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Bankia y Rato, un gancho al hígado de Rajoy

Tacho Rufino | 2 de junio de 2012 a las 21:47

Rodrigo Rato era un claro delfín sucesorio de Aznar. Hemos dicho maliciosamente aquí en más de una ocasión que el entonces presidente del Gobierno –omnipotente entre sus huestes—prefirió designar a Rajoy con su dedo índice, por ser el gallego alguien más manejable, y paralelamente, con sus excelentes relaciones con el Estados Unidos de Bush Jr., conseguir colocar a Rato en un puesto inalcanzable hasta entonces para ningún español: la dirección del Fondo Monetario Internacional. Allí Rato ganaba poco (sólo unos 300.000 dólares al año), además alegó morriña y problemas familiares, y dio la espantá. ¿Destino? La presidencia del banco amigo, Caja Madrid, algo mucho más nutritivo para el bolsillo que la institución radicada en Washington, que es un muermo de ciudad comparada con el foro. Después, durante el proceso de fusión de las cajas, se confeccionó un patchwork con varias cajas afectas. La segunda de ella en tamaño era la siempre inquietante Bancaja, tocada de muerte por intoxicación como la propia Caja Madrid, como sin duda sabía hasta el bedel de las torres Kio, sede del frankenstein bancario que ha colapsado en el momento más inoportuno para el país.

Rodrigo Rato no ha dicho tener un verdadero problema –una quiebra de manual– en ningún momento. Ha cobrado sus apetitosos emolumentos, se ha paseado como un hombre muy poderoso y solvente técnicamente, a pesar de sus espantás y sus pésimos resultados como banquero. ¿Que heredó algo tocado de muerte? Eso lo sabía al asumir el mando máximo, y si no, se enteraría nada más aterrizar, porque tonto hemos quedado en que no es (muchos pensamos que tan listo como se decía, tampoco). Si conocía la dimensión del marrón y el engendro artificial y de altísimo riesgo que asumía al llegar a la presidencia de la entidad; si supo del riesgo y la imposible viabilidad del carro de papas que asumió, ¿por qué calló? Es un caso más que sospechoso de falta de responsabilidad y conducta directiva impropia (que dirían en Estados Unidos). No de negligencia, no.

Pero lo de ayer de Rato es ya para llamarlo a capítulo, no ya desde Génova, sino desde el Parlamento o desde la Justicia. Reproduzco sus palabras, que son un Perogrullo contable, pero contienen dardos de soberbia impresentable contra su propio jefe, Rajoy: “El plan de capitalización va a dejar al grupo en una magnífica situación financiera, pues es una inyección brutal de fondos para que la sociedad incremente sus provisiones de forma notable, pero desgraciadamente ello se hace a costa de fondos públicos (2% del PIB) y causando un grave perjuicio a los actuales accionistas de Bankia, pues el efecto dilutivo va a provocar una enorme caída en la cotización”. Los términos delatan su desmarque de la intervención de Rajoy y De Guindos: “Brutal”, “desgraciadamente”, “grave perjuicio”, “enorme caída”. Qué mal amigo. ¿Cuál era el plan de Rodrigo Rato? ¿Seguir cobrando y silbando mientras se maquilla de cara al público el cáncer terminal de la entidad? No sé si lo que voy a decir lo ha dicho alguien ya, y creo que me arriesgaré a ser alarmista (si es que cabe hablar de alarmismo con la manta de leches que nos arrea la realidad cada día): ¿Es Bankia la tumba de Rajoy?

¿’Hispania delenda est’?

Tacho Rufino | 10 de abril de 2012 a las 12:36

Si España es el condenado a la crucifixión, los inversores financieros son los romanos y la Unión Europea una mezcla de sanedrines de pose técnica y de Herodes lavándose las manos (por ejemplo, no comprando deuda española durante estos episodios de ataque y venta masiva, lo cual disuadiría a los atemorizados de vender presa del pánico y a los especuladores puros de jugar a ganar en el río revuelto). Recordarán aquella hilarante escena de La vida de Brian: “¿Crucifixión?”, preguntaba amablemente el listero romano. “Sí”, respondía con igual cortesía el reo. “Bien, salga por esa puerta, alinéese a la derecha, una cruz por persona”. España no tiene quien la defienda, o mejor, ni siquiera la atribulada adopción de medidas de enorme impacto social y económico de su Gobierno es capaz de parar las impenitentes y periódicas razzias de unos agentes de los mercados que vienen a decirle: “Dése usted por jodida; le canto a usted por Luz Casal: Y voy a por ti, y voy a por ti, como una locomotora por ti, y voy a por ti, y voy a por ti, y voy a por ti ahora”.

