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Friburgo recurrente

Tacho Rufino | 24 de julio de 2012 a las 19:49

Friburgo, 25 años más tarde“, León Lasa, marzo de 2010:

(…) “Durante todos estos años, en especial los que van desde 1994 hasta hace relativamente poco, y muy particularmente desde la entrada en la moneda común, hemos experimentado una suerte de estado de euforia evanescente que, tanto a título particular como nacional, nos ha llevado a creer, sin duda erróneamente, que habíamos dejado de ser ni siquiera la sombra de lo que siempre fuimos. Con la estulticia propia del nuevo rico, mirábamos casi con desdén a quienes nos sufragaban muchos de nuestros excesos. Nos hemos despertado de golpe y porrazo y al final, tras ese tránsito efímero por las sendas de la prosperidad, nos enfrentamos a una realidad que, como un bucle permanente, nos lleva de nuevo al principio, al estado en el que las cosas estaban cuando uno, cateto y juvenil, caminaba despreocupado con un cuarto de siglo menos por la Munsterplatz. Ahí me encontraba, saboreando una jarra de la cerveza local Ganter a un precio ajustado (en los últimos diez años la inflación española ha triplicado a la alemana… pero gozamos de su misma moneda; ¡qué listos somos!) cuando leí en el Badische Zeitung (www.badische-zeitung.de) la noticia de que, ya sin tapujos, tanto el ministro de economía alemán como la canciller Merkel declaraban que el socio que no fuera capaz de cumplir con las reglas del euro podría y debería ser expulsado. Miré la inmensa torre gótica que domina toda la plaza y me pregunté si en mi próxima visita a Friburgo, al cabo de unos años, no tendría que, como en aquellos días, acudir a una casa de cambio antes de comenzar el viaje. Añadiría entonces tristeza a la melancolía.”

Quien esto escribió hace dos años largos, León Lasa, se dispone a volver a Alemania, Friburfo incluida, aunque ahora acompaña en su calidad de consejero al Real Betis en su stage veraniego en ese país. Hace 27 años viajó a Friburgo con pocas pesetas que debía cambiar por unos carísimos marcos; hace apenas tres, se veía con una cerveza bastante asequible en una terraza de Friburgo, rodeado de turistas entre los que abundaban los españoles que no reparaban en gastos. Quién sabe si, con las estremecedoras y acongojantes noticias de hoy, no le pillará allí el rescate con intervención y suspensión de derechos políticos de los españoles. La antesala de la voladura del euro tal como se concibe hoy. El domingo, por cierto, pude leer cómo un analista –quizá político– alemán pronosticaba y hasta recomendaba la convivencia del euro –para devolver la deuda exterior griega sin merma para el acreedor alemán o francés– y el dracma –para pagar salarios y para las transacciones domésticas. Que España no es Grecia se ha dicho hasta la saciedad. Pero por mucho que se diga, las diferencias de tamaño y estructurales pueden muy bien no ser capaces de impedir que se nos trate de una manera casi idéntica. Prost!

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‘Deutschland über alles’, sí, pero dentro de un orden

Tacho Rufino | 13 de septiembre de 2011 a las 19:02

El magnífico himno alemán, cuya melodía es de Haydn, en algún verso de su penúltima versión proclamaba a “Alemania sobre todo” lo demás (“Deutschland über alles”). Una frase patriótica más, típica de cualquier himno (que tenga letra), aunque en alemán inquieta un poco. Pero no pretende afirmar que Alemania debe estar “sobre todos” los demás. Los alemanes, es cierto, son superiores en estos momentos. Han exportado de forma sobresaliente con el euro caro. También lo han sido en otros, y en no pocas cosas. Y sin duda no carecen de razones para pedir el puesto de manijero de la actual pandilla comunitaria. Pero no se aclaran. Ni parecen querer ver el partido al completo.

