El engorde y la navidad pagana

Tacho Rufino | 20 de diciembre de 2016 a las 17:30

Las citas son un recurso común para dar caché y credibilidad a una opinión: como dijo Churchill o Groucho, según Paulo Coelho o Jodorowski, ya saben lo que replicaba Talleyrand a Fouché; no lo dije yo, lo dijo Quevedo. Por ejemplo, si usted quiere tapiñarse el enésimo mantecado sin un extra de mala conciencia, puede tirar del mítico alpinista inglés George Leigh Mallory: “Mr. Mallory, ¿por qué quiere usted subir al Everest?”, a lo que él respondió, lacónico y enigmático: “Porque está ahí”. “Jacinto, ¿por qué te vas a comer el último rosco de vino, gordi?”, a lo que Jacinto, con la mirada perdida, responde: “Porque está ahí, en la caja que me ha regalado la empresa”. Trascendental, y en dos bocados, Jacinto ingiere otras 200 calorías de regalo. Arrinconada la báscula en una caja de Ikea hasta el 7 de enero, nosotros, jacintos y jacintas, vamos a poner dos kilitos en menos de un mes. Comeremos y gastaremos el doble de lo habitual. Diferido el pánico al michelín y ante la suelta de otro agujero del cinturón, nos diremos: “Son esas fechas”. Hacia la dieta por el engorde: venceremos. En plan Sísifo que sube la montaña de enero cargado de la piedra de kilos y saldo de visa, para rodarla cuesta abajo hacia marzo entre tambores y palmas.

La debilidad humana, la de Jacinto, también produce comportamientos de lo más contradictorios. No sé si usted también percibe que van siendo legión los agnósticos, ateos y anticatólicos que se lanzan a preparar la noche en que los cristianos celebran el nacimiento del Hijo de Dios. Si van con sus pequeños a ver un portal, y ante el “Papi, mami, ¿quién es ese niño?” de Ale, lo harán sentir el centro del universo, una excelente vía a la frustración adulta: “Ale, ese niño eres tú”. “Bien, soy el niño Jesús”. “¡No, Ale, no! ¡Tú eres el niño más importante e inteligente del mundo, eso eres, no lo dudes nunca!”. Y lo llevarán a la cabalgata de unos Reyes Magos que según la religión católica, de la que abominan o a la que simplemente desprecian, fueron a adorar al Niño Dios precisamente a aquel portal en Belén. “Ale, la estrella que los guió fue en realidad un alineamiento de planetas, ya lo entenderás cuando seas grande: los Reyes son los padres, díselo a todos los de la guarde”. En paralelo se percibe en no pocos rediseñadores de la Navidad, apóstoles del neopaganismo, el rechazo de la parte más pagana de estos días, el Fin de Año. (“La juventud acaba cuando acaba el gusto por salir en Fin de Año”. Es de un contacto de Facebook, la mayor fábrica de citas de la historia de la Humanidad.)

El enigma del retraso burocrático

Tacho Rufino | 20 de diciembre de 2016 a las 17:28

Si hay algo incomprensible en España, y en particular en Andalucía, es la lentitud de ciertas administraciones públicas a la hora de tramitar expedientes, programar intervenciones y pruebas médicas, emitir informes, autorizaciones, sentencias, resoluciones, certificados y demás documentos de los cuales dependen las actividades personales y empresariales de la comunidad a la que sirven. La dotación de personal y tecnología de estas organizaciones suele ser decente, en algunos casos escasa, en no pocos holgada. Sin embargo, la emisión de un título universitario, por ejemplo, puede llevar meses una vez que el titulado ha cumplido con todas las exigencias para ostentar dicho título. Un informe medioambiental positivo y preceptivo para comenzar actividades también es cosa de meses. Operarse de algo que está maltratando tu salud suele implicar eternas listas de espera; un señalamiento de juicio es cosa de echarse a dormir varias estaciones. Pareciera que el tiempo aporta mayor seguridad y solidez a trámite, como si su mero paso filtrara los posibles errores o fraudes. Con las consabidas honrosas excepciones, casi sólo la gestión de los ingresos es rápida (ejecutiva, implacable, rabiosa, inclemente): con los impuestos y las sanciones no se juega.