Los confusamente llamados “mercados”, los dueños y árbitros finales de la economía que vivimos, los emperadores invisibles, no se creen que vayamos a ser capaz de ir amortizando nuestra creciente deuda (privada, pública, externa), a retomar la senda del crecimiento ni a poder soportar los mazazos automutiladores de los recortes, muchos repentinos y atribulados, alguno planificado, casi todos negados antes de anunciados. Los romanos del siglo XXI dan y quitan. Si, por un lado, es innegable que la situación de España es muy comprometida fiscalmente y muy preocupante en cuanto a su nivel de actividad, y todo ello justifica parte de la prima de riesgo, por otro es también innegable que un reducido número de inversores globales es capaz de condenar a una economía completa, reforzando su proceso de degradación y taponándole las vías de recuperación. No sólo la prima de riesgo (el interés que pagamos de más que el que paga menos por su deuda pública, Alemania, en estos momentos con un alarmante nivel de 420 puntos básicos), sino los ataques a ciertos valores de nuestra bolsa de valores. En este sentido, el levantamiento de la suspensión de las operaciones bajistas o de short selling (dicho mal y pronto, apostar con dinero o acciones de otro a que a alguien –por ejemplo, ahora, Abengoa, Bankinter o Popular– le va a ir mal, vendiendo a su valor acciones u otros títulos, haciendo así caer su precio en el mercado, para recomprarlas baratas, ganando en origen) ha ocasionado que unos pocos grandes inversores acaparen cientos de millones de euros en inversiones destructivas (para ellos no lo son, claro es). Hay quien las justifica porque dan liquidez al sistema, algo así como decir que cortándole la mano a alguien elimino la posibilidad de que ese alguien se hurgue la nariz. Algunos nombres de estas gestoras que se han instalado en España para hacer subir y bajar las cosas obteniendo réditos en una y otra circunstancia, acelerando el proceso de mala fama y descomposición de nuestra economía: Amber Capital, Wellington Management, Landsdowne Partners y Marshall Wace.

Carthago delenda est“–“Cartago debe ser destruida”–  dicen que dijo un senador romano. Cartago es España, los romanos, queda dicho, son los inversores. “Hispania delenda est”.

Alessio Rastani, el hombre que soñaba recesiones

Tacho Rufino | 27 de septiembre de 2011 a las 12:43

Recibo este video de Luis Rull, de gran éxito en youtube aunque todavía no hay versión subtitulada en español, si bien la habrá en breve porque el pollo en cuestión ha montado un buen cirio. Está en inglés, aunque al hombre se le entiende bien. Si usted es “de francés”, aquí van alguna de las perlas que este trader (broker, agente, inversor en los mercados financieros) lanza a la patidifusa presentadora. Más clarito, el agua, y no me refiero a que yo comparta sus opiniones catastrofistas (puede que el tipo busque notoriedad, aun diciendo una verdad tabú), sino al espíritu depredator hard-core que mueve a muchos agentes financieros y que tanto parece mover al éxtasis a no pocos defensores de no tocar a la rosa, aunque la rosa sea antropófaga:

El crash está a la vuelta dela esquina, y la economía va a caer de forma muy dura… el euro y la bosa están muertos. Los inversores… el gran dinero y el dinero ‘listo': los grandes fondos, los hedge funds, las instituciones financieras… no compran planes de rescate, saben que la bolsa y el euro están listos, están poniendo su dinero en valores más seguros, como los bonos del tesoro y bonos a tres años [de países seguros, debe de querer decir] y al dólar… valores seguros..

