República Española del Pisuerga

Tacho Rufino | 8 de junio de 2014 a las 19:07

TAN sólo tres o cuatro días después de la abdicación del rey Juan Carlos, casi todo se ha dicho. Hemos hecho un máster exprés en dialéctica república-monarquía, ambas en sus diversas acepciones y manifestaciones a lo largo y ancho del globo. Hemos cotejado y esgrimido estadísticas de los costes que cada sistema tiene en las más consolidadas democracias europeas y en regímenes más o menos decentes dentro y fuera de Europa. No hace ni una semana, gran parte de los republicanos hoy encendidos no habían ni debutado como tales. Creo que son, lamentablemente, minoría quien de verdad está defendiendo una verdadera regeneración moral del país. En el otro lado, ha causado sorpresa ver como quienes, desde la derecha tirando a montaraz, contaban chistes sobre las tumbaditas o las cortedades del Rey dimitido, ahora defienden a la Corona. El indicador que uso para afirmar esto es nada más, y nada menos, que las opiniones en las redes sociales a las que accedo, y los medios de comunicación más o menos alineados, ésos que siempre dicen a su gente lo que su gente espera oír para poderlo ellos defender después en las redes sociales (quien suscribe también ha reaccionado en Facebook y en Twitter a la avalancha de los gudaris de la república y su bandera, por lo que si usted es “amigo” digital mío puede dejar de leer esto porque ya conoce mi opinión). Hemos visto surgir en apenas dos días a acérrimos partidarios de la república que de pronto no sólo denigran al más alto funcionario -por lo de vitalicio- del país y a su casta, la Familia Real, sino que defienden con una pasión inusitada un sistema de gobierno, la república, en teoría mucho más razonable que la anacrónica realeza, pero que no sólo no necesitamos en absoluto en este momento, sino que no podríamos elegir uno peor que éste para embarcarnos en un cambio que poco aporta a nuestro principal problema, el económico. Y tampoco al segundo problema del país: el independentismo catalán y vasco, cuyos partidarios y políticos se frotan las manos ante esta desmesurada puesta en escena de las dos Españas redivivas. Sobre todo, por parte de un tipo de republicano que confunde república con gobierno de “las izquierdas”. Identificar sin más república con progreso es darle la espalda al mapamundi. Como si los partidos de derechas no hubieran formado no pocos de los veintiséis gobiernos que tuvo la II República española en dos años. Como si la república fuera cosa de gente que aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid: Podemos, un Madina caliente, o Izquierda Unida con miedo. Como si los halcones más meapilas, derechistas y neoncons de Estados Unidos no se llamaran precisamente “los republicanos”. Hemos visto en tres días movimientos políticos que dan verdadera lástima por su oportunismo: andalucistas que se han lanzado a las plazas a unir sus banderas -las del Partido Andalucista, no la verdiblanca- con la tricolor, alguno de cuyos representantes escribieron en las redes sociales cosas como esta: “Nos encontramos en una tarde hermosa, rodeados de las sonrisas de gente muy joven que pedía un referéndum tocando las palmas casi por alegrías. Y las banderas, nuestras banderas, no fueron antagonistas porque las causas, nuestras causas, pueden hermanarse y hacerse así más grandes. Andalucía por sí, para Iberia y la Humanidad”. “Iberia”; tómese usted algo.

Si hoy viviéramos en una república, es más que probable que el presidente fuera Aznar o Felipe González. Y no un Felipe de Borbón sobre el que escribí lo siguiente aquí hace unos diez meses (¡Felipe, calienta!), y disculpen la autocita y el iluso deseo de entusiasmo: “Quizá los españoles deberíamos inocularnos una dosis de entusiasmo colectivo con el retiro del Rey y con su sustitución por su hijo, un profesional del cargo que proyecta valores como la ejemplaridad, la mesura, el buen talante, el esfuerzo y la bonhomía, que no sólo es más marketiniano que cualquier invisible y fugaz presidente de algunas grandes repúblicas -¿conocen al alemán?, ¿al italiano?-, sino que sale seguramente más barato”.

