Recogida de firmas

Tacho Rufino | 15 de febrero de 2017 a las 17:11

-Ahora vais a firmar en un papel que os voy a pasar. Cada uno pondrá sus apellidos y nombre y su firma debajo de donde pone “Apellidos, Nombre” y “Firma”. Donde pone “DNI” no pongáis nada, eso es para los de BUP. Es por un empresario que ha hecho mucho por este colegio y que han detenido sin tener culpa ninguna en Chile, en Sudamérica. Bueno, rápido, que tenemos que seguir con los quebrados, que estáis todos muy verdes.

-Se ruega encarecidamente a todos los hermanos que pasen a firmar el día del Quinario en una hoja al efecto destinada a elevar una protesta al alcalde por su negativa a autorizarnos a poner un busto de nuestro recientemente fallecido Hermano Mayor, D. Aquilino de la Sal y Balcones, tan querido por todos nosotros, en la Plaza de los Baluartes, nuestra plaza, la que con tanto mimo cuidamos. Figuran en el listado todos los hermanos. En el caso de que alguno, por encontrarse fuera de la ciudad u otro imponderable, dejara su espacio en blanco, procederemos a enviarle un formulario por correo electrónico para que pueda sumarse al común sentir de nuestra Hermandad. Fdo. Aquilinode la Sal y Bermúdez, Hermano Mayor interino.

-Unidades del Cuerpo de Defensa Civil procederán a recordar el lugar y la hora de la Manifestación Patriótica del próximo jueves por todos los centros de trabajo de La Habana. Si algún cubano o cubana con empleo público cayera o estuviera enfermo en tal día y hora, podrá justificarlo debidamente en la comisaría de la Policía del Pueblo más cercana a su domicilio. Deberá trasladar copia de la certificación médica, sellada en dicha comisaría, a su centro de trabajo en el plazo máximo de una semana después de la manifestación patriótica.

Censura de la ceguera (de MAFO)

Tacho Rufino | 14 de febrero de 2017 a las 18:45

Tras un extraño parón que un juez dio a las imputaciones, ese mismo juez -Andreu- se ve obligado ahora a reabrir la causa contra el que fue máximo responsable del Banco de España (Miguel Ángel Fernández Ordóñez), junto con la del de la CNMV (Julio Segura), por no haberse dado cuenta de que la salida a Bolsa de Bankia era un pufo. Un pufo del que ni MAFO, como se lo conoce, ni Segura, la otra pata clave para asegurar la viabilidad y limpieza de estas operaciones, percibieron. Cualificados inspectores suyos les advirtieron en su momento de que aquella operación no sólo era artificial, sino ruinosa para accionistas, depositantes y, a la postre, para los españoles, desavisados. Resulta que el banco central español, tras la creación del euro, no tiene casi mayores competencias que la vigilancia y supervisión del sistema bancario. Y ya sabemos, tampoco hace falta ser un experto tecnócrata. Casi que mejor, según lo visto.

Mientras tanto, en otro banquillo no muy lejos de allí adonde van a tener que ir a declarar como investigados ambos, el que fue presidente de la propia Bankia, Rodrigo Rato, es acusado por Hacienda de haber urdido la evasión por lo fino de 7 millones… ¡mientras que era ministro de Economía! También se lo acusa de ponerse las botas a costa de aquel pufo cajario, no sólo por las tarjetas black, sino facturando desde sociedades suyas por variados conceptos. Aquí tampoco se pisaron las mangueras respectivas, los figuras: MAFO ha sido siempre de la órbita socialista. Con los gobernadores del Banco de España sucede que son aupados con más o menos disimulo por el PP o el PSOE unos meses después de llegar al poder. El que viene detrás aguanta unos meses “al del otro”. Y coloca al propio. Una de autonomía y otra de independencia, marchando. Aquella ceguera inexplicable colocó a España en la bancarrota y ante el rescate exterior. Caruana fue el gobernador “independiente” pero dependiente del PP de Aznar, y Fernández Ordóñez fue el “independiente” pero dependiente del PSOE de Zapatero. (Gran estadista que también se apuntó a la ceguera y definía por entonces al sistema bancario español como el “más sólido del mundo”.)