- “¿Qué puede hacer que los inversores estén más contentos y más seguros?, pregunta la atribulada periodista. Esa pregunta es difícil. Personalmente no me importa nada de eso, soy un ‘trader’, no me preocupo por esas cosas, mi trabajo es ganar dinero donde se pueda. Me importa un pimiento la crisis y arreglar la economía… confieso que, desde hace tres años, cada vez que me acuesto sueño con una nueva recesión… hay gente que sabe prepararse para ganar pasta con los ‘crash’ económicos… pasó en los años 30, y la gente no recuerda que aquello no fue sólo un ‘market crash’, sino que hubo gente que se preparó para aquella crisis y sacar dinero de ella, todos podrían ganar dinero con esta situación, es una oportunidad… mi trabajo es ganar dinero cuando se presentan las oportunidades, [repite] yo, como los otros agentes e inversores, no me preocupo ni un poco por la economía o por arreglar la situación: nuestro trabajo es sacar dinero de ello… cuando reviente la bolsa, cuando reviente el euro, si sabes lo que tienes que hacer, si tienes los planes adecuados, te puedes hacer rico.

- “La gente debe de estar sobrecogida con lo que usted está diciendo…”, dice ella. Él se sonríe: Escuche… a todo el mundo que escucha esto, lo que sucede es como un cáncer, no se puede esperar hasta que sea demasiado tarde. Dejémonos de buenas intenciones y de declaraciones políticas. Los políticos no gobiernan el mundo, el mundo lo gobierna Goldman Sachs…

A partir de ahí, el joven recomienda a las personas que no sean tontas, que se preparen, que se metan a broker y ganen dinero si no quieren ver sus ahorros esfumarse. “Protejan sus ahorros”, dice, “porque en menos de doce meses pueden ver cómo desaparecen”. [¿Desaparecerán también las hipotecas…? Eso no se lo preguntó. El hombre iba a lo que iba]

En dos palabras: a-lucinante. Espero que los que se reían de la existencia de una forma de especulación ciega y destructiva (algunos de ellos mandando encendidas y hasta insultantes respuestas a las reflexiones que aquí y en otros lugares se han hecho sobre la excesiva libertad y codicia en los mercados financieros) reconozcan que hace falta reconocer al enemigo para poder afrontarlo. Las cosas son como son, y no porque lo haya venido a reconocer un broker sin complejos ni medias tintas en la (estupefacta) BBC, incluso si es un brokercillo necesitado de atención. Aquí tienen el perfil en facebook del muchacho, de nombre Alessio Rastani.

La trampa de la falta de liquidez

Tacho Rufino | 10 de septiembre de 2011 a las 19:09

UNOS años antes de la Segunda Guerra Mundial, Keynes enunció una teoría llamada La trampa de la liquidez (aseguraba en ella, por decirlo en corto, que cuando los tipos de interés están bajos, bajarlos aún más mediante inyecciones de dinero podía no sólo no estimular la inversión y el consumo, sino conseguir lo contrario). La situación es hoy distinta porque la liquidez -su falta- es la fuente de todas las parálisis, por lo que podemos jugar con el nombre acuñado por Keynes para caracterizar la carestía de financiación vigente. La falta de liquidez produce curiosos monstruitos. Perversiones del tráfico mercantil, picardía de supervivencia. También el sector público las perpetra. La falta de dinero fresco, igual que sucede a nivel familiar, agudiza el ingenio. Pongamos un caso verídico, y andaluz.

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”Gary

Una empresa se dedica a las obras públicas. Para licitarlas, necesita acreditar que está al corriente en sus obligaciones con Hacienda y la Seguridad Social. Esta última, aparte de esto, ha sancionado a la empresa por algo que, supuestamente, estaba mal hecho en sus contratos. La empresa, antes de pagar, puede recurrir, como es de ley. Se ve obligada, eso sí, a depositar un aval que le concede un banco. Si gana el recurso, quita el aval y santas pascuas. Si pierde, paga, o la Seguridad Social ejecuta el aval. Pura ley, uso y costumbre. Pero, quieto, ahora te exige la autoridad laboral que deposites el dinero contante y sonante. Si no, te dice el funcionario -un mandao- que no te da certificado de estar al corriente en tus pagos, y no podrás optar a conseguir obras. Cuando, tras decenas de meses, la resolución sea, pongamos de nuevo, favorable a la empresa, el dinero en cuestión será devuelto a la misma. Mientras, la Seguridad Social se ha financiado fácilmente en un contexto de no-financiación, y puede incluso que, cuando llegue la hora de devolver, la empresa ni exista. Un abuso, provocado por la sed de efectivo para pagar nóminas. Instituciones públicas que, cual alfas y epsilons de Un mundo feliz ávidos de soma, buscan billetitos frescos como sea. Cabe poner ejemplos similares en multas, complementarias y embargos varios. Las empresas, las instituciones -incluido el Gobierno, claro está- y los particulares maquinan para trabajar en los ingresos, una vez bastante exprimida la vía alternativa, recortar gastos. La liquidez, qué término tan simbólico. El cactus en la travesía del desierto. El príncipe Vlad que relame los restos de sangre fresca en la cuchilla de afeitar de su joven huésped.

