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Irse al paro para descansar

Tacho25 de noviembre de 2008 a las 1:07 pm

La incertidumbre estimula los corrillos y conversaciones espontáneas en los que intentamos reducir la ansiedad sobre el porvenir económico y laboral inmediato. Suele ocurrir que alguien se declara totalmente contrario a “hablar de la crisis”, alegando que él/ella es una persona positiva, pero en ninguno de los casos en que una persona adopta este rol deja de participar, a la postre, en la charla. Otra característica que observo en estas reuniones es la polarización y la búsqueda de certezas, lo cual suele llevar aparejado el apuntar hacia colectivos (funcionarios, mujeres, personal de baja más o menos debida…) y señalar ciertas prácticas, si no fraudulentas, éticamente “reprobables”. Una de ellas -que un conocido me explicaba sólo ayer tarde- era la de irse al paro con diversos motivos: ver más a mi hijo (que tiene ya ocho años), descansar, viajar, estudiar idiomas. Aun siendo un derecho formal, según mi interlocutor, en estos tiempos malos, irse al paro -cobrando, claro está- por motivos que no sean que te echen es un poco “cara”, aparte de quizá bastante inconsciente (¿podrás volver al mercado laboral?). Alegaba que ahora resulta que “estos que abandonan el barco van a cobrar, en parte, de la retención que nos practican a los que sí seguimos en el tajo y no hacemos uso del derecho a disfrutar de unos meses o dos años de desempleo pagado”. España nos necesita: llegan tiempos de debate ético, también.

Alrededor de este asunto de creciente interés -las legiones de desempleados serán más y más numerosas en los próximos ¿dos, tres, cuatro…? años- escribí un artículo en el que describía mi sensación de que el tiro al blanco estaba servido: cargarse a los funcionarios, a las diputaciones, a las pensiones, etc. Lo titulé “Prepare usted su receta de poción mágica” (pinchar aquí para ver).

Parados y quietos

Tacho17 de noviembre de 2008 a las 9:44 am

 José Ignacio Rufino | Publicado en la sección Andalucía de los periódicos de Grupo Joly ayer domingo

LA crisis, al final, se llama paro. Un nostradamus con pedigrí me acaba de profetizar que en 2010 habrá cuatro millones de parados en España, de los que Andalucía absorberá una porción desproporcionada, llegando en Andalucía, siempre según mi oráculo de guardia, al 20 por ciento de la población activa. Que se equivoque, por Dios. Sea como sea, uno de los procedimientos laborales que más llenarán ese malhadado saco del desempleo será sin duda el denominado ERE, que todo el mundo conoce ya, al menos de forma intuitiva. Los rumores de corrillo en las empresas, acelerados por la inquietud, precisan hasta la cifra de los que van a ir a la calle, en muchos casos sin gran fundamento: “un ERE de 17 personas” ó “un ERE del 20 por ciento de la plantilla” … “¿Estaré yo entre ellos?”. Hay dos motivos para presentar un expediente de regulación de empleo, o sea, para despedir con el beneplácito de la autoridad. El primero, el natural, prescindir de empleados debido a causas económicas y técnicas, es decir, por un descenso brusco de la carga de trabajo, cosa que pasa a día de hoy a no pocas empresas. El segundo, menos acorde con la normativa que regula estos procesos de despido, es para aligerar la plantilla, sobre todo de aquellos que “salen caros”. Se trata de una especie de aligeramiento preventivo aprovechando los trenes baratos. Cabe, bien mirado, apuntar otra causa para estos despidos colectivos, que es prima hermana de la anterior: toparse con la oportunidad de quitarse de en medio a los quietos. Tres tipos de ERE, que podríamos bautizar como sigue: el de supervivencia, el preventivo y el de “saneamiento”. Extendámonos un poco con esta última variante.

