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En busca del centro de gravedad

Tacho Rufino | 19 de marzo de 2013 a las 13:57

NADA ha sido ajeno a la elección del nuevo Papa esta semana, por mucho que siga uno oyendo la cantinela de que los que no son católicos o son críticos con la Iglesia no deberían meterse en comentarios sobre lo que no es suyo: con tal exclusividad como norma, la verdad, no habría Historia. El mismo New York Times sacaba en su portada del miércoles trece un reportaje sobre el Papa y la Iglesia católica, aunque de contenido más sociológico y estratégico que electoral: “El nuevo Papa desplaza el centro de gravedad de la Iglesia lejos de Europa”, se titulaba. Pobre Europa, dividida entre sureños pro-crecimiento y nórdicos (tres: Alemania-Austria, Finlandia y Holanda) que no se bajan del burro de la austeridad y piensan cosas de este tipo: “Nuestros hijos tendrán que ir a recuperar su dinero al Sur” (lo dijo a un periodista español la semana pasada Hans-Werner Sinn, economista estrella de la Alemania doliente, soberbia e implacable, y con mucho dato por vía intravenosa, eso sí). Todos abandonan Europa, incluso la nacionalidad del Papa. O la tienen descontada, más como un problema potencial que como fuente de nada bueno. La Iglesia ha crecido hacia el Sur, mucho más que hacia el Norte, donde ha ido para atrás; topándose además con otra religión que crece hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados, el islam. Una situación comprometida donde las haya según el gran estratega teórico, Michael Porter: atrapada en el medio. Con su mejor bastión en Latinoamérica. La Iglesia parece estar buscando su centro de gravedad. Eso debemos hacer todos. O por lo menos saber dónde están los centros de gravedad importantes, aunque sólo sea para saber de dónde nos vienen los vientos.

Franco Battiato cantaba una estupenda canción, con una inefable pinta y baile, en los primeros 80: “Busco un centro de gravedad permanente, que no me haga nunca cambiar de idea sobre las cosas, sobre la gente”. Movidos por la incertidumbre y para contener el temor de vivir, todos hacemos eso, incluso hay quien lo consigue demasiado joven y para siempre: de este burro no me bajo, mi visión del mundo es ésta, y nada me va a hacer cambiar de idea. Comodísimo, envidiable. Pero la vida, e incluso el propio globo terráqueo, cambia de centro de gravedad, siempre ha ido cambiando.

El caso más manido -por evidente- de desplazamiento del centro de gravedad económico del mundo es el que se ha producido hacia China en la última década. En los 80 de Battiato y un servidor recién mayor de edad, el centro de gravedad de la economía mundial estaba en el Atlántico, en medio del océano. Más o menos coincidente con el estallido de la crisis, hace unos seis años, el imparable ascenso del PIB chino y de otras economías orientales comenzó a desplazar ese centro de gravedad hacia Asia. Según un estudio del profesor Quah, de la London School of Economics, en 2050 ese centro se localizará literalmente entre China e India, y según su estudio -la ubicación se hace combinando PIB y superficie de los territorios- tras recorrer unos 9.300 kilómetros desde mitad del Océano Atlántico. Aunque la economía mundial no debería ser un juego de suma cero -según el cual lo que ganan los asiáticos lo pierden los occidentales-, la cosa produce un poco de repeluco… siendo occidental, claro. Se supone que la emergencia oriental implica muchas mayores oportunidades de vender nuestros productos. Qué productos. Es la pregunta.

World's center of economic gravity shifts east 

Europa, en tanto, está atrapada en un euro que es un crisol ardiente, que contiene metales y materias cuyas reacciones no son sinérgicas, qué va: más bien parecen incompatibles. Evidentemente, nuestro viejo continente y su pérfida isla pierden peso, lo veamos o no.

Adiós a la China barata

Tacho Rufino | 30 de abril de 2012 a las 14:34

La abuela de un amigo, tras un viaje a Jerusalén con un grupo de creyentes metiditos en edad, respondía a quienes le preguntaban por la experiencia con la misma frase: “Tierra Santa hay que ir a verla con los ojos de la fe”, lo que podría interpretarse como que se había dado un cansino atracón de pedregales y otros lugares repletos de simbolismo, pero también exigentes de imaginación, predisposición y sugestión.

Por eso, a quienes -maliciosos- te echan en cara que opines de países que no has visitado, cabe replicarles que, habiendo internet, e incluso antes de haberla, viajar a los sitios por un tiempo limitado y con un paquete turístico más bien confunde que ilustra. No digamos si el destino es un país de millones de habitantes distribuidos de forma muy poco uniforme en miles y miles de kilómetros cuadrados.

