Archivos para el tag ‘CEOE’

Gracias, Mónica

Tacho Rufino | 28 de abril de 2014 a las 15:50

SE agradece la sinceridad. Evita tiempo, y delimita el terreno del juego de las rivalidades y las negociaciones. Que la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, afirme con indignación malamente contenida que los ninis (jóvenes sin trabajo ni formación) son una rémora parasitaria que “no sirve para nada” retrata perfectamente no ya la opinión de esta portavoz empresarial, sino la opinión de otras personas que demuestran una crueldad social digna de encomio cuando se refieren a colectivos desfavorecidos. En este caso, un colectivo que fue favorecido por el exceso inmobiliario que nos narcotizó y euforizó por turnos durante una década, desastrosa a la postre. Los pobres diablos, condenados al paro eterno, y encima apestados socialmente. Gente que dejó de estudiar embebida por el fajito de billetes de cincuenta en la cartera cada viernes, que compró coches negros de gama media y alto petardeo, reventones de yantas y decibelios; chicos ganando de dos mil para arriba en la construcción, con zapatillas deportivas alucinógenas, que tiraba de billetes desde el viernes al domingo como un señor. “Mi hijo no es de ésos; mi niño sí sirve para algo”, debe de pensar Oriol. Con amigos como ésta señora o el otrora presidente de la CEOE, Díaz Ferrán, quién quiere enemigos, dirán muchos empresarios, que tienen que soportar ser “representados” por personas con esta ligereza de barbuquejo. Es muy curiosa la condición de representante patronal. Por lo general, de entrada, bastantes de ellos no han sido ni son empresarios, y algunos mejor que no lo hubieran sido por el bien de este colectivo indispensable para la creación de empleo. Además, por lo general, las empresas no se organizan alrededor de patronal alguna: el empresario es más un cazador solitario que un miembro gregario de una asociación que no le reporte negocio o financiación. Me temo que Mónica de Oriol, en la trastienda de su intención, busca con estas palabras que la han lanzado al estrellato de la semana seguir consiguiendo abaratamientos laborales; precios de saldo que, comparados con los de nuestro entorno, la Unión Europea, son ya de risa. Con sus palabras, la empresaria -que lo es: es presidenta de Seguriber, una empresa de seguridad que trabaja muchísimo para lo público- ha conseguido que mucha gente recoja el bumerán y lo lance a la española, a la tremenda: “Los empresarios sí que son parásitos de la sociedad”. Oriol ha conseguido que demasiada gente vuelva a poner en duda la competitividad de nuestra empresa media, que sólo parece ganar capacidad de competir por la vía de los salarios. Gracias, Mónica.

‘Roselloni’

Tacho Rufino | 11 de febrero de 2013 a las 12:49

ÉRAMOS pocos y parió la abuela, dice el dicho. En la semana del aquí no ha pasado nada pero algo puede que sí haya pasado de Rajoy, cuando compareció ante la prensa en una grabación en una tele de plasma -galleguismo tecnológico-, el presidente de los empresarios españoles ha parido: “En España no hay seis millones de parados (…), la estadística sobre el paro, la EPA del Instituto Nacional de Estadística, no me la creo yo (…) hay 400.000 funcionarios que no hacen nada más que consumir bolígrafos y teléfono (…), si me dejas a mí la legislación laboral la cambio en una semana”. Quién dijo miedo.

Ya llevaba tiempo Joan Rosell sin soltar ese tipo de boutades de alto impacto que su predecesor, el infausto Díaz Ferrán, convirtió en propias de un directivo de la patronal que se preciase. La débil afiliación de la alta patronal, el desapego hacia ellas del empresario pequeño y mediano, que ni tiene ni quiere relumbrón ni focos, convierte a la incontinencia verbal de Ferrán o Rosell en un rival del empresario en una tierra como la nuestra, en la que el empresario, desgraciadamente, sigue siendo para muchos “el que tiene lo que yo no tengo, un sujeto espabilado que sortea impuestos, innova poco y emplea poco, vive bastante de lo público y es una casta mayormente hereditaria”. Con amigos como éstos, quién quiere enemigos. Descartado que el presidente de la CEOE ingiriera ayer viernes al alba licor de forma irresponsable, debemos platearnos por qué dice esas cosas alguien de su significación. Él, que en teoría representa al colectivo esencial para el renacimiento español, los empresarios. Platearemos aquí dos hipótesis: la de la falta de cariño y la de la rebosante ambición política.

