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Nuevo mundo ‘low cost’

Tacho Rufino | 26 de diciembre de 2012 a las 14:25

SUPERADO el gatillazo maya, toca prepararse para las navidades [esto fue publicado el sábado previo a la Navidad en diarios de Joly]. Aunque con estrategias distintas, debe usted prepararse tanto si estas fiestas le resultan entrañables como si se le atascan en las entrañas. A las vacaciones en general hay que temerlas, porque suelen ser el momento propicio para las grandes novedades en forma de zarpazos gubernativos aquí o allá, mientras el pueblo está adormecido por la sugestión y la irrealidad. Sucede esto más en verano que en Navidad, cierto; pero en los tiempos extraordinarios que corren no debemos fiarnos de que el próximo mandoble no le caiga ahora -usted engollipado de polvorones- a su empresa, a su sector, a su salario o a su pensión (abierta oficialmente la veda del debate de las pensiones; el propio comisario de Economía, el finlandés Olli Rehn ha dicho esta semana que éste es el nuevo asunto clave, o sea, la próxima entrega de la condicionalidad de los señoritos tecnócratas que viven en Bruselas, Fráncfort o Washington. Pues mire, Rehn, modestamente: me parece muy bien).

 


Estas navidades de tanta suela gastada viendo escaparates son también las fiestas de la frugalidad. Un viaje saludable desde el atiborramiento úrico y lipídico de la finada década prodigiosa hasta la dieta del Quijote: “Una olla de algo más vaca [pongan cerdo] que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos”. En navidades, pues, salvando los dos días señaladísimos, frugalidad. Un trasunto de la economía. 

Según el FMI, las economías más desarrolladas crecerán un famélico 1,3% de media en 2012, tres décimas menos que el año anterior. Europa está canina como nunca antes, la Eurozona es una zona de alto conflicto, y el propio Gobierno de la Gran y Muy Independiente Bretaña reconoce que los apretones y correlativos recortes presupuestarios llegarán hasta 2018. Estados Unidos está conmocionada con el Fiscal Cliff (“Precipicio Fiscal”, qué artistas terminológicos que son) que echa a andar en enero: subidas de impuestos y recortes presupuestarios. La receta de la austeridad: otros duelos y quebrantos. Ante este panorama, los estados se las ven y se las desean para mantener sus obligaciones constitucionales; las empresas tienen pocos incentivos para invertir, dado que sus ganancias -por decir algo- se encogen tanto como los bolsillos y los corazones de los consumidores. 

Las empresas con suficiente capacidad se ven compelidas al sano ejercicio de la exportación. Y tanto las grandes exportadoras como las pequeñas se encuentran con un mercado doméstico radicalmente distinto del de hace sólo dos años. Si el esfuerzo de marketing estaba hasta ayer concentrado en la clase media, la progresiva depauperación de este flotador económico está forzando a los productores y distribuidores a cambiar su discurso comercial. La clase media no para de hacer saltar a sus miembros hacia abajo, por otro precipicio, un precipicio sociológico. Muchas de las nuevas prácticas parecen en realidad importadas -si no de nuestro propio pasado- de los mercados emergentes, todavía con una economía de subsistencia. Son pautas de producción y consumo en realidad muy viejas, como de posguerra: menores lotes, peores presentaciones, servicios conexos degradados, peor calidad material, menores garantías y calidad de servicio. Los vicios de la austeridad ciega de la política económica imperante y su letal bola de nieve. La esperanza de que la crisis trajera mayor competitivdad y menores precios en los servicios domésticos, por ejemplo, fue vana: no se trabaja más por menos, se trabaja menos por menos. Pepe Gotera y Otilio revisited. Hay que adaptarse. Aprender a salir afuera ante la atonía de adentro y, si no, a vender adentro de la forma en que las nuevas expectativas y necesidades de consumo de la gente han transformado a la baja el proceso de producción y consumo, no sólo en este país.

El segundo rescate, marchando

Tacho Rufino | 16 de septiembre de 2012 a las 13:21

EL Eurogrupo sabía de sobra que los objetivos de déficit impuestos a España, o autoimpuestos por nuestros gobernantes, eran poco realistas. La intencionalidad implícita en tal falta de realismo es volver a exigir periódicas medidas de recorte adicionales del gasto público, al ritmo que marcan las estadísticas, siempre peores que los objetivos. Pero no se rebaja el desfase entre ingresos y gastos públicos deprimiendo los ingresos, sea por el propio recorte de los gastos (aunque para la ortodoxia oficial la capacidad de generar ingresos de los gastos sea una mentira e incluso un peligroso anatema), sea por subidas de impuestos que ocasionan un efecto bumerán depresivo al retraer el consumo. O sea, que el año que viene será peor que éste.

