Archivos para el tag ‘deuda pública’

Entre deudores también hay clases

Tacho Rufino | 6 de mayo de 2013 a las 15:30

ESTAR endeudado no gusta a nadie, aunque la mayoría lo estamos. En algunos afortunados casos, la deuda sirvió a quien la contrajo para invertir en cosas que daban más rentabilidad que el coste de la deuda: a eso se lo llama estrambóticamente en Finanzas “apalancarse”. No pocos alumnos nuevos de economía ponen cara de “otro profe con las ocurrencias” cuando se menciona en clase el apalancamiento, mientras piensan que te refieres a estar repantingado en tu sofá con tu smartphone tras una dura noche. La deuda no es en sí buena ni mala: te ayuda a gestionar tu economía o, alternativamente, te condena a no dormir bien. Hace un par de semanas supimos que los cálculos de dos economistas señeros de Harvard, Reinhardt y Rogoff, que creían identificar el gran punto en el que la deuda de un país alcanzaba un nivel que hacía imposible el crecimiento, estaban algo equivocados. Un fallito estadístico sin maldad ninguna, pero que inspiró y dio palanca a la política económica de la austeridad por la austeridad. La que ha hundido y despojado de soberanía alguna a países como Portugal o Grecia. La política económica que ha hecho que hasta los más irreductibles economistas de la ortodoxia antidéficit pronuncien las palabras “crecimiento” y “empleo”, y que Rajoy y Guindos contradigan su programa electoral en su dura negociación con Europa, pidiendo a la Europa en el machito que se abra a los estímulos gubernamentales: una cuestión de supervivencia, aunque esta semana Esperanza Aguirre haya vuelto, con su heráldica coherencia habitual, a hacer de pepitogrillo del PP: “Más recortes en la Administración Pública, desmemoriados compañeros, desde el mayor de los cariños y los respetos”. Con amigos como éstos… La deuda es algo muy denostado, pero países prósperos, incluso con economías muy distintas -como Estados Unidos y Suecia, por ejemplo-, están endeudados hasta las cejas y no pierden el sitio de privilegio ni nadie los condena a pan y agua.

La deuda es otro de los asuntos que enfrenta a los entendidos, y su frontal discrepancia en este y otros asuntos mueve al gran público a desconfiar de ellos. El bajón de la prima de riesgo de la deuda española esta semana también ha sido sorprendente y hasta esotérico, por mucho que muchos se hayan aprestado a dar las inevitables explicaciones técnicas. La deuda pública y la forma en que los acreedores tratan a sus deudores son también una fuente de asimetrías, y la Historia nos demuestra que, incluso entre los débiles, siempre ha habido clases. Unos datos. Cuando Alemania fue vencida en la guerra, su deuda externa era muy superior en términos absolutos y relativos a la de la rescatada Grecia en la actualidad, por ejemplo. La quita que le concedieron los acreedores vencedores fue también enorme: el 63%, bastante superior a la engañosa condonación aplicada a los griegos. En el acuerdo de Londres en 1953, los aliados vencedores pusieron unas condiciones a la ingente deuda República Federal de Alemania que pueden considerarse extraordinariamente generosas y radicalmente distintas de las aplicadas a Grecia. Se buscaba, más que reducir la deuda, estimular el crecimiento alemán, no condenar al paro a sus jóvenes, sino al contrario; no desequilibrar la economía del culpable alemán y mejorar aceleradamente las condiciones de vida de su pueblo (para más detalle acudir a los trabajos de Éric Toussaint). Grecia no es Alemania, claro es. Y por eso, al parecer, Grecia debe ser condenada a la exclusión y la subsidariedad. A ser un satélite lobotomizado. Si nosotros hubiéramos sido rescatados, estaríamos prácticamente en la misma senda hacia la muerte económica. Gracias a quien corresponda al menos por eso: por resistirse.

Por qué se habla de ‘corralito’ español

Tacho Rufino | 15 de mayo de 2012 a las 20:27

Si nuestro país hubiera tenido moneda propia, en circunstancias similares a la que nos agobian desde hace cuatro años España se habría visto obligada a prácticar una o más devaluaciones de su divisa, probablemente hasta un 20% como mínimo. Los problemas de financiación se habrían aliviado, aunque la devolución de sus deudas (que permanecería en dólares u otra moneda de referencia global) estaría en entredicho al ser más cara. En cualquier caso, tal devaluación no era ni es posible, así que España tiene un serio problema de financiación, que no va a ser indefinidamente parcheado por el Banco Central Europeo, como estamos viendo.