Hipótesis 1. El papel de los empresarios en el corazón de la crisis no es precisamente lucido hasta la fecha. En gran parte arrastrados por una contracción crediticia y de consumo brutal, y en parte también por el efecto llamada al despido de una inoportuna reforma laboral, los empresarios españoles pelean por sobrevivir, salen al exterior, a veces desesperadamente. Y han conseguido la pírrica victoria del anhelado incremento de la productividad, pero sólo porque el denominador de dicha productividad -el número de trabajadores- ha caído a plomo, y no por la mejora en la gestión, en la innovación o en el uso de la tecnología. En este estado de cosas, lo más prudente sería que el que pasa por portavoz de los empresarios fuera moderado y constructivo en sus declaraciones. Pero ya llevaba callado mucho tiempo, y es amante de la notoriedad y el poder mediático -eso le pone, si no no estaría ahí-, está en una edad complicada, algo falto de dosis de titulares de prensa y apertura de noticiarios. Quizá preso de una falta de autoestima sublimada. Es sólo una hipótesis.

Hipótesis 2. Joan Rosell tiene una agenda oculta. Una agenda política. Quizá usted ha seguido leyendo hasta aquí algo irritado, porque en realidad está de acuerdo con las frases-flashes de Rosell: ni hay tanto paro (sino mucho sumergido); los funcionarios viven en general del cuento y del contribuyente; menos días de despido y más manos libres le metía yo a la ley laboral. Una forma legítima de pensar. Que comparte una franja no desdeñable de los mayores de edad españoles, que no tiene por qué estar nutrida de empresarios. Es decir, sus mensajes tienen tirón político: por una minoría podría empezar Rosell el camino de la política, su aspiración oculta. Un Roselloni, un Berlusconi español que recoge los restos del naufragio de una partitocracia corrupta. Un empresario de mensaje desabrido, simple, directo, algo faltón, desinhibido, amante de las polémicas de anestesia. Agua hipervitaminada para una maceta falta de riego: el votante. Es sólo una hipótesis.

Hay una tercera, pero mejor dejarla para otra ocasión.

¿Para cuándo el acabose?

Tacho Rufino | 26 de diciembre de 2012 a las 14:15

(Publicado en papel en los periódicos de Grupo Joly el domingo pasado, en la nueva sección dominical de un servidor, bautizada como ‘Gafas de cerca’, espacio que he tenido la amarga fortuna de ocupar en sustitución de Ignacio Martínez)

LO difícil es bajar, más que subir: ver menguar el bolsillo, adelgazar, reciclarse. Bajando por la empinadísima escalinata del Gran Jaguar de las ruinas maya de Tikal, sin asidero alguno, rodeado de gente en su mayor parte presa también de un banal pánico de turista y con el precipicio de aristas de piedra por delante, uno -que además padece de cierto vértigo- se pregunta simultáneamente dos cosas: ¿para qué puñetas he subido yo aquí? Y, ¿me habrá llegado el momento, tan tontamente, y caeré rebotando por los escalones, como las cabezas de los sacrificados en la horrible Apocalypto de Mel Gibson? Hasta antes de ayer los mayas han estado de rabiosa actualidad, y por eso recordé el mal rato que pasé en aquella pirámide que se alza, sin motivo aparente, en medio de la jungla. Una pirámide que bien pudiera ser un símbolo de las atalayas técnicas desde las que los economistas, los centros de investigación y los llamados think tank hacen sus previsiones: desbrozando la realidad desde arriba, desde la sapiencia y la fina modelización prospectiva. Igual que las cifras presupuestadas de déficit público, las previsiones sobre cuándo se va a terminar la Gran Recesión -el otro Acabose, más corpóreo que el maya- son de origen variopinto, y dispersas en el espacio y el tiempo. Cambian de un día para otro; cada uno tiene la suya. Escopetas de feria de alto ringorrango.