”Cuatreros

La liquidez congelada tiene que ver con los bancos, claro. La gran fiesta del crédito fácil creó mucho dinero que hoy se ha evaporado: no hay la misma cantidad de líquido, sino mucha menos, por mucho que se afirme que el dinero está guardado porque es miedoso, cosa que es cierta pero no lo explica todo. Los bancos tienen dañados sus balances por la morosidad y el dudoso cobro, y necesitan inyectar capital sano en sus cuentas, con lo que consumen liquidez. Están asustados, y no prestan; no prestan, las empresas cierran por falta de liquidez; los despedidos entran en su propia bancarrota micro y, dejan de pagar sus deudas o las aplazan. El efecto se realimenta. Una pescadilla muerde la cola a otra, que a su vez muerde a otra… Los bancos con mayor liquidez son reacios a prestar a los bancos de países señalados como arriesgados por sus problemas de déficit o de deuda. El problema, finalmente, es global. La globalización está produciendo tumultos locales que no pueden ser solucionados localmente, y los produce uno detrás de otro. El trasvase de rentas de los países ricos venidos a menos se desplaza a los que necesitan más madera (y liquidez). Hasta que el sistema global se estabilice como el agua en los vasos comunicantes cuando se abren las compuertas, las economías nacionales tendrán poca capacidad de maniobra. En nuestra versión de Mad Max, la gasolina es el crédito.

La madre de todas las volatilidades

Tacho Rufino | 13 de agosto de 2011 a las 14:01

”http://www.oficinadeturismo.net/estados-unidos

TRAS la enorme pérdida de riqueza que supuso la primera oleada de la Gran Crisis, hace ya más de tres años, los dineros inversores del mundo que sobrevivieron se asustaron tanto que abandonaron sus destinos habituales para refugiarse en la deuda pública, que por entonces era tan poco rentable como, en general, muy segura. Al concentrarse el mercado en bonos y letras de los tesoros nacionales, éstos se convirtieron de pronto en la madre de todas las volatilidades. Quién nos habría de decir que los principales gestores de bolsa se revolverían contra el alma errática y especulativa de la misma. Leemos en el mismísimo Expansión cosas insospechadas: “Cualquier rumor tumba a los mercados, no me extrañaría que muchos fueran interesados”, dice un gestor de fondos; “La cosa es más estable cuando se usan métodos tradicionales, y se limitan los derivados”, dice otro, un gran operador londinense. Las armas de destrucción masiva (como calificó Warren Buffett a las complicadas estructuras derivadas y a las operaciones de venta corta) existían, y no estaban en Iraq, sino por las bolsas del mundo. Lo declaran los propios directores y actores de esta película gore-financiera: eureka. La refundación del capitalismo que se anunció en 2008 ha sido un fiasco: la política se tambalea ante los golpes de una bestia que, en ausencia de árbitro, ni su entrenador puede calmar desde la esquina. [Esto se escribió el jueves, justo antes de conocerse el acuerdo europeo para prohibir las operaciones bajistas o de venta corta sobre bancos… durante 15 días].