Galbraith hijo

Tacho Rufino | 2 de junio de 2014 a las 15:53

EN una de las últimas ediciones de los Nobel, se dio el caso de que dos premiados en Economía habían desarrollado teorías y modelos perfectamente contrarios sobre el mismo asunto. Este tipo de contradicciones mueven a propios -economistas- y extraños no ya a dudar del valor de sus recomendaciones políticas, sino a rechazarlas de plano y, de paso, a creer que el corpus económico vigente es muy poco fiable, y sus figuras de referencia unos vendedores de crecepelo del Mississippi. Desmarcado de las vacas sagradas, James K. Galbraith, hijo del afamado John K. Galbraith, afirma cosas como que “las figuras contemporáneas dominantes en la economía se han reunido para formar una especie de politburó del pensamiento económicamente correcto. Por regla general, esto les ha llevado a equivocarse sobre todos los problemas políticos importantes durante décadas”. Como se deduce de sus palabras, él no se siente un economista “de la casta”, según la expresión de moda en España, y así lo atestigua su línea de trabajo más notable: la inequality, la desigualdad, considerada no tanto como asunto ético sino como enfermedad degenerativa de los sistemas económicos. En unos tiempos en los que no pocos expertos han descubierto de forma tardía algo que nunca antes habían tratado como esencial para la seguridad social, Galbraith júnior tiene estos deberes hechos desde los años 90. El moderno capitalismo dista mucho de mostrar una buena competencia. En su lugar, según él, la depredación es el rasgo dominante (The predator state, 2008) por parte de unos archimillonarios que caben en un armario y que “se han dado un festín con los sistemas construidos por la clase media”, secuestrando al poder político, que sirve a sus señores en la sombra (estas afirmaciones no has sido tomadas de una asamblea de Podemos, sino que son de este profesor de la Universidad de Texas que ha estudiado en Harvard, Yale y Cambridge, y ha sido director del Comité de Asuntos Económicos del Congreso de EEUU). Ahora, Galbraith, junto con Yanis Varoufakis y Stuart Holland, intentan que Europa no sucumba por la enfermedad de otra desigualdad cuyas hemorragias son de momento medio taponadas por el euro, e insisten con su Modesta proposición para resolver la crisis de la Eurozona (2013), una Europa en la que hay ya distintas castas nacionales, que se distribuyen entre norte y sur. Al final, siempre, la crisis es social. Y hay propuestas que no son ni ortodoxia dominante ni un kit de hermosas utopías de corte populista: hay vida intermedia.

Entre austeridad y utopía, hay juego

Tacho Rufino | 2 de junio de 2014 a las 15:48

EN unas elecciones sin candidatos con verdadero perfil de líder; en un proceso electoral en el que se puede votar con papeletas de fogueo, es decir, votar a alguien que quizá nunca votarías, sólo para advertir a los partidos gordos de que pueden ser castigados; en unas elecciones en las que dichos partidos de referencia no han sabido utilizar el nunca menguante poder de la televisión -sino muy al contrario, en el caso de Cañete- ni el de las redes sociales; en unas votaciones de plástico en las que quienes ganan pueden ser suplantados en los centros de poder comunitarios por otro tipo de su partido que ni siquiera se haya presentado; en estas elecciones europeas 2014, decimos, un partido nuevo, muy universitario y sin rémoras del pasado en los perfiles de sus candidatos, con un líder con tales dotes de liderazgo que ha conseguido hacerse odiar por muchísima gente que nunca había oído hablar de este Pablo Iglesias -un “pelanas”, un “peluso”, “un populista bolivariano”-, ha conseguido mover la silla al PSOE y a IU de una forma tras la cual quizá nada volverá a ser como antes. Un histórico sorpasso por la izquierda de quienes han dado en el clavo al aglutinar el descontento social y al movimiento 15-M. Aun así, el temor a Podemos se expresa verbalmente con más virulencia entre los más conservadores, a quienes en muchos caso el aspecto alternativo de Pablo Iglesias y los suyos es de suyo irritante y provocador de una inusitada soberbia y asco. En suma: Podemos y Pablo Iglesias han triunfado sin paliativos. No importa que sus propuestas contengan quizá la mayor carga de utopía que uno haya visto en nuestra democracia.