Lo malo de las predicciones no es que fallen, sino que, como diría un perito muy enterado, “orientan las políticas”, o sea, animan a bajarle a usted el salario, a mandarlo al paro o a quitarle el subsidio; mueven a recortar servicios públicos, a traspasar al sector privado rentas y patrimonio públicos, a reformar sectores enteros, a subir más los impuestos a la minoría pagadora de siempre, a cualquier cosa. Repasemos las últimas predicciones, de mayor a menor optimismo. El Gobierno prevé que España volverá a crear empleo el año que viene. Refugiados en el providencialismo, como algún ministro, roguemos: Dios oiga al Gobierno. La CEOE, tan ajada, dice que no, que como muy pronto crearemos empleo en 2014, y afinan más: empleo neto, lo que se dice neto, hasta 2015, nada. Standard&Poor’s, esos amigotes fieles, no tiene pelos en la lengua: España no creará empleo hasta 2016. El prestigioso Juan Iranzo, del Instituto de Estudios Económicos, dice en el Club Financiero Génova que habrá que esperar a 2017 para que se contrate más de lo que se despide. Por su parte, el FMI dice que va a ser para 2018. Ante este panorama desquiciante, ¿no va a ser normal que la gente abrace el esoterismo, el simbolismo, la espiritualidad despavorida, y confiese que los mayas, la abejita Maya o los hermanos Amaya vienen a verle por la noche y les descubren una nueva dimensión, dándoles tanta paz? Es normal, hombre.

Empresario malo

Tacho Rufino | 4 de diciembre de 2012 a las 10:50

Yendo por delante una trompetilla para la presunción de inocencia, la detención de Díaz Ferrán viene a confirmar tardíamente que era un empresario de los malos. En España ha habido –y hay—muchos empresarios buenos, buenos para ellos y para los demás… pero no los suficientes, ni lo suficientemente capaces de competir: muchos buenos están en concurso (sin alzamiento de bienes de por medio, claro). Los empresarios malos, de los que Ferrán constituye un modelo, lo son no porque sus empresas estuvieran mal gestionadas, tuvieran poco rendimiento o estuvieran estratégicamente mal posicionadas –que los estaban, en los tres casos, y a los hechos cabe remitirse–, sino porque su figura ha sido el culmen del carácter arribista y vivalavirgen de una clase empresarial española de ocasión. De ocasión de una década: pescadores en el río revuelto de la exuberancia, del fondo público (sí, el fondo público, los dineros públicos de los que tanto se reniega para ciertos usos sociales pero de los que en tan gran medida se ha mamado), de la concesión, de la privatización o del crédito descocado. Empresarios de ocasión que confunden negocio y empresa con chanchullo y plusvalía de corto plazo, de regate corto, de birlirbirloque sin más beneficio que coches, cocina cara y posesiones para el espabilado: “¿Emprendedores o embaucadores?”, frase que le recuerdo a un socio-director de una gran auditora multinacional (de acuerdo, tampoco estas grandes corporaciones de la asesoría y la gran compra-venta tienen demasiado crédito social). Que Ferrán haya sido el presidente de la patronal no es nada más que otro símbolo de los tiempos recién pasados. Y un daño grande, sordo y latente a la imagen de un empresariado nacional cuya imagen es tan débil como la del país en su conjunto, salvo excepcionales excepciones. Todo está por rehacer para la llamada clase empresarial.

PD: Si alguien con gafas demasiado tintadas estima que lo antes dicho carga contra los empresarios, ruego a ese alguien que relea la pieza. Aun así, abundaré en el argumento en esta posdata. Lo que hace falta al país es un empresario con una suficiente catadura moral –o, en su defecto, temor la Justicia–, no  astutos pasajeros henchidos de prepotencia, paternalismo o prosopopeya hortera. Repensar el papel de las patronales también es una tarea pendiente de la sociedad española. Me atrevo a decir que hasta más que el de los sindicatos que, curiosamente, reciben muchos más bofetones y descalificaciones desmemoriadas a la totalidad que la confederaciones de empresarios. Durante demasiado tiempo, la oficialidad patronal y sindical ha sido como la relación de hermanos con un patrimonio común –el dinero público– pero distinto fondo de armario.

