Culpables de esta diáspora

Tacho Rufino | 7 de septiembre de 2015 a las 17:14

AUNQUE uno albergue serias dudas sobre tanta pose por internet, o sea, de cara a la galería infinita, es gratificante que mucha gente se pronuncie en las redes sociales declarándose dispuesta a alojar un inmigrante refugiado sirio, libio o iraquí en su casa, e incluso una familia completa; es de suponer que de manera indefinida, conviviendo con el doble menú cristiano-musulmán y otros equilibrios culturales en ochenta metros cuadrados. La generosidad es una virtud de mayor recorrido que la solidaridad, pero es bien escasa en la práctica, y por ello muy valiosa. Sorprende, sin embargo, que en muchos casos estas buenas intenciones vengan preñadas de un extraño complejo de culpa por ser europeo, occidental si quieren; perplejidad y hasta desazón provoca ver cómo han circulado en las redes sociales frases como esta de Saramago: “Europa será conquistada por los hambrientos. Vienen buscando lo que les robamos”. No lo que les roba, viola, esclaviza el canalla de su raza y religión, sino usted y yo, criminal europeo: el culpable es usted, y más aun Angela Merkel (quien, por cierto, va a hacer que su país acoja, como es costumbre, a cientos de miles de estos pobres desdichados y desesperados: esta sí es solidaridad, y a escala mucho mayor que testimonial).

Y más sorprende que en casi ninguna de estas declaraciones aglutinadas en plataformas del tipo “Yo también soy refugiado” se mencione ni de pasada por qué y de quién huyen miles de personas que deambulan por mares y fronteras. Huyen de la guerra, de la violencia y de la muerte, y muy principalmente del Estado Islámico y otras formas de islamismo salvaje. La desgarradora foto del pobre niño ahogado en la orilla ha servido para llamar la atención sobre una catástrofe humana que debe hacer reaccionar a Europa, a sus gobernantes y políticos. Pero es obligado recordar, aun a riesgo de ser señalado por la corriente dominante de bondad y buenismo, que el propio Estado Islámico ha asesinado a 15.000 niños sirios e iraquíes desde que comenzó su gran ofensiva militar, en muchos casos con brutalidad inhumana -mejor dicho, muy humana-. Y que hay 200 niñas nigerianas que llevan casi dos años esclavizadas sexualmente tras ser secuestradas por grupos armados islamistas. Pero muchos españoles, y no pocos amigos, prefieren pensar, sin albergar dudas, que este horror lo ha creado Occidente. Y que los propios torturadores y asesinos de su gente son, en el fondo, víctimas nuestras también. De los americanos y de los europeos. De Occidente: el único y, por tanto, peor imperio que ha existido en la historia de la humanidad, como es bien sabido.

Angela, los asilados y Schengen

Tacho Rufino | 1 de septiembre de 2015 a las 18:27

HACE ya tanto tiempo, un amigo, hubiera aprobado o no, pasaba los veranos en un colegio alemán. Allí adquirió una tendencia casi ascética del orden que, sólo en apariencia, parece chocar hoy con su profesión de pintor: en realidad, el orden contribuye a la eficiencia, rasgo típicamente atribuido a los alemanes. También se atribuye a los alemanes el respeto al orden institucional establecido (bueno, a unas malas, no, pero no entremos en pantanos). Por eso, cuando Angela Merkel hizo llorar a una niña palestina en la televisión, no hizo más que ser coherente. En perfecto alemán, la niña hizo un discurso entrañable sobre lo bien que había sido acogida en Alemania tras llegar de un campo de refugiados en el Líbano, aunque recordó que su familia estaba tras cuatro años a la espera de respuesta a su solicitud de asilo. Merkel, en su turno, le dijo que “no todos los solicitantes de asilo lograrán la residencia y algunos tendrán que salir del país”. La pequeña rompió a llorar, y la canciller no pudo por menos que acercarse a consolarla, aunque tampoco en modopapa Francisco que digamos. Se le criticó la “falta de empatía”, y hasta su “crueldad”. Quizá en otro país, pongamos España, el gobernante hubiera hecho del apuro, marketing, y le hubiera prometido solución a su particular problema, y en un momento dado hasta se lo hubiera resuelto. “Los demás no estaban ante las cámaras, que se aguanten”, hubiera pensado para sí el magnánimo. Pero eso sería muy poco alemán.

