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Exportadores a la fuerza, los nuevos emigrantes

Tacho Rufino | 7 de mayo de 2011 a las 14:21

No hay síntoma más palmario de la gravedad de la situación económica que el hecho de que el lastre de las empresas españolas se llame precisamente España. Para las que sólo operan aquí, grandes o pequeñas, y también para las que están ‘internacionalizadas’, es decir, que no sólo exportan, sino que se implantan en sus nuevos mercados. El BBVA, por ejemplo, ha visto sus resultados menguar casi un 7,3% por lo precario de sus operaciones nacionales y sus enladrillados e inciertos activos españoles: la caída de los resultados ‘domésticos’ no ha sido del 7,3%, ¡sino del 33%! El fuerte tirón del mercado mexicano y otros emergentes no ha podido compensar la cantidad de provisiones que han debido dotar los bancos nacionales, ocasionando recortes notorios en sus cuentas de resultados. El Santander, siempre golpeando primero, tiene un porcentaje cada vez más modesto de negocios en nuestro país: menos que en Brasil, por poner un ejemplo.

Las multinacionales no son nacionales, es lo que tiene. Para bien y para mal. Porque las inversiones y el empleo de las empresas globales se realizan en las tierras de promisión. Donde no hay mercado, el “Virgencita que me quede como estoy” es el eslogan más probable, tanto para las empresas como para sus empleados: dos caras de una misma moneda devaluada. Igual que el agua busca siempre su salida, no cabe esperar más que los beneficios del ‘efecto sede’ y una cierta fachada de compromiso patriota en las estrategias corporativas de quienes salen a vender y a establecerse fuera. De nuevo en este caso, hacer de la necesidad virtud ha originado notables incrementos de las exportaciones españolas: dentro, en algunos casos como el de la construcción, no se vende un metro lineal. Y, o sales fuera, o languideces dentro.

La exportación, cuando no es planificada sino forzada por las circunstancias, es una versión comercial e indolora de la emigración. A Ginebra o Fráncfort, antes, con la maleta donde no faltaban chorizos para el camino; a México, Shanghai o Río, ahora, a la feria de turno con los planes de negocio. Se crea la riqueza fuera, y en el mejor de los casos se mandan remesas de divisas de vuelta a casa. Las empresas ganan músculo y desparpajo, es cierto. Pero deben calibrar otros costes eventuales que en el terruño no emergen. Por ejemplo, el riesgo que se adquiere con clientes lejanos –todavía existe el espacio físico–; homologaciones, permisos y trámites burocráticos; aviones, comidas y hoteles para los conquistadores; riesgo político; costes por seguros de crédito… y sobre todo problemas de comunicación, tanto explícitos (el idioma) como implícitos (las costumbres, los valores, las asunciones, lo no verbal). El principal problema de los ‘pepes’ en Alemania era precisamente ése.

Las exportaciones son nuestra pequeña gran victoria como economía nacional ante la crisis global que aquí vivimos más que proporcionalmente. De hecho, una mirada al cuadro macroeconómico  del Servicio de Estudios de La Caixa del mes de mayo arroja cifras previsionales negativas por doquier, salvo en algunas partidas que sí crecen, sea para bien (exportaciones), para mal (desempleo e inflación) o por narices (importaciones). Las importaciones –algunas de las cuales, como el petróleo o el gas son casi inamovibles– crecerán moderadamente, probablemente por el efecto de la subida de los precios de materias primas. Subirán los precios mermando el poder adquisitivo de los hogares. El paro seguirá despreciando la reforma laboral, y se mantendrá incólume, alrededor del 20% de la población activa. En cuanto a las exportaciones, en fin, mar en calma, o sea, poca pesca costera: a emigrar con las redes tocan, a otros mares con mayor bravura.

Ladrillo: no es lo mismo lo que no es igual

Tacho Rufino | 31 de enero de 2011 a las 21:23

pocerochuecaSeguimos con la “Caída del ladrillo hispánico”. Con la adecuación del precio de la vivienda a su valor razonable de uso o inversión (ahí es nada). Bien; en este asunto funciona radicalmente aquello de la estadística del medio pollo por barba, cuando uno se lo había comido entero y otro no había probado bocado. ¿Qué tiene que ver la evolución en el precio, su corrección o ajuste, de un inmueble del barrrio de Salamanca con un apartamento de Marina D’Or? Absolutamente nada. Hay ladrillo bueno y ladrillo malo. Si metemos en la comparación al ladrillo británico, estadounidense o irlandés, la comparación tiene un recorrido y una utilidad aun más dudosos.