Otra cosa es con los gastos: ahí las instituciones están más bien de espalda al ciudadano, al consumidor, al alumno, al paciente: “Vuelva usted mañana”, “Esto lleva un tiempo”, “Ya no depende de mí”, “Presente una solicitud el lunes en la planta de abajo”. Sin saberse muy bien por qué: todo está informatizado, se gastan millones en software, hardware y mantenimiento y actualizaciones de los mismos, pero la obtención del dichoso papelito timbrado está en el incierto final de una procelosa tela de araña intra o interinstitucional. De una dependencia o sección a otra, aquello de “dar traslado” a intervención o registro, que si un interventor que debe firmar y tarda semanas en estampar el garabato y el sello -que no falte el sello con la fecha y la rúbrica a boli, en paralelo con la electrónica y la digitalización total-, de esta administración a aquella otra, en un eterno viaje en balsa por el océano burocrático, en el que el usuario puede muy bien acabar achicharrado. Otro poner: a la hora de constituir una empresa con todos sus avíos, España se codea con repúblicas africanas cuyas rentas per cápita están bajo el umbral de pobreza.

En estos días, otro episodio da muestra de la baja calidad institucional -que así se llama ahora a la cosa- de este país, a veces con un plus de dilación sureño que resulta irritante. Ha sucedido en la provincia de Sevilla, donde una multinacional como Ikea ha decidido dejar de esperar, porque las administraciones públicas y la propia promotora del parque donde iba a instalarse han acabado espantando al mochuelo escandinavo (nos reservamos la opinión en esta pieza acerca de la proliferación de parques y centros comerciales en curso, y daremos por válida la alta consideración que se da a la implantación de estos macrocentros con empresas mundiales señeras). Los suecos se han hartado no sólo de la inconsistencia de los propietarios de los suelos elegidos, sino de los innumerables escollos administrativos. Se van a otro sitio. Quizá los comerciantes pequeños de la zona estarán aliviados. Lo más sorprendente de todo esto es que, si es urgente que algo se haga “para ya”, se hace. Porque quizá la firma preceptiva se podía haber estampado un par de meses antes sin ningún problema. Damos así la sensación, que tanto indigna a tantos, de que la función pública confunde su papel de medio y se convierte en un fin personal y colectivo. Y de que hay más gente de la cuenta al amparo del sector público. Y que hay órganos completamente superfluos.

La ‘clase adversaria’ de Pablo Iglesias

Tacho Rufino | 13 de diciembre de 2016 a las 11:42

Podemos, a qué negarlo, da mucho juego columnista. No hay semana en que no salga algo bizarro de la boca de sus líderes. A uno, particularmente, le pone mucho su verbo protomarxista, que tanta disonancia te crea: personas tan jóvenes con discursos tan requeteviejos. Esta semana las palabras que ha destilado la joven formación política han tenido naturaleza dialéctica, qué menos entre comunistas declarados: hay bronca interior: desconcentración y descomprensión, empoderamiento, cómo no transversalidad. Los ciclos de vida afectan a todo de una forma inexorable y subyacente, cosa muy historicista por cierto, y no distinguen de ideologías: siendo un partido -o constelación polimórfica de partidos, ramas, localismos y sensibilidades- adolescente, lo normal es sufrir continuas erupciones, secreciones e incongruencias, ¿cuándo si no? Y reproducen a escala acné una máxima no escrita en la política, que se subsume en una frase de Churchill (que como saben perdía el puro por un buen aforismo): “Nuestros adversarios están [en la bancada de] enfrente; nuestros enemigos, aquí detrás”, dicen que dijo a un tory novato. Trasladado en tiempo y forma, el adversario de Pablo Iglesias es Íñigo Errejón, y viceversa.

En este fragor asambleario, Iglesias ha reclamado la “feminización de la política”, que pretende mutar “los conceptos y formas” de la misma, “alejarse de las instituciones y crear un contexto…”; ahí me perdí. También dijo algo contra la “espectacularización” de la política, otra rimbombancia hueca como agalla de encina, más viniendo de quien adora los shows parlamentarios con niños de teta o piquitos barbudos. Pero sobre todo, en alarde tal de verbo rojo y alcanforado, encasquetó a la “clase adversaria” los males machistas. La clase adversaria somos usted que lee esto y un servidor, es de temer: “la burguesía”, puntualizó. Como si fuéramos trajinantes zaristas o medradores con peluca en la corte de Luis XVI, cuando el burgués español tiene del formato de hijo de Antonio Alcántara el de Cuéntame. Burgueses frente a ellos, la clase obrera adversaria. Qué antigüedad. El pastelón oral fue culminado con una guinda de lo más burguesa: ese cambio de forma conceptual política hacia la feminización de su oficio, dijo, debe mirarse en “las madres”. Nuestras abnegadas madres que nada quieren para ellas. Ni Pilar Primo de Rivera lo hubiera dicho más tradicionalmente, viejo. Entre tanto adversario interior, se ha liado con el exterior. Y, la verdad, es que Iglesias tiene un síndrome de púlpito notable: tan elocuente y brillante como incontinente y vacuo. Lo malo -para él- es que la esencia de su propuesta es muy defendible. Pero se lía, se lía.

