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Cariño, tenemos que hablar

Tacho Rufino | 15 de septiembre de 2012 a las 18:37

NOS lo ha dicho Cataluña, desde el mismo Gobierno, a todos los españoles, sobre todos a esos sureños que tanto hartazgo causamos al oportunista -o sea, político- Artur Mas: “Cariño, tenemos que hablar”, esa frase que suele preceder al proceso de divorcio por desamor. Los amores -y los desamores- tienen mucho de conveniencia: “Por el interés te quiero, Andrés”, dice otro adagio, muy malvado pero no por ello menos cierto. El interés no sólo se alimenta de pesetas. Sin dudar del amor romántico, tan maleable y frágil, no podemos tampoco dudar de que en toda relación existen intereses compatibles, recíprocos y contrapuestos. De todo ello, del ambiente y las circunstancias, del tiempo y la cercanía, y de mucho más, nacen y se nutren las relaciones. Cataluña es todavía parte de España, y lleva siglos siéndolo, pero una mayoría de los catalanes dice hoy querer la independencia de España. Un servidor, vaya de entrada, es partidario del referéndum de autodeterminación. Cuando tu pareja te dice “cariño, tenemos que hablar”, la suerte está echada. Prepararse para negociar es obligatorio.

Esta semana, un país atribulado, vapuleado, medio en ruinas y achacoso ha recibido la bofetada del desamor; suele pasar que esta acometida te impacte cuando estás pasándolo realmente mal: “Ya no te quiero; en verdad, nunca te quise salvo cuando no tenía más remedio que estar contigo o me vino bien. Siento ser tan dura, cari, pero mejor hablar claro”. Un clásico. Muchas interpretaciones se han dado al paso de Rubicón catalán: su propio Gobierno ha violado el tabú de ser independentista pero sin decirlo. Hay españolistas acerados -no los obviemos, esa gente que toca la fibra fácil pero no ayuda nada- que dicen que ellos también están hasta las ingles del victimismo egoísta catalán, que se vayan de una puta vez, que en la Constitución reza que el Ejército puede y debe actuar, etc. Muchos, con razón, se huelen la tostada del arribismo oportunista de CiU y la burguesía catalana, profesores de escuelas de negocios a puñados, hasta hace nada tan callados y sibilinos. Hay quienes se colocan las gafas emocionales, otros las historicistas, otros las económicas. En el cóctel que ha tomado Cataluña para armarse de desapego definitivamente son los factores económicos el ingrediente principal. Cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana, que cantaba El Último de la Fila.

Los catalanes nacionalistas -en adelante, independentistas- se sienten fiscalmente expoliados: aportan a la causa común presupuestaria mucho más de lo que reciben en inversiones. Sin esa aportación no hubieran tenido que pedir el rescate estatal, sería un territorio superavitario, un país medio riquito en Europa, aunque es evidente que la gestión autonómica ha sido todo menos eficiente y eficaz: con su aportación solidaria ya contaban, era un dato conocido. El privilegio fiscal vasco y navarro, consistente en que ellos se lo guisan y ellos se lo comen sin solidaridad redistributiva ni gaitas, les hace sentirse aun más ultrajados. Como en toda visión con fuerte componente emocional, se ve sólo lo que a uno le duele y quiere ver: igual que ese amigo y amiga que, en su separación, no paran de repetir sus certezas e ignorar o negar las del contrario. Por ejemplo, nadie en la Cataluña independentista pone sobre la mesa la balanza comercial dentro de España: su ganancia está todavía en el mercado doméstico, como pasaba con Franco cuando el dictador propició sus privilegios industriales y comerciales (de esto tampoco se habla, se tacha de rancio). Pero Cataluña, es cierto, tiene un PIB poderoso, una recaudación de impuestos saludable, y su deuda y déficit creciente se achacan a que de cada euro que sale de Cataluña, 45 céntimos no vuelven. No neguemos sus razones, conozcámoslas y preparémonos para negociar. Eso sí, cuando amaine.