Las medidas que propone Podemos tienen una gran pegada entre los jóvenes, que ya odian al poder financiero en una buena proporción… y a las grandes empresas, y a los grandes partidos, y al euro, y a Merkel y a Draghi, y a la Eurozona y al BCE y al FMI. ¿Cuánto podía tardar en suceder algo así con más de la mitad de los jóvenes entre 18 y los 35 que no albergan esperanza alguna? ¿Nacionalizar a los bancos? ¡Claro, que son unos ladrones que te engañan a las buenas y socializan sus pérdidas a las malas!, piensan sin dudar miles y miles de jóvenes. Y no me negarán que, en este contexto, lo que sigue mola: las deudas adquiridas por nuestro Estado se pagarán según y cómo, habrá un salario social que no distinga entre zánganos y obreros, toda vivienda vacía se dará a quien la solicite y mínimamente necesite, fundir a impuestos a los ricos -una vez pillados, cabe decir-, y liberar los gastos básicos de impuestos indirectos, mientras que los suntuarios serán enormemente penalizados por un IVA morrocotudo. Estamos ante un estado de opinión que mueve a la revancha y a la utopía frente a políticos, demasiados gestores de cajas de ahorros y algún banco que resultaron criminales, y otros cómplices necesarios de un país que no sabía que estaba mortalmente podrido mientras aparentaba lo contrario. “Llámame populista y dame ilusión y un poco de reparación moral aunque sea por la vía de la revancha. La necesito”.

Tras varios años de castigo llamado “austeridad” -hablamos de austeridad en exceso: la austeridad es siempre imprescindible cuando en el presupuesto los ingresos caen en picado-, años en los que España ha sido laminada en sus niveles de empleo y riqueza tanto por fallos propios como por imposiciones exteriores, la ley del péndulo comienza funcionar y se viste, en el caso de Podemos, del placebo de la utopía que suele germinar en el hartazgo. Pero existen vías intermedias para intentar paliar una crisis financiera, bancaria, de déficit y de deuda en su variante española. De fuera vienen a ofrecérnosla sin caer en experimentos fantásticos ni en fóbicas anorexias de perfume germánico. Hablaremos aquí de ellas.

Están locos estos vikingos

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2014 a las 16:29

NO es lo mismo pagar muchos impuestos y disponer cada vez de un menor nivel de prestaciones sociales (España, hoy) que pagar muchos impuestos y disponer de muchas prestaciones sociales (países escandinavos). Casi se podría decir que las situaciones son exactamente las contrarias. Porque pagamos impuestos para mantener las infraestructuras del territorio y pagar servicios y coberturas sociales, entre otras cosas. Existe una cierta tirria a priori que hace a muchos aquí rebelarse con o sin argumentos contra la superioridad económica y social de Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, países que, en contra de ciertos principios económicos, son ricos siendo pequeños, pagando impuestos de aúpa y careciendo de recursos naturales ingentes (obviemos la bolsa petrolífera noruega, que asegura prestaciones por jubilación millonarias a varias generaciones futuras: a quien Odín se la dé, que Santa Klaus se la bendiga). Hoy suenan cantinelas habituales con mayor o menor fundamento, con las que se ironiza o descalifican esos sistemas de otro mundo: que si se suicidan mucho, que si son unos borrachos en la intimidad, que si no tienen sol ni salero, que si son unos vikingos vestidos de diseño, que si comen mucho ahumado, que si son unos hipócritas, que si abortan mucho y se divorcian más, que si el Estado lo controla todo… En fin, a mí me huele a envidia y a escopeta cargada, de aquella variedad de envidia de una vieja pariente que decía: “Ava Gardner será muy guapa, pero tiene las orejas desabrochadas”. No hagamos un canto acomplejado de nada ni de nadie, pero no neguemos lo evidente: lo hacen mejor económica y socialmente, y hablo de coberturas, y no de códigos morales ni de chauvisnimos ni de vicios privados ni de públicas virtudes (sugiero contrastar el nivel de prestaciones sociales de, por ejemplo, Dinamarca o Suecia con los de España en la página de la UE http://ec.europa.eu/employment_social). En Dinamarca, donde hay muy poco sol y la gente -tan malage- te afea que tires una colilla al suelo, que des un azote a tu propio hijo en plena tienda o que cruces un semáforo en rojo, a los funcionarios les dan excedencias pagadas para que hagan carreras universitarias gratis. O a los padres jóvenes, que pueden vivir de criar hijos. Y a los inmigrantes, “cosas que no creeríais”, que diría aquel. Y no se multiplican los zánganos más que aquí por eso. Obviamos que si allí hay intolerantes, biliosos, hipócritas y y prepotentes, aquí tenemos nuestras variedades de cabestros que hacen que a nadie se le ocurra afearle nada a nadie, no vaya a ser que te partan la nariz de un cabezazo.