Merkel da la de cal ante sus huestes ensoberbecidas por la idea de que Alemania está siendo frenada y abusada por buena parte de Europa, y la de arena cuando debe tratar con sentido común los asuntos comunitarios en las cumbres gubernativas, ya sin necesidad política de inocular el populismo simplificador en vena. Alemania no quiere eurobonos, pero Alemania no quiere perder el euro con que ha ganado más poder económico que nadie. Alemania no quiere reestructurar deudas, a pesar de que la deuda griega, por ejemplo, la asumieron masivamente bancos y fondos de inversión privados alemanes y franceses cuando ya Grecia mostraba señales de reventón inminente: ¿por qué no se comen el impago esas empresas privadas? Porque eso afectaría a toda la Unión muy seriamente, con Alemania a la cabeza. Alemania no quiere adelantar el pago del rescate griego ahora, pero tampoco quiere que Grecia entre definitivamente en bancarrota. Alemania quiere ser líder indiscutible, e incluso con derecho de veto de su Bundestag en los asuntos comunitarios, pero Alemania sería menos Alemania sin la Unión Europea, que tiene unos tratados en vigor que no pueden ser remendados a instancias de una sola parte. En Alemania hablan de crear los Estados Unidos de Europa, pero la Alemania oficial no quiere discutir la renegociación de los tratados de la UE. Merkel debe mandar a callar a sus ministros, que dicen lo que el alemán medio quiere oír porque se ha acostumbrado a una verdad más que discutible, aquélla que dice ellos dan mucho a cambio de casi nada. Pone mucho la pila y la vena del cuello el sentirse superior. Pero la superioridad lo es en lo que lo es, y no da derecho a hacer y deshacer al antojo del tenido por superior en cualquier asunto.

Alemania exige una serie de sacrificios presupuestarios a países como el nuestro, en forma de límites del déficit y la deuda pública, pero Alemania ha sido la campeona del incumplimiento cuando la economía iba aparentemente muy bien (hasta hace tres o cuatro años): hicieron los deberes antes, pero en contra de los criterios establecidos por todos. Mientras, aquí, país europeriférico donde los haya, sí se cumplieron las normas. O sea, que sí, Alemania es el motor de Europa, podemos convenir que sí. Pero sobre cualquier otra consideración –über alles– es el motor de Alemania. Decir que es lo que es a costa de su saldo comercial tremendamente favorable con el resto de la Unión es tan parcial y tendencioso como afirmar lo que muchos dan por verdad de fe en el país del Gran Germano: que Alemania tiene una rémora en Europa, y que esto le da derecho a imponer políticas destinadas únicamente a reducir el peso y la capacidad de acción pública, generando unas masas de desempleados que están por venir a la vuelta de la esquina con estas políticas convertidas en dogmas.

Alemania es cada día más euroescéptica, pero también Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia. Y también, por otros motivos, Finlandia. Y también lo es desde siempre Gran Bretaña, en su nueva forma de la tradicional splendid isolation. El euroescepticismo crece a ritmo acelerado en la propia Europa. La amalgama de estados diversos con el ligante llamado euro funcionó mejor que bien a favor de corriente. Pero funciona nada bien en contra de la corriente. Y el daño de una ruptura o una parálisis negociadora sin fin haría tanto daño a Alemania como a Grecia. Los eurobonos (la materialización de la solidaridad europea, un debate que cada día se parece más al interregional en España centrado en las balanzas fiscales) y una armonización fiscal urgen. Hagan caso a Almunia cuando advierte –sin mencionar a Alemania, pero mencionándola—de que “algunos no se dan cuenta” de que el daño es para todos y no hay ningún culpable exclusivo (desde luego, la golfería presupuestaria griega –que, repetimos, pasó inadvertida a grandes inversores alemanes—es dolosa). Y a Roubini: “Alemania tiene que ayudar, invertir y estimular a la eurozona. No puede quedarse en la profesora que cumple y exige, porque mientras ella exporta y resiste a un euro tan fuerte, las economías más débiles tal vez no vayan a sobrevivir”. Y la arrastrarán de una u otra forma. España, por ejemplo, ha hecho y hace sacrificios que no se traducirán en absoluto en generación de empleo. España hace sacrificios para restaurar la confianza de los mercados. Ayudaría a restaurar tal confianza de dichos mercados financieros la anuencia comunitaria a emitir eurobonos más pronto que tarde. Y eso es cosa de Alemania. No se puede apretar hasta ahogar como la institutriz de la pobre Clara de Heidi, que no recuerdo cómo se llamaba.