La independencia o la permanencia de Cataluña

Tacho Rufino | 12 de septiembre de 2012 a las 14:17

Si hay algo enquistado en España es la relación entre el Estado central y los partidos nacionalistas catalanes y vascos y las amplias capas de población a las que representan. Crecientes capas. Una manifestación multitudinaria reclamaba ayer la independencia de Cataluña de una forma palmaria: nada de tópicos greñudos antisistema, ni de violentos “colgados”. Gente como usted, a puñados. Llamar victimistas a los catalanes, afirmar con la vena en el cuello que su forma de vida consiste en la continua reacción contra el algo inmaterial enemigo (España), siempre reclamando y protestando, siempre despreciando a unos malqueridos compatriotas de inferior condición… llamarles todo esto es a estas alturas absurdo, aunque sea verdad en casos, pocos o muchos. No importa mucho que la visión catalanista sea la contraria a la españolista –mejor, la complementaria, en una crónica desunión indisoluble. Importa que hay quórum suficiente como para que se desencadene finalmente un proceso de autodeterminación de las regiones todavía españolas que odian (en un porcentaje que las urnas determinarán, y del que hay serios indicios para valorarlo) precisamente eso: ser español. Aunque Rajoy ha afirmado que éste no es momento de “algarabías” –desafortunado término–, refiriéndose a que la crítica situación nacional debe dejar de lado de momento las reclamaciones independentistas, la realidad es que los manifestantes de ayer (y muchas personas de otros en otros sitios, como el País Vasco, se manifiesten o no, que no paran de manifestarse, por cierto) tiene claro que “su” crisis no sería tal si fueran independientes. Sobre esto hay mucho que decir, mucho que debatir, muchas perspectivas y datos diferentes. Pero a la fuerza ahorcan: así es si así os parece. ¿Debe España ceder al referéndum de autodeterminación? Yo creo que sí, pero con condiciones en forma de términos y plazos.

“Yo soy independentista porque quiero dejar de ser nacionalista”, venían a decir con intensa carga semántica los manifestantes de ayer. Quiero tener mi país, mi Estado, mi silla en la UE, mi ejército, mi pasaporte. Sí, deberían pedir su ingreso en la UE y que éste sea ratificado por unanimidad, incluida España. Pero no me parece realista pensar que España puede boicotear más que transitoriamente dicha posibilidad. Si se desencadena el proceso, será inexorable, para la independencia o para la permanencia. Porque no olvidemos que es posible que los independentistas –incluido el presidente Artur Mas: parece que CiU ya no es nacionalista, sino independentista– pierdan. El miedo a la libertad es un clásico, volar solos es una ilusión que normalmente se reclama por muchos que, en su fuero interno, no desean verla realizada: sucede en las parejas, en los hijos con los padres, en el trabajo: “me voy, pero no me voy nunca”. Pues bien, mi opinión: adelante. Quitémonos de encima este marasmo con el que gente como yo ha convivido desde que tiene uso de razón política: catalanes y vascos que no quieren ser españoles, y que a tenor de las elecciones son mayoría en sus territorios. Si así lo queréis, adiós, nadie va a morir por ello. Habrá que determinar con lupa en qué condiciones nos separamos: quién tiene la custodia de los hijos (recursos con intersecciones y empresas, por ejemplo), qué sucede con el patrimonio; o con nuestros intercambios comerciales; qué compensaciones fijar por las concesiones recíprocas realizadas para dar cremita cansina a este desencuentro histórico.

Desde mi punto de vista, es la crisis la que ha insuflado energía súper a la desfección catalana, de forma que el rescate catalán por parte del Estado–tenido como humillante por no pocos independentistas y españoles, aunque en modo contrapuesto–, en vez de conducir a la humildad catalana ha conducido a la soberbia reclamación de la independencia, basada en el argumentos tales como “Estamos hartos de pagar fiestas de otros” (a lo que no ayuda que pueblos como el andaluz salgamos en la tele sólo para requeterromerías de millón de personas, jornaleros de posguerra en pie de guerra o para la sal gorda de algunos de nuestros humoristas de bandera). U otros como la balanza fiscal: “Si no diéramos la millonada que damos a la solidaridad interterritorial, no pediríamos rescate alguno, e incluso seríamos un país bastante riquito en Europa”. Olvidemos por un momento de qué y de quién vive mayormente la empresa catalana y vasca; hemos hablado mucho aquí de las otras balanzas, la comercial y la financiera. Olvidemos los privilegios industriales otorgados por Franco, personaje histórico que hizo realmente más daño, mucho más, a Andalucía, Extremadura y Galicia que a Cataluña o País Vasco. Olvidemos todo eso y respetemos la libertad de elección de un asunto que no es una moda o un capricho. Que me perdonen los expertos de las letras del Derecho Administrativo y Constitucional: con todos los respetos, es un debate técnico irrrelevante en estos momentos, al menos para mí. Olvidemos, claro, mandar al ejército, y disculpen que mencione tan desquiciada posibilidad.

