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Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

La insoportable terquedad del déficit cero

Tacho Rufino | 29 de enero de 2012 a las 13:44

RESULTA sorprendente la cantidad de minutos que se reservan en los noticiarios a los partes meteorológicos, que ocupan más espacio que Cristiano, Mou, Soraya y Rajoy juntos; como si fuéramos todos agricultores. Para mí que el tiempo es el nuevo opio del pueblo junto con internet. Los modelos predictivos que utilizan los Mariano Medina de hoy combinan una serie de variables, las meten en la coctelera matemática y te predicen con días de antelación el frío que van a pasar en Aguilar de Campoo o en Mudela de Calatrava. Menos espacio se dedica a un modelo predictivo fundamental, el llamado cuadro marcroeconómico. El cuadro macroeconómico es una representación valorada -un escenario- de las grandes magnitudes económicas de un país: crecimiento esperado del Producto Interior Bruto (PIB), demanda nacional, saldo de exportaciones menos importaciones… y tasa de paro. Esta hoja de ruta primigenia es el cuadro de mando integral de la tripleta Rajoy-Guindos-Montoro, con Báñez de típico centrocampista de poco vistosa pero fundamental función. Cierto es que cualquier plan es hoy en día dudoso, que el corto plazo y sus fuegos financieros ocupan toda la labor ejecutiva pública y privada; que el “ya veremos”, el “de momento” y el “a día de hoy” contaminan toda previsión de déficit, todo rumor de fusión bancaria, y no digamos cualquier plan vital de cualquier individuo o familia: la esquelética estrategia es tirar p’alante, sobrevivir. Pero aun así, los grandes números son imprescindibles, y sus relaciones tienen chicha y margen de maniobra.

España tiene un problema brutal de deuda privada. Una deuda familiar y empresarial desquiciada (más de tres veces el PIB), y de bastante dudoso cobro. España -sus bancos, los tiránicos niños mimados de una familia en decadencia- tiene un problema silente de devaluación real (o sobrevaloración contable) de sus activos inmobiliarios, incluidos los créditos privados dudosos antes mencionados (¿no le ha llamado su banco para ver si usted quiere una carencia en el pago del principal de su hipoteca dos años, y así pagar sólo intereses, sin que usted haya abierto la boca y pague religiosamente?). España tiene por supuesto un problema grave de crecimiento del PIB, o mejor dicho, de decrecimiento del PIB. Sin que crezca el PIB, no hay empleo. Y España, sobre todo, tiene un negro agujero de desempleo, apuntalado por la solidaridad familiar y la economía sumergida. Para rematar el escenario macro formato pescadilla que se muerde la cola, España tiene un mandato alemán, ya constitucional, de limitar al máximo el déficit; es decir, de conseguir en pocos años no gastar más de lo que se ingresa. Y ése, el gasto público, es la única variable que teóricamente puede manejar el Gobierno, que además debe tutelar el déficit autonómico. Pero resulta que hemos prescindido de ese recurso, con la fe del converso a la ortodoxia religiosa germánica. No podemos jugar con el déficit, porque el déficit es tabú hoy. Hay que ahorrar, no cabe invertir.

España, como Estado, no puede gastar, sólo se nos permite recortar. Nada de gastar con la intención de dar color al rostro blanquecino de nuestra economía: “¿Y por la noche qué harás?”. “Recortar y callar”. Lo único que le queda a España es pedir a Alemania que nos deje gastar algo más de lo que entra, aunque nuestros ingresos públicos sean menguantes. O bien alguna forma derivada de caridad comunitaria, que en ningún caso sería controlada por España. La terquedad del déficit cero es insoportable. No la puede soportar España. Salvo que aceptemos convertirnos en un país satélite, una región secundaria y dependiente.