Ahora, decenas de miles de inmigrantes tratan de llegar por tierra y mar al primer mundo europeo y sus oportunidades, de la mano de mafias y azuzados por el miedo al yihadismo -éxito militar para éste- que ocupó sus pueblos. Miles ya han muerto en el empeño. Esta inmigración masiva ocasiona un a grave crisis política en la Europa más rica y sus accesos más pobretones, un problema logístico y diplomático de primer orden. Ante esta gigantesca patata caliente comunitaria, Merkel de nuevo ha reaccionado coherentemente (la coherencia es algo de uno consigo mismo, guste a los demás o no): “Si no hay reparto equitativo de los refugiados, nos veremos obligados a revisar Schengen [acuerdo de supresión de las fronteras intercomunitarias]”. Alemania, más rica y absorbente que los demás, mantiene poblaciones inmigrantes legales e ilegales que en otros países son impensables. Ahora toca empezar a pensar si usted y yo seríamos capaces de tolerar con solidaria conciencia y paciencia un campo de refugiados en ese descampado que hay cerca de nuestro domicilio, o un par de familias sirias tocadas por la desgracia y el desamparo en una vivienda en nuestro bloque. Toca mirarnos a nosotros, y no a Merkel. A repartir el marrón tocan. A ver esa grandeza y esa humanidad.

Trump, directo a la vena

Tacho Rufino | 1 de septiembre de 2015 a las 18:24

Publicado en Gafas de Cerca, Grupo Joly, 30/agosto/2015

A pesar de la popularidad de la llamada ‘inteligencia emocional‘ a mediados de los años noventa del siglo pasado, la ‘antigua’ inteligencia –aquella que mide aspectos esencialmente cognitivos y no emocionales– no ha dejado de tener su lugar a la hora de medir las capacidades de las personas, de forma que, por ejemplo, la memoria vuelve a ser señalada como la capacidad más asociada con el grado de inteligencia de alguien, aunque la mera retención de sucesos no equivalga a la comprensión de los fenómenos. Sea como sea, la memoria es muy plástica, bastante maleable a gusto del sujeto recordante: a eso lo llamamos memoria ‘selectiva’. Hay un pariente patológico de ésta, rayano en la mitomanía, que consiste en diseñarse una historia de mentira y creérsela. O diseñarla para que se la crean otros. La propaganda nacionalista –pongamos la franquista o, más recientemente, la soberanista catalana—se fundamenta en ese tipo de medias verdades, realidades sesgadas y mentiras redomadas: a base de repetirlas a la gente, sobre todo a la gente inculta, acrítica o escolar, acaba el propagandista –el manipulador– haciendo una verdad de algo falso o inexistente. Todos tenemos recuerdos que acabamos narrando periódicamente a los demás como verdaderamente ocurridos, cuando lo hemos ido conformando con el tiempo a nuestro interés, quizá por inseguridad, quizá por frustración, quizá por pura necesidad de querernos y ser queridos: una frase de tu difunto padre, una heroicidad de andar por casa o por la escuela, un suceso milagroso.

Donald Trump, candidato a la presidencia de Estados Unidos, magnate inmobiliario y bocazas como él solo, es un caso de manipulador ‘desmemoriado’. Trump, que en inglés significa “carta ganadora”, no es su apellido originario. Lo es Drumpf, el apellido que se llevó de Alemania su abuelo Friedrich cuando marchó a Estados Unidos para buscarse la vida. Como se dice ahora, “lo que viene siendo mayormente” un inmigrante, o migrante a secas, que es el término más usado ahora. La carencia de memoria de Trump es en el fondo cinismo cuando repite que “todos los inmigrantes deben volver a sus países de origen”. Acerca de esto, ha circulado por internet esta semana una foto de un viejo jefe indio americano con la leyenda “En serio, Donald… ¿y cuándo te vas entonces?”. Algo sagaz y, sobre todo, irrefutable, pero hay otro asunto en todo esto que tiene mayor gravedad. Las declaraciones ultrarradicales de Trump, dirigidas a chupar cámara, no ya tienen un impacto claro en una parte de la población estadounidense que desea oír esas cosas y consumirlas por vía intravenosa, sino que fuerzan a contrincantes del propio partido e incluso el contrario a escorar hacia la radicalidad su propio discurso. Trump ha conseguido en cierta medida radicalizar al electorado en general, según la información que nos llega de allí. En un país donde los conflictos raciales afloran semana tras semana –en ésta, un periodista negro ha grabado cómo asesinaba a antiguos compañeros de cadena–, más allá de quiénes sean migrantes más o menos ‘patanegra’, el nudo del debate es más emocional que cognitivo, más enardecedor que racional. En Cataluña, con argumentos vestidos de racionalidad económica e histórica, sucede algo muy similar con el discurso de la fraternidad independentista: churras y merinas contra la innombrable, España. Con las verdades y mentiras que sean precisas ante el micrófono.

