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¿Por qué se permite hacerlo? ¡Porque puede!

Tacho Rufino | 6 de agosto de 2012 a las 13:05

TODO es ahora cambiante y complejo, extremadamente dinámico e incierto, así que por qué no practicar un poco de revisionismo también en nuestro refranero de calle. Por ejemplo, “Que tienes más peligro que una caja de draghis”. Alternativamente, “eres más falso que un Draghi de plástico”. Esta semana, contra todo pronóstico y seguramente reconvenido por Merkel, este Shylock con másteres y currículum de gran escualo de Goldman Sachs nos vuelve a hundir en la miseria. ¿Por qué lo hace? Porque puede: he ahí la cuestión. Shylock era el avaro prestamista shakespeariano, que encarnaba lo peor del estereotipo antisemita, pero evidentemente no es por la condición de judío de Mario Draghi -que lo es- por lo que él resulta inmoralmente peligroso para grandes masas de población. Krugman o Stiglitz, grandes críticos del papel del dúo Merkel-Draghi en los últimos tres años (error, el último año; antes, Trichet), también lo son. Como un niño caprichoso y despiadado, el presidente del BCE se ha desdicho, la ha envainado, y la calma que infundió la semana pasada a los también insoportablemente leves mercados se ha esfumado este jueves. Una palabra tuya bastará para sanarme, Mario, y otra palabra tuya bastará para matarme. Hay en España quien pide que Draghi sea juzgado por crímenes contra la Humanidad (no es broma). Hay en España maximalistas en otras trincheras que opinan que nos merecemos este castigo, que por qué nos va a salvar el BCE comprando nuestra deuda pública: la ortodoxia selectiva e intermitente -ahora sí, ahora no- resulta tan demagógica como pretender sentar a Draghi en un banquillo de acusados como sentaron en Nuremberg los aliados a aquel juez nazi, el Dr. Jennings (escalofriantes interpretaciones de Burt Lancaster y Spencer Tracy en la película de Stanley Kramer). ¿Mucha referencia a la Alemania nazi? Con mayor claridad y cantidad las podemos encontrar en la prensa alemana contemporánea y en referencia al papel político de su país en esta crisis. El semanario Der Spiegel tiene una versión reducida en español. No está nada mal darse una vuelta por sus páginas digitales para modular nuestras percepciones sobre “los alemanes”. Jakob Augstein, prestigioso columnista y editor, publicó hace pocas semanas en Der Spiegel un artículo titulado “Alemania, conductora kamikaze”, en el que dice a las claras que el discurso merkelista -bien cocinado por el diario populista Bild- de que “todo el mundo quiere llevarse nuestro dinero” no es sólo falso, sino que incrementa el riesgo de corrosión de la Democracia. Y no tiene Augstein miedo de establecer paralelismos de la situación actual con la República de Weimar y el surgimiento del nazismo. “Merkel trabaja en debilitar el compromiso europeo de los alemanes… comete un grave error al enterrar la idea clave de la posguerra: la potencia media que constituye Alemania no tiene futuro fuera de la comunidad europea de destinos”. La vía europea es complicada, pero la vía alemana no existe: “¿Qué hará Merkel cuando el euro y Schengen, fruto de sesenta años de integración, hayan desaparecido? ¿Confiar en China?”, se pregunta Augstein. Y volvamos a Draghi, un hombre que aparece de pronto investido de un poder excesivo. El curator del euro puede provocar y apaciguar maremotos diciendo unas palabrillas misteriosas ante la prensa. Aunque sin duda Draghi es la correa de transmisión de la actual política obsesiva y corta de miras de Merkel, la capacidad de hacer daño del italiano es inmensa. Pero recordemos que el origen de su poder no es democrático, y da miedo pensar en que las fuerzas que rigen nuestros destinos no son nuestras voluntades hechas representantes políticos y gobernantes, sino un gobernador de un banco central de una Europa dividida en lo esencial… y unos mercados financieros erráticos, asustadizos o, peor, yonquis de la especulación y el corto plazo.