Con otros ojos de otra fe -la de las buenas publicaciones-, cabe decir que a China la conoceréis por sus obras. Es osado hablar de “los chinos” como paradigma de nada, por mucho que quien lo haga sea el exitoso presidente de Mercadona: los chinos son también cada uno de su padre y de su madre, y ni siquiera el tópico del hacendoso incansable será de recibo a medio plazo. Un servidor no planea visitar China en lo que le reste de vida, pero es pretencioso negar la existencia y la influencia de lo que más existe e influye en la Tierra. Un planeta cada vez más chino.

Esta semana, la revista The Economist -a la que tanta fe tenemos por sus obras- nos informa de que la China barata puede ser cosa del pasado casi a la voz de ya. La vertiginosa aceleración del ciclo chino hacia el primer puesto de la economía mundial y el comienzo de su declive es, en realidad, una sesuda y documentada propuesta de Shaun Rein (The End of Cheap China: Economic and Cultural Trends that will Disrupt the World).

Como esta sección da para una pincelada [este artículo fue publicado el domingo en la columna ‘El periscopio’ de los diarios Joly], démosla. La tesis del ensayo es que China no va a vender barato mucho más tiempo. Las razones hay que encontrarlas en que allí empiezan a notarse síntomas de sana decadencia: impuestos, costes crecientes por regulación medioambiental y laboral, burbujas inmobiliarias que encarecen el suelo… y crecientes salarios.

Ah, amigo: el comucapitalismo nos ha pillado con el carrito del helado. Millones, miles de millones de chinos occidentalizados tras hacer valer la productividad implacablemente dirigida y la ley de sus grandes números. El planeta peta. Quizá la locura ésa del turismo espacial sea la antesala de irse a vivir a Marte o a sitios peores de la galaxia, como en aquella película de Schwarzenegger, Desafío Total. ¿Cuestión de fe? Puede. Pero eso, Dios mediante, yo me lo voy a perder.

La ‘chinosfera’ y otras esferas

Tacho Rufino | 13 de febrero de 2012 a las 14:49

JAPÓN es mucho más masculino que Suecia, que es una de las sociedades más femeninas del planeta, aunque nada tiene eso que ver con pautas sexuales ni con pirámides de población, sino con las asunciones que se hacen sobre los papeles del hombre y la mujer en la sociedad y los valores imperantes en ella: agresividad,  ambición y acumulación material (tenidas por soberanas cosas de hombres) frente a la empatía, la afectividad y la modestia (caracterizados como valores femeninos, aunque en los países más masculinos las mujeres son menos femeninas). Los países y las culturas son, además, más o menos individualistas o colectivos, toleran mejor o peor el riesgo, son más o menos jerárquicos. El holandés Gert Hofstede estudió y llegó a convertir en un clásico sociológico a las dimensiones culturales que distinguen a las sociedades. Los estudios que vinculan la economía con la geografía, la religión y otros rasgos culturales de los territorios tienen un atractivo indudable, no pocas veces morboso y origen de anclajes xenófobos. Cuando Max Weber -un clásico tan citado como me temo que poco leído, como tantos clásicos- identificaba a la ética protestante con el origen del capitalismo (se puede opinar justo lo contrario), comenzaba una serie de estudios sociológicos que intentan explicar las diferencias de riqueza y de desarrollo a lo largo del planeta. Ahora están emergiendo los valores de la tribu como claves para entender el comercio mundial; a ver si te enteras, Adam Smith. De vuelta a los orígenes, algo propio de las crisis por otra parte.

Se acabó hace más de dos décadas el binomio bipolar Este-Occidente; ya los vídeos de comercio exterior no van de las ceremoniosas costumbres de Japón o de la forma de dar las manos y poner los pies sobre la mesa de los yanquis. No. Ahora, para hacer negocios, hay que tener en cuenta que en el mundo cuenta la anglosfera, capitaneada por el veterano Estados Unidos, la chinosfera (o sinosfera) y la indosfera. Y estas tres esferas centrales se basan en algo tan tribal como una serie de costumbres, experiencias y valores compartidos. El Informe de Valores del Mundo (citado esta semana en The power of tribes, The Economist) concluye que los lazos culturales reducen los costes de transacción, fomentan la confianza, estimulan la comunicación. Los indios ganan más que la media en Gran Bretaña, y la empresa india Tata es la industria más empleadora de ese mismo país. Pero es alrededor de la chinosfera que gravita el mundo. La chinosfera es la red cultural más vieja y, ya, la más pujante. Setenta millones de miembros de esa verdadera red social mandan dineros a China, invierten en ella. La mantienen fuerte desde todo el planeta, como los vientos bien tensados de una tienda de campaña. La cueva común es lo primero.

