Tacho16 de octubre de 2008 a las 7:40 pm

Lo que voy a contar es cierto. Conozco el caso. Él es un infraempleado español al uso: carrera, dos idiomas y medio, un mastercillo, con algo más de mil euros de salario limpio al mes. Mil quinientos el mes que más cobra con los variables. Como suele decirse, es de “extracción humilde” y sus padres tienen todos los ahorros diluidos en los tabiques de la casa que habitan. Él es un chico inteligente, independiente, con ganas de vivir. Le gusta eso que llaman la bohemia: codearse gente con aspecto alternativo, de ideas progresistas sin dolor ni riesgo, leer a Charles Baxter, alquilar a Truffaut para preparar el espíritu con los amigos antes de lanzarse a los garitos desde el jueves noche. Por estas razones y otras aspiraciones, y animado por sus padres que le dicen que “alquilar es tirar el dinero”, nuestro hombre joven decide comprar una casa hace cosa de dos años. Él es típico caso de quien se queda con la escoba en la mano o sin silla donde sentarse en el juego de marras. Resumo su panorama: sus padres lo avalan, se apresura a comprar una casa en una promoción de la que se ha vendido menos de un diez por ciento (han desmontado la casetilla de ventas y la propia casa piloto: su urbanización parece sacada de una película de post hecatombe nuclear), dedicaba al principio el 80 por ciento de su precario sueldo a pagar la hipoteca (con las subidas de intereses, es prácticamente el noventa). Se puede decir que su casa vale a día de hoy en el mercado menos de lo que le queda por pagar de préstamo hipotecario. Quiere meter estudiantes en casa, pero los estudiantes no quieren vivir allí, a la sombra de un hipermercado de periferia. Le acaban de decir en el trabajo que vaya buscándose la vida en otro lado. Omito la moraleja. Bonito plan, en cualquier caso.
Tacho22 de abril de 2008 a las 9:23 am
Aprovecho el blog para compartir con aquellos de vosotros que lo deseéis un artículo con un poco de guasa que publiqué el domingo en RdA, la revista dominical en papel de los 9 periódicos Joly. Con el horizonte en forma de orejas de lobo, contamos la eventual historia de una familia media española que pone todos los huevos del ahorro de su vida en la cesta de la inversión-pelotazo, justo en el momento en que las vacas gordas pillaron la tenia. Pinchar aquí para ver “Gutiérrez, año 2011“.
Tacho20 de febrero de 2008 a las 12:18 pm
Las recientes debacles financieras de Contsa y Riverduero CAI han sido calificadas de diversas formas con diversa intención
- magnánimamente, de ahogamiento por falta de liquidez a pesar de las buenas perspectivas
- técnicamente, de estructura piramidal de relojería y,
- sin paliativos, de estafa
Pensar que unos vendedores trajeados y persuasivos en una calle principal de la ciudad, o unos señores simpáticos -grandes manejadores de redes de contacto y acontecimientos festivos donde despliegan sus anzuelos comerciales- pueden retribuir con unos intereses desorbitados las imposiciones de unos dineros de origen más o menos justificable es sencillamente insensato.
El ladrillo inflacionario, el mercado inmobiliario lleno de aire, el boom de un sector que multiplicaba las inversiones por arte de magia tienen su correlato en ciertos lugares comunes de los almuerzos, las reuniones familiares, las saunas de gimnasio, la sombra de las sombrillas playeras o las barras de bar: “compré sobre plano hace un año y acabo de vender el piso, un bajo, sacándole el triple”; “mi cuñado ha vendido el adosado de Zahara en 30 millones de pesetas más de lo que lo compró hace cinco años”; “sale a cuenta pedir dinero para invertir en Contsa, se paga el crédito solo y te queda para vivir sobrado”.
De esta mitología popular a -cegados por la codicia, el efecto emulación y el efecto riqueza de los economistas- meter el dinero de cualquier color que tenemos o tomamos prestado en Contsa, Riverduero, Afinsa o Fórum (todo sub-judice o pre-judice, pero todo similar según todas las trazas), va un saltito. El pánico causado por el inminente pinchazo del boom hace que algunos inversores pidan su dinero, lo que deja sin liquidez a la mágica empresa intermediaria que, con golfería por dilucidar, alarga el estallido de una pirámide que no se sostiene: pagar altísimos intereses a cuenta de rentabilidades inmobiliarias futuras, cuando ya no se vende casi nada, y además tener que reembolsar el capital de las inversiones, es demasiado.
Y… ¡plof!