El ladrillo hace las maletas
El negocio de la promoción inmobiliaria busca salidas a la situación de atonía y, en ciertas áreas, de parálisis en que se encuentra desde hace unos meses. Aunque oficialmente la industria (Endesa, Repsol y otras) está arriba en el ránking de principales empresas andaluzas (o en Andalucía), la realidad es que nuestro tejido económico es básicamente de servicios y asociado a la construcción. Y ante el panorama interno, nuestras empresas hacen las maletas. A eso se llama hacer de la necesidad virtud. De hecho, la inmobiliaria es, junto con las energías renovables, el motor de nuestra expansión internacional: 75 de cada cien euros invertidos fuera se dedican a este sector). Según informaba Rocío Martín en este medio hace unos días, la inversión andaluza en el exterior se ha multiplicado por tres de septiembre de 2006 a septiembre de 2007 (dato más reciente). La cara triste de esta noticia que, dadas las circunstancias, debemos considerar positiva es que las perspectivas económicas nacionales -unidas a la escasa productividad y el relativamente alto coste laboral (?)- no ayudan a convertirnos en un destino deseable para invertir. Por cierto, el desaparecido Pizarro tiene como uno de sus objetivos programáticos en caso de acceder al Gobierno el de multiplicar dicha inversión extranjera en España. Esto también tiene una cara oculta o implícita: los deslocalizadores de industrias y servicios, las grandes empresas multinacionales, valoran como apetitoso un destino en el que los costes laborales y la conflictividad es baja. Si quieres dinero de fuera, debes darle gusto y contener los salarios. ¿O cómo si no?