 

Post pasados sobre el expresidente de la CEOE (no creía que hubiera escrito tanto sobre él…):

Lo quiero todo, y lo quiero ya

Tacho Rufino | 21 de febrero de 2012 a las 16:36

El presidente Rajoy se ha encontrado con una situación compleja y dinámica; difícil y con rápidos cambios, o sea, su panorama es incierto, y la dificultad de gestionar es quizá incomparable a ninguna otra en los últimos 25 años, por lo menos. Rajoy parece persona de naturaleza moderada, y tiene claro que la imagen que España proyecta al exterior es clave para los procesos de negociación y defensa en que se ve embarcada (política fiscal y déficit, financiación extra  o de urgencia de la Unión Europea, eventuales políticas de estímulo, neutralización de los ataques financieros). Por eso, las manifestaciones contra la reforma laboral del domingo le han hecho daño, y su respuesta desde el congreso de su partido en Sevilla no fue altanera ni sobrada: fue presidencial en el mejor sentido del término. Sin embargo, a Rajoy le crecen los enanos. Algún ministro ha pecado de vedetismo (véase Wert, que quiere para sí más que Educación y Cultura, y que atribuye carácter tramposo a nuestro deporte profesional, justo el día en que Rajoy abraza y alaba a uno de los principales acusados de dopaje en un canal de TV francés, Nadal). Pero el principal enano que le ha crecido es el de la patronal, justo después de haberle puesto en bandeja una reforma laboral mucho más cercana a sus reclamaciones declaradas y tácitas que a las de unos sindicatos devaluados.

Francamente, la actitud que ha demostrado en las últimas semanas la patronal española (en la que, en sus distintas instancias territoriales, por cierto, el porcentaje de afiliados es muy pequeño) es decepcionante. Les han hecho su reforma y siguen pidiendo con indisimulada avidez la desregulación radical. Los interlocutores empresariales –una casta institucional, en algunos casos un lobby, en otros unos gestores de fondos públicos, o todo a la vez y entre otras cosas—piden ahora más leña al fuego. Quieren que se quite la percepción por desempleo a quien rechace un trabajo, sin precisar qué tipo de trabajo, en qué condiciones, si adecuado o no al perfil del parado, si aquí o en Pekín. Eso ha dicho su incontinente Feito, gurú económico de la CEOE, quizá el enano que le crece al propio Rosell… ¿o es su poli malo? Otro cuele como el de los 20 días si se dan ciertas condiciones (en las que están la mayoría de las empresas, o lo van a estar). Otra forma de eliminar lo que había radicalmente, ahora que los vientos son favorables. Aunque estén amainando por la popa del Gobierno aceleradamente. Por cierto, en Laponia, Finlandia (un país envidiable económicamente), un parado puede rechazar hasta tres veces una oferta de empleo, e incluso a la tercera no pierde absolutamente su derecho de percepción. Ah, y eso siempre que el empleo ofrecido se desarrolle en el entorno en que vive el desempleado (ver el esclarecedor artículo de Ignacio Martínez hoy sobre el asunto: Mentiras sobre Laponia)

La reforma laboral anunciada y pendiente de refrendar en el Parlamento, antes que buena ni mala, es una reforma hecha a la medida de los deseos de Rosell et al. Estaba cantada, y el paripé de poner a negociar a la CEOE con los sindicatos era eso, una mera escenificación galante, si no fuera por lo dramático del asunto en liza. Eliminar la bipolaridad en el mercado laboral español –con unos muy seguros y muchos muy precarios— era de ley, nunca mejor dicho. Pero las vías para paliar esa dualidad injusta eran diversas, y se ha optado por la de facilitar (casi) al máximo el despido. ¿Se compromete a crear empleo la patronal, a algún tipo de acuerdo social, a ceder en algo? Negativo, no. Quiere despido libre, eso es todo hasta la próxima. Si hacía falta una reforma para hacer más justo y objetivo el mercado de trabajo, se ha optado por la tremenda, provocando una explosión de protestas de gente con miedo al futuro, lo cual ha sido aprovechado por unos sindicatos despechados, que han convocado movilizaciones con éxito de público indudable. Y a quien se ha hecho caso de manera bastante explícita, la CEOE, todo esto le parece poco. Si los sindicatos no representan a todos los trabajadores ni a la mayoría de los desempleados, como se recuerda continuamente, la patronal tampoco representa a la mayoría de los empresarios. Primero mandamos –que los mandamos, sí– a otro millón al paro facilitando muchísimo el despido (y la reducción de salarios, que es quizá el tapado de la reforma). Segundo, negamos, o eso quiere Feito, a todo el que se escantille la percepción a que tiene derecho. O tenía. Una jugada de estrategia fina: ya somos Estados Unidos, pero sólo en crueldad social. ¿Empezaremos a ser Estados Unidos o Alemania laboralmente, competitivamente, a partir de ahora? Lo dudo muchísimo. Ni a corto ni a medio plazo.

