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Colas en el banco; chapuzas domésticas

Tacho Rufino | 18 de diciembre de 2012 a las 12:46

Dos asuntos me han llamado la atención en los últimos días, así como si una mosca diera vueltas sobre las cosas que uno da por ciertas, como dicéndote: “Buuuzzzz, buuzzzzz, no te creas nada, eso no es así”. Maldita mosca. Cuándo puñetas empezaré a tener certezas como tiene tanta gente gritona en la barra de los bares o en la cola del pan. Gente cuyo mapa del mundo está perfectamente claro, compartimentado como si de un reparto de África poscolonial se tratar, con sus colores y sus fronteras a tiralíneas. Gente que no duda, y por ello es ajena a la desazón de la incertidumbre.

Precisamente las colas, las del cajero del banco, son una de las dos fuentes de reflexión micro de hoy: cómo van cambiando las cosas de cercanía, los hábitos de consumo, las prácticas empresariales. En concreto las prácticas bancarias. La amortización de decenas de miles de puestos de trabajo y de miles de sucursales se produce al abrigo del desfase patrimonial y los agujeros de los balances de las entidades, así como de la reducción radical del negocio, y, finalmente, de las fusiones, absorciones de cajas de ahorros y concentración. La concentración del negocio bancario en menos manos supone también una vuelta de tuerca en la especialización de las entidades: ya no juegan a todo (crédito, préstamos, descuento, planes de pensiones, otros productos del ahorro, cuentas corrientes y de ahorro; activo y pasivo en suma). Ahora cada uno busca su lugar bajo el débil sol. Bancos cada vez más internéticos y virtuales, bancos que expulsan a los viejecitos de la cartilla hacia el frío acerado, donde está un cajero automático que les hace pasar el peor rato de la semana, entre otras cosas porque –quizá con toda la mala idea—cambian con mucha frecuencia las aplicaciones de cajero que te ayudan a sacar dinero o pedir el saldo de tu cuenta. Bancos que, a fuerza de hacerte sufrir colas interminables, te sacan de la oficina o, alternativamente, de tus casillas. Bancos que en el curso de dos años están irreconocibles. Y más que lo van a estar. Bancos que han dejado de ser tus amigos. ¿Qué no eran sinceros antes, en realidad? Sí, puede que no, pero lo parecían, y todos estábamos contentos.

La segunda mosca mentalera de estos días representa una desilusión. Uno esperaba –con amarga ilusión, ya digo—que ciertas profesiones mimadas por la exuberancia (y poco profesionales, a la vez que muy caras) volvieran a su ser. Que el antenista cobrara una cantidad normal por un servicio normalito, que el fontanero acudiera con mayor celeridad y ganas de servir, que el electricista respondiera a tus llamadas, que el escayolista viniera a reparar el entuerto que dejó en tu techo. Que fueran más puntuales, fiables y asequibles. Esperaba uno que los precios de los servicios de estos trabajadores de los hogares ajenos bajaran en línea con la bajada real de los salarios. Pero qué va: ni una cosa ni la otra. ¿En qué se han ajustado fontaneros, electricistas, escayolistas y antenistas? En trabajar menos, más en la economía sumergida todavía, y sobrevivir. Por supuesto, echando a todo colaborador. ¿Tienen esa misma sensación? Es como si nos encontráramos bien en un nivel mínimo, y que rehuyéramos de las complicaciones (en realidad, habría que llamarlo “negocio”). Esa vana expectativa de que la crisis haría que nos volviéramos más profesionales y competitivos es mucho más vana de la cuenta: es al revés, supongo que con excepciones (con las cuales no recuerdo haberme topado últimamente). Chapuza y supervivencia, al mismo precio que antes. El único ajuste de la competitividad ha venido en este país por la vía de los despidos. El que trabaja, en muchos casos, si puede, no trabaja. O trabaja al trantrán y la informalidad.