‘Grenouilles’ navideños: vamos al perfume

Tacho Rufino | 13 de diciembre de 2016 a las 11:37

Jean-Baptiste Grenouille es un personaje inquietante para sus literarios semejantes, y también para los lectores de la novela que protagoniza, El perfume, del alemán Patrick Süskind. El horrísono y deforme Grenouille es capaz de identificar con su olfato lo que ningún hombre podría, y acaba siendo el príncipe mendigo de los perfumistas del París del siglo XVIII. Carece de ningún tipo de olor propio, y percibe el mundo a partir de un olfato descomunal. A través de la historia, muchos humanos han buscado eso, que se nos identifique con un olor, con un perfume, y en algunos casos ocultar el propio. Es un blindaje y a la vez una posible arma de encantamiento sensual. En esta búsqueda pituitaria e identitaria, muchos naufragan, y algunos triunfan, o sea, consiguen despertar la atracción y el aprecio. Algunas mujeres dejan tras de sí una estela densa y mórbida a su paso; desagradable a diario, erótica si es casual. Otras y otros sí consiguen atraer al macho o la hembra ocasional, a su apetito sexual, de forma nada inocente, cogidos de la invisible mano de un frasco de esencia hecha de maceraciones y destilados de plantas y flores, bálsamos, ámbar o secreciones de mamíferos. Otros son varones que te dejan una fragancia dulzona y persistente después de estrecharte la mano. Uno quizá ya no puede dejar de ser machista en esto, y los hombres muy perfumados me parecen por lo general repelentes.

La Navidad y la compulsión de la compra dadivosa hace que un producto con alta carga de diseño, aspiración, sexualidad y, puede, buen olor sea la estrella de la publicidad. Son precisamente la publicidad, el diseño del frasco, el famoso o morboso personaje asociado a la campaña y la distribución los componentes principales del coste: no la alquimia del líquido. De jóvenes, regalamos mucho perfume a nuestros ligues, en una forma de marcar el territorio que es también una expresión de falta de criterio muy adolescente y juvenil. De mayores, regalar una fragancia más o menos cara es una forma de quitarnos de en medio la insoportable presión del Universo Agasajo en el que ya estamos cayendo. Otra vez toca disfrutar de los movimientos gatunos por los suelos de una anoréxica algo yonki, del marinerito de culete apretado que publicita un frasco fálico; del paquetón, la tableta y el azul de ojos del italiano sudoroso que va a poseer a una chorba en una barca a remos en el Mediterráneo; de la suegra del Litri. De la voz en off que nos dice, con un acento extranjero y sensual que te mueres, cómo pronunciar el nombre del perfume. ¿Otra vez? Sí, otra vez.

Comida navideña de empresa

Tacho Rufino | 8 de diciembre de 2016 a las 0:23

Hemos asumido con resignación que nuestras principales capitales de provincia y no pocos de nuestros pueblos viven del turismo. Más que del turismo deberíamos decir de la hostelería, es decir, de negocios que crean por lo general empleo de baja calidad. Quizá con el tiempo nos llamaremos Camarerilandia, o Bar Town Ltd., y seguiremos creyendo que los bares, las franquicias, las heladerías que surgen como champiñones y las cafeterías multinacionales son los salvavidas de nuestra competitividad, en un ejercicio de Análisis Económico Mágico: mira que uno conoce gente, pero no tengo ningún conocido que viva de ese maná de chancla, axila para tus ojos o conjunto Decathlon. Volver como cada año -otra vez, sí- a escribir sobre las comidas navideñas de empresa es una pequeña pedrada sobre el tejado de nuestra terciarizada estructura económica regional. Muchos restaurantes hacen su diciembre con estas comidas de organigrama que rompen en gintónic. No creo que ningún negocio sufra estas palabras de disidencia renovada.

