Archivos para el tag ‘austeridad’

Así en casa como en Moncloa

Tacho Rufino | 5 de marzo de 2013 a las 16:38

Mi amigo es economista. No de los economistas de las macromagnitudes, de la Teoría Económica, los de la micro y la macro, la de los grandes modelos ni la de la odiosa Econometría, sino uno de esos economistas de andar por casa, los de empresa. Se les supone a estos peritos de la gestión, cuyos estudios se diseñan para ser directivos –en su defecto, contables “clase A”–, la capacidad sobrada para la llevanza de unas finanzas caseras. Pero él, en realidad, tenía alma de artista, o como mínimo una condición congénita propensa al desorden. Y un horror al papel, a la factura, al presupuesto y al extracto bancario que le implicaba una auténtica esquizofrenia vital: era el herrero que comía con cuchara de palo, un procrastinador financiero, un desastre para su propia economía doméstica.
He tomado un café con él hoy, y lo he encontrado tan abatido que más bien debería haberse hincado un brandy doble. Venía de conciliar –es un decir— sus cuentas con las que su banco le atribuye. El desajuste ha sido grande al parecer. Tan grande que, de repente, ha sentido que su posición financiera, tanto en liquidez como el solvencia, era mucho peor de lo que él se pensaba. Me cuenta algunos desastres de más o menos baja intensidad que han emergido como perros de presa tras su corazoncito de Peter Pan presupuestario, a saber: un descubierto en su cuenta corriente –me temo que la única que tiene—que triplica sus cálculos y que cursa con fuertes dolores en forma de intereses; un crédito personal de esos con intereses que ninguna persona merece, cuya amortización se completará en dos años más que los que él calculaba; un embargo por una deuda tributaria de esas que aparecen de pronto por la penuria de la Agencia Tributaria y que, de pronto también, no hay manera de diferir y se cifra en más de tres mil euros; un seguro de vida –que no cubre el suicidio— cuyo pago semestral de 600 euritos debía hacerse antes de ayer; todas las facturas de telefonía móvil de su unidad doméstica, incluida la de una hija menor de edad que ha sido estafada en 200 euros con esos mensajes-timo que por lo visto se llaman “Premium”… Y lo peor para su orgullo de contador y supuesto experto en gestión del pasivo a corto: una deuda con la tarjeta de crédito que asciende a casi 4.000 euros, generada a base de hacer lo que un financiero nunca en la vida debería hacer, o sea, acogerse a pagar una cantidad al mes (100 euritos, digamos… de los que el 60% son intereses), pero utilizar la tarjeta a discreción. Como todo el mundo sabe, y mi amigo también, claro, esas deudas no se acaban de pagar nunca, y su interés efectivo anual (eso que llamamos TAE) es de usura, alrededor del 25%. Mi amigo me recordó de pronto a Grecia, a España incluso: le vi carita de PIGS.
– Juan, lo tuyo es de cárcel
– Y que lo digas, Tacho, pero no seas malo. ¿Qué coño voy a hacer?
– Atracar un banco… gastarte mucha más pasta en cupones salvadores que nunca tocan… vender tu lindo físico en un polígono… o refinanciar tu deuda.
– Sí, ¿y me voy al banco a que me quite todas las deudas a cambio de otra deuda?, ¿que me las “reunifique”, como dicen los prestamistas de maruja y ludópata de las mañanas de la tele?
– Pues ni más ni menos que como Rajoy y Guindos hacen con los mercados financieros. Lo que pasa es que a la usura que se aplica al tieso desesperado, a nivel macroeconómico, la llamamos prima de riesgo los que tenemos estudios. Pero hay otra solución.
– Sí, ¿cuál?
– Tu hermano ése que es tan hormiguita, el que me dijiste que tiene 40.000 en un depósito a plazo fijo, por el que le han dado seis edredones, una muntanbai, un juego de sartenes y la tele del niño. Le dices que te preste –calculo yo…– doce mil, y se los devuelves en dos años a 500 al mes, sin intereses, que para eso está la familia.
– ¿Dos años?
– Sí, Juan, calcula, ¿o es que sólo sabes multiplicar deudas, pero no dividir cifras fáciles? Con eso mandas al carajo a Mastercard (rompes la tarjeta físicamente), al préstamo personal y negocias con la Agencia Tributaria el embargo, que está de lo más comprensivo Montoro. Y, por supuesto, te das de baja en unas pocas de cosas, tiras por un barranco uno o dos de los tres coches de tu casa, te dejas de raciones y gintonics, y sólo gastas dinero en billetes. Tarjeta, vade retro.
– Pues casi que como España, ¿no? Ajuste presupuestario, refinanciación, austeridad.
– Mismamente, Juan, que a ti también te han menguado los ingresos y has mantenido el gasto, y con las deudas corroyendo, ñam-ñam, ñam-ñam. Verás qué vida más esencial y espiritual vas a llevar. Te vas a quedar en la línea. Se te va a poner cara de Mahatma.
– Michelos me sobran, sí.
– Pero no te engañes: esto es una estafa que te ves obligado a sufrir por una política económica suicida que viene de Alemania.
– Déjame de cuentos, y cuéntale eso a tus escasos y raritos lectores, Tacho. Yo lo que quiero es volver a dormir.
– No, si era broma.
– Oh, qué gracioso. Para gracias estoy yo.
– ¿Encima que te he abierto los ojos?
– Más cosas tengo yo abiertas…
– … las carnes…
– Por ejemplo. Dos sol y sombra, haga usted el favor.
– Buena bebida, aunque antigüita: una metáfora de la vida de cualquiera.