Acercarnos a nuestro entorno (entornos, por cierto, hay muchos, según se entienda) en materia laboral es razonable. Pero siguiendo la línea dura de reforma –ahora que todavía hay algún crédito para el Gobierno, incluido el de quienes ven cómo su propio partido votado les propicia el irse al parque los lunes— es una pasada de frenada, un exceso y un error. Hoy he escuchado a uno decir “Si estás en el paro y no quieres coger aceitunas, pues a la puta calle; sin paro, coño”. Ésa es España, también. Y en España no tenemos el mismo paro que Alemania, ni su misma productividad, ni sus niveles de innovación y democracia empresarial, ni su ética fiscal o laboral, ni somos marcopolos exportadores como ellos, ni vamos a arreglar las cosas con una reforma a la tremenda. Como decía Queen: “Lo quiero todo, lo quiero todo, lo quiero todo… y lo quiero ya”.

I want it all

Joan Rosell ataca a la fibra

Tacho Rufino | 23 de julio de 2011 a las 16:04

HACE unos años, este periódico se planteó hacer una serie de entrevistas a los presidentes de las patronales de las comunidades autónomas españolas. Para empezar, nadie mejor que el presidente del territorio con mayor dimensión empresarial, Cataluña. Fue un empeño vano, un partido de frontón con la responsable de comunicación de Foment del Treball (que así de significativamente se llama la confederación de empresarios catalana) quien, entre desconfiada y disuasoria, no paraba de poner condiciones de esas que los periodistas rechazan por principio, aunque algunas veces no les quede sino tragar: “Mándanos las preguntas previamente para que les echemos un vistazo. En caso de que acceda a ser entrevistado, deberéis mandar la entrevista para que la supervisemos antes de ser publicada”. Supimos entonces que estos regates y despejes eran marca de la casa, y no un problema de diálogo Norte-Sur. Poco después, el presidente de Foment se postuló para presidir la CEOE. Su política basculó al polo opuesto: empezó a no parar de dejarse ver, de dar entrevistas, de publicar artículos en prensa, de ir a la tele, donde pudimos ver que tenía rostro (un rostro improbable para un presidente de empresarios españoles, muy parecido al del anfitrión de Los amigos de Peter). Se llamaba -y se llama- Joan Rosell, y ahora, ya al mando de la CEOE, más que taciturno anda preso de una incontenible elocuencia. Puede que su carrera política se esté cociendo, a tenor de sus muy llamativas declaraciones de esta semana.

Hay que acabar con los funcionarios prepotentes e incumplidores“, ha dicho Rosell. Nadie puede estar en desacuerdo con eso, como nadie lo estaría con un aserto del tipo “Hay que acabar con los maestros pedófilos”, por ejemplo. El mensaje está en el estilo y la parcialidad intrínseca: se quiere decir -¿o no?- que hay mucho funcionario prepotente e incumplidor. Tenga o no razón, convendrán ustedes en que es éste un mensaje de impacto directo a la fibra, simple, capaz de indignar. Recuerda Rosell que en España hay un número “desproporcionado” de empleados públicos, a pesar de ser menor en porcentaje que el de Francia, Italia, Finlandia, Bélgica, Holanda, Portugal, Polonia, Canadá, Australia… o Estados Unidos, sí: eso dice la OCDE.