Elabore su receta presupuestaria

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2011 a las 17:04

MARÍA Dolores es la más fuerte del Partido Popular. La puesta en escena de la visibilísima presidenta de Castilla-La Mancha (y otros cargos, veremos en dónde acaba), el pasado miércoles, ha sido deslumbrante, e incluso acongojante: envida a la grande Cospedal, y se propone reducir el gasto público ¡en un 20%! Quién nos iba a decir que la de natural austera y periférica región manchega iba a ser el objeto de todos los focos preelectorales y la madre de todos los planes de austeridad por venir (demos por hecha la victoria popular en noviembre). Entramos de lleno en los dominios de la política fiscal, la única política económica posible hoy. En cómo el aspirante a gobernar lanza sus mensajes a los ciudadanos, buscando ese equilibrio -¿equilibrismo?- que los partidos se ven forzados a encontrar entre el su sustrato ideológico y la necesidad de gustar -o no disgustar- al gran público votante. Tras advertir Cospedal de la “bancarrota” en que encontró el PP las arcas autonómicas manchegas, la combinación de variables de política presupuestaria que se recete para La Mancha es la que esencialmente se cocinará a nivel estatal de forma más compleja.

Después de ofrecer al alimón PP y PSOE sacrificios a Alemania y a los inversores financieros abriendo la caja de Pandora de la reforma constitucional (el nacionalismo parlamentario ya pide el derecho a la autodeterminación por la misma vía), el acuerdo sobre política fiscal ha quedado ahí… y en que todos defienden el mantenimiento del gasto social: faltaría más a tres meses de las elecciones y con unos 5 millones de parados oficiales. Muchas posibilidades de manejar los presupuestos públicos no hay. Reducir el gasto y/o aumentar los ingresos. Para lo primero, el recorte vía amortización de personal, reducción de salarios públicos y mutilación de inversiones en infraestructuras son de efecto inmediato. Cospedal, aparte de otras medidas más cosméticas, anuncia esta receta, y de forma drástica: si no, no sale ese 20% ni haciendo malabares. Los planes de eficiencia en la gestión pública quedan para las grandes palabras: llevan tiempo, concienciación. Y mano dura, coerción y perseverancia. Sin embargo, la cirugía exprés merma el nivel de empleo, provoca la contracción del consumo privado y público, más un paralelo aumento de los costes sociales, por coberturas de desempleo (España paga 2.500 millones de euros mensuales por este concepto), subsidios y otras ayudas. El recorte, pues, produce ahorros, pero también supone costes, y atonía económica.

Hay pocas vías para aumentar los ingresos públicos. Primera y muy silenciada, evitar las fugas de ingresos mediante formas de economía sumergida. Hoy, con la que cae, la coartada es ubicua: “Antes que Hacienda está mi familia”, decimos antes de abrir el grifo y ver que, aleluya, sale agua, o antes de coger el coche para ir en autovía sin peaje a pasar el finde. El fraude fiscal y la economía sumergida -la de subsistencia y la pícara- son enormes en España, y son puro presupuesto público evaporado. Segunda, aumentar los impuestos al consumo: subir el IVA, o la gasolina, la cerveza o el tabaco. Que en su conjunto -más allá de maquillajes: la presión fiscal por este concepto- los impuestos indirectos no subieran en los próximos años sería milagroso. Si bajan, nos quitamos el cráneo, como diría el Don Latino de Luces de bohemia. Tercero, la vedette fiscal: los impuestos directos, los que gravan las rentas del trabajo y el capital de las personas y empresas. Se pagarán más multas, y más por contribuciones urbanas y por sellos de coches: a ver qué ayuntamiento los baja. Y las clases medias pagarán por IRPF como mínimo lo mismo que actualmente. En un mitin te dirán lo de “los ricos” pagando más -pero, ¿de cuándo ha pasado eso, por Dios?-; en el de enfrente, que bajarán los impuestos. Veremos. ¿Qué haría usted si su hacienda fuera la Hacienda española?