MAFO ha coupado múltiples puestos de relevancia e importancia técnica y política. También es columnista de El País, y ha sido mucho tiempo asesor del Grupo Prisa. Fernández Ordóñez también fue presidente de la Comisión Nacional de la Energía, del Tribunal del Defensa de la Competencia y director ejecutivo del FMI. No hay más preguntas, digo datos.

Salvar al joven

Tacho Rufino | 14 de febrero de 2017 a las 18:41

En su columna del domingo en este periódico, León Lasa abordaba hace poco el fenómeno Hygge, una concepción de la vida que simboliza la felicidad generalizada en el que pasa por ser el país con mayor desarrollo social del planeta, Dinamarca: “Hygge es esa sensación que se tiene cuando, tras una sauna y unos largos de piscina, uno va a casa, enciende unas velas, abre una botella de vino, se pone un jersey viejo de cashmere, apaga el móvil y ve una buena película con la calefacción puesta”, decía Lasa. Estar a gustito, vaya. Disfrutar de las pequeñas cosas y placeres, que es la clave si uno no quiere acelerar la vida en el “no pares sigue-sigue” de la celebración o viaje que sea menester; o, en el polo puesto, dedicarse a ser un esclavo del trabajo, un triste workaholic. Cuando uno ve un cuadro económico de Dinamarca entiende que tienen razones objetivas para estar tan a gusto con una taza de chocolate y unos calcetines de lana buena para los pies por alto y toda la sencilla impedimenta disfrutona. Si fue primero la gallina Hygge o el huevo de su PIB y su “calidad institucional”, no sabe uno decirlo. La clave del Hygge bien puede ser la aceptación social que siente el danés medio -que son casi todos-, en un país que detesta el clasismo y prefiere la redistribución a la dialéctica ganadores-perdedores, ricos y pobres. Esto tiene que ver mucho con su economía; evitemos los datos, pero digamos sin miedo que son espectaculares. Y allí no existe la brecha entre mayores y jóvenes.

Una brecha que aquí no para de agrandarse. Las alarmas deberían estar sonando día y noche por este drama. Los jóvenes españoles son los grandes perdedores de una crisis que tienen mucho de española, de rinconetes en cajas de ahorros y cortadillos en partidos políticos, con gobernantes y banqueros ciegos ante el hundimiento inminente. Si no fuera por su tendencia a escenificar jaulas de grillos y disputas shakesperianas, puño en alto y en ristre, Podemos tendría un futuro envidiable. Un dato escalofriante: en 2011 se crearon en España 254.000 nuevos hogares. En 2014, 76.000. Un trasunto humano del comportamiento animal que limita la fertilidad en las situaciones amenazantes. Si España no reconoce que el primer problema que tiene es el paro y las expectativas juveniles, está condenada al fracaso. De ahí depende directamente el otro grave escollo de nuestra viabilidad como país, las pensiones. Otra gallina y otro huevo. Gallina vieja y huevo muy duro. Por Shakespeare, ya puestos: algo huele a velas en Dinamarca… y a chamusquina en España.

Enchufes

Tacho Rufino | 14 de febrero de 2017 a las 18:39

El caso de la empleada de la Universidad de Sevilla que ha colocado a 22 parientes y afectos en la contrata de limpieza que su propia unidad debe tener bajo control ha levantado ampollas. Hay miles de casos en España (mírese bien, mire bien cerca): en la política, entre ésta y las empresas y bancos, en la universidad; entre amores, bandidos o con papeles. En no pocos casos, las organizaciones se conciben como una forma de adquirir poder y hacer el bien… a los tuyos. Ser un prócer y un benefactor a costa de lo que no es de uno. Un godfella, como Ray Liotta y Joe Pesci en la de Scorsese, pero sin machetazos en los maleteros. Alguien que me deba algo. La empresa está en segundo plano. Pero no siempre se enchufa de forma fraudulenta y codiciosa, ni para retribuir unos servicios sexuales. Vayamos a los datos.