El calvario de nuestra gestión financiera pública –que se traslada a empresas y familias como si de un cordón umbilical se tratara— se nota en la caída de la bolsa y en la prima de riesgo. Veamos. Uno. Si la bolsa cae como está cayendo mes a mes y año tras año, es porque los inversores –españoles y extranjeros, como los grandes fondos de inversión—venden acciones de la bolsa española, se deshacen de ellas, en mayor proporción que las órdenes de compra en el llamado parqué. Muchos retirarán su dinero del país, y lo invertirán en otros sitios. Dos. Cuando, por su parte, España paga mucho por colocar su deuda pública (es decir, la prima de riesgo es grande con respecto a lo que paga Alemania, que no paga casi nada por endeudarse para gestionar su tesorería nacional), quiere decir que muchos inversores no renuevan sus inversiones en títulos de deuda españoles, y ha que ofrecer mucha carnaza a los inversores para que el Estado español  no entre en default, en bancarrota, o sea, que no pueda pagar sus gastos corrientes y financieros, más las amortizaciones de la deuda del Tesoro que llega a su vencimiento. Los bancos españoles ya no pueden ser obligados a ser los paganinis que sustentan dichas emisiones, comprándolas masivamente de forma quasi-obligatoria. Directamente, porque ya no pueden, y menos estando en el ojo del huracán por sus tremendas bolsas de dudoso cobro. Tres. Un aclaración: los inversores –que no siempre son ocultos facinerosos sin alma y con demasiado poder, qué va: quizá sea usted uno– no quieren correr el riesgo de que un país en el que han invertido sea expulsado del euro, asuma una nueva moneda menos valiosa, y ese menor valor se traslade a sus inversiones. ¿Qué haría usted?

Sumen a esto el pánico de muchos depositantes de Bankia –y las orejas que le ven al lobo otros depositantes de otros bancos españoles–, azuzados por justicieros de ocasión que juegan a atacar al sistema financiero, cuando en el camino ayudan a hacer que los ahorros de sus propios padres se volatilicen (hablo de algunos grupos del 15-M, sí: la multiformidad y la indefinición de grandes masas de gente produce también monstruos, o simple papanatismo). Sumen también a esto que el augur económico más granado del mundo, Paul Krugman, afirma que España puede estar en una situación de corralito (hace años que Krugman aplica tal posibilidad a España) ¿Cuál es el resultado? La  aceleración en la fuga de capitales de nuestro país: salen muchos más dólares y euros que entran desde hace más de un año. Muchísimo más. Como si la botella de oxígeno se vaciara y el paciente no tuviera con qué rellenarla. Asfixia.

Algunos datos (vean las tablas abajo, para corroborar). La inversión financiera neta en España tocó techo en 2006. Desde entonces ha caído estrepitosamente, hasta ser negativa (o sea, se invierte fuera más de lo que se invierte aquí desde afuera). Más palmario aún: el BCE sigue la pista de los flujos de capitales de la eurozona, y la fuga legal de capitales en España es la que más crece de la Unión Europea, desbancando a Italia, que tiene el mayor volumen de fuga (en Grecia y Portugal quedaba ya poco por fugar en el último año). Aunque los datos de la tabla finalizan en febrero de 2012, es de temer con fundamento que la cosa no ha hecho sino empeorar en marzo y abril. ¿Adónde ha ido ese dinero? Lo diremos con un dato: en los siete últimos meses de 2012, la liquidez de los bancos alemanes y holandeses ha crecido en casi 400.000 millones de euros: poco cabe explicar. Para parar la sangría de la fuga de capitales, el corralito (o sea: no dejar que la gente disponga libremente de sus depósitos bancarios) es una salida desesperada. Para aquellos que buscan soluciones ya y se las exigen a políticos y economistas: buenas, buenas, no hay ninguna. De ellas hablaremos en la próxima entrada.

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¿’Hispania delenda est’?

