Posverdad

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:49

No sabíamos que se llamaba así, posverdad, pero cuando colgamos un chiste gracioso en una red social y nos hacemos protagonistas del salero ajeno, participamos en la posverdad, aunque seamos meros carteros de quien tuvo el ingenio y, en realidad, más sosos que una dieta vegana. Lo mismo nos pasa cuando ponemos una foto de perfil que es una versión platónica de nosotros. O al crearnos una imagen pública a coste cero en la que somos solitarios viajeros misántropos -cuando morimos por una playa familiar-; grandes animadores de tablao siendo patos mareados, solidarios deportistas en fosforito y con pulsera temática cuando no hemos corrido ni para huir de un perro, íntimos de Hohenlohe y Gunilla a pesar de nuestro mal disimulado pelo de la dehesa. La posverdad es un paradigma comunicativo imperante, en el que la verdad no importa nada, sólo las emociones que se puedan crear. Si la verdad no crea emociones que puedan mover corrientes de opinión y hasta elecciones, tiramos de la posverdad, o sea, de la mentira contemporánea que habita en internet. Que puede con todo.

Según Politifact, una agencia periodística premiada con el Pulitzer, en la campaña de Trump la inmensa mayoría de sus mensajes recurrentes eran mentiras podridas: él ha hecho campaña diciendo barbaridades y embustes, y no es que no le haya pasado nada, es que así se ha convertido en presidente de los Estados Unidos. En la campaña del Brexit, el antieuropeo Nigel Farage reconoció al día siguiente de su victoria que su principal argumento en el referéndum -el robo continental a la Islas, como el que Cifuentes o el nacionalismo catalán atribuyen cada cierto tiempo a los andaluces-era rematadamente falso. Decir mentiras sale a cuenta. Si la mentira es de calidad, puede parasitar a los grandes difusores de información de hoy, Facebook y Google, que les darán difusión gratuita. Y encima podrían los mentirosos obtener ingresos pingües de la publicidad, precisamente por su vampirismo. Un negocio basado en la trola, el infundio o el morbo: emprendedores y embaucadores. Las reglas del juego han cambiado. ¿Quién quiere verdades pudiendo manipularlas o enterrarlas, y con ello influir y ganar? Facebook y Google, los Grandes Hermanos que todo lo ven y pueden, se han erigido en árbitros mundiales, por encima de todo gobierno, y anuncian que van a eliminar a los campeones de la posverdad. ¿Quién si no lo iba a hacer? No tenemos mucha idea -al menos, hablo por mí-de la voltereta que el mundo de internet ha supuesto, sin marcha atrás, sobre nuestras vidas y el control del poder.

Cristina, per carità

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:48

Si hay una expresión italiana que me guste, ésa es per carità, que no se usa para pedir caridad, sino para hacer ver lo estúpido de aquello que nos dicen o pasa ante nuestros ojos. La presidenta del foro y su correlativa provincia seca, Cristina Cifuentes, en un ataque de caridad, se ha sobrado esta semana haciéndose la señorona que no puede aguantar decirles a sus compañeras de bridge que está alimentando a Andalucía con sus pechos. Unos pechos capitalinos henchidos de sedes funcionariales y empresariales, de burocracia de alta expresión y extensión. Por caridad del páramo madrileño convertido en babel del dinero improductivo que se mueve a cien por hora, nosotros, moritos buenos y flamencos, en el sur, podemos disfrutar de un hospital general en el que hacernos una diálisis o a asistir a los últimos días de nuestra madre. Eso lo pagan los madrileños, lo dice ella. No importa que tú, sureño subsidiado, pagues más del treinta por ciento de tus ingresos en impuestos para que quien tiene menos que aportar disfrute de unos estupendos mínimos sanitarios o educativos. Y que la mayoría de los madrileños paguen menos que tú en, un poner, un pueblo de la Alpujarra o un adosado de Torremolinos. Los andaluces chupando del bote. ¿Otra vez? Otra vez.