A quien se apunta al paro porque sí, habría que decirle que no“, ha dit també Rosell. Debe de querer haber dicho que hay que combatir el fraude en la percepción de pagas y subsidios que algunos trincan haciéndose pasar por parados o enfermos, no siéndolo ni estándolo. Pero le ha quedado de nuevo algo populista, y suena a “Hay mucho sinvergüenza viviendo de nosotros”. De hecho, otra receta de Rosell señala a los malos estudiantes: “No le vamos a pagar al estudiante sus fracasos. Si no cumple, se acabó el estudiar“. Hablando de cumplir, también esta semana hemos sabido que, en términos reales, las empresas españolas pagan un porcentaje cada vez menor de impuestos sobre sus ganancias. Un porcentaje que es menor que el que pagan los particulares, las llamadas personas físicas, por primera vez desde que existe verdadera fiscalidad en este país. Las empresas, mediante la ingeniería fiscal y la contabilidad creativa -siempre según la Agencia Tributaria-, consiguen eludir (legalmente) hasta dos tercios de la carga fiscal teórica que les correspondería. El tipo de sociedades efectivo -lo recaudado- ha caído casi diez puntos desde 2005. Rosell, eso sí, admite que se pudieran o pudiesen aumentar los impuestos de manera “excepcional y temporalísima”. Quizá pudiera o pudiese Rosell acreditarse ante la opinión pública con un discurso más responsable y sereno; aunque, claro, con menos pegada. Y de paso no dejar como egoístas espabilados al colectivo al que representa: los empleadores, los que arriesgan para ganar una mayor parte del pastel común, creando empleo -o conservándolo, dadas las circunstancias- de verdad, y contribuyendo con la otra mano a los gastos comunes, al menos en la parte legalmente establecida. Combatir el fraude, cómo no. Cualquier fraude.

Un  parecido razonable entre Rosell y el actor Stephen Fry, ¿no?:

Stephen Fry

Porcentaje de empleados públicos sobre el total de la fuerza de trabajo por país (2005)
País porcentaje
Noruega 29
Suecia 28
Francia 22
Finlandia 21
Hungría 19
Bélgica 17
Canadá 15
República Eslovaca 15
Estados Unidos 14
Australia 14
Portugal 13
Polonia 13
Holanda 13
España 13
Argentina (2003)[4] 12,7
México 10
Alemania 10
Austria 10
Turquía 9
Suiza 6
Corea 5
Japón 5
Fuente: OCDE.[2]

Ana Patricia, Santiago, Juan

Tacho Rufino | 7 de noviembre de 2010 a las 11:07

SEMANA de dimisiones y de cambios de empresas y destinos. Con el debido respeto a los 68.000 nuevos parados españoles de octubre -más de 15.000 de ellos, andaluces-,  cuyo cese no cursa con fotos de huecograbado a pesar de que constituye la verdadera intrahistoria de la crisis Made In Spain, hemos sabido que algunos personajes públicos también cambian su estatus laboral. Tres destacan por su relevancia pública y el significado de sus movimientos.

ana botínAna Patricia Botín. La Jr. de Emilio el Grande deja la presidencia de Banesto para tomar las riendas de la división del Santander en el Reino Unido. Este nombramiento supone una encomienda altamente exigente para una de las pocas mujeres que figura en los consejos de administración de la grandes empresas del país. Una “hija de” más que acreditada en el parnaso de la banca, por mucho que la figura de un padre como el  que tiene deba de pesar lo suyo. Y por mucho que haya quien aún ironice sobre su valía: cosas de una piel de toro tan masculina como maquillada de igualdades. La filial británica del Santander es tres veces más grande que Banesto, y aporta más beneficio que Santander España al grupo (el país en el que el banco gana más dinero es Brasil; y en unos años quizá en China, donde acaba de desembarcar). Su responsabilidad abarca el Abbey National, el Alliance&Leicester, el Bradford&Bingley y las más de 300 oficinas que fueron compradas al RBS: una fortuna colosal que, en breve, lucirá en las calles de las islas con el logo rojo y blanco que simboliza al Santander: esa Armada no naufraga. Sustituir al Mourinho de la banca europea -el lisboeta Antònio Horta-Osòrio, que ha fichado por  Lloyds Banking Group- le va a suponer a la hijísima una rampa de lanzamiento para suceder a su padre. Aparte de entre dos y cuatro millones de euros anuales. Pero ella no lo hace por dinero. Por ese dinero.