La mayoría de la gente accede aquí a su puesto de trabajo mediante un enchufe. O su hermana más aseada, la recomendación. Tan poco secreto es que lo dicen los propios Ministerio de Economía y barómetro del CIS. Prepárese: a través de un familiar, un amigo cercano o por amigos de amigos acceden a una colocación nada menos que el 45%, casi la mitad. Del otro 55%, las siguientes vías en importancia nada tienen que ver con los contactos o el nepotismo: autónomos y opositores con éxito van casi a la par, y acaparan un 25% de la estadística. Un 10% obtiene empleo mediante el envío de currículum vitae. Para entrevistas, anuncios, internet, ETT, servicios públicos de empleo y otros varios canales -que son los que más literatura y técnicas producen- queda un 20%. Uno de cada cinco. El empleo escaso explica bastante este estado de cosas.

Suelo interpelar a los alumnos de Empresariales sobre ello. ¿Qué piensa de la recomendación como criterio principal de selección? En esto también funciona la tan humana adaptación del juicio a los intereses personales. Nadie -nadie- le dirá “Yo soy un jodido enchufado” o “Me parece bien el enchufe, mi abuelo tiene una empresa” o “Mi madre es político, algún favor le deberán” o “Mi tío es el rey del evento y la croqueta engalanada, conoce a todos los empresarios de la ciudad: algo me buscará”. Pocos empresarios de una pyme, poquísimos, siguen un proceso de reclutamiento y selección basado en el mérito. Suelen preferir a alguien con referencias: aquí, quien puede recomienda y enchufa (quede claro: no son la misma cosa). Con el principio “mi poder primero, la empresa después”, la práctica es perversa, puesto que acabará dañando a la empresa, primando su relevancia y su trasero.

Lo gratis

Tacho Rufino | 14 de febrero de 2017 a las 18:37

No es fácil ser coherente con lo que pregonamos. Es habitual que critiquemos a desconocidos por comportamientos que no nos censuramos a nosotros mismos: una infracción de tráfico, tirar papeles al suelo, no recoger los truños de tu adorada mascota, molestar a los vecinos. Disponemos de muchas palabras para definir el doble rasero: farisaico, doble, hipócrita, puritano. Hay un paso más allá en la doble moral del desahogado que todos llevamos dentro más o menos domeñado por la educación: la pasión por lo gratis. El abuso de lo que no nos cuesta dinero. El club deportivo que frecuento provee de toallas limpias a los socios. Aunque ahora sucede menos -enseñanzas de la crisis, quizá-, no es infrecuente ver cómo un señor que pontifica contra junteros, peperos, niñatos, podemitas, periodistas o cualquier otro objeto de su fobia privada, muy digno y denunciante, usa tres o cuatro toallas cada día, una de ellas quizá sólo para echarla bajo los pies mientras se cambia. Uno siempre se malicia que tanto furor higiénico fuera de casa se compensa dentro de la misma. Rollos de papel higiénico que desaparecen en los aseos de facultades u oficinas; empujones y sofocos en una feria de muestras serrana por coger un trozo de morcilla que en la nevera propia cogería moho.

Ayer sábado supimos por un juguetón artículo de The Economist algo que ya nos veníamos oliendo: los termostatos de los hoteles son masivamente placebos. O sea, usted lo regula a su gusto, pero es un quedo, como algunas píldoras que carecen de principio activo, pero calman a gente nerviosilla y sugestionable. Solemos abusar en los hoteles gastando una cantidad de energía que nunca derrocharíamos en el hogar: baños y duchas interminables, todo el kit de aseo al neceser, incluidos peines o gorros de ducha que nunca usaremos. En otro tiempo se birlaban las toallas y los albornoces, que después tus invitados podían ver en tu cuarto de baño al ir a hacer un pipí, con Hotel Marina D’Or o Hilton, según, bien estampados y visibles. Qué decir de la mantita a cuadros de aquella Iberia que aún no sufría el letal ataque de las aerolíneas de bajo coste. En algunos hoteles de cuatro estrellas ya se prohíbe entrar en el desayuno buffet con bolso, porque muchos salen del comedor mutados en despensas de excursionista. Y no le queda a uno más remedio que atracarse de yogures con muesli, huevos con beicon, kiwis, donuts de fresa, dos zumos de naranja y otro de frutas del bosque. Cosas que no te tomarías ni amarrado al levantarte en un día normal. Faltas, pecadillos leves.