Duele la boca de decir que los impuestos son personales y no territoriales. Duele el cerebelo de recordar que los cálculos de la balanza fiscal no sólo son cuestionables, sino que hay métodos de cálculo que pueden decir una cosa y la contraria. Duele, o quizá ya sencillamente jode, recordar que quien más gana, más debe pagar, y que la llamada balanza fiscal de un territorio -lo que aporta a lo común menos lo que recibe de lo común en fondos e inversiones públicos- es la consecuencia impepinable de su posición comercial y financiera. Por ponerlo en plata con un palmario ejemplo, la multimillonada que Alemania aporta a los presupuestos europeos la aporta porque le sale a cuenta. Porque gana dinero con ello. Si no, ¿de qué? La presidenta madrileña, Cifuentes, ha dicho lo que ha dicho porque quiere aguar las reivindicaciones catalanas, que a su vez son producto de un ataque de cuernos con los privilegios vascos. Y porque está en el horno, justo ahora, la distribución de la financiación interterritorial. Y va ella, con lo estupenda que parecía, y nos pone de vagos, quizá de maleantes, subsidiados y atrasados. Quizá vendrá a darnos a los jornaleros de su finca una peseta por hijo el día de la primera comunión de su nieto. Per carità, Cristina, per carità.

Pie, bici, coche

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:48

Desde la mayoría de edad y hasta le fecha, con seis años de ínterin en la empresa, he tenido el privilegio de no separarme de la universidad. Muchas cosas han cambiado en ella estos tiempos. Pero si hay algún rasgo llamativo es que, en aquellos primeros ochenta de estudiante, en el campus no había casi bicis; apenas las de cuatro gatos testimoniales. Hoy, el éxito de los carriles bici y la sensatez que ha movido a su uso masivo hace que en los aparcamientos ad hoc haya cientos de velocípedos. La lucha de un reducido e irreductible grupo de creyentes nos ha servido a todos a quienes coger la bici para ir al trabajo y volver supone dos de los mejores ratos de la jornada. También imprescindible fue la reivindicación ilustrada -para el pueblo, pero sin que el pueblo lo reivindique-del carril bici por parte de un partido hoy fagocitado por Podemos, Izquierda Unida: al César rojo, lo que es del César rojo. Pero el uso general de la bici en la ciudad es, cómo no, un punto de fricción social, de controversia urbana. Algunos ciclistas prepotentes e ineducados frente a quienes, en el fondo, creen que lo natural es ir en coche (tengo para mí que cuanto más preponderante y abusivo es su uso, más subdesarrollado es el lugar). En medio, la mayoría normal.

Un ejemplo de abuso. Ayer lunes, una pareja emula a Katharine Ross y Paul Newman en Dos hombres y un destino mientras sonaba Raindrops Keep Fallin’ On My Head: tardecita dorada de otoño; ella repantingada, sentada en el manillar, con sus piernas de eventual ariete, apoyada en el pecho de él, que conduce. Ruedan su amor por la acera. Un abuelo sale de una cafetería con su nieto, en babi. Las piernas de la chica topan, menos mal, al abuelo, y lo hacen caer; ella también cae. El hombre, aturdido, les recrimina, sólo constata lo obvio: “Esto es una acera”. La pareja lo insulta sin argumentar: “Vete a tomar por culo, viejo”. Se recomponen y se van, ensoberbecidos. No saquen las uñas, compañeros ciclistas: esto es un ejemplo excepcional. Pero no del todo, seamos claros.

Pasemos de un ejemplo a una sentencia. Un tribunal ha condenado a un ciclista a pagar los daños producidos a un coche al cruzar por un paso de cebra. No le adjudica el derecho de ir por lo que es para los peatones -Del latino pedonis, pie-. De cajón. A la gente no se le enseña con decálogos: eso lleva tiempo. Con sentencias, sí. Miremos la cara B, la de quienes de esto hacen un mundo, cuando si hay algo peligroso en la circulación son los coches. Seamos claros también en esto. Continuará, seguro.