‘Financial Times’ nos da un caramelo

Tacho Rufino | 1 de septiembre de 2015 a las 18:20

Publicado en El poliedro, Grupo Joly, 29(agosto/2015)

SOLEMOS dar una mayor credibilidad a los análisis que sobre nuestra situación económica provienen del exterior que a los que se producen en el propio país. Los think tanks y centros de estudios interiores probablemente tienen mejores datos y conocimiento de los antecedentes, pero suelen estar vinculados a grandes empresas, instituciones o lobbies, por lo que alguna sombra de parcialidad cae sobre sus métodos y, sobre todo, sobre sus conclusiones en forma de diagnósticos y pronósticos, y no digamos sobre el tratamiento a seguir. Los analistas exteriores tienen las virtudes y defectos opuestos: datos más agregados y menos empapados de la evolución de la realidad, pero menor dependencia partidista e ideológica (menor, que no ninguna). Es el caso del periódico británico Financial Times, una estrella liberal consolidada en el firmamento de la prensa económica global, que esta semana ha puesto a la economía española -en concreto, a la que ha coincidido con el mandato de Rajoy- como ejemplo de buen hacer en las reformas, y como éxito contrastable por las cifras. Muy laudatoriamente, la cabecera afirma en el titular de un editorial que Las reformas de España son una lección para la Eurozona. No podemos obviar que se trata de la visión que de nuestra economía tiene un medio de referencia esencialmente liberal, partidario de radicales reformas, sobre todo laborales. De hecho, FT fue azote de gobiernos anteriores, y casandriano vaticinador de los peores desastres para España si no se aplicaba la cirugía sin anestesia. Pero los datos avalan su foto del panorama… aunque no todos, ni todos los importantes para la vida de las personas.

Debemos imaginar que el corresponsal de FT en Madrid o Barcelona ha acumulado la información más actualizada sobre crecimiento de la economía, consumo e inversión, deuda pública y, sobre todo, privada; ha hecho una redacción aseada y sin entrar en muchas disquisiciones sobre interrelaciones entre esas magnitudes, ni sobre las causas y los efectos. Con la macroeconomía en forma de indicadores en la mano, le da una palmada al Gobierno: “Has hecho lo que se te dijo, ¿ves como teníamos razón, y al final te alegras de haber sufrido? ¿Ves como era por tu bien, hijo?”. Sin embargo, FT no es un medio memo, y recuerda que España tiene un rasgo macro -el desempleo- que es el más directamente relacionado con lo micro, con la gente, y que ese rasgo es un desastre: nuestro éxito, sea el que sea, no afecta gran cosa a nuestro principal problema, ya que somos campeones del paro comunitario con Grecia, y fuerza emergente en la precariedad laboral y en el infrasalario. La aseada redacción recuerda también que la recuperación española se ha visto muy beneficiada por el euro bajo, que ha facilitado nuestras exportaciones extracomunitarias, y sobre todo por el petróleo barato y el grifo incesante de financiación del BCE en los últimos meses. Pero donde la patita ideológica más asoma bajo el manto técnico es en la apostilla final, en donde uno cree detectar una referencia a la Grecia de Syriza: España tiene un alto riesgo político que puede hacer volar todo lo logrado por los aires. También, cómo no, menciona otra dinamita lamentable Made in Spain, el sececionismo catalán, que se antoja una de las más inoportunas iniciativas de la reciente historia española.

Mientras tanto, también esta semana, desde un país llamado Alemania llegan noticias envidiables: los minijobs -trabajitos de no más de 450 euros que sacan a la gente las listas del paro oficiales- se repliegan en franca retirada, y se van transformando en trabajos estables, fijos… y mejor pagados cada vez. ¿Conseguirá España que la actual precariedad laboral se transforme en esperanzadora estabilidad de la mano de los buenos datos macroeconómicos, de germánicas maneras?

