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La ‘matrioska’ del paro español

Tacho Rufino | 11 de septiembre de 2010 a las 12:29

MatrioskaAunque el informe del Foro de Davos presentado el jueves nos ha degradado en sus clasificaciones mundiales de competitividad, innovación, tecnología o Educación Primaria, España está entre los diez países con mayor PIB del mundo, y alrededor del número 20 en PIB per capita (países poco poblados y con pintorescas peculiaridades sociales o fiscales como Brunei, Macao o Luxemburgo nos adelantan cuando el producto nacional se divide por los habitantes respectivos). España también es un país que figura alto en los rankings de industrialización, y es un “invitado permanente” del G-20, un logro de Zapatero en su época rampante. Nuestro país tampoco suele andar mal, entre el puesto 15 y el 20, en las clasificaciones oficiales Desarrollo Humano, cuyo índice que se calcula a partir de la propia renta per cápita, la esperanza de vida y el nivel educativo. Sin embargo, España tiene su verdadera lacra en el paro, y es particularmente desastrosa nuestra posición en las tasas de desempleo juvenil (del 40% de la población activa menor de 25 años según las estadísticas recientes, más del doble que la media europea, de lo cual se preocupaba esta semana el NYT). Además, según hemos sabido esta semana, casi la mitad de nuestros jóvenes con titulación superior –los ‘menos’ parados, eso sí– se ganan la vida infraempleados, o sea, desempeñan trabajos diseñados para cualificaciones inferiores a las suyas. Esto último no sólo sucede en España, pero sucede aquí con mayor intensidad que en nuestros países de referencia. Ahondando en el mapa del empleo español, un estudio de Igualdad presentado el martes concluye que la brecha salarial entre hombres y mujeres descendió a un 22% en la ganancia anual: un buen dato, pero agridulce, dado que está también muy fuera de los valores de los de otros países con los que debemos compararnos.

Varias interrogantes surgen de este panorama, todas ellas inquietantes y que casi se responden solas: Si los que están preparados se emplean poco y mal, ¿cuál será el capital humano de este país a la vuelta de diez o quince años?; ¿qué pasará con el sustento y el retiro de esa generación perdida que es víctima de la precariedad, y a qué tipo de patologías sociales dará lugar si son, en el mejor caso, dependientes de sus familiares e ínfimos subsidios y, en el peor, pobres crónicos con baja capacidad de consumo y regeneración demográfica?; ¿quién va a pagar y con qué dinero las pensiones de las futuras generaciones mayores?

España juega –todavía– en primera división si nos atenemos a las cifras macro y sus combinaciones. Pero no hay motivos para ser optimistas en cuanto al mantenimiento de este estatus en el mundo. La pésima calidad y retribución del empleo de varias generaciones de jóvenes –que, paradójicamente, son las mejor formadas de la historia española– es una rémora estructural de profundas raíces. Las soluciones no vienen con una mayor formación: la sobrecualificación es un hecho, y el principio de Say (“la oferta crea su propia demanda”, en este caso de empleo cualificado) no se da en España, tristemente. La cacareada falta de adecuación de la formación universitaria a la demanda empresarial –un cansino mantra de las organizaciones patronales– también es falaz: no es que no se adecue la oferta a la demanda, es que la demanda es estática y poco cualificada a su vez. La actitud general de las generaciones jóvenes reticente a la movilidad geográfica y al autoempleo, además de tendente al empleo público. El problema español es el paro, y tiene una matrioska pequeña y perversa en su interior: el paro juvenil. (Por lo menos, los erasmus se quitan las orejeras durante un tiempo y hacen una simulación de cómo ganarse la vida fuera, y se dice que Alemania necesita 500.000 inmigrantes al año para aguantar su crecimiento futuro. Algo es algo.)