Rota, Spain

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:47

Si has veraneado de pequeño en aquella Rota, es difícil odiar al yanqui al modo en que suele hacerlo cierta izquierda clerical española, ese sustitutivo de los sermoneadores con sotana, siempre prestos a la práctica del adagio “públicas virtudes, vicios privados” (por cierto, muy propio también de la derecha clerical. Coincidencias). Llegar a Rota suponía desplazarse apenas cien de kilómetros, y un mundo entero sin embargo. En una España setentera que no acababa de sacudirse el miedo cerval a la autoridad, llegar al pueblo gaditano menos gaditano tenía mucho de Show de Truman, de escenario increíble: latas Cherry Coke; gorras con el anagrama de los Nets, balones tricolor de baloncesto, coches interminables empanelados en madera, mujeres descalzas en shorts vaqueros, soldados haciendo riffs por Jimi Hendrix con sus Fender en el interior de destartalados chalés con barbacoa, sectas que te invitaban a merendar, discos de Frank Zappa, raquetas Wilson metálicas, broncas de soldados beodos que acababan lanzados por un gorila de la pick-up en una camioneta, prósperos puticlubes que no daban abasto cuando arribaban el Saratoga o el Nimitz, kétchup y mostaza, enormes pizzas. Orgásmico. Nada de eso, ni similar, había por aquella España en la que el cadáver del dictador aún podía revolverse.

Ustedes dirán que la propia líder regional de Podemos, Teresa Rodríguez, es de Rota y sin embargo tiene gran callo en manifestarse frente a la verja del origen de todos esos males imperialistas, la base militar americana. Es una cuestión generacional. Rodríguez no vivió, por edad, aquella Rota en que los americanos vivían en el pueblo, antes de que la crisis del petróleo y los preludios de islamismo armado recluyeran a los soldados y sus familias en la propia base. Allí se acabaron las ferias “de los americanos”, con chicas de camisetas mojadas que caían a una piscina si atinabas con la bola en una diana, o Pontiacs que podías destrozar con una machota durante unos minutos por un módico precio. Allí se comenzó a reducir el consumo de esos soldados y funcionarios en el pueblo, y, ay, el trabajo de cientos y cientos de roteños dentro y fuera de la verja. En esa época en que los americanos redujeron el contingente de sus tropas radicalmente, Rodríguez -valga ella como referente- no habría nacido. No lo vamos a negar, de EEUU nos llegó buena parte de la modernidad y la cultura que quien suscribe valora como un tesoro vital. Por eso, miren qué subjetivo, desde aquí deseamos que hoy elijan a un presidente que les venga bien. O si puede ser, una presidenta [Este artículo se escribió el día previo a las elecciones USA 2016]

Borrell, el egregio timado

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:42

“El ex presidente del Parlamento Europeo denuncia una estafa millonaria por parte de unos falsos bróker globales”

“No hace falta ser un humilde campesino: al gran Borrell lo han timado como a un primo”

Hace diez años fueron intervenidas Fórum Filatélico y Afinsa, dos empresas de “inversión en bienes tangibles”, que así se llamaron algunos chiringuitos financieros enmoquetados y con ambientador costeado y corbatas muy alegres que acabaron tomando los ahorros de muchas personas para salir con ellos huyendo. Devastaron muchas economías modestas cuyos titulares creyeron lo que les decía un hijo espabilado y estudiado o, sencillamente, se apuntaron al dinero fácil que un vecino fardón decía haber ganado con la punta del azadón. Ya conocen el resto: todos obtuvieron durante un tiempo una rentabilidad irracional, hasta que la pasta se esfumó y muchos quedaron sin blanca. Creyeron que los sellos –otros, que los árboles madereros y sostenibles en algún exótico país— les iban a hacer rico porque, ya se sabe, los sellos se revalorizan que es una barbaridad. A otros les pasó con las casas y oficinas, en una estafa más macroeconómica y a gran escala. En todo caso, hace falta la complicidad de un incauto, un ignorante o, sencillamente, de un humano víctima de la codicia. Eran tiempos en que los grandes bancos te prometían más del diez por ciento al año si les confiabas más de medio millón de euros. Si no los tenías, como es normal, ellos te los prestaban. Con el tiempo, las rentabilidades y el propio valor de la inversión desparecían, y el préstamo quedaba robusto cual pino junto a la ribera. Historia contemporánea de España.