‘Óptimo Máximo’, una seccion sin miedo, pena ni perfume barato

Tacho Rufino | 15 de octubre de 2012 a las 21:16

El nombre puede imprimir carácter, para bien o para mal. Los apodos son capaces de destrozar un nombre que dé a su titular cierta presencia a priori: de Ignacio a Nacho, de ahí a Nachete, y de ahí a un Chete que, más allá de casa te perjudica, quizá no si tu trabajo es de artista, pero sin mucha más excepción. Contrariamente, un nombre infumable, de esos con que algunos padres castigan de por vida al hijo o hija, quizá porque la tía Silvestra falleció un mes antes del nacimiento de la inocente criatura, puede suponerte un estigma contra el que luchar desde la tierna infancia. Un blog, una columna o una sección de una revista pueden verse condicionados por un nombre precipitado (véase, ¿Quién da la vez?)
Recuerdo a un perro que apareció por la vieja zapatería de Dani Márquez en Rota (Spain), a la que llamábamos “el club”, un perrito que fue bautizado con guasa como Apoxiomeno, creo que por Peque o por Manolo El pollo: el nombre del bello atleta griego o romano inmortalizado en mármol aplicado a un pobre y enclenque cachorro abandonado. El dialecto roteño y la guasa fueron birlando a aquel pobre chucho amoroso su gran nombre, lo único que tenía junto con algunas caricias pasajeras de sus adolescentes y fugaces dueños, y acabó llamándose Poci, para desaparecer un día absorbido por su probablemente triste destino perruno.
Aunque la miopía o mi filiación bética me caracterizan más que el optimismo, ahora –un poco a instancia de parte…– quiero crear en este blog una sección fija donde se den buenas noticias, o quizá sólo noticias no malas. Y me planteo el nombre. Pensé en otro nombre de perro, en este caso de una novela de Italo Calvino, El barón rampante: Óptimo Máximo, el perrito de Viola, la amada de Cósimo, el barón que vivió su vida en los árboles con gran criterio. En economía un óptimo es el mejor de los máximos (o mínimos, si habalmos de costes), de forma que una sección llamada Óptimo Máximo puede perfectamente responder a la búsqueda de buenas noticias en este mundo cruel de España, pero dentro de lo razonable, del realismo: los más optimista posible, sin arengas ni sensiblerías. “Optimismo razonable”, el proustiano “En busca del optimismo perdido” (como titulamos una entrada el sábado), “lo más bonito de la semana” o “¡Leche, una buena noticia! Fueron barajados para esta sección, que comenzaremos a publicar cada martes, ahí en ese momento en que el fastidioso lunes comienza a mostrar un punto de inflexión hacia la pate más gloriosa de la semana, que para un servidor es el jueves sobre las 20:00 horas. Pero no, solitario que me siento ante el reto de darle a vuestro cuerpo alegría noticiera, y como bautizó Robinson Crusoe al pobre caníbal al que salvó de ser canibalizado por unos primos ávidos de proteínas, “Te llamaré Viernes”; perdón, “Óptimo Máximo”.
Se agradecen ideas y sugerencias, que la tarea no es fácil.

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Las películas de la crisis

Tacho Rufino | 9 de enero de 2012 a las 16:08

Yo suelo ir a un cine relativamente poco frecuentado de mi ciudad, tan es así que me he vuelto maniático y me desagrada sobremanera ir a otro, cosa que hago de vez en cuando en razón de mi condición de padre (aunque creo que esa obligación de acompañante se me ha acabado. Tras habérmelo hecho saber con más o menos delicadeza mis hijas, ya sé que sobro). Las instalaciones de mi Cinema Paradiso están algo desvencijadas. Me resisto a llamarlas obsoletas, porque obsoleto es lo que ya no da buen uso, y este cine lo da, y mucho. No se encuentra en un centro comercial donde hay cervecerías, hamburgueserías, tiendas de moda y escaleras mecánicas (tampoco suele haber colas para sacar entradas, ni pandillas de adolescentes), pero da cine del mejor, de cualquier procedencia y a veces completamente ajeno a ningún verdadero sentido comercial… lo cual implica el riesgo de engullir de vez en cuando pestiños francamente intragables, eso sí.