Me conviene la sumergida de todas todas

Tacho Rufino | 10 de septiembre de 2010 a las 13:52

zapatero chisteMe lo acaban de contar de primera mano: mujer con cinco hijos (estudiantes), sin ingresos fijos, con marido parado y sin cobertura, que cobra el magnífico subsidio de 420 euros al mes, acepta un trabajo en verano en el que le exigen “darse de alta”. Antes se informa de si puede seguir percibiendo el subsidio, que le es básico para apagar algún fuego de su escasa economía. Le dicen que tiene que solicitar una “compatibilidad”: siendo bajo el subisido, también lo es el de su trabajo circunstancial en el comercio pero, aun así, dicha compatibilización implica que le quitan una parte importante de los 420 mientras que esté trabajando. Acepta no estar en la economía sumergida, aunque económicamente no le traiga ninguna cuenta el trajín legal. Hace todo el papeleo, al darle en la oficina de empleo absoluta seguridad de que no va a dejar de percibir el subsidio, si bien recortado temporalmente.

¿Adivinan qué ha pasado? Yo se lo cuento.

Esta mujer recibe una comunicación oficial avisándole de que deja de percibir la ayuda, por tener otro trabajo. Disgusto, autobuses, colas interminables, “eso es en la otra ventanilla”…

– Ha sido un error nuestro, lo sentimos. Tiene que presentar una reclamación

– ¿Ustedes se equivocan, y yo dejo de cobrar lo que me pertenece hasta nueva orden? ¿Me pagarán ustedes mientras la luz y las multas por recibos devueltos? ¿Le mando los papelitos amarillos de Correos aquí?

– No podemos hacer otra cosa, lo siento. Y tampoco asegurarle de que le vayan a pagar lo debido con efectos retroactivos.

Vaya país. Recortando a los débiles: tienen toda la razón los que se oponían por este motivo al plan de austeridad en sus diversas vertientes. Algunos, ilusos, pensamos que la progresividad y la “justicia” (¿eso qué es?) iban a inspirar los recortes públicos. Así se promueve estupendamente el empleo legal (por la que hilan, que diría el castizo): dejando tirada a la gente necesitada que ha querido hacer las cosas como es debido.  No hablamos de prejubilaciones apetitosas que se nutren en buena parte de dinero público, ni de inconcebibles pensiones vitalicias de diputados, ni de tecnócratas que se autoblindaron mermando los dividendos de los accionsitas minoritarios e invisibles. Hablamos de personas que hacen diariamente miles de cuentas para salir adelante. Como usted estará pensando –espero– una vergüenza (claro, que hay gente que no para de pedir que se eliminen estas ayudas de supervivencia y todo el Estado del Bienestar… y se eche a la gente a los leones o a Rumanía con los gitanos de Francia. Ayer escuché a un señor con pinta normal decir que “el gobierno lo que tiene que hacer es eliminar todas las empresas públicas, y así levantaremos cabeza”. No dijo quiénes la levantarían, pero lo repitió hasta dos veces, sin respuesta de los otros tres comensales de su mesa).

forges

La pírrica victoria de la productividad

Tacho Rufino | 12 de diciembre de 2009 a las 10:00

pirro

En la barra de la cafetería, una mujer explica al camarero cómo el número de padres que, como ella misma, acompañan a los hijos al colegio había aumentado notablemente en el último año. Haciendo caso omiso de la obviedad políticamente correcta –“es lo que tienen que hacer, ¿por qué lo van a hacer siempre las madres?”-, los experimentales contertulios de ocasión esbozaron una teoría que explicaba tal fenómeno: el cada vez mayor número de divorciados y de parados estaba en relación directa con la mayor presencia masculina dando besitos de despedida a la puerta del colegio. Los hombres separados que disfrutan de la compañía de sus hijos entre semana es cada vez mayor, y en los días en que el niño duerme en casa de papá, éste debe organizarse en el trabajo para no llegar antes de las nueve, sino después. El divorcio no cesa aunque se ralentiza con la crisis, y a la tasa de paro le pasa tres cuartos de lo mismo: quien ha perdido su empleo, dispone de más tiempo para otras actividades, antes secundarias. No hay mal que por bien no venga, aunque el mal, en este caso y según mi opinión, es de mucha mayor dimensión que el bien. Al niño y a la niña le vienen mejor un padre trabajando, aunque no los lleve al cole. Como le sucedió a Pirro, cuya victoria sobre los romanos le costó la práctica destrucción de su propio ejército, este aparente avance social en la igualdad y la educación de los hijos es en el fondo una derrota económica. A la productividad española le ha pasado algo muy similar: no para de crecer con respecto a la media de la Unión Europea. ¿Aleluya? No tanto. Los porcentajes y los cocientes es lo que tienen.