Compartiendo casualmente una cerveza tras el deporte, uno escucha a un joven broker andaluz que trabaja en la city decir que “son una panda de chorizos, y en muchos casos no tienen idea de lo que compran y venden, nos hacen movernos por impulsos a corto plazo, por salvar el pellejo. Yo, de momento, lo salvo, pero 50.000 como yo van a la calle sólo en Londres este año”. En la misma reunión, un señor ve la otra cara del chorizo, y sentencia sin atisbo alguno de duda que “tanta emisión de deuda pública es una forma de quitar los dineros a las empresas para dárselo a los estados, que no hacen más que mantener parásitos y despilfarrar”. Descontemos el cinismo guasón del hombre y descubramos una animadversión instalada en buena parte de nuestra burguesía: lo público es muy malo. Tal certeza se puede observar en empresarios que trabajan para el Estado central, autonómico o local. Tampoco importa que el hijo estudie en un colegio privado que nunca funcionaría si no se financiase con lo público, ni que cuando a uno no le llega la salud al cuello se dirija sin dudarlo a la sanidad pública: lo público es malo. E incluso roba liquidez a las empresas, emitiendo deuda. Pero la realidad es tozuda: si la deuda pública no hubiese actuado como refugio, el dinero estaría (más aun) en oro, o hinchando calcetines y colchones… o directamente evaporado. Volatilizado. Claro, que al ser el objeto de tráfico principal -y al ser un escorpión el escorpión-, la deuda pública comenzó a sufrir las ventas en masa, le emergencia de las primas de riesgo como indicador clave, las operaciones bajistas de consecuencias tantas veces fatales. Los sofocones, las subidas, los bajonazos y las resacas de una versión de parqué de las fiestas rave de Ibiza. Los ríos revueltos y sus pocos pescadores.

Los adalides del “no toques a la rosa del mercado financiero”, los adoradores de filántropos de destrucción masiva como George Soros atacan en realidad la propia viabilidad de nuestro sistema, el capitalista. O se controla a los mercados financieros con un verdadero acuerdo a lo Bretton Woods, u Occidente periclita más pronto que tarde. Aún hay que oír aquello de que “cuando cayó Lehman y AIG, habría que haber dejado caer a todas las fichas en mal estado. Así se hubiera depurado el sistema”. Depurado, no, qué va: muerto, como vaticinó Carlos Marx. Sería irónico que el fracaso práctico de la filosofía política del alemán tuviera dentro, cual matrioska rusa, el germen del verdadero cáncer para el sistema, el que “sí funciona”.

Por fin, alguien se atreve con los bajistas

Tacho Rufino | 12 de agosto de 2011 a las 18:18

La CNMV se ha visto obligada a prohibir las posiciones cortas sobre bancos y aseguradoras

En breve: uno o varios operadores coordinadamente apuestan por la caída del precio de una acción. Alquilan –no compran, alquilan– grandes cantidades de ese valor a bancos. Se venden esas grandes cantidades de acciones, que comienzan a bajar de valor, porque además suelen apoyarse estas estrategias en la difusión de rumores alarmistas o sencillamente falsos. Cuando las acciones caen de precio, se recompran, obteniendo un beneficio entre el precio de venta inicial y el de recompra, devolviendo las acciones al banco que se las alquiló.

Las también llamadas apuestas bajistas, short selling o venta corta ha sido descritas y comentadas aquí en no pocas ocasiones (ver ejemplos: 1 Qué es un ataque especulativo, 2 Los mercados, ¿quiénes son?, 3 ¿Por qué se irá Soros?, 4 Entradas sobre venta corta).

Al final, se ha impuesto la razón. Los daños ocasionados por este tipo de operaciones que apuestan y promueven la ruina de unas acciones, unos títulos o una divisa son muy superiores que sus beneficios para el sistema financiero mismo, y no digamos para personas ajenas a estos mercados: países enteros ven comprometida su liquidez, su capacidad financiera, su solvencia, su crecimiento y, a la postre su nivel de empleo y su futuro por unos supuestos efectos benéficos sobre la “liquidez del sistema” (por no mencionar el enriquecimiento de los apostantes, que suelen ganar mucho más que perder, claro es). La propia autoridad europea de valores financieros (ESMA), esta medida se ha tomado “para restringir los beneficios que pueden conseguirse de la difusión de falsos rumores (…) y han sido adoptados de la manera más coordinada posible, ante la ausencia de una normativa legal común europea”. En efecto, sólo se hace efectiva la prohibición en España, Italia, Bélgica y Francia, y sólo durante 15 días. Ha hecho falta que el contagio roce a Francia para que se adopte una medida de control que era obligada dada la perversión intrínseca del juego de la venta corta. Con la boca pequeña, lamentablemente, la ESMA confirma lo que todo el mundo sabe: la venta corta suele usarse “en combinación con la difusión de falsos rumores, y es claramente abusiva y sancionable”. Ahora sólo queda que se regule estrictamente, de manera permanente y para todo tipo de títulos estas actividades pura y duramente especulativas, precisamente para salvaguardar la función de termómetro y de suministro de liquidez de la bolsa y otros mercados (la venta corta, por ejemplo, también se practica en mercados de artículos de primera necesidad, como el del trigo). ¿A qué esperar para propugnar un acuerdo global sobre estos asuntos? ¿Por qué tanta cautela? ¿Es que nadie quiere meter la mano en la madriguera del hurón, o es que hay demasiados jueces y parte?