Es seguramente en una sala semidesierta ante una enorme pantalla y muchos vatios de sonido donde me siento más aislado y –por así decirlo– protegido, una sensación comparable a la de nadar en una piscina solitaria, acompañado sólo por el color azul y tu propia respiración. Ir solo a un cine donde hay pocas butacas ocupadas puede estimular tu perspicacia y restaurarte la serenidad perdida. En estos días de Navidad –unos, entrañables; otros, espantosos–, he visto varias películas. Advirtiendo de antemano que suelo ser muy indulgente con las películas que veo en las condiciones descritas, todas ellas me han parecido como mínimo muy buenas. The Artist es quizá lo mejor que vi en 2011; Drive, no apta para espíritus incompatibles con la brutalidad realista del asesinato, me la imagino como película de culto en pocos años; Le Havre –tan sencilla– se ve como quien bebe un excelente vino con sorbos espaciados, y te reconcilia con el mundo hasta nueva orden; El topo me devolvió a un John Hurt magistral, me requeteconfirmó a un Gary Oldman a quien pocos adjetivos harían justicia y me deleitó con la tremenda música de Alberto Iglesias, aunque yo me lío mucho con las pelis de espionaje; Un método peligroso debe de ser un gran film, y algo de eso me pareció atisbar entre la supina modorra que me invadió en la sala tras un copioso aperitivo y una decisión insensata y voluntarista de meterme en el cine. En fin, estas Navidades he invertido, que no gastado, un dinerito en ver eplículas… nada comparado con cualquier tarjetazo perpetrado con el agua de los plazos de regalo al cuello y los stocks tecnológicos de las tiendas por los suelos (me explico: comprar un iPad2 por 600 del ala ha sido posible sólo a cambio de una promesa de suministro por parte de un comercio asombrosamente desabastecido. Los dispositivos tecnológicos no están en crisis, sino al contrario).

Aunque soy un crítico muy blandengue –quizá porque, como digo, suelo ir a un sitio especializado en canela en rama del celuloide— y un entendidillo aunque sólo sea por la cantidad de películas vistas, me he reservado un tema para un artículo del próximo Anuario de Andalucía que publica el Grupo Joly desde hace unos diez años: la crisis en el cine. No sólo Inside Job o Margin Call son las obras que deberé repasar para inspirarme, porque hay bastantes más que han surgido del desastre económico al que asistimos. Es un trabajo que me gusta porque me reportará beneficios múltiples en forma de placer y conocimiento. Bastante placer y algo de conocimiento, espero. Además, voy a solicitar al director del Anuario, Curro Ferraro, que mi artículo suba de Primera a División de Honor, y se coloque en la sección de Cultura del Anuario y no en la de Economía. A qué negarlo, eso me hace muchísima ilusión también. Y que no se molesten los economistas ni me llamen intruso los culturetas o críticos de cine. Salvo quizá para la verdadera investigación, los compartimentos estancos en el conocimiento son espacios de vicio y vanidad y, tantas veces de plúmbeo castigo al lector curioso pero no experto.

The End. Por ahora.

Los mercados en dos viñetas

Tacho Rufino | 11 de agosto de 2011 a las 13:54

Me llega por medio de Pilar L., de un blog llamado “The cool ruler”. Para los que, de colegiales, fueran “de francés”, un pequeño glosario de términos: “I’ve got a stock here that could really excel”: “Tengo una acción aquí que podría ser excelente” Excel: sobresalir, excelente; Sell: Vender; Bye: adiós; Buy: Comprar. Abajo, una clásica de El Roto, publicada en El País.