Particularmente, y sin que me vaya la vida en ello, no quiero seguir treinta años más escuchando soflamas e insultos cargados de víscera, tanto de un lado como de otro. La brecha con Europa, la brecha de riqueza entre las personas, la brecha entre la gente y sus políticos. Y ahora la oportuna brecha abierta de una región que odia el término región… pero no sabemos cuántos habitantes de esa región quieren ser país y Estado. A mí me gustaría salir de dudas. Con una cadencia y formas respetuosas con las necesidades urgentes y, también, con la Historia, ese blandiblú tan manoseado según los intereses de cada uno.

Ruego por favor que quienes estén en contra de mi visión razonen y no insulten, ni disparen al pianista.

Paga más quien más tiene: la matrioska fiscal

Tacho Rufino | 29 de agosto de 2012 a las 9:45

Antes que nada, debo decir que no me encuentro dentro de la corriente recentralizadora que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, promueve desmontar el Estado de las Autonomías. Una corriente de opinión muy de derechas y, ya puestos, muy previsible. Sí estoy, por completar la premisa de este escrito, de acuerdo con simplificar el mapa autonómico devolviendo al Estado central competencias y atribuciones de ciertas comunidades –en el fondo artificiales y engordadas a favor de corriente y de ciclo económico— que no pueden hacer bien su trabajo, lo cual implica hacerlo eficientemente. Por si acaso, una apostilla más: Andalucía debe ser una autonomía de primer orden, por su peso poblacional, histórico, social y económico: el argumento de que las nacionalidades históricas son aquellas que cuentan con un idioma propio es falaz, onanista, vanidoso y ofensivo (esto último, para quien guste de ofenderse).

Pero una autonomía fuera de duda y una identidad nacional no justifican cualquier argumentación en las relaciones fiscales entre los territorios más o menos autogobernados de España. En estos días, Cataluña ha reproducido a nivel nacional la situación presupuestaria y de falta de liquidez que arrastra a España ante la Unión Europea (en adelante, Europa). Como una matrioska rusa que contiene dentro sucesivas matrioskitas de menor tamaño. Cataluña, por boca de Artur Mas, se ha visto en el brete, en el trago y en la necesidad de pedir a España que la salve de la bancarrota mediante la concesión de un crédito del fondo autonómico dotado para tal fin: para refinanciar los créditos que suscribió Cataluña y que van venciendo inexorablemente. Un rescate se llama. A la primera región económica española le duele tener que acudir al tótem de todas las frustraciones y los desapegos, el Estado español (hablamos del partido nacionalista en el poder, que representa, claro está, a buena parte del pueblo catalán). Y con esa rabia mal contenida, se aduce una y otra vez –no sólo Mas, pero sobre todo Mas– que el dinero que piden es suyo, que les fue expoliado por España confiscando sus impuestos, y que no tienen nada que agradecer, ni tampoco nada que dar a cambio en forma de concesiones políticas y merma de su autogobierno (igual que Rajoy ante Europa, en esto último). Me parece bien la defensa, pero decir “dame lo que es mío, y te perdono la vida, aunque me salves tú a mí la mía” contiene en sí otra falacia.