Españoles por el mundo chino

Tacho Rufino | 8 de enero de 2012 a las 13:17

EN un autobús de Dublín uno podía preguntar si iba bien para Drumcondra a una chica que ocupa el asiento de al lado, convencido de que su cabello rojo y sus ojos azules la identificaban como irlandesa. La chica hará un tímido aspaviento de manos, indicando que no sabe dónde está Drumcondra. Resultará ser lituana o polaca. Su inglés será suficiente para trabajar en una guardería, de recepcionista o de enfermera. Su periplo laboral por la isla del fugaz milagro celta responde a lo que se dio en llamar ciclo virtuoso de fuga de cerebros. Cerebros medianamente cualificados: salen de su país, se mimetizan bien por su aspecto y costumbres, son responsables y productivos, mandan remesas a su tierra, establecen contactos profesionales en su destino… y vuelven a su país a asentarse definitivamente. Todos ganan. Cuando -hace nada- éramos receptores netos, añorar para España tal inmigración y no sólo la menos cualificada era tenida por actitud xenófoba, con ese torquemadismo progresista que tanto nos ha adornado con las vacas gordas. Exigir conocer el idioma de destino -español o catalán- era una medida intolerable para los relativistas culturales, ésos que apoyaban la construcción de mezquitas descomunales en barrios (ajenos) sin población musulmana. Tal papanatismo muestra ahora su otra cara, cuando la tortilla ha dado una vuelta que más bien es doble mortal sin manos. A ver cómo respiramos ahora que nos toca ser emigrantes. Quizá a China, con o sin ciclo virtuoso.

Esta semana hemos sabido que China se plantea exigir a sus inmigrantes que sepan chino. Pero resulta que tampoco eso garantiza gran cosa. Dispuesto a irte al quinto pino chino, lo que te espera con una titulación en arquitectura son 700 euros para sobrevivir en Pekín, según cuenta un español. Mejores sueldos se pagan a los propios chinos en la diáspora que regresan, que conocen dos o tres idiomas, incluido el materno, claro. Puede que incluso tengan una titulación universitaria y un MBA. ¿Quién quiere europeos y estadounidenses, habiendo chinos como claveles, y a manojos? China se prepara para la llegada masiva de occidentales en busca de trabajo. Los emprendedores tendrán que lidiar con el trilerismo institucional comucapitalista; los que buscan un empleo lo tienen peor. Las autoridades dictatoriales del país más capitalista del mundo no se andarán con chiquitas, y a quien no cumpla las normas le podrán caer multas severas y semanitas en el trullo. Para coberturas y garantías, vaya usted a su consulado cuando le soltemos. Eso sí: si usted es el number one en los suyo, no tendrá problema. Incluso se podrá permitir no hablar mandarín ni cantonés. Con un inglés apañado podrá trabajar en el país que pasó de tener selladas las fronteras a abrirlas con todas las estrictas condiciones que no se le pusieron a sus emigrantes. La doble baraja, y las cartas marcadas. Marcando el paso, ¡al!

Busquemos el claqué

Tacho Rufino | 23 de diciembre de 2011 a las 12:15

Nutrir a un blog es una actividad de mantenimiento neuronal que acaba por condicionar tu forma de conocer las cosas, de forma que, cuando uno le coge el gusto, casi cualquier cosa que sucede a tu alrededor puede ser filtrada en las claves del blog. En este caso, la economía razonable y para todos los públicos. Hace unos días vi The Artist, una película maravillosa de la cual Carlos Colón hizo una de sus habituales críticas impagables. No osaré penetrar en esos terrenos de especialista, por mucho que cualquier cinéfilo con cierta experiencia –o sea, años viendo pelis— tiene su criterio. Pero sí contaré qué esqueleto vi yo en la película, qué otra película creí descubrir tras la más evidente, probablemente como producto de mi empecinamiento en ponerme las gafas de comentarista económico (suena feo el oficio, pero tras un rato de duda no he encontrado mejor ni más cierta denominación). La sinopsis de la historia es: chico estrella del cine mudo se topa con chica que se busca la vida, y de esa misma forma azarosa le da la oportunidad de entrar en el mundo del celuloide. El destino quiere que la chica (Peppy Miller: para caer rendido a sus pies todas las mañanas) triunfe de forma fulgurante, ya en el cine sonoro –que desbanca traumáticamente y condena al olvido al cine mudo–, mientras el declive y la caída personal de él (George Valentine, rutilante y solar hasta en los malos momentos) están servidos. La cosa es que yo desconocía que todo el proceso de cambio de paradigma en la industria se produce paralelamente al hinchazón económico y caída que se da en los felices años 20 y el crash económico de 1929. ¿Les suena?

