamente suspenso en Lengua al afirmar que la prohibición no le quedó del todo clara: “El todo y la nada son sinónimos”. Primera noticia.

Mientras, y con un estilo mucho menos siniestro que aquellas negociaciones del Gobierno de Felipe González con ETA en Argel o aquellas otras del Aznar que nombró al “Movimiento Nacional de Liberación Vasco”, parece que Rajoy negocia con Puigdemont sobre el futuro de Cataluña en España. Negociar era pertinente hace cinco años. Y es inevitable ahora. Dejemos de lado la peregrina idea de enviar a la Legión a tomar Barcelona. Negociemos. Dentro de la ley. No fuera, como hicieron Mas y Homs.

Silencio, se juzga

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2017 a las 19:57

Un ex alto cargo de la Junta que será el juez de sus ex jefes Chaves y Griñán. La absolución de la Infanta hechizada y el trullo virtual para su marido. Uno que fue fiscal jefe de Murcia que protege el final de su espalda a destiempo con alusiones sobre gánsteres de ganzúa y disco duro. El ministro de Justicia que le conmina a callarse en la boquita. El morbo rancio de Sandokán y las discrepancias sorprendentes entre jueces y fiscales por su régimen cautelar. El primer juez del citado caso regio metido a IT girl, pidiendo a gritos el tutú de primera bailarina: “No me esperaba esta sentencia”. La causa contra los Pujol y su congénito trile familiar. Rato y Blesa, altos exponentes del arrebatacapas intersecular, condenados, sí.

No varía mucho de un periódico a otro. Ayer mismo: la portada, el editorial, más de la mitad de las columnas de opinión y la gran mayoría de los artículos, crónicas y reportajes de las secciones regional y nacional versan sobre asuntos judiciales y a la vez políticos (aceptemos corrupción como animal político de compañía). Miren esta columna y miren la de su izquierda. No cabe duda de que las sentencias de Urdangarín y de Cristina En Su Limbo, con la de Rato y Blesa haciendo los coros, han desatado un estado de opinión arrasador, en el que el que más y el que menos ha adquirido un máster exprés en Derecho Procesal y Penal, y más o menos la mitad de España dice sentir “asco” y “vergüenza”. Comparamos condenas de gente blindada con las de “pobres desgraciados” (en casi todos los casos, si miramos algo más, son desgraciados… y mangantes). Caído el telón de la farsa de la riqueza y descorrido el del drama de la Gran Recesión, la Justicia ha realizado el papel higiénico en nuestro reparto de poderes, dado que tanto el legislativo como el ejecutivo han sido devaluados por otros bribones menos desgraciados y apiñados en sus siglas.

Es comprensible y hasta saludable que la gente opine y se indigne y proteste. No lo resulta tanto, sino al contrario, el protagonismo de los que juzgan. Es bueno que la prensa haga su oficio, y que, sin bombardeo y ordeñe excesivo, trate lo que está más candente y la gente pide más. Pero resulta preocupante y extravagante la presencia mediática de los administradores de la Justicia: para que ella sea ciega, sus jueces y fiscales deben ser casi mudos. ¿Por qué? Porque lo que tratan exige tanta prudencia como oficio. En su menester debe estar evitar al máximo los micrófonos. No es su papel estar en los papeles, las pantallas y las radios. Que hablen otros.

Atentado en Suecia

Tacho Rufino | 21 de febrero de 2017 a las 21:11

Hace unos días recibí un correo de Monica Lewinsky. Al pronto, me estremecí. Pero no era nada personal. Lejos ya los tiempos en los que Monica se arrodillaba ante Clinton en el Despacho Oval, la becaria preferida de su presidente favorito trabaja ahora en el gabinete de prensa de una de esas revistas crípticas donde los universitarios, da igual que seas biólogo o de empresariales, deben publicar para poder promocionar. Un nutritivo negocio editorial, por cierto, mayormente estadounidense, en el que los periféricos entramos con fe de converso. Ayer, al saber que Trump volvió a decir un embuste grave, me dije: “Estos Estados Unidos no son lo que eran”. A Clinton se le obligó, como se hizo con Juan Carlos I con Corinna y los elefantes, a pedir perdón ante la cámara con cara de máxima contrición y mayor propósito de enmienda. Siempre nos contaron que allí la mentira de un gobernante se perdona poco o nada. A Donald, de momento, le sale gratis. Como Maradona y sus leches, Trump es inocente nato en esto de soltar trolas. Aunque sean tan delirantes como la de Suecia. Un infundio mil veces más grave que una calentón con final de cortina descorrida. Donde no hubo atentado ninguno, por mucho que el presidente USA así lo afirmara para, voilà la pirueta tramposa, abundar en su argumento sobre terroristas entre los refugiados musulmanes. Que haberlos, los habrá. Pero no ha habido bombas en Suecia. Una cosa es colocar a Spain junto a Paraguay en el mapa y otra pasarse la realidad por el mismo forro de la prepotencia.