Por supuesto que hay defraudadores, y economía sumergida en Escandinavia, ¿cómo no iba a haberlos? Sin embargo, allí sucede desde hace décadas un proceso compensador que ahora se da aquí de forma muy tardía: a quien no paga impuestos debiendo pagarlos no se le ocurre alardear de ello, porque quien paga muchos los paga por él y por todos sus compañeros. Aquí oímos cada vez más eso de “yo pago mis impuestos”, o sus versiones más bordes, como la de espetarle a un policía local aquello de “usted come de mis impuestos” mientra te multa. Viene todo esto al caso de la publicación en esta semana de un artículo en un periódico liberal (el liberal a la española odia el sistema social escandinavo por estatalista y liberticida) de una noticia curiosa, que un buen amigo liberal también, pero más a la anglosajona, me reenvía: Una mutua de defraudadores consigue poner en jaque al metro de Estocolmo. Cuando uno la lee, ve que es precisamente un movimiento social el que está detrás: más que de defraudadores, hablamos de estatalistas irredentos que creen que su nivel de impuestos y su ideal social da para bajar e incluso poner gratis el transporte público. No para algunos, para quienes por supuesto ya lo es, sino para todos.

Y a cambio los europeos… ¿qué nos han dado?

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2014 a las 16:24

CUANDO en 1986 España entró en una Europa que se llamaba aún Comunidad Económica Europea, nos bebimos de golpe años y años de progreso que, de haber seguido solos, quién sabe cuánto hubiéramos tardado en darnos. Desde entonces, nuestra regulación en materia industrial, comercial, bancaria, ambiental, de consumo, de competencia, de leyes en general nos ha venido en buena parte importada por unos socios entre los cuales no pocos estaban por delante varias décadas en ésas y otras materias. Una especie de Ilustración importada. Recordarán la escena de La vida de Brian en la que el cabecilla de un grupúsculo resistente en una Judea ocupada se pregunta: “¿Y a cambio [de desangrarnos] los romanos, qué nos han dado?”. Los correligionarios responden tímidamente uno tras otro: “Los acueductos… el alcantarillado… las carreteras… la irrigación… los baños públicos…”. Pues, ¿qué ha hecho la Unión Europea por nosotros? Por cercanía profesional, se le viene a uno a la cabeza esa maravilla de la que disfrutan los españolitos universitarios llamadas becas Erasmus (cuyo principal objetivo, recordemos, la concienciación en el “soy europeo”), renombradas maliciosamente becas Orgasmus por lo bien que dicen que se lo pasan nuestros chicos en Pisa, Nantes, Cracovia, Pilsen o Tallin. De Europa ha venido todo el dinero del mundo para convertir a nuestras infraestructuras en unas de primerísimo orden, y también una insospechada -por subsidiada- seguridad agrícola y ganadera. De Europa han venido flotas enteras de containers repletos de billetes para la formación, que en muchos casos hemos utilizado ineficaz y hasta delictivamente de la mano de instituciones desvirtuadas como los sindicatos y las patronales y sus consultoras afectas. De Europa ha venido la disposición de tecnología e innovaciones que en este país del “¡Que inventen ellos!” no hubieran estado disponibles sino a un coste mucho mayor, porque nunca las hubiéramos desarrollado. De Europa ha venido, mucho más para bien que para mal, el euro, una moneda que nos ha dado rumbo viajero y presencia comercial (y, sí, también una inflación importada que convirtió cien pesetas en 165 sólo para los gastos, que no para los salarios). Europa nos ha dado acceso a un mercado enorme que ha profesionalizado a nuestras empresas y dado destinos mucho más fáciles a nuestros productos y, menos, a nuestros servicios avanzados. De Europa, también, ha venido últimamente la mano dura presupuestaria y la austeridad, que era inevitable aunque muy cruel al estar inspirada en exceso en los traumas históricos y los intereses alemanes. Utilicemos nuestra balanza a la hora de decidir votar, y en qué sentido. Servidor, vota.