‘Mercado Kid’ noquea a ‘Mantequilla Estado’

Tacho Rufino | 6 de agosto de 2011 a las 15:58

“Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”. Ojalá estas palabras que Borges puso en boca del joven que fue a matar al monstruo se hicieran realidad, y el minotauro estuviera deseando calmarse e incluso morir a manos de quien supiera llegar al centro de su laberinto. El laberinto económico inextricable que quizá a ustedes, también, les provoque tanto hartazgo como temor. En la misma línea mitológica, una analista sueca tira esta semana de metáfora para ilustrar lo que está pasando: “[los mercados]…un dios enfurecido, que nosotros mismos hemos creado, y al que ahora vamos a tener que ofrecerle muchos sacrificios para que se calme”. El “nosotros mismos hemos creado” es sin duda un plural algo injusto: todos los “nosotros” no somos igual de “nosotros”, hay algunos que han contribuido mucho más a emponzoñar la situación económica global que otros. Probablemente, no pocos de ellos son los que ahora obtienen grandes beneficios de la extrema inestabilidad, que amenaza con llevarse por delante ese poliedro diverso y dispar en que se ha convertido la Unión Económica y Monetaria. Lo que llamamos el euro.

”El

El combate está bien avanzado, y un púgil rocoso y sin estilo, con excelente juego de piernas, que nunca descubre su rostro y cuya pegada siempre hace pupa vapulea a los puntos a su contrincante, un espigado y elegante boxeador blanco, de alta escuela y método, que no tumba a un pelele y que tiene el mentón tan frágil como castigado el hígado. Los mercados revientan a la política. Titulaba Joaquín Aurioles en estas páginas el jueves: “El gobierno de los mercados”. No se quedaba en el desencanto, sino que cuantificaba cuál es el déficit de tesorería que tiene y tendrá España, y recordaba que, por nuestra parte, no queda sino trabajar en los gastos y/o en los ingresos. Mejor rápido que tarde. Porque siendo desproporcionada -abusiva si quieren, criminal incluso- la acción algo carroñera de los más conspicuos agentes financieros contra España o Italia -y lo que vendrá-, nosotros tenemos muchas tareas por hacer.

Sigamos haciendo patria, y citemos a otro articulista de esta casa. Fede Durán, con tino y elocuencia, escribía ayer viernes acerca de los deberes por finalizar y pendientes de empezar a meterles el diente. Tenemos que: aclarar a Mercado Kid cómo se organiza fiscalmente este país autonómico; corregir una reciente reforma laboral que ha sido lo que los jóvenes llaman ahora un pa ná; acabar cuanto antes con la reforma del sistema financiero español; acercarse a los países grandes, sean blancos o amarillos; subir el IVA. Sobre esta última cuestión se habla poco. Es un tabú político anunciar que se van a subir los impuestos porque no queda otra. Nadie lo hace. Es más, algunos prometen lo contrario. “Sé cómo obtener la cuadratura del círculo: voy a bajar los impuestos”. No nos vale tampoco la alquimia rubalcábica, un candidato metido a Robin Hood tributario: “Más impuestos para los más ricos, obligar a los bancos a dar crédito”. Esa rata, ¿quién la mata? Hace mucho tiempo que muchos lo decimos: los impuestos -así, en su conjunto- seguirán subiendo, por mucho maquillaje efectista que se haga (bajo un poco por aquí, subo mucho por allá). A nivel local, vean cómo se comportan los policías locales de su ciudad. Auténticas máquinas recaudadoras. Un alcalde del PP contradice la doctrina de su partido: “Voy a subir los impuestos, me da igual loo que piense mi partido. Esto se hunde”. Las verdades del lugareño. Como puños.

Los de Merkel se ponen duros y preelectorales

Tacho Rufino | 7 de marzo de 2011 a las 15:41

Miren qué noticia de enero de 2007 (da igual el medio: todos andábamos igual de despistados, por mucho que no paren de surgir profetas, “Pues yo lo dije”, “Escrito lo tengo”): “La buena salud de la economía europea está permitiendo que la mayoría de los países de la zona euro, salvo Italia, Grecia y Portugal, cumplan el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en sus cuentas de 2006. Recordemos que la reforma del Pacto ha endurecido las sanciones para los países que no alcanzan el equilibrio”.