Algunos claros entre el oscuro dogma

Tacho Rufino | 28 de octubre de 2012 a las 19:03

CUANDO los nacidos en los sesenta estábamos ya enrolados sin remedio y para siempre en nuestros roles -maniático como su padre, o travieso, o desordenada, o responsable, o cariñoso, o guapa- comenzó a hablarse en conversaciones de pedagogía de calle de la necesidad de no repetirles a los niños esos sambenitos recurrentes y casi siempre precipitados, tan familiares y tan escolares, porque acaban imponiéndose en la personalidad del chaval. Con las recetas económicas pasa igual: de tanto repetirnos que no hay más remedio que tomar las medidas que se toman, de tanto escuchar que no hay alternativa, y sí mucha ignorancia en la disensión del dogma, acabamos por interiorizar el concepto, y compartirlo mansamente. La evidencia de la creciente degradación laboral, con el alucinante récord de desempleo que conocimos ayer, no parece hacer mella en la muy germánica lucha contra el déficit, por mucho que los resultados sean catastróficos. No sólo aquí. Esas mismas recetas han calcinado el medio plazo de países condenados a la inanición en círculo vicioso: el recorte de gasto provoca recortes de ingresos, de forma que incluso un esfuerzo expansivo -que nunca podría venir de un satélite dañado y seco como España- no tendría efecto precisamente por el nivel de depauperación a que hemos llevado al sistema, con la fuerza de la fe única y verdadera, sin matices: el recorte era ineludible, pero no en un camino sin fin y por tanto sin retorno. Hemos acabado por creernos lo que nos dicen que somos. En demasiados casos, sanedrines y prescriptores de tratamientos radicales están a cubierto de los males que comienzan a conducir a gente a la horca por mano propia -la que firmó la hipoteca que no debía, desde luego, pero no seamos simplistas-. No me importa parecer demagógico. Mi conclusión es empírica, sacada de la realidad: los prescriptores de recetas radicales no tienen problemas económicos por lo general, e incluso gozan de buenas pensiones vitalicias. Debe de ser sin duda casualidad.

Lo sabemos. España está enferma de deuda privada, y de creciente deuda pública. Los inversores castigan nuestra debilidad, y la tibieza vestida de ortodoxia del BCE realimenta los ataques especulativos sobre nuestra deuda pública, provocando enormes costes financieros a las arcas públicas e inestabilidad en la gestión presupuestaria…, pero también pingües beneficios derivados de la volatilidad a los más avisados y mejor informados. España no tiene un modelo productivo adecuado: deficiente innovación, dependencia excesiva de sectores hoy paralizados -gran parte de nuestro desempleo proviene de la construcción-. Pero España hace los deberes con obediencia y arrepentimiento por los delitos del endeudamiento en los que, no lo olvidemos, los cómplices necesarios son los bancos que nos animaban, incluidos los alemanes que arrimaban desde afuera cuando lo de dentro no daba más de sí por las costuras. Cajas que se sanean con cargo a usted y a mí. Otros cómplices fueron los gobernantes y políticos en general, incluidos los gobernadores del Banco de España, que no sólo ignoraban más o menos dolosamente los avisos ciertos que probos funcionarios del Estado les lanzaban. Eso lo sabemos, y tan duro nos han dado con razón y, también, con el adoctrinamiento en el pensamiento único, que -de momento- nos achantamos y aceptamos resignados esta encrucijada histórica. Las válvulas sedantes de la prestación social, el apoyo familiar, la economía sumergida y la caridad (gracias, Amancio, gracias) funcionan a modo de cuarto sector, el de la economía de subsistencia. Pero España tiene grandes empresas, no siempre grandes de dimensión; sectores refugio que soportan lo que haga falta, como el turismo y, cada vez más, la agricultura y su industria. España tiene miles de universitarios con cada vez más ganas de realizarse profesionalmente, entre los que se está dando un esperanzador fenómeno: mientras que hasta hace poco querían ser funcionarios o empleados, ahora son la categoría social donde más emerge el espíritu emprendedor. Hay claros entre tanto dogma.