La productividad es un ratio, o sea, una cosa dividida por otra. Lo obtenido (producción, salidas, output) dividido por los recursos empleados en ello (recursos, entradas, input). En términos agregados de una economía o territorio –España o Andalucía-, el valor del producto total de bienes y servicios obtenido dividido por el número de trabajadores u horas de trabajo empleados para ello ha crecido… pírricamente, porque lo que de verdad ha descendido mucho es el denominador: el número de trabajadores es mucho menor. Más de un  millón de personas menos en el denominador sólo en el último año -los que se han ido al paro- han hecho aumentar nuestra productividad laboral. Si lográramos mantener la producción total (medida, por ejemplo, mediante el PIB), la cosa no sería tan grave, más allá del daño social que produce que haya mucha gente inactiva en edad de producir. Pero no será así, lamentablemente, por mucho que la producción no haya bajado tan rápida y dramáticamente como ha descendido el número de empleados. Sin quererlo, nos hemos vuelto más productivos con la crisis, pero no más competitivos. Para ser más competitivos y poder vender más cantidad (o menos cantidad, pero a mayor calidad y precio) que otros territorios, se deben dar circunstancias que nuestra economía no parece poder aportar: ahí entra la innovación, tomada en vano continuamente como nuevo becerro de oro: en muchas ocasiones sólo se ansía para acceder a los fondos europeos de nueva generación, distribuidos a través de las comunidades autónomas.

Aquellas empresas que no participan de los dineros europeos del I+D+I (es decir, la inmensa mayoría de nuestras empresas), deben innovar en su organización de la producción, con mayor y mejor creatividad, a falta de capacidad para utilizar más y mejor tecnología o de recibir el beatífico maná de la innovación oficial. La escasez estimula el ingenio. Y aunque nuestro ingenio suele encontrar un atajo pícaro, no queda otra que hacer igual o mejor las cosas con menos medios: menos trabajadores, menos horas, menos recursos, incluidos los financieros. Hacer de la necesidad virtud.

A ver si aceptan la cartilla del paro

Tacho Rufino | 4 de julio de 2009 a las 16:15

EN esta semana hemos vuelto a sufrir en nuestras entendederas económicas eso que los psicólogos llaman disonancia cognitiva. Por un lado, hemos sabido que el paro ha descendido, lo cual es una buena noticia por mucho componente estacional que la adorne. Por otro, el think tank de Unicaja, Analistas Económicos, nos ha dado la de arena: sus modelos predictivos nos advierten de que antes de que acabe 2009 estará parado uno de cada tres andaluces en edad de trabajar. Las personas, según la teoría de la disonancia cognitiva, tendemos a arreglar la incongruencia que ataca nuestra mente, muchas veces mediante simplificaciones de la realidad, e incluso mediante la técnica de ignorar aquello que nos perturba. El ministro de Trabajo, Corbacho, dice que hemos tocado fondo y que los muy hartibles brotes verdes ya tienen cuerpecito de lechuga. Pero las huestes analistas de Villalba nos tiran el bocado de cruda realidad, y vaticinan un futuro inmediato de lo más quieto: la crisis, al final, se llama paro. Es cierto que Andalucía cuenta con una población joven, que aporta más gente a las listas del paro por puro crecimiento vegetativo, pero ese argumento no justifica más que una parte de nuestro liderazgo en desempleados: también se destruye más empleo aquí.