La verdad sobre Bimba Bosé en 10 claves

Tacho Rufino | 31 de enero de 2017 a las 19:50

Este escrito, ya se lo adelanto, no tiene nada que ver con la modelo y cantante recientemente fallecida. Sin embargo, usted ya ha hecho subir mi contador un puntito, y eso hoy priva (y prima) muchísimo. ¿Fácil, verdad? ¿De mal gusto? En estos ‘Tiempos Trump’, el mal gusto da mucho eco y provee ganancias. De hecho este artículo, el de verdad, va sobre el nuevo becerro de oro de la comunicación y el periodismo emergente: el ránking, los artículos más leídos. Haber titulado, por ejemplo, “El rey del ránking” no hubiera estado mal y sería mucho más adecuado, pero no me hubiera dado tantos votos por la cara. De hecho, lo más congruente para seguir la zanahoria del ránking y trepar por la cucaña del voto hubiera sido escribir de la estupenda Bimba, de su androginia, de su talento como cantante, de los insultos por twitter tras su muerte, etc. Con eso y, sobre todo, un poco de Ginfosociacom (Gestión Informática y Social del Contador, cedo el acrónimo al mundo, a ver si cuela la “m” final, que tiene mucha más pegada así que con “n”), lo petas en el ránking. También ayuda el hecho de ser un articulista brillante y consolidado, pero éstos son los menos. Vamos a ello, dejemos a Bimba descansar en paz:

El rey del ránking

La probabilidad de que usted esté leyendo esto en un dispositivo digital es mucho mayor que la de que lo haga en papel, con café casero o de máquina italiana en barra, una vez conquistado “el de la casa”, que ostenta –mire bien– un lamparón en las esquinas de abajo a la derecha, páginas impares; como dice un buen amigo castizo “qué nos gusta un balde”. Está por estudiar cuánto virus se trasmite por esa vía, la tradicional, aunque la metamorfosis vertiginosa del consumo de prensa haga que tal estudio esté ya en fuera de juego. El cambio tecnológico –el de la forma en que hacemos las cosas—no sólo transforma los procesos técnicos, sino también, yendo al caso, a la forma en que uno que escribe públicamente se relaciona con otros que lo leen. Quienes leen cada día necesitan mayor inmediatez y superficialidad. Incluso lectores avezados sufren sudores, dilataciones y cosas por el estilo al pasar de la quinta página de una novela o un ensayo. No digamos ya quien sólo consume información –o sus sucedáneos— a través de múltiples ventanas: a este lector de picoteo 2.0. y digital, con smartphone, en red y todos los avíos del potaje comunicativo contemporáneo, las sinapsis neuronales le han mutado, y lo de la lectura continuada y el conocimiento lineal y profundo lo azoraría e inquietaría hasta el brote histérico, como aquellos niños japoneses que sufrían algo parecido a la epilepsia con los destellos de sus dibujitos.
Muchos periódicos digitalizados, por ejemplo, se han lanzado a las noticias-ránking: los quince alimentos más cancerígenos, las diez playas más recónditas, las catorce mejores técnicas de hacer el amor a solas, diez maneras de ser muy feliz en un segundo matrimonio, los seis trucos de la fabada light. Cápsulas informativas para gente captada para la nueva causa de la red. Los ránkings también llegan a los columnistas, que nos vemos, con más o menos denuedo y técnica, forzados a competir por el ránking. No ya contra el articulista brillante y veterano, sino contra quien trabaja bien la red social y el IP, y a las siete se autotuitea antes incluso de lavarse los dientes: es su propio community manager privado, director ejecutivo de su propia opinión. Hay alternativas para subir el contador: jóvenes informáticos con ADN de hacker y empresas te gestionan a unos tíos en India que entran una y otra vez en el artículo deseado. No es nada caro. Un servidor, en cualquier caso, ya se declara incapaz de competir con el comentarista del corazón de la última página de un semanario, con todo respeto, ni con un tuiteradicto que lo da todo en las redes futboleras. La tecnología cambia el estado del poder; la redacción –el periodismo– pierde peso ante la necesidad de generar ingresos por el aumento de la publicidad, ya en medio digital. La tecnología redistribuye las influencias y redefine los prestigios. Los traslada a un espacio matrix donde moran el big data, el publicitario y el publicista: todo por el contador, aunque sea con truco. La competencia es, siempre hasta cierto punto, buena. Si es sana y bien ponderada, mucho mejor.