Una industria y una forma de vida que, del éxtasis y la exuberancia, mutó en un nuevo estado de las cosas, tras un bombazo económico que dinamitó no sólo la fortuna de muchos (como George Valentine o Europa), sino que también cambió la forma de hacer las cosas y la de relacionarse entre las personas, y aupó al mando económico a antiguos pobres (como Peppy Miller o China e India). Un alud sobrevenido que obligó a las personas, a las empresas y a los países a reciclarse para evita morir en vida. Con la ayuda secreta de Peppy, George sortea la muerte tras intentar suicidarse, y acaba entrando en la vereda nueva de la que él se mofaba y después renegaba. Para ello, tuvo que reinventarse como bailarín de claqué. ¿Cuál será nuestro claqué, la fórmula de vida que nos permita adaptarnos al nuevo mundo que ha venido para quedarse? Ojalá una gran Peppy Miller solidaria y fraternal –un espíritu de muchos que no sólo se miren el ombligo– nos ayude a encontrar un equilibrio nuevo, distinto pero no peor. Ustedes sean indulgentes con la probable ingenuidad, pero es Navidad y toca soñar y desear, aunque uno no sea muy soñador que digamos.

La gran bola china

Tacho Rufino | 18 de octubre de 2011 a las 12:37

China es un país de gente generalmente pequeña, pero todo lo que de allí viene, viene agigantado. Es cuestión de multiplicar por número de habitantes; o de trabajadores, hectáreas, fábricas y maquilas de ensamblaje, kilómetros de carreteras y ferrocarriles por hacer, m3 de pantanos y m2 de centros comerciales por construir: consumidores (y productores) potenciales sin límite. Por eso, cuando hablamos de que China es ya la segunda potencia económica del mundo, echándole el aliento en el cuello a Estados Unidos, debemos considerar no sólo la parte de oportunidades para el negocio o la esperanza de que su aún boyante economía –sus últimos y malos datos son un crecimiento del PIB del 9 y pico por ciento— haga de locomotora del crecimiento económico global, y tire del carro de algunos rezagados. O que la capacidad de sus fenomenales fondos soberanos alivie las penurias de liquidez de los viejos estados decadentes de Europa o Estados Unidos.

Debemos también considerar las patologías derivadas de un crecimiento acelerado y quizá prematuro, como esas escoliosis adolescentes que dan la tabarra al gigantón o gigantona durante toda su vida. Soslayemos por un momento lo insoslayable: la palmaria insostenibilidad del creciente consumo chino (e indio: uno de cada tres habitantes de la Tierra es chino o indio) de recursos naturales y sus derivados energéticos. Practiquemos por un momento también el wishful thinking –todo va a ir bien, que diría Bob Marley–, y admitamos con la cejas arriba que el trasvase de riqueza y centralidad desde Occidente a Oriente obrará un nuevo orden de cosas que, en el fondo, es más equilibrado… por mucho que no haya hierro en el planeta para fabricar un coche para cada ciudadano chino. Si usted es de la línea dura del pensamiento ilusorio, puede admitir adicionalmente que las tecnologías van a acabar de propiciar el milagro, y que va a haber de todo para los –conocimos la cifra ayer—7.000 habitantes del mundo. Pero pensemos en algunas amenazas inmediatas de corte económico. Cuando parece que remite en algo el remiendo de urgencia y descoordinado en las economías nacionales, es necesario tener en cuenta algunas burbujas y patologías chinas derivadas de su crecimiento desaforado, que sin duda afectan a un mundo cada vez más finito. No hay alternativa al G-20, un foro donde se hacían fotografías de familia para que después cada uno fuera a lo suyo, pero que ahora es la única instancia donde los deprimidos europeos, los empanicados estadounidenses y los emergentes BRICs (Brasil, Rusia, India y la propia China), con sus sustanciales diferencias, hagan un clearing house, una puesta en común de sus cuitas, sus circunstancias, sus deudas cruzadas y sus relaciones futuras. China es casi la que más tiene que decir. Sus problemas son o serán nuestros problemas. A saber, sintéticamente:

  • La deuda pública china es sólo un poco más fiable que la griega. ¿Por qué será? Descontemos la condición de juez y parte de las emporcadísimas agencias calificadoras de riesgo, y tengamos en cuenta que China es más bien un comprador nato de deuda pública, y sólo residualmente emisor y deudor de bonos chinos. Pero su capacidad de devolver lo que pide no está clara. El montante de la deuda pública China, por otra parte, es desconocido: juegan a libre mercado, pero con cartas marcadas.
  • China tiene una burbuja inmobiliaria colosal en curso: hay casi 70 millones de pisos vacíos en China. Burbuja localizada en ciertas zonas de su vastísimo y poliédrico territorio, pero colosal. Ergo, grave riesgo de petardazo financiero. ¿Les suena? Mucha casa construida y sin vender porque los precios son inasumibles para muchos. ¿Cómo se compran? A base de crédito de potencial dudoso cobro, o vendido a inversores extranjeros, algunos de los cuales se quedarán sin silla en el juego del tocadiscos que se para. Lo mismo sucede, por cierto, en países que levantan cabeza en Sudamérica, incluso con realidades tan desparejas como las de Brasil o Perú. Los vicios se desplazan por el orbe, pero son prácticamente los mismos vicios. Eso sí: China Size, en el caso que nos ocupa.
  • China está muy habitada, pero su población es vieja. Su fuerza de trabajo va a ir decreciendo salvajemente (por mucho que parte de nuestros jóvenes y de los de otros países oxidadillos se vayan allí a vivir y trabajar). Su inflación salarial crecerá rápidamente, su competitividad bajará, y con ella sus exportaciones: empezarán a comerse ellos también lo que producen ahora para el exterior. Esto no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. O sea: según se mire.
  • China necesita recursos enormes, como hemos dicho, para alimentar su maquinaria de producción y, de momento en menor medida, de consumo. Y necesita agua como el comer (o como el beber, mejor dicho). Es muy pero que muy deficitaria en agua dulce propia por habitante. Esa rata, ¿quién la mata?

La bola de nieve de los peligros de China para la propia China y para el resto de los países y sus habitantes es una versión económica de aquella bola de dragón televisiva, pero a la china en vez de a la japonesa. Una gran bola China, demasiado grande para dar placer alguno. No queda sino entenderse, y no va a ser fácil. Agarrémonos a la esperanza de que aquí nadie va por libre, y nadie está inmunizado o blindado. Por tanto, hay que negociar al más alto nivel y con la máxima multilaterialidad. ¿Cree usted que somos capaces las criaturitas de la Tierra de hacer tal cosa, cuando, por ejemplo, un país como Eslovaquia o Finlandia es capaz de bloquear un acuerdo crítico sobre Grecia para ver si les dan ellos lo suyo, por chiquitito y privado que sea lo suyo?

Hay que llegar al punto G-20

Tacho Rufino | 28 de septiembre de 2011 a las 18:59

Existe un lucido y lúcido modelo que dice que las crisis suelen tener siete fases, como siete cabezas tenía la hidra mitológica… griega. La hidra es buen símbolo del curso de los acontecimientos, porque por cada cabeza que algún héroe (Heracles en el mito; los rescates del FMI, el FEEF o el BCE comprando deuda, en estos tiempos), la hidra regeneraba dos. El modelo que ilustra las fases típicas de toda crisis comienza con una fase de liberalización financiera, es decir y en este caso, de ausencia de controles, desproporción patológica de la economía financiera sobre la real –a quien, en ortodoxia debería servir, y no crecer y multiplicarse independiente y metastásicamente hasta el colapso por entregas, como es el caso del colapso al que asistimos–. Estaremos viendo surgir totalitarismos más o menos modernos y tecnológicos y todavía habrá quien llame liberticidas a quienes recuerden que origen de todos los males está en la orgía financiera que tuvo lugar durante al menos una década antes del estallido de la crisis, y que o se controlan los excesos o los daños son brutales, que ya lo son. Qué sospechoso término, liberticida, que suelen tener en la punta de la lengua los mal llamados liberales obsesionados con el comunismo, en no pocos casos ultras de manual y de reconocido currículo. “¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, dicen que dijo una heroína de la Revolución Francesa, justo antes de que la turbamulta de ocasión se marcara una pachanguita con su cabeza. De momento, los crímenes son económicos.