Justo después, hace ya más de cuatro años, la Comisión Europea sancionó a los grandes de la Unión Europea, Alemania y Francia, por no cumplir los requisitos del Pacto de Estabilidad, en concreto por sobrepasar el límite del déficit público, establecido en un 3% del PIB. Tras expedientarlos, anuló las penalizaciones. Inmediatamente después llegó la crisis, y el estado de las cosas comunitarias ha cambiado sustancialmente.

merkel cduAhora, el partido en el Gobierno de Alemania acuerda imponer en la UE una medida radical: quien no cumpla los criterios del PEC (déficit público: no puede representar una cantidad mayor que el 3% del PIB al final de año precedente; deuda pública: no puede ser mayor que el 60% del PIB; inflación: por debajo de un 1,5% respecto a la media de los tres estados de la Eurozona con menor inflación) debe ser expulsado de la UE. Alemania, con una economía sana y boyante en su sector exterior, no quiere dejarse arrastrar por otras economías más débiles con las que comparte moneda. El inminente proceso electoral del país germano acrecienta las medidas de cara a la galería. Las posiciones de fuerza, la reclamación de “nuestro papel de líder”, las economías subvencionadas: todo el decálogo oficial de los territorios superavitarios comercialmente… tan propensos a obviar que, sin los relativamente menos competitivos y prósperos, no serían ellos más competitivos y prósperos.

De cualquier manera, es lógico que se quieran poner en práctica mecanismos de control y límites a la política fiscal de cada país. Los criterios de convergencia son lógicos no sólo para que las economías diversas de la UE tengan reglas comunes (quizá pocas, y desde luego convenientes), sino para no erosionar la Unión Monetaria y, de paso, evitar en lo posible los movimientos especulativos externos, basados en la disparidad y la fragmentación de las distintas realidades nacionales.

La nueva forma de dominio

Tacho Rufino | 12 de enero de 2011 a las 17:29

Los países emergentes (no sólo, pero sobre todo China) exportan mucho, y su consumo interno es muy débil, como sus salarios. Por eso, acumulan fuertes cantidades de dinero, de liquidez. ¿Dónde la invierten, sobre todo mediante lo que se da en llamar Fondos Soberanos? En deuda pública de aqullos a quienes les ha pasado lo contrario: exportan poco (o sea, su balanza comercial es negativa), conusmen  mucho… y tienen necesidad de enedudarse, con lo que su deuda exterior es grande (por ejemplo, España, 1, 2, 3, responda otra vez). ¿Quién compra esa deuda, cada vez en mayor proporción? Quien tiene liquidez, como los mencionados países emergentes. Ser acreedor de alguien con muchas deudas es una excelente forma de dominación geoestratégica.

 

(Con la venia, ahí va una viñeta del gran “El Roto”)

el roto deudores

Cornudos y apaleados… por el Banco Mundial

Tacho Rufino | 10 de junio de 2010 a las 14:22

El subconsciente ha traicionado ayer al Banco Mundial y, en su enconada voluntad de -de repente- hacer ver que las cosas son aun peores de lo que lo son para ciertos países, ha metido una pifia monumental en uno de sus informes, esos informes a los que tanto rigor debe presumírseles, por no mencionar el daño colateral que sobre los movimientos de “los mercados” (ese demiurgo financiero de moda) tienen sus reports. Según el Banco Mundial, la UE-5 (eufemismo para no decir los PIIGS, Irlanda e Italia por la doble “I”) son los países europeos con “mayor deuda pública” de la Unión Europea, lo cual, dice el informe gratuitamente, es un peligro enorme para todos en caso de impago. Y no es así en absoluto. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, ya lo dijo aquel. España (la “S” del exitoso acrónimo faltón) no sólo no está entre los países con mayor deuda pública, sino que está en el puesto número 14 de ese ranking de morosos comunitarios, por detrás de Reino unido, Holanda o Alemania. Los verdaderos “cerdos” de la deuda pública son, por este orden, Italia, Grecia, Bélgica, Hungría y Francia. Con expertos analistas como estos vamos dados. Asumido el error, el BM ha emitido una versión corregida del informe.