Ética y estética (a propósito de Carmena en Zahara)

Tacho Rufino | 24 de agosto de 2015 a las 17:45

A falta de verdaderas noticias de alcance -qué antigüedad- el verano eleva a debate público a asuntos que son verdaderas chorradas, pero que dan juego en el chiringuito y en las sesiones de Facebook de los más enganchados, almas en pena que, ya sin megas y lejos del dulce hogar, deambulan en busca de wifi en tierras de cobertura hostil. Aunque la principal multinacional andaluza esté pasando sus peores momentos, a pesar de los miles de personas ahogadas en el Mediterráneo, a pesar de que el enemigo del infiel –usted y yo– está justo al otro lado de la piscina e incluso dentro de ella, no paramos de hablar de cosas tan fútiles y dadas al comentario sumario como el veraneo de Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid: Carmena, la suplente de emergencia podemista del sacrificado Monedero, se ha gastado 4.000 euros en pasar una semana en un chalé en la costa. Oh, derroche; oh despiporre; qué contradicción. Ella se defiende -ni que hubiera robado el dinero- alegando que costearon la vacación entre ocho personas. Una escapada modesta, bien mirado; conocerán a gente que gana lo justo, pero hace una joint-venture en plan comuna para compartir gastos y poder veranear. Muchos que habitan el otro territorio ideológico no la perdonan. Tampoco algunos de los suyos, porque, en el fondo, no tragan que Carmena sea una progresista de cuna adinerada, y eso escuece al descamisado… ése que, una vez encaramado a un cargo público, es abducido por el lujo y la buena ropa, a la que acaba cogiendo el tranquillo no sin conmovedor erratismo.

En el fondo de esta cuestión ética y estética está el dilema “¿Puede o no puede, debe o no debe una persona de izquierdas tener dinero holgadamente o, teniendo unos ingresos normales, consumir lujo si le place?”. Tanto en la propia izquierda posclerical (que no se permite unos mocasines Made in USA, y opta por una uniformidad más casual, tantas veces igualmente costosa) como en la derecha aspiracional (aquella que, estando cortita o directamente pegada a la pared, remeda en sus atuendos y gustos a los ricos triunfadores o con verdadera clase), que un político de izquierdas alquile una casa de postín unos días, vista buenas marcas y diseños, que invierta sus ahorros en un barco o en un apartamento, coche o cadena musical de alta gama les parece pecaminoso o contradictorio. No reparamos en un hecho clave: el llamado lujo suele ser más artesanal, menos contaminante, no fabrica con manos de niños, es más sostenible que las macroproducciones sin garantías laborales ni de trazabilidad. ¿Es más progresista llevar Camper que Sebago, abjurar de la corbata o amar tal prenda; descansar en Zahara o hacerlo en Marinaleda? Yendo más allá, a la conciencia y resposabilidad del consumidor, ¿qué tiene de concienciado llevar una camiseta del Che hecha en Bangladesh o un bolsazo Louis Buitrón, falso cual Judas de plástico? Más bien nada, sino lo contrario. El gusto cincelado con criterio propio y la búsqueda de placer estético denotan personalidad; adoptar miméticamente el estilo de personajes o tribus de referencia denota justo lo contrario. No todos podemos ni tenemos por qué ser José Mujica; Carrillo siempre iba trajeado, Sartorius era aristócrata. Hay un lujo o una distinción honesta, compatible con tener conciencia social. No por estar bien situado uno debe ver la vida como Donald Trump o Berlusconi (verla como ellos cuando uno tiene una economía modesta resulta patético). Carmena ha pasado una semana en Atlanterra, Zahara de los Atunes, Cádiz, por cierto… tampoco ha estado en Martha’s Vineyard con los Kennedy, hombre.

PD: Si este verano usted tampoco ha podido ir a Zahara o Los Caños, no se venga abajo; el año que viene va, y santas pascuas. No es tan grave.)

¡Mooc! ¡Mooc! ¡Abran paso!

