65 horas: cangrejos por la flexibilidad
Muchos creíamos, en nuestro despiste, que la jornada laboral española era de una media de 40 horas semanales, aunque en realidad es de un “máximo” de 48, con cierta variabilidad según el sectorde actividad. Hubo un tiempo pasado no remoto en que se habló seriamente de las 35 horas semanales, no sólo en España, sino en toda la UE. Eran sin duda otros tiempos: los tiempos de bonanza tienden a la mejora social; los de crisis, a lo contrario: el mantra de la flexibilidad y la reforma estructural ataca de nuevo desde muchos frentes. Quizá a usted también le haya sorprendido el proyecto europeo (sobre todo auspiciado por los ingleses, los padres del fin de semana a mediodía del viernes: ellos siempre llevando la contraria en su “splendid isolation”) de aumentar el horario laboral hasta un máximo de 65 horas mensuales. Seguramente alguien habrá pensado que el Día de los Santos Inocentes había cambiado de invierno a verano. Otros, en diversos medios -progresistas y conservadores por igual-la han llamado “broma de mal gusto“, “bofetada al sentido común” o nueva ofensiva de los ingenieros sociales del “laissez faire” versión ”hard core“ (disculpen el alarde políglota).
Aunque tiene un arsenal de razones que pretenden justificarla (ver), la medida va sin duda en contra de los logros sociales obtenidos en Europa durante, podemos decir, siglos. Se trata de sortear y puentear la negociación colectiva, de potenciar la negociación individual trabajador-empresa y de liberalizar las horas extras, hasta niveles salvajes, como sucede con los médicos y sus guardias.
La conciliación familiar y laboral comienza, pues, a ser considerada un exceso derivado de las vacas gordas, un privilegio que nos hace “poco competitivos” frente a las economías emergentes. Como cangrejos sociales amparados en la sacrosanta máxima de la flexibilidad laboral, caminamos para atrás si esta iniciativa va para adelante. A mí me salen, con 65 horas semanales, la bonita cantidad de más de nueve horas diarias todos los días de la semana, del mes y del año. Los nuevos garimpeiros, la economía de guerra con el ejército de la mano de obra siempre de guardia… tras dudar un minuto, escribo la palabra esclavitud, aunque ésta sea negociada vis-a-vis, asumida como Fernando Fernán Gómez que no deseaba ser manumitido en la película Stico. Sin llegar a este extremo -sobrevolando lo demagógico, ok- sí cabe recordar otras fabulosas películas que nos recuerdan cómo hemos llegado hasta aquí (Tiempos modernos, Novecento).