Nosotros, ‘okupas’ del futuro

Tacho Rufino | 22 de abril de 2011 a las 9:27

LEO a Daniel Innerarity describiendo (2008) con gran simbolismo ciertas situaciones que, de seguir así, son insostenibles: no tienen futuro. Ofreciendo alternativas a la expresión “estafa generacional” (la que se perpetra sobre los cotizantes eternos que no tienen garantizada su pensión), el filósofo habla de “colonialismo temporal”, practicado por los hoy vivos respecto a las generaciones jóvenes y por nacer. Colonizar el tiempo frente a la tradicional colonización del espacio. Mientras lo normal solía ser trabajar para los hijos y en general para el porvenir, hoy se consume y se vive en detrimento de las cohortes venideras. Una rapiña del futuro perpetrada por okupas del futuro… nosotros. El futuro es hoy “un basurero del presente”, dice Innerarity. No sólo el sistema de pensiones es insostenible, sino que por supuesto lo es el legado de residuos y daños a la naturaleza. Y también lo es la deuda pública presente y por venir, venga ésta de parto natural -colocaciones aceptadas por los mercados a precios normales-, con fórceps -pagando un sobreprecio con respecto al bund alemán-, o por cesárea -el rescate-.

Uno de los pocos versos que uno recuerda viene al hilo de la cuestión. “En Nueva York no hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que van a venir”, afirmaba un hipersensible Lorca en Poeta en Nueva York. Si la hecatombe económica en curso tiene su detonante en Wall Street, cabe aplicar tan oscuro aforismo a los daños diferidos provocados por la Gran Crisis. De acuerdo; lo nuestro tiene ingredientes derivados de la enorme deuda familiar y empresarial made in Spain pero, sea como sea, la deuda española no hace más que atraer a los depredadores financieros. Éstos actúan en parte con fundados motivos, y en parte con una apuesta a la ruina de nuestras arcas públicas. Los presupuestos públicos y uno de sus nutrientes de tesorería -la periódica emisión de deuda- se ven afectados por una cadena perversa que percibe el olfato de los agentes más poderosos de los mercados: la deuda privada de dudoso cobro es un activo dudoso en los balances bancarios. Si decidimos socializar las pérdidas de la banca -he ahí el quid de la cuestión- con dinero público, nuestro sector público está tocado de muerte. La banca, eso sí, sobreviviría más o menos indemne.

Van al menos tres crisis que nos han puesto al borde de la bancarrota, sobre todo la de mayo del año pasado, y aquí están otra vez los pelos del lobo enganchados en nuestra valla. Si hay que salvar a la banca, habrá que condenar a las generaciones futuras -y no tan futuras- a pagar las debacles patrimoniales de quienes dieron crédito sin ton ni son (a muchos que los asumían sin ton ni son, cierto es). En Irlanda se socializaron las pérdidas de los bancos, y otro tanto se hizo en Islandia. ¿Quién pagará los agujeros contables de las entidades financieras? Los irlandeses y los islandeses de a pie durante años y años. ¿Pasará lo mismo en España, como ya podemos afirmar que pasa en Portugal? En Estados Unidos, Obama admite la necesidad de la reducción drástica del déficit (déficit público no es igual deuda pública, pero es carburante de ella), precisamente con el lema “la solución no puede cargarse sobre la espalda de los ciudadanos”. China, el mayor inversor en deuda pública estadounidense, dice que hay que proteger sus derechos como acreedor. Apuesten por el recorte de la sanidad, educación y protección del medio ambiente USA. Aquí, nuestra capacidad de recortar es más limitada a estas alturas: los deberes no han servido para mucho. La patada a seguir supondrá sacrificios para los hogares más que para los bancos ineficaces. Salvo que la mansedumbre que la crisis inocula en los corazones se transforme en indignada insumisión. Cuando no haya mucho que perder, y los perjudicados no sean sólo los habitantes del futuro, sino los propios colonos del presente.