Los frutos de la conciencia

Tacho Rufino | 27 de agosto de 2011 a las 20:51

COMO sucederá a muchos al reencontrarse con la realidad la semana que viene, ésta ha sido una semana de grandes propósitos de la enmienda, aunque en versión institucional. Con la limitación del déficit del Estado según dicten los oráculos comunitarios, Zapatero y Rajoy van a comprometer ad aeternum la capacidad de acción fiscal de sus partidos cuando gobiernen. Un compromiso, desde luego, más vinculante que el que adquiere uno pagando la matrícula y tres meses por adelantado en el gimnasio al inicio del nuevo curso, o cuando se dispone, como todos los septiembres, a comprar fascículos de cursos de inglés, aviones de guerra o piedras preciosísimas a dos euro la pieza. Nadie duda de que Alemania y, en menor medida Francia, han exigido al aún presidente que tome esta medida a la voz de ya. A ejecutar esta nueva cesión de soberanía… y gracias. La prensa alemana no para de dar ideas para meternos en vereda y evitar que nuestra turbulencia e incierto porvenir salpiquen al Gran Germano. No Merkel directamente, sino su ministro de Finanzas, sus asesores económicos y los de sus aliados, y hasta de sus opositores, exigen -más que sugieren- que vayamos poniendo encima de la mesa las joyas de nuestra corona, a modo de aval: las joyas con quilates de verdad -las reservas de oro-, y las joyas empresariales, es decir, nuestras empresas públicas, las que queden con capacidad de avalar. Prusia aprieta pero no afloja. La gobernanza económica, la política fiscal en concreto, y la gestión de las arcas públicas son y serán crecientemente cosa de Alemania.

Aunque Salgado afirme que las medidas se encaminan a calmar a los impersonales mercados, quien conmina en mayor medida a tal o cual ajuste es Alemania. Con razones de peso, pero también con exceso de celo, y arrastrada por sus ciudadanos, en quienes ha calado el mensaje del vampiro latino. Cambiar la Constitución para asumir la prohibición del déficit como dogma es matar moscas a cañonazos. Las moscas en cuestión son gordas y cojoneras, pero hay sprays en forma de leyes y decretos propios, nacionales, incluidas las leyes de presupuesto, que pueden ser diseñadas en función de nuestro estadio en el ciclo económico. Eso se acabó, ya veremos qué pasa. Nuestra mala conciencia pone un último ingrediente a la mansedumbre; un sentimiento de culpa y de miedo que ha sido alimentado con acusaciones de despilfarradores, vivales y malos gestores. Estamos entregaditos.

Hay otro caso vigente de conciencia inquieta, que busca serenarse asumiendo más carga. Se trata de los ricos solidarios, los que hacen algo por su país, o dicen que quieren hacerlo. Los italianos que, con Montezemolo el de Ferrari a la cabeza, se ofrecen a comprar buenos paquetes de deuda pública italiana para aliviar las tensiones de la prima de riesgo de su país; las 16 megafortunas francesas que piden que les graven más porque han cabido a una parte mucho más sustanciosa del pastel; el recurrente Warren Buffett que predica dando trigo cuando, tras decir que los ricos están fiscalmente mimados en EEUU, apuntala al Bank of America en una colosal pero aparentemente pésima inversión. ¿Se trata de mala conciencia? No lo creo. ¿De un oportuno argumento de marketing? Quizá los más poderosos han entendido que los políticos están siendo noqueados por los brutales golpes de la realeconomics -simbolizadas con la expresión “los mercados”- y que más les vale emerger como salvadores si quieren aspirar a mantener su posición. Mientras la opinión pública y la política de calle alemana parecen no darse cuenta de que los males de los orejas de burro tienen que ver con sus propios pasados bienes (y sus males futuros) si siguen presa de la soberbia populista, algunos magnates planetarios se tientan la ropa ante el tifón que no cesa, y declaran querer poner su carne en el asador de forma más proporcional. Y, entre ellos, algunos hasta lo practican.

El ‘Gran Germano’ y sus vampiros periféricos

Tacho Rufino | 14 de agosto de 2011 a las 12:39

LOS asesores económicos de los partidos alemanes lo tienen claro: lo rentable electoralmente es proponer que la política presupuestaria de cualquier país europeo en apuros la lleve Alemania. O expulsar al díscolo del club. No los obreros o los taxistas, sino que son los sesudos asesores de cualquier signo quienes han instalado la certeza del vampirismo periférico en la opinión pública alemana: las gafas rentables de ver la verdad simple y sin matiz. Si Grecia está en la ruina, la garantía de recuperar los créditos por parte de su principal acreedor -Alemania- es tomar el mando de las finanzas públicas helenas (Alemania es también su principal suministradora de armas para alimentar la guerra fría turco-griega en el cálido mediterráneo: Grecia es la primera importadora de armas de Europa).