Esto encaja con el término de moda, posverdad, que viene a ser dar más importancia a crear emociones que a los hechos a la hora de emitir juicios o de advertir de peligros. A lo largo de la Historia siempre ha existido esta práctica, que se acelera ahora con las redes sociales. Pensemos en el pan y circo romano o el de Ronaldo; que le pregunten a Goebbels. En realidad, practicar la posverdad significa mentir para manipular, ahora o al preparar las Cruzadas, pero así dicho pierde mucho tirón comunicacional. Uno cada vez compadece más a los jueces, que no paran de oír mentiras estructuradas en una estrategia de defensa o ataque judicial: “Yo no sabía nada, en realidad gasté millones pero porque es que yo soy una lela loca de amor (o un presidente que estaba en otras cosillas)”. Ya vemos lo que respeta la verdad el Maquiavelo de la Trump Tower. Quién diría aquello de que para estar en política era bueno, per se, haber sido un hombre de empresa exitoso. ¿Fue Jesús Gil? ¿Bungabunga Berlusconi?

EL antiuniversitario

Tacho Rufino | 21 de febrero de 2017 a las 21:09

Típicamente, un extremista de derechas hace patente sus inquebrantables certezas y fobias, por muy incorrectas que puedan parecer. No siente complejos por ello ni tiende a justificarse, le da seguridad su propia simplicidad, y hasta le divierte: maricones, moros de mierda, etcétera. Nunca presume de tolerante o abierto de mente. No sucede lo mismo con el extremista de izquierdas. Éste también compra el traje ideológico prêt à porter, un pack completo de progresismo, y carece de dudas, igual que el facha. Pero el ultra rojo suele presumir de tolerancia, compromiso y solidaridad. Todas ellas, virtudes que practica de forma selectiva, claro está. Pero más allá de la estética, en uno y otro extremo hay muchas más coincidencias esenciales que diferencias: los extremeños se tocan, que decían Pedro Muñoz Seca y su tocayo Pérez Fernández. Que piensen otros; yo, a mi sota, caballo y rey. El radical -cuya raíz o ancla no le permite mucha oscilación en las creencias- es previsible, cansino, perezoso de mente. Tiende a agredir y a abusar enarbolando la divisa de la verdad. Poseer la verdad es lo que tiene.

Esta semana hemos tenido ración de totalitarismo en la universidad; en esta ocasión, totalitarismo de izquierdas, que suele cursar con foulard, antiheteropatriarcalismo y abominación de lo heteronormativo (sugiero a la muy tolerante RAE que vaya preparando sus definiciones, junto con la de empoderamiento, y de paso la actualización de la voz transversal). Le ha tocado a la Universidad de Sevilla, aunque la imbecilidad inquisidora va por barrios. Al reventar un acto de una miembro de Vox, partido derechón donde los haya, practican lo que mejor se le da a una mente acrítica, aunque se presuma de lo contrario: de ser enemigo no ya de la universidad y su esencial naturaleza de libertad de pensamiento y expresión, sino de la libertad, sin más. Vaya por delante que alguna de las cosas que estos zotes fascistoides dicen defender al impedir la conferencia la defiende también quien suscribe: lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (si esta última condición existe) pueden y deben manifestarse como mejor les convenga y plazca. Cosa que a la conferenciante, al parecer, le preocupa por antinatural, regresivo y lesivo para la gente normal. Allá ella. Pero con estos comportamientos torquemadianos pasados por un mayo del 68 que apesta a rancio, los estudiantes cegados por la Verdad se convierten en un trasunto progre de los hinchas navajeros de los estadios. Y de paso le dan otra patada en el ya de por sí amoratado arco inguinal de nuestra maltrecha universidad.