Que cinco años es mucho

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2014 a las 9:19

UN hombre que sale en bermudas al hall de un hotel de Brasil a dar una palmada en el hombro al rey de su país en misión diplomática es probablemente el hombre más poderoso ese país, rey incluido. Por eso, cuando Emilio Botín dice que dentro de cinco años no nos va a conocer ni nuestra santa madre, debemos escuchar atentamente. El presidente del Santander incrementó decisivamente su poder cuando en 1994 se hizo con los restos del naufragio perpetrado por Mario Conde en Banesto, operación más de alta política que de alta banca, un jaque casi mate a bancos hispanos, vascos y catalanes. Cuando Botín predice cosas sobre la marcha económica de este país en deconstrucción, debemos hacer caso, o al menos interpretar sus normalmente optimistas -y algo paternalistas- palabras. Según el banquero que ha conseguido en esta crisis aumentar su dominio en la competencia bancaria española, en cinco años no se nos va a reconocer. Pero si 20 años no es nada en una vida de tango, cinco años son una eternidad en la vida económica. Largo nos lo fía el oráculo de Santoña. Hace siete años, nadie podría imaginar que a estas alturas de la historia España iba a cangrejear de la forma drástica en que lo ha hecho. Aquí han llorado los ricos, sobre todo los que pasaban por tales sin serlo realmente o más que fugazmente, y no digamos los pobres; las clases medias caen escaleras abajo en una pirámide socioeconómica española reducida a dos escalones, una base enorme y un tramo reducidísimo y boyantísimo. Las certezas y pilares de los que estamos en la madurez -la cronológica al menos- no serán más que descripciones en las wikipedias que leerán nuestros hijos y nietos. Aunque Emilio Botín quiere dar ánimos, más de uno ha recordado aquel chiste en el que el piloto del avión pide al pasaje que se vaya poniendo el carné de identidad en la boca porque del castañazo que se van a dar no los va a reconocer ni la madre que los parió. No seamos agoreros, de acuerdo, no, que las casandras de guardia están ya un poco hartibles. Pero vaticinar que en cinco años todo va a estar fenomenal y tal es un canto al sol muy motivador para quien compre la visión de Botín, pero un canto al sol. Cabría sugerir que los depósitos del pensamiento de la gran banca intentaran vislumbrar tendencias más concretas. Como por ejemplo cómo van a ser las relaciones laborales de las futuras cohortes de españoles, que hoy ya aceptan cualquier cosa por encanallada que sea. La gran tasa de paro Made in Spain es la excusa perfecta para la laminación de unos derechos que son ya de ayer. Esa reforma estructural está servida. Se trataba precisamente de eso. ¿Sólo de eso?

Muchachos, a por las puertas frías

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2014 a las 9:15

ESTA semana habré recibido no menos de veinte llamadas de un numero con prefijo de Madrid. No lo he cogido ni una vez, a sabiendas que era alguien para venderme algo que nunca se me hubiera podido imaginar querer y menos necesitar: megas extra, un seguro de deceso -“don José, es que estamos en una edad…”-, gas vendido por una empresa eléctrica, liquidez-trampa en la tarjeta de crédito. Pero me conozco y no lo cogí como digo; nunca me enseñaron a decir “no” con tranquila rotundidad, y a estas alturas no voy a aprender a hacerlo con verdadera presencia de espíritu, o con asertividad y empatía, según la terminología papanata. Así que, ya picado por la perseverancia de las llamadas -normalmente a deshora-, metí el número camuflado en Google y descubrí que quien me requiebra y halaga y como un lobo va detrás de mí es una gran operadora de telefonía. Ya no te llaman comercialmente desde un “nueve-cero-algo”, los muy cucos. Evidentemente, se trataba de un ordenador ultrafatiga en un call center para, si usted lo coge, pasárselo automáticamente a una operadora con o sin acento extranjero que le va a ofrecer mejorar su vida de forma sustancial, sólo por ser usted tan buen cliente y tan suertudo. En esto deben funcionar las reglas de los grandes números: bombardeando con la asistencia de las tecnologías digitales, tarde o temprano cae alguien; pongamos uno de cada cien. Si hacemos diez mil llamadas diarias, la empresa acaba captando clientes o fidelizando los que tenía (“fidelizar”: atrapar en las redes comerciales, como atunes del consumo en la almadraba del competencia y el desarrollo de productos).