Por ejemplo, ¿saben ustedes en qué están invirtiendo no pocas fortunas españolas? En ladrillo… londinense. ¿Cabe concluir que el ajuste británico ha finalizado su caída? Pues probablemente no. Pero el londinense bueno, sí, y los dineros de las grandes fortunas y corporaciones españolas que allí compran casas van a realimentar este proceso. Mucho me temo que aquí sucede tres cuartos de lo mismo, y hay casas, pisos y oficinas que han demostrado una rigidez numantina al desplome (medio) de los precios. Quizá vamos a empezar a ver aquí cómo quien puede –quien tiene– va a empezar a sacar la red a volar, y a lanzar el anzuelo. Pero no en cualquier sitio ni para cualquier tipo de construcción. Hablamos de elasticidad, o de rigidez si quieren: no es lo mismo lo que no es igual y se comporta de forma distinta y hasta inversa. Por cierto, hablando de Londres y de propiedades inmobiliarias y suelo: alguien con excelente información –de esa que llamamos asimétrica por no llamarla privilegiada– planea gastarse 350 millones de euros en poner un hotel Bulgari, de esos de 6 estrellas, en el mismo Londres. Es la querida ex-mujer del hombre más rico de España, que, por cierto, también ha invertido en pisos y casas y suelos… nada menos que 10.000 millones –hay quien sosteine que por darle gusto y liquidez al BBVA, le llamaremos Fray Amancio…–. La del hotel es Rosa Mera; su ex y poderoso neo-inversor en ladrillo español es, ya lo saben, Amancio Ortega. Algo que debe hacer dudar de sus agoreras certezas a los fanáticos de las medias aritméticas y hasta ponderadas.

Ahí tiene usted las llaves

Tacho Rufino | 30 de enero de 2011 a las 19:32

LA semana de la reforma de las pensiones, de las duras exigencias de core capital de Salgado a cajas y bancos, de la renovada desconfianza de Davos y el FMI en España ha dejado en la penumbra algunos hechos que son clave para interpretar el pasado perfecto y prever el futuro inmediato de la economía y de las personas que nadan en ella. El primero es el mea culpa acerca de la crisis que ha entonado Estados Unidos por medio de una comisión de su Congreso. Los economistas, en general, no fueron capaces de prever la crisis, pero la autopsia oficial publicada esta semana se centra más bien en la negligencia de los poderes políticos, en el acobardamiento de éstos ante Wall Street y sus acerados e inmorales tiburones, y también en las escopetas de feria de calificación de riesgos y hasta en el propio Greenspan (“¿sabía usted lo que iba a pasar, sí o no, señor Greenspan?”, le preguntaron al ex jefe de la Reserva Federal). El dontancredismo gubernativo, las irresponsables -y por entonces muy trendy- alegrías desreguladoras y “la ineptitud” de las agencias de calificación se han señalado a las claras, en un ejercicio político de contrición y penitencia, que más que el autoflagelo, tiene como objetivo transmitir un mensaje a la gente de a pie: “Todo esto pudo evitarse”, que viene a ser lo mismo que decir: “Os juramos que no volverá a pasar”. La avaricia y la deshonestidad bancaria, los derivados financieros cual caballos de Troya y las hipotecas subprime recorren el informe. Precisamente sobre hipotecas de dudoso cobro para los bancos va la otra noticia tapada de la semana, ya en clave española.