Tacho Rufino | 10 de abril de 2012 a las 12:36

Si España es el condenado a la crucifixión, los inversores financieros son los romanos y la Unión Europea una mezcla de sanedrines de pose técnica y de Herodes lavándose las manos (por ejemplo, no comprando deuda española durante estos episodios de ataque y venta masiva, lo cual disuadiría a los atemorizados de vender presa del pánico y a los especuladores puros de jugar a ganar en el río revuelto). Recordarán aquella hilarante escena de La vida de Brian: “¿Crucifixión?”, preguntaba amablemente el listero romano. “Sí”, respondía con igual cortesía el reo. “Bien, salga por esa puerta, alinéese a la derecha, una cruz por persona”. España no tiene quien la defienda, o mejor, ni siquiera la atribulada adopción de medidas de enorme impacto social y económico de su Gobierno es capaz de parar las impenitentes y periódicas razzias de unos agentes de los mercados que vienen a decirle: “Dése usted por jodida; le canto a usted por Luz Casal: Y voy a por ti, y voy a por ti, como una locomotora por ti, y voy a por ti, y voy a por ti, y voy a por ti ahora”.

Los confusamente llamados “mercados”, los dueños y árbitros finales de la economía que vivimos, los emperadores invisibles, no se creen que vayamos a ser capaz de ir amortizando nuestra creciente deuda (privada, pública, externa), a retomar la senda del crecimiento ni a poder soportar los mazazos automutiladores de los recortes, muchos repentinos y atribulados, alguno planificado, casi todos negados antes de anunciados. Los romanos del siglo XXI dan y quitan. Si, por un lado, es innegable que la situación de España es muy comprometida fiscalmente y muy preocupante en cuanto a su nivel de actividad, y todo ello justifica parte de la prima de riesgo, por otro es también innegable que un reducido número de inversores globales es capaz de condenar a una economía completa, reforzando su proceso de degradación y taponándole las vías de recuperación. No sólo la prima de riesgo (el interés que pagamos de más que el que paga menos por su deuda pública, Alemania, en estos momentos con un alarmante nivel de 420 puntos básicos), sino los ataques a ciertos valores de nuestra bolsa de valores. En este sentido, el levantamiento de la suspensión de las operaciones bajistas o de short selling (dicho mal y pronto, apostar con dinero o acciones de otro a que a alguien –por ejemplo, ahora, Abengoa, Bankinter o Popular– le va a ir mal, vendiendo a su valor acciones u otros títulos, haciendo así caer su precio en el mercado, para recomprarlas baratas, ganando en origen) ha ocasionado que unos pocos grandes inversores acaparen cientos de millones de euros en inversiones destructivas (para ellos no lo son, claro es). Hay quien las justifica porque dan liquidez al sistema, algo así como decir que cortándole la mano a alguien elimino la posibilidad de que ese alguien se hurgue la nariz. Algunos nombres de estas gestoras que se han instalado en España para hacer subir y bajar las cosas obteniendo réditos en una y otra circunstancia, acelerando el proceso de mala fama y descomposición de nuestra economía: Amber Capital, Wellington Management, Landsdowne Partners y Marshall Wace.

Carthago delenda est“–“Cartago debe ser destruida”–  dicen que dijo un senador romano. Cartago es España, los romanos, queda dicho, son los inversores. “Hispania delenda est”.

La insoportable terquedad del déficit cero

Tacho Rufino | 29 de enero de 2012 a las 13:44

RESULTA sorprendente la cantidad de minutos que se reservan en los noticiarios a los partes meteorológicos, que ocupan más espacio que Cristiano, Mou, Soraya y Rajoy juntos; como si fuéramos todos agricultores. Para mí que el tiempo es el nuevo opio del pueblo junto con internet. Los modelos predictivos que utilizan los Mariano Medina de hoy combinan una serie de variables, las meten en la coctelera matemática y te predicen con días de antelación el frío que van a pasar en Aguilar de Campoo o en Mudela de Calatrava. Menos espacio se dedica a un modelo predictivo fundamental, el llamado cuadro marcroeconómico. El cuadro macroeconómico es una representación valorada -un escenario- de las grandes magnitudes económicas de un país: crecimiento esperado del Producto Interior Bruto (PIB), demanda nacional, saldo de exportaciones menos importaciones… y tasa de paro. Esta hoja de ruta primigenia es el cuadro de mando integral de la tripleta Rajoy-Guindos-Montoro, con Báñez de típico centrocampista de poco vistosa pero fundamental función. Cierto es que cualquier plan es hoy en día dudoso, que el corto plazo y sus fuegos financieros ocupan toda la labor ejecutiva pública y privada; que el “ya veremos”, el “de momento” y el “a día de hoy” contaminan toda previsión de déficit, todo rumor de fusión bancaria, y no digamos cualquier plan vital de cualquier individuo o familia: la esquelética estrategia es tirar p’alante, sobrevivir. Pero aun así, los grandes números son imprescindibles, y sus relaciones tienen chicha y margen de maniobra.