La economía, como la propia vida, evoluciona con el motor de la dialéctica. En un pasado no remoto, la política económica se debatía entre combatir el paro y combatir la inflación, y las recetas para cada uno de esos propósitos resultaban ser contrarias a las recetas precisas para el otro. Las bondades de consumir y las de ahorrar para un sistema económico también son contrarias, o cuando menos complementarias. O nadas o guardas la ropa. La falta de actividad laboral, por su parte, tiene dos efectos perversos. Primero e inmediato, que las arcas públicas se drenan con las prestaciones que recibe quien se queda en la calle y en su casa. Esto, a su vez, tiene como efecto un empobrecimiento general, ya que los gobiernos se ven forzados a subir los impuestos (tabaco, gasolina, ¿IVA?) y también las tarifas de los suministros básicos que, indirectamente, suponen ingresos públicos: nos acaban de anunciar una electricidad más cara… para un país más pobre. Segunda perversión, la caída de la renta familiar -y, por tanto, de la confianza en el futuro- provoca un desplome del consumo, con tercas excepciones: ayer se podían ver en los comercios laberínticas colas de personas, quien suscribe incluido, deseosas de pagar los trofeos de las rebajas. La caída del consumo es particularmente nociva para un modelo económico como el español, cuyas dos patas básicas han sido el propio consumo y el crédito para comprar casas hinchadas de precio. El modelo andaluz reproduce la patología del nacional de una manera más acusada que otros territorios. Más allá del turismo, nuestra ventaja competitiva sostenible, que diría Michael Porter, está por descubrirse.

Permitámonos recordar aquella Veneno en la piel, de Radio Futura, que se antoja premonitoria de esta letal disonancia entre paro y consumo, de la que no es fácil zafarse: “Pero primero quieres ir a cenar, y me sugieres que te lleve a un sitio caro, a ver si aceptan la cartilla del paro, porque si no lo tenemos que robar”.

NYT: Spain, el foco viral de la deflación

Tacho Rufino | 21 de abril de 2009 a las 17:08

Pirro, rey de Epiro, tras derrotar a los romanos en una batalla, volvió a su tierra con las tropas tan diezmadas que pronunció una famosa frase: “Otra victoria como ésta y volveré solo a casa”, vino a decir. La paulatina bajada de los precios al consumo en España es otra victoria pírrica: sólo los miopes ven como algo positivo el descenso de los precios (y sí, también aquel reducido número de personas que saca partido y hace fortuna en las épocas de penuria). Desde el mundo exterior, nos ven como el epicentro de una nueva pandemia: la deflación. Hoy, 21 de abril, The New York Times publica un artículo descorazonador, titulado “La caída de los precios en España alimenta el miedo a la deflación en Europa”. La cadena de causas y efectos aquí descrita sería como sigue: 

  1. Ante la caída de las ventas y de los pedidos, los comerciantes de un país en recesión hacen algo que nunca habían hecho, o sólo como reclamo: bajar los precios.
  2. Como la bajada no estimula las ventas (porque el consumidor está agazapado esperando nuevas bajadas), los empresarios siguen despidiendo trabajadores.
  3. El paro supera el 15 por ciento, y se espera que alcance el 20 en pocos meses.
  4. La combinación de caída de precios y subida del paro huele a deflación, una situación de la que históricamente es difícil salir: la Gran Depresión (que duró una década a partir del crash del 29) y la reciente década perdida de Japón así lo atestiguan
  5. Deflación: bajada generalizada de los precios en una economía. Los precios disminuyen por falta de demanda, y es mucho más dañina que la inflación. La deflación puede desencadenar un círculo vicioso. Los comerciantes se ven forzados a vender como sea para cubrir al menos sus costes fijos, y bajan los precios. Si los precios bajan y bajan, la demanda disminuye más, porque los consumidores sienten que mañana será todavía más barato. Los empresarios no tienen aliciente y bloquean la actividad y despiden al personal.. Dado este círculo vicioso, la deflación se convierte en causa y efecto de la falta de circulación de dinero en la economía, porque todos prefieren retenerlo. Al final, la economía se derrumba, dado que el sector productivo no encuentra salida a sus productos y percibe que es un sinsentido aguantar con pérdidas. Deflación, pues, igual a marasmo y la parálisis.
  6. Este círculo vicioso parece haberse desencadendo en España. Al menos, hay síntomas no desdeñables: el mes pasado fue el único país de la Zona Euro que registró una “inflación negativa”, por así decirlo. Eso no pasa aquí desde hace más de 45 años (los que yo tengo, por ejemplo; y crío muchas más canas de las que se ven en la foto).
  7. Las economías no se recuperan fácilmente de la deflación

Los primeros damnificados son los más jóvenes, que son más baratos de despedir. Eso es una desgracia: se castra en origen el desarrollo del capital humano nacional -disculpen la expresión-, y con ello la necesaria creatividad par superar una crisis larga. El paro juvenil es el mayor de toda la Unión Europea, incluido Bulgaria, por ejemplo.