“Una sentencia dice que la entrega del piso vale para saldar la hipoteca”, reza un titular de prensa del pasado jueves. Esto no sería noticia en Estados Unidos, donde un hipotecado puede cancelar su deuda entregando las llaves del piso hipotecado al banco prestamista. De hecho, esa práctica tiene un nombre allí, jingle-mail (sonajero, por aquello de hacer sonar el llavero meneándolo: “ahí lo llevas, na te pío, na te debo“). Sin embargo, en España esto es un notición. El banco implicado, el BBVA, va a recurrir al Supremo, y no dudará en ir al Constitucional. Le va muchísimo e ello, y en el empeño de tumbar esta sentencia -que le afecta en pocos miles de euros- va a estar sin duda apoyado por todos sus competidores, a quienes tal jurisprudencia haría mucha pupa. En España, cuando uno firma una hipoteca se compromete a devolver el préstamo con todos sus bienes, y no sólo con la casa hipotecada. Imaginemos una situación desgraciadamente habitual: pierdo el empleo, no puedo afrontar las cuotas mensuales de la hipoteca, luego me declaro o me declaran fallido e insolvente. El banco retoma un piso que, en realidad, no había dejado de ser suyo, y lo pone en venta para desintoxicar sus maltrechos balances. En la venta o subasta, el precio de la casa resultará ser menor que la deuda pendiente, y el banco irá contra su ex cliente por la diferencia (más costas, más intereses, más todo lo refrendado alegremente ante notario en leoninas letras pequeñas). Irá por él hasta los restos. La ley -hasta ahora- protegía el derecho del banco. Pero el auto de la Audiencia de Navarra puede dar un golpe mortal a esta carga de por vida que atenaza a quienes son repentinamente insolventes (y sí, tampoco fueron precavidos o siquiera sensatos). Lo que el banco le exige al deudor es sólo 28.129 euros. Pero aquí se dilucidan millones y millones de euros. Si esta sentencia se convierte en jurisprudencia, la avalancha de sonajeros puede estar servida. Adiós a la propiedad, bienvenido el bendito alquiler. Aunque lejos en el espacio, hay más de una cosa común entre ésta y las noticias de EEUU. Entre ellas, el ingrediente moral que esgrimen tanto la citada Comisión como el juez de Navarra. Éste ha escrito en su auto que la pretensión del banco de seguir más allá de la subasta al deudor es “moralmente rechazable”. ¿Finanzas éticas, eso puede ser?

 

(Sobre este asunto, publiqué otra entrada en este blog hace algo más de dos años. Para ver, pinchar aquí)

Todas las miradas sobre nuestra banca

Tacho Rufino | 15 de enero de 2011 a las 20:55

Navidad-melancolica-952647LOS elementos del paisaje tienen en su mayoría una apariencia penosa, pero son sencillos de interpretar: crecimiento imperceptible, o sea, no ya incapaz de generar empleo, sino todavía destructor de puestos de trabajo; subidas de impuestos al consumo sucesivas, lo que unido a la contracción salarial supone un empobrecimiento de la población; brusca caída de una de las ruedas económicas, el consumo; estancamiento del flujo crediticio. Hay algunas pinceladas luminosas: el apreciable y vital incremento de las exportaciones, la recuperación del turismo, los tipos de interés bajos (pero si, como parece, los sube el BCE para frenar la inflación de los otros, España y sus legiones de hipotecados sufrirán la medida más que nadie). En la tesitura actual, cuando de nuevo la palabra “rescate” ha ocupado portadas de periódicos, España ha conseguido esta semana colocar nada menos que 3.000 nuevos millones de deuda soberana en el exterior. Pero nada parece ser suficiente, y nuestro sector bancario está ahora en boca de todos. Es lo que toca.

La banca española está, con y sin razón, en entredicho. Espero no estar obsesionado con la creciente bipolarización de todo (la semana pasada se hablaba aquí de ese mismo fenómeno en el tamaño de las empresas y su reparto de poder), pero las entidades españolas adolecen también de una polarización extrema: dos grandes bancos poderosísimos, por un lado; muchos bancos y, sobre todo, cajas en serios aprietos, por otro. Las nuevas dudas sobre nuestra viabilidad financiera como país provienen de la deuda externa y su padrastro, el déficit. La deuda no es grande en comparación con otros países, pero se la supone -como la irlandesa- muy expuesta a contagiarse del exceso de préstamos hipotecarios y otros activos procedentes de la construcción que sufre la banca privada, que, en un caso extremo, debería ser asumido por el Estado. Los bancos españoles no cumplen a día de hoy una de sus funciones -financiar, dar crédito- por la mencionada exposición inmobiliaria y también por sus enormes dificultades para obtener a su vez crédito del exterior, algo básico para su funcionamiento. Como ejemplo, los bancos españoles están financiando con instrumentos a corto plazo (los repos) lo que debería ser financiado a largo: en casa del herrero, cuchara de palo. La nueva barra libre del BCE -otra forma, antes excepcional, de obtención de fondos de la banca- ha aliviado el problema y ayudado a salvar nuestro poblado del acecho de los lobos especulativos. El reciente “¡al FROB, al FROB!” de Zapatero ha sido el otro parche de este obligado cambalache de urgencia. La enésima urgencia.