El virus del ayuntamiento moroso

Tacho Rufino | 11 de octubre de 2010 a las 12:09

Durante mucho tiempo, más de cuarenta años, España fue administrativamente francesa, o sea, centralizada en la Administración capitalina ¿Era éste un rasgo propio de una dictadura que concentra todo el control en la capital del Estado y lo hace fluir por sus delegaciones provinciales? Sí por un lado, porque de hecho España tuvo en la República un alto grado de descentralización territorial hacia la Cataluña y el País Vasco (a mí, que no soy historiador, me sorprendió descubrir por medio de un libro de Vázquez Montalbán, Galíndez, que el País Vasco tuvo un representante en Estados Unidos, Jesús de Galíndez, cuando eso equivalía a tener un representante en la ONU, que entonces no existía). Pero no por otra parte, dado que la centralización política española es un rasgo administrativo heredado de nuestros tiempos franceses, mucho antes del régimen de Franco. De hecho, Francia sigue estando así organizada, a pesar de Bretaña o Córcega, que cuentan con ciertos rasgos autonomistas. Y nadie duda de su democracia.

Según se argumenta generalmente, la transición a la democracia en España al morir Franco en 1975 exigía un Estado de las Autonomías que, tras un primer arreón selectivo hacia las nacionalidades históricas, se generalizó bajo el lema de “café para todos”. He ahí el germen de parte de la difícil sostenibilidad presupuestaria española: el Estado nunca ha acabado de soltar poder y competencias (como para muchos es de ley), y las autonomías han acaparado cada vez más poder y competencias. En ese proceso, se han producido duplicidades, solapamientos e hinchazones en forma de plantillas de personal, funciones, empresas públicas, fundaciones, altos cargos, y no tan altos. En parte, porque el Estado y sus sucesivos gobiernos han ido transfiriendo funciones, por los motivos que sean (motu proprio, legalidad, pactos electorales, pactos parlamentarios). En parte también porque, tras soltar dichas competencias, no ha querido soltarlas del todo. Los partidos en el poder autonómico, por su parte, se han en cargado de mantener viveros de votos alimentados con nóminas públicas, en algunas regiones (con perdón, pero lo son) instalándose en el gobierno autonómico de forma vitalicia. Recordemos que el gasto principalísmo de, por ejemplo, la comunidad autónoma andaluza corresponde a sanidad y educación.

Y a un cierre de foco más están las corporaciones locales. Si hacemos caso omiso de las diputaciones provinciales (que ya es hacer), llegamos a los municipios y sus ayuntamientos. Éstos se han nutrido financieramente de transferencias públicas, impuestos propios, ayudas comunitarias directas o vía estatal, crédito bancario… e ingresos por recalificaciones y obras. El suelo ha dado un gran poder a los ayuntamientos, hasta a algunos minúsculos y carentes de estructura ni cualificación que, con los dineros de las promotoras y constructoras (digamos que legalmente, o sea, omitiendo la financiación B de partidos y los trinques personales), han ido creciendo en dimensión de una manera exponencial: infraestructuras, servicios públicos, fiestas, cooperación internacional viajera, de todo. Durante el tiempo en que los ingresos seguían entrando fluidamente, todo bien. Cuando la banca ya no quiere financiar (y el Gobierno avisa que “el endeudarse se va a acabar”), las transferencias públicas se recortan o se dejan de pagar, el parón de la actividad económica seca los ingresos por fiscales locales, y las promotoras no sólo no aportan fondos sino que los exigen en forma de infraestructuras y acondicionamientos pactados… el castillo presupuestario podría venirse abajo. En esas estamos: tras las noticias de hace algunas semanas acerca de exigencias judiciales de las patronales de la construcción a los ayuntamientos que dedican los dineros a otras cosas que las pactadas (ver), hoy sabemos que las grandes constructoras van a apretar a los ayuntamientos para que paguen lo que deben. La mora pública es un grave problema. Y la local, también.