Una Europa para pocos europeos

Tacho Rufino | 23 de abril de 2012 a las 15:33

La palabra suicidio está presente en los comentarios económicos de una manera creciente e inquietante. Un suicidio económico es lo que Europa se está propiciando a sí misma. El paradigma de política económica imperante desde hace varios años en la Unión Europea consiste en algo sencillo de entender: los países deben primero reducir su deuda pública y privada, que se considera excesiva. Paralelamente, deben meter en cintura a su déficit público, con el objetivo más o menos inmediato de eliminar completamente la diferencia entre los gastos y los ingresos públicos. Este rigor presupuestario está ya provocando oleadas de despidos en el sector público. Decenas de miles de personas al paro, para aliviar la carga salarial pública, el famoso “Capítulo I”. Decenas de miles de particulares y familias que se ven abocadas a la austeridad. Mejor dicho, a la degradación del consumo, un consumo que alimenta a la postre a la actividad empresarial y al nivel de empleo.

Lo mismo cabe decir en el mundo e las empresas. Sin crédito ni expectativas, y con un Estado compelido a no gastar (el gasto público es uno de los ingredientes del crecimiento; miren a su alrededor y vean si no cuántas empresas privadas trabajan –o trabajaban– con el sector público). Tomando prestados los ejemplos del artículo de Carlos Gorostiza convertido en trending topic, titulado ¡Yo aviso!, la austeridad inducida desde lo público a los individuos e individuas de a pie puede resumirse así: no cambiaremos de coche y ni de lejos pensamos en uno nuevo; veranearemos menos y dejaremos de alquilar apartamentos ni habitaciones de hotel; marca blanca como norma (el comunismo consumista, podríamos llamar a esta irrefrenable tendencia, también inducida por la canina y el miedo); nada de ropa de marca si no es de outlet o segunda mano; reducción drástica del gasto en gasolina (no pisarle, disfrutar de la conducción lenta; bici, metro o autobús); baja de la tele de pago y “consolidación” –o sea, recortazo—del gasto en móvil familiar; reingeniería de los seguros familiares; tirar para adelante con las mismas gafas dos años más; dejar de comprar libros y prensa; no comer nada fuera de casa, etcétera. Hagan cálculos grosso modo: ¿cuántos puestos de trabajo van a quedar vivos en este país? ¿Quién va a crear otros?

Krugman dice que los políticos gobernantes en Europa están decididos a tirar a su continente por un precipicio, a suicidarlo. La política de austeridad por encima de cualquier otra consideración y como arma exclusiva de política económica sólo interesa a Alemania, que es de donde proviene este dogma. ¿A quién conviene tal política de austeridad, tenida como única arma? A Alemania, que se financia a coste cero… de momento. Porque la oleada destructiva –autodestructiva— de la Unión Europea acabará afectando a los países que parecen más a resguardo de ataques financieros exteriores y parálisis auotinfligidas. Es cuestión de tiempo. La austeridad hunde a las economías deprimidas –como la española—en una depresión más profunda. Los problemas fiscales o presupuestarios españoles, que hace apenas cuatro años no eran graves en comparación con el resto de países miembros, son en buena medida consecuencia de la depresión, no su causa. La austeridad pura y dura, los sacrificios que mandan a la calle a hornadas insostenibles de nuevos parados, las empresas privadas anoréxicas o condenadas a cerrar: un panorama en buena parte provocado por el ciclo, las burbujas especulativas, la falta de competitividad (de todo un continente tarde o temprano, no sólo de España, Grecia, Italia o Francia) no se solucionan matando a la economía. Alguien tendrá que forzar a Alemania a no aprovechar una tesitura ruinosa de sus socios, a los que se castiga como a niños malos. La Unión Europea fundamentada en el euro, actualmente, no ofrece futuro. A España, desde luego que no. Mientras, los que no creen en lo público (o sólo creen en lo privado) aprovechan la tesitura para desmontar lo que, lamentablemente, será difícil de recuperar. Apuesten por una creciente demanda de salida del euro por parte de gente desesperanzada. SI profundizamos con la fe del neoconverso en la línea actual. Apuesten por el populismo creciente y por la inseguridad de quienes más tienen. Porque quienes ya no tienen empleo ni perspectivas saben lo que es la inseguridad perfectamente.

Y otra apuesta segura: las exigencias desde el exterior de no seguir hundiendo a Europa en un pozo del que será difícil salir. Al mundo no le interesa una Europa que sólo interesa –y a corto plazo—a la todavía poderosa Alemania. Vean este artículo del Washington Post de hoy: El dolor español puede hacer mucho daño a la economía mundial (The pain in Spain could hit the worldwide economy), de Robert J. Samuelson.