Tacho Rufino | 24 de agosto de 2015 a las 17:25

Los cursos ‘on line’ homologados someten a la enseñanza superior a una metamorfosis acelarada

UNO, como profesor, va para veterano. Por eso es un deber, cuando aún te quedan quince añitos para pedir pista para la jubilación, prepararse para repetir -o evitar- ciertas actitudes que se pueden observar en algunos se van retirando antes que tú. Este periódico tiene el buen gusto de entrevistar a profesores universitarios más o menos señalados que ya se han retirado. Dos rasgos se repiten con cierta frecuencia en sus respuestas. El primer rasgo: es cuando ya te calienta las cervicales el suave sol del ocaso profesional cuando uno se vuelve más desbocado contra la propia universidad, y casi nunca antes, cuando el barboquejo más libre podía ocasionarte inconveniencias en la promoción. El segundo, la recurrencia al manriquiano “cualquier tiempo pasado fue mejor” [sobre todo “el mío”]: mejor docencia, mejor nivel académico, mejores relaciones en el aula y los despachos, mejor formación profesional y humanística de los egresados. Conservo en mi fisonomía un recuerdo de los tiempos estudiantiles: un abultamiento en el interior de la primera falange del dedo corazón de la mano derecha. Escribíamos como cosacos, a destajo, deformando nuestra caligrafía y un poco nuestros dedos; “cogíamos apuntes”, algo muy central e imprescindible en aquella metodología docente de los ochenta. Apuntes que se repetían año tras año. Eran resúmenes de un solo manual, o fotocopias de los mismos, mucha fotocopia. Prácticamente nada de búsquedas bibliográficas, ni de trabajos en grupo, ni de presentaciones públicas o debates; casi nada de investigación sobre la materia. Nada, en definitiva, de internet. Por eso, cuando un profesor “eminencia”, como solía decirse, o un antiguo alumno dice ciertas cosas, tan indulgentes con su pasado y, a la vez, tan enrabietadas con un presente del que ya no forman parte activa, debemos concluir que estamos ante un bucle melancólico. El pensamiento y estudio lineal tenía -y tiene, para los irreductibles- virtudes innegables que el mundo en ventana múltiple e infinita delante de la pantalla ha convertido en superficialidad. Pero, a qué negarlo, internet es maravilloso. Convierte a la antigua universidad en predigital; la deja parada en otra época. Internet se ha erigido en las botas de las siete leguas -siete veces siete- para el llamado proceso de enseñanza-aprendizaje, por no mencionar la gestión y los servicios universitarios.

La universidad sigue siendo un ticket de entrada en la clase media y en la clase profesional, o una garantía de permanencia en ellas. Los empleos son mejores si eres universitario, incluso en este cuasi-erial laboral en que vivimos. Pero las incesantes disrupciones tecnológicas están sometiendo a la enseñanza superior y a su propósito social a una metamorfosis sin retorno. Las llamadas MOOC (Massive Open Online Courses, en español puede encontrarse traducido como CEMA, cursos on line para un número ilimitado de personas, con profesores de alto nivel que te dan clase en tu salón por un precio razonable y a cambio de un título superior) es un claro ejemplo de esta deriva contemporánea. De nuevo, como siempre a lo largo de la historia pero de manera más acelerada, los cambios tecnológicos filtran a la población y establecen nuevas desigualdades, tanto entre los estudiantes (los mejores serán más proclives a los mejores MOOC, aunque siempre habrá quien prefiera y pueda pagar un dineral en Harvard u Oxbridge), como entre los profesores (galácticos inyectados en la nueva vena frente a la vieja guardia confundida, quizá en vías de extinción). Hay otra lucha subterránea e institucional: universidades públicas por doquier, muchas de tal dimensión que se encuentran esclerotizadas por la burocracia, frente a privadas con ambiciosos planes de negocio y mayor capacidad de generar redes de contacto empresariales -sus patrocinadores son empresas-, con mayor carga de marketing. Y sin lastres humanísticos.