Recientemente, muchos hemos estado recibiendo llamadas de jóvenes vendedores de servicios novedosos de una gran empresa eléctrica en el interfono o, directamente, en el timbre de nuestra casa. El vendedor no sabe cuál es el nombre ni ningún otro dato de aquella persona a la que debe convencer de algo. Los sueltan en grupo en un barrio y les asignan unas manzanas: “Búscate la vida, chaval, aquí llevas el tarjetón con el logo de la empresa y el cordón colorado”. Este desorden logístico provoca que a usted le interrumpan la cabezadita tras el almuerzo cuatro veces, con lo mal que eso sienta. Se trata de la técnica de ventas denominada “puerta fría”: el que, ding dong, llama a su puerta no lo conoce a usted de nada, y no digamos la viceversa. Son dos extraños en la siesta, usted y el joven indocumentado, que en muchos casos levanta sospechas de ser un ojeador para un futuro robo a domicilio, o un pequeño timador que le va a pedir in situ a la señora 200 euritos por un peligroso y repentino fallo, conexión o fuga. Por eso, muchos de estos vendedores patéticamente identificados y peor formados, y hasta peor vestidos, son expulsados de la alfombrilla de la entrada con cajas destempladas y hasta amenazas de echarles a la Policía encima.

El marketing es un conjunto de técnicas teóricas que se enturbian mucho en la práctica. Empresas señeras con excedentes financieros envidiables no deberían conformar una fuerza de ventas aprofesional e inexperta, por no decir que colocada a los pies de los caballos. ¿Qué necesidad hay de eso? Probablemente, quien contrata a los supuestos vendedores no sea la propia empresa, sino una subcontrata que trabaja para ella, que invierte cero en la formación de esos chicos desesperados por el paro. Es también muy habitual que tal fuerza de ventas no gane dinero alguno al no haber llegado al mínimo estipulado, y sea despedida a coste también cero en un par de meses. Puede que su contrato haya sido en modalidad “falso autónomo”, y encima recen en las estadísticas como “nuevos emprendedores”. No veo qué necesidad tienen las grandes empresas de deteriorar su imagen de tan cutre forma.

Cáritas

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2014 a las 18:32

LA inoperancia de los poderes políticos para fomentar la creación empleo es el contrapunto de las declaraciones gubernamentales sobre la supuesta mejora incipiente de nuestra gran losa, el paro. Para valorar nuestro nivel de desempleo/empleo existen varios indicadores: el Paro Registrado (personas “apuntadas al paro”), la Encuesta de Población Activa o EPA (que es la medida generalmente más fiable y utilizada en los países de nuestro entorno) o las nuevas altas en la Seguridad Social. Ésta última es la ahora preferida por el Gobierno: “La EPA es una encuesta”, dice Rajoy, relativizando interesadamente una encuesta significativa. Àngels Valls, profesora de Esade y a la vez técnica de cabecera de Cáritas para empleo, desempleo e inserción laboral, desmonta en la radio mientras conduzco la artera elección de criterio del presidente. El nivel de empleo no mejora, y las nuevas altas en las cotizaciones sociales no son en un país precarizado y estructuralmente muy parado un indicador válido: lo es la EPA. Y ésta no mejora.