Habrán vuelto a toparse en una terraza, un restaurante o un bar de copas con alguna de esas reuniones fraterno-beodas: grupo heterogéneo, cercano a la paridad de géneros, ruidoso, de cierta edad, que evoluciona desde un cierto apuro por lo poco habitual de irse de juerga con los compañeros a una desinhibición etílica que puede causar pesadumbre y desconsuelo al día siguiente: “Eres mi jefe, Curro, pero te lo tengo que decir: ese día metiste la pata hasta el corvejón”, o “Charito, espero que no se me note mucho que me pones una barbaridad”. Es una tarde larga -un pasadía, lo llaman los caribeños-en la que uno vuelve a casa sin blanca. En el menú de 40 o 50 con chupito incluido, jarra poco fría de cerveza y tinto que llega descorchado, con sus entrantes adocenados al centro y su dicotomía carne/pescado, se producen unas misteriosas deseconomías de escala: en vez de dar más y mejor por tratarse de un grupo numeroso, pasa justo lo contrario. Y qué menos que tres pelotazos en copa de balón, ya dando o recibiendo la brasa con jefes y Charitos. Estas comidas tenían sentido cuando las pagaba la empresa a modo de gratificación y para insuflar un poco de buen rollito entre los recursos humanos. Pero ya pocas empresas asumen el ágape, y paga el empleado a escote. Y, ésa es otra, el empleado suele gastar en almuerzos y cenas de empresa (hermandad, colegas históricos) más de 200 euros en la antesala de la Navidad del consumo y el engorde. Más que en lotería del Gordo y el Niño. Que, es verdad, toca bastante menos que el compañero de Charito.

Dinero negro: ¿dejamos la cosmética?

Tacho Rufino | 5 de diciembre de 2016 a las 20:36

ésta ha sido una semana de cinco mil millones sacados de una chistera. Como buen Gobierno entrante, nada más tomar posesión, el nuestro aplica la cirugía presupuestaria con un bisturí tributario. Ya comentamos en estas páginas cómo mediante la eliminación de deducciones a grandes empresas más la subida de impuestos sobre consumos poco saludables como el tabaco, el alcohol duro, las bebidas azucaradas y, tarde o temprano, los carburantes, Montoro hace socialdemocracia fiscal de pata negra: con ese arreón de buena venta social, el Gobierno pretende meter los cinco mil millones de marras, apuntalar en algo las procelosas cuentas públicas y hacer ver al tutor europeo que estamos en ello. Unas medidas tan razonables como plausibles. Distinta consideración merece la sorprendente y testimonial propuesta del Ministerio de Hacienda de prohibir transacciones en efectivo por encima de los mil euros para reflotar a la economía sumergida. El pagar con billete ya es una práctica gagá en países desarrollados, absolutamente internetizados y fiscalmente implacables como algunos nórdicos. No aquí. Si la pequeña reforma de emplaste y pintura de un hogar de ancianos andaluces no puede ser pagada al autónomo en billetes, sino que se obliga a los clientes -no pocos, infratecnológicos- a hacer una transferencia digital o a llegarse a la cada vez menos amistosa sucursal bancaria, estamos fastidiando tontamente al autónomo y al anciano. Es ridículo, inútil, cosmético.

Para luchar contra el dinero negro y hacer que éste aflore y retorne sus impuestos legales a las cuentas comunes por las rentas que obtiene en la economía común -la pública-, hay que dejarse de matar moscas a cañonazos mediante medidas que, además, dificultan el comercio y el empleo menor. El dinero negro canceroso es el que huye y evita sus obligaciones fiscales en los países donde se obtienen. Es simple, y a la vez difícil de pillar: es en los paraísos fiscales de Messi, Ronaldo, Bárcenas, el vecino ricacho y nada pagador que silba ocultón, no pocas grandes fortunas tan españolistas como poco patriotas, las facturaciones internacionales cruzadas de corporaciones bien asesoradas, es ahí donde está el dinero que le falta al Estado. La complejidad reside en que atacar este problema es algo de dimensión planetaria, que no está en la mano de un Estado u otro, sino de un verdadero acuerdo global. Y, no se olvide, en el dinero del tráfico de drogas. Legalize it, don’t criticize it, decía el gran Bob Marley. ¿Utopía? Vale. Sigamos yendo contra el billete. Sigamos haciendo comedia.