El ‘otro’ dilema fiscal

Tacho Rufino | 16 de abril de 2012 a las 13:48

EL dilema fiscal principal al que se enfrenta España es presupuestario: o recortar sin plan ni programa al ritmo de los ataques -sean de pánico razonable o planificados- contra nuestra deuda pública y, a la postre, contra nuestra economía tambaleante, o consensuar por la vía de emergencia nacional planes de eficiencia en el uso de los recursos públicos, incluidas la sanidad y la educación. Esta última opción, más soberana y razonable, no ha sido puesta encima de la mesa ni por el Gobierno anterior ni por el vigente. Ambos -cada uno en su estilo y con sus circunstancias- han ido soltando lastres para mantener al globo en el aire, de forma atribulada y a instancia de parte; mejor, de dos partes: los inversores globales, y las instancias monetarias y gubernativas comunitarias, cuya práctica habitual es decirte: “Vas bien, muchacho”, pero no reaccionar ante las oleadas contra España, consiguiendo con su dontancredismo que España se vea forzada a nuevos sacrificios. El último lastre lanzado por la canastilla ha sido de 10.000 millones: “Vale, vale, tranquilos, si no os ha gustado el presupuestito español, y dado que mi prima de riesgo se fue a máximos, mi Bolsa a mínimos y estamos muy asustados y ustedes no nos echan una mano en el mercado de segunda mano… ahí van más vírgenes”. La intervención hace de hombre del saco: uh, uh, que viene que viene. Pero hay otro dilema fiscal flotando sobre nuestro destino, decisivo para la definición del tipo de sociedad en que vamos a convertirnos: ¿seremos un país sacrificado que paga sus impuestos, porque si no el Estado se acabará vaciando hasta no ya ser otra cosa, si no nada? ¿O nos tiraremos de cabeza a la selva de la economía sumergida y, por tanto, degradada?

España es un país católico, y eso, en lo cultural, no significa precisamente cumplidor con sus obligaciones fiscales. Una religión exangüe, de fugaz remordimiento, en la que el pecado dura lo que tarda uno en decir los pecados al confesor (no disparen al pianista: lo anterior lo afirmó el Arzobispo de Milán, Carlo Maria Martini, en una entrevista en 2009) debe de tener que ver con nuestra cultura fiscal. En mi infancia, nadie pagaba impuestos sobre la renta, porque no eran obligatorios. En mi primer trabajo, el Impuesto de Sociedades era un mero paripé. Poco a poco hemos ido tomando conciencia, y atrás -no muy atrás, pero atrás- quedan los días en los que los evasores y defraudadores de todo pelaje no sólo campaban a sus anchas, sino que algunos presumían de ello. El Gobierno anuncia amnistías fiscales para los maletines del paraíso fiscal, lo que -siendo un recurso feo pero válido- va en contra de la regeneración impositiva del español, y además es tan dudosa que parece solamente querer encubrir la inminente subida del IVA, que es mucho más cierto como partida presupuestaria. El problema es que la recaudación cae año tras año en la mayoría de los impuestos. El problema, en el fondo, es la satanización de la inversión y el gasto públicos que señorea en esta Europa, pero ése es otro cantar más filosófico. Eso es cante jondo.

El año pasado, el Ministerio de Trabajo ofreció una amnistía laboral para que la gente se diera de alta tras haber estado sin contrato -¿a que no lo recuerdan?-. La medida fracasó. Es muy probable que, en vez de convertirnos en unos nuevos protestantes que piden la factura al escayolista con su IVA y todo y chivatean al vecino que innova demasiado con sus impuestos y al tendero que revolotea en el limbo laboral, nos convirtamos en un país de billetes sucios y arrugados, de chapús. Un país con más morbo mafiosillo. No nos va a hacer falta viajar a países exóticos a trajinar y regatear sintiéndonos un Jack London de plástico, que viaja ida y vuelta con Viajes El Corte Inglés. Seremos poco a poco más salvajes. Entre otras cosas, porque no hay dinero (?) para dotar con más y más eficaces medios al control tributario público -el autocontrol calvinista queda aquí descartado-, un control que se relajó muchísimo en los días de vino y rosas.