Al parecer, nuestros hermanos del Eurogrupo han impuesto un nuevo paquete de medidas de recorte a España, que será presentado a fin de mes, con las pensiones y la edad de jubilación en el punto de mira: démoslo por hecho. De Guindos, con cada vez peor cara, puede ser el burlador burlado. Una vez que España sea rescatada, el gran recortador con idiomas puede tener sus días contados. El rescate financiero de España por Europa implicará el vaciado de contenido del puesto de trabajo de De Guindos: sus labores podrán ser sustituidas por un técnico que implante y facilite los dictados de la Europa que nos interviene a cambio del balón de oxígeno y la consiguiente árnica para mitigar el castigo de los mercados de deuda pública. Tras el rescate, intervención y nueva pérdida de soberanía. Si España pudiera emborracharse de oportuno afán soberanista, como Cataluña, las penas serían menos, aunque sólo sea por la ebriedad. Pero España no puede jugar a eso, sino más bien lo contrario: aguantar el tirón de quienes -con su derecho, pero con gran oportunismo- echan pulgas sobre el perro flaco.

Queda Montoro para lidiar dentro, para trasladar los recortes impuestos por la UE a las comunidades autónomas, y después -encuentros en la tercera fase, crepitar de huesos y dientes- a los ayuntamientos: papelón donde los haya. El Eurogrupo, reunión de ministros de Economía de la UE, mientras, se ha reunido en Nicosia con Christine Lagarde del FMI -la eventual gran rescatadora final- de artista invitada. El finlandés Olli Rehn, implacable, lo tiene claro: “España va a acometer un paquete de reformas basados en las recomendaciones de la UE, con lo que podrá alcanzar las condiciones impuestas en el primer rescate, que no se han conseguido”. Ni se van a conseguir por este camino. Por si usted no se había enterado, no sólo hemos sido rescatados ya una vez, sino que lo vamos a ser dos, y a la voz de ya.

La esperanza en la recesión alemana

Tacho Rufino | 25 de agosto de 2012 a las 19:43

SI le dieran a elegir, ¿qué preferiría usted, ser rescatado o ser intervenido? El rescate es sin duda más romántico y estimulante, es redentor: a quién no le gusta ser liberado y poder respirar al fin, aunque sea por poco tiempo. La intervención, por su parte, es el duro que no se da a cuatro pesetas, es el precio a pagar por el rescate, de cualquier tipo de rescate: amoroso, bélico o financiero. Tras el rescate viene la intervención: eres mío y para mí; tus territorios son nuestros territorios ya; deberás hacer la política económica que yo te diga. La “condicionalidad macroeconómica”, que le hemos dado en llamar, o sea: recorta gastos, olvídate de las inversiones, reduce lo público sin pausa, eleva impuestos, reforma el sistema financiero ese tan peligroso que tienes, reorganiza el poliedro territorial y competencial ese tan sui géneris tuyo. Son precisamente estas dos últimas condicionalidades -el sistema financiero y el Estado autonómico en su versión actual- las nuevas urgencias de la santísima troika, una y trina. Es comprensible: nuestra rutilante banca -véase, mayormente, cajas- era un bluff, y el déficit autonómico es en su conjunto grande, resistente y difícil de coordinar: Guindos negocia fuera de España, y le toca a Montoro negociar dentro. ¿Qué papel preferiría usted? ¿O prefiere muerte, como el del chiste? A este respecto, por cierto, el sector erre-que-erre de la opinión económica sigue reclamando nuevas y siempre urgentes medidas de ajuste, hoy otras nuevas y distintas de las de ayer, a pesar de que las de ayer no han hecho de momento más que daño a la economía y las personas. Cuánto dolor es necesario infligir a cambio de un mejor e indefinido futuro es el gran sofisma español contemporáneo.


El rescate de España es un hecho; la intervención, también. Le llamamos ayuda, rescate parcial, financiero o suave; decimos supervisión en vez de intervención. Pero la realidad es que España hace tiempo que es cualquier cosa menos soberana en política económica. De tal forma que cuando el presidente dice este verano que “lo último que tocaría son las pensiones”, hay que contar con la reducción de éstas en el plazo de un año al máximo. Más tarde es demasiado tarde para la troika, y demasiado cerca de las próximas elecciones para el partido en el Gobierno. La llave y el grifo son, de fachada, cosa del BCE, que es una institución técnica, fría y liderada por un tecnócrata implacable, sabedor de cuál es su jerarquía hacia arriba y hacia abajo, un Mario Draghi nada de fiar desde una perspectiva española (el verdadero halcón de la austeridad en la sombra, firme partidario de que España pida ser rescatada e intervenida al estilo griego, irlandés y portugués, y contrario a la compra de deuda por parte del BCE como recurso ante el castigo inversor a España; el adalid del pánico alemán a la inflación es el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann: él es más poderoso que Draghi en este contexto). Si es el FEEF quien aflojará la mosca, si lo hará su sucesor el MEDE, si el BCE compra deuda española “sin límite” mientras que estos fondos de rescate -lo que son-se aprueban y los próximos rescates españoles -que lo son- son aprobados parlamentariamente en Alemania, son distintos cómos de un qué esencial: sólo cabe apretar los dientes mientras estemos en el euro. ¿O alguien tiene alguna alternativa? No es muy alentador, pero la única tabla de salvación para la degradación socioeconómica española es que Alemania entre en recesión, y el miedo a la inflación se vea superado por la necesidad de mantener la política monetaria de bajísimos tipos y, como piden cada vez más voces, una política fiscal expansiva comunitaria. Un frío que duela a Alemania, como el del invierno ruso en la Segunda Guerra Mundial. Y disculpen el símil.