Otro cuento de Navidad
Con permiso de Dickens, todos tenemos historias tiernas que contar o, como mínimo, que recordar. Yo contaré una minihistoria íntima que, para estar en línea con el propósito de este blog, tiene su moraleja económica.
Mi padre murió joven, y espero que a mis hermanos no les importe que yo cuente que nos dejó unas cuantas herencias intagibles que nos hacen parecidos en ciertas cosas. En estos tiempos en los que se obtiene evidencia científica de que casi todo va siendo genético, no sabría calibrar cuánto de genético y cuánto de adquirido hay en ciertos principios compartidos por nosotros. Lo que sí está en los genes de los Rufino Rus es que todos tenemos una propensión al mal de estómago, y cinco de siete somos miopes. Igual que don Sebastián. Hablemos de gafas.
EL sigo XXI es un siglo de concentración, de escala, de globalidad, donde parece que los pequeños no tienen cabida. General Óptica, Afflelou, Multiópticas, Visionlab y otros venden como churros a precios imposibles para los pequeños. Pues bien, hoy he pasado por el diario transitando entre mareas humanas vestidas de invierno, y entrando a escribir algo en este blog, he visto abierta la Óptica de París, que así se llama el sitio donde desde hace más de cuarenta años mi familia se hace gafas y lentillas (aunque la cirujía ha hecho desertar de esta característica condición a más de uno). Óptica de París -qué gran nombre, tan elegante y sonoro para una ciudad de provincias de aquel entonces- tiene tres empleados con blancas batas inmaculadas que casi no caben en el minúsculo, sobreaprovechado y algo demodé local en pleno centro. Al preguntarme cómo sobreviven, dos respuestas me vienen a la cabeza: primera, porque dan un servicio como de barbero o médico antiguo, que incluye preguntas sobre los tuyos y un poco de guasa futbolística; segunda -que no deja de tener que ver con la primera-, porque no somos pocos los que, por nostalgia y algo más, somos fieles a este tipo de causas.
Con todo el respeto por los gandes almacenes generales o especializados, por el empleo que crean y el dinero que mueven, mientras yo sea miope -y cuando inexorablemente pase a ser cansado visual o maduro bifocal- me pienso gastar mi presupuesto óptico en Óptica de París, donde tres cincuentones encantadores y -snif, snif- entrañables me atienden con precisión técnica, vetusta profesionalidad y gran simpatía. Seguro que ni la tienda se deslocaliza ni, a estas alturas, sustituirán por despistados pipiolos a estos expertos señores que saben, sin estudiar, qué es calidad de servicio.