Algo hemos avanzado para hacer frente a esta hidra o alien mutante que se transforma y contagia desde lo financiero a lo real, de la crisis de la deuda soberana a la bancaria, del euro a quién sabe dónde y a qué: por fin hemos comprendido que, o se acomete la lucha entre todos, o la cosa sólo hará empeorar para todos. Alemania –que inmolará a Angela Merkel en las elecciones, lo cual la libera para hacer lo mejor para su país: salvar el euro– sabe que quien más tiene es quien más tiene que perder. Europa es su mercado natural y masivo. A corto plazo, el euro débil les conviene para exportar, pero sus mercados principales están tocados, en buena parte por la falta de reflejos comunitaria, que parece estar paliándose. Alemania es clave. Pero hay más. No sólo se requiere la acción coordinada del FMI, el BCE y el Bundesbank en la sombra, la Comisión de un Durao que hoy ha propuesto controlar y gravar las transacciones bancarias (“no todo va a ser recibir dinero de los contribuyentes, ¿no?”, ha venido a decir el viejo zorro portugués), Merkel, Sarkozy y los hermanitos pobres. No; también se requiere, y muy especialmente, la contribución de Estados Undios y la coordinación con Estados Unidos, un país que ya tiene miedo y –algo desmemoriado de su propia y fatal negligencia institucional, el detonante de todo– pide que por favor actuemos con diligencia. También se requiere la contribución de los países emergentes. Cuidado: China debe hacer de locomotora, y esa locomotora puede también gripar por una latente y enorme burbuja inmobiliaria. El planeta es muy chiquitito, y todos deben ser conscientes de que ni Grecia es el cáncer, ni la Unión Europea tampoco, ni Alemania la más noble y honesta pariente protestante que puede hacer y deshacer muy soberbia e indignada, ni Estados Unidos el imperio ya, ni China el nuevo imperio todavía. El G-20 es probablemente el único punto de encuentro. El punto G-20. Un punto de encuentro que hasta ahora ha servido para poco más que hacerse fotos en la que los grandes líderes del mundo parecen una promoción de compañeros de estudios en su 25 aniversario. ¡Encontremos el punto G-20, quizá no haya otra! Y busquemos ser uno de los 20 (que no lo son, que son más de 20).

Un yerno chino

Tacho Rufino | 23 de agosto de 2011 a las 12:43

Mientras esperaba abstraído a que el semáforo se pusiera en verde, la camiseta roja y amarilla captó la atención del motorista. Enfilando la entrada del parque, el chico trotaba con movimientos ágiles y bien coordinados. Su atuendo era llamativo y hasta chillón, pero el porte y la gracilidad del atleta urbano lograban la indulgencia del observador. Parecía asiático. “Un chino con la camiseta de la selección española”, se dijo algo extrañado. El semáforo del cruce de la gran avenida junto al río iba descontando segundos: “24-23-22…”. Ah, la elástica era de la selección nacional, sí, pero de China. El pelo largo del corredor tampoco era el estándar que uno veía en los asiáticos que habían llegado a la ciudad cual lluvia fina e incesante, y menos corriente todavía era lo cuidado del flequillo, que caía sobre un lado de su cara. Además era bastante alto, “un metro ochenta y cinco por lo menos”, pensó. Cuando comenzaba a perderlo de vista, un toque de claxon le avisó de que el semáforo estaba en verde. Levantó la mano para disculparse, la puso en el acelerador, metió la primera y arrancó veloz la moto. Durante el trayecto hasta su despacho, siguió elucubrando sobre el chico oriental.

Era hijo de un comerciante chino, y aunque nació en Pekín, vino a España con sus padres y una hermana menor cuando tenía apenas ocho años. Hablaba español perfectamente, y de hecho había sido un estudiante brillante en el colegio concertado de su barrio, donde lo llamaban Willy, en vez de Wei, que era su verdadero nombre. Su apostura, un casi imperceptible deje al hablar y un tono de voz dulce lo hacían interesante a los ojos de las chicas, a las que atraía además por su respetuosa y nada pretenciosa forma de relacionarse con ellas. Se vestía discretamente, pero con buen gusto. No era ostentoso, pero era evidente que su padre había acumulado una considerable fortuna a base de trabajar más horas que nadie vendiendo una gama infinita de cosas a precios irresistibles para los vecinos; también irresistibles para la competencia, que fue desapareciendo poco a poco del barrio. Willy se esforzaba en los estudios, y sus amigos más íntimos sabían que si algo era imperdonable para sus padres era que sus hijos no cumplieran con sus obligaciones. De pequeño le bastaron un par de castigos ejemplares, con correazos incluidos, para no volver a fallar en las notas o en la diligencia cuando echaba sus tres horas diarias –jornada completa el sábado– en alguna de las tiendas del padre. El muchacho era el mejor estudiante de su curso.