Montoro no toca la cerveza ni el vino: se agradece

Tacho Rufino | 3 de diciembre de 2016 a las 9:37

“Las primeras subidas de impuestos afectan a alcohol, carburante, tabaco, bebidas azucaradas y rentas empresariales”

“No son los zumitos, sino las deducciones empresariales, la parte del león”

Así en tu casa como en el Estado, si tienes una robusta deuda y una economía lánguida, las opciones son tres, te pongas como te pongas: buscas más dinero, gastas menos o ambas cosas a la vez (entregar las llaves de tu casa o de tu país a tus acreedores es también una opción, la solución final). Nada más constituirse el nuevo Gobierno, el ecónomo mayor del Reino, Cristóbal Montoro, ha tirado por el lado de los ingresos, o sea los impuestos, que tienen mejor venta que los recortes, sobre todo si no se trata de subirle el precio de todo al ciudadano, vía IVA, o de quitarle más a lo que el ciudadano gana, vía IRPF. Se suben los impuestos, pero de momento, es una vuelta de tuerca “con causa” y progresista: por nuestra salud. Los refrescos y zumitos azucarados gustan a todos, pero no son muy saludables. Tres cuartos de lo mismo pasa con el tabaco y con el alcohol. Estos tres conceptos, junto con los carburantes, han sido elegidos por el ministro de Hacienda para meter al déficit público en cintura. Vendrán nuevos recortes, pero de momento, y hasta las probables nuevas elecciones antes del verano próximo, Montoro ha elegido las alternativas más vendibles ante la gente: no bebas, no contamines, no fumes, come sano. En realidad, de esto se han nutrido los titulares de las noticias.

En el cuerpo de las mismas, descubrimos que la parte del león de este arreón recaudatorio –tan típico de los gobiernos entrantes—no pasa tanto por estos conceptos sino que se va a obtener de las empresas. La eliminación de deducciones en el Impuesto de Sociedades son otra forma de ingresar más. Y esta fórmula no sólo es mejor recibida por el ciudadano medio que los mencionados IVA e IRPF, que afectan directamente a su bolsillo, sino que tiene mucha potencia recaudatoria: “Que pague ahora otro; las grandes empresas en España pagan muy pocos impuestos”, según es creencia, no sin bastante razón: en porcentaje del PIB, España recuda mucho menos (2%) que la media de la Unión Europea (2,4%), y mucho menos que los países más poderosos económicamente (Alemania, Francia, Reino Unido, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica o Luxemburgo). También recaudamos menos que la media –en IRPF e IVA, pero el Impuesto de Sociedades tiene mayor recorrido recaudatorio y menor impacto popular: se puede exprimir un poco más el limón empresarial. Los empresarios, por su parte, han protestado esta semana: “No se deben eliminar incentivos mediante deducciones del impuesto a las rentas corporativas; se deben incrementar”. Los impuestos nutren al Estado, pero adelgazan la esfera privada. Si consideramos al Estado el gestor de la suma de las esferas privadas o, liberalísimos, pensamos que es el Gran Confiscador Insaciable es cosa de cada cual. Cosa ideológica, mayormente, y ya haremos plastilina con los datos para avalar nuestra creencia.

Mas la estrella de los titulares económicos ha sido el azúcar en los refrescos y gaseosas. Vivimos en un país que consume crecientes cantidades de comidas y bebidas tan gustosas como insanas: zumos dulces y venenosos, infame bollería de engorde y daño arterial, chuches en las que –apostamos—somos campeones mundiales per cápita… cápita mayormente pequeñita e infantil. Tiernos proyectos de diabéticos y obesos. Gravar tal exceso es algo muy defendible, y aceptable por el ciudadano. Que se apriete más a fumadores y bebedores también resulta socialmente inofensivo para el gobernante. Eso sí, cuando hablamos de beber, hablamos de bebida –como diría un conocido—“de chulo”. Alcohol duro. La cerveza y el vino, grandes industrias empleadoras a la par que buenos sustentos para sobrevivir en este valle de lágrimas, no las toca Montoro. Un detalle, ministro.