miradasPero son sobre todo las cajas de ahorros las que alimentan las nuevas desconfianzas del mundo exterior. A fin de cuentas, las finanzas son tan sensiblitas que las percepciones cuentan más que los hechos: así es si así os parece, que escribía Pirandello, y dense ustedes por fastidiados, que decía otro menos letrado. Las cajas, pues. Estarán felices quienes, por mor de la muy benéfica bancarización y, a su vez, la despolitización local y regional de las cajas y el racionalísimo abandono de sus labores sociales, aplaudieron la castración en origen de una gran caja andaluza: mientras la negligencia y el primadonnismo ejecutivo bloquearon tal posibilidad, otras comunidades se aseguraron tan útil -y abusado, que también- recurso de política económica. Ahora, a pesar de que en Alemania existen landesbank (sus cajas de ahorros) por doquier, lo de aquí les huele mal. Cierto es que tienen pequeña dimensión relativa y mucho ladrillo en sus balances, y que esto se ha soslayado transitoriamente con los SIP que unen churras con merinas poniendo a resguardo -de momento- a muchas cajas y cajitas. Pero, de nuevo, nos estamos llevando por delante, obligados desde fuera, un buen número de activos públicos y privados que podemos echar mucho de menos cuando esta oleada de liberalismo a la fuerza remita: concentración y, sí, polarización. Pírrica y contradictoria victoria del liberalismo a la fuerza.

Amancio sí compra ladrillo

Tacho Rufino | 21 de diciembre de 2010 a las 14:07

ortegaAmancio Ortega deshace dos de sus Sicav (sociedades patrimoniales mediante las que mueve e invierte su fortuna) para invertir en el ladrillo, en concreto en inmuebles del BBVA, que a su vez necesita quitar de sus balances activos malos con los que no sabe qué hacer… salvo venderlos (?) baratos. Algo se mueve en el sector. ¿Se trata del punto de inflexión de la caída de precios generalizada? Aún es pronto para decirlo. De momento, como muchas otras Sicav, las gestoras de Ortega están descapitalizadas porque sus fondos han sido sacados de las mismas para obtener liquidez en plena crisis. Cuando se obtenían plusvalías fáciles en el mercado financiero, las Sicav eran un instrumento eficacísimo de las grandes fortunas, sobre todo por su ínfima tributación (21% para sus titulares cuando materializaban –se echaban al bolsillo– las ganancias, pero sólo un 1% de Impuesto de Sociedades si los dineros quedaban en la Sicav). Ahora, es hora de pescar en el río revuelto y en caída libre del ladrillo. Eso hace Ortega, que no es poco decir: un hombre y un capital capaz de desentumecer el mercado donde nada se vende porque todos esperan caídas irracionales, tan irracionales como las subidas de la burbuja.

Botín, el poder ‘sistémico’

Tacho Rufino | 23 de noviembre de 2009 a las 9:45

http://www.youtube.com/watch?v=JkhXYyGJr1s
TRAS la debacle bancaria del mundo occidental, en plena tensión fronteriza entre las propias entidades financieras, y entre éstas y los gobiernos que les arrimaban garantías; en plena sequía, en fin, del crédito a particulares y empresas, Banco Santander realizó un movimiento en apariencia de alto riesgo, que a la postre resultó ser un golpe magistral (ver noticia). Una semana después de que a Río de Janeiro le otorgara el Comité Olímpico Internacional la organización de los Juegos de 2016, el primer banco español sacó a bolsa el 16% de su filial brasileña, con una plusvalía de casi 1.500 millones de euros. Si Río hubiera sido descartada como Madrid, otro gallo hubiera cantado… pero eso no sucedió, como era previsible que no sucediera, por otra parte. A esto -sólo un ejemplo- se le llama estar en el sitio preciso en el momento justo, con la mejor información de soporte. Ganando mientras los demás salvan los muebles, en el mejor de los casos. No en balde el Santander es uno de los bancos más valiosos del mundo.