Bankia: “… y Zapatero huyó hacia adelante”

Tacho Rufino | 21 de febrero de 2017 a las 21:06

“La judicialización de la vida política española es una paradójica ancla”

“Si sabía que sería desastroso, ¿por qué ‘Mafo’ hizo de violinista del Titanic?”

Esta semana hemos visto tumbar en juicio por delitos varios en connivencia con gobernantes e instituciones públicas a todo un ex miembro de la Casa Real, Iñaki Urdangarín, padre de tres hijos pequeños y marido de una hermana del Rey, que repudió a ambos al iniciarse la causa. Seis años de prisión. Rebobinen apenas una década y tal escenario hubiera parecido una broma de muy mal gusto. También esta semana, un ex gobernador del Banco de España, y un ex presidente de la CNMV, los grandes puestos vigilantes de nuestro sistema económico, estatutariamente independientes del Gobierno de turno, han sido llamados por el juez en calidad de imputados o investigados: los van a acusar, sería desconcertante que no fuera así.

La judicialización de la vida política española puede ser observada tanto desde un punto de vista positivo como de otro negativo. Alivia, si miramos la cara buena del fenómeno al que asistimos desde que estalló la crisis, que ante la extendida corrupción de las relaciones institucionales entre partidos gobernantes y organismos y empresas públicas, que han saqueado al Estado y han puesto al país al borde del colapso y, sin temor a exagerar, la miseria, el poder judicial haga de ancla de un sistema democrático que ha estado a la deriva. Con errores e injusticias: imputados o investigados tratados como peligrosos malhechores, sacados de su casa a deshora y con parafernalia mediática por la policía y guardia civil… que a la postre resultaron ser inocentes, o al menos no culpables. En la otra parte, la cara fea de la judicialización de la vida política es el coste económico asociado al colapso de los mal dotados tribunales; su lentitud es quizá el punto más débil de nuestro engranaje como Estado de Derecho. También es de lamentar que sea la Justicia quien se vea compelida a meter en vereda a tanto chorizo electo o con influencia pública. Paradojas de un ancla.

Que hay caso para investigar a Ordóñez (MAFO) y otros pretorianos suyos, y también a Segura, de la CNMV, parece evidente; ya fue desconcertante que un juez dijera en su día que no. Los inspectores los advirtieron de cosas como ésta: “La salida a bolsa con un banco doble [BFA-Bankia] es el primer paso para nacionalizar las pérdidas, algo injusto y contrario a lo que nos pide la norma“. O esta otra: “Dije que no lo diría más. Pero lo digo: este grupo NO ES VIABLE”. Una más: “Los ingresos serán menores que los costes por mucha cuenta de resultados que pinten con beneficio” Y otra: “Hay que venderlo, y gratis”. Y MAFO tiró para adelante cual violinista del Titanic. La rebelión interna del propio Banco de España esta semana, lleva un sapo muy entripado, muy dentro: aparte de que ese tipo de recogidas plebiscitarias de firmas suelen ser tramposas –“es un clamor popular, oiga; no firmes, tú verás…”–, hay gente en el Banco de España que mira hacia arriba, al Gobierno entonces vigente. Ayer, en estas páginas, la analista Carmen Pérez escribía un secreto a voces: si se pretendía socializar pérdidas, alguien daría la orden de sacar Bankia a bolsa, y el Banco de España, obediente, hizo la vista gorda: repartimos el marrón entre todos los españoles, no sólo entre preferentistas, accionistas o cuentacorrentistas del banco de Rato y BFA. ¿Quién gobernaba allí arriba del todo? Era Zapatero, superado por la presión de la UE: huyamos hacia adelante, ya veremos. “Que se llame también a Elena Salgado y José Luis Rodríguez Zapatero, ministra de Economía y presidente del Gobierno por entonces: sus declaraciones son necesarias para que la verdad sobre el caso Bankia sea desvelada”, sugiere Carmen con aplastante lógica. Que esto no va a pasar, ya lo sabemos: hagamos lo imposible, y preparémonos para los milagros.