Sobre aquella estafa filatélica, hace poco vista para sentencia, mucho se cargaron las tintas acerca de la ignorancia y la ruralidad de los estafados. Pero eso es un prejuicio facilón. Supimos también de propietarios de empresas cotizadas a los que levantaron con mayor prosopopeya y exclusividad tres o cuatro millones de euros. Con todos sus asesores y consejeros áulicos silbando. Dentistas e incuso economistas que se quedaron tiesos y con la cara de quien se queda sin silla en el juego del corro y la música que de pronto se para. Se les acabó el concierto del ladrillo en eterna revalorización, sobre plano y tal. Y ahora, en esta misma semana, hemos conocido que uno que fue ministro de Obras Públicas, aspirante a presidente del Gobierno y a la postre presidente del Parlamento Europeo, ingeniero y masterizado en la crema más dionisiaca de la formación profesional, tenido por muy brillante y sagaz, además de catalán y llamado Josep Borrell acaba de ser timado. Sin traje de pana, ni boina ni dedos como boniatos. Tenía unos eurillos –150.000, por ser precisos—que podía invertir, y se dejó embaucar por una agencia virtual extranjera. Así leído, manda muchos zigotos. Pero es así. Ha denunciado que le dieron biberón bueno durante unos meses y, de pronto, sus brokers globales se dieron el bote, se esfumaron. Los bancos gestores se encogieron los hombros ante el pánico del egregio timado: “Aquí no hay ‘na’, Sr. Borrell, yo que voy a saber ni saber”.

Se nos ocurren dos lecturas más o menos moralizantes sobre este suceso algo desternillante. La primera, que Borrell obtuvo varios de cientos de miles de euros por su –gira la puerta, gira—pertenencia al Consejo de Administración de Abengoa. Si ese Consejo no se percató de la ruina larvada y que ya supuraba de la tecnológica, esas dietas galácticas sí ayudaron a abrir el hoy del que poco a poco saldrá la compañía (que ya será otra, mucho menor). Y segundo, la moraleja clásica, que enunciamos en palabras de un amigo, a la sazón inspector de Hacienda: “La avaricia suele romper el saco. O dicho de otro modo, nadie da duros a pesetas salvo los timadores”. Un pecado capital. Que te deja el capital hecho unos zorros, vaya.

Recortar o gravar, no hay otra

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:39

Con apariencia de no estar tragándose un sapo amazónico ni tampoco de tener un desahogo de proporciones bíblicas, el portavoz de PSOE en el Parlamento, Antonio Hernando, ha dicho esta semana que se equivocó al mantener tercamente, duramente un año y ante la investidura de Rajoy, aquello de “no es no, Sr. Rajoy” y “Qué parte del no no entiende, Sr. Rajoy”. Se equivocó, obvio es, porque al final su partido se abstuvo y desbloqueó una situación institucional pública -y privada, de rebote- que ha hecho mucho daño a nuestra economía. Y nos ha puesto en una difícil posición ante quienes tienen el grifo de la financiación, del maná de las ingentes ayudas públicas y, también, de las sanciones por incumplimiento de lo pactado: Bruselas, la Comisión Europea, Europa. Erre que erre, en esa misma comparecencia, el ínclito Hernando, sin empacho, ya decimos, ha dicho que ve imposible que el PSOE apoye al nuevo Gobierno en la aprobación de presupuestos. Lo dijimos aquí la semana pasada: los presupuestos -su confección, su aprobación y gestión- son, en este momento crítico de nuestra historia, la política. Buena parte del resto es politiqueo, pose, trile, moralina, contienda, pugilato improductivo, barroquismo, chupada de cámara. Los presupuestos son la base y la guía de la acción política, también son la plasmación de la ideología de quien gobierna o el resultado de la negociación entre partes. Y va Hernando y dice que qué parte del no con respecto a los presupuestos -que aún están por conocerse, ésa es otra- no entienden el Sr. Rajoy y sus secuaces. Al refranero: hemos hecho un pan con unas hostias abstencionistas; para este viaje gubernativo no hacían falta estas alforjas de un PSOE en horas decisivas. Hubiéramos ido al tercer rempujón electoral y nos habríamos evitado el paripé. Porque quizá, si como dice va a bloquear el PSOE los presupuestos, en verano del año que viene estemos otra vez votando.