herreroSantiago Herrero. El presidente de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA), se ha postulado oficialmente como candidato para suceder a Gerardo Díaz Ferrán, que ha arrastrado la imagen de la CEOE por sus propios fangos empresariales. Tanto Herrero como sus alternativas -el catalán Rosell y el tecnológico Banegas- no son, por un lado, hombres de negocios al estilo de Díaz Ferrán, sino gestores sin tan preocupantes y dispersos intereses patrimoniales. Por otro, quien venza tiene ante sí el reto de reducir la dependencia de la gran patronal de los poderes y fondos públicos. Para ello, el elegido debe atajar la opinión imperante de que las patronales son -de la mano de los sindicatos- entidades alejadas de la realidad de la mayor parte de las empresas, que sirven para dar notoriedad a sus dirigentes. Ello pasa por captar muchos más asociados, y así acreditarse institucionalmente de una forma definitiva. Desde fuera, que sea un andaluz quien acometa ese salto cualitativo resulta improbable. Pero es desde luego deseable para una tierra que adolece de un tejido empresarial menos tupido que la media nacional, y con mayor dependencia de lo público.

juan-costa--253x288Juan Costa. Otro español que se va a Londres. Deja la política para asumir la dirección mundial de la división de cambio climático de Ernst&Young. Costa ha cargado con el peso de la imagen de cantamañanas y corrupto que expele su hermano pequeño, Ricardo, a pesar de haber sido con Aznar ministro y dos veces secretario de Estado, además de consejero del FMI con Rato. Se habló de él como sustituto de Rajoy, pero aquel empeño se desvaneció y el escaño le sabía a poco. Pagó su candidatura con el ostracismo político, y su nuevo cargo espanta la idea de que el Partido Popular es negacionista con el cambio climático antropogénico (o sea, causado en gran medida por la acción humana). Costa sigue la estela del converso Aznar, que, tras haber bromeado sobre la realidad de la amenaza climática, vio la luz, y ha sido nombrado presidente del consejo asesor de un think tank dedicado a tan preocupante asunto. Bien está si bien acaba. También para  Juan Costa.

Díaz Ferrán se va, por fin

Tacho Rufino | 3 de octubre de 2010 a las 11:39

Hace ya bastantes años, el mundo del desarrollo directivo y el MBA asumió con fe de converso el estudio de casos de fracaso empresarial. Como decía una conocida de profundo talento sin pulir en escuela de negocio alguna, “se aprende perdiendo”. Hace bastante menos tiempo, apenas un año, desde la patronal nacional se defendía la continuidad de Gerardo Díaz Ferrán al frente de la CEOE con similares motivos: “los empresarios asumen riesgos y fracasan, es parte del juego en los negocios, y una mala racha no es motivo para tumbar al presidente”, venían de a decir unos u otros con las bocas más o menos abiertas. En el fondo, no sabían cómo quitárselo de en medio, cómo evitar que la sombra y el olor de los manejos turbios del empresario al mando de Aerolíneas Argentinas, Air Comet, Marsans, Seguros Mercurio y demás negocios que él controló hasta irse al garete afectaran a la imagen pública de los empresarios españoles como colectivo. Ferrán se ha mantenido contra viento y marea en el cargo, confiado en estar más protegido y ganar tiempo por ello ante la presión de sus empleados, la prensa y la propia Justicia. Pues bien, parece que, volente o nolente, el empresario va a dejar el cargo antes del 20 de octubre. O se va por su pie, o lo echa la asamblea de la confederación nacional. Un caso de fracaso del que salen sin duda enseñanzas para directivos presentes y futuros. Cómo no se deben hacer las cosas en  cuanto a la gestión, sí, pero también qué tipo de comportamiento personal es inadmisible para un empresario modélico, ni para un (supuesto) representante de quienes deben generar empleo.