Hay que llegar al punto G-20

Tacho Rufino | 28 de septiembre de 2011 a las 18:59

Existe un lucido y lúcido modelo que dice que las crisis suelen tener siete fases, como siete cabezas tenía la hidra mitológica… griega. La hidra es buen símbolo del curso de los acontecimientos, porque por cada cabeza que algún héroe (Heracles en el mito; los rescates del FMI, el FEEF o el BCE comprando deuda, en estos tiempos), la hidra regeneraba dos. El modelo que ilustra las fases típicas de toda crisis comienza con una fase de liberalización financiera, es decir y en este caso, de ausencia de controles, desproporción patológica de la economía financiera sobre la real –a quien, en ortodoxia debería servir, y no crecer y multiplicarse independiente y metastásicamente hasta el colapso por entregas, como es el caso del colapso al que asistimos–. Estaremos viendo surgir totalitarismos más o menos modernos y tecnológicos y todavía habrá quien llame liberticidas a quienes recuerden que origen de todos los males está en la orgía financiera que tuvo lugar durante al menos una década antes del estallido de la crisis, y que o se controlan los excesos o los daños son brutales, que ya lo son. Qué sospechoso término, liberticida, que suelen tener en la punta de la lengua los mal llamados liberales obsesionados con el comunismo, en no pocos casos ultras de manual y de reconocido currículo. “¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, dicen que dijo una heroína de la Revolución Francesa, justo antes de que la turbamulta de ocasión se marcara una pachanguita con su cabeza. De momento, los crímenes son económicos.

Algo hemos avanzado para hacer frente a esta hidra o alien mutante que se transforma y contagia desde lo financiero a lo real, de la crisis de la deuda soberana a la bancaria, del euro a quién sabe dónde y a qué: por fin hemos comprendido que, o se acomete la lucha entre todos, o la cosa sólo hará empeorar para todos. Alemania –que inmolará a Angela Merkel en las elecciones, lo cual la libera para hacer lo mejor para su país: salvar el euro– sabe que quien más tiene es quien más tiene que perder. Europa es su mercado natural y masivo. A corto plazo, el euro débil les conviene para exportar, pero sus mercados principales están tocados, en buena parte por la falta de reflejos comunitaria, que parece estar paliándose. Alemania es clave. Pero hay más. No sólo se requiere la acción coordinada del FMI, el BCE y el Bundesbank en la sombra, la Comisión de un Durao que hoy ha propuesto controlar y gravar las transacciones bancarias (“no todo va a ser recibir dinero de los contribuyentes, ¿no?”, ha venido a decir el viejo zorro portugués), Merkel, Sarkozy y los hermanitos pobres. No; también se requiere, y muy especialmente, la contribución de Estados Undios y la coordinación con Estados Unidos, un país que ya tiene miedo y –algo desmemoriado de su propia y fatal negligencia institucional, el detonante de todo– pide que por favor actuemos con diligencia. También se requiere la contribución de los países emergentes. Cuidado: China debe hacer de locomotora, y esa locomotora puede también gripar por una latente y enorme burbuja inmobiliaria. El planeta es muy chiquitito, y todos deben ser conscientes de que ni Grecia es el cáncer, ni la Unión Europea tampoco, ni Alemania la más noble y honesta pariente protestante que puede hacer y deshacer muy soberbia e indignada, ni Estados Unidos el imperio ya, ni China el nuevo imperio todavía. El G-20 es probablemente el único punto de encuentro. El punto G-20. Un punto de encuentro que hasta ahora ha servido para poco más que hacerse fotos en la que los grandes líderes del mundo parecen una promoción de compañeros de estudios en su 25 aniversario. ¡Encontremos el punto G-20, quizá no haya otra! Y busquemos ser uno de los 20 (que no lo son, que son más de 20).