Calando el melón municipal

Tacho Rufino | 22 de junio de 2015 a las 16:36

AUNQUE ya las sandías han elevado su estatus y ya no se anuncian en la cuñeta, sino en la televisión en prime time, y los melones -oh milagro- siempre salen dulces y nunca apepinados, el dicho sigue vigente: “Es un melón por calar”, para situaciones o personas en las que no depositamos confianza, o bien corren el riesgo de no dar la talla en una encomienda. Eso sucede con muchos de los ayuntamientos constituidos de manera poliédrica tras promiscuas negociaciones. En cuanto a cómo se van a gestionar los ayuntamientos, el caso de Podemos y sus franquicias territoriales es el más llamativo, aún más que el de Ciudadanos, que puede considerarse más previsible y pospepero. Uno, particularmente, solicitaría al frutero que calara el melón podemeño antes que el riverino. La realización de promesas, planes y programas debe luchar ahora contra la cruda realidad. Los planes y los programas con tiempos y recursos no existen aún: es pronto, cierto es. Lo que hay son declaraciones de mayor o menor calado y anécdota. Comentemos alguna con el ojo crítico de la organización y sus estructuras. Y del poder; el poder con mayúsculas. El poder político no lo es todo en una sociedad desarrollada: está sujeto a limitaciones, resulta obvio decirlo, pero conviene recordarlo ante las actitudes de unos y otros. Se impone la gestión posible, o sea, la política. Vaya esa premisa por delante.

Manuela Carmena probablemente se haya comido un equipo de surbordinados -con perdón- cuyo proceso de selección tiene más que ver con el amortizado Monedero que con su propio criterio. Y eso es de entrada un hándicap organizativo grande: apuesten a que Carmena no conocía prácticamente de nada a Zapata, el de los famosos tuits. Carmena es inexperta en gestión, pero pragmática -ha sido poderosa jueza- y ya ha dicho “no” al banco público: los objetivos están sujetos a restricciones. Carmena ha dicho que no se pueden parar los desahucios así como así: hay que negociar y regular. Por las bravas, todos jodidos, y más las familias hipotecadas y endeudadas. Y Carmena ha levitado organizativamente al proponer que las madres hagan cooperativas para limpiar los coles de sus hijos y se ganen la vida con un empleo digno y “de cercanía”. ¿Por qué no padres, si predicamos la igualdad de género?¿Y qué hacemos con quienes ocupan esos empleos ahora? Por no hablar que las cooperativas de servicios -no todas, y no las agrícolas, por ejemplo- de muchos socios son un polvorín en la práctica, donde las decisiones críticas suelen tomarse tarde y peor que bien, y alimentan liderazgos informales abusivos por parte de los trepas, gran prototipo humano de cualquier ideología (habita también en cualquier estructura asamblearia y democrática, ojo).

El Ayuntamiento de El Puerto, también en la órbita de Podemos, pide gente que eche una mano en Economía. Que se abstengan economistas titulados de reconocida trayectoria. Piden madres y jubilados que quieran echar una manita. ¿En qué? En la valoración de inversiones, el control del gasto, su recorte o expansión, en los planes de tesorería, la gestión financiera, la negociación con proveedores y todo lo demás. La demagogia -y esto lo es, aunque tenga su puntito de arte- no está todavía en los manuales de gestión.

Kichi González, alcalde de Cádiz, recluta economistas low cost. Sin darse cuenta, con la simbólica indexación del salario de estos técnicos al salario mínimo -o sea, dar un sueldecillo y una alta responsabilidad a la vez- no sólo ahuyenta a los mejores, sino que presiona a la baja a los salarios públicos, que en este plan está servida: Rosell, de la patronal, no lo hubiera hecho mejor: debe de estar haciendo palmas. “¿Cómo va a ganar un barrendero más que un gerente de su empresa municipal? Bajemos los salarios del barrendero”. E così via: todos reducidos. La realidad está a la vuelta de la esquina. No seamos melones. Ejerzan el poder con más cabeza que lengua. Yo, desde luego, se lo ruego a ustedes.

Pedro Sánchez, ‘bilderberger’