Bankia: de banco malo a banco bueno

Tacho Rufino | 31 de enero de 2017 a las 18:57

La más esencial responsabilidad con la sociedad que tienen las empresas es crear empleo y ganar dinero, junto con el cumplimiento de la ley. Accesoriamente, una buena empresa debe revertir a la sociedad parte los réditos que obtiene dentro de ella. Sucede que cuando a la responsabilidad social de las empresas se le ponen mayúsculas y se la llama RSC, y se editan costosas memorias y material promocional de corte “mira qué buenos somos”, dicha responsabilidad puede adquirir un tufo de cosmética. Aun así, presumir de lo propio -o sea, hacer marketing de la empresa- al tiempo que se hace algún beneficio social -cultural, científico, deportivo, asistencial en general- sigue un esquema “ganar-ganar”. Y nada debe obstar para ello: debemos despojarnos tanto del postureo corporativo como de la sospecha y la inquina acerca de cualquier cosa que huela a empresa, un vicio progre tan español como la tortilla de patatas.

Ayer lunes supimos de un acto de responsabilidad corporativa por parte de un banco nacionalizado y en vías de recapitalización, Bankia, que ha prescindido de dar largas a la obligación de resarcir los cargos indebidos durante años por cláusulas suelo de las hipotecas concedidas a particulares. El banco que dirige Goirigolzarri se pone de hecho a devolver con intereses lo que debe reintegrar a quien nunca debió cobrárselo: que uno firme una cláusula no quita que ésta sea abusiva. Bankia fue rescatada por el Estado -usted- echando dinero público presente y futuro a espuertas en un pozo excavado con la mala gestión y el manejo político. Unos agujeros patrimoniales originados por el desahogo y la promiscuidad político-financiera de aquellas cajas de un Madrid de winners de plástico y su sucedáneos valencianos. Un holding que emergía con rutilante futuro, con el bluf Rato al timón, y al badajo de la campanita en su nefasta salida a bolsa. Era otra Bankia. Nada que ver con la vigente. Cierto es que de su rescate –el mayor de la banca española– no retornará lo esperado al Estado, ni mucho menos.

“Para qué vamos a marear al cliente y a nosotros mismos: organicemos el proceso poniéndonos al servicio del cliente implicado, devolvamos los 200 millones más intereses, y a otra cosa; de paso nos ahorramos 100 millones de litigios”. Sensato y justo. Y muy reconfortante. Declaran que esto lo hacen también para “mejorar nuestra reputación”. Ganar-ganar. Y resarcir. Y dejar de marear. Si el Gobierno ha promulgado un decreto exprés para mantener el colosal litigo fuera de los juzgados, su carácter timorato hace que debamos dar la bienvenida y entonar un bravo ante la iniciativa de Bankia. A ver si los bancos privados siguen esa estela de genuina responsabilidad social.