Porque se necesitan todas las manos, todas. O casi: al menos las que hagan factible la gestión de los ingresos y gastos públicos (por ejemplo, las del partido de Hernando, el PSOE). La situación es dificilísima, por mucho que Montoro al tomar posesión nos dijera un “Ea, ea, ya va a pasar, lo peor ya pasó”. Para bosquejar el panorama -panorama de lo más presupuestario- permitan la síntesis metralleta: España tiene una deuda que sobrepasa la línea crítica del 100% del PIB, ha consumido su hucha de pensiones, tiene poco recorrido para subir impuestos -salvo que creamos que, como afirma Podemos, de esto nos salvan las grandes fortunas-, no cumple con los objetivos de déficit ni en los periodos de mayor crecimiento reciente (2015), ha realizado enormes recortes en política social, sanidad y educación. Nuestro crecimiento es más exógeno que endógeno, o sea, es más mérito de Draghi (barra libre financiera y compra por parte del BCE de cualquier cantidad de deuda pública) y de los precios del petróleo, bajo mínimos. Por otra parte, cabe hacerse dos preguntas. Si no amortizamos deuda cuando crecemos, reduciendo su siniestro montante total, ¿cuándo lo haremos? Y, si subieran los tipos de interés, artificialmente bajos, ¿qué podría pasarle a esa deuda, a los vencimientos de su carga financiera? Como suele decirse, el plan es todo menos bonito. Las alternativas de gestión -o sea, presupuestaria- son tercamente dicotómicas: o recortamos o subimos impuestos. (O si practicamos el optimismo coelhiano, el wishful thinking que nos vende un Montoro repentinamente compasivo y padrazo, creeremos que un crecimiento exuberante a corto plazo va a dar para, a saber: rellenar la famosa hucha, recortar la deuda pública y los impuestos, reestablecer prestaciones sociales… y todo eso. Moc-Moc.)

La ley nuestra de cada año

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:35

“Tras la formación de Gobierno, urge negociar dónde se gasta e invierte: ésa es el verdadero basamento del resto de la política”

“Será prosaico, pero lo más importante de esta investidura es poder hacer presupuesto”

Cuando esto se escribe, se da por hecho que a la altura de hoy sábado tendremos a Rajoy investido como Presidente de un nuevo Gobierno, todavía por componer. Si por algo es necesario el desbloqueo de una situación de interinidad de la mayor autoridad del Estado que ha durado prácticamente un año y costado dos elecciones, es por volver a hacer presupuestos (PGE). Es decir, por hacer el gran plan de ingresos, gastos e inversiones del Reino de España. No se trata sólo de cuadrar unos estados financieros, que ya es algo ciclópeo si se trata de todo un país, sino de trasladar los programas políticos a las posibilidades y a las cifras, de dar aquí y recortar allí, según la ideología del partido gobernante, y no menos la fuerza de las circunstancias, en muchos casos tan imperiosas que el pragmatismo da bocados al territorio de los programas y las ideas. La economía de un Estado depende críticamente del presupuesto público (aunque las dos partidas fundamentales de gasto, Educación y Sanidad, están mayoritariamente concedidas a la esfera autonómica, esas dos sartenes las agarran al alimón el Estado central, que es el manijero del la gran dinero a transferir, y el autonómico). Por eso, a pesar de los bailes de salón –sobre todo en el salón de Zarzuela donde Felipe VI ha recibido inútilmente a los cabezas de partido–, las negociaciones sin voluntad de acuerdo, las reuniones en falsete, las aspiraciones personales mal encubiertas, la guerra por las lindes de la izquierda y la derecha, toda esa parafernalia infértil para los ciudadanos ha estado a pique de un repique de crear al país una situación de alto riesgo económico y político, sobre todo con respecto a los escrutinios de la Unión Europea. Tanto por la preceptiva renovación de los presupuestos del ejercicio anterior como por las brutales sanciones y multas que nos podrían caer desde esa Europa, de la que somos miembros veteranos.