Atrapados por nuestro pasado

Tacho Rufino | 8 de agosto de 2011 a las 17:15

”Penn

Carlito Brigante sale de la cárcel dispuesto a ser bueno, pero no puede. El camino de Carlito está fatalmente trazado por su pasado, del que no puede escapar. La película se llamó en España “Atrapado por su pasado”, que no deja de ser una traducción airosa del título original, “Carlito’s way” (el literal “El camino de Carlito” hubiera hecho pensar que la guionista era Gloria Fuertes). Fue dirigida por el para mí inclasificable Brian de Palma, y protagonizada por un Al Pacino que ya apunta el histrionismo que –con la excepción de su gran Michele Corleone en los padrinos I y II— se fue acentuando a lo largo de su carrera. Lo acompañaba en reparto un desquiciado e irreconocible Sean Penn, atrapado a su vez por la corrupción y la cocaína, cuyo camino como actor ha seguido un curso quizá contrario al de Pacino: Penn no está atrapado por su pasado, porque cada día lo hace mejor. Disculpen la digresión cinéfila…

¿Está España atrapada por su pasado? ¿Está condenada a un lustro de travesía del desierto por causa de una década de adicción al crédito? Permitan que tome prestado de las agencias de noticias oficiales chinas el término “adicción”, que han utilizado para definir la formad de hacer política presupuestaria en Estados Unidos (China no teme por otra cosa que por sus miles de millones prestados a Estados Unidos; unos fondos soberanos acumulados con alta productividad e industrialismo ensamblador, además de con dumping social y artificial tipo de cambio del yuan). Nosotros, a tenor de las cifras de deuda –sobre todo, deuda privada, empresarial y familiar–, hemos estado enganchados al préstamo personal, a la tarjeta de crédito, al descubierto y, por supuesto, a la hipoteca (vean el divertido cómic de abajo, que no dice todas las verdades, pero todo lo que dice es verdad). El último Aznar y el primer Zapatero animaron con soflamas y consejos (“Recalificar mucho suelo abaratará los precios de la vivienda”; “El ladrillo es una gran inversión”; “Estamos en la Champions League”, “El sector de la construcción es completamente sólido”), y también con leyes y políticas de engorde de la construcción que, entre otras cosas, sacaron a miles de jóvenes de los institutos para convertirlos en imberbes peones muy bien pagados… jóvenes ya no tan jóvenes, que hoy están condenados al desempleo o el infraempleo. Consumimos todo el crédito nacional, y empezamos a importar crédito internacional, que colocaba lo mismo. Para calmar el mono, la refinanciación fue una solución transitoria. Pero eso se acabó: ahora hay que devolver. O afrontar el embargo, el desahucio y otras formas de ruina. Hasta que no adelgacemos la panza crediticia, nuestra credibilidad como acreedores está por los suelos hasta nueva orden. El problema es que lo que verdaderamente necesitamos es crear empleo, y para eso el crédito es tan imprescindible como el agua para un huerto. La austeridad extrema no es panacea alguna, y España necesita un acuerdo nacional sobre el empleo. Rubalcaba viene a decir eso en estos días. Pero el compañero Alfredo está en campaña, y sus promesas y propuestas son como las que provoca el amor de verano entre adolescentes.

Un gran vídeo de Aleix Saló:

El mercado aprieta pero no afloja

Tacho Rufino | 26 de julio de 2011 a las 11:11

Día de emisión. Uno de los días en el que la prima de riesgo puede convertirse en un bombazo de relojería, aunque en este caso se trate de una bomba relativamente pequeña por tratarse de una emisión de letras y no de títulos a largo plazo. Mientras que durante la última oleada de la crisis de la deuda soberana la fluctuación de la prima (que ha subido mucho y ha bajado poco) ha afectado al mercado secundario, hoy compromete al Reino de España en una emisión de unos 3.000 millones (acabamos de saber que se ha colocado toda: era de esperar). Mientras que en el mercado secundario quienes arriesgan –ganan o pierden– son quienes suscribieron deuda española en su día, en el mercado primario o de emisión quien arriesga –aparte de quien compra, claro– es el Estado, o sea, los españoles del futuro, quienes deberán soportar el diferencial de interés que debemos comprometernos a pagar como país hoy para poder colocar esos 3.000 millones. El acuerdo comunitario –bueno, entre Francia, Alemania y el resto– para requetesalvar a Grecia de la semana pasada parecía que iba a calmar la inestabilidad, la desconfianza y la especulación contra el euro vía periféricos… desde el lunes siguiente ya se vio que no, que el mercado aprieta pero no afloja. Era demasiado apetitosa la alta y turgente prima española, de forma que trasladarla a la emisión de hoy prometía pingües beneficios. Si no se cubriera la emisión, se diría que los mercados temen de verdad un default o suspensión de pagos español. Si se cubre, la estrategia de elevar al alza la prima mediante operaciones directas y de derivados habrá dado sus frutos: el bono español será un chollo. Más de tres puntos por encima del alemán. La emisión de hoy se ha cubierto –¿de verdad alguien lo dudaba?–, y era de letras, o sea, a corto plazo. Ha habido que prometer un interés altísimo para estos títulos a seis meses (hasta un 2,5%): un auténtico bombón periférico para los inversores. En el peor de los casos –para los sucriptores de hoy–, el aval europeo cubriría el riesgo de impago al vencimiento, pero eso es una hipótesis sencillamente descabellada. Con el tiempo, si las cosas siguen en esta línea, estos ataques conseguirán pinchar la pelota –el euro–, y no habrá un título de deuda europeo a salvo. El negocio habrá volado por los aires.

La miopía de los empleadores, también

Tacho Rufino | 23 de mayo de 2011 a las 8:28

SOSTIENE Alejandro, perspicaz periodista económico de esta casa, que muchos de los miles de seguidores de la contestación en curso contra “el sistema” acaban de perder su prestación por desempleo. Tras dos años de paro, la búsqueda de empleo ha sido mucho más infructuosa que en otros periodos anteriores, ajenos a esta brutal crisis que nos agobia. Otros muchos, dice él con aplastante lógica, perdieron la prestación, y se engancharon a los 426 euros balsámicos, que les fueron retirados del bolsillo de golpe y porrazo. Por eso, en días laborables, las plazas estaban abarrotadas, entre otros colectivos, de jóvenes parados, sin prestación alguna… y universitarios. El parado universitario, igual que el titulado universitario infraempleado e infrarremunerado, es un rasgo endémico de nuestro mercado laboral. Pero no nos flagelemos en exceso: en todos sitios cuecen habas. Empezando por Estados Unidos. Las universidades americanas tampoco ponen en “el mercado” a los titulados que “el mercado” demanda. Ni con la capacitación técnica para rendir de forma inmediata en su empresa de aterrizaje, ni con las actitudes idóneas para dar a la empresa lo que ella necesita.Pero, ¿debe -y puede- la universidad suministrar candidatos perfectamente adecuados a los puestos que se demandan? ¿Hay algún ingeniero industrial -población laboral sin parados- que rinda desde el minuto cero, lo pongan donde lo pongan? ¿Algún notario o inspector de Hacienda sabe hacer su trabajo al ganar la oposición? ¿Algún futbolista rinde desde el primer día en un nuevo club? ¿Un hijo adoptado está adaptado a su nueva familia al conocerla? ¿Dónde quedan las evidencias de la “curva de aprendizaje”, que vincula experiencia a productividad en el puesto? No, qué va: no todo debe hacerlo la fábrica del talento. Hay una parte importante que debe correr de parte del empleador.La revista Time, en uno de sus blogs de la sección El capitalista curioso, reclama esta exigencia a las empresas. Y lo hace a partir de un estudio de Manpower, una empresa absolutamente partidaria de la flexibilidad máxima en el mercado laboral. Y no es que deban hacerlo por ética y responsabilidad social corporativa (objeto de tanto blablablá y costeadas memorias), sino por su propio interés. Los candidatos deben ser teachable (enseñables) por la empresa. Lo dice un liberal Made in Usa. El mercado no sólo es la oferta o la demanda: es las dos. Pero la demanda, en el caso del mercado de trabajo, no se hace cargo de esa función moldeadora, o no lo hace deliberada y estratégicamente, fachada aparte. En nuestros tres nuevos millones de parados en dos años -muchos universitarios- no todo es “la crisis”, ni todo es el desajuste formación-requisitos. También cuenta la pasividad de quien contrata. Y el vicio del infraempleo y la asfixia remuneradora que practican muchas empresas.