Esta semana hemos escuchado de boca de Emilio Botín (video arriba), presidente del Santander, una queja, y a la vez un argumento, incuestionable: no pueden pagar los platos rotos de la crisis precisamente aquéllos que han hecho bien las cosas. Si obviamos el petardazo Madoff, que castigó a sus clientes de gran patrimonio y que creyeron estar en un parnaso de rentabilidad exclusiva, la entidad cántabra arroja cifras de negocio buenas, impropias de una economía depresiva. La cumbre del G-20 -que, la verdad, camina hacia la nada fotoburocrática- prescribe aplicar un mayor rigor a los bancos de gran tamaño, con riesgo sistémico. Y Botín lanza como respuesta uno de sus contados mensajes públicos con chicha: “Hay que vigilar el riesgo, no el tamaño”. Incontestable, y hagamos caja en la memoria.

Botín, sin duda, es un hombre sumamente poderoso; debe de ser una mente preclara, un trabajador permanente y un carácter implacable, que insufla la competencia extrema en el ambiente de trabajo de sus empleados, particularmente en los de alto nivel (y pareja retribución). Caiga o no caiga bien, Botín es el banquero de referencia, el que nunca falta; encorbatado siempre de rojo en las reuniones imprescindibles de la créme política-económica. Zapatero, recordarán, en la fase previa de la crisis, se apoyó mucho en él para anclarse ante una turbulencia que venía para quedarse. Ningún español tiene tanto poder sistémico. Valga este raro término, pero tan de actualidad, para entroncar con un estado de las cosas en el mundo bancario.

No sólo el Santander, sino también el segundo de nuestros grandes bancos (el BBVA), ve cómo el clamor por el control de las operaciones financieras amenaza con penalizar por igual a los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal, o incluso hicieron poco. Los grandes bancos españoles -que no son sólo los dos primeros, el del Sabadell es un caso de gran éxito callado- pueden verse perjudicados por unas restricciones en apariencia sensatas y prudentes (asustadas), pero que ellos no merecen. Botín vino a decir que pagan justos por pecadores. Se llama riesgo sistémico al que acarrea el banco que es mayor y está más expandido en el mapa geográfico y, mejor, en el gran mapa financiero global. Y mientras que con una mayor vigilancia reguladora se pretende, por un lado, evitar amplias catástrofes patrimoniales se incurre, por otro, en un lastre para los buenos y en una forma de injusticia. Pero, en fin, hombros montañeses para aguantar no faltan.

 

Banqueros natos

Tacho Rufino | 5 de octubre de 2009 a las 12:23

LA economía no es mala ni buena, los malos o buenos somos nosotros. Las malas rachas no provienen de los ciclos ni de la evolución degenerativa de las fuerzas del mercado, sino que tienen su origen en la naturaleza humana. Es decir, la economía no es más que un reflejo de lo que somos capaces de hacer, en lo bueno y en lo malo. Así lo piensa Alan Greenspan, que ha sido el mandamás del banco central estadounidense -la Reserva Federal o Fed- durante las vacas gordas: su mandato duró justo hasta unos meses antes de que la crisis estallara. Según Greenspan ha declarado esta semana, aunque el colapso del sistema tuvo como detonante la debacle de las hipotecas subprime, hubiera tenido cualquier otro antes o después, porque todas las crisis económicas (o “financieras”, como refieren llamarlas los anglosajones) tienen una cosa en común: la irracionalidad, que sólo es imputable a quien tiene razonamiento. Según ha dicho el sin empacho Greenspan, el ser humano, que tiene razonamiento o lo puede tener, se desnorta cuando lleva el viento de popa y tiene el bolsillo reventón. La opulencia nos confunde, y esta confusión sobrevalora los bienes y minusvalora los riesgos, creando frágiles pompas de jabón, apariencias sin esencia. Cuando gozamos de buena salud, damos por hecho que siempre estaremos sanos, y actuamos bajo esa premisa que, a la postre, siempre es irracional. Asumimos compromisos a largo plazo, dando por descontado que nuestro bienes se revalorizarán sin cesar, y ello nos empuja a consumir con alegría y confianza ciega. Un esquema de comportamiento que los economistas denominan efecto riqueza.