Montoro apunta a las empresas muy grandes

Tacho Rufino | 31 de enero de 2017 a las 18:54

Esta semana el Ministerio de Hacienda, por boca de su máximo responsable, Cristóbal Montoro, ha anunciado que la Agencia Tributaria ha puesto su punto de mira en los grandes defraudadores societarios y privados. Son más precisos, y quienes lo siguiente afirman no son portavoces de Podemos, qué va, son liberales genéticos metidos al “recaudar para sostener”. Pues afirman: muchos grandes grupos empresariales eluden sistemáticamente cuantiosísimos impuestos, de diversas formas, no pocas de ellas dentro de la legalidad y bajo el cobijo de la laxitud que se basa implícitamente en la máxima: “Tú crea empleo y comercio, que yo seré indulgente con el control de tus impuestos”. Forzado por la penuria de los ingresos y el difícil control del déficit público, y bastante exprimido ya el limón de la presión fiscal directa e indirecta, Montoro ha visto la luz y ha fijado sus renovados y más clarividentes ojos en la parte del león: el gran fraude de las grandes corporaciones y las grandes fortunas personales. Ha comprendido que no es de rojos intervencionistas y medio comunistas, ni siquiera de socialdemócratas alcanforados, el poner en práctica la máxima que dice que es mejor matar una mosca de mil gramos que mil moscas de un gramo; o sea, que ya es hora de dejar de sangrar (más) inclementemente a las rentas medias trabajadoras, con lo ilegítimo y lo costoso que es eso, e ir a los peces gordos, cada vez más gordos. Dio Montoro un dato en su comparecencia: “Las grandes empresas, como media, pagan un 7% de sus beneficios; las pymes, un 18%”. Entre dos y tres veces más. A esta nueva iniciativa recaudatoria la han bautizado Plan de Control 2017. La crisis, y su trasunto fiscal, ya había abierto antes fuentes alternativas de ingreso público con otras iniciativas de control e inspección. Por ejemplo, a las grandes estrellas del fútbol, generando copiosas entradas extra en la Hacienda pública.

Al mismo tiempo, en la misma comparecencia, señalaban Montoro y los suyos otro agujero negro tributario, el de los autónomos, y particularmente el pequeño comercio. En España hay una asunción, como un terreno de exclusión en el que hay cierto do ut des fiscal con adobo de cotizaciones; nos explicamos: el autónomo paga unas cotizaciones excesivas por poder funcionar en el mercado empresarial, pero el sistema de módulos o la propia estimación directa vigentes abren claras vías a la elusión de impuestos personales -del autónomo- y societarios -de sus falsos clientes o proveedores-, al mercadeo de facturas sin contraprestación, a la generación de dinero negro. Lo que la Seguridad Social recibe, Hacienda lo deja de percibir. La cosa está, como en todo en esta vida, en el saldo. Ir a por los autónomos tributariamente -de entrada, con visitas relámpago o disfrazadas de cliente a los comercios para detectar in situ manejos con el IVA- deberá hacer reconsiderar las cuotas de autónomo, incomparables en la UE. La pescadilla se muerde la cola.

Debemos aplaudir la nueva iniciativa de un Montoro metido a socialdemócrata de manual. Es una verdad a voces que si las grandes corporaciones pagaran en función de sus beneficios, sin tantas fugas legales de la base imponible y, por supuesto, sin tanto miedo a su poder, los presupuestos públicos darían para menor déficit y para mayores prestaciones y calidad de los servicios sociales. La fuerza de las circunstancias dejan en un cajón -más alcanforado que el socialdemócrata- a los mecanismos del libre mercado, a la creación de empleo y riqueza derivadas de una reducción de impuestos que harían, Dios mediante, que la economía remontara el vuelo y que, cuadratura del círculo, los impuestos bajasen cada vez más y España y los españoles, además, fuesen cada más ricos.

Jóvenes contra viejos: matar al padre

Tacho Rufino | 31 de enero de 2017 a las 18:52

Hace unos cincuenta años, el argentino Bioy Casares publicó Diario de la guerra del cerdo, una distopía que acaece en el barrio bonaerense de Palermo. En ella, los jóvenes comienzan atacar a los ancianos, a los que identifican con cerdos que van en piara, sin protestar mucho, al matadero. Los hostigan por odio a lo que ellos mismos acabarán siendo: “Matar a un viejo equivale a suicidarse”. Van contra los mayores dando una vuelta de tuerca aterradora al conflicto generacional, una constante biológica y social. La canonización de la belleza juvenil -y el desprecio de su traslación a la madurez- es algo que percibimos sin cesar, también en las estrategias políticas. Recuerden aquella perla delatora de Carolina Bescansa tras las últimas elecciones. “Si en España sólo votase la gente menor de 45 años, Iglesias ya sería presidente del Gobierno”. O sea, “Nosotros, Podemos, somos el partido de los jóvenes, el del futuro; mientras, otros mendigan el voto de las clases pasivas y en retirada”. Ése era el mensaje, más allá de la pequeña inferencia estadística de la fugaz ama de cría de la primera fila de un Congreso hecho happening teatral. Haciendo patria. Transversalidad generacional y todo eso.