Arrinconado en un balcón por la insaciable Angela

Tacho Rufino | 14 de abril de 2012 a las 21:07

En la noticia, el pollo, de 43 años, había salido “a donne” que dicen los italianos: a la caza, a ver lo que cae, a meter cuello que se dice ahora. Y lo había triunfado, como también se dice ahora. Conoció a una pava algo mayor que él, se les dilataron las pupilas y se les hizo pesada la sístole y también la diástole. Charlaron lo justo y se fueron a disfrutarse a casa de ella. Él lo debió de hacer medianamente bien –en la noticia puede leerse que lo malo vino “tras una larga noche de pasión”–, porque a ella le pareció poco. O quién sabe, quizá lo hizo demasiado mal, como suele suceder en los primeros encuentros, y más tras la ingesta copiosa de alcohol, y ella se rebrincó teutónicamente. Sea como sea, él acabó pidiendo socorro desde el balcón de la casa hasta el que ella lo había arrinconado exigiéndole más y más. La policía acudió, lo rescató y lo liberó, y la detuvo a ella por privación de libertad y acoso sexual. La noticia dice que ella era ninfómana, de lo cual no se aporta diagnóstico pericial alguno. Si lo de querer más o querer siempre es ninfomanía, conozco unos pocos de ninfómanos, al menos a tenor de sus declaraciones y el peso estadístico del monotema –junto con el fútbol, en muchos casos, y no tirará quien suscribe la primera piedra– en las conversaciones de masculino-pandillares. Pero la palabra ninfómano no existe, y me da a mí que quien redactó la noticia no ha podido resistir la tentación de utilizar el sí existente término femenino, y se ha lanzado a la piscina sin mayor contrastación. (¿Recuerdan a la Volpina (Zorrita) del Amarcord de Fellini? A mí esa ninfómana –bueno, su recuerdo solo, lamentablemente– me enturbió más de un rato en mi juventud. Mucho me temo que no soy la única víctima del genio italiano y sus expresionistas y húmedos personajes, la Gradisca y hasta la estanquera incluidas.)

Eso de que una mujer atractiva te acose sexualmente es una fantasía masculina habitual –según cuentan–, pero en la práctica debe de ser un absoluto horror. Según cuentan, digo, el “quiero más, lo hacemos poco” es cosa muy masculina, y cuando te roban ese papel la sensación debe de ser estresante, inquietante y repelente. Y muy poco excitante. El caso es que el muniqués que reculó en braslis –por compensar la terminología con un toque setentero— hasta el balcón pudo haber muerto de éxito, víctima de un edema pulmonar o un infarto causado por exceso de mueve-mueve, como le courrió a algún expresidente del Madrid y a algún espigado ejecutivo olímpico. O con una cadera rota al estilo tardía luna de miel nobiliaria o –máxima actualidad– a la manera de los monarcas cazaelefantes.

Pero esto es un blog con vocación económica, así que (copyright de Juanma Marqués) es pertinente extrapolar la noticia a la situación de una España contra las cuerdas, machacada en la bolsa y otros mercados financieros por un útil fantasma llamado intervención (si España no está intervenida, que venga Dios y lo vea), mientras el árbitro llamado UE-BCE actúa como los de pressing catch: secándose, ajeno a la cosa, el sudor en una esquina mientras nos vapulean a modo. Pues vamos a la rica metáfora, oiga. Atención pregunta:

Si la noticia que viene de Alemania habla de un generoso amante que da todo lo que tiene dentro, una insaciable y rigurosa señora y un montón de polvos que supieron a poco, ¿quiénes serían en la actualidad económica esos personajes y hechos?

a)      Dinio, la Bermúdez, seis casquetes

b)      Pipi Estrada, Lucía Lapiedra, 4 caliqueños de una hora la pieza

c)       Rajoy, Merkel, los recortes que no cesan

 

 

Moto, no, que moto tengo

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2012 a las 10:10

(Publicado el sábado en papel en El Poliedro)