Los impuestos sobre la renta son personales y no territoriales. Si fueran personales y uno tuviera derecho a reclamar lo que paga más que otros, un ciudadano de renta media-alta, que paga sus impuestos, como quien suscribe, podría reclamar a Cataluña una compensación, porque paga más que la media de los catalanes. Y no digamos si podría reclamar, enardecido y arrogante, a Canarias, Galicia o al propio Estado en su conjunto. Es cierto que Cataluña –obviando, ya digo, el detalle de que los impuestos no son catalanes o manchegos, sino de las personas, los recaude quien los recaude– paga más que la mayoría, y que eso se debe a que su ciudadano medio gana más que la media española, situación envidiable por otras comunidades. Pero no olvidemos que la parte sustancial de su mayor ganancia no sólo se debe a su competitividad y su mejor estructura económica, sino a que tiene una balanza comercial indudablemente positiva con el resto del país. Gano más, pago más. Si llevamos la falacia argumental del expolio español a Cataluña (ojo: se deben revisar los flujos fiscales y de inversión pública casi de forma permanente, pero sin tumbar el principio de redistribución que rige en todos los países democráticos) al nivel local o infinitesimal, los barrios buenos de Cataluña o de Villaluenga de la Sierra deberían quejarse de los mal que gestionan los barrios pobres la sopa boba que ellos les dan, en parte, con sus mayores impuestos. O yo exigir una mejor cama en el hospital público que un parado que no paga impuestos. Es una opción, pero es moralmente repulsiva. Los europeos más ricos gustan de pensar que los mediterráneos (incluidas nuestras regiones relativamente más prósperas) dilapidamos y gestionamos mal por naturaleza. Es curioso cómo ese argumento tan epidérmico y sanguinoliento se reproduce a nivel más pequeño. Es, lamentablemente, natural.

Por qué Europa “nos dio tanto”: una píldora interpretativa

Tacho Rufino | 28 de agosto de 2012 a las 13:15

El departamento de estudios de UBS, un banco suizo de inversión de primer orden, ha realizado un informe (dirigido por Paul Donovan) que viene a concluir –hablando mal y pronto—que las familias más beneficiadas por el euro son las griegas, las españolas y las portuguesas, economías mediterráneas que partieron con un gran desfase renta con respecto al núcleo duro europeo, básicamente de cultura protestante y poderosamente abanderados a su vez por Alemania. Ah, Finlandia, el gran protestante –en el sentido de quejarse, en este caso— de la Unión Europea, se ha beneficiado incluso más que España, pero como la realidad no te puede estropear un buen titular, ha quedado tal detalle para el interior de la noticia (véase cómo la daba Expansión, de forma idéntica Financial Times: “Las familias de Grecia, Portugal y España, las que más se han beneficiado con el euro”). Los PIGS, qué gente más mala… A este respecto, debemos hacer notar que, con el enfoque de este estudio en concreto, las familias italianas e irlandesas –pigs ellas también– han perdido renta en el periodo considerado. Pero el titular es el titular…

Sin ánimo de desentrañar la metodología de la investigación de UBS de manera pormenorizada, lo que el estudio ha medido es la variación de la renta disponible de las familias en el periodo 2000-2010 (sería muy interesante ampliar el periodo considerado hasta 2012, próximamente). Otros factores que pudieran ser relevantes quedan fuera. Esa condición epistemológica llamada ceteris paribus (“permaneciendo constantes el resto de los factores”, es decir, ignorándolos), hace que no se tenga en cuenta la balanza comercial entre los distintos países, o sea, cuánto compro yo a tal país y cuánto me compra a mí tal otro país. Tampoco la llamada balanza financiera, o sea, cuántos de mis ahorros van a financiar inversiones en otras tierras, y cuántos de mis préstamos son concedidos por territorios diferentes del mío. Evidentemente, estudiarlo todo “con todos sus avíos” es una pretensión megalómana que puede originar que las conclusiones sean un gazpacho intragable y sin significación para interpretar la economía agregada y poder plantear políticas públicas. Pero interpretar como cierto las conculsiones de un dato parcial, ensombreciendo datos relevantes (como el de Finlandia, o los de Italia e Irlanda), está todavía más feo.

También hay que tener en cuenta –o habría que tenerlo— que la Unión Monetaria, o sea, el euro, se crea precisamente como un instrumento necesario para la convergencia en renta entre los países del euro. Cosa que todavía España ha hecho sin llegar al objetivo a pesar de las conclusiones del estudio de UBS. Converger realmente significa acercar paulatinamente la renta por habitante de un país con respecto a la media comunitaria. Y no hemos llegado a la media auqí, tdavía (siempre en visión agregada: no es lo mismo San Sebastián que Cádiz). ¿Por qué los países más ricos podrían querer que converjamos en renta con ellos, es decir, que nos acerquemos en riqueza material a ellos? ¿Por qué pagan más a las arcas comunes? ¿Por qué hemos recibido, dicho por pasiva, más fondos los países “por debajo de la media”, más fondos para crecimiento y desarrollo? ¿Es por filantropía? ¿Por paneuropeísmo ideológico? No, claro que no: se pone más en la balanza fiscal común para asegurar territorios comerciales y estabilidad en la balanza por cuenta corriente, por controlar el sistema financiero, y por asegurar una posición de predominio en las actividades de alto valor añadido, o sea y sin ser exhaustivos, en aquellas de alta aplicación tecnológica e industrial, en los suministros militares y su mantenimiento, en las actividades financieras mismas.