La brecha entre jóvenes y viejos es mucho mayor ahora que cuando yo, por ejemplo, nací, allá por la fecha en que escribió Bioy su novela. Es otro síntoma de la corrosiva desigualdad creciente que tanto niegan tantos: en renta, salarios, sexos, acceso a la información, educativa, nutricional, energética. La expresión “solidaridad intergeneracional” -bueno, no se abusaba tanto de lo solidario entonces- tenía mayor sentido: había una pirámide de población y no un botijo, los jóvenes accedían de forma fluida al empleo, nadie discutía que las pensiones de quienes habían trabajado durante décadas las pagaban “los activos”, con quienes sus hijos harían lo propio al llegarles la hora: aquí no se queda ni el apuntador, y como dejaba caer en su inquietante relato el gran amigo de Borges, un joven es un proyecto de viejo. Francino en la SER me condujo a un informe del Banco de España que constata que la renta de los jóvenes independizados ha caído en los cuatro últimos años considerados veintidós puntos -algo vertiginoso-, mientras que la de los mayores con pensión ha mejorado en más de diez puntos. Un suicidio colectivo a medio plazo. Una guerra de dos mundos que han dejado de ser complementarios. Sólo de momento, sí son solidarios. La aritmética es descarnada: si los jóvenes trabajan poco y ganan poquísimo, el sistema tiene tanto peligro como un cerdo camino del matadero.

Los notarios no asumen irregularidades con las clásulas suelo

Tacho Rufino | 31 de enero de 2017 a las 18:51

Un acuerdo entre dos partes va a misa, y si escriben sus términos y firmas en una servilleta de papel de una venta de carretera, con lamparones en vez de timbres y sellos, también se considera “perfeccionado”. Con mayor o menor forma, las partes acuerdan algo: una compraventa de borregas, un matrimonio, un taller de mindfulness en la sierra o la hipoteca de un piso en la playa. O sea, que quienes algo contratan están enterados -es una suposición- de lo que firman y a lo que se comprometen. Con las cláusulas suelo sucedía eso; a ningún hipotecado se le ponía un revólver en la sien para que firmara el contrato, aunque éste contuviera una cláusula ventajista. Que era abusiva lo reconoció de manera pusilánime nuestro Tribunal Supremo, y lo reconoce ya sin ambages el tribunal superior europeo competente: menos mal que nos queda Bruselás (con permiso de Siniestro Total). Sobre la libertad de firmar el contrato y la obligación de cumplir cada parte sus compromisos solemos escuchar los argumentos severos de quienes no firmaron hipoteca ninguna, ya que la amortizaron o, sencillamente, heredaron bien: “No haberlo firmado, ya eres mayorcito: ahora, a pagar”. O a ser desahuciado pero mantener la roncha, quizá con traspasomortis causa a tus herederos.

Todo ello sucedió con ciertas connivencias más o menos justificables. De las palmas con las que te jaleaba tu propio banco para darte una hipoteca sin problema, con coche nuevo, romería tutiplén o crucero sandunguero incluido. Con los mensajes también estimulantes de los gobernantes y conspicuos analistas, ¡ay, qué de patinazos ilustrados! Y con los de los propios notarios que daban fe pública de que a su pulquérrimo despacho acudieron dos partes libremente para estampar sus rúbricas en los documentos que él también firmaba, por pares cada día. Ayer leíamos en este periódico una frase autoindulgente y muy corporativa del decano de los notarios andaluces: “Los notarios no cometimos ninguna irregularidad en las cláusulas suelo”. Su papel, ya vemos, no es el de hacer ver a una persona no formada financieramente (el 90% de la población, aventuramos) que va a firmar algo que puede costarle diez mil euros más de lo que debería costarle. Que de ellos, cabe colegir, no debemos esperar ese tipo de advertencias. Su oficio es otro. Un menester que parece que ve la luz al final del túnel de la Gran Recesión: las hipotecas, ya sin cláusula suelo, han repuntado un promisorio 13% en el último año.