Sobre esta cuestión, ver entradas de este blog:

De capataz a anfitrión

Tacho Rufino | 30 de julio de 2009 a las 16:52

(Publicado en papel el sábado pasado, aunque no marchito.)

ATRÁS quedan los tiempos de buen rollito tripartito y la concertación automática entre el gobierno de turno, la patronal y los sindicatos, unos pocos lustros en los que cada uno tenía lo suyo y todos estaban contentos, amistosos y hasta mansos. Tiempos en que los sindicalistas parecían bondadosos economistas, e incluso el lubricante de nuestra economía, un agente social responsable y colaborador. En realidad, la clase sindical mostraba claros síntomas de ser un poder adormecido, más institucionalizado y patrimonializado que un ministerio, y algo trasnochado. Por su parte, los empresarios -simplificaremos, e identificaremos empresarios con CEOE y a trabajadores con sindicatos “de clase”, UGT y CCOO- se comportaban como lo que son: gente que hace rentables sus inversiones y las empresas en las que éstas se materializan. Los gobiernos hicieron de anfitriones del baile, de árbitros y coordinadores: quizá el actual tenga que ejercer la autoridad de ahora en adelante.

Cuando las cosas no van bien, el diálogo -el diálogo social, también- corre el riesgo de saltar por los aires, y eso es lo que está pasando. El presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, no resulta sino coherente al pedir el despido libre, postura que sólo se niega delante de los micrófonos y las cámaras, y cada vez menos. La rebaja de las cotizaciones a la Seguridad Social es la reclamación patronal más descubierta, y tal medida, de prosperar, supone trasladar al déficit público parte de la carga -carga constitucional- del Estado Social, esperando que dicha merma en las cuentas de la Seguridad Social se compense por una mayor creación de empleo y una mayor generación de riqueza empresarial y, por tanto, un beneficio para todo el sistema. Creer en tal dinámica de fuerzas y en sus resultados es una cuestión de fe. Como buena cuestión de fe, las posturas están muy claras de antemano. Cada cual profesa la suya.

Hace meses que se viene negando por parte de los representantes de las grandes empresas que el abaratamiento del despido sea un objetivo patronal. Y no sólo lo era, sino que el verdadero objetivo es el despido libre. Quien quiera combatir tal aspiración que lo haga, pero rasgarse las vestiduras es un paripé… como era un paripé negar que dicho objetivo patronal lo era ya hace meses (quizá, desde el inicio de los tiempos de las relaciones laborales, aunque doctores e historiadores tiene el Derecho del Trabajo). Flexibilidad y reforma estructural eran los motes de la libertad en la contratación y el despido. Algo que, independientemente de consideraciones sobre la justicia social, no es de otro planeta. Particularmente, creo que el despido libre -no así su abaratamiento- en nuestro país sería un desastre en este momento histórico, y es justo que en tiempos de crisis las empresas reviertan parte del valor añadido que legítimamente reciben en tiempos de bonanza. La actual sangría española de empleos tendrá que ver en alguna medida con la “rigidez laboral”, pero no en menor medida con la excesiva concentración sectorial de nuestras actividades y estrategias empresariales (construcción inmobiliaria), y también con la incapacidad para resultar competitivos -hacer las cosas más baratas, o mejores al mismo precio-, por no hablar de practicar de verdad la verborrea del capital humano. Está bien bajar los antifaces y enseñar las cartas y los ojos tensos, e incluso es aceptable envidar a la grande en la mesa de negociación. Pero no lo es tanto proyectar las propias debilidades sobre el resto, y pedirle al Gobierno que realice un cambio legislativo que, a corto plazo, generaría cientos de miles de nuevos parados, por mucho que la supuesta contrapartida sea un mercado del trabajo más eficaz y más eficiente dentro de no se sabe cuánto. Mientras, Zapatero echa genio y le dice a Díaz Ferrán: “Soy el presidente del Gobierno, no se te olvide”. De anfitrión a capataz.

Justo cuando esto se escribe, hora del almuerzo del viernes, el presidente ejerce su mando y da por zanjado el diálogo social por “irresponsabilidad” de la CEOE. Se acabó el baile.