El tabú de los gastos militares

Tacho Rufino | 5 de junio de 2010 a las 8:00

MIENTRAS en el mundo económicamente emergente las empresas trabajan en ampliar mercados, en ganar músculo financiero y en aumentar ventas y dimensión, en el Viejo Mundo (sin mayúsculas también vale), las instituciones, las empresas, y los individuos “trabajamos en costes”. Movistar da, sin embargo, la de cal, al poner tanto dinero encima de la mesa como recorte se autoinfligirá Fomento (6.500 millones), para hacerse con el paquete de control que Portugal Telecom tiene en la principal operadora brasileña, Vivo. El planeta cabecea hacia el Este, y también hacia América: Brasil es un mercado de promisión. Con excepciones como ésta, las empresas (los gobiernos, las familias), por estas latitudes, pelean por ajustar su estructura de costes a sus menguantes fuentes de ingresos. De inversión, ni hablamos.
Hace año y pico, Krugman vino al Sur invitado por la CEA a decirnos que teníamos que hacer lo que ahora hacemos: perder kilos, o sea, rebajar nuestros salarios. Él habló de un 15 por ciento por las buenas (por la mano de los gobernantes y empresarios), y bastante más por las malas (por la mano de la deflación). Estando todos de acuerdo en lo inevitable de reducirse y ajustarse, queda por aclarar en qué partes de nuestro cuerpo y cuándo. ¿Peder líquido rápido con diuréticos, recurrir al fármaco demacrante y quitar panceta quirúrgicamente?, ¿o luchar contra el michelín masculino y la femenina pistolera con dieta y un plan de fitness largo y pesado? Recortar la capacidad de movimiento y crecimiento es insensato salvo como medida de urgencia transitoria; recortar en lo superfluo, en lo prescindible y en lo que no conforma nuestra razón de ser como organización o persona es el objetivo y la exigencia. Por cierto, Krugman –y miles tras él– no sólo recetó perder peso en los salarios: habló de una caída equivalente y paralela de los precios. No sólo de los de las casas y los coches.

En relación con el baño helado de realismo que debemos darnos y que achica todo lo inflacionado, no se pierdan las palabras del diputado verde franco-alemán Daniel Cohn-Bendit, hace un par de semanas en el Parlamento Europeo (Youtube: “Daniel Cohn-Bendit subtitulado en español sobre ayuda económica a Grecia“). Cohn-Bendit, apodado Dany El Rojo cuando lideró Mayo del 68, es un parlamentario de una pieza; escuchar su elocuencia, su pasión y, más importante, la valentía y razón de sus palabras mueve a envidiar ese tipo de político que nada tiene de colgado alternativo. Pide justicia y racionalidad para el muy poco realista plan de ajuste griego. Más allá de afirmar, como hace, que los préstamos concedidos a Grecia son una forma de ganar dinero fácil con los diferenciales de tipos de interés (lo tomo al 2 y lo presto al 6), Cohn-Bendit toca un a llaga muy olvidada: la de los gastos militares. Lean unos datos del gran baile de la hipocresía y la ceguera de conveniencia, “les prestamos dinero para que nos compren armas”: Francia acaba de vender a Grecia 6 fragatas por 2.500 millones; helicópteros por 400 millones; un buen número de cazas Rafale a 100 millones la unidad; Alemania, por su parte, ha vendido también a Grecia 6 submarinos por 1.000 millones. A la vista de estos datos –los millones son de euros–, el conflicto greco-turco es una de los principales sumideros de los dineros públicos helenos. Al núcleo duro de la Europa comunitaria –Alemania y Francia–, ese conflicto, con Chipre como excusa, le resulta de lo más rentable. Presionar a los eternos candidatos turcos y a los orejadeburro griegos para que emprendan un proceso de desarme en la zona sería una vía más que eficaz para ayudar a las finanzas griegas. Pero eso no va a pasar. De la misma forma, aquí pagamos jugosas pleitesías adquiriendo tecnología y know-how militar francés y alemán, a cambio de fondos europeos de diversa naturaleza. Sobre esto, tampoco hablamos. No se trata ya de antimilitarismo: se trata de presupuesto. De trabajar en costes.