Black Friday, no nos pongamos tan numantinos, es sólo marketing

Tacho Rufino | 2 de diciembre de 2016 a las 19:46

Uno es mucho más partidario de Black Sabbath que del Black Friday, vaya eso por delante. Ozzy Osbourne y los suyos son una injerencia cultural anglosajona también, ya completamente clásica para los amantes del rock leñero. Un tema icónico de la banda inglesa se titula Paranoid: estiremos el paralelismo. Hay cierta animadversión -culta, vernácula y algo visceral- hacia Halloween y hacia el Black Friday que comenzó ayer (y que también se estira, unos días, por puras razones de marketing). No nos ponemos tan tensos, algunas veces algo paranoid, con las injerencias, también anglosajonas, de Clint Eastwood, Noam Chomski, Bertrand Russell o John McEnroe, lo cual es lógico: mientras que estos egregios nombres han venido a dar gloria a la cultura occidental, Halloween existe para el cachondeo y el disfraz, y el Black Friday, que emerge poderoso por estas fechas desde hace pocos años, no es sino una acción promocional colectiva y masiva, derivada de un hecho: antes de las navidades el personal no se gasta los cuartos; los bolsillos dan bocados, los monederos de tacón -tan propios de los muy miraditos con la pasta- pueden cerrarse en tus falanges cual tapa de piano en donde dijimos. Y los oferentes, el comercio, quieren desbloquear a los demandantes, usted y yo. Que la idea viene de Estados Unidos, muy cierto. Pero mire a su pantalla de ordenador, que tan maravillosas posibilidades le provee: bien mirado, ese metauniverso digital en casita es una injerencia americana de mucho cuidado. Las principales corporaciones mundiales son ya de internet… y yanquis. Su utilitario de cuatro ruedas también tiene sus ancestros allá por Michigan. Es ocioso seguir dando ejemplos.

¿Por qué extraño motivo de aldea gala irreductible no voy a percibir como una buena oportunidad de consumidor el ahorrarme 150 euros en jubilar mi vieja AEG, que cuando centrifuga parece que dos cíclopes estuvieran haciendo el amor, con denuedo y en mi cuarto de baño? Debería estar agradecido al Black Friday: la pobre lavadora tiene ya problemas de retención, y un día de estos pudiera romperme la crisma de un resbalón. Y recordemos, las rebajas también son un invento del mundo capitalista de más negra pata. El objetivo de las rebajas, como el del Black Friday, es incentivar las compras en periodos depresivos de consumo por causas estacionales: después de las navidades vienen las rebajas de toda la vida, y la pasión por el chollo mete en trance a no pocos durante semanas. ¿Por qué no antes de las navidades? Teniendo en cuenta que es ahora cuando mucha gente recibe o espera recibir de inmediato una paga extra, parece más sensato -como más de homo economicus- la semana de rebajas y promociones que comienza en el Black Friday que las rebajas cuando la tiesura es mayúscula tras los excesos navideños, y la cuesta de enero se empina hasta más allá de marzo. Es muy americano, es verdad: muy práctico.

Justo cuando esto se escribe, entra por whatsapp un anuncio de Black Friday muy singular, que viene a constatar el éxito apabullante -y para siempre, es de temer- de esta estrategia de marketing (nombre ficticio): “Sala Los Escandinavos. Viernes 25 de noviembre. Black Friday. Grandes descuentos. Entrada y 1ª copa gratis. 24 horas”. El aspecto y la actitud de la chica que domina el folleto, con su cuero negro y sus piernas poco cruzadas, son los propios de una moral distraída. Si usted tuviera un comercio, sea una franquicia de electrodomésticos o un puticlub, ¿se negaría en redondo, en un alarde defensivo, a meter unas perrillas extra, ahora que la tesorería es agua de mayo, digo de noviembre? Terminemos con un dato: más de un tercio de los españoles ya compra los regalos navideños desde ayer.[Este artículo fue publicado anteriormente, el día posterior al propio Black Friday, que es el último viernes de noviembre]

Cubalibre

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:51

Hace años, el profesor fue contratado para formar a docentes cubanos en gestión de empresas y marketing. Estos términos capitalistas comenzaban a ser deseables para un país que se volvía a abrir al turismo y a un proceso de lenta aceptación de cierta iniciativa privada. Surgían en La Habana los paladares, restaurantes en domicilios privados (es un decir). El turismo de nuevo, después de haber sido en los 50 el casino y prostíbulo de Estados Unidos (remitimos a El Padrino II, con Batista vendido a la mafia judía: recuerden a ese Hyman Roth interpretado por Lee Starsberg). Apenas comenzado el siglo XXI, el avión en que el profesor cruzó el Atlántico era una bomba volante de testosterona italiana y española: todos tíos, chorreando tras las orejas un deseo de primera a precio de cuarta. El jineteo -la prostitución por miseria- era una lacra que el régimen cubano debía erradicar si quería dar algún futuro a la nueva industria captadora de divisas. Se enviaba a cortar caña y otros trabajos forzados a quienes fueran actores o cómplices de la venta de carne caribeña a babosos mediterráneos (y más de una babosa infiltrada).