Los PGE tienen rango de ley. Eso no es decir poco, sobre todo si tenemos en cuenta que es la única ley obligatoria en cada año de gobierno. Es la ley nuestra de cada año, el cuerpo normativo más ejecutivo, nuestro padrenuestro como Estado y país. Tan es así, que si los presupuestos no se aprobasen –cosa que es posible con el actual ‘statu quo’ parlamentario–, no habría otra que convocar nuevas elecciones. Aunque puede ser modificado a lo largo del curso, el presupuesto público es la hoja de ruta esencial acerca de qué hace y quiere hacer un Ejecutivo. Por eso es apasionante –y también preocupante—el proceso de negociación continua por la composición del presupuesto que ya se ha desencadenado en el debate de investidura esta semana: las ofertas que Rajoy se ha sacado de la chistera de pronto, como la relativa a la reforma en Educación o a la financiación autonómica, gran guiño a la Junta de Andalucía. El protagonismo redivivo del PNV y su campechano Esteban, que dice –te tienes que reír—que el Gobierno vasco “no cambia estampitas”… ¿qué ha hecho siempre, entonces? Las condiciones de Ciudadanos. Todo un melón por calar, pero es en la fase del toma y daca para sacar adelante el presupuesto donde la política se hace más real y menos teatrera. Y, ojo: Rajoy se ve obligado a ser generoso a diestro y siniestro, pero la Comisión Europea lleva muchos meses anunciando severísimas sanciones a España por no controlar déficit, el déficit presupuestario. En funciones e interinamente, no se han hecho con diligencia al parecer los deberes comprometidos. Ahora, la inestabilidad gubernativa choca de frente con el control del presupuesto: los intereses de partido suelen estar por delante de los nacionales. Será una legislatura corta, donde quizá se haga poco más que unos nuevos presupuestos.

Ventajas privadas, públicos riesgos

Tacho Rufino | 30 de noviembre de 2016 a las 12:32

“Como la Armada Invencible frente a las goletas inglesas, la gran banca sufre a las ‘fintech’”

“En vez de concentrarse, la banca tradicional debería trocearse y diversificar”

Las cosas grandes tienen ventajas que no tienen las chicas. Y viceversa: hay asuntos en los que lo pequeño es bello, mejor. En empresa, la gran ventaja de las compañías muy grandes es que la gran escala productiva, comercial y financiera produce una mejor estructura de costes, más eficiente a la hora de repartir el coste fijo entre una mucho mayor producción. Es a lo que llamamos, precisamente, economía de escala. Es éste un beneficio que disfruta la propia compañía, y no necesariamente –ni mucho menos— se repercute ese menor coste en un menor precio para el consumidor de sus productos. En el otro lado de la balanza, el inconveniente más claro de las grandes compañías es, sin embargo, un hándicap que no sufre la propia compañía, sino que soporta tanto la clientela como, a unas malas, todo el entorno económico del cíclope que, eventualmente, hincare la rodilla en tierra. Lo negativo de la gran corporación es el riesgo de que fracase, de que quiebre, creando efectos devastadores sobre empresas proveedoras, subcontratistas, acreedores y clientes. Y no sólo sobre ellos: las llamadas ‘demasiado grandes para caer’ son un grave riesgo para el sistema social, económico y político. Las víctimas inocentes serían multitud. Por eso no caen, porque sus pérdidas se socializan, de una forma más o menos evidente o expresa. Y por eso las muy grandes juegan con ventaja y mimo político, por eso tienen agarrado de sus partes al mencionado entorno económico. Por eso pagan impuestos ridículos o directamente nulos.