Ojalá fuera de otra manera, pero los comedores sociales están cada vez más poblados.

Irse al paro para descansar

Tacho Rufino | 25 de noviembre de 2008 a las 13:07

La incertidumbre estimula los corrillos y conversaciones espontáneas en los que intentamos reducir la ansiedad sobre el porvenir económico y laboral inmediato. Suele ocurrir que alguien se declara totalmente contrario a “hablar de la crisis”, alegando que él/ella es una persona positiva, pero en ninguno de los casos en que una persona adopta este rol deja de participar, a la postre, en la charla. Otra característica que observo en estas reuniones es la polarización y la búsqueda de certezas, lo cual suele llevar aparejado el apuntar hacia colectivos (funcionarios, mujeres, personal de baja más o menos debida…) y señalar ciertas prácticas, si no fraudulentas, éticamente “reprobables”. Una de ellas -que un conocido me explicaba sólo ayer tarde- era la de irse al paro con diversos motivos: ver más a mi hijo (que tiene ya ocho años), descansar, viajar, estudiar idiomas. Aun siendo un derecho formal, según mi interlocutor, en estos tiempos malos, irse al paro -cobrando, claro está- por motivos que no sean que te echen es un poco “cara”, aparte de quizá bastante inconsciente (¿podrás volver al mercado laboral?). Alegaba que ahora resulta que “estos que abandonan el barco van a cobrar, en parte, de la retención que nos practican a los que sí seguimos en el tajo y no hacemos uso del derecho a disfrutar de unos meses o dos años de desempleo pagado”. España nos necesita: llegan tiempos de debate ético, también.

Alrededor de este asunto de creciente interés -las legiones de desempleados serán más y más numerosas en los próximos ¿dos, tres, cuatro…? años- escribí un artículo en el que describía mi sensación de que el tiro al blanco estaba servido: cargarse a los funcionarios, a las diputaciones, a las pensiones, etc. Lo titulé “Prepare usted su receta de poción mágica” (pinchar aquí para ver).

Parados y quietos

Tacho Rufino | 17 de noviembre de 2008 a las 9:44

 José Ignacio Rufino | Publicado en la sección Andalucía de los periódicos de Grupo Joly ayer domingo

LA crisis, al final, se llama paro. Un nostradamus con pedigrí me acaba de profetizar que en 2010 habrá cuatro millones de parados en España, de los que Andalucía absorberá una porción desproporcionada, llegando en Andalucía, siempre según mi oráculo de guardia, al 20 por ciento de la población activa. Que se equivoque, por Dios. Sea como sea, uno de los procedimientos laborales que más llenarán ese malhadado saco del desempleo será sin duda el denominado ERE, que todo el mundo conoce ya, al menos de forma intuitiva. Los rumores de corrillo en las empresas, acelerados por la inquietud, precisan hasta la cifra de los que van a ir a la calle, en muchos casos sin gran fundamento: “un ERE de 17 personas” ó “un ERE del 20 por ciento de la plantilla” … “¿Estaré yo entre ellos?”. Hay dos motivos para presentar un expediente de regulación de empleo, o sea, para despedir con el beneplácito de la autoridad. El primero, el natural, prescindir de empleados debido a causas económicas y técnicas, es decir, por un descenso brusco de la carga de trabajo, cosa que pasa a día de hoy a no pocas empresas. El segundo, menos acorde con la normativa que regula estos procesos de despido, es para aligerar la plantilla, sobre todo de aquellos que “salen caros”. Se trata de una especie de aligeramiento preventivo aprovechando los trenes baratos. Cabe, bien mirado, apuntar otra causa para estos despidos colectivos, que es prima hermana de la anterior: toparse con la oportunidad de quitarse de en medio a los quietos. Tres tipos de ERE, que podríamos bautizar como sigue: el de supervivencia, el preventivo y el de “saneamiento”. Extendámonos un poco con esta última variante.