Un ‘post’ largo

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2010 a las 17:43

Tobalito de Guayé, hombre de mente lúcida y comprometida, a la par que sincero consejero mío de ocasión, me reprocha ciertas cosas publicadas en este blog. Básicamente, que asuma como inevitables y positivos los métodos y herramientas liberales –según él– para afrontar la crisis. Él tiene como liberales, casi los peores liberales, a los socialistas (al PSOE, queremos decir), que han hecho el mismo juego en política economómica que el PP, o que cualquier partido liberal-conservador. Es más, Guayé afirma, directamente, que ni uno ni otro han hecho política económica: se han limitado a ciertos maquillajes fiscales, normalmente a eliminar impuestos directos cuando el consumo y sus impuestos indirectos estaban en enorme auge. Y sobre todo, dice él, se han dedicado a desmembrar el sector público y los servicios públicos… faena que se ha intensificado en las útlimas semanas. Desmontar, y no deconstruir: eliminar partes, y no separar las piezas del lego para identificar las contrdicciones del sistema y volverlo a montar de una manera mejor.

Aquí en este blog se defendió que el Gobierno acometiera un plan drástico de recorte presupuestario, pero con matizaciones  (no a la congelación de las paupérrimas pensiones; no a la mutilación de la capacidad del Estado de dinamizar la economía mediante gasto público útil: obras públicas, sanidad -con copago, ok-, educación). También se criticó la reacción extemporánea que llevó al Gobierno a entonar un “¡Ah, se me olvidaba!, también vamos a gravar las rentas y los patrimonios de los ricos-ricos”. Un paquete de medidas de tal calibre –por muy inducidas por los mercados y por la dupla franco-alemana que fueran– no debe y no puede redefinirse en lo esencial de un día para otro. Y, además, mi confianza en que realmente se gravarán las fortunas de una de las colas de la distribución (los del taco riguroso) es nula a día de hoy: acabarán pagando los que más contribuyen a formar capital humano en el país, expresión esa de capital humano tan manoseada; pagarán las partes altas de la clase media, los profesionales.

Por otra parte, la deuda familiar española es una locura insostenible, superior a la de Grecia o el Reino Unido (por mucho que los tres déficits públicos sean similares), y eso obliga, por una parte, a los bancos acreedores de hipotecas que pagaron casas menguantes a conceder carencias y demoras en los pagos a quienes lo solicitan, para no convertirlos en fallidos y dinamitar los propios balances bancarios; por otra parte, dicha deuda familiar da mucho miedo fuera (que es de donde, originariamente, vinieron los dineros para los créditos: aquí agotamos los nacionales y seguíamos con sed de ladrillo), y es ése el motivo que en el fondo nos tiene en el centro de la diana, el motivo de que paguemos mucho por nuestras emisiones de deuda y que, como ayer, estuviéramos al borde del abismo al cubrirse de chiripa una emisión de bonos públicos, absolutamente necesaria para amortizar deudas que vencen ya. (Salgado, presa del pánico, anunciaba poco antes que se iba a prohibir a los ayuntamientos endeudarse… para que, debemos colegir, el crédito que hubiera por ahí disponible se lo llevara el propio Estado. Al borde literalmente del abismo. Que me perdonen los argentinos por la insistencia en la comparación: no estamos tan lejos de lo que allí pasó hace unos años, por mucho que los motivos sean distintos; allí monetario, aquí fiscal-presupuestario, público y familiar.)

Dicho esto, dicha otra cosa: la medida más inmediata es reducir las salidas de los propios salarios que pago: los de los funcionarios y asimilados. De acuerdo, los funcionarios pasan de privilegiados a víctimas… pero, sin tanto extremismo terminológico, lo que son en realidad es los primeros damnificados (los segundos, mejor dicho, la masa salarial privada se ha reducido mucho más que lo que se va a reducir la pública: y esos salarios privados de la gente que va al paro los tiene que pagar el Estado). Así debe ser, si ello se acompaña de otras medidas. Sacrificio, pero con compromiso de racionalidad y justicia social en las medidas ulteriores: ¿qué pasa con el gasto militar, nos preguntamos muchos? ¿Tiene que ver el silencio oficial sobre esta partida con los compromisos adquiridos con alemanes, franceses y estadounidenses de comprarles y seguirles comprando y actualizando nuestro armamento y todas las tecnologías asociadas? Pues claro que sí, y en este sentido cabe dudar de el hecho de que la improbable  ministra Chacón presumiera ayer de un soldado español cibernético (con ordenador, pda, gps y toda la leche entre la impedimenta), afirmando ufana que “toda la tecnología es española”. Ésa lo será, pero la inmensa mayoría del resto de la enorme inversión en Defensa, no.