España tiene un problema brutal de deuda privada. Una deuda familiar y empresarial desquiciada (más de tres veces el PIB), y de bastante dudoso cobro. España -sus bancos, los tiránicos niños mimados de una familia en decadencia- tiene un problema silente de devaluación real (o sobrevaloración contable) de sus activos inmobiliarios, incluidos los créditos privados dudosos antes mencionados (¿no le ha llamado su banco para ver si usted quiere una carencia en el pago del principal de su hipoteca dos años, y así pagar sólo intereses, sin que usted haya abierto la boca y pague religiosamente?). España tiene por supuesto un problema grave de crecimiento del PIB, o mejor dicho, de decrecimiento del PIB. Sin que crezca el PIB, no hay empleo. Y España, sobre todo, tiene un negro agujero de desempleo, apuntalado por la solidaridad familiar y la economía sumergida. Para rematar el escenario macro formato pescadilla que se muerde la cola, España tiene un mandato alemán, ya constitucional, de limitar al máximo el déficit; es decir, de conseguir en pocos años no gastar más de lo que se ingresa. Y ése, el gasto público, es la única variable que teóricamente puede manejar el Gobierno, que además debe tutelar el déficit autonómico. Pero resulta que hemos prescindido de ese recurso, con la fe del converso a la ortodoxia religiosa germánica. No podemos jugar con el déficit, porque el déficit es tabú hoy. Hay que ahorrar, no cabe invertir.

España, como Estado, no puede gastar, sólo se nos permite recortar. Nada de gastar con la intención de dar color al rostro blanquecino de nuestra economía: “¿Y por la noche qué harás?”. “Recortar y callar”. Lo único que le queda a España es pedir a Alemania que nos deje gastar algo más de lo que entra, aunque nuestros ingresos públicos sean menguantes. O bien alguna forma derivada de caridad comunitaria, que en ningún caso sería controlada por España. La terquedad del déficit cero es insoportable. No la puede soportar España. Salvo que aceptemos convertirnos en un país satélite, una región secundaria y dependiente.

… y se colocaron todos (bastante caros)

Tacho Rufino | 4 de agosto de 2011 a las 13:27

España ha superado la prueba, y aunque ha debido prometer a los suscriptores de los títulos de deuda de hoy un interés superior al homólogo anterior (los emitidos el 2 de junio), ha colocado sin problema la cantidad  deseada: 3.300 millones de euros a tres años o tres años y medio. La demanda ha duplicado a la oferta de estos títulos tan arriesgados según el indicador llamado prima de riesgo… El interés está por debajo del 5%, y dado el nivel previo de la prima de riesgo, puede considerarse aceptable. Eso sí, habrá que pagar un sobrecoste de casi 7 millones de euros en intereses en comparación con lo que se hubiera pagado con los tipos contratados en la última emisión de bonos de la misma naturaleza. Por otro lado, la prima de riesgo española se ha relajado, aunque en pequeña medida. Como decíamos ayer (algo precipitadamente, sí, arriesgarse causa más ganancia o más dolor que no hacerlo, tanto en la bolsa como en cualquier actividad, aunque sea la de bloguero), era de esperar: la inversión de quienes han podido suscribir hoy los bonos españoles incomparablemente mayor de la que obtendrían si invirtieran en bonos alemanes. De hecho, el Tesoro ha tenido que desechar 1.500 millones que querían la apetitosa deuda española. El bono español es una buena inversión… menos para España. ¿Alguien dudaba de que se iba a colocar todo lo requerido por el Tesoro de España, hasta el último título, y rápidamente? Una conclusión inmediata es que la presión de los mercados secundarios por medio de posiciones bajistas  –presión que eleva la prima condicionando el interés que posteriormente en el mercado de emisión debe conceder España— ha dado sus frutos: sé que voy a comprar bono español, pero voy a presionar previamente en el mercado de segunda mano, así obtendré mayores intereses. Quien puede hacerlo, lo hace, desde Singapur o desde Albacete a solas, o agregadamente a favor de corriente. España tiene un serio problema de déficit presupuestario, que provoca la necesidad de acudir al convulso –ahora, para España e Italia, antes y después eran y serán otros—mercado de deuda pública. Está claro que los mercados tienen a la política cogida por el arco, a veces como un perrito zarandea a un peluche. Pero mientras el BCE y la Comisión (el Ejecutivo español pinta poco a corto plazo) previenen este tipo de convulsiones desproporcionadas, debe concentrarse el Gobierno actual y el por venir en reducir el déficit, que, no olvidemos, tiene dos partes: aumentar los ingresos o reducir el gasto… y no sólo esto último. Es una opción política, casi ideológica: ¿aumentamos impuestos y practicamos el “afán recaudatorio”, comabatiendo decididamente el fraude fiscal? ¿O sólo recortamos gasto social? ¿A quién aumentamos o, en su caso, reducimos la presión fiscal?  Sobre este particular y otros, el certero analista de esta casa y hasta hace unos días presidente del Observatorio Económico de Andalucía, Joaquín Aurioles, ha publicado hoy un excelente artículo en Joly, titulado El gobierno de los mercados