Arcadio Ortega, presidente de la Academia de Buenas Letras de Granada y rara avis que, como Espronceda, combina profesionalmente poesía y economía, afirma que “el problema de España no son los parados, sino los quietos”. Se referiría sin duda a los vagos, a los enfermos natos y a los tecnócratas a los que se busca retiro y mamela, entre otras especies autóctonas (seguro que en Finlandia también las hay, pero las de aquí nos son más familiares… ¿se le ha venido a la cabeza la cara de alguien?). Pues bien, el cirujano laboral, ante el clima favorable -es un decir- que justifica la suelta de lastre, descubre de pronto la posibilidad de quiatrse de en medio al incómodo, y también al ineficaz y al cara crónico. Al quieto.

El Don Tancredo de la oficina o el taller ha sido también señalado esta semana por el presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, Antonio Galadí, tras hacer públicas las conclusiones sobre el estudio La Sevilla socioeconómica, dirigido por el profesor Ferraro: “En Sevilla se trabaja poco y poca gente”. O sea, mucho quieto y mucho parado, que no es lo mismo: mientras aquéllos están en nómina, éstos últimos, en el mejor de los casos, perciben un subsidio. Por cierto, en nuestra región en general, y en Sevilla en particular, según concluye el estudio, tenemos más incapaces permanentes. Y no hablamos de tontos o de imposibilitados sexuales, sino de gente que no puede trabajar por enfermedad o minusvalía… y algunos que, pudiendo, fingen no poder doblarla. Superamos a España en más de un punto en incapacidades permanentes pagadas. El dato es como para filtrárselo a un botiguer catalán o al mismo Carod-Rovira… Si queríamos darle argumentos para la cantinela -sólo veraz en una parte menor, en mi opinión- de la Andalucía subsidiada y la Cataluña vampirizada por meridionales zánganos y palmeros, de estéril regate corto, no podríamos haber encontrado mejor fórmula.

Señoras y señores, la recesión

Tacho Rufino | 10 de julio de 2008 a las 11:28

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Era de esperar -un secreto a voces, un tabú-, lo que sucede es que no se la esperaba tan pronto: la recesión ha venido y nadie sabe cómo ha sido. La pasión terminológica que -¿cortina de humo?- el Gobierno ha conseguido contagiar a la población ha permitido que asistamos a debates de barra y máquina de café en los que unos nos corregíamos a otros: que esto no es crisis (situación caracterizada por una caída significativa y larga en el nivel de actividad económica de un país o región. También se usa el mismo término para referirse a situaciones de alto desempleo o de alta inflación), que es aterrizaje suave, o sea, desceleración (proceso de disminución transitoria del ritmo de crecimiento de una magnitud económica, y que se manifiesta porque en un período dado la tasa de crecimiento es menor que en igual período inmediatamente anterior); que en puridad esto es una corrección económica (una recesión breve) o ajuste más o menos intenso, o que tras esto no hay más que el determinismo del ciclo económico. Según dijo el altísimo Galbraith, las diferencias entre estos términos no son más que de intención… de intención de alarmar o calmar a la población.

Como acaba de advertir en primicia el BBVA con los datos del último trismestre, si el crecimiento del PIB era cada vez más pequeño y ha llegado a no ser crecimiento en absoluto, estamos en crecimiento cero (el término es como decir  “lluvia seca”, pero es el que es), y como nada invita a pensar que la tendencia vaya a revertir a corto plazo, estamos a las puertas del crecimiento negativo (éste es aun más eufemístico). Según las escuelas y los países, para que el crecimiento negativo se convierta en recesión sólo hace falta que lo sea durante un tiempo: un año para los europeos en general, seis meses para los estadounidenses…

Botín y el secretario de Estado de Hacienda, Carlos Ocaña, dicen que es una gripe o un catarro. Pero hace meses que asistimos a una cantidad de diagnósticos y pronósticos que, de manera inmediata, son desmentidos por las estadísticas. O sea que hacer acto de fe en nuestros líderes políticos y económicos, la verdad, son ganas de engañarse. Mientras, la crisis convive con nosotros desde hace meses, y muestra el síntoma más palmario de ser tal crisis: un aumento notable y continuado del paro.