En fin, que el cinturón debe apretárselo todo el mundo. Pero no es lo mismo desmontar autonomías inservibles que son derroche puro de un día para otro que reducir transitoriamente el salario a los empleados más seguros, los públicos. Es más fácil, más inmediato. Yo también lo haría, pero cabría exigírme contrapartidas serias, coherentes; abundar en los recortes de aquello que es superfluo. De lo importante, lo básico-público, no recortar: gestionar mejor.

Concedida la exigencia, el apoyo es debido

Tacho Rufino | 17 de mayo de 2010 a las 8:53

(Escrito el jueves 13 de mayo y publicado el sábado 15 de mayo)
QUE uno recuerde, lo que ocurrió en el Parlamento el miércoles pasado es el acontecimiento político (político-económico, por ser más preciso) más importante de la democracia española contemporánea. Los anuncios de un presidente que finalmente muerde el polvo de la cruda realidad sólo hallan en la memoria un precedente de igual impacto en la calle, el golpe de Tejero y la previa dimisión de Adolfo Suárez: no estábamos acostumbrados a dimisiones, y menos a quedarnos sin padre sin mediar la muerte. Entre otras cosas, nunca se habían rebajado todos los salarios en la historia de la función pública española. Al día siguiente de la presentación de las -por fin- explícitas medidas de ajuste fiscal de Zapatero, la verdadera política impregnaba todas las conversaciones de café y oficina, e incluso intelectuales que sufren urticaria al hablar de economía se lanzaban a comentar este hito histórico, que lo es.

La cirugía presupuestaria que el Gobierno se propone acometer es profunda, no se la puede tildar de maquillaje. Podemos opinar sobre si la debió emprender antes -que sí- o de si ha ocurrido porque se lo han mandado Obama, los manijeros comunitarios Sarkozy-Merkel o el gran hermano chino en la sombra, Hu Jintao. Comprobado, pues, que España no es cualquier cosa en el planeta económico. Si el tempo seguido por Zapatero lo han acelarado terceras partes, cabe decir que a la fuerza ahorcan, y que no hay muestra más clara de globalización que ésta: lo que lastime a España, le duele al euro, y le duele sin solución de continuidad a quienes nos venden y a quienes nos cobijan bajo su paraguas ¿Alguien se imagina a Ronald Reagan llamando a Felipe González alarmado por el déficit presupuestario de la España de finales de los ochenta? Por lo demás, las cartas están claras, y el recorte social reclamado por tantos, incluida la oposición, está bastante nítido en negro sobre blanco. Curioso resulta escuchar que quienes reclamaban tales ajustes ahora critican al Gobierno por “cercenar los derechos sociales”. De “gasto social” insostenible a “derecho social” inalienable sin pasar por la casilla de salida. Cosas veredes, Mío Cid… si no fuera porque al bipartidismo patrio ya lo conocemos bien. Repasemos brevemente el cóctel de la operación bikini de ZP.

La lógica supresión del electoralista cheque-bebé supondrá el mismo recorte -1.500 millones- que el ahorro anual en pensiones por cancelar la revalorización de éstas, quizá la medida más dolorosa y, por tanto, discutible. De hecho, el Partido Popular ha visto como un nicho tradicional del partido en el poder -los pensionistas- hace ¡ale-hop! y cae cual inopinado maná en su campo electoral. Los empleados públicos, de forma variable en función de su salario, acusarán la rebaja y castigarán al Gobierno en las urnas… o no, dado que la reducción de sus haberes es una reclamación tradicional del PP. Los tajos a la lastimosamente utópica Ley de Dependencia mueven a entonar aquello de “lo que pudo haber sido y no fue”, y en el gasto farmacéutico ya no caben chantajes corporativos: se receta lo que se debe tomar, y así aligeramos la factura de medicamentos y el propio cajón de las medicinas de casa. Por fin nos liberamos de las incomprensibles jubilaciones anticipadas, una regalía que sólo entiende quien, beatus ille, la lleva. Más grave es la reducción de más de 6.000 millones de la inversión pública, tanto por el tamaño del recorte como por lo que conceptualmente significa: para quienes desconfiamos de la anorexia estatal e intuimos lo espurio de reclamar la deconstrucción de lo público, esta medida debe ser la más transitoria de todas.