La bolsa ‘revivió’, la prima ‘se relajó': era de esperar…

Tacho Rufino | 3 de agosto de 2011 a las 14:09

(Nota: cuando ayer colgué esta entrada, el título decía “revive” y “relaja”, en presente, porque todavía no se había terminado la jornada. Al final del día, la bolsa bajó y la prima se mantuvo alta. En el camino, la volatilidad del río revuelto. Algunos lectores me han censurado el fallo por precipitado. Acepto y agradezco la crítica: podía haber estado menos on-line y esperar, eso sí. Pero cabe decir que el cierre es sólo el último registro en la bolsa: hay que tener en cuenta el proceso y no sólo la foto final.)

No hay sorpresas: ayer la debacle, hoy la resurrección, Gran negocio para algunos, sofocón y soponcio para muchos otros. El ave fénix de la bolsa ha sufrido un gran rebote técnico; por su parte, la escalada de la prima de riesgo española se ha calmado hasta nueva orden: todo de un día para otro, literalmente. El propio Expansión, nada sospechoso de atacar a quienes atacan a los países vía mercados, dice que “Los especuladores dejan a España e Italia al borde del abismo económico”. El mismísimo Merril Lynch afirma que esto ha sido demasiado. Todavía algún lector me llamará indocumentado y locatis, y dirá que esto que ha pasado esta semana es un fenómeno puro, benéfico, depurativo, correctivo y natural: que es “asín” y punto. Que nos lo merecemos por granujas, derrochadores e indisciplinados. Que viva Alemania (el país y cuyos bancos más han prestado a Grecia, sin darse cuenta de lo que estaban haciendo…), y se mueran los feos.
Las batallas entre los inversores más avisados y la política siguen siendo vencidas por los primeros. Y es que el castigo ha sido de nuevo absolutamente desproporcionado. Incluso Rajoy parece reconocerlo con un gesto patriótico de acercamiento al amortizado Zp: a él menos que a nadie le interesa forzar un rescate tan forzado ni la consiguiente pérdida de capacidad de acción del Gobierno, ese Gobierno que a decir de todos es suyo y del PP a la vuelta de tres meses mal contados.
Quien ayer tuviera liquidez y comprara un buen lote de las de repente depauperadas acciones del Santander o BBVA, hoy ha pegado un pelotazo enorme si ha decidido venderlas. Un repentino cambio de rumbo en la cotización cuyo aprovechamiento está al alcance de pocos, practicado sobre unos bancos que, paradójicamente, no sólo son altamente rentables y dan altos dividendos a sus accionistas, sino que además tienen sus huevos en cestas diversas por todo el mapamundi. Se veía venir el repunte, ¿o no? Los muchas veces impagables comentarios en los periódicos especializados (que suelen huir de los insultos y la fea mordacidad, porque entre otras cosas deben acreditarse) lo habían afirmado una y cien veces ayer: esto era la calma chicha antes del tsunami de la gran ganancia planificada. La ganancia que tiene la cara oscura de poner al borde de la mierda a todo un país que lo último que necesita es lo que está pasando en este agosto de tempranillos a golpe de clic: “las personas concretas a las que hay que convencer”, como definía a los grandes especuladores el gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez. Pensar que quienes provocan –provocan, y no sólo aprovechan– las caídas de las acciones y las escaladas desmesuradas de las primas de riesgo son agentes inocuos del sistema y fuentes de liquidez y corrección, es una falacia.
España tiene un problema de liquidez… que está causando uno de solvencia con la ayuda de los ocultos matones del patio. Su deuda pública es todavía relativamente menor que la del resto de Europa. Es una pieza muy apetitosa. Se gana mucho en su bolsa de un día para otro –de ayer a hoy, por ejemplo–, y se compra deuda pública a precio de ganga. O sea, deuda retribuida con intereses muy altos, a menos de cinco años: ¿alguien cree que quien mañana compre títulos del Reino de España no habrá hecho un excelente negocio, y además seguro? Hablando de reinos, los reyes de hoy son los que tienen liquidez. Cosa escasa en agosto, según dice la historia económica. Pero de agosto y sus paradojas hablaremos aquí el sábado, por si a alguien pudiera interesarle.