Las tres economías comunitarias intervenidas a día de hoy (Grecia, Irlanda y Portugal) han entregado en buena parte la cuchara en lo que respecta a su capacidad de hacer política económica: fueron salvados a cambio de perder soberanía y asumir planes leoninos de ajuste. A España e Italia -cuarta y tercera economías europeas, ojo-, la salvación momentánea les ha venido por la vía de la compra de su deuda pública por parte del BCE. Desde el Gran Hermano alemán ha llegado esta semana un efectista consejo-admonición: “Vende el oro y con eso paga deudas”. Una teutónica sandez, con todos los respetos e incluso las admiraciones (obviemos por esta vez el detalle de los grandes méritos alemanes y su lógica preponderancia comunitaria). Las reservas nacionales de oro no son lo que fueron, y en España su venta no serviría para gran cosa: el oro español no pagaría más de un 1,6% de la deuda española.

Acerca del papel de líder europeo de Alemania, el inefable tiburón-filántropo George Soros ha puesto el dedo en la llaga: Alemania debe defender el euro (artículo publicado en Project Syndicate el jueves). Dice Soros: “Alemania y los demás miembros de la zona del euro con calificaciones AAA deberán decidir si están dispuestos a arriesgar su propio crédito para permitir que España e Italia refinancien sus bonos a intereses razonables. De lo contrario, España e Italia serán empujadas hasta caer en programas de rescate (…) y el euro se vendrá abajo. [La decisión de Merkel en 2008 de no dar garantías europeas] agravó la crisis griega y causó el contagio que la convirtió en una crisis existencial para Europa (…) Para cuando Alemania acepte un régimen de eurobonos, su propia calificación podría verse comprometida. Una ruptura del euro precipitaría una crisis bancaria que superaría la capacidad de control de las autoridades financieras mundiales. Cuanto más se demore Alemania, mayor será el precio que deberá pagar”. Pero, ay, las elecciones están siempre cerca.

El euro, un negocio familiar mal avenido

Tacho Rufino | 30 de julio de 2011 a las 12:39

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EL euro es como un negocio familiar: llega un momento en que son demasiados sus participantes, y demasiado diversos sus intereses para ser gobernable. Mientras que en las empresas de Don Fundador (después hermanos, después primos) la primogenitura, el sexo y otras razones más o menos azarosas son las que otorgan mayor control a uno que a otros, en el caso del euro las razones para ejercer el mando en la moneda común son objetivas: el euro es un marco alemán disfrazado de banderitas de colores nacionales, y la sede del Banco Central Europeo está en Fráncfort porque, a saber: Alemania aporta más que nadie al presupuesto comunitario, Alemania es la mayor potencia industrial de Europa, Alemania es la campeona mundial de las exportaciones, y Alemania, en fin, ofrece un cuadro macroeconómico cuyo presente y cuyas perspectivas no son comparables a los de nadie en la UE. De esta forma, cuando Trichet decide subir los tipos de interés de la zona euro, hace la política monetaria que conviene a Alemania… y viene desastrosamente mal al Estado, a las empresas y a los particulares de España. Asimetrías de la vida. Por este complicado poliedro económico y monetario, el ministro de Finanzas alemán ha dicho esta semana que “los países rescatados deberían prescindir de parte de su soberanía”… o ser expulsados de la zona euro. Se refiere Schauble a la soberanía presupuestaria y fiscal: “Tú organiza teatro al aire libre en el Partenón y tenme las islas en condiciones, que yo me encargo de llevarte las cuentas” (esto no lo ha dicho…). No es de extrañar que el sentimiento anti-mediterráneo crezca en Alemania con el miedo a una crisis que -lo que nos quedaba por ver- amenaza cual hidra de siete cabezas con reinventarse cuando llegan noticias sobre la posible suspensión de pagos de Estados Unidos.

Pero veamos el contrapunto a esta preponderancia teutona: veámoslo todo, o al menos miremos otra cara del cubo. El euro ha sido absolutamente clave para la expansión exportadora alemana; recuerden que en los 90 Alemania tenía déficit por cuenta corriente, y se endeudaba como si fuera un PIGS. La moneda única les ha venido de coco y huevo para financiar la reunificación. Recordemos también que uno de sus destinos comerciales esenciales ha sido la periferia europea: cómprame, cómprame mucho que yo financio los fondos de desarrollo y, si no tienes en el bolsillo, aquí hay crédito, que estamos en familia. Sin deudas griegas, portuguesas e irlandesas el poderío alemán no sería tanto poderío. ¿Por qué el mayor acreedor extranjero de Grecia es Alemania y sus bancos? Los países pobres y compradores son la otra cara de los ricos y exportadores. Hace falta lo uno para que exista lo otro. ¿Que ello no exime de culpa a gobernantes y particulares por embarcarse en una política de endeudamiento público y privado como el español? Desde luego que no. Pero el maniqueísmo y las verdades absolutas, para los mítines y las tabernas.