Willy era “un buen partido”, aventuró sorprendido por sus cavilaciones, mientras transitaba las calles vacías de la ciudad en verano: trabajador, emprendedor, nada juerguista, deportista, educado, humilde y observador. No trasnochaba, no cometía excesos con la bebida, no fumaba ni alardeaba de nada. Nunca era agresivo, si bien sabía plantar cara con firmeza y sin aspavientos a los matoncillos del parque del barrio, a los que sin embargo evitaba. Su aspecto era limpio. Respetaba a sus mayores. Willy era, bien mirado, una joya. Un chico con las ideas claras. Un buen partido, sí. Como, al menos en el aspecto económico, lo hubiera sido el hijo de un montañés que, décadas atrás, se hubiera establecido en la ciudad con una tienda de ultramarinos, tras cuyo mostrador durmió durante varios años con su mujer antes de empezar a tener hijos. O como llegaron a ser un buen partido los descendientes de esos italianos, judíos o irlandeses que llegaron a Nueva York con una mano delante y otra detrás y murieron viendo cómo sus hijos eran alguien en la ciudad. ¿Eran racistas estos pensamientos, por muy positivos que fueran? Quizá. Continuó fantaseando.

Quizá Willy conociera un día a su hija, se dijo mientras candaba la moto bajo su despacho. Quizá se gustaran, comenzaran a salir, se fueran a vivir juntos, tuvieran preciosos hijos mestizos y llevaran una vida serena y próspera. La verdad, no se veía pasando la Nochebuena con sus consuegros, pero, en fin, tampoco con los padres de la mayoría de los amigos de su hija. Y por qué puñetas hay que verse en Navidad con los consuegros. “Te estás haciendo viejo, cabrón. Y pesetero.”, se dijo mientras llamaba el ascensor.

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Atrapados por nuestro pasado

Tacho Rufino | 8 de agosto de 2011 a las 17:15

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Carlito Brigante sale de la cárcel dispuesto a ser bueno, pero no puede. El camino de Carlito está fatalmente trazado por su pasado, del que no puede escapar. La película se llamó en España “Atrapado por su pasado”, que no deja de ser una traducción airosa del título original, “Carlito’s way” (el literal “El camino de Carlito” hubiera hecho pensar que la guionista era Gloria Fuertes). Fue dirigida por el para mí inclasificable Brian de Palma, y protagonizada por un Al Pacino que ya apunta el histrionismo que –con la excepción de su gran Michele Corleone en los padrinos I y II— se fue acentuando a lo largo de su carrera. Lo acompañaba en reparto un desquiciado e irreconocible Sean Penn, atrapado a su vez por la corrupción y la cocaína, cuyo camino como actor ha seguido un curso quizá contrario al de Pacino: Penn no está atrapado por su pasado, porque cada día lo hace mejor. Disculpen la digresión cinéfila…

¿Está España atrapada por su pasado? ¿Está condenada a un lustro de travesía del desierto por causa de una década de adicción al crédito? Permitan que tome prestado de las agencias de noticias oficiales chinas el término “adicción”, que han utilizado para definir la formad de hacer política presupuestaria en Estados Unidos (China no teme por otra cosa que por sus miles de millones prestados a Estados Unidos; unos fondos soberanos acumulados con alta productividad e industrialismo ensamblador, además de con dumping social y artificial tipo de cambio del yuan). Nosotros, a tenor de las cifras de deuda –sobre todo, deuda privada, empresarial y familiar–, hemos estado enganchados al préstamo personal, a la tarjeta de crédito, al descubierto y, por supuesto, a la hipoteca (vean el divertido cómic de abajo, que no dice todas las verdades, pero todo lo que dice es verdad). El último Aznar y el primer Zapatero animaron con soflamas y consejos (“Recalificar mucho suelo abaratará los precios de la vivienda”; “El ladrillo es una gran inversión”; “Estamos en la Champions League”, “El sector de la construcción es completamente sólido”), y también con leyes y políticas de engorde de la construcción que, entre otras cosas, sacaron a miles de jóvenes de los institutos para convertirlos en imberbes peones muy bien pagados… jóvenes ya no tan jóvenes, que hoy están condenados al desempleo o el infraempleo. Consumimos todo el crédito nacional, y empezamos a importar crédito internacional, que colocaba lo mismo. Para calmar el mono, la refinanciación fue una solución transitoria. Pero eso se acabó: ahora hay que devolver. O afrontar el embargo, el desahucio y otras formas de ruina. Hasta que no adelgacemos la panza crediticia, nuestra credibilidad como acreedores está por los suelos hasta nueva orden. El problema es que lo que verdaderamente necesitamos es crear empleo, y para eso el crédito es tan imprescindible como el agua para un huerto. La austeridad extrema no es panacea alguna, y España necesita un acuerdo nacional sobre el empleo. Rubalcaba viene a decir eso en estos días. Pero el compañero Alfredo está en campaña, y sus promesas y propuestas son como las que provoca el amor de verano entre adolescentes.