Tacho Rufino | 22 de junio de 2015 a las 16:32

UN viajero que se viste por los pies debe comprarse en su destino más o menos selecto -Manhattan, Marina D’Or, según- una camiseta de las que proclaman “yo estuve allí, lo sepas”. Pedro Sánchez, profesor de universidad de la madrileña Camilo José Cela y líder socialista español, se hubiera sin duda comprado una donde se viera claramente: “Club Bilderberg. Theft, Osterreich 2015″. “¿Pedro, eso de la camiseta qué es?”, le preguntarían en el chiringuito este verano, a lo que él respondería: “No lo vas a comprender, ya te informas por Wikipedia, coge sardina ahí”. El Club Bilderberg pasa por ser el foro de máxima exclusividad, influencia y secretismo del mundo. Una logia de escogidos, que deben jurar confidencialidad sobre lo tratado en sus reuniones, siempre en lugares de difícil acceso para curiosos o reventadores de eventos que organizan los poderosos ajenos al mundanal ruido (pero que controlan casi todo el ruido mundial, y gran parte de las nueces). Sus análisis prospectivos, las megatendencias que detectan los bilderbergers y sus recomendaciones inspiran al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional; eso se da por hecho, pero los miembros lo mantienen en la oscura incertidumbre para las criaturitas normales. Es que lo han jurado, vaya, no es su culpa tampoco.

Sorprendentemente, Sánchez estaba invitado a la última reunión anual de ese hermético club, una encerrona de cuatro días en plan Isla de los Famosos, pero sin ser tan populares como nuestros televisivos isleños. Iba a ser uno más entre ciento treinta, privilegiadamente informados, plutócratas y grandes financieros, presidentes de compañías de referencia global, jefes de servicios de espionaje, presidentes de gobiernos… y Pedro. Pero la invitación era una patata caliente, un regalo envenenado, y la declinó a última hora (hasta le fecha no se sabe quién decidió invitarlo a él, entre Michael O’Leary, el de Ryanair; el ex jefe de la CIA o Ana Patricia Botín). Y el apuesto jefe de nuestra menguante oposición debió pensar que para un izquierdista razonable como él no era el momento de andar con gente tan poco socialista: no está el patio como para seguir aguando y enturbiando la definción estratégica del PSOE. Y pidió ir de medio pensionista, un par de días. Y, claro, le dijeron: “No, muchacho, no”. Otro siglo será.

Ambicioso amor. Papis ‘aspiracionales’

Tacho Rufino | 15 de junio de 2015 a las 18:01

POCAS creencias tenemos tan interiorizadas como la de que quienes nos dirigen saben lo que hacen. Lo cual es un acto de fe de lo más gratuito, porque no suele ser así: a esa vana certeza se le pueden oponer rasgos tan humanos como la incompetencia, la crueldad o la codicia: en el cuartel, en el patio de la escuela, en la hermandad o la peña, en la empresa, en las instituciones. O en la propia familia. Cuando -guiados por una combinación variable de instinto, amor y borreguismo atávico- muchos nos convertimos en padres y madres, nuestras decisiones y errores no sólo nos afectan a nosotros mismos o a personas de presencia pasajera en nuestra vida, sino que comienzan a manosear esa plastilina que se va petrificando llamada personalidad, la de los hijos, su visión del mundo y su adaptación a él. Padres y madres autoritarios, o metódicos y coherentes, o indolentes, o acomplejados, o decentes, o coleccionistas de relaciones, o superprotectores, o de personalidad radiactiva, ésa que a veces llaman “fuerte”. O demasiado ambiciosos. Hay mucho debate en inglés sobre los aspirational parents, padres ambiciosos y en casos también pretenciosos con respecto a la educación de sus hijos, que acaban por dañar la capacidad de ellos de vivir en paz con lo que les rodea. (Evitaremos el objetivo paternal de conseguir que los hijos “sean felices”: tal cosa arriesga fabricar pequeños dictadores de por vida, o alternativamente, esclavos de los demás, dicen algunos expertos.)

Los que podemos llamar padres ambiciosos -“aspiracionales” lo dejamos con gusto para los congresos de Psicología-son más peligrosos en el mundo de hoy: el taylorismo digital, la creciente impermeablidad de clase y la pauperización laboral hace que preparar hijos para el éxito, la élite y el poder no sólo contenga en sí el monstruo de la insatisfacción permanente, sino que sea un afán cada vez más vano. Sólo aquellos verdaderamente posicionados en la élite -pongamos el 1% de la población- podrán asegurar elitismo a sus hijos: tal pretensión es hoy mucho más complicada de realizar que hace apenas dos décadas. En el camino, los padres ambiciosos -de verdadera élite o de mera aspiración- sustraerán a sus hijos buena parte de la niñez, la ternura familiar, el pequeño logro, el trabajo realmente retributivo. El carpe diem, fulminado en la casilla de salida: “Nunca disfrutes el momento, es de débiles.”. Las cosas buenas de la vida suplantadas por el olímpico citius, altius, fortius: más lejos, más alto, más fuerte, así todos tus éxitos te llevarán a un nuevo reto. Un perverso perpetuum mobile (mi latín casi acaba ahí). Como diría un joven de hoy, “un pa na“.