Cáritas se erige como la agencia de empleo más comprometida, pegada al suelo, e incluso la más eficaz -a falta de otras más nominales- para luchar contra este panorama de desesperanza para mayores y jóvenes sin empleo ni perspectivas de él, ni recursos. Por delante del Inem y de las agencias privadas, e incluso de las propias empresas. En un país donde la Iglesia mete la pata con denuedo con las opiniones de curas narcisos de púlpito que afirman que ahora se mata a las mujeres en el hogar por la “desaparición de Cristo de nuestras vidas”; con algún alto clero internacional que da verdadera grima -véase en esta misma semana ese arzobispo polaco que carga sobre los niños buena parte de la culpa de la pederastia perpetrada por cerdos de sotana-, Cáritas es un bastión de compromiso con el dolor social, simbolizado con el paro. Da igual que usted, a estos efectos, sea creyente, practicante, agnóstico o ateo. Hay otra Iglesia, que emite señales de cristianismo sin ambages ni postureo. Sacerdotes, voluntarios, personas sin resonancia pública. No sólo la jerarquía eclesiástica, no sólo el folclore atávico tan propio de nuestra tierra, tan bello como repleto de emocionalidad de hermandad e iconismo. Cáritas, sea usted creyente o no, es un buen motivo para marcar la casilla de apoyo a la Iglesia católica en su declaración de la renta (IRPF). Alternativamente, supongo que puede usted colaborar directamente con Cáritas. Es sólo un consejo, y uno humilde, pero sin complejos ni fobias. Como diría George Nespresso Clooney, “Cáritas. What else?”: Cáritas, ¿qué otra cosa? ¿O es que no es esa “sociedad civil” de verdad? A falta de buen laicismo, esto es lo que hay.

Leer más: Cáritas http://www.malagahoy.es/article/opinion/1770201/caritas.html#sSf3pAFOwoCX0fci
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El precipicio de cristal

Tacho Rufino | 12 de mayo de 2014 a las 18:28

HACE años se acuñó un término -“el techo de cristal”- para simbolizar las dificultades que las mujeres tenían para trepar por la cucaña ejecutiva. Los estudios sobre este fenómeno se basaban en factores culturales, aunque no han faltado los que concluían que las mujeres son mejores mandos intermedios y los hombres mejores jefes de la manada: el gran despacho con las más impresionantes vistas siempre, salvo contadísimas excepciones, ha tenido aroma a habano y a buena loción para después del afeitado. Recuerdo incluso un estudio de una universidad catalana, hará de esto veinte años, que “demostraba” que la mayor ambición ejecutiva y éxito promocional del varón tenía que ver con otro hecho (no disparen al pianista, señoras): los hombres son los mejores estudiantes, es decir, en cada cohorte de alumnos el ramillete de cracks es muy masculino, y a estos lumbreras los sigue una legión femenina de aprobadas y notables. Los bodoques de la clase, los suspensos más oprobiosos, volvían a ser hombres, según este estudio y no pocas experiencias sin método en el mundo docente. Las mujeres son, si creemos esto, mejores, y los hombres son los mejores y los peores.

En estos tiempos que corren empujándolo todo a su paso, “techo de cristal” es un término algo ligero para una realidad del mundo ejecutivo que, en contra de lo que cabía esperar, no va equilibrando las proporciones de los dos sexos…, perdón, ¿en contra de lo que cabía esperar? Quizá es que este planeta y sus artefactos sociales va sencillamente para atrás y no para adelante. Pero ésa es otra cuestión. Volvamos a los estudios, en este caso uno realizado por Strategy&, que ha analizado la presencia femenina en los puestos hoy por todos llamados CEO (Chief Executive Office, el jefazo, dicho en corto). A tenor de este informe, cabe concluir que la preponderancia masculina en los altos niveles de la pirámide jerárquica acabará siendo mayor en las empresas que en el ejército de cualquier país occidental. Porque en los últimos años, y no sólo en los años devastadores -los más recientes-, la proporción de mujeres que han ocupado la cumbre estratégica de empresas grandes no ha hecho sino menguar. Y no sólo eso, sino que a unas malas, las chicas tienen muchísimas más probabilidades de ser despedidas que los chicos. La mujer directiva no es que encuentre un techo invisible fabricado por machismo y redes de contacto donde prima la testosterona. Lo que tiene es un “precipicio de cristal” delante de sus pies.