Qué es un ‘ataque especulativo’

Tacho Rufino | 20 de julio de 2011 a las 13:34

Financial Times nunca hablaría de “ataques especulativos” a España (o Italia o a la Zona euro) al informar sobre los vaivenes de los mercados financieros de deuda soberana o de divisas: cree y defiende que los mercados son justos y benéficos, o bien hacen labores de dar liquidez al sistema, o cuando menos depurativas de la fruta podrida. Sin embargo, la mayor parte de la prensa económica y generalista habla de dichos ataques, los da por ciertos.

Entendemos por ataque especulativo una acción deliberada realizada por un agente con gran calidad de información y gran capacidad de invertir y endeudarse en la bolsa y otros mercados financieros, de forma que puede modificar al alza o a la baja los precios de los productos financieros o las divisas, estimulando a otros agentes menores en el mercado a seguir su inercia o reaccionar antes sus acciones, obteniendo el ‘atacante’ pingües beneficios en esos movimientos, que eventualmente provocan grandes daños en la estabilidad económica de territorios enteros (disculpen la extensísima definición, no podía dejar nada importante detrás).

Según quienes defienden (y creen que realmente existe) el libre juego de la oferta y la demanda en los mercados financieros y su limpia fijación de los precios, quienes afirman que existen ataques especulativos son ingenuos o paranoides. Sin embargo, no ya el rojo de Krugman, sino también Merkel, Obama o Sarkozy, pero también Guillermo de la Dehesa, Warren Buffett y otros expertos no dudan de que existen los ataques especulativos… gente nada nada sospechosa de querer hacerse los interesantes con conspiranoias sobre doctores No y tipos muy malos y muy poderosos que están en la sombra. Eppur si muove… Ataques, “haberlos, haylos”.

Veamos breve y claramente cómo funciona un ataque a la deuda pública de un país (sobre esto, conviene conocer una de las claves: el mercado irregulado de los Credit Default Swaps –CDS–, en un artículo que publicó Guillermo de la Dehesa, siempre ultratécnico sin concesiones, este domingo el el Negocios de El País). Aparte de que si algo se ve débil –un bono griego que vencerá en un año, por ejemplo–, los inversores de a pie querrán vender, y si lo hacen en gran medida esto hará que la cotización de una acción baje o la deuda de un país se deba vender más cara, los ataques pueden funcionar tal que así:

    1. Un poderoso inversor –si lo prefieren, un especulador— cree que un Estado puede tener dificultades presupuestarias y, por tanto, podría tener dificultades para atender la devolución a los inversores de una emisión de su deuda pública que vence próximamente. También puede que no tenga tales problemas inminentes, pero una situación de un vecino enfermo –véase, Grecia—estimule tales temores. “A por él”.
    2. El poderoso inversor –el filántropo George Soros, por ejemplo— alquila o toma prestados de un banco a cambio de un precio –el euríbor, por ejemplo– una gran cantidad de dichos bonos u otros títulos de deuda pública. No se los compra, se los alquila para devolvérselos una vez hecha la operación (el ataque).
    3. Ahora entran los voceros: las alarmas mediante prensa especializada (esa que niega que existan los ataques y se burla de los paranoicos), think tanks, grandes instituciones financieras planetarias y, también, otros individuos que no ganan nada con esto, pero a los que gusta tildar de loquitos que ven gigantes donde sólo hay molinos a quienes denuncian estas armas de destrucción masiva (así llamó a los CDS otro gran inversor nada sospechoso de anti-mercados, Warren Buffett).
    4. Tras el “¡Grecia (España, el euro) se hunde, tonto el último en vender!”, gran cantidad de inversores aterrorizados comienzan a vender masivamente esos títulos para limitar sus pérdidas. La cotización de dichos títulos se hunde: la ley de la oferta y la demanda sentencia que, cuando la demanda de un bien baja, el precio del bien baja. En este caso, la “pendiente” de la bajada es abrupta: el precio se hunde. Cuanto más se hunda, más gana el atacante.
    5. El atacante-especulador espera al momento más bajo del precio de los títulos en el mercado de compra y venta (el llamado secundario, el de cotización). Entonces el atacante compra barato… y devuelve los títulos depreciados al banco, con el que el acuerdo es “te lo alquilo a cambio de un precio de alquiler –no de venta–, y te los devuelvo, valgan lo que valgan cuando yo te los devuelvo”. Como vendía en el mercado caro y compré barato, obtengo grandes ganancias. Y a otra cosa, sea esta cosa la deuda de otro país, las acciones de una gran empresa o un divisa concreta.

A esto se lo llama venta corta o short-selling, y es legal, una práctica habitual en los mercados. ¿Les parece especulativa? O si le parece que lo especulativo es natural, ¿la creen conveniente para el sistema económico global? Estas prácticas, en definitiva, son capaces de generar paro masivo por la parálisis económica y la inestabilidad que crean en territorios enteros llenos de personas. Además, merma en los ahorros de los pequeños ahorradores, por no hablar de los hipotecados y otros deudores que pagan los platos rotos de una banca –griega, española— presa del pánico. Sor Presa del Pánico y Sor Rata de Callejón, como aquellas irreverentes monjitas de Entre Tinieblas.

Los ingredientes de la prima

Tacho Rufino | 13 de julio de 2011 a las 13:55

Ingredientes de la prima de riesgo

Nosotros, ‘okupas’ del futuro

Tacho Rufino | 22 de abril de 2011 a las 9:27

LEO a Daniel Innerarity describiendo (2008) con gran simbolismo ciertas situaciones que, de seguir así, son insostenibles: no tienen futuro. Ofreciendo alternativas a la expresión “estafa generacional” (la que se perpetra sobre los cotizantes eternos que no tienen garantizada su pensión), el filósofo habla de “colonialismo temporal”, practicado por los hoy vivos respecto a las generaciones jóvenes y por nacer. Colonizar el tiempo frente a la tradicional colonización del espacio. Mientras lo normal solía ser trabajar para los hijos y en general para el porvenir, hoy se consume y se vive en detrimento de las cohortes venideras. Una rapiña del futuro perpetrada por okupas del futuro… nosotros. El futuro es hoy “un basurero del presente”, dice Innerarity. No sólo el sistema de pensiones es insostenible, sino que por supuesto lo es el legado de residuos y daños a la naturaleza. Y también lo es la deuda pública presente y por venir, venga ésta de parto natural -colocaciones aceptadas por los mercados a precios normales-, con fórceps -pagando un sobreprecio con respecto al bund alemán-, o por cesárea -el rescate-.

Uno de los pocos versos que uno recuerda viene al hilo de la cuestión. “En Nueva York no hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que van a venir”, afirmaba un hipersensible Lorca en Poeta en Nueva York. Si la hecatombe económica en curso tiene su detonante en Wall Street, cabe aplicar tan oscuro aforismo a los daños diferidos provocados por la Gran Crisis. De acuerdo; lo nuestro tiene ingredientes derivados de la enorme deuda familiar y empresarial made in Spain pero, sea como sea, la deuda española no hace más que atraer a los depredadores financieros. Éstos actúan en parte con fundados motivos, y en parte con una apuesta a la ruina de nuestras arcas públicas. Los presupuestos públicos y uno de sus nutrientes de tesorería -la periódica emisión de deuda- se ven afectados por una cadena perversa que percibe el olfato de los agentes más poderosos de los mercados: la deuda privada de dudoso cobro es un activo dudoso en los balances bancarios. Si decidimos socializar las pérdidas de la banca -he ahí el quid de la cuestión- con dinero público, nuestro sector público está tocado de muerte. La banca, eso sí, sobreviviría más o menos indemne.