El esquema descrito es perfectamente aplicable al sector financiero, a la banca en concreto: las ventajas de ser grande se quedan en la compañía, los riesgos de serlo se trasladan a la sociedad (también a sus accionistas, sobre todo a los más desavisados y minoritarios). Por eso la única solución para evitar este juego de ventaja es obligarlas a no ser tan grandes, en contra de la concentración tipo “pez grande se come al chico” que proponen FMI y BCE. Esto no lo dice Pablo Iglesias y ni siquiera Stiglizt o Krugman. Lo llevan diciendo mucho tiempo no pocos analistas y profesores insignes de insignes universidades. Recientemente, se abierto al gran público el debate sobre la cantidad de bancos que hay en la UE en un mercado menguante o estancado y con unos tipos de interés que hacen difícil conseguir rentabilidades de las operaciones tradicionales. La aparición de competidores con otro modelo de negocio más especializado, tecnológico y enfocado (los llamados ‘fintech’) es otro forúnculo en salva sea la parte para la gran banca de toda la vida, cual Armada Invencible frente a las ágiles fragatas inglesas y la tempestad. La presión que ésta ejerce sobre los poderes públicos para que se fuerce a que los grandes absorban a los demás es grande. Son demasiado grandes para caer, ya se sabe: cuidado conmigo. Como llama a la gran banca ‘tradicional’ Xavier Vidal-Folch: “tartanas cargadas de personal y sucursales”.

Como hemos dicho, es el modelo de negocio la clave. O lo que es lo mismo, el paso de los tiempos y la evolución de las actividades financieras. Las ‘disrupciones’ en la práctica bancaria, si quieren decirlo en plata técnica. Las innovaciones y la modificación de la estructura de la competencia. La banca tradicional, la grande, se ve lenta y pesada, con exceso de capacidad en metros cuadrados cara al público y personas empleadas. Debe facilitarse y promoverse que se troceen y diversifiquen ellas, apechugando con su gran riesgo, en algunos casos ‘sistémico’. No debe ser el contribuyente quien pague nada más. Ya está bien. Es el caso del Deutsche Bank, comentado aquí hace dos semanas, amenaza con reproducir la hecatombe que desencadenó –que no causó: ayudó a explotar y dio expansión— Lehman Brothers.

El ‘running’, ¡una forma de opresión capitalista!

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2016 a las 12:58

JUAN debió nacer antes de la guerra; había sido camionero, después fue conductor de un empresario, hasta su retiro. Sus manos eran zarpas de oso, su cuerpo algo simiesco; su pasión por las mujeres, tan bruta como sincera. Y Juan odiaba a la gente que corría por la calle sin necesidad: “Con una espiocha los ponía yo a abrir zanjas”. Correrían los últimos 70, y algunos adelantados importaban de Estados Unidos la moda de correr por la calle, entonces footing. Eran tipos extravagantes, muy mayormente hombres. Algunos, por novelería o por conseguir ser exclusivos por el precio de unas zapatillas, nos dimos al arte de la carrera urbana.