El euro tiene un futuro más que comprometido, y su actual realidad dista mucho de parecerse a lo que Robert Mundell denominó “área monetaria óptima”, entre otras cosas por la diversidad en la política fiscal de sus miembros. El euro, tras una década en la que navegó con el viento mayormente de popa, se encuentra instalado en la adversidad, ante el dilema de ser o no ser. O ser de otra manera. E incluso ser de más de una manera; que exista más de un euro. El visionario Nouriel Roubini ha dicho esta semana que no sólo Grecia es insolvente, sino que también lo son Portugal e Irlanda. El apodado Doctor Catástrofe hila fino: “Hay un 30% de probabilidades de que Grecia y Portugal salgan de la zona euro”. Presa del vedettismo y el alto caché, lo dijo en Alemania, ante los asentimientos generalizados de los algo ensobebercidos primos de zumosol comunitarios, a quienes no cabe duda de que los mediterráneos y los irlandeses -como mínimo- “vivimos de ellos” (obviemos paralelismos hispánicos). Puede que el euro haya sido flor de una década. En cualquier caso, el euro de nuestros hijos no será éste.

Alemania: los mejores, pero no sólo eso

Tacho Rufino | 7 de junio de 2010 a las 13:56

merkel

Suele ocurrir con casi todo en la vida: las verdades que a uno lo enaltecen son exageradas por uno. Por ejemplo, uno puede ser reconocido como un benefactor, como una locomotora económica, como un abnegado paganini de las ineficacias de los vecinos, como alguien más productivo, más competitivo, más ahorrador, más trabajador y hasta más guapo y más culto. Y tal reconocimiento acaba siendo objeto de maximalismo por parte del propio campeón. Interesa no ver más que la parte del sacrificio que uno hace por los demás, de lo mucho que hace por el resto: de los camareros con los que trabajo, de los compañeros de sucursal, del resto de comunidades autónomas subsidiadas, del resto de países de la Unión Europea.

Exagerado lo que es esencialmente cierto, la otra cara de esta actitud tan común y tan humana es omitir en la salmodia de quejas y dolencias por el parasitismo y la incompetencia del resto –dada por verdad y hasta por dogma, incontrovertible como buen  tal– el hecho de que uno suele beneficiarse más del pastel común, vende sus productos, servicios y post-servicios a los menos competitivos, menos ordenados y más pobres, venta sin la cual su riqueza relativa no sería cierta. Puede ser el caso de mi admirada Alemania, que comienza a mostrar algunos síntomas de esa ceguera selectiva.

Alemania, tan admirable en tantas cosas, tiene una balanza comercial con casi todo el resto de Europa apabullantemente positiva. Alemania vende todo tipo de productos de alto valor añadido al resto de la UE, tanques y aviones incluidos. Alemania está disfrutando de una intensificación de esta balanza comercial tan favorable -no sólo con la Zona Euro- precisamente por la debilidad del euro, una moneda que se estableció a imagen y semejanza del extinto marco (ver El euro era un marco disfrazado). Alemania fue el primer país en transgredir la limitación de la amgnitud del déficit público establecida en Maastricht. Alemania ha conseguido una enorme afluencia de dinero que busca refugio en su deuda soberana por causa de la seguridad (aunque con baja rentabilidad) que ofrecen sus bonos (los bund), lo cual les permite prestarlos a Grecia (y los que vengan) con un diferencial en los tipos realmente suculentos: ganancia financiera pura, dura y rápida. Alemania es, de acuerdo, el gran bastión europeo, pero también el gran beneficiado de este estado de cosas. PAga más a la caja común porque le interesan las contrapartidas comerciales y geoestratégicas, por mucho que el estado de opinión alemán esté crecientemente descontento con el euro y la exagerada vida de ciertos socios comunitarios. Esta parte da mucho juego, aquí y allí: “estos ineptos no valoran lo mucho que hago por ellos, y encima no me quieren”.

(Foto: El País)