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Blindajes tecnócratas: el que venga detrás, que arree

Tacho Rufino8 de Junio de 2009 a las 7:23 pm

(Fotos: Mansión de Fred Goodwin apedreada; John Kenneth Galbratih)

Me contaron que un alto y muy pérfido diplomático británico decía de los españoles que somos “especialistas en cagarla cuando las cosas nos iban bien”. Venía a querer decir, probablemente, varias cosas: entre otras, “no trago a los españoles, como principio cero”, y “los españoles son proclives a tirar la casa por la ventana y no pensar en el futuro y en los posibles cambios, tantas veces repentinos, desde el ciclo alto al ciclo depresivo”. Quizá no le falte razón, en cualquier caso el dardo bien vale alguna reflexión. De entrada, que resulta que no sólo derrochamos y perdemos contacto con la realidad en épocas de opulencia. Pero, también, que en las épocas de crisis, muchos de quienes ostentan el poder formal de las organizaciones siguen pensando, básicamente, en su propio medro y su futuro personal. Otra forma de fastidiarla, pero en tiempos depresivos.

John Keneth Galbraith -economista canadiense y, durante un tiempo, diplomático de EEUU, a pesar de sus posiciones tenidas por izquierdistas- hablaba con lucidez de la tecnocracia como el origen de muchas ineficiencias en los mercados, por no hablar de injusticias. Galbraith habla incluso de “explotación”. Dicho en corto, la tecnocracia la conforman los ejecutivos no propietarios, al menos originalmente no propietarios, que sin embargo toman el poder de la organizaciones que los contratan de una manera siempre orientada a sus propios intereses. Los salarios directivos españoles en dinero y en especie han crecido en la última década de una manera totalmente despareja de los salarios más bajos. Según Galbraith, la tecnocracia explota tanto a los propietarios como a los consumidores, y su estrategia personal es prioritaria, siempre por encima de la estrategia de las empresas que les pagan. También cabe hablar de tecnocracia pública, por supuesto. Los blindajes son una de las formas más habituales de trincar: las empresas los firman alegremente a veces. En las empresas más grandes y con mayor distancia del accionista -muchas veces, un accionista disperso en el mercado bursátil-, colchones dorados de retiro, tantas veces desproporcionados, pillan por donde dijimos a la empresa, lastran sus dividendos y limitan las posibilidades de incentivar retributivamente a los niveles medios y bajos del organigrama. En alguno casos, como sucede en épocas de penuria, la empresa es incapaz de echar a un directivo que ya no es útil: le cuesta demasiado caro, y no sabe dónde ponerlo.

¿Sólo en épocas de subidón se cometen imprudencias que condicionan el futuro, como la negociación de blindajes irracionales? ¡No! Según informa Negocios de El País en el salmón de ayer, en 2008 los blindajes no sólo no se han congelado, sino que han aumentado nada menos que un 9 por ciento. “Si la cosa se pone fea, mejor buscar un colchón en el que amortiguar el golpe”, comienza diciendo el reportaje. Y el que venga detrás que arree. En el caso del mencionado artículo, se centra sólo en grandes empresas cotizadas. Pero también hay ejemplos como éste en empresas no tan grandes. La codicia genera odio cuando la cifra del paro se acerca a ese límite imaginario de 5 millones de parados: el umbral de la convulsión social. Claro, que también “el blindado” podrá alegar “legalidad” en el trato con su empresa, y puede que no le falte razón. No todo es ley, obviamente, pero es un buen argumento al que agarrarse: “ande yo caliente, y ríase la gente”, escribía el cordobés Góngora.

Para cerrar el razonamiento, cabe recordar que el mangazo legal del altísimo directivo no es cosa española, ni mucho menos. El caso más notorio del último año ha sido el de un ejecutivo galáctico, que se encargó de dejar derrumbarse la gloria bancaria nacional, con un blindaje obsceno y una pensión vitalicia de casi un millón de euros anuales. Por cierto, el banco es el Royal Bank of Scotland y el personaje es Fred Goodwin (que incluso fue previamente nombrado sir). Very british…

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Economía razonable para todos lo públicos Economista, profesor de la Universidad de Sevilla y columnista habitual de los medios del Grupo Joly

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