LA supervivencia es el motor de la existencia nuestra, de las acciones tácticas y estratégicas que emprendemos. La generosidad puede contrapesar ese motor. Un abuelo, a quien la guerra española cogió en su juventud madura, contaba a su nieto el chiste aquel: “¡Vamos a repartirlo todo!, “¡Bien!”; “¡Las tierras!”, “¡Bien!”; “¡El ganado!”, “¡Bien!”; “¡Las motos!”… “Eh, no, moto no, ¡que moto tengo!”. Vivimos tiempos de problemas serios, por lo que se barajan soluciones serias, esto es, dolorosas: agua, luz, gas, gasolina, tabaco y alcohol más caros; salarios menguantes, incertidumbre laboral. Y se acentúa el egoísmo en la visión acerca del reparto de unos recursos cada vez más escasos. La lucha, la competencia se hace mayor con el estancamiento. Mayor, y a veces peor. “Hay un gestor presupuestario en ti”, dijo alguien cuando decidimos -unos más que otros- que el presupuesto público era una plastilina moldeable y recortable, la madre de todas las supervivencias. Y resulta sorprendente que demasiada gente dictamine cómo gestionar mejor los fondos públicos sin mermar para nada  sus propios intereses particulares cuando idean sus propuestas. Moto, no, que moto tengo.
Día tras día asistimos al banquete de bocados de realidad, a las bofetadas de la emergencia. Décimas de recorte del presupuesto sobre el PIB que nos imponen desde la Unión Europea, y sus consiguientes miles de puestos de trabajo eliminados. Rajoy que se resiste a reducir el déficit público (acerca del concepto  reducción del déficit, permitan: encarecer el cuidado sanitario, echar empleados públicos a la calle, bajar los sueldos a los que queden, dejar de invertir en infraestructuras también públicas, subir la presión fiscal por un tubo… y racionalizar la gestión pública, de lo que no se habla, con tanta guillotina). Guindos que accede, con el cuello irritado tras ser simpáticamente zarandeado por Juncker. “Sympathy for Guindos”. Guindos es un reputado ejecutivo de empresa abocado a gestionar la viabilidad del Estado español. Un hombre enriscado cual Cary Grant en las Rocosas en una de Hitchcock, con unos zapatos con suela de material que no agarran lo más mínimo fuera de los suelos de las sedes centrales. Un ministro al que, como a su propio partido, le toca hacer de contrapeso al empecinado manostijeras alemán. La Europa de la crisis está mayoritariamente regida por partidos  conservadores, pero no todos los conservadores son iguales ni afrontan los mismos problemas. Cada uno afronta los suyos en su tierra. En la nuestra, les toca la contradicción.
El credo antipúblico es el más sencillo, y está de moda entre quienes (creen o fingen que) no dependen de lo público. Sin embargo, lamentablemente no tenemos los mejores empleados, ni los mejores empresarios ni los mejores políticos. Sí tenemos oráculos, que tiran con pólvora del rey. Ves a ufanos podadores dando tijeretazos en el nombre de la racionalidad, llamando tontos a todos los gobernantes anteriores y a los cretinos que se endeudaron y condenaron -ah, se siente- con un piso y su hipoteca. Gente de púlpito o de barra que se erige en cauterizador de heridas: mutilar sin demora, mutilar.  No hacer las cosas mejor, sino echar cal viva sobre las cosas que hay, esperando pueda nacer una rosa roja mañana. Cirujanos de todo lo ajeno.
Pero no es en el daño ajeno y elitista donde deben residir las soluciones y la gestión de lo público (lo colectivo, lo político al cabo). Por eso resulta digno de solidaridad nuestro Gobierno ante Europa, y resultan repelentes las posturas de aquellos rojos de chiste de ayer, hoy transmutados: “Moto, no, que moto tengo”.

Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

No se me venga usted abajo

Tacho Rufino | 15 de febrero de 2012 a las 14:05

Nadie niega que la reforma laboral tiene como objetivo principal el ajuste, que es sin duda la máxima más maximalista de cuantas en política económica hayan señoreado en periodo alguno de la existencia de ustedes y mía. Trasunto privado del adelgazamiento de los gastos e inversiones públicas, el ajuste de las plantillas no sólo se ha producido de forma drástica sin necesidad de reforma, sino que la nueva vuelta de tuerca de la reforma del mercado de trabajo –en este caso, le toca al Partido Popular— va a propiciar a medio plazo el definitivo adelgazamiento del personal en nómina. Nadie, ni siquiera la patronal, niega que la Reforma Báñez está destinada a facilitar el ajuste de personal de las empresas; es decir, el despido. Si florecerán o no con el tiempo los campos secos de Inglaterra al galope de las huestes del Rey Arturo, ése es otro cantar posterior. De momento, ajusta, que algo queda. Esperemos que algo quede.

La UE nos urge a seguir recortando, a comernos el músculo (viejo y demasiado correoso, pero músculo) de nuestra economía. Rajoy pidió árnica nada más debutar: “Prometo hacer los deberes, seño, pero me tiene usted que dar tiempo para ponerme al día”. Pues va a ser que no, Mariano (España): “Has subido los impuestos comiéndote tus promesas y hasta tus teóricos principios, y has hecho una extremadamente agresiva reforma laboral. Todo eso está muy bien, pero no pares ni un segundo o la cagas. Mira a tu alrededor mediterráneo, a ver si no vas a ser expulsado como el griego lo va a ser seguramente. Déjate de elecciones de Andalucía y de gaitas, y haz tu trabajo, pero ya: dame unos presupuestos extremadamente agresivos con tu economía. No creo que mueras de inanición público-privada. En cualquier caso, ése es tu problema”.