Precios de la vivienda: miedo dan los datos USA

Tacho Rufino | 9 de mayo de 2011 a las 18:00

Suele darse por cierto que la crisis inmobiliaria en curso tiene no pocas características comunes en Estados Unidos (más bien Florida y California) y España: el crecimiento de la población entre 2011 2001 y 2008 de España (12%) y Estados Unidos (8%, pero aunque no disponemos de datos ciertos, es muy probable que las dos áreas costeras principales del Pacífico y el Atlántico americanos hayan crecido bastante más en número de habitantes), el volumen de nueva vivienda construida y, por tanto, la eclosión del crédito hipotecario son, en efecto, variables que se comportan de manera similar allí y aquí.

El ratio casas nuevas por habitante, que podría ser un indicador de cada burbuja, es sin embargo muy diferente: en el periodo de hinchazón y exuberancia (2001-2008, convengamos), en Estados Unidos se construyó una casa nueva por cada 23 habitantes; en España, una casa ¡por cada 9 habitantes! Podemos tirarnos a la piscina y concluir que la burbuja española tiene el doble de cubicaje que la americana. Evidentemente, otros factores –renta per capita, jingle mail o “ahí tiene usted las llaves”, situación de de partida de la crisis, tipos de interés, estructura productiva, inmigración– pueden matizar lo dicho.

Hoy, el Huffington Post (periódico on-line creado en 2005, con gran éxito, orientado a la agregación de noticias y blogs) ofrece un reportaje titulado “La caída de los precios de la vivienda [en EE.UU.] vuelve a ser la mayor desde 2008”. Si en 2008 la caída fue acentuada, podemos concluir que allí no han tocado fondo. El último ajuste de precios calculado es el del primer trimestre de este año, 2011, y es de un 3%. No podemos extrapolar la caída anual, pero es de temer que la reducción de precios (y la consiguiente pérdida patrimonial media de quienes tienen una vivienda, hipotecad o no) llegue a cifras de dos dígitos. El año pasado, casi tres millones de casas fueron embargadas en EE.UU., principalmente porque sus propietarios –llamémosles así– estaban, como le llaman allí, “underwater” (“bajo el agua”); es decir, su propiedad valía menos que la deuda que pesaba sobre ella. Tampoco cabe extrapolar esta caída al caso español. Ni generalizar a cualquier tipo de vivienda, claro es. Pero no son buenas noticias, son datos que no mueven a buenos presagios. Ni para los bancos, ni para los hipotecados, ni para los propietarios, ni para las empresas, ni para el patrimonio nacional que refleja la riqueza familiar entre otras cosas. Son buenos datos para quienes no pudieron comprar y esperan que la gente se dé de bruces con su imprudencia, o para quienes quieren ver a los bancos hundirse aunque eso tenga espeluznantes consecuencias para el sistema económico, o para quienes por definición asocian “constructora” e “inmobiliaria” a lucro excesivo y especulación. Aparte de ellos, hay otro colectivo, muy minoritario y muy poderoso, que también espera ulteriores caídas de precio: los que heredaron o acumularon y mantienen grandes fortunas, y están con la caña puesta en una laguna repleta de peces desesperadamente hambrientos. Las crisis, ya lo sabemos, producen nuevas y poderosas divergencias en la riqueza de la gente, que durante décadas ha convergido gracias a la redistribución fiscal. Al salir de ésta, cual sísifos del XXI, tendremos que volver a subir la montaña con la piedra a cuestas… o irnos directamente al carajo.