“Marketing y gestión de empresas” para cubanos: había algo de paralelo con aquello de echar la bebida del enemigo -la cocacola gringa- en el ron local, y hacer así un cubalibre y una Cuba más libre, con hielo y paragüitas de colorines. Al profesor le recordaba la consideración que el cubano de calle tenía por su comandante a la que muchos españoles de los sesenta y setenta tenían por Franco. Un dueño tiránico no deja de ser querido por sus perros domados con férrea autoridad. El profesor recibió en su casa, donde había un bebé de año largo y otro de apenas meses a un conductor de faster -bicitaxi- que estaba casado con una hija de un antiguo jugador del Betis en la República, ¡de nombre Rojo! La pareja -balseros del aire, llegaron en Iberia- se presentó sin avisar ni invitación, y acompañada de un pariente de dos metros y muchas arrobas de peso. Allí estuvieron los tres dos meses, hasta que Cáritas les buscó alojamiento. En ese tiempo de estancia sobrevenida, los que huían de la pobreza de un régimen dictatorial y asediado comercialmente por parte del enemigo de la cocacola no toleraban que nadie mentase malamente a Fidel. Ellos, disidentes y hoy españoles como su hija, no respondían nada mansos cuando se les recordaban las cárceles pobladas de presos políticos. Algo que me recordaba profundamente a muchos de los padres y abuelos de quienes éramos niños en los sesenta en España.

Mudos de ocasión

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:50

La persona a quien más debo era católica practicante, de esa rara avis que observa el precepto de Mateo 6.3: “Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”; como la caridad, el sentimiento, si es verdadero, es antes que nada íntimo. Ella no gustaba de los funerales porque sostenía que poco había que hacer en ellos: el muerto no estaba allí, su suerte estaba echada, y nadie podría ya abrazarlo ni procurarle paz. Los pésames a los familiares arropan y empaquetan un rato la soledad y la pérdida. No es, pues, dar limosna el mostrar las condolencias a quienes de verdad amaron al muerto, y no pocas personas sienten sincera compasión al hacerlo. Es un acto social y, para muchos, necesario. Por el contrario, los minutos de silencio gritan la insinceridad de no pocos mudos de ocasión.

Hace años que me producen urticaria en los campos de fútbol. Los minutos de silencio por un atentado o por un socio señalado no sólo pueden ser violentados por los gritos de los canallas habituales de los estadios. No sólo se practican ante una masa heterogénea que, en general, nada compadece: va a ver a su equipo, y en cuanto pita el árbitro, adiós muerto, la masa ruge. Sirven para pompa y circunstancia del palco, donde llora un familiar que lloraría mejor a solas. Son una fuente de agravios y de práctica del nepotismo: “A tu padre se le hace, ¡cómo si se le hace! ¡Qué gran atlético fue!”, aunque hace dos semanas muriera uno con más viejo carné y menos relevancia local. Son una forma de dejar clara la centralidad en el club de fútbol, en la asociación, en el colegio profesional. Todos moros en la compasión y el homenaje, o todos cristianos. Debe de haber fórmulas de reconocimiento post mortem asépticas: un crespón todos por igual, una foto 24 horas en la web.

Por eso, en un primer instante, me pareció bien que Podemos no secundara el minuto de silencio en el Parlamento por la muerte de la controvertida Rita Barberá (alguno que se dio allí golpes de pecho estaría, en el fondo, aliviado). Pensé que era una forma de protestar por el agravio comparativo con la muerte del parlamentario Labordeta, a quien se le negó el minuto de marras. Pero luego se entera uno de que Podemos secundó otro minuto de silencio hace poco, con gran pose de aflicción internacionalista y roja, abducidos todos por el morbo de la figura de un cura etarra, Periko Solabarria. El respeto exprés de un minuto de Iglesias y los suyos eran una táctica, pura fachada de plañidera con la carrera de Políticas. El oportunismo y la falsedad suelen gravitar en la espesa atmósfera de esos minutos negros y silentes.