Tras años de despreocupada fiesta, y tras la resaca, toca retroceder y volver a empezar. Se aprende perdiendo, mucho más que ganando. Por posicionarse que no quede: modestamente, apoyo las medidas de Zapatero con pocos peros. No vale exigir lo que, una vez concedido, no estamos dispuestos a apoyar. Y conste que a quien suscribe le toca el bolsillo el tijeretazo.

(Recién escrito esto, jueves por la tarde, los sindicatos anuncian una huelga general de funcionarios el 2 de junio.)

La dura ‘Operación Bikini’ de Zp

Tacho Rufino | 14 de mayo de 2010 a las 10:47

Sé que un bloguero diligente debería haber reaccionado ayer, poniéndose a escribir nada más escuchar al apesadumbrado Zapatero anunciar las medidas de recorte del gasto público. Me sorprendió lo repentino del anuncio, y por otro lado me alegro que lo realizara en sede parlamentaria y no en un mitin donde todos los compañeros de filas van de informal etiqueta, ora cazadora de cuero, ora americana con camisa celeste y vaqueros. Claro que en mitin a lo mejor se le hubieran rebelado las huestes al presidente, no hay más que ver las caritas de asombro de muchos socialistas, ayer en el hemiciclo: “Esto no puede estar pasando”.

zapatero_preocupado

 De todas formas, quienes esto lean no habrán tenido que seleccionar entre el aluvión multimedia de comentarios, reportajes, análisis y demás material informativo sobre “el tijeretazo”. Ayer dejé escrita mi columna de los sábados, y la colgaré aquí tras publicarse en la edición escrita y digital de los periódicos Joly. Mi opinión es, en síntesis:

– Esencialmente, y a pesar de ser profesor en una Universidad pública y estar por ello apuntado para reducción de sueldo, apoyo las medidas del Gobierno, por mucho que podría haberlas acometido antes y sin darle mayor importancia a si han s¡estado en parte motivadas por la presión internacional (Obama, Sarkozy-Merkel, Hu Jintao).

– El adelgazamiento de los gastos es una vía que no debe debilitar excesivamente al Estado ni castigar a los menos pudientes, por lo que la progresividad debe ser respetada al máximo a la hora de recortar salarios públicos y otras prestaciones sociales, como las pensiones. Me preocupa el enorme recorte (más de 6.000 millones en la inverisón pública anual).

– Este tratamiento de choque para no quedarnos demasiado lejos de las exigencias del Pacto de Estabilidad en cuanto a déficit público debe ser transitorio, y debe combinarse con una mayor recaudación por la parte de los ingresos, gravando más las rentas más altas y reduciendo el fraude fiscal.

– No sólo Irlanda, Grecia y Portugal han acometido planes de este mismo corte; también Gran Bretaña y Alemania.

– Comparto la opinión de quienes creen que los auténticos malos de la película -banca al cante y mercados financieros sin control al toque, con las agencias de rating de palmeros y los millones de ciudadanos endeudados al baile- no sólo no han pagado y no sólo han sido salvados con el dinero público, sino que no han cambiado un ápice su forma de proceder ni han devuelto los favores públicos reactivando al sistema con liquidez. (Sobre este asunto, y frontalmente en contra del plan de ajuste fiscal anunciado ayer, ver este artículo del profesor Navarro.)

– Lo anterior no obsta para que los recortes sean necesarios, aunque no lo sean todo, efectivamente.

– Ahora el Partido Popular debería -no lo hará- apoyar estas medidas, que son calcadas de muchas de sus exigencias recientes. Preferirá, no obstante, apuntarse a defender a los pensionistas buscando sus votos, y hasta a mesarse los cabellos por la conculcación de los “derechos sociales”, expresión que llena la boca repentinamente de quienes antes exigían recortes sociales, empezando por la reducción de los salarios públicos: ahí la tienen, Zapatero les ha hecho el trabajo sucio.

– Yo, como tantos, tampoco entiendo la mansedumbre de los sindicatos antes las legiones continuas de nuevos parados y la reacción inmediata y virulenta -convocatoria de huelga general de funcionarios el 2 de junio- al conocer el plan de recorte.