Un rasgo interesante del estudio es que esta mayor “propensión a la calle”, o sea, a ser despedido, tiene que ver con el hecho de que el CEO sea de promoción interna o haya sido arrebatado a otra empresa: a los de la casa de toda la vida se los echa menos, y suelen ser hombres los que más promocionan en la misma empresa; además, y paralelamente, Strategy& afirma en sus conclusiones que, dentro de su minoría, las mujeres son proporcionalmente más buscadas para apagar fuegos corporativos, y esta variedad de gran ejecutivo bombero tiene muchísimas más papeletas para que le manden al motorista por email con la carta de despido. Más allá de si usted cree que es el machismo quien fabrica los techos y los precipicios de cristal o si usted cree que la mujer, sencillamente, no tiene en general tanta ansia por ocupar el gran poder y maneja otras prioridades vitales, la cosa es clara: las brechas y las concentraciones de poder, de riqueza, de formación y de lo que quiera no se cierran en el siglo XXI, sino que se abren. Como decía el gran Tonino Carotone, que es de Burgos, en su canción Me cago en el amor, È un mondo difficile… e futuro incerto.

Atléticas tarjetas de visita

Tacho Rufino | 5 de mayo de 2014 a las 17:02

tarjeta bidiRECUERDO aquellas tarjetas de visita en las que el papel verjurado recogía impresos el nombre y la dirección postal o la razón social de una persona, no sólo con propósito comercial. Las viudas de cierta sociedad mandaban en ellas -por correo ordinario- agradecimientos a quienes les daban el pésame. Y solían encargar esas tarjetas con negrísimos rebordes de mortuoria. Las tarjetas de visita han ido evolucionando de una forma perdedora por su falta de utilidad práctica ante otras formas de conservación y gestión de los contactos ante la emergencia de los dispositivos móviles y digitales. Es una especie en vías de extinción que lucha por redefinirse y sobrevivir a la obsolescencia. Como en cualquier mercado en declive y residual, las últimas boqueadas de un producto caduco resultan llamativas. Tarjetas que tienen impresas un recuadro de inexplicables blancos y negros que pueden ser leídos por un dispositivo digital y te redirigen a una página web; lo llaman código bidi. O tarjetas de consultores que no sólo te muestran la cara del titular -muy contento y positivo-, sino que te lo muestran vestido de triatleta o de creíble surfero. No debe uno relativizar todo, pero, francamente, ¿qué necesidad hay de hacer de la propia tarjeta de visita un artefacto informativo de tu condición física y, menos aun, de tu vida privada? ¿Hasta dónde puede llegar la tontería en este baile de vanidad y mixtificación que hace de un ejecutivo más o menos bien pagado una especie de mono de feria que innova en su imagen hasta el límite de imprimir en su tarjeta ese histórico momento en el que traspasó la meta de aquella maratón de Nueva York? Me imagino a ese consultor luchando a diario por estar a la altura de tal proeza que alinea su vida pública con la privada. ¿O es que su vida privada es parte necesaria y elemento de marketing de su compañía? La falta de pudor de muchas personas –me incluyo– en las redes sociales tiene que ver con esto: mi mejor foto, mi mejor copa, mi mejor paella, mi récord de minutos por kilómetro a la carrera. Y, ya puestos, todo ello al servicio del posicionamiento de mercadotecnia de la empresa que hoy me paga. Tontuna innovadora. Recuerdo a una alumna al hilo de esto: “Profesor, si hay que innovar en el proyecto, yo innovo. Pero que yo, por mí, no innovaría. Cuando nos ponemos a idear innovaciones para que nos dé usted los dos puntos de empresa innovadora, mis compañeros y yo no paramos de soltar paridas”. Y en esa línea acabaremos regalando nuestra vida particular a una vida profesional a la que lo privado no sólo no interesa, sino que no conviene. De privado, lo justo: “Gómez, usted es empresa antes que ninguna otra cosa. Déjese de gaitas”. Pondremos a nuestros bebés fotografiados en la tarjeta y en la red social, para que a nadie le quepa duda de que somos gente provechosa y fiable. Muy buenos padres y muy buenos empleados, y excelentes deportistas de impecable dentadura.