Coda: Los datos necesariamente parciales del estudio de UBS, echados a pelear estadísticamente, concluyen que la Unión europea ha hecho en parte sus deberes. Tendría derecho a quejarse Italia; mucho más que Finlandia, por ejemplo.

Coda 2: El mal uso de los fondos comunitarios es otro pecado muy grave, claro que lo es.

¿Era solidaridad o era un ‘queo’?

Tacho Rufino | 12 de noviembre de 2011 a las 11:22

EN reiteradas ocasiones hemos alabado aquí a la economía alemana y el saber hacer de su canciller, Angela Merkel, en el proceloso poliedro comunitario. Su estructura económica altamente industrial, su competitividad y calidad y su hegemonía exportadora -esté el euro alto o bajo- son no ya dignos de elogio, sino de melancólica envidia. Pero la situación europea ha llegado a tal nivel de riesgo para todo y para todos que, para entender lo que pasa y preparase para lo que hay y lo que viene, conviene recordar ciertas situaciones relativamente recientes y comentar otras que resultan esclarecedoras. Y desmitificadoras de lo alemán como paradigma de todo lo bueno y todo lo bien hecho.

Los vicios de la memoria -o desmemoria- selectiva nos hacen no tener en cuenta un hecho sólo en apariencia sorprendente: durante la década anterior al nacimiento del euro, Alemania tenía un altísimo déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente (la diferencia entre cobros y pagos con el exterior), casi al mismo nivel que el campeón importador-consumidor, Estados Unidos. En ese mismo periodo, España, Italia y Grecia sostienen este déficit exterior en un nivel muy por debajo de Alemania, que justo antes del euro (en 1999, y en 2000 igual) era el tercer país con mayor déficit por cuenta corriente del mundo. Como recordaba Nuño Rodrigo en su blog en Cinco Días este miércoles, “con la introducción del euro Alemania pasó a tener superávit (y encarnar las virtudes del trabajo bien hecho) mientras el arco mediterráneo pasaba a registrar cuantiosos desequilibrios comerciales que deben ser compensados con entradas de capital” desde el exterior: con deuda, con préstamos del exterior que financien el consumo de los vagos mediterráneos, consumo ahora demonizado. Un consumo de bienes que, en buena parte, ha hecho de Alemania la campeona de las exportaciones. O sea, en corto y por derecho: el euro ha sido un chollo para los alemanes, que ahora -¡oh paradoja!-, anhelan airados la vuelta al marco: como si el euro no hubiera sido un marco disfrazado. He jugado y me he forrado; me largo, se siente. Mientras, los países mediterráneos -los llamados periféricos, frente a los centrales alrededor de Alemania- hemos sido las vacas lecheras que ha ordeñado Alemania en un verdadero mercado común.

Sí, es cierto: hemos recibido muchos fondos europeos que nos han hecho quizá pasivos -cuidado con los adjetivos: ya está bien-. Pasivos consumidores a los que se ha dejado el grifo del crédito abierto a tope. Con la necesaria negligencia o falta de luces de nuestros gobernantes y de la mayoría de los economistas que opinan, el país creció con la deuda y con el consumo de ladrillo y otros bienes no inmuebles. Ahora nos hemos encontrado con la escoba en la mano, una escoba insoportablemente pesada. ¿Es culpa de las indolentes esencias nacionales? Por favor. ¿Era solidaridad o era un queo? Ustedes dirán. [En andalucía suele usarse la palbara queo por engaño]

(Inevitable buscar similitudes entre estas relaciones con ciertas controversias patrias (con perdón). La balanza fiscal (la diferencia entre lo que una comunidad autónoma aporta al Estado y lo que esa comunidad recibe del Estado en inversiones) está en boca del nacionalismo catalán con razón, pero no con toda la razón. En realidad, lo que se desea no es equilibrar insolidariamente tal balanza, sino conseguir la inaudita prebenda fiscal vasca, llamada cupo. Sea como sea, las cosas se reproducen a escala doméstica en la balanza comercial entre regiones, tan ignorada como esencial para comprender las relaciones de intercambio y la aparición de brechas de riqueza entre territorios y personas. Es un juego de roles que ha ido evolucionando y mutando a lo largo de la Historia: “Yo soy el productor productivo pagador de impuestos porque tú eres el consumidor de lo mío”. Y encima te llaman subsidiado, holgazán y vividor. Menos en Suiza, Luxemburgo y dos sitios más, sucede lo mismo a lo largo y ancho del planeta. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.)