Arcadio Ortega, presidente de la Academia de Buenas Letras de Granada y rara avis que, como Espronceda, combina profesionalmente poesía y economía, afirma que “el problema de España no son los parados, sino los quietos”. Se referiría sin duda a los vagos, a los enfermos natos y a los tecnócratas a los que se busca retiro y mamela, entre otras especies autóctonas (seguro que en Finlandia también las hay, pero las de aquí nos son más familiares… ¿se le ha venido a la cabeza la cara de alguien?). Pues bien, el cirujano laboral, ante el clima favorable -es un decir- que justifica la suelta de lastre, descubre de pronto la posibilidad de quiatrse de en medio al incómodo, y también al ineficaz y al cara crónico. Al quieto.

El Don Tancredo de la oficina o el taller ha sido también señalado esta semana por el presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, Antonio Galadí, tras hacer públicas las conclusiones sobre el estudio La Sevilla socioeconómica, dirigido por el profesor Ferraro: “En Sevilla se trabaja poco y poca gente”. O sea, mucho quieto y mucho parado, que no es lo mismo: mientras aquéllos están en nómina, éstos últimos, en el mejor de los casos, perciben un subsidio. Por cierto, en nuestra región en general, y en Sevilla en particular, según concluye el estudio, tenemos más incapaces permanentes. Y no hablamos de tontos o de imposibilitados sexuales, sino de gente que no puede trabajar por enfermedad o minusvalía… y algunos que, pudiendo, fingen no poder doblarla. Superamos a España en más de un punto en incapacidades permanentes pagadas. El dato es como para filtrárselo a un botiguer catalán o al mismo Carod-Rovira… Si queríamos darle argumentos para la cantinela -sólo veraz en una parte menor, en mi opinión- de la Andalucía subsidiada y la Cataluña vampirizada por meridionales zánganos y palmeros, de estéril regate corto, no podríamos haber encontrado mejor fórmula.

Señoras y señores, la recesión

Tacho10 de julio de 2008 a las 11:28 am

recesion_eeuu_2008_2.jpgcrisis.jpg 

Era de esperar -un secreto a voces, un tabú-, lo que sucede es que no se la esperaba tan pronto: la recesión ha venido y nadie sabe cómo ha sido. La pasión terminológica que -¿cortina de humo?- el Gobierno ha conseguido contagiar a la población ha permitido que asistamos a debates de barra y máquina de café en los que unos nos corregíamos a otros: qué esto no es crisis (situación caracterizada por una caída significativa y larga en el nivel de actividad económica de un país o región. También se usa el mismo término para referirse a situaciones de alto desempleo o de alta inflación), que es aterrizaje suave, o sea, desceleración (proceso de disminución transitoria del ritmo de crecimiento de una magnitud económica, y que se manifiesta porque en un período dado la tasa de crecimiento es menor que en igual período inmediatamente anterior); que en puridad esto es una corrección económica (una recesión breve) o ajuste más o menos intenso, o que tras esto no hay más que el determinismo del ciclo económico. Según dijo el altísimo Galbraith, las diferencias entre estos términos no son más que de intención… de intención de alarmar o calmar a la población.

Como acaba de advertir en primicia el BBVA con los datos del último trismestre, si el crecimiento del PIB era cada vez más pequeño y ha llegado a no ser crecimiento en absoluto, estamos en crecimiento cero (el término es como decir  “lluvia seca”, pero es el que es), y como nada invita a pensar que la tendencia vaya a revertir a corto plazo, estamos a las puertas del crecimiento negativo (éste es aun más eufemístico). Según las escuelas y los países, para que el crecimiento negativo se convierta en recesión sólo hace falta que lo sea durante un tiempo: un año para los europeos en general, seis meses para los estadounidenses…

Botín y el secretario de Estado de Hacienda, Carlos Ocaña, dicen que es una gripe o un catarro. Pero hace meses que asistimos a una cantidad de diagnósticos y pronósticos que, de manera inmediata, son desmentidos por las estadísticas. O sea que hacer acto de fe en nuestros líderes políticos y económicos, la verdad, son ganas de engañarse. Mientras, la crisis convive con nosotros desde hace meses, y muestra él síntoma más palmario de ser tal crisis: un aumento notable y continuado del paro.

Autor

Economía razonable para todos lo públicos

Economista, profesor de la Universidad de Sevilla y columnista habitual de los medios del Grupo Joly

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