La paz social  empieza a ser el problema del Gobierno, como si tuviera pocos: los tristones y resignados Toxo y Méndez comienzan a decorarse las caras con pinturas de guerra; los médicos se conjuran en sus colegios profesionales; surgen noticias de ladrones insospechados que dan palos pidiendo perdón y apelando a sus hijos; conservadores de corazón sufren de una  esquizofrenia que se debate entre su devoción y su despensa; miles de empleados de banca duermen mal; decenas de miles de empleados de empresas cotizadas en bolsa y otros miles de empleados de pymes asumen que su despido contendrá 20 días por año en su ecuación…

Va a ser un año duro de cojones. Si usted es carnavalero, disfrute del cachondeo organizado por su ayuntamiento, que el año que viene no habrá un pavo para tal fin si no vive usted en Río o en Cai, que ahí el tinglado renta. Si le empacha el carnaval oficial, mónteselo por su cuenta, no piense sólo a corto plazo presa del pánico, y reflexione estratégicamente: diversifique su pensamiento huyendo de obsesiones; concéntrelo en actividades emocionalmente productivas; penetre en nuevos mercados no retribuidos con salario; reestablezca joint-ventures con sus amigos algo olvidados; atrinchérese en sus mercados más ordeñables. No corte cuellos si no es estrictamente necesario para su supervivencia, no sea cutre y no deje de acudir a su Cheers a compartir unas cervezas con los parroquianos, no venda precipitadamente su patrimonio, no deje de educar ni mucho menos de besar a sus cachorros. No se venga abajo. Quien suscribe lo va a intentar. Sin ir más lejos, acabo de entrar en la senda meloso-espiritual del repelente Paulo Coelho sin darme ni cuenta. A lo que puede llegar uno.

La insoportable terquedad del déficit cero

Tacho Rufino | 29 de enero de 2012 a las 13:44

RESULTA sorprendente la cantidad de minutos que se reservan en los noticiarios a los partes meteorológicos, que ocupan más espacio que Cristiano, Mou, Soraya y Rajoy juntos; como si fuéramos todos agricultores. Para mí que el tiempo es el nuevo opio del pueblo junto con internet. Los modelos predictivos que utilizan los Mariano Medina de hoy combinan una serie de variables, las meten en la coctelera matemática y te predicen con días de antelación el frío que van a pasar en Aguilar de Campoo o en Mudela de Calatrava. Menos espacio se dedica a un modelo predictivo fundamental, el llamado cuadro marcroeconómico. El cuadro macroeconómico es una representación valorada -un escenario- de las grandes magnitudes económicas de un país: crecimiento esperado del Producto Interior Bruto (PIB), demanda nacional, saldo de exportaciones menos importaciones… y tasa de paro. Esta hoja de ruta primigenia es el cuadro de mando integral de la tripleta Rajoy-Guindos-Montoro, con Báñez de típico centrocampista de poco vistosa pero fundamental función. Cierto es que cualquier plan es hoy en día dudoso, que el corto plazo y sus fuegos financieros ocupan toda la labor ejecutiva pública y privada; que el “ya veremos”, el “de momento” y el “a día de hoy” contaminan toda previsión de déficit, todo rumor de fusión bancaria, y no digamos cualquier plan vital de cualquier individuo o familia: la esquelética estrategia es tirar p’alante, sobrevivir. Pero aun así, los grandes números son imprescindibles, y sus relaciones tienen chicha y margen de maniobra.

España tiene un problema brutal de deuda privada. Una deuda familiar y empresarial desquiciada (más de tres veces el PIB), y de bastante dudoso cobro. España -sus bancos, los tiránicos niños mimados de una familia en decadencia- tiene un problema silente de devaluación real (o sobrevaloración contable) de sus activos inmobiliarios, incluidos los créditos privados dudosos antes mencionados (¿no le ha llamado su banco para ver si usted quiere una carencia en el pago del principal de su hipoteca dos años, y así pagar sólo intereses, sin que usted haya abierto la boca y pague religiosamente?). España tiene por supuesto un problema grave de crecimiento del PIB, o mejor dicho, de decrecimiento del PIB. Sin que crezca el PIB, no hay empleo. Y España, sobre todo, tiene un negro agujero de desempleo, apuntalado por la solidaridad familiar y la economía sumergida. Para rematar el escenario macro formato pescadilla que se muerde la cola, España tiene un mandato alemán, ya constitucional, de limitar al máximo el déficit; es decir, de conseguir en pocos años no gastar más de lo que se ingresa. Y ése, el gasto público, es la única variable que teóricamente puede manejar el Gobierno, que además debe tutelar el déficit autonómico. Pero resulta que hemos prescindido de ese recurso, con la fe del converso a la ortodoxia religiosa germánica. No podemos jugar con el déficit, porque el déficit es tabú hoy. Hay que ahorrar, no cabe invertir.