Juan ha debido de morir ya, pero se revolvería en la tumba si viera el éxito arrollador de lo que ya se llama running después de un tiempo de denominarse jogging: tejidos técnicos, tecnología del pie, vendas preventivas y paliativas, gafas y mallas técnicas, relojes conectados a apps y satélites, calcetines de elastano, pulsómetros, podómetros, auriculares marcianos, complementos alimenticios, estilismo capilar y depilatorio (el negocio está en tremenda emergencia y volumen). Juan los llamaría a todos ellos maricones; a ellas, prefiero no elucubrar. Pero no son los tiempos de Juan el chófer. Son tiempos de hazañas extenuantes los sábados, de superación personal, de maratón solidario, en algunos casos de exhibicionismo, de hacer pandi temática. A uno, retirado a la elíptica, el carril bici y el sendero con botas -otra nenaza para Juan, seguro- le parece bien todo lo que no salpique o moleste ni sea muy ostentoso en hazañas de correr por la calle y andar por casa.

Pero hay quienes han detectado la maldad inducida del running. Es el caso de Luis de Cruz (Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad posindustrial, Piedra Papel Libros). Sostiene De Cruz que, guiada por una mano global, omnipotente y oculta, la promoción del running es un instrumento de opresión que nos lleva hacia el individualismo, la competencia extrema y la cultura del emprendedor-depredador. Por lo visto, los deportes sirvieron a los británicos para ubicar socialmente a los indígenas, y para sacar a las clases industriales de la tasca o el sedentarismo. Ahora la mano negra aprovecha la vanidad y el gregarismo, siempre según la tesis del libro, para perpetuar los principios del poder capitalista posindustrial, digital y en red. Realmente, uno no cae en nada en asunto de creación de tendencias, de lavado de cerebros y manipulación posindustrial. Qué ceguera la nuestra. Juan sí intuía cosas. Leer el resto del artículo »

“El fraude fiscal es cosa de españoles”, no de catalanes

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2016 a las 12:53

EL complejo de superioridad consiste en sobrevalorar las cualidades que se tienen al tiempo que se ignoran los propios defectos o se es indulgente con ellos. Aseguran los que saben que el sentimiento de superioridad suele convivir con el de inferioridad en una misma persona, como dos caras de una misma moneda, y también que quien experimenta tal síndrome tiene expectativas excesivamente altas sobre lo que uno puede lograr, con lo que la frustración acecha. El acomplejado de superioridad suele ser extravagante o snob, vanidoso, sentimental y vulnerable. También la padecen los grupos humanos aglutinados alrededor de una ideología, una religión o una patria. Suele decirse que la izquierda se atribuye una superioridad moral, y quizá henchidos asombrosamente de ella un grupo de energúmenos de izquierdas reventaron hace unos días un acto universitario cuyo ponente era Felipe González. La derecha clerical también se ha sentido aquí durante décadas por encima de cualquier individuo que no comulgara con sus creencias e imposiciones sociales. La Inquisición hacía gala de una superioridad moral basada en superchería, manipulación y extrema crueldad con quien, siéndolo o no, era declarado infiel o desviado por un siniestro sacerdote, que así ejercía su cruel dominio. Qué decir del complejo de superioridad del nacionalismo contemporáneo español.

Esta semana, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, nos ha regalado una sublime perla en este plan: “El fraude fiscal es un problema de España, no de Cataluña”. Que no nos enteramos bien, caramba. Que “los españoles” no sólo vamos a robarles, de la mano de un Estado pirata, a sus casas y negosis, sino que lo hacemos porque somos mangantes de condición, también con la Hacienda Pública. Mientras el catalán, al modo romántico de la Constitución de Cádiz, es, según cree Puigdemont, justo y benéfico. Picado en un debate del Parlamento, replicó a un diputado del PP con la soberbia -o sea, con superioridad acomplejada-de un visionario erigido en receptáculo de la bondad ontológica de un pueblo: “Cuando seamos independientes, el fraude fiscal se reducirá un 40%”. No nos quepa duda de que tras tal porcentaje sacado cual conejo de chistera hay algún doctor en derecho o economía tan mágico como afecto. En un derroche de percepción selectiva, olvida que son -Maragall dixit- los campeones del arte del 3% de comisión por otorgar obras y servicios públicos. O que su conducator sumo, Jordi Pujol, es un gran defraudador. Tan español.