Lagarde, glamur y castigo en el FMI

Tacho Rufino | 15 de junio de 2015 a las 17:54

EL Fondo Monetario Internacional (FMI) ha estado dirigido en su historia reciente por tres sujetos de dudosa honra, y con mala reputación. Dominique Strauss-Kahn es un putero de renombre, émulo organizador de orgías para poderosos de aquel plutócrata interpretado por Sydney Pollack en Eyes Wide Shut, sobrecogedora película de Kubrick. Diversión que a uno, particularmente, no le parece bien ni mal mientras que no salpique, agreda o robe para montar el evento. Ha estado procesado y conminado a dimitir de varios grandes tronos -incluido el del FMI- por proxenetismo, desvío de fondos y agresión sexual. A Strauss-Khan le precedió uno de los grandes bluff de nuestra democracia reciente, Rodrigo Rato. Rodrigo Rato, en el FMI, no sólo no se percató de nada de la que se nos venía encima en los años previos a la crisis, en los que el FMI emitió informes absolutamente inválidos y nocivos para cualquier política económica, sino que dio una monumental espantada del cargo. Españolitos, sólo Samaranch y Solana han estado en cargos planetarios de ese calibre, pero Rato apeló a la morriña de su familia y volvió (¿por qué le llaman familia cuando quieren decir Lazard y, finalmente, Bankia?). Gran defraudador y doloso mal gestor, si no acaba pisando prisión, dudaremos de todo un poco más aún. Tras Rato y Strauss-Kahn vino Christine Lagarde, de nuevo francesa, quien pasa por ser -en este caso, sí- una mujer muy capacitada, aunque también está imputada por negligencia y por favorecer millonariamente a un empresario siempre saltando a un lado y otro de la raya, Bernard Tapie. Éstos son los bueyes con los que ara el gran árbitro financiero mundial, el FMI.

Lagarde es elegante, atractiva por su esbeltez madura, su canosa naturalidad y su sencillo atuendo de fina coiture. Y Lagarde es castigadora también. Ella es una divinidad terrena de la ortodoxia económica. Es inflexible con los países con problemas, como la mayoría de los “ortodoxos” que están forrados (la ortodoxia económica excluye de su credo y de su praxis ninguna veleidad humanitaria: lo suyo es la cirugía, con poca anestesia). A la economía española le ha dado recientemente alguna de cal: en uno de sus informes, hace un par de años, se sobró, y nos dio árnica y calor diciendo que, a pesar de lo poco que otros decían que íbamos a crecer, el FMI vaticinaba un crecimiento mayor. Oráculos que combinan cócteles de números tiene la economía. Sin embargo, Lagarde, su FMI, ha dado a España sobre todo recetas implacables. Mucha arena, para que la tropa no se les confíe. Que “los ancianos son un riesgo para la economía”. Cumples años, y te conviertes en un riesgo, viejo malo. Son visiones, como diría un analista aséptico: cada uno tiene la suya. Lagarde, por mencionar otra visión suya, cree que bajar más aún los bajos sueldos es el mecanismo básico para poner a nuestro país en su sitio. En cuanto a la legislación laboral, su receta es:  ninguna.

En la línea de aquellos políticos alemanes que reclamaban que España vendiese su oro, sus playas, obras de arte y monumentos para hacer frente a su deuda pública y exterior, Lagarde ha pedido esta semana que nuestro país siga abaratando el despido -¿quién da más, digo, menos?-, que se incremente el IVA y el copago en sanidad y, cuidado, educación, y que se confisque el ahorro privado de los españoles para hacer frente a la deuda nacional. Muy poco liberal sin que sirva de precedente: expropio lo privado para hacer frente a lo público, y más impuestos. La eutanasia. Me pregunto qué pensarán aquellos liberales españoles que están en el taco. Tenemos un grave problema de deuda, por supuesto. En el caso de los bancos y las empresas arruinadas se permite superar esos problemas mediante quita y espera: que pague una parte el acreedor. Pero a la gente, caña infame.