Un gran vídeo de Aleix Saló:

China ejerce de duro prestamista (y de ‘Tea Palty’)

Tacho Rufino | 7 de agosto de 2011 a las 19:26

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Hay bancos que mandan a sus hipotecados un sms diciéndole algo como “Mañana pasamos la letra: que no vaya a estar otra vez la cosa cortita como el mes pasado”. Hay operadoras de telefonía que venden sus carteras de impagados a extraños despachos de abogados asustones, de esos que te preguntan por teléfono, con voz de 25 años con un cursillo de cobrador intimidante: “¿Usted sabe lo que es el Asnef, caballero?”. Acreedores que piden lo suyo. China también ejerce de prestamista, y ya le mete la bronca a Estados Unidos, país cuya deuda con otros estados está en una cuarta parte en manos chinas (y otra quinta parte en manos japonesas). Quizá pronto será también el sastre y el casero de medio mundo. Le pediremos crédito, le compraremos sus productos, les rogaremos sus inversiones (bueno, el presente de indicativotambién vale). Si no pagamos en tiempo y cantidad, no nos mandará precisamente a sus abogados de Legálitas (por cierto, un nombre que suena un poco a chino). Y cuando decimos “nos mandará”, no nos referimos sólo a la mustia España, sino a todo el mundo.
Dado que los medios de comunicación chinos son estatales, los mensajes que se envían al exterior a través de ellos hay que considerarlos oficiales. Antes de ayer, la agencia de noticias Xinhua no se fue por las ramas: “China, el mayor acreedor de la única gran potencia del mundo, tiene todo el derecho a pedir a Estados Unidos que afronte sus problemas de deuda y garantice la seguridad de los activos chinos en dólares”. Se trata de dar un toque de atención: “No me vayas a dejar de pagar”. Pero también hay mucho de temor por el riesgo de cambio. China ha llamado a EEUU “adicta” (a la deuda) y “miope” en sus sucias negociaciones políticas entre demócratas y republicanos (el adjetivo “sucias” lo tomo de los propios congresistas estadounidenses). Hacen hincapié los medios chinos en los “excesivos costes de protección social” y “el gigantesco gasto militar”. A esto se llama tener pillado a alguien por el arco. “Haz como yo y déjate de protección social; y ve dejándome el sitio en el dominio militar del planeta”. Un gobierno comunista da lecciones de gestión financiera al país de Wall Street y las grandes empresas: cosas veredes. Si todo cambio puede resultar disonante para el ser humano, el cambio de imperio, también, cómo no. Y, o estamos en ello, o estamos soñando. De hecho, China ha reclamado a las claras esta semana que el dólar sea sustituido como divisa global. Y no será el euro la alternativa china…

Desde luego que el espectáculo dado por Estados Unidos para aprobar una elevación de su nivel de déficit deuda y poder eludir la suspensión de pagos ha sido muy inquietante. El mercadeo contrarreloj entre demócratas y republicanos ha tenido consecuencias fatales para el futuro político de Obama, por no mencionar para la imagen de solidez del país central del planeta (sobre esto, Moisés Näim defiende hoy que USA sigue y seguirá siendo el poder). Los republicanos han conseguido dar otro puyazo a Obama, que si quiere subir los impuestos no será a los más ricos, sino que lo tendrá que hacer a sus votantes naturales… o sea, que los perderá y no será reelegido. En el fondo, no deja de parecerse la actitud de China a la del ala más conservadora del Partido Republicano, el Tea Party. El fin político ha justificado los medios. Dando, de paso, pie a China para lanzar un mensaje propio de macho alfa.