Hace falta cabeza para no llevar a las ciudades al marasmo económico, que puede sustanciarse no sólo en la incapacidad de mantener las infraestructuras en uso un razonable y dar los servicios asumidos, sino en retrasos en pagos de personal. Un personal que, recordemos, es el bastión que apuntala un consumo menguante, esos que llenan todavía a principios de mes el carrito del Mercafour. ¿Políticas posibles?: limitar la financiación de los municipios y no prohibirla; reducir o dejar de financiar públicamente los fastos improductivos al mínimo –ojo, los hay muy productivos para algunos ayuntamientos, ferias o semas santas, pero los hay que son ruinosos–; no financiar indefinidamente unidades de negocio con personal muy protegido y bien pagado, que son pozos sin fondo a los que se debe reanimar de la quiebra técnica año tras año. Menciono estas políticas generales, porque la otra opción –la de subir los impuestos locales indefinidamente– ha dejado de ser un recurso.

NYT: Spain, el foco viral de la deflación

Tacho Rufino | 21 de abril de 2009 a las 17:08

Pirro, rey de Epiro, tras derrotar a los romanos en una batalla, volvió a su tierra con las tropas tan diezmadas que pronunció una famosa frase: “Otra victoria como ésta y volveré solo a casa”, vino a decir. La paulatina bajada de los precios al consumo en España es otra victoria pírrica: sólo los miopes ven como algo positivo el descenso de los precios (y sí, también aquel reducido número de personas que saca partido y hace fortuna en las épocas de penuria). Desde el mundo exterior, nos ven como el epicentro de una nueva pandemia: la deflación. Hoy, 21 de abril, The New York Times publica un artículo descorazonador, titulado “La caída de los precios en España alimenta el miedo a la deflación en Europa”. La cadena de causas y efectos aquí descrita sería como sigue: 

  1. Ante la caída de las ventas y de los pedidos, los comerciantes de un país en recesión hacen algo que nunca habían hecho, o sólo como reclamo: bajar los precios.
  2. Como la bajada no estimula las ventas (porque el consumidor está agazapado esperando nuevas bajadas), los empresarios siguen despidiendo trabajadores.
  3. El paro supera el 15 por ciento, y se espera que alcance el 20 en pocos meses.
  4. La combinación de caída de precios y subida del paro huele a deflación, una situación de la que históricamente es difícil salir: la Gran Depresión (que duró una década a partir del crash del 29) y la reciente década perdida de Japón así lo atestiguan
  5. Deflación: bajada generalizada de los precios en una economía. Los precios disminuyen por falta de demanda, y es mucho más dañina que la inflación. La deflación puede desencadenar un círculo vicioso. Los comerciantes se ven forzados a vender como sea para cubrir al menos sus costes fijos, y bajan los precios. Si los precios bajan y bajan, la demanda disminuye más, porque los consumidores sienten que mañana será todavía más barato. Los empresarios no tienen aliciente y bloquean la actividad y despiden al personal.. Dado este círculo vicioso, la deflación se convierte en causa y efecto de la falta de circulación de dinero en la economía, porque todos prefieren retenerlo. Al final, la economía se derrumba, dado que el sector productivo no encuentra salida a sus productos y percibe que es un sinsentido aguantar con pérdidas. Deflación, pues, igual a marasmo y la parálisis.
  6. Este círculo vicioso parece haberse desencadendo en España. Al menos, hay síntomas no desdeñables: el mes pasado fue el único país de la Zona Euro que registró una “inflación negativa”, por así decirlo. Eso no pasa aquí desde hace más de 45 años (los que yo tengo, por ejemplo; y crío muchas más canas de las que se ven en la foto).
  7. Las economías no se recuperan fácilmente de la deflación

Los primeros damnificados son los más jóvenes, que son más baratos de despedir. Eso es una desgracia: se castra en origen el desarrollo del capital humano nacional -disculpen la expresión-, y con ello la necesaria creatividad par superar una crisis larga. El paro juvenil es el mayor de toda la Unión Europea, incluido Bulgaria, por ejemplo.

Ojalá fuera de otra manera, pero los comedores sociales están cada vez más poblados.

Bancos, (más) en la diana

Tacho Rufino | 24 de marzo de 2009 a las 18:58

Me mandan unos amigos un par de imágenes -una profética, la otra humorística- sobre los bancos. Yo me permito, al final, recordar una entrada (26/5/2008) de este blog al hilo del creciente “odio” al banco.

Profético Jefferson:

Guasón ´(¿sarcástico?) Bennett (Chattanooga Times Free Press)

La entrada en cuestión, titulada “La banca, en la diana”, pinchar aquí para ver. La ilustración es The Economist.