Puigcercós y la verdad incompleta

Tacho Rufino | 15 de noviembre de 2010 a las 12:19

mapa_las_balanzas_fiscalesCataluña es, junto a Madrid y Baleares, la comunidad autónoma donde más recauda el Estado en relación con lo que gasta en ella. Por eso su balanza fiscal es deficitaria. Otras comunidades, entre ellas Andalucía, tienen un saldo de signo contrario. La razón de tal asimetría es puramente económica: se recauda más donde se vende y más se ingresa. Igual que sucede con el IRPF; quien más gana, más paga. La balanza fiscal es un argumento de queja y reivindicación del nacionalismo catalán (Cataluña tiene su balanzario fiscal de cabecera, Ramón Tremosa, profesor de Economía y cabeza de CiU en el Parlamento Europeo), que suele encenderse con especial intensidad en los periodos electorales, como el que está en curso. Ayer, Puigcercós, líder de ERC, dijo que “en Andalucía no paga impuestos ni Dios”. Evidentemente, hablaba en un mitin, y como en los mítines se suelen emitir más sandeces por minuto que en la vida corriente, debemos ser indulgentes. Pero debemos precisar algunas cosas.

declaracion-irpfEmpezaré por lo particular: yo pago más impuestos a las arcas públicas que el catalán medio, mi tipo de gravamen y mi cuota son desde hace años es superiores a los  equivalentes catalanes medios; y soy andaluz y residente en Andalucía. No reclamo nada por ello, sólo quiero recordar que los impuestos son personales y no territoriales, por mucho que esto se ignore contumazmente, como se ignora que existe un  principio de redistribución, de progresividad y de solidaridad en cualquier sistema jurídico y tributario que se precie. En este sentido, los habitantes del Carmel o de Viladecans también expolian a los de Pedralbes o a los del Valle de Arán. Pero es que hay más cosas, que una y otra vez se ignoran al denunciar el agravio. Pero no se puede llamar defraudador al andaluz. Lo malo es que se suelta la piedra, y el ignorante la recoge y la pone en una urna en su argumentario de lugareño superior. Démonos por jodidos. Intentemos explicarnos un poco más.

made in cataluñaPrimero, la balanza fiscal es deficitaria en Cataluña por diversos motivos. Pero, básicamente, porque Cataluña es más rica y produce más y vende más que otros terriotorios. Sucede que la otra balanza, la comercial, está íntimamente relacionada con la fiscal: Cataluña vende muy principalmente en España sus bienes y servicios, donde –por cercanía y porque los canales de distribución son españoles– resultan más competitivos que en el exterior. Esta preponderancia comercial deviene de su estructura económica, su carácter emprendedor y profesionalidad general, y también de la historia común y del momento histórico que vivimos. La cosa no siempre ha sido así, y en una parte no despreciable la industria y el comercio catalán han debido ser protegidos por los poderes públicos –autarquía franquista incluida– para no ser barridos por competidores extranjeros: esto molesta mucho a algunos, pero es innegable. El efecto sede –ubicar allí cuarteles generales y fábricas principales de empresas públicas y privadas– también ha contribuido a este dominio comercial (y, por tanto, a la obligación de pagar más al fondo común). De forma análoga a la balanza comercial cabe hablar de la balanza financiera: dónde captan los fondos las entidades bancarias regionales y dónde lo invierten después. Hay muchas más sucursales de La Caixa en Andalucía que de Unicaja o Cajasol en Cataluña. Y el flujo financiero y de inversión corporativa de la modélica entidad catalana revierte más que proporcionalmente en su tierra que en otras. Sobre esto no hay datos específicos publicados, sólo evidencia pituitaria. Sobre la balanza fiscal, curiosamente sí, aunque se puedan poner en duda si sólo se quiere ver una cara de un poliedro, y con una intención política y electoral además.

Enhorabuena a Cataluña por ser más rica. Lo digo sinceramente.