España, como Estado, no puede gastar, sólo se nos permite recortar. Nada de gastar con la intención de dar color al rostro blanquecino de nuestra economía: “¿Y por la noche qué harás?”. “Recortar y callar”. Lo único que le queda a España es pedir a Alemania que nos deje gastar algo más de lo que entra, aunque nuestros ingresos públicos sean menguantes. O bien alguna forma derivada de caridad comunitaria, que en ningún caso sería controlada por España. La terquedad del déficit cero es insoportable. No la puede soportar España. Salvo que aceptemos convertirnos en un país satélite, una región secundaria y dependiente.

16.500

Tacho Rufino | 20 de diciembre de 2011 a las 11:26

Ayer escuchamos un discurso que, como buen discurso, contenía pocos datos y clarificó poco el detalle. Algo más se precisaron ciertas intenciones. Fundamentalmente, una gran reforma laboral que, como nadie niega, eliminará unos cuantos de cientos de miles de puestos de trabajo más antes de dar sus frutos, en buena medida frutos bonsái en forma de minisueldos y otras precariedades que generarán una suerte de empleo menor, un reverdecimiento verde pajizo de la contratación. Dio la de cal el ponente al confirmar, sin entrar en detalle, que las pensiones se van a actualizar un año más. Rajoy estuvo en institucional, en estadista en ciernes, en incluso en churchilliano agorero: “[En el próximo año largo] el panorama, señorías, no puede ser más sombrío”.

Ciertas cuestiones vistosas pero de menor impacto o urgencia fueron también anunciadas por el presidente inminente: un año más de bachillerato que tendrá en la nevera a los estudiantes un tiempo extra, a la espera de que la cosa mejore; lo de los puentes con sus pros y contras y su peluseo conversador a nivel de barra; los guiños a pymes y autónomos, aliviando su fiscalidad y su gestión de tesorería… pero sin mencionar el sapo del fraude fiscal; el necesario –para bancos, familias y constructoras: para el mercado inmobiliario tocado de muerte– regreso de las deducciones por compra de vivienda. Como dice en estas páginas Juanma Marqués, “El susto [los sustos], después de las autonómicas”.
Algo sí ha cuantificado Rajoy, lo que a estas alturas es muy de agradecer. El presupuesto público incluyendo a las autonomías (todas las administraciones públicas, que son las que cuentan para los mercados, el FMI, la UE, las agencias de rating y toda tercera parte viviente) se recortará en 16.500 millones de euros en 2012, Dios mediante. El obetivo, reducir el déficit público hasta cumplir el objetivo marcado. Es de esperar que este objetivo se cumpla no sólo con ese recorte, sino también con algún que otro incremento de ingresos, por ejemplo el de los impuestos indirectos (como el IVA y la gasolina, el alcohol y el tabaco), aunque subir impuestos no es un argumento propio para un discurso de preinvestidura. Eso se hace de un día para otro, ya cuando se dirima lo de Andalucía. ¿Sabe usted cuánto son 16.500 millones? No lo niegue: eso se le escapa, igual que a un servidor. Así que voy a poner aquí algunas cifras para que nos hagamos un poquito de cargo:

  • Es una cantidad menor, pero no demasiado menor, que el ajuste que necesita Italia según su Gobierno tecnócratico.
  • Es un cantidad clavadita a lo que el Banco Sabadell calcula que deberá sanear por pérdidas acumuladas en la CAM que acaba de asumir en su regazo bancario.
  • El tapado quebrado de la Unión Europea –Hungría— dice necesitar del exterior una millonada algo superior para evitar el colapso en los próximos años.
  • El presupuesto de gastos anual de la Junta de Andalucía es el doble justo de los 16.500, peseta arriba o abajo.
    Con las medidas de Rajoy respecto al Impuesto de Sociedades, las pymes dejarán de ingresar en la Hacienda Pública aproximadamente dos terceras partes de los 16.500 a recortar. Gasto menguante, e ingreso menguante por este concepto. Alguien deberá pagar.
  • Una cantidad similar a la anterior calcula un banquero español que venden los inversores cada mes en acciones y títulos españoles, sean públicos o privados.
  • Aunque Mario Draghi dice que él no está para esto sino para controlar la inflación (alemana), el BCE compra cada semana algo más de la mitad de los 16.500 en bonos, en su función transitoria de bombero presupuestario de los miembros.
  • Para los tecnológicos: según una patronal tecnológica, si en España sólo se facturara electrónicamente, el ahorro nacional por este concepto (y no es por el papel de las facturas…) sería justo el recorte que se impone Rajoy.

Me imagino ya a alguno enardecido en la barra, con la taza de café temblándole en la mano, poniendo una cosa aquí y la otra allí, en plan demiurgo presupuestario espontáneo… “¡y s’acabao!”. Pero va a ser que no se ha acabado, sino que esto no ha hecho sino empezar. Esperemos noticias; mejor dicho, detalles.