Federico y el dinero estancado

Tacho Rufino | 25 de abril de 2011 a las 19:26

Federico, mecánico tradicional, me dice: “Lo de que la crisis iba a llevar a la gente a aguantar con su coche aunque envejezca puede ser verdad, y las estadísticas de matriculaciones lo demuestran. Otra cosa es que eso nos haya hecho disfrutar de un benéfico overbooking a los mecánicos de toda la vida. Lo primero puede, lo segundo te digo yo que no es así”. “Entonces es que la gente deja los coches anquilosarse y deteriorarse”, digo yo. “Y el que puede se hace un chapú”, concluimos al unísono. Dicho lo cual, Federico sentencia: “Cuando el dinero se estanca, se estanca para todo el mundo”.

Recuerdo esa conversación cuando, entrando en la facultad, una alumna con un cascajo –el mío va en camino de serlo– matriculado hace más de veinte años arranca el coche a mi paso, atufándome de un humo negro bombeado con energía en sucesivos acelerones, que la chica da para mantener el motor en marcha. (Digresión incontenida que puede usted saltarse: cabe decir aquí que la perversión de la democracia ha llegado a todos lados por causa de las componendas electorales y el bisagreo. En este caso, ha llegado a los parking de la Universidad, en los que tanto derecho tiene un estudiante como un profesor. Lo cual no es ontológicamente malo, sino que produce unas enormes colas para esperar el “libre” y acceder al aparcamiento del campus… colas que no se permiten guardar los profesores, que no pueden saltarse clases u otras obligaciones docentes: ergo, si eres profe o funcionario de servicios, o llegas de madrugada, o aparcas en zona azul. Si hay sitio. Mientras, ves a cascajos –pero también a impresionantes máquinas paternas– esperando turno, conducidas por gente inequívocamente joven, que habla por el móvil o repasa apuntes.)

Aunque sólo a modo de hipótesis pendiente de contrastar, y volviendo a la teoría de Fede, cabe afirmar que, si bien es cierto que los negocios de precio, digamos, normal y de primera mano han caído más, los de mantenimiento, reparación y segunda mano han caído también. Menos que los otros, probablemente, pero también han caído. Polvillo y su pan barato, el chino, las tiendas de descuento ajenas al diseño y al marketing fino, el tabaco de liar, la marca blanca y algunas otras formas de oferta sí han medrado. Los mecánicos tradicionales, no. Eso dice quien conoce el paño. Salvo que los mecánicos de cercanía tengan el vicio de quejarse siempre, como los agricultores…

No crecemos en corrupción: del vicio, virtud

Tacho Rufino | 26 de octubre de 2010 a las 20:46

Mapa

(El mapa que he encontrado es del índice de percpeción de corrupción de T.I., pero de 2007: ¿consuela ver que la mayoría del planeta es institucionalmente más corrupta? No…)

Escucho en el telediario en estos momentos que Transparencia Internacional nos da un 6,1 sobre 10 de nota en corrupción en 2010. España no para de bajar desde 2004, o sea, que hemos ido creciendo en corrupción, aunque este año mantenemos la nota del anterior por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. España ha degenerado con las vacas gordas, y quizá los índices han bajado porque hasta 2004 no habían aflorado los mangazos y manejos políticos-privados que se venían perpetrando desde antes, y para nuestra (relativamente mayor) desgracia actual. La triste victoria de la recesión fáctica que sufrimos es que se contiene la corrupción: no hay de dónde trincar, sólo es eso. Si hubiera más donde robar, más se robaría, ¿no creen?

Desde el Sur causa desconsuelo y vergüenza que los personajes y municipios encausados por este motivo sean en tantos casos andaluces. También los hay, por supuesto, catalanes (Millet, Prenafeta, Alavedra, 3% que citó Maragall), valencianos (el pijerío hortera de Costa y otros con gran peluco en la derecha y coche máximo y regalado); madrileños o mallorquines: donde hay trajín. Pero en la tele nacional –y no digamos en las revistas que dan carnaza para el finde– los que más salen los también super horteras Roca y Cachuli, ex de la Pantoja. Otro cliché del que es difícil desasociarse… es más, tantos andaluces adoran a su reinona del pan tostaíto migaíto con café, así semos sin remedio, parece ser.

En corrupto no vamos a peor gracias a la crisis. No hay mal que por bien no venga, y muchas veces se hace del vicio, virtud.