Mr. Greenspan, sin embargo, puede haber tenido más que ver en la catástrofe que el ser humano medio: en sus años de mandarín mundial del dólar los llamados derivados financieros tuvieron un auge sin precedentes. Estas estructuras inescrutables que daban réditos irracionales, esos paquetes poliédricos y a veces trileros en los que se infiltraba el aire caliente que inflaba la burbuja, son tan culpables de la calamidad como las hipotecas basura. Según este preclaro hijo de la escuela judía de economistas norteamericanos, “muchos de ellos [los banqueros del desastre] pensaron que podrían detectar el punto de activación real de la crisis a tiempo de salir de la misma”. Pero no fueron lo suficientemente pillos, y no lo hicieron, y obligaron a descomunales planes de rescate a costa del dinero común. Pero Greenspan fue más listo, e hizo mutis justo antes de que la niebla exuberante se disipara y viéramos -los inversores exclusivos de derivados al diez por ciento, más- el abismo bajo nuestros pies. Él sí se retiró a tiempo de la partida de póquer.

En una semana en la que hemos asistido a la obscena indemnización por despido de Goirigolzarri (52 millones de euros se lleva a casa el hasta ahora consejero delegado del BBVA, tras un montón de años a razón de tres millones por curso), no cabe esperar nada de quienes han libado el néctar del poder total, absolutamente de espaldas a las miríadas de pequeños accionistas que ven mermadas con estas locuras millonarias sus lícitas aspiraciones de rentabilidad: todo lo que se lleva -de repente- el tecnócrata es menos dinero a repartir vía dividendos, mucho menos. Desde su refugio de oro, por su parte, Greenspan nos recuerda que la cabra tira al monte, y siempre lo hará. Gracias por la sinceridad, don Alan.

Economía Política Ibérica

Tacho Rufino | 29 de abril de 2008 a las 18:22

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Originalmente, el término Economía Política es sinónimo de Economía, aunque con el tiempo se la conoce como aquella disciplina que estudia las relaciones entre instituciones y mercados. Es inevitable, tras el anuncio de Zaplana de que se marcha a Telefónica, confirmar que las relaciones entre las grandes empresas y los partidos políticos -en el poder o en la oposición- son en nuestro país sospechosas, y que la Economía Política encuentra en nuestra país su aggiornamento como expresión. Una nueva acepción para el término creado en el siglo XVII por Antoine de Montchretien. Hay precedentes de sobra: Sacyr por el BBVA con la ayuda de un amigo; la Caixa y Gas Natural por Endesa con la ayuda de otro y la resistencia del contrario del otro. Ahora, Telefónica, con excelentes relaciones siempre con el PP desde los tiempos de Aznar-Villalonga, acoge en su seno a Eduardo Zaplana. En un puesto-caramelo de nuevo cuño: delegado para Europa, con especial enfoque en la República Checa y otros territorios de expansión de la gran compañía española.

Alfonso Guerra, con su habitual lengua viperina, ha dicho que los conservadores son así: vienen a la política a conseguir poder e influencia, y si no la consiguen o quedan en segunda fila, se van a donde fluye el dinero. Cabe replicar -sin temor a equivocarse- que ni todos los conservadores son así, ni todos los progresistas son vocacionales servidores públicos. Mejor se hubiera callado.

Zaplana no cae bien ni a los de su propio partido. Esclavo indemne de sus palabras grabadas (“vengo a la política a hacerme rico”), y tras casarse con la hija del empresario hostelero Barceló, llegar a ser alcalde del modelo de urbanismo que es Benidorm y acabar siendo presidente de la Comunidad Valenciana y ministro, el cartagenero ha agotado, de momento, sus posibilidades políticas en la élite, y no va a quedar de diputado raso, aunque haya tenido el desahogo de decir que eso es lo que iba a ser en esta legislatura. Tras él, irán Pizarro -en sentido inverso y vuelta a empezar- y Costa. ¿Quieren ustedes vaticinar cuándo se marcharán ellos?