Van al menos tres crisis que nos han puesto al borde de la bancarrota, sobre todo la de mayo del año pasado, y aquí están otra vez los pelos del lobo enganchados en nuestra valla. Si hay que salvar a la banca, habrá que condenar a las generaciones futuras -y no tan futuras- a pagar las debacles patrimoniales de quienes dieron crédito sin ton ni son (a muchos que los asumían sin ton ni son, cierto es). En Irlanda se socializaron las pérdidas de los bancos, y otro tanto se hizo en Islandia. ¿Quién pagará los agujeros contables de las entidades financieras? Los irlandeses y los islandeses de a pie durante años y años. ¿Pasará lo mismo en España, como ya podemos afirmar que pasa en Portugal? En Estados Unidos, Obama admite la necesidad de la reducción drástica del déficit (déficit público no es igual deuda pública, pero es carburante de ella), precisamente con el lema “la solución no puede cargarse sobre la espalda de los ciudadanos”. China, el mayor inversor en deuda pública estadounidense, dice que hay que proteger sus derechos como acreedor. Apuesten por el recorte de la sanidad, educación y protección del medio ambiente USA. Aquí, nuestra capacidad de recortar es más limitada a estas alturas: los deberes no han servido para mucho. La patada a seguir supondrá sacrificios para los hogares más que para los bancos ineficaces. Salvo que la mansedumbre que la crisis inocula en los corazones se transforme en indignada insumisión. Cuando no haya mucho que perder, y los perjudicados no sean sólo los habitantes del futuro, sino los propios colonos del presente.

Los de Merkel se ponen duros y preelectorales

Tacho Rufino | 7 de marzo de 2011 a las 15:41

Miren qué noticia de enero de 2007 (da igual el medio: todos andábamos igual de despistados, por mucho que no paren de surgir profetas, “Pues yo lo dije”, “Escrito lo tengo”): “La buena salud de la economía europea está permitiendo que la mayoría de los países de la zona euro, salvo Italia, Grecia y Portugal, cumplan el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en sus cuentas de 2006. Recordemos que la reforma del Pacto ha endurecido las sanciones para los países que no alcanzan el equilibrio”.

Justo después, hace ya más de cuatro años, la Comisión Europea sancionó a los grandes de la Unión Europea, Alemania y Francia, por no cumplir los requisitos del Pacto de Estabilidad, en concreto por sobrepasar el límite del déficit público, establecido en un 3% del PIB. Tras expedientarlos, anuló las penalizaciones. Inmediatamente después llegó la crisis, y el estado de las cosas comunitarias ha cambiado sustancialmente.

merkel cduAhora, el partido en el Gobierno de Alemania acuerda imponer en la UE una medida radical: quien no cumpla los criterios del PEC (déficit público: no puede representar una cantidad mayor que el 3% del PIB al final de año precedente; deuda pública: no puede ser mayor que el 60% del PIB; inflación: por debajo de un 1,5% respecto a la media de los tres estados de la Eurozona con menor inflación) debe ser expulsado de la UE. Alemania, con una economía sana y boyante en su sector exterior, no quiere dejarse arrastrar por otras economías más débiles con las que comparte moneda. El inminente proceso electoral del país germano acrecienta las medidas de cara a la galería. Las posiciones de fuerza, la reclamación de “nuestro papel de líder”, las economías subvencionadas: todo el decálogo oficial de los territorios superavitarios comercialmente… tan propensos a obviar que, sin los relativamente menos competitivos y prósperos, no serían ellos más competitivos y prósperos.

De cualquier manera, es lógico que se quieran poner en práctica mecanismos de control y límites a la política fiscal de cada país. Los criterios de convergencia son lógicos no sólo para que las economías diversas de la UE tengan reglas comunes (quizá pocas, y desde luego convenientes), sino para no erosionar la Unión Monetaria y, de paso, evitar en lo posible los movimientos especulativos externos, basados en la disparidad y la